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28.6.10

Unamuno y el resentimiento trágico de la vida. (Fragmentos de sus Notas sobre la revolución y guerra civil españolas. Y otros textos) (y 2)

Unamuno, ¿traidor?

"Para muchos españoles y no españoles lectores de Unamuno, la actitud que adoptó desde el comienzo de la Guerra Civil hasta el 12 de octubre de 1936 supuso realmente una decepción, pues parecía que se encontraba con los que se llamaban 'salvadores de la patria'. Yo he conocido a personas que no querían hablar de Unamuno, que lo consideraban un traidor casi, hasta el punto de que el Gobierno republicano lo destituyó del puesto de rector vitalicio de la Universidad de Salamanca. Pero luego todo esto quedó, podríamos decir, subsanado con lo que ocurrió el 12 de octubre. Pocos días después de esa fecha, el Gobierno de Franco lo expulsó también del puesto de rector vitalicio en el que acababa de restablecerle. Por lo que podemos decir que Unamuno fue víctima de los dos Gobiernos. Así que para muchos resultaba alguien incómodo por haberse prestado a sostener la sublevación."
JUAN MARICHAL
(Palabras recogidas en el artículo de Julia Cela "La figura de Miguel de Unamuno en la biografía y la trayectoria intelectual de Juan Marichal", en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza. II.ª época, n.º 48, Madrid, diciembre 2002.)

Fragmento de una carta de Unamuno a su amigo Quintín de la Torre

Qué cándido y qué ligero anduve al adherirme al movimiento de Franco, sin contar con los otros, y fiado —como sigo estándolo— en este supuesto caudillo. Que no consigue civilizar y humanizar a sus colaboradores. Dije, y Franco lo repitió, que lo que hay que salvar en España es la “civilización occidental cristiana” puesta en peligro por el bolchevismo, pero los métodos que emplean no son civiles, ni son occidentales, sino africanos —el África no es, espiritualmente, Occidente—, ni menos son cristianos. Porque el grosero catolicismo tradicionalista español apenas tiene nada de cristiano. Eso es militarización africana pagano-imperialista: y el pobre Franco, que ya una vez rechazó —si bien tímidamente— aquello de Primo de Ribera [sic] de “los de nuestra profesión y casta”, refiriéndose a la oficialidad de carrera, que no es el ejército, como el clero no es la iglesia, el pobre Franco se ve arrastrado en ese camino de perdición. Y así nunca llegará la paz verdadera. Vencerán, pero no convencerán, conquistarán, pero no convertirán.
MIGUEL DE UNAMUNO
Salamanca, 13-XII-36
[Citado por Luciano G. Egido, Agonizar en Salamanca. Unamuno, julio-diciembre de 1936. Tusquets Editores, Barcelona.]

Unamuno, ¿neutral?

Unamuno tiene conciencia de los reproches que su crítica a ambos lados puede ocasionar: "¿A quién se le ocurre ponerse de espectador entre dos bandas contendientes sin tomar partido ni por una ni por otra?" Pero su postura no es, en realidad, la del espectador que simplemente contempla, sin decidirse por ningún partido. Más bien, Unamuno abraza (o intenta abrazar) en sí mismo, como hemos dicho, a los dos bandos beligerantes.
CARLOS FEAL, "Estudio", en la obra citada de Unamuno

EL RESENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA [Selección]

[Respeto fielmente la disposición tipográfica, la ortografía, etc., del manuscrito, lo que a veces me obliga a separarse del texto impreso.]

Fue un disparate mandar quitar los crucifijos

de las escuelas pues con ello les dieron un sentido

que no tenían, y otro disparate cambiar la bandera

pues le dieron a la bicolor un sentido que no

tenía. El crucifijo es símbolo de una

religión inconciente popular = laica, pagana, y no

ortodoxa y la bandera era nacional y no
monárquica

[…]

Para que escribo esto? Para remedio. No.

Para conocim. del mal. Si uno se muere

saber de que se muere.

[…]

Resolverme enseguida. Contra el rey; lue

go contra Primo de Rivera; luego contra

el rey de nuevo; luego entrar en la repúbli

ca y contra esta cuando se desvió y poner

me al lado del ejército; luego… Yo no

he cambiado, han cambiado ellos.

Habrá que temer mañana a los he

roes parados. Nos libraron de la

salvajería moscovita pero que no

nos traigan la estupidez católico-tra

dicionalista española. Y en vez

de las hordas rebaños.

[…]

Este sí que es „El hundimiento del Oc

Cidente”. La gran guerra no la ganaron

ni unos ni otros; la perdieron todos

trayendo dos barbaries, la comunista y

la fascista.

[…]

5 XI Hace tres meses, desde que se desencadenó

la galerna* esta de locura y odio, la guerra inci

vil, no sé nada ni de mi yerno y mis dos hijos

que en Madrid quedaron. Ni en rigor quiero

saber; tengo miedo. Están las tropas llamadas

nacionales a las puertas de Madrid y tiemblo

que —si mis hijos no han muerto, si no los han

matado, si no los han hecho ir al frente rojo

— se me presenten aquí, exhaustos, a aumen

tar la carga de mi hogar que se arruina,

a mirar con más espanto al porvenir de

mi familia. Y yo en desgracia!

Bolchevismo y fascismo son las dos

formas —cóncava y convexa— de una mis

ma y sola enfermedad mental colectiva

Exterminar… extirpar… fulminar…

[* En el texto impreso figura guerra, pero el manuscrito no admite dudas.]

[…]

Lo terrible es que la misma desespera

ción que lleva a los supuestos ateos a vengar

se de Dios y sus ministros les lleva a los

supuestos creyentes —a los que creen creer

o quie[re]n creer— a perseguir a aquellos. Ni

unos ni otros pueden creer, ni no creer. De

un lado la desesperación de la resignación

del otro la resignación a la desesperación

[…]

Las matanzas —carnicerías— aumentan

los funerales y estos aumentan la piedad

o sea el pie de altar.

Lujuria y crueldad, hacer hombres y desha

cerlos. El niño que construye un muñeco para

romperlo.

El miedo rige al mundo, y el tirano es

aquel monstruo que mete miedo y lo tiene.

[…]

Hay que renunciar a la venganza.

