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27.2.11

Bansky, genial y misterioso. [Grafitis, y 2]

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Con los grafitis neoyorquinos de principios de los setenta, poco tiene que ver la obra, indudablemente artística, de Bansky, que, pese a todo, ha dado pie a polémicas y críticas acerbas.

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En 2005, Random House publicó Bansky. Wall and Piece, libro en el que se recogen parte de las obras de este artista británico, cuyo nombre se desconoce, que empezó pintando las paredes Bristol, su ciudad natal, a comienzos de la década de los noventa.

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Al parecer, hoy por hoy, son muchas las ciudades del mundo en las que puede asaltarnos alguna obra suyas.

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Obras de las que surge siempre algo sorprendente, algo capaz de desarmar a la indiferencia más glacial.

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Y aunque Bansky suele recurrir a elementos de la realidad, lo cierto es que se permite licencias con esa realidad, consiguiendo así efectos sorprendentes y, de paso, demostrando que cualquier soporte es bueno para el arte, a condición de que sea arte. (Asunto que, por otra parte, puede dar lugar a los más alambicados bizantinismos.)  

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26.2.11

La fe del grafiti. [Grafitis, 1]

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En 1974, Norman Mailer publicó The faith of graffiti. El libro incluía fotografías de grafitis, de Jon Naar, sacadas entre diciembre de 1972 y enero de 1973 en Nueva York. En 2009 apareció en inglés una nueva edición ampliada, y el año siguiente la publicó en español 451 Editores. La intención del libro es, según Naar “mostrar el espíritu de un tiempo y lugar ya pasados y celebrar la existencia de aquellos aventureros jóvenes taggers [tag es el nombre que recibe la firma] que hicieron posible el grafiti”. (A lo largo del libro se habla continuamente de “escritores de grafitis”, sólo en algún caso, cuando prima la intención peyorativa, aparece “grafiteros”.)

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La fe del grafiti. Pero qué fe es ésa. El título del libro lo tomó prestado Norman Mailer (A-I en el texto) de un grafitero, Cay, de los más conocidos al comienzo del movimiento, al que preguntó: “¿Qué importancia tiene para ti el significado de tu nombre?” A lo que Cay 161 (el número corresponde al nombre de su calle) respondió: “El nombre es la fe del grafiti.” La fe del grafiti. El nombre es lo importante, el santo y seña, la partida de nacimiento en el mundillo de los taggers. El nombre, por otra parte, no suele ser el propio, sino un apodo, un nombre de guerra. Mailer aclara: “Los chicos no tienen una relación definida con su producto. No es mi nombre, sino el nombre.” El nombre lo llena todo, eso es lo único importante. La misión del “escritor de grafitis” es marcar su nombre en todas partes. Y extasiarse, posteriormente, mientras lo contempla, viéndolo pasar, si el metro es su soporte. Marcar el nombre por toda la ciudad. Todos los “escritores de grafitis” seguían una regla: no escribir encima del nombre de otro. Sólo así era posible la armonía entre los adeptos. Hubo quien clasificó los diversos estilos: Broadway, Brooklin, Bronx, Queens, y los diferentes tipos de letra. En cualquier caso, marcar el nombre, tanto si uno era negro como puertorriqueño, no estaba exento de peligros. Se arriesgaba uno a recibir una paliza, o una cuantiosa multa, o acabar limpiando los vagones del metro o las estaciones. 

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La época más floreciente de los grafitis fue a comienzos de los setenta, hasta que el alcalde Lindsay declaró la guerra a los grafiteros. Los vagones del metro, pintados de madrugada en las cocheras, empezaron a ser limpiados rápidamente. Pero las pintadas se multiplicaban por todas partes. El movimiento empezó, según A-I, “como la expresión de una gente tropical que vivía en un entorno gris metálico, de ladrillos marrones, rodeados de asfalto, hormigón y ruido”. En muy poco tiempo el aspecto de Nueva York había cambiado radicalmente, aunque la osadía juvenil no duró mucho. La persecución por parte de las autoridades, y dos accidentes terribles, contribuyeron a sofocar el movimiento. “Un chico murió bajo el vagón de un tren –escribe A-I– y otro estuvo cerca de desaparecer bajo las llamas al incendiarse un bote de spray con una chispa.”

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A-I visitó al alcalde Lindsay para charlar sobre los grafitis. El alcalde Lindsay no estaba bien visto por muchos neoyorquinos debido a su defensa de los guetos. A pesar de ello, se convirtió en el enemigo más implacable de los “escritores de grafitis”. “Cobardes inseguros”, “asquerosos sinvergüenzas”, “cerdos grafiteros”, formaban parte de los insultos proferidos por el alcalde Lindsay. “No imagina –confesó el alcalde a Norman Mailer– el trabajo que nos dio hacer llegar los nuevos vagones del metro a tantos barrios. Significaba mucho para la gente de aquí, de la ciudad, viajar en los nuevos vagones con aire acondicionado. […] Estamos muy orgullosos de esos vagones. Tuvimos que convencer a muchos comités para conseguirlos.” Y concluye el alcalde: “Y entonces los chicos empezaron a desfigurarlos.”

