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29.6.09

Rara, extraña, inútil

Un tanto tajante y cicatero se mostró José Pellicer, pionero del periodismo español, cuando, en el "Aviso" del 21 de junio de 1639, se despachó a gusto -negándole incluso el nombre- con el osado escritor que publicó una novela sin "letra que sea A". Tirando de escalpelo, Pellicer se burla ásperamente de tan laboriosa proeza: "Rara aplicación de genio; extraña para intentada; inútil después de conseguida." Es evidente que le disgustaban los juegos literarios, acaso por considerarlos ociosos, mera pérdida de tiempo, entre otras pérdidas; olvidaba, tal vez, que el juego siempre es serio, si es juego: es decir, ordenado por reglas.

Pero dos años después, para desgracia de Pellicer, Alonso de Alcalá y Herrera publicó un libro que contenía "cinco novelas ejemplares... sin una de las cinco letras vocales, excluyendo vocal diferente en cada novela". Cuando Pellicer se enterara de la novedad, debió de mesarse los cabellos durante dos semanas.

(Sirva la anécdota para sopesar lo viejas que eran algunas novedades del pasado siglo XX, cambalache.)     

28.6.09

Gracias

¿Qué le hubiera costado decirlo? Un simple gracias. Él pensó que era muda, sorda (pensó eso, sin motivo) o mala, una mala persona.


—Hoy día hay muchos cafres —se dijo—; y que me perdonen los cafres, si queda alguno.


Cuando finalmente le reprochó su descortesía, descubrió tres cosas: no era muda, no era sorda y era mala... Una mala persona.

26.6.09

Heráclito sentencioso

Antes envidiado que compadecido, parece que dijo Heráclito, el Oscuro. ¿Por qué esa preferencia? ¿Acaso la envidia ajena es brújula de nuestras virtudes? ¿No merece compasión quien cae bajo los pies de la derrota? Parafraseando, torpemente, al gran fray Luis, bien se podría decir: Ni envidiado ni compasivo, aunque nada impide que en la compasión, igual que en la envidia, quepa mucha mezquindad.

24.6.09

La espera

Sentado en un banco al atardecer, espero a que acudan las palabras. Pero las palabras no llegan. (No siempre va a pescar uno, me consuelo a mí mismo.)
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Si uno busca excusas para no escribir, encuentra decenas de ellas. Pero lo cierto es que las palabras acuden cuando quieren, y no siempre que se las espera.
De todos modos, resulta algo molesto este viento picado, aunque anima mucho ver la fatiga en el rostro de los corredores. Asimismo es ingrato sentir a mis espaldas un río de ruido inagotable: la así llamada calle 30. Bah, siempre hay excusas para no escribir. ¿Y quién dice que no hay que escuchar a esas excusas? Ruedan tantas palabras -dichas o mudas- por el mundo, que a veces cabe pensar si no sería adecuado hacer voto de silencio, al menos un día a la semana. Porque si se las manosea mucho, las palabras pierden aroma y se tornan insípidas.