MIGUEL DE UNAMUNO, El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y  guerra civil españolas. [Incluye el manuscrito.] Nota preliminar de Miguel de Unamuno Adarraga. Prólogo de Miguel Quiroga de Unamuno. Estudio de Carlos Feal. Alianza Editorial, Madrid, 1991.

27.6.10

Unamuno y el resentimiento trágico de la vida. (Fragmentos de sus Notas sobre la revolución y guerra civil españolas. Y otros textos) (1)

El_Roto

El Roto, El País, 28/4/2010

*   *   *

"La historia pretende establecer la verdad de lo que fue y la memoria histórica influir en la verdad de lo que es; la primera se modifica al descubrir nuevos hechos, la segunda cambia con los intereses estratégicos."

FERNANDO SAVATER, “Recuerdos envenenados”, en El País, martes 22 de junio de 2010.

*   *   *

LA MUERTE DE UNAMUNO

Miguel de Unamuno ha muerto aislado, en su casa de Salamanca. Ha muerto en la tarde de ese primer día del año 1937 [en realidad, la tarde anterior], que el pueblo español designa con el nombre de «El año de la Victoria».

La muerte de Unamuno, como los rumores atroces alrededor de otros nombres, traducen al campo de la intelectualidad española la pavorosa tragedia popular de una nación conmovida hasta sus cimientos. Unamuno, a quien todos hemos amado y combatido, muere como era fatal que muriese, en flagrante contradicción con todos y con todo.

Miguel de Unamuno no tenía un desemboque real. Su fuego no era, quizá, de este tiempo; pero era fuego, y, como tal, era vida. El, como nadie, se habrá llevado a la tumba el frío de una España triste, paseada por mercenarios.

Hora de España, nº 1, Valencia, enero 1937. [Hay edición facsímil de la editorial Topos Verlag, Biblioteca del 36. Revistas literarias en la Segunda República española, Alemania, 1972.]

*   *   *

"En una hoja procedente del Ayuntamiento de Salamanca, del que Unamuno era concejal, escribió éste el título de su última obra en prosa: El resentimiento trágico de la vida. ¿Qué clase de obra? Como el subtítulo mismo indica, se trata de unas Notas sobre la revolución y guerra civil españolas, cuyos límites temporales registrados van del 2 de agosto al 26 de noviembre de 1936. Lo fragmentario de estas Notas, donde las ideas no hacen más que abocetarse y se salta sin transición de unas a otras, parece indicar que nos hallamos ante los materiales previos para componer un libro. Un proyecto de libro, pues, al cual don Miguel ha dado ya título, y bien enfático por cierto, sugerido por contraste con el de su obra filosófica mayor: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1912)."

CARLOS FEAL, "Estudio", en el Resentimiento trágico de la vida, de Unamuno.

*   *   *

EL RESENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA [Selección]

[Respeto fielmente la disposición tipográfica, la ortografía, etc., del manuscrito, lo que a veces me obliga a separarse del texto impreso.]

Entre los hunos y los hotros están

descuartizando a España.

[...]

Como Rusia Esp. un pueblo de resentidos

Un resentimiento para con Dios. Porqué?

[…]

Temblor de pueblo, huracán, tornado

galerna, manga, tifón, tromba

En un mar de tristeza.

Desesperados y resignados; resigna

dos a su desesperación y desesperados de

su resignación

[…]

Dos mitades de Esp. una queriendo creer y la

otra desesperada de no poder creer.

[…]

Una íntima e intestina guerra religiosa de toda

Esp. contra sí misma.

[…]

No son unos españoles contra otros —no

hay Anti España sino toda España, una,

contra sí misma. Suicidio colectivo.

[…]

La experiencia de esta guerra me

pone ante dos problemas, el de

comprender, repensar, mi propia obra

empezando por „Paz en la Guerra”

y luego comprender, repensar Espa

ña. Qué es España? Cual su fé? Es

paña es un valor comunal histórico

pero dialéctico, dinámico, con contradic

ciones íntimas. La que los hotros lla

man la Anti-España, la libe

ral, es tan España como la

que combaten los hunos.

[…]

„¡Viva España!” al estornudar. No tiene

más sentido que „me cago en Dios!”

[…]

„Viva la muerte!” grita Millán Astray.

Lo que quiere decir „muera la vida!”

Los hunos y los hotros

[...]

Inconciencia religiosa, más bien que con

ciencia irreligiosa de España.

[...]

En casi todos se enciende el odio, en casi

nadie la compasión

Da asco ser hombre.

Uno a quien le detienen, y le dan una pa

liza „Si me vuelven a llamar me suicido”

Unos mozalbetes por broma le llaman y

va y se ahorca.

[Continuará]

MIGUEL DE UNAMUNO, El resentimiento trágico de la vida. Notas sobre la revolución y guerra civil españolas. [Reproduce el manuscrito.] Nota preliminar de Miguel de Unamuno Adarraga. Prólogo de Miguel Quiroga de Unamuno. Estudio de Carlos Feal. Alianza Editoria, Madrid, 1991.

24.6.10

Escribir

Dice Cioran de un escritor que dejó de escribir: no tiene nada que esconder.

Paradojo Cioran: otro, rendido a la rutina, hubiera escrito "no tiene nada que decir", pero el filósofo ama las paradojas, que si dejan perplejo también desafían a la verdad. 

Cualquier hecho de nuestra vida, convertido en palabras, sería fácil esconderlo entre palabras: decirlo sin que parezca que lo decimos, o incluso decirlo sin que seamos nosotros quienes lo decimos. Pero decirlo. Al fin y al cabo, la verdad es exacta e inalcanzable,  mientras que la mentira
-se llame como se llame: ficción, imaginación, invención...- vuela y vuela por encima de todas las verdades posibles.

El escritor del que habla Cioran no tiene nada que esconder (¿sólo se dice lo que se esconde? ¿sólo se esconde lo que se dice?), lo que justificaría su decisión de no escribir.

Quizá dejándolo a la vista sea más fácil esconder lo que queremos esconder (incluso si nosotros no sabemos qué es lo que queremos esconder). La superficie es buena para ocultar secretos. Y es nuestro temor a manifestar lo escondido, el que acaba convirtiendo lo que queremos ocultar en omnipresente,  convirtiéndonos en espías de nosotros mismos. Quizás la vanidad, el orgullo o el pudor, acaben convirtiéndonos en esclavos de nuestros secretos.