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¿Desfigurarlos? Norman Mailer, abogado del diablo, comenta: “A-I objetó. Desfigurar, después de todo, era la clave de la discusión. Algunas personas quizá crean que los grafitis del metro son arte. Sugirió una mención clásica de Claes Oldenburg: Estás de pie en la estación, todo es gris y triste, y de repente uno de estos trenes con grafitis se desliza e ilumina el lugar como lo harían unas flores tropicales.

El debate estaba servido: era indudable que los grafitis constituían una forma de expresión, pero ¿podían ser considerado arte? Los usuarios del metro, apunta A-I, “intentaban no mirarlos, subían a los vagones cabizbajos. […] Los ciudadanos de Nueva York empezaron a ver a los chicos como si estuviesen todos locos, y veían la locura, la inestabilidad y el horror en el vertedero de cada transporte público de Nueva York”.     

Y no había lugar público que se salvara, cualquier lugar era apropiado para dejar la marca: los vagones del metro (por fuera y por dentro), los túneles, las fachadas, los pasillos de las estaciones, las vallas, las furgonetas, los locales comerciales, la calzada, los muros, las oficinas de reclutamiento, los árboles incluso…

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Innumerables eran los nombres o apodos, seguidos muchas veces del nombre (un número, por tratarse de Nueva York) de la calle en la que vivían: Cay 161, Junior 161, Taki 183, Franky 135, Bobby 152, Butch, Henry 136, Jake 135, Jan 36, Jay 135, Ed 136, Tricky 1, Rex, Kiss me 223, Snake 131, etc.

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La propensión a dejar el nombre escrito viene de antiguo. Incisiones en los árboles, en las piedras de los monumentos, en los lugares más insospechados. Durante la segunda guerra mundial, los soldados estadounidenses solían escribir en las paredes Kilroy was here, donde Kilroy era el nombre que les representaba a todos. Kilroy estuvo aquí, y todos los que estuvieron aquí fueron Kilroy.

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A principios de los setenta, en Nueva York, muchos adolescentes tenían el veneno del spray. Jóvenes que, corriendo toda clase de riesgo, dejaban en cualquier lugar su firma. Ni que decir tiene que las autoridades, con el alcalde a la cabeza, y los vecinos que veían invadidas sus fachadas, no alcanzaban a comprender ese ferviente deseo de expresión nominal de aquellos jóvenes que repudiaban los clásicos lienzos. “El metro –afirma Mailer– se había vuelto más lúgubre que nunca.” Ese abigarramiento de las pintadas produce cierta desazón, y lo cierto es que la voracidad expresiva se come los posibles frutos artísticos.

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24.2.11

Nabokov contra Cervantes (Una nota antigua)

Sin atreverse a negar el genio de Cervantes, Nabokov se indigna cuando se le equipara a Shakespeare. Incluso si el dramaturgo (y poeta) inglés sólo hubiera escrito comedias, Cervantes seguiría yéndole a la zaga, según Nabokov: "Del Rey Lear, el Quijote sólo puede ser su escudero." Únicamente en una cosa les reconoce iguales: en influencia, en difusión espiritual.

Por su parte, el reverendo inglés John Bowle, "patriarca de los cervantistas", dejó dicho en su edición del Quijote (1781): "¡Ninguna otra época ha visto juntos a dos genios semejantes! No importa cuántos años pasen, sé que nunca volveremos a ver nada parecido."

(Martes, 18 de enero de 2005.)

22.2.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (4) EL LECTOR Y LOS LIBROS

Budhi-Dhorma lo aprendió de Proust, asmático como José Cemí (y como Lezama, su creador): todo lector es… lector de sí mismo. Cada lector interpreta la obra, que le hablará allí donde resuenan las palabras, y le infundirá miedo en el lugar de sus temores, y le alegrará en el ombligo de su alegría, y le dolerá en la sima de su dolor… Y poco importa dónde transcurra la acción, y ni siquiera cuándo. Porque quizás todos los tiempos sean el mismo tiempo, y quizás todos los lugares sean el mismo lugar… Y ¿acaso no cabe pensar que todos los seres son, en esencia, el mismo ser?

Budhi-Dhorma, inocente en tantas cosas, en otras peca de espabilado: Sí, el lector tiene la llave, aunque el cofre sea del autor. Pero el lector, a veces, desprecia las dádivas y huye cobardemente. Y, además, en ocasiones tira la llave para no volver a encontrarla…

Así pensaba Budhi-Dhorma.