23.6.09

El consuelo de los libros

Dice Joubert que los libros consuelan de los hombres. Pero a veces ni los libros consuelan de los hombres, ni de la vida, ni del mundo. Y, además, cada libro exige su momento. Por eso hay libros que esperan pacientemente, años y años, hasta que, por fin, son degustados como es debido: ése es el destino de muchos clásicos. Y es que muchos libros se resisten a ser leídos, por razones banales, o no tan banales. Acudo a mi propia experiencia y me pregunto: ¿quién ha sido el valiente capaz de leer El criticón de la vetusta colección Austral, en su edición de 1943, o en las sucesivas reimpresiones? Quien leyera tal libro, en semejante edición, bien merece un premio, ya que se necesitaban ojos de lupa para descifrar el texto. Una posible explicación para tal desaguisado, válida tan solo hasta cierto momento, pudiera ser la escasez de papel. Esa obra, así comprimida, resultaba imposible de leer, se dejaba uno los ojos en el intento. Los libros sin apenas márgenes, con letra diminuta, no respiran, y ahuyentan a los posibles lectores. De ahí que una misma obra pueda ser muchos libros, según como se edite. Y por esa misma razón, una misma obra se lee, o no se lee. Y no hablamos de manías ni de raras supersticiones. La mezquindad, en temas de edición, es injustificable. No se adelgaza impunemente un libro. Eso tiene un precio. Y el precio, terrible, es que nadie lea ese libro. Este asunto me trae a la memoria la disputa surgida entre un sastre y un labrador, y que resolvió Sancho Panza cortando por lo sano cuando era gobernador de la ínsula Barataria. Y como no es cuestión de parafrasear a Cervantes, repito las palabras del sastre, que expresan con nitidez lo que quiero decir:
«—Señor gobernador, yo y este hombre labrador venimos ante vuestra merced en razón que este buen hombre llegó a mi tienda ayer, que yo, con perdón de los presentes, soy sastre examinado, que Dios sea bendito, y poniéndome un pedazo de paño en las manos, me preguntó: “Señor, ¿habría en esto paño harto para hacerme una caperuza?”. Yo, tanteando el paño, le respondí que sí; él debiose de imaginar, a lo que yo imagino, e imaginé bien, que sin duda yo le quería hurtar alguna parte del paño, fundándose en su malicia y en la mala opinión de los sastres, y replicome que mirase si habría para dos. Adivinele el pensamiento y díjele que sí, y él, caballero en su dañada y primera intención, fue añadiendo caperuzas, y yo añadiendo síes, hasta que llegamos a cinco caperuzas, y ahora en este punto acaba de venir por ellas: yo se las doy, y no me quiere pagar la hechura, antes me pide que le pague o vuelva su paño.» (El Quijote, Segunda parte, XLV.)
¡Cinco caperuzas en lugar de una! ¡Prodigioso! Pero, ay, apenas servían para cubrir las cinco cabezas de los dedos de la mano.
Justo es decir que, hace dos años, Espasa Calpe publicó una nueva edición (no reimpresión) de El criticón, en la remozada colección Austral, de formato algo mayor: tiene unas doscientas páginas más que la anterior y es perfectamente legible y digna de ser gozada. Gracián la agradecerá.

22.6.09

Ideas claras

Si la idea no es clara, las palabras no relucen. (Opacas palabras condenadas a decir lo que no quisieran.)

21.6.09

La derrota

La derrota ―lágrimas secas― es triste, pero más triste es la derrota sin lucha. Porque esa derrota es el fiel de todas las derrotas, la humillación más agria. (Jueves, 25/9/03).

En La Primera Piedra, nº 5 (2004)

20.6.09

La realidad

¡Cuántas veces la realidad se erige en verdugo de nuestros sueños! Afilada realidad: corta pelos en el aire. ¡Oh realidad, mi realidad!

19.6.09

La sombra de la sombra

Llega un momento en que apenas nos reconocemos a nosotros mismos. La derrota, o el éxito burlón, nos vence, nos domina. Cada cual cae víctima de sus verdugos interiores. Y acabamos yendo por la vida como si fuéramos la sombra de la sombra que somos. (Lunes, 22/9/03.)

En La Primera Piedra, nº 5 (2004)

18.6.09

Ramonismo. "Toallas"; no "tohallas"

Ramón Gómez de la Serna, alias Ramón, dice:

Esas toallas limpias, felpudas y sin h, como se escribe toalla, aunque casi todo el mundo lo escriba con h, que no se sabe de dónde proviene, pero que debe de tener alguna procedencia atávica y antediluviana, porque ni en su más remota etimología se ha escrito toalla con h, o quizás por su parentesco con alomohada; esas toallas baratas sólo tienen un defecto: que caracterizan al que se seca con ellas, que convierten en comendadores, en convidados de piedra a los que las usan. Sueltan bigote, barba y patillas de algodón blanco cada vez que se las utiliza. (Ramonismo, Calpe, 1923.)