P.S. Releído el texto, me asaltan toda clase de dudas. No estoy seguro ni de lo que he dicho, ni de que esté de acuerdo con lo que he dicho, ni de que haya en mis palabras una pizca de razón. Me vienen a la memoria las desgarradas cartas en las que Artaud reivindicaba ante Jacques Rivière, director de la Nouvelle Revue Française, el derecho a la existencia de sus poemas, por más deshilachados y desvencijados que fueran. Pero siempre la claridad viene del cielo, sí, y no siempre nos alcanza. A veces, uno se "encebolla", y acaba diciendo aquello que no sabe cómo decirlo. Está claro que, si tiene razón Cioran, algo tengo que esconder, aunque no sepa esconderlo bien. Mea culpa.

23.6.10

Habas contadas. (Ignacio Gómez de Liaño prevé el porvenir de las grandes religiones en el siglo XXI; precedido de dos notas: sobre razón y fe y sobre el múltiple interés de la religión)

Ignacio_Gómez_de_Liaño

"La obra de Ignacio Gómez de Liaño es el fruto de un solitario y minucioso trabajo desarrollado a lo largo de más de treinta años. Ajeno a toda escuela o movimiento, y dialogando con las diferentes tradiciones, tanto de Occidente como de Oriente, ha elaborado un pensamiento propio y singular que, al modo de un itinerario por los territorios de la memoria y de la imaginación, reconstruye las diferentes 'prácticas' que dieron lugar al 'arte de la memoria', proponiendo una refundación de la filosofía."

EDUARDO VINATEA SERRANO, "Itinerario de filósofo: la obra de Ignacio Gómez de Liaño", en Archipiélago. Revista de crítica de la cultura, n.º 52/2002. 

[Razón y fe]
356. ¿La razón debe subordinarse a la fe o la fe a la razón? Si el contenido de la fe está en contradicción con la razón, ¿puede ser creíble? Pero también: ¿qué valor puede tener la razón si no mueve el corazón y consigue el asentimiento de la inteligencia que origina la creencia? El problema de la razón está en que para ella no existen hombres de carne y hueso, sino sólo abstracciones. La suya no es la verdad de la vida y el sentimiento, sino la del concepto y los enunciados lógicos.

[Múltiple interés de la religión]
361. Múltiple interés de la religión: como filosofía simbólica de la existencia, como método de acondicionamiento psicológico, como técnica de propaganda, como arte de la vida, como aparato de dominación, como lavado de cerebro, como liberación de las condiciones utilitarias de la existencia, como su profundización...

[El devenir de las grandes religiones]
366. En el sistema de las grandes religiones, el catolicismo romano ocupa una posición intermedia entre el fideísmo de los judíos y el filosofismo de los paganos; entre la ortodoxia de los cismáticos y el reformismo de los luteranos y los calvinistas; y también entre el islamismo y el budismo. El cristianismo reformado representa la orientación más judaizante-islamizante; el ortodoxo, la más cercana al budismo. Los dos grandes competidores del catolicismo en el siglo XXI serán, por el lado del fideísmo, el islamismo; y por el del filosofismo, el budismo, que es, como el paganismo filosófico, una forma razonable de terapia del espíritu, de búsqueda de la salud psíquica, en tanto que las religiones derivadas del Antiguo Testamento se dirigen, sobre todo, a la salvación del alma. La gran confrontación será la del catolicismo con el islamismo, por un flanco, y con el budismo, por el otro. Se producirán infinitos movimientos en un terreno donde las habas están contadas. ¿La filosofía no podría ahorrarnos la confrontación? Pero tal vez la confrontación decisiva será otra: la que el catolicismo librará consigo mismo.

IGNACIO GÓMEZ DE LIAÑO, Sobre el fundamento. Ediciones Siruela, Madrid, 2002.

22.6.10

Releer

Releer un libro es como mirarse en el espejo del pasado. Un espejo cuyo azogue son los años idos. Al releer no solo leemos de nuevo  al autor; a nosotros mismos nos leemos, ya que es inevitable espiar con el rabillo del ojo a aquél que antaño fuimos. Por eso la relectura augura vértigos, lo mismo que si nos asomáramos a un precipicio: allí, al fondo, puede que veamos la imagen desharrapada de nosotros mismos, con sus raídos sueños, con sus utopías para siempre sin lugar, con sus exánimes esperanzas. 

Cuando algo de eso sucede, achacamos al autor el estropicio, obviando el hecho de que su libro es el mismo libro, mientras que quizás nosotros nos hayamos bañado en muchos ríos, más o menos fangosos. Pero de igual modo pudiera suceder que ese libro que, pese a todo, sigue siendo el mismo, nos proporcione de nuevo agradables sorpresas, y nos entusiasme como siempre, y nos devuelva una imagen de nosotros mismos apenas menoscabada por el huracán del tiempo.

Dejando de lado los títulos consabidos, a los que vuelvo de vez en cuando, quisiera mencionar ahora una novela corta de Pascal Quignard: Todas las mañanas del mundo. Disfruto leyendo algunas páginas en voz alta. (A la lectura en silencio le pasa lo que a la poesía traducida: pierde aroma.) Siempre que recalo en esa novela siento el mismo nudo en la garganta, idéntica angustia. Y me asusta pensar en el día en que se deshaga ese nudo para siempre. Entonces, definitivamente, la novela seguirá siendo la misma, pero yo seré otro.

21.6.10

Voces de dentro

La cosa había empezado en marzo. Oía voces. Voces que pugnaban dentro de su cabeza, en el lugar mismo donde nacen los pensamientos.
No llegaba a entender lo que las voces decían, incluso si, para perfeccionar la escucha, buscaba el mayor silencio posible. Pero era grande la algarabía de voces y no había manera. De vez en cuando oía, como si alguien profiriera una maldición eterna, la palabra nunca. Pero nunca una frase, nunca. Y él mismo repetía: Nunca, nunca, nunca, en silencio, hasta quedar ronco del alma. Y así, recitando esa salmodia, le sorprendía a veces el sueño.
Pasaban los días y seguía oyendo voces, voces desportilladas, sin sentido. Su decepción era grande. No entendía que pudiera oír voces y no fuera posible saber lo que decían. Lo que le decían a él, porque era evidente que a él iban destinadas. Según todos los indicios, parecía que las voces se divertían a su costa. Aunque se parapetara detrás de los silencios, sólo alcanzaba a sorprender alguna que otra palabra suelta.
Poca cosa, nada: ni una mala máxima, ni un mísero mandato. Su creciente decepción se tiñó de rabia, hasta el punto de propinarse algún que otro puñetazo en la cabeza. Ni por esas; todo fue inútil. Le hacía ilusión recibir un mensaje, un telegrama de amor o de odio, pero ni llegaba, ni parecía que fuera a llegar. Y presa de la frustración empezó a olvidarse de las voces, por puro despecho, aunque las voces no se olvidaban de él. Hasta que un día escuchó un gran silencio, dentro y fuera de su cabeza, y alcanzó a oír, nítida y firme, la palabra siempre. A partir de entonces, y como por arte de magia, dejó de oír voces, esas voces que no había sido capaz de entender. Y ya sólo de vez en cuando volvió a oír en su cabeza un pequeño rumor, que no parecía de voces sino de riachuelo humilde.