*  *  *

De tantos como hay, cada vez se alcanza a leer una proporción menor de libros –piensa resignadamente Budhi-Dhorma–; ya ni para leer los títulos hay tiempo. En estos tiempos, el lector, o se vuelve zahorí o se queda lelo. Quizás tenga la culpa Gutenberg –se dice burlonamente Budhi-Dhorma–. Tras siglos más o menos ágrafos, con la aparición de la imprenta arreció la elefantiasis libresca. Y quien antes leyera un libro cien veces, después leyó cien libros una sola vez. Como en todo cambio, ganancias hubo, y pérdidas también. Pero sorprende que tantísimos se entregaran a poner por escrito sus pensamientos y fantasías. Y asimismo sorprende que tantísimos empezaran a leerlas (o a escucharlas de boca de quien las leía).

Queda tanto por leer –piensa
Budhi-Dhorma–, tanto por leer y tanto por vivir… que, dure cuanto dure, la vida es corta; y sí, también la vida corta como un cuchillo. Infinitamente corta es la vida –siente Budhi-Dhorma, aquejado de melancolía autumnal–
. Corta es la vida, y sin comparación…

[7-8/2/11]

(¿Continuará?)

20.2.11

*Ignacio Aldecoa: “Neutral corner”, una mirada al mundo del boxeo

Boxeo

Hubo un tiempo en que el boxeo despertaba pasiones, incluso encontradas. Mucho coraje y mucha ambición tenía que hervir en la sangre de esos púgiles que saltaban al ring a zurrar al prójimo, rodeados por vociferantes espectadores. Quizás el odio, incluso fingido, ayudara algo en la tarea.

A la “mística” del boxeo pobreza, coraje, mucho tesón y paraísos soñados apenas le queda ya la memoria del pasado.

Hoy por hoy, el boxeo solo despierta indiferencia. Y la indiferencia, pasión fría, no ofende a los indiferentes. Quizás esa indiferencia explique el éxito de Clint Eastwood con su película sobre el boxeo (femenino, por más señas). Sorprende la ausencia de escándalo y la favorable acogida. Aventuremos una hipótesis: cuando dos mujeres boxean, la fiereza y la violencia de la lucha, por alguna oscura razón, se tiñe de erotismo, que a nadie repele. Quizás nada explica la hipótesis, pero por si acaso…

A Ignacio Aldecoa le encargaron escribir  sobre boxeo, y así surgió este delicioso libro de estampas, delicadamente líricas, acerca de un mundo tantas veces sórdido: Neutral corner. Unas espléndidas fotografías de Ramón Masats acompañan al texto. 

En el prólogo, Miguel García-Posada señala “la conjunción de la eficacia del relato, siempre ajustado, siempre lacónico, y la honda belleza del estilo.”

El capítulo que sigue es uno más, entre los muchos memorables. 

Avispas y hormigas [11]

   Tu cabeza, Apollophanes, ha llegado a ser un cedazo, o las páginas de un libro carcomido, exactamente igual que un hormiguero, o como las notas musicales lidias o frigias. Pero sigue boxeando sin miedo, porque aunque te hagan papilla la cabeza tendrás las mismas marcas que tienes; no puedes tener más.

LUCILIUS

—Tienes que seguir.

—No puedo.

—Tienes que seguir.

—No puedo.

—Tienes que seguir.

—No puedo.

Un enjambre de avispas alrededor de la cabeza. Un turbante de pequeñas llamas. Un incendio en los oídos, crepitando, devorando la voz humana. Chispas en los ojos, dentro de los ojos, cauterizando el iris, royendo el nervio óptico. Y ahora una lengua bífida hasta el oscuro pensamiento, iluminándolo y quemándolo. Fuego en el vientre y en el corazón. Otra vez avispas; en los pulmones, en las celdillas de los pulmones y dentro de los guantes y en los huesos destrozados de las manos.

—No puedo más.

—Sigue.

—No puedo más.

—Sigue.

—No puedo más.

—Sigue.

La cabeza se desprenderá con el enjambre y volará hasta las estrellas, hasta la dispersión de las estrellas. Hay que meter la cabeza en el agua para que desaparezcan las avispas. Entonces quedarán dos o tres agonizantes sobre los párpados, las más dolorosas sí, pero las últimas. Porque el ruido, este ruido, porque el ruido...

—Sigue y no seas cobarde.

—No.

—Sigue y no seas cobarde.

—No.

—Sigue y no seas cobarde.

—No.

Quiero cantar; marcharme por algún camino sin gente, cantando. Quiero oírme, llegar a un arroyo, tumbarme a la sombra de un árbol y cantar y oír. Quiero encontrar un hormiguero y deshacerlo, pisar las hormigas y orinarlas. Quiero volverme niño y dejar todo esto, porque no puedo más, porque ya te he dicho que no puedo más, porque tengo un enjambre en la cabeza y dentro de la cabeza, porque estoy en un incendio. Porque no puedo, porque no puedo más. ¿Lo entiendes?

—Tienes que seguir si quieres continuar comiendo de esto.