16.6.09

Verdades sospechosas

Hay verdades que parecen mentira. Cuanto más extrañas son esas verdades, más mentira parecen. Y resulta arduo, por excesivamente casuales, defender esas verdades. La mentira es, qué duda cabe, más portátil, más manejable: se acomoda mejor a nuestro gusto, se adecua al gusto ajeno. Pero la verdad, rígida y pura, se torna a veces tan sospechosa que acaba uno echando de menos la mentira, siempre tan plural. A la hora de imaginar, la realidad es la que mejor imagina: nada la obliga a ser verosímil. Por eso, cuando expresamos esas verdades montaraces, sólo la confianza que nos profesa el oyente nos salva de caer del lado de los mentirosos, sin serlo.

15.6.09

A vueltas con la h

La persecución de la h continúa. Y conviene aclarar que es ella la que me persigue a mí. Ya no se trata de que aparezca donde no tiene que aparecer, no: ahora se manifiesta donde mejor le parece. Vamos al caso: empiezo a leer un libro de Gombrowicz, comprado hoy mismo, y una h trastrocada me asalta desde la primera frase del prólogo: «Nadie podría adivinar que tras estas seis horas y cuarto que nos aguardan se encuentra un hombre deshauciado.» Mientras no esté desahuciado... ¡Mucho cuidado con la h! Inaudible y enredosa, cuando te persigue, no descansa. Donde menos se la espera, allí está (aunque también sucede lo contrario). "¿Para qué necesita hombre una h; ni otra hembra?", se pregunta el testarudo JRJ, a quien divertía ir contra la Academia y hacer rabiar a los críticos, según confesión propia. Pese a sustentar sus ideas ortográficas en el amor a la sencillez y en el odio a lo inútil, algo le impidió, por más que la repudiara, renunciar a la h (¿escrúpulos de estética, acaso?). Aunque tenía sobradas razones para hacerlo, el poeta de Moguer, Uelva -digo, Huelva- no dejó de emplearla.

14.6.09

Cuatro gatos, antología


Cuatro gatos es el felino título que el amigo Agustín Porras ha dado a la antología, recién publicada por Huerga & Fierro, en que acoge “otras voces fundamentales en y para la poesía española del siglo XXI”, según reza el subtítulo. Estas voces pertenecen a los siguientes poetas: Ángel Guinda, Javier Salvago, Lorenzo Martín del Burgo y María Antonia Ortega: cuatro raros creadores, según los define el antólogo, de estética muy distinta, unidos por la fidelidad a la poesía. Cada selección de poemas, que el antólogo no consultó con los poetas, viene precedida por las palabras de un poeta, buen conocedor del autor y de su obra. Así, Manuel Martínez Forega presenta a Ángel Guinda; Fernando Ortiz, a Javier Salvago; Luis Alberto de Cuenca y Amador Palacios, a Lorenzo Martín del Burgo y, por último, Mario Merlino, a María Antonia Ortega.
Como no hay antología que no pueda ser reducida a la mínima expresión, propongo, como botón de muestra, esta pequeña selección: dos poemas breves, un poema en prosa, también breve, y un soneto, tan breve como lo permiten sus catorce versos.

LOS ANILLOS DEL HUMO

Quise apresar el mundo con palabras:
Quedé atrapado en ellas.
Busqué palabras como mundos:
enmudecí.
Sin mundo, sin palabras,
persigo, en el humo, la luz.


Ángel Guinda


LA CULPA ES DE ESTE OFICIO

La culpa es de este oficio. De tanto darle vueltas
a todo, todo acaba perdiendo consistencia.
Tanto jugar con fuego, que el jugador se quema
—y nada importa si no ofrece un buen tema—.