20.6.10

El fantasma

Cuantos más sustos daba, más real se creía.

19.6.10

Placidez

Hace justamente dos semanas escribía en mi libreta violácea...

Hay algo de insulso en la placidez. Está uno tranquilo, sosegado, gozando del frescor de la mañana bajo el parasol de un árbol, y se ve de pronto embargado por una sensación de gozo liviano y ataráxico. Y entonces descubre uno que no le falta nada, que nada le sobra, que siente y agradece ser lo que es. Incluso tiene la tentación de pensar, al leibniziano modo, que el mundo esta bien hecho (Jorge Guillén escribió una décima para corroborarlo). Pero no es eso, no es eso; se trata tan solo, y no es poco, de que ese momento es perfecto.
La placidez es uno de los peldaños en la escala de la armonía, quizás el más humilde, y por humilde, a veces desdeñado. Todo es reposo en la placidez: reposa la ambición, y reposa el deseo, y los sueños descansan felices. Y contemplamos la vida como si nunca pudiera defraudarnos, con esa profunda alegría que mana de las fuentes más secretas.
Tales momentos de placidez apenas duran un instante, pero ese instante dura una eternidad, incluso si a los diez minutos le hemos olvidado. Queda la sensación, lo sepamos o no; la sensación que nunca nos abandona, ni nosotros a ella. Porque somos cuanto vivimos, y la vida es un misterio sin fondo. Todo en ella es forma. 

*   *   *

Hoy, sentado en el mismo banco, y usando la misma libreta, hubiera podido escribir palabras muy diferentes, ya que no hay dos momentos iguales, y el ser que piensa siempre es distinto, aunque sea el mismo. ¿Quería decir Rimbaud algo similar cuando le arreó a su profesor, Georges Izambard, el Je est un autre (Yo es otro)? ¡Pero quién sabe lo que quería decir el mozalbete con esa frase tan venerada!

______________________________

LAS ESQUINAS DE LA NOCHE: nuevo poema.

 

17.6.10

APARICIÓN DE EL ALAMBIQUE

El Alambique, nº 1

Acaba de ver la luz el número 1 de la revista de poesía El Alambique Dividida en tres secciones, sus 96 páginas, encabezadas por el Brindis de bienvenida del director, acogen los siguientes contenidos:

Tienen la palabra
Poemas de Dionisia García, Gonzalo Escarpa, Herme G. Donis, Rafael-José Díaz, Amador Palacios, Fernando Ortiz, Berta Piñán, Lorenzo Martín del Burgo, Carlos Vitale, Pablo Luque Pinilla, José Luis Zerón Huguet, Manuel Martínez Forega y Juan Carlos Mestre, entre otros.

Homenaje
Dedicado este número “A la memoria del gran poeta uruguayo Ricardo Paseyro”, esta sección acoge artículos de Yves Roullière (traductor al francés de la poesía de Paseyro), José Bergamín y su hijo Fernando, Carlos Edmundo de Ory, Ignacio Gómez de Liaño, Fernando-Guillermo de Castro y Ángel Guinda, entre otros.

Se incluyen, asimismo, fragmentos de cartas dirigidas a Paseyro, con motivo de la publicación de alguno de sus libros, por Leopoldo Panero, Antonio Aparicio, Jorge Guillén y Salvador Espriu.

Completa esta sección un álbum de fotos del poeta y una selección de poemas de su libro inédito Arcos y flechas.

Discurso
En esta sección, la última, el director de la revista, Agustín Porras, da cuenta del fruto de sus investigaciones becquerianas por las páginas de El Museo Universal.

Por último, añadir que ilustran este número los siguientes artistas: Ángel Luis Calvo Capa, Juan Díaz (autor del dibujo de la cubierta), Daniel Muriel y Sebastián Navas.

* * * * *

Copio, a continuación, varios poemas publicados en este primer número de El Alambique: de Luis Alberto de Cuenca, de Philippe Jaccottet y de Ricardo Paseyro.


CAVERNA PERPETUA

Como todos los hombres, vine al mundo

a recordar, porque el conocimiento

es tan sólo memoria, remembranza,

reminiscencia de otra realidad

mejor, más prestigiosa y más estable,

de la que un día fuimos desterrados.

La vida es perseguir inútilmente

la fuente primordial, donde confluyen

todos los hilos de agua del recuerdo,

rozar casi sus gárgolas y hundirse

en el suplicio de una sed eterna.

Tú, madre mía, soledad, aún puedes

salvarme de este olvido que amenaza

con sembrar de silencio las llanuras

sonoras de mi alma. Novia mía,

hermana soledad, dime qué hubo,

o si hubo algo, digno de memoria

fuera de la caverna en la que vivo.

Luis Alberto de Cuenca
Madrid, 30 de agosto de 2009


“À LA BRÈVE ROSE DU CIEL D’HIVER…”

A la rosa tan breve del cielo del invierno

le ofrecemos un fuego hecho de brasas

que por poco cabría en nuestras manos.


(“No significa nada", nos dirán,

"no cura nada,

no sería capaz de secar una lágrima…”)


Y, sin embargo, viéndolo, pensándolo

apenas el instante de captarlo,

de ser apenas capturados,

¿no hemos, sin movernos, dado un paso

más allá de las lágrimas finales?

À la brève rose du ciel d’hiver / on offre ce feu de braises / qui tiendrait presque dans la main. // (“Cela ne veut rien dire”, diront-ils, / “cela ne guérit rien, / ne sécherait même pas une larme…”) // Pourtant, voyant cela, pensant cela, / le temps d’à peine le saisir, / d’à peine être saisi, / n’avons-nous pas, sans bouger, fait un pas / au-delà des dernières larmes?

Philippe Jaccottet
Rafael-José Díaz,
traductor


ANNE-MARIE

Mírame en el instante en que me muera

y mírame sin llanto: que tus ojos

—nacidos en las fuentes de los cielos—

protejan con su luz el alma mía

para darme la gracia que no tuve.

Muerto, seré la imagen que tú quieras:

tú me cobijarás en tus pupilas

y así podré ganar el paraíso.

Ricardo Paseyro
(De El alma dividida, 1981)


SILENCIO

Un silencio de vida nos rodea.

Calla la brisa, callan los vergeles.

Callan los meteoritos y el océano.

Callan los cuervos, callan los volcanes.

Pierde la voz el antropopiteco,

enmudecen los truenos y los rayos.

¡Un minuto sin ruido: Paraíso!

Ricardo Paseyro
(Del libro inédito Arcos y flechas)

16.6.10

¡Mísero sofista! (Prosigue el alegato de Maximiliano Robespierre contra el ateísmo en nombre del Ser Supremo...) [y 2]

No hace falta decir que no trato de discutir una opinión filosófica concreta, ni de negar que tal filósofo particular pueda ser virtuoso, independientemente de sus doctrinas o incluso a pesar de sí mismo, gracias a sus buenas inclinaciones o a una razón superior; sólo pretendo considerar el ateísmo como un hecho político, ligado a una vasta conspiración contra la República. ¿Qué pueden importaros, legisladores, las distintas hipótesis con que los filósofos explican los fenómenos naturales? Dejad eso para sus interminables disputas; no debéis considerar estas cosas como metafísicos o como teólogos. Para un legislador, todo lo que es útil para la generalidad es bueno en la práctica, es verdadero.

La idea del Ser Supremo y de la inmortalidad del alma es una llamada constante a la justicia, es una idea social y republicana. La naturaleza ha dado al hombre el placer y el dolor, afecciones que le resultan provechosas. La obra maestra de la sociedad sería generar en el hombre, respecto a los objetos morales, un instinto inmediato que sin la ayuda, más lenta, de la razón le impulsase a buscar el bien y evitar el mal, pues la razón de los particulares, engañados por las pasiones, es con frecuencia la de un sofista que aboga por su causa. Ahora bien, lo que produce o sustituye a ese instinto sublime, lo que suple los fallos de la autoridad humana, es la religión, que graba en las almas la idea de una sanción sobre los preceptos morales, dictada por un poder superior al hombre.

Por eso no conozco ningún legislador que haya pensado nacionalizar el ateísmo. Muy al contrario, incluso los más sabios de ellos han mezclado con la verdad algunas ficciones, sea para seducir la imaginación del pueblo, sea para ligarlo con más firmeza a las instituciones. Licurgo y Solón apelaron a la autoridad de los oráculos; el propio Sócrates, para acreditar la verdad ante sus conciudadanos, se creyó obligado a decirles que esa verdad le era dictada por una divinidad familiar.

[…]

Debemos vincular la moral a principios eternos y sacros; debemos inspirar en el hombre un religioso respeto por sus semejantes, un hondo sentimiento de sus deberes, que es la única garantía de la felicidad pública; debemos fomentarlo en todas nuestras instituciones, y la instrucción pública debe procurar prioritariamente el logro de este objetivo.

La Revolución francesa en sus textos. Estudio preliminar, traducción y notas de Ana Martínez Arancón. Editorial Tecnos, Madrid, 1989.

15.6.10

¡Mísero sofista! (Alegato de Maximiliano Robespierre contra el ateísmo en nombre del Ser Supremo. Precedido del amargo dicho de Chamfort contra la fraternidad republicana) [1]

“Maximiliano Robespierre nació en Arras en 1758. Estudió Derecho. Era lector apasionado de Rousseau.

Fue elegido diputado por el tercer estado en 1789. A pesar de su timidez, se dio a conocer en la Asamblea por la frecuencia de sus intervenciones. Su verdadero trampolín político fue el club de los jacobinos, donde ganó una justa fama de persona íntegra y trabajadora.

Robespierre no era brillante, pero creía sinceramente en su ideal de una república democrática y ética, fundada en la virtud, y, llevado por la firmeza de sus convencimientos, no le parecía mal implantarla por medio de una dictadura que hiciera un uso intimidatorio del cadalso.

Se le llamó, con razón, el ‘Incorruptible’. También se le ha llamado monstruo sin entrañas, pero no podemos olvidar que la severidad era una característica fundamental de la república romana, como la historia demuestra con anécdotas a veces escalofriantes. Robespierre no era simpático, pero era un hombre honrado y sentimental, dedicado enteramente a procurar lo que él consideraba mejor para su patria.

Tras la reacción termidoriana, murió en el cadalso, en julio de 1794.”

ANA MARTÍNEZ ARANCÓN

“¡Sé mi hermano o te mato!”

CHAMFORT

DISCURSO DEL 7 DE MAYO DE 1794 DE MAXIMILIANO ROBESPIERRE EN LA CONVENCIÓN

Nota de Ana Martínez Arancón
En este discurso, Robespierre, muy influido por Rousseau, intenta un proyecto religioso que armonice con la razón y la naturaleza y deje fuera el fanatismo y la jerarquía sacerdotal. Se oponía así tanto a la Iglesia, la cual, con honrosas excepciones, se mostraba partidaria del Antiguo Régimen, como al ateísmo, que le parece funesto y hasta antipatriótico, por ser fuente, en su opinión, de relajación de las costumbres. Este intento culminó en la fiesta del Ser Supremo del 8 de junio de 1794.

Sólo debéis considerar el bien de la patria y el interés de la humanidad. Toda institución o doctrina que consuele y eleve los espíritus ha de ser aceptada. Debéis rechazar, en cambio, todas las que los envilezcan y corrompan. Reavivad, impulsad todos los generosos sentimientos, todas las ideas morales que se han querido dejar de lado; reconciliad a los hombres, a quienes se ha querido separar, con los goces de la amistad y los lazos de la virtud.

¿Quién te manda anunciar al pueblo que Dios no existe, tú, que te apasionas por esta árida creencia cuando nunca te has apasionado por la patria? ¿Qué utilidad encuentras en convencer al hombre de que su destino está regido por una fuerza ciega, que causa azarosamente el crimen y la virtud, y de que su espíritu sólo es un soplo tenue que se disipa ante la tumba? La idea de la nada ¿puede acaso inspirarle sentimientos más puros y elevados que la de la inmortalidad? ¿Puede inspirarle más respeto a sí y a sus iguales, más amor a la patria, más valor para desafiar al tirano, más desprecio por la muerte o el placer?

Los que lloráis a un buen amigo ¿no preferís pensar que lo mejor que había en él se ha librado de la muerte? Los que lloráis sobre el sepulcro de vuestro hijo o vuestra mujer ¿os consoláis si os dicen que no queda de ellos más que polvo vil? ¡Desgraciados que sucumbís al golpe de un asesino, vuestro último suspiro es una llamada a la eterna justicia! La inocencia en el patíbulo hace temblar al tirano en su carro triunfal. ¿Tendría esa inocencia el mismo poder si la tumba igualase al opresor y al oprimido?

¡Mísero sofista! ¿Con qué derecho vienes a quitarle al inocente el cetro de la razón poniéndolo en manos del crimen, a echar un fúnebre crespón sobre la naturaleza, a desesperar a los desgraciados, a regocijar a los viciosos, a entristecer a la virtud, a degradar a la humanidad?

Cuanto más sensible e inteligente es un hombre, más se apega a las ideas que dilatan su ser y levantan su corazón, y la ley de esta clase de hombre se confunde con la del universo. ¿Cómo no iban a ser ciertas esas creencias? Aunque no lo fueran, no consigo imaginar que la naturaleza pudiera insinuar al hombre ficciones más provechosas que cualquier realidad. Si la existencia de Dios y la inmortalidad del hombre fueran sólo sueños, no dejarían de ser por ello los frutos más bellos del pensamiento humano.

[Continuará]

La Revolución francesa en sus textos. Estudio preliminar, traducción y notas de Ana Martínez Arancón. Editorial Tecnos, Madrid, 1989.

14.6.10

Melancolía

Pocas palabras más eufónicas que la palabra melancolía. Si la paladeamos, descubre ante nosotros un edénico jardín, en el que no faltan animales torvos ni tercas sombras, pero en el que pujan árboles aguerridos y restallan los grititos fragantes de las rosas.

La melancolía sabe a ocaso, a rubor solar, a ingrávido dolor. La melancolía sabe, por ejemplo, a Novalis. Hay épocas más melancólicas que otras, aunque la melancolía es atributo de personas. Quizá por hundir sus raíces en la pura evanescencia, la melancolía añade misterio a la realidad más banal.

Hoy día la melancolía nos parece cosa del pasado, como el almizcle, acaso por la parsimonia que parece emanar de ella. Ya se acabaron los melancólicos; hoy abundan los deprimidos. Y basta detenerse en este vocablo para atisbar las terribles simas en que puede caer el ser humano. Si el melancólico levitaba en su melancolía, el deprimido agoniza en su nada, como quien ha perdido la llave de su ser. Mientras sufre, el melancólico sueña; al deprimido le añade dolor verse sufrir. Si al melancólico le embalsama la paciencia, al deprimido le corroe la prisa, deseoso de que se atropellen los días, de que cuanto antes resucite su marchito ser.

Algunas palabras parecen tener alma. Y la palabra melancolía es una de ellas. Voraces palabras, a veces, por lo que nombran; benditas, por cómo suenan. Y no es baladí cómo suenen las palabras. Hay sonidos que alientan estigmas. Tal vez por eso, mientras el melancólico vive su melancolía, el deprimido muere su depresión. Aunque siempre es posible volver a lo que fuimos, nacer a lo que seremos.

Alain escribió que sólo podía decirle una cosa al melancólico: “Mira a lo lejos”. Para el filósofo galo, el melancólico suele ser alguien que lee demasiado.

Pero una duda me ronda: ¿qué le diría Alain al deprimido?

13.6.10

Palabras para decirlo

Hay palabras para la alegría y palabras para el dolor. Cada palabra es dueña de su propia virtud. Pero a veces nos equivocamos al usarlas y la realidad se hace pedazos. El maestro Eckhart lo expresaba de manera burda y clara: a quien tiene sed, el pan no le da más consuelo que una piedra.

Lo difícil, pese a todo, es dar con la palabra idónea, aquélla que desnuda la idea. Hoy, afortunadamente, tropecé en el diccionario con un verbo impagable: mamujar. O lo que es lo mismo, por si alguien comparte mi ignorancia: Mamar como sin gana, dejando el pecho y volviéndolo a tomar.

Y he pensado, seducido por lácteos paralelísmos, que a veces vivimos así, mamujando, soltando la teta de la vida y volviéndola a tomar. Y es que no todo puede ser intensidad y altura. Al menos, no en la vida. Y en la muerte, menos.

11.6.10

Las esquinas de la noche


Coincidiendo con la entrada 333, número demediado de la bestia, a Las Esquinas del Día le ha nacido una hermana lunar: Las Esquinas de la Noche.

Con este nuevo blog quiero ofrecer una selección de poemas ya publicados. Si lo creo oportuno, efectuaré las correcciones pertinentes. De momento, esta es mi intención. Pero ya veremos...

En cualquier caso, quedáis invitados a visitar Las Esquinas de la Noche.

10.6.10

Retrato del señor Cinco Sauces, el borracho sin nombre (Una historia de Álvaro Cunqueiro)

En su maravilloso libro Tertulia de boticas prodigiosas, Álvaro Cunqueiro habla de un poeta chino que llegó a centenario, quién sabe si por haber comido los melocotones de la longevidad de una botica oculta en las montañas. Los melocotones se despachaban, tras un paciente examen -“más moral e intelectual que físico”, aclara Cunqueiro-, a quienes superaban la prueba, de la que quedaban excluidas las mujeres y los menores de cuarenta y ocho años. El éxito solía acompañar, precisa Cunqueiro, a “los espíritus humildes y por entero desilusionados, desapegados de los triunfos y de la fortuna, gentes vagabundas y eruditas, capaces de pasarse la vida estudiando el crisantemo de ocho hojas, el canto de la perdiz, los movimientos del pescador de carpas o el vuelo de la cometa”. Tales eran los escogidos. A pesar de todo, consta que en cierta ocasión se vendieron melocotones de la longevidad a un pobre borracho, el señor Cinco Sauces. Borracho, pero sublime; uno de esos borrachos alegres y delicados que, apunta Cunqueiro, “aguantaban el regüeldo [la diéresis es mía] para no molestar a las peonías [y el acento también] del jardín”.

El poeta al que se refería Cunqueiro era Tao Yuanming, que floreció en el tiempo de las Seis Dinastías, y nos dejó un delicioso retrato, considerado por algunos una obra maestra, del vagabundo Cinco Sauces:

—Nadie sabe dónde nació Cinco Sauces, ni su nombre. Cinco sauces crecen al lado de su casa; ved de dónde le viene el apodo. No le importan dineros ni fama. Apetece leer libros nuevos, pero no se mete en filosofías. Cuando encuentra una frase de mérito, se entusiasma y se olvida de comer. Le gusta el vino, pero como es pobre no puede comprarlo. Los parientes y amigos le invitan a beber una jarra; bebe todo lo que le echen, se emborracha y se va, y le es lo mismo caer aquí que un poco más allá. Las paredes de su casa están llenas de agujeros, y no lo defienden ni del viento ni del sol. Usa casaca corta de lino, sembrada de remiendos y remontes, y pocas veces el arroz calienta su plato. No le importa: se pone a escribir, se divierte imaginando, soñando despierto, y olvida el mundanal ruido, los triunfos, las derrotas. Y cuando su tiempo le llega, Cinco Sauces muere.

Cinco Sauces muere, por supuesto, aunque tarda en morir, por obra y gracia de los melocotones de la longevidad del boticario de la barba verde.

Pero el milagro de los melocotones no acaba ahí. Según Cunqueiro, en otra montaña había otra botica, que atendía un joven de barba roja, en la que se vendían los melocotones de la inmortalidad. Un único comprador se presentaba cada siglo. Tras formular las siete preguntas de rigor, y sólo si las respuestas eran favorables, el boticario despachaba los melocotones. Pero lo más frecuente (una frecuencia que se medía por siglos) era que el comprador se retirara en silencio, con las manos vacías de inmortalidad, mientras le observaba el unicornio que pace a la sombra del melocotonero.

[Basado en “Los melocotones de la longevidad”, texto que figura en el libro de Álvaro Cunqueiro Tertulia de boticas prodigiosas y escuela de curanderos, publicado por Ediciones Destino, de Barcelona, en 1976.]

9.6.10

Venus

Allí estaba, en el andén, esperando el metro, firme como un tótem.

No cabía duda, era ella.

"Es ella", pensó. Sí, era ella.

Era la venus de Willendorf rediviva. Una venus, negra, de Willendorf.

Primero la vio de perfil. Al pasar a su lado, casi se rozan. Luego, la observó tímidamente, en la lejanía.

Su figura era imponente. Los pantalones, ceñidísimos; la camiseta, ceñidísima. La carne se derramaba majestuosamente por delante, se escurría por los flancos, se arremangaba en el trasero.

Ella permanecía inmóvil, como un faro, anclada en un regocijo ancestral, quién sabe si burlándose de la escuálida belleza de otras mujeres, acaso incapaces de espolear atávicos deseos.

Ella resplandecía de orgullo, ella emanaba poder.

Llegó el metro, desapareció la visión.

"A veces, pensó, el andén del metro es un museo."

7.6.10

¿Más es menos? Vallejo como excusa

Los poemas en prosa de César Vallejo son de una gravedad irrefrenable. Las sencillas palabras de la calle, cotidianas, se adensan de tal modo que acaban invocando escalofríos metafísicos y estremecimientos óseos.

En la memorable edición crítica de la Colección Archivos (no exenta, pese a todo, de erratas), al cuidado de Américo Ferrari, es fácil seguir las variantes de los poemas y comprobar que en algún caso ("La violencia de las horas", por ejemplo) hay frases enteras podadas por el poeta. El poema, según el editor ha sufrido muchas correcciones y está lleno de tachaduras y borrones. (Recuerdo el dictamen de Gómez Dávila: "El escritor que no ha torturado sus frases, tortura al lector"). Y para muestra de la tortura que Vallejo ha infligido a sus frases, baste reseñar una de esas tachaduras en que abunda el poema. Si el texto manuscrito dice:
Murió doña Antonio, la ronca de presión oculta, que hacía pan de a cuatro en el burgo y perdía su fuerza perdiendo de costado cierto ritmo glorioso.
El texto que sobrevive a la cirugía reductora, dice:
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
Han desaparecido más de la mitad de las palabras y, sin embargo, la concisión ensancha la frase. ¿Cómo no recordar aquello de "los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa", del Juan de Mairena, convertido por obra y gracia del señor Pérez en "lo que ocurre en la calle"? Vallejo refrena su locuacidad, poda frases; su reticencia aviva las palabras. Hablar callando y callar hablando, pudiera ser su lema. Para que broten las palabras exactas del dolor, es preciso que los sentimientos maceren, que las emociones respiren, que el dolor sangre. Y, en consecuencia, es inevitable el silencio, el tiempo de silencio, la reticencia. El dolor inmediato se vuelve plañidero, se desborda, no encuentra cauce. Sin dejar de ser dolor, roza el ridículo. Y si de algo huye el dolor fingido es del silencio, precisamente; de ese silencio que agiganta el eco de las palabras y las viste de negrura en la conciencia. En este poema de Vallejo, y en otros muchos, el dolor es así: denso, contenido, acendrado... Resulta obvio que no hay dolor en las palabras si el propio dolor no encuentra palabras que lo nombren. Pessoa sostenía que el poeta es un fingidor (y acaso él fingía al decirlo), pero fingidor o no, nadie puede sentir lo que no siente; aunque los sentimientos vicarios también son sentimientos, rémoras de un sentir primigenio. Y para edificar nuestro sentir vale cualquier material: lo vivido y lo soñado, lo pensado y lo leído; los recuerdos... los presagios...

Visto lo visto, cabe preguntarse: ¿más es menos? En este poema, de evocación dolorida, parece evidente que más sería menos y que menos es más. Para decir el sentimiento, parece pensar Vallejo, vale más la quintaesencia que el fárrago.

5.6.10

Los justos

Quizá no sea fácil hallar diez justos, pero siempre cabe la posibilidad de dar con uno. (Y si al Señor, a Yahvé o a Jehová no les basta, a nosotros, simples mortales, nos sobra.) Esta es una razón suficiente para la esperanza, incluso si la desilusión las ha usurpado todas.

Porque quien no confía, desespera; y quien desespera, vive muerto, aunque viva.

4.6.10

*Epicuro: Máximas


MÁXIMAS CAPITALES

II. La muerte no es nada para nosotros. Porque lo que se ha disuelto es insensible y lo insensible no es nada para nosotros. 

V. No es posible vivir placenteramente sin vivir sensata, honesta y justamente; ni vivir sensata, honesta y justamente, sin vivir placenteramente. Quien no consigue tales presupuestos, no puede vivir con placer.

XXIX. De los deseos unos son naturales y necesarios. Otros naturales y no necesarios. Otros no son naturales ni necesarios, sino que nacen de la vana opinión.

GNOMOLOGIO VATICANO

9. La necesidad es un mal, pero ninguna necesidad hay de vivir en la necesidad.

16. Nadie, cuando ve el mal, lo elige, sino que queda cautivo de él, seducido como por un bien en relación a un mal aún mayor. 

19. El que se olvida de los bienes gozados en el pasado es ya viejo hoy.

33. Este es el grito de la carne: no tener hambre, no tener sed, no tener frío; quien tenga y espere tener esto también podría rivalizar con Zeus en felicidad.

34. No necesitamos tanto de la ayuda de nuestros amigos cuanto de la confianza en esa ayuda.

38. Muy poca cosa es, de cierto, aquél que encuentra muchos motivos razonables para abandonar la vida.

53. De nadie se ha de sentir envidia. Pues los buenos no lo merecen y los malos, cuanto más afortunados son, tanto más se perjudican a sí mismos.

54. Es necesario no fingir que filosofamos, sino filosofar realmente: no necesitamos, en efecto, aparentar que estamos sanos, sino estarlo verdaderamente. .

60. Cada cual deja la vida como si acabara de nacer ahora.

63. También la frugalidad tiene su medida; el que no la tiene en cuenta sufre poco más o menos lo mismo que el que desborda todos los límites por su inmoderación.

68. Nada es suficiente para quien poco es lo suficiente.

77. El más grande fruto de la autosuficiencia es la libertad.

CARLOS GARCÍA GUAL y EDUARDO ACOSTA: La génesis de una moral utilitaria. EPICURO: Ética. Texto bilingüe. Barral Editores, Barcelona, 1974.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

3.6.10

Carro de noche / Ignacio Gómez de Liaño

"Gnóstico y heterodoxo. Así se podría ver a Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946). Gnóstico y heterodoxo en el más noble y culto de los sentidos. Gnóstico y heterodoxo en el actual panorama cultural español. Gnóstico: es decir, buscador incansable de sabidurías no comunes en nuestra tradición tanto filosófica como religiosa. Heterodoxo: es decir, yendo por caminos muy suyos y en una dirección poco o nada transitada en nuestro ámbito editorial y universitario.
Profesor de Estética en la Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense, su abundante obra abarca cuatro distintos géneros, todos en una misma orientación de búsqueda y encuentro: poesía, filosofía, ensayo y narrativa. En este libro se recoge su creación poética entera, 'toda la poesía que he escrito en mi vida o, al menos, la que he estimado digna de publicación' -escribe el autor en el prólogo-. La narrativa comprende tres novelas: Arcadia  (1981), Musapol (1999) y Extravíos (2007). A la filosofía y el ensayo ha dedicado muchas obras. Destacamos: El círculo de la sabiduría (1988), El círculo de la sabiduría II: Los mandalas del budismo tántrico (1998), Filósofos griegos, videntes judíos (2000), Iluminaciones filosóficas (2001), El camino de Dalí (diario personal 1978-1989) (2004) y La variedad del mundo (2009)."   [De la contracubierta.]

PAISAJES

Manos que rozan los racimos.
Aprietan dedos el jugo que destilan.
Líquidos hilos rezuman en los labios.
Después, a la caída de la tarde,
piden con risas que el recién llegado
cuente sus viajes a remotos continentes.
Es el calor de estío quien concede este murmullo,
este puente, tan frágil, de los sueños.
Las cosas, lentamente, afilan sus azules sombras.
Estríanse, incrústanse jaspes en las nubes.
Entonces el latido de los corazones
aguarda la salida inminente de la luna.
¡Qué salto en lo lejano cada frase!
¡Qué paisajes de levedad y de misterio
se posan en el balcón, el mármol y la yedra!
Cae, mientras laten, el plateado velo.
Tiende sobre los árboles su cúpula,
red impalpable, mas cautiva
en la faz indiferente del estanque.
Más tarde, cuando el silencio
aplauda los relatos mágicos oídos,
y los miembros se abandonen a las leyes del cansancio,
y los ojos, entornados, descubran
el íntimo diamante,
el ruiseñor despertará con su canto
la espesura.

IGNACIO GÓMEZ DE LIAÑO
Carro de noche (Poesía 1972-2005)

1.6.10

Las palabras sabias

En algunas palabras el sentido copula con el rumor de sus sílabas.

Palabras como abulia, que declara el peso de la nada; o nostalgia, cuyo íntimo pellizco nos aleja del ahora; o desidia, que rapta los sentidos; o melancolía, lluvia en el corazón.

Exalta la palabra júbilo, enciende la palabra deseo y aquieta la palabra gozo.

¿Quién se resiste al fuego hondo del vocablo amor?, ¿quién no empuña en ocasión aciaga un grito de venganza?

¿A quien no hieren las voces de odio, turbio puñal?

¿Acaso no rezuma dolor la palabra dolor?

¿Quién no se siente perdido ante una lágrima, húmeda voz silente?

Tales palabras (y otras muchas) impresionan y subyugan, no sólo en razón de su música; de su sentido también. Música y sentido  tejen entreveradas razones, que no siempre lo son. El azar (que da nombre a lo que no lo tiene) unió palabras y cosas a su manera, arbitraria, distraída; lo que quizá explique la ojeriza que se tienen palabras de parejo significado. Si el tedio resulta dulce, melodioso, estival, paciente, el aburrimiento lanza gritos negros contra el tiempo, y no halla sosiego, cruel invierno. El tiempo del aburrimiento se hunde en la nada; el tiempo del tedio se distrae en sí mismo, suavemente, como si levitara.

Ah, pero ¿a quién no le supura la palabra hastío?