IGNACIO ALDECOA, Neutral corner. Prólogo de Miguel García-Posada. Fotografías de Ramón Masats. Madrid, Alfaguara, 1996.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

18.2.11

Instantánea

Inesperadamente, un hombre de mediana edad se arrodilló en medio del vagón. Por extraño que pueda resultar, vestía una bata azul. En un santiamén desgranó su maltrecha existencia. La mano diestra asía un vaso. Con voz potente imploró ayuda para comer. Soy un enfermo terminal, concluyó.

Expectante silencio. Tiempo detenido.

El hombre parecía nervioso. Se bajó en la siguiente estación y fue raudo (perseguido por la vergüenza, pudiera pensarse) hacia la salida.

Y desapareció entre la gente.

16.2.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas acerca de un lector ingenuo] (3)

A Budhi-Dhorma le intrigan las erratas
–sinuosas, reacias, asediantes–, y sabe que las grandes obras literarias, lo mismo que naos antiguas, arrastran rémoras, erratas. Muchas cristalizan
en el instante mismo en que manos acaso desidiosas mecanografían el manuscrito. Luego, quizás veloces linotipistas respeten las antiguas y añadan otras nuevas. (“Leen el principio de una palabra o frase y ya creen saber cuál es el resto”, les censura un erudito en la materia.) Y, por último, el corrector revisa las galeradas, ajeno al tedio de cotejarlas con el original. Budhi-Dhorma no ignora que éstas son cosas del pasado, y no obstante sabe que las erratas tienen futuro.

Aunque sean inevitables, piensa Budhi-Dhorma, las erratas merman si se las combate. Y no siempre se las persigue con la necesaria saña. Por mil razones. De ahí las adherencias espurias que, edición tras edición, convierten los textos clásicos en desafío a la cabalidad.

Budhi-Dhorma tiende a creer que existen, incluso, erratas de pensamiento, ya que a veces se descubre pensando una cosa cuando en realidad es otra la que quiere pensar. Erratas de pensamiento, piensa Budhi-Dhorma: gazapos del intelecto, sombras del alma.

Entre asombrado y divertido, Budhi-Dhorma repasa una muestra de erratas espigadas por Cintio Vitier en la edición mexicana de Paradiso. Breve muestra, ya que las erratas contabilizadas se acercan al millar.

Gómez de la Serna, por gracia consonántica, greguerizó que “las erratas son hermanas de las ratas”. Y Budhi-Dhorma opina lo mismo. Hermanas, o cuñadas, son de la misma ralea: erratas o ratas, y por más que se las asedie (y más si no se hace) nunca se ve el fin. Siempre perdura alguna, o doce o treinta y cinco. ¿Como estar seguro entonces –se pregunta Budhi-Dhorma, lector ingenuo– de que leo lo escrito por el autor? Leer, operación arriesgada, piensa Budhi-Dhorma mientras repasa las erratas y le viene la duda de si alguna de ellas no será, a su vez, errata de una errata. En lo tocante a erratas,  Budhi-Dhorma peca de receloso, no sin razón. Lee que una puñada se convierte en vil puñalada; que la resistencia deviene existencia (quien resiste, existe, piensa Budhi-Dhorma); que la ducha se torna duda, ducha metódica; que la alergia se revela alegría, bendita sea; que las persianas, quién sabe por qué, son ventanas; que la astenia es abstemia; que las ojeras se transforman, socorrida metátesis, en orejas; que los cisnes negros, ay, no son sino cuencas negras y, misterio de los misterios, que la lechuga se metamorfosea en lechuza. Y, por último, que comenzó a llover cuando alguien comenzó a llorar (agua de lluvia, agua de lágrimas, agua bendita, piensa Budhi-Dhorma).

Pero la errata más rata de todas, la de más quilates alquímicos es, para Budhi-Dhorma, la que transmuta el leibniziano La mónada, la divinidad, en el numismático La moneda, la diversidad.

Budhi-Dhorma queda abrumado, pero se peina su escepticismo. Ah, las erratas, piojos de las palabras, según Flaubert, según Lezama. Para llegar a las palabras prístinas, piensa Budhi-Dhorma, antes hay que purgarlas, expurgarlas, espulgarlas y despiojarlas.

[14/2/11]

(¿Continuará?)

14.2.11

¡Que la fusilen al amanecer!

Un rumor recorrió el reino:

—El rey está loco...

La susurrada noticia llegó hasta el último rincón.

Cuerdo o loco, el rey era el rey, aunque últimamente mostraba un inusitado interés por la reforma del alfabeto. Ansiaba someterlo, fijarlo, reducirlo.

De entre todas las letras, la h era la que más desasosiego y confusión le causaba.

—Letra huidiza —hablaba consigo mismo—. Nunca se sabe dónde ponerla. Juega al escondite y no hay quien acierte con ella. Y, además, ¿de qué me sirve tener un reino si me acobarda una letra? Yo soy el rey y ella es una letra hueca! ¿Qué necio lloraría su ausencia?

Y con voz real, ordenó:

—¡Que la fusilen al amanecer!

Y al amanecer fue fusilada.

El rey empezó a atisbar lo arduo de su misión. Mucha pesadumbre alfabética albergaba aún su espíritu. Un día dio en pensar que era absurdo mantener dos letras, la b y la v, idénticas en los fines y diversas en la forma.

—¡Nido de dudas!, ¡foco de confusión! —despotricaba el emperador—. ¡Unas veces b, y otras veces v! ¡Santo cielo! Entre las dos, siembran más dudas de las que acarrearía la ausencia de una de ellas. Además, ¿para qué dos si con una basta?

Resultaba evidente que habría que ejecutar a una, pero ¿a cuál de las dos? Por altanera, quizás lo merecía la b; por insulsa, acaso la v.

Transcurrieron unas semanas antes de que el rey se decidiera:

—¡Que fusilen a la b! Por altanera y orgullosa, ¡que la fusilen al amanecer!

Y al amanecer fue fusilada.

Así desapareció la letra h de la faz del reino, y asimismo la b. Y todo le pareció más claro al rey, y dio gracias a Dios por encomendarle esa misión.

A partir de aora, ya nada será lo mismo. A partir de aora, los hermanos serán ermanos, los hijos serán ijos, los huérfanos serán uérfanos. Y los orfanatos, orfanatos.

El rey estaba exultante.

A partir de ahora, ya no habrá basto y vasto, que todo será vasto. Ni habrá baca y vaca, que todo será vaca. Ni bota y vota, que todo será vota.

El rey, satisfecho aunque exhausto, se retiró varias semanas a Babia. Aunque quedaba mucho por hacer, que pensar sin que le distrajeran las preocupaciones del día a día. Y, sobre todo, sin atender a consejeros que le disuadieran de sus ideas. No era su intención quitarle trabajo al pelotón de fusilamiento. 

De primera intención, el rey quiso ejecutar a la letra g, preservando la j, pero se dio cuenta de que era una idea medio descabellada.

—Cuando fuera menester cantar victoria:  ¡Emos ganado la guerra!, ¿cómo iba a decirlo?

Aunque la g no fue ejecutada, sí fue debidamente reconvenida y relevada de algunas funciones.

A partir de aora ya no abrá generales, ni gerifaltes, ni gentuza, ni gentío, ni gentilicios, ni gineceo, ni gitanos, ni gimnasia matutina... No, a partir de aora abrá jenerales, y jerifaltes, y jentuza, y jentío, y jentilicios, y jineceo, y jitanos, y jimnasia a cualquier ora...

El asunto de la g le trajo a mal traer al rey. Matar a medias a una letra es más peliagudo que fusilarla entera. Y la g, la muy astuta, había sabido jugar sus cartas.

A veces parecía que el rey se olvidaba de su misión redentora, pero bastaba el más leve contratiempo para que gritara como un energúmeno:

—¡Se ará lo que yo diga...! ¡Y será lo que yo quiera…! ¡¡¡Que la fusilen al amanecer!!!

Fuera cual fuera la circunstancia, el rey despedía la terrible frase: ¡Que la fusilen al amanecer! Quizás para entonces ya había ido más lejos que su propia locura.

Y así llegó un día en que se sintió morir. Y tuvo miedo. Y lamentó no terminar su misión. Y murió esa misma noche. De apoplejía, como el buen burgués.

Y generación tras generación es recordado con el mismo asombro que se reserva al persa que ordenó azotar al mar.

12.2.11

*Ramón Gómez de la Serna: Caprichos


A
diferencia de los Los caprichos grabados por Goya (tan tétricos, tan lúcidos, tan crueles), los Caprichos escritos por Gómez de la Serna resultan ser chispeantes, tiernos, quiméricos.

La primera edición de estos Caprichos apareció en 1925 y hasta 1956 no apareció la segunda que, según parece, era muy distinta de la primera. En 1962, meses antes de fallecer Gómez de la Serna, publicó Espasa-Calpe, en la colección Austral, una edición con casi cuatrocientos caprichos, que bien pudieran ser considerados microrrelatos. Ignoro si esta edición, que tengo a mano, coincide exactamente con la de 1956 o si incluye nuevos textos. En el “Breve prólogo” que precede a ambas ediciones, el autor se refiere así a su libro:

Éste es el libro de lo imaginario puro con algo de absurdo, contando con que lo absurdo no puede ser tonto, ni taimado, ni avieso.

Aquí están realizadas todas las pesadillas y venganzas ideales, después de rotos innumerables borradores de otras tantas.

Y aunque es tan diverso el resultado, yo tengo que exclamar ante los antagonistas como final de este introito: «¡Amigos, se hizo lo que se pudo, no los pude inventar mejores!»

La vida son estos divertimientos y después está el Cielo, pero ésa es otra inmensa cosa.

R. G. S.

Buenos Aires.

VERDADERA FALSA MUERTE DE CALÍGULA

Calígula quizá no murió así, pero debió morir así.

El bárbaro tetrarca —por ser tres veces brutal— ordenó que los que saliesen aquella noche con investidura roja fuesen muertos por sus centuriones.

El Implacable tenía aquella noche una cita proterva, y en la ofuscación de la prisa el muy idiota se olvidó de su propia orden y se embozó en la túnica roja, siendo muerto por su propia guardia al salir del palacio.

CLEPTÓMANA DE CUCHARILLAS

Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.

Es ésa una cleptomanía corriente sobre todo en los palacios reales, y por eso hubo reyes que cambiaron las de oro por otras de similor, para evitar que se llevasen tan costoso “recuerdo de S. M.”.

Poseía cucharillas de los mejores hoteles del mundo, de las casas más nobles —con el escudo en el agarradero—, y hasta algunas arrancadas a las colecciones napoleónicas.

Un día, sin poder resistir mi curiosidad, le pregunté qué se proponía almacenando tantas cucharillas.

Entonces la cleptómana me dijo en voz baja:

—Vengarme del mundo... Dejarlo sin una cucharilla... Que muevan el café con tenedor.

LAS NEGRURAS DE REMBRANDT

Ha aparecido un experto en Rembrandt que ha penetrado en el secreto de sus fondos oscuros.

En esa afición al contraste con el negro en sus grandes cuadros había algo más que una propensión al claroscuro.

Se han encontrado en esas negruras del artista misterios de su pasión, sombras agazapadas de sus sueños, un fondo de aguafuerte de sus miedos.

En esa bituminosa y abrumadora recámara de sus cuadros estaba vibrando en la luz negra el destino de sus personajes y del mismo pintor.

En su Lección de anatomía se asoman la muerte y su estado mayor sobre las personas que componen el cuadro, amparado el macabro grupo por el cortinado de negruras que paramenta el fondo.

EL LECTOR DE REOJO

Al que lee nuestro diario de reojo no le importa que le miremos con estrábica iracundia.

No es que seamos egoístas, es que ese segundo lector desconocido retarda nuestra lectura, nos hace tropezar o patinar en lo que vamos leyendo, y como además tiene ideas contrarias a las nuestras, lee de otra manera lo que lee y nos equivoca.

El lector de reojo tenía que sufrir su condigno castigo algún día, y la cosa sucedió en el tranvía 50.

Lo llevaba al lado y no lograba despegarlo ni doblando violenta y sorpresivamente mi diario, cuando de pronto se metió con más anhelo en la página, haciendo gestos de estupor.

Leía una necrología con la media foto de los jubilados, que en comparanza súbita noté que era su retrato. ¡Era su necrología! ¡Alguna vez tenía que suceder una cosa así para escarmiento de lectores entrometidos!

SEIS BARBAS DE BESUGO

El anfitrión campechano pidió a voz en grito en el comedor del figón solitario:

—¡Eh de la casa! ¡Vino, cordero y un besugo por barba!
Nadie respondía, y entonces el caballero estentóreo volvió a gritar:

—¡Lo dicho! ¡Vino, cordero y un besugo por barba!

Era disparatado pero pintoresco el buen ver de aquel conjunto de caballeros con aquellas barbas plateadas que tenían cola de pescado en la punta.

Escamadísimos y corridos se fueron de la posada misteriosa buscando la barbería en que les descañonasen de sus absurdas barbas de besugo.

EL GATO QUE VUELA

Al gato que vuela no lo suelen ver más que los trasnochadores impenitentes, y eso si no pierden de vista la perspectiva de los tejados.

El gato que vuela no es que vuele seguido en el cielo de la madrugada, porque entonces sería un gran murciélago, sino sólo hace una cosa: que salta de alero a alero atravesando la calle, como si volase.

Como los naturalistas nunca andan por las ciudades de cuatro y media a cinco de la madrugada, no han podido anotar ese salto maravilloso —más vuelo que salto— que engatuña el cielo delirante en el entrevero de la noche y el día.

SABE A MARIPOSA

Llegó a la gran bodega el supercatador, y cuando le dieron a probar el caldo rubio del jerez nuevo, dijo sin dubitación alguna:

—Esto sabe a mariposa.

Todos se quedaron perplejos porque el dictamen del supercatador era inapelable.

Por si hablaba en un sentido simbólico, le preguntaron:

—¿Y eso qué quiere decir?

—Nada, no se alarmen —repuso el genio en distinguir sabores—. Eso quiere decir que ha caído una mariposa en la gran tinaja.

Dudando de tanta sutileza, subieron en una escalera para ver si se veía la mariposa ahogada, y, en efecto, una mariposa blanca se había ahogado en el néctar rubio.

REVOLUCIÓN

Cuando la revolución está en su crepiteo más sangriento es cuando se oye gritar:

—¡A matar los pavos reales!

No sería una revolución completa y tan digna como debe ser si no se oyese ese grito que es el ex libris revolucionario:

—¡A matar los pavos reales!

Entonces la multitud se desparrama por palacios y zoológicos y no queda un pavo real vivo y con plumas.

Entonces —sólo entonces— comienza la contrarrevolución.

EL SUEÑO Y LA MUERTE

Al sentirse envarado por el sueño y la muerte se apresuró a irse a la cama.

Quería saber quién iba a llegar antes, si el sueño o la muerte, pero en mitad del pasillo cayó dormido para siempre.

El sueño y la muerte habían empatado en él su eterna jugada.

EL NEGRO CONDENADO A MUERTE

Aquel negro había tenido la avilantez de amar a una blanca y eso, en la pulcra yanquilandia, no se perdona.

Los jueces, que por algo se lavaban los dientes cuatro veces al día, pronunciaron una terrible sentencia condenatoria. El negro sería ejecutado por tres veces con macabra saña.

La noche de capilla fue aterradora para el pobre hombre empavonado, tan terrible que, cuando le llevaron a matar en la madrugada de ojos pitañosos, se había vuelto blanco.

Así como en la noche de la capilla última ha habido condenados que han encanecido por completo aun habiendo entrado pelijóvenes, el negro se había convertido en blanco.

En vista de eso, los jueces se reunieron en consejo urgente y como, al perder el color, el delito se había convertido en falta, optaron por casar a la pareja de blancos.

Ramón Gómez de la Serna, Caprichos. Madrid, Espasa-Calpe, 1962.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

10.2.11

La carne y los libros

Mallarmé forma parte de ese conjunto de poetas a los que un solo verso les identifica. Ahí está Lorca: "verde que te quiero verde", o san Juan de la Cruz: "un no sé qué que quedan balbuciendo" (siempre tan mal citado); Jorge Manrique: "nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar..."; Quevedo: "Polvo serán mas polvo enamorado"; fray Luis: "¡Qué descansada vida"; Darío: "Dichoso aquel que es apenas sensitivo" ... y tantos otros. El verso más visible de Mallarmé dice:

La chair est triste et j'ai lu tous les livres.

Es inevitable preguntarse: ¿quién, que no sea Dios, podría encarnar ese yo que todo lo ha leído? ¡Leer todos los libros! ¿Cabe mayor tristeza? La carne está triste y sufre, o sufre porque la carne es triste; pero también sufre el alma, aunque su dolor le acerque a otras almas.

Leer todos los libros, o la mitad de la mitad de la mitad, etcétera, es una locura, y más si le asiste la razón a Chamfort, cuando sostiene que casi todos los libros son corruptores y que los mejores hacen tanto mal como bien. Como puede apreciarse, el quid de la cuestión consiste en despejar el casi.

8.2.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas acerca de un lector ingenuo] (2)

Budhi-Dhorma acude en metro al trabajo. Hoy, el metálico gusano avanza lentamente, a trompicones, sin aviso de anormalidad. Budhi-Dhorma, adormilado, cogita: ¡Leeré Paradiso! Tengo que leerlo. Debo leerlo. Puedo leerlo. Quiero leerlo. Tales verbos apuntalan su moral. Pero ¿llegará a leerlo? A Budhi-Dhorma le pierden los preparativos. Por evitar las sorpresas, a veces derrocha en ellos toda su energía.

*   *   *

A Budhi-Dhorma le encantan dos cosas: imaginar el futuro como si ya fuera pasado y descubrir en el pasado vestigios del futuro, presagios de lo por venir. El tiempo del presente, por inasible y por lábil, le abruma. Solo mientras piensa, siente Budhi-Dhorma que vive, que amordaza al tiempo. Mientras piensas, ¡vives!, se arenga a sí mismo, para seguir pensando, para seguir viviendo.

[8/2/11]

(Continuará)

6.2.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas acerca de un lector ingenuo] (1)

 Paradiso

Budhi-Dhorma se consideraba un bibliófago con pocos escrúpulos: había devorado toda clase de libros. Unos con mucho nervio, otros huesudos, apergaminados otros, otros más mollares y otros aun con su pizca de lubricidad. Por eso, cuando en un texto del gran mexicano nacido en Guatemala leyó la desafiante pregunta: ¿Tu ya leíste Paradiso?, no pudo menos que sentirse apelado. ¿He leído yo Paradiso? El del Dante, no; por supuesto que no, que me quedé en el Infierno, siempre tan cruel y entretenido. El otro Paradiso, el caribeño, Budhi-Dhorma tampoco lo había leído. Y después de tantos años quizá no fuera excusa la falta de tiempo. Puede que el tiempo no se tenga en un momento dado, en un día, en una semana, en un mes, incluso; pero si tras tantas décadas no has tenido tiempo, acaso es que no querías tenerlo. Budhi-Dhorma se sentía avergonzado: la aviesa pregunta le había dejado herido. Pero aun sin haber llegado a leer Paradiso, Budhi-Dhorma podía alegar en su descargo que lo intentó muchas veces, lo que se dice muchas, logrando así que el nombre de Baldovina, que inaugura la novela, acabara convertido para él en un nombre vulgar y corriente. Pero ¿por qué avergonzarse? Budhi-Dhorma siempre había leído lo que quería; y en ese terreno más le gustaban las trochas que los caminos reales; y más prefería descubrir lo desconocido que rendirse a la evidencia de lo manoseado. Muchos libros, incluso de renombre, apenas le interesaban, y no movería un dedo por leerlos... Ah, pero Paradiso era otra cosa. A lo largo de los años, Paradiso se había convertido en su tierra prometida, y Budhi-Dhorma no quería repetir el destino de Moisés. Si le abrumaba la vergüenza era precisamente porque le desagradaban las personas que olvidan su querer por mengua de voluntad, y lo cierto es que él siempre había querido leer Paradiso. Había querido y no había podido, se mostró incapaz: he ahí su fracaso, he ahí su vergüenza.

Pero un día, Budhi-Dhorma, con la fiereza de los fumadores relapsos, se hizo a sí mismo una promesa: ¡Leeré Paradiso! Aunque me lleve tres meses, un año o un semestre, ¡leeré Paradiso! Y si no por gusto, al menos por sentido libresco del deber, como el soldado que en la fría noche resiste vigilante en la garita mientras sueña con una copa de orujo.

Así pensaba Budhi-Dhorma.

[6/2/11]

(Continuará)

4.2.11

Un poema “espectral” de Ángel Guinda

El pasado martes, Ángel Guinda, reciente Premio de las Letras aragonesas 2010, presentó en la sede de la SGAE su último libro, publicado por Olifante: Espectral, una suite de poemas en prosa en los que el poeta, medio médium, invoca a sus fantasmas. (“¡Para saber quién soy comienzo a dialogar con mis fantasmas!, escribe.) Flamígeros poemas, sinuosos, deudores de lo invisible, que rescatan vivencias maceradas en el dolor o la alegría. Poemas plenos de imágenes fulgurantes y frases interjectivas, delíricas, interrogativas o demoradamente enumerativas e incluso, por momentos, sentenciosas.

Además del autor, recitaron poemas, entre otros, Liberto Rabal y Adriana Davidova. El poeta José Cereijo, por su parte, con voz honda y pausada, dijo el siguiente poema:

 

¡DE VOCES ESTÁ LLENA MI CABEZA! Voces de aparecidos, voces nuevas, del destino, desconocidas o proféticas, voces del centro de la Tierra, voces inquietantes, amordazadas, metálicas, de vidrio, voces de gas, de cloroformo; huecas voces de catacumbas, de robots, de hilo, de desmembramientos. ¡Mi cabeza es un gong, un campanario, un redoble de voces! Oigo voces que se aglomeran, atropellan, quebrantan mi quietud, se tambalean. Voces de sed, de piedra, de madera, voces del infinito, sepultadas, voces de tiempo, del abismo; voces de oscuridad, de terremotos, volcánicas, de alarma. Mi cabeza es un observatorio de voces embrujadas, solas, voces de apartamentos y palacios, de zulos, de chabolas, de tabernas, de desaparecidos, de extenuación, de guerra, de socorro, de náufragos que claman a las nubes. Veo las voces de las pesadillas. Toco voces de oxígeno, secretas, emigrantes, voces que sangran, voces esqueléticas, voces de flores, rocas, animales, voces sin tumba, voces exiliadas. Pero siempre oigo voces, voces, voces. ¡De todas esas voces está hecha mi voz!

Por último, y traicionando el título de esta entrada, copio un breve poema que evoca, con palabras devastadas, una terrible página de la historia reciente de Europa:

 

¡ME HA TRAÍDO EL DOLOR a Sarajevo! Bajo esta tierra la hiel echó raíces. La luz, sobre esta tierra, se hizo sombra. Los ojos fueron fieros alaridos y los brazos del infierno se alzaron hasta el sol. Sobrevoló esta tierra un mar de fuego. ¡Bajo este cielo aterrizó la muerte!

Ángel Guinda

2.2.11

El desafío [Cuento]

Aunque quizás no venga al caso, lo cierto es que aquel hombre era empleado de banca, más exactamente un cajero.

Alto y serio, casi tétrico, le gustaba beber solo y aborrecía la conversación.

Acodado en la barra, moderna y cutre, del miserable bar, recordaba las lejanas barras de cinz en las que acodó sus años mozos.

Tuvo una necesidad. Cuando regresó, supo que la camisa recién comprada había desaparecido.

Apuró la cerveza y espetó al dueño del bar:

-Me han birlao la camisa.

Sin atender a explicaciones, abonó la consumición y abandonó el bar.

Regresó antes de media hora. Con otra camisa, idéntica.

Pidió otra cerveza.

Con una mirada panorámica desafió a los perplejos parroquianos.

Y añadió:

-¡A ver quién tiene güevos