Juro que algunas noches me habría muerto, sin pena,
de poderlo contar, después, en un poema.


Javier Salvago


LA FILOSOFÍA

ERA dulce morir abriéndose las venas,
bebiendo miel con vino en un baño templado,
cumpliendo puntualmente los decretos del hado
(el que puede morir no conoce cadenas).

Era dulce vivir a la sombra del pórtico,
oyendo el vigoroso disertar del maestro,
que el enigma disuelve con movimiento diestro.
Era dulce seguir su periplo retórico.

Era dulce aspirar la fragancia intangible
de la efímera rosa de los días fugaces,
que quedamente pasan y vuelven pertinaces,
siguiendo del eterno retorno el infalible

transcurrir. Y era dulce, era dulce y sombrío
del terrible destino amar el desvarío.

Lorenzo Martín del Burgo


NOCHE OSCURA DEL CUERPO

Tan grande es el espanto que los miembros de mi cuerpo y todos sus músculos se me antojan una tripulación asustada a bordo de una nave a la que zarandea la tormenta.
Otras veces creo oír en él el crujido de alguna madera, una puerta que golpea el viento, o los pasos sigilosos de algún visitante furtivo, tal vez los de algún ladrón.
Mi cuerpo me da miedo algunos días, como si fuese una casa abandonada con los cristales de las ventanas rotos y muchas veces saqueada, como si fuese una casa construida al borde del precipicio, como si fuese una casa que nunca hubiera servido de hogar, como si ya se hubiesen muerto todos. Mi cuerpo ya es demasiado grande para mí.


María Antonia Ortega

13.6.09

El lector

Sostiene Proust que el lector es siempre lector de sí mismo, y Manguel afirma que leemos lo que queremos leer, y no lo que escribió el autor. Según esto, pudiera pensarse que cada lector es el intérprete por excelencia, no sólo de la obra sino de sí mismo. Cada obra tiene sus propias leyes, y no es servil con las intenciones del autor, por más que éste conozca todos sus recovecos. Menesterosa como es, la obra permanece huérfana hasta que llega el lector. Pero, cuando surge el lector, a la obra le nace un autor vicario.

12.6.09

H

Últimamente me persigue la h. ¿Quién dijo que era una letra inútil? Inútil o no, lo cierto es que prolifera sin tasa, ilegítimamente. Un día, hojeo (¿o acaso ojeo?) un libro de Juan de Ávila, y me topo con ella: «Yo, como sordo no oía, y como mudo no habría la boca (Sal 38, 14).»
Otro día, me la encuentro en un libro que no recuerdo.
Ayer, leyendo a san Juan Clímaco, me topo con ella, ululante:
«Ocurre allí abundante e invisible amargura, en particular para los descuidados, hasta que nuestra imaginación, ese perro husmeante que da vueltas a la carne del mercado con ahullidos jaranosos se vea por la sencillez profundamente libre de ira y procure diligentemente alcanzar amor y desear santidad teniendo un director.»
Hoy, hojeo (¿o acaso ojeo?) un libro de Juan de Montalvo, y me vuelvo a topar con ella, imperativa:
«Hechad la vista a la Historia Eclesiástica de Rufino y ved allí a Santa Sofronia que se da de puñaladas, cual otra Lucrecia, por huir de las brutales manos del emperador Maxencio.»
Esta exuberancia de la h (exhuberante ha sido un vocablo muy socorrido en algunos suplementos dominicales, supongo que por exotismo) no es nueva. La vez que más me sorprendió la h traidora fue cuando la encontré en las bases de un concurso oficial sobre el centenario del Quijote, dirigido a colegiales. Allí campaba (o acaso campeaba, como también se oye) por sus respetos, cual mascarón de proa de la palabra 'izquierda'. Escrito así: hizquierda. (Esto hay que verlo, para que espante.)
Por otra parte, Unamuno le dio a tan fatídica letra un uso inteligente y ecuánime cuando habló, en sus notas sobre la guerra civil, de los hunos y los hotros. (Esto también hay que verlo, para que tenga sentido.) Esa h adventicia sí que estaba sobrada de razón.

11.6.09

Crítica socrática

Si nadie duda de la sabiduría de Socrates, tampoco hay razones para dudar de su sindéresis. El buen juicio, la valentía, y la buena fe hablan por su boca. Cuando Eurípides demanda su opinión acerca de un escrito de Heráclito el Oscuro, Sócrates le responde: «Lo que he entendido es muy bueno, y juzgo lo será también lo que no he entendido.» Hay que ser muy sabio para rendirse ante lo desconocido.

10.6.09

Creencias

Un joven fatiga con pasos nerviosos los vagones del metro, y repite incansable la salmodia del hambre y el desarraigo: —¡Jamás he robado a nadie, ni robaré! ¡Porque no creo en ello! ¡Prefiero pedir a robar...! ¡¡¡Sean solidarios!!!
Miradas ciegas y presencias rígidas. Y mientras cristaliza el silencio.

9.6.09

Instrucciones de uso

No recuerdo si Cortázar escribió las instrucciones de uso de las escaleras mecánicas. Si no las escribió, debería haberlo hecho, porque las escaleras mecánicas son traicioneras, muy traicioneras. O si no que se lo pregunten a ese hombre con traje de clérigo —negro, no gris—, que por ir con un periódico desplegado y pisar de mala manera en el escalón, perdió el equilibrio y... a punto estuvo de caerse, de no ser por mi providencial auxilio. Leer las jugosas instrucciones de Cortázar, tanto si existen como si no, seguro que no le hubiera venido mal. Conviene confiar en uno mismo, pero es de sabios no confiar nunca en las escaleras mecánicas. Las mueve el diablo, incluso en la estación dedicada al famoso galeno.

8.6.09

Pensar con el corazón

Es seguro que no sólo la cabeza piensa, o al menos eso parece creer este hombre que amonesta a una joven en el parque: —Yo no voy a cambiarte de idea. Yo lo que quiero es que pienses con la cabeza, no con el corazón.
Palabras que —Pascal al fondo— recelan de las razones del corazón, y las temen.

7.6.09

Ilusión

La ilusión es humo. Todo cuanto bulle en ella acaba convertido en nada. Y, sin embargo, hay que aferrarse a las crines de la ilusión para alcanzar lo desconocido, aunque sepamos que lo desconocido nos ignora, que se burla ásperamente de nuestras ilusiones. [16-6-2004]

6.6.09

Dificultad de ser budista

Buda exhortó a no tener apego a las cosas. Ni a las cosas ni al dolor: el dolor nos encadena, y nos encadenan las cosas.
Así las cosas, es más difícil ser budista que ser sabio. ¿A quién no le alcanza un rayo de lucidez? Pero ¿cómo librarnos del apego a lo existente?, ¿y por qué? [30-9-2005]

5.6.09

Más Molloy

Continúo la lectura en voz alta de Molloy. Experiencia de vértigo. Las palabras discurren hacia no se sabe dónde, como en una fuga sin sentido. El humor, negro y bien negro, chamuscado, provoca de vez en cuando un rictus de hilaridad. Y, sin embargo, a pesar de resultar tediosa, esta prosa apasiona, hechiza..., sobre todo leída en voz alta, escuchada. Hay que oír su monotonía para navegar por ella como si fuera un río desolado que nos embruja con su discurrir. [27-5-2004]

4.6.09

Molloy

Leo unas páginas de Molloy en voz alta. Ejercicio de desolación. Las palabras gimen de amargura, de soledad. [26-5-2004]

3.6.09

Tristeza

A veces la tristeza es sólo la máscara de una tristeza más honda. Mostramos una tristeza para ocultar otra. Y de ese modo, engañamos a los demás y a nosotros mismos. [5-5-2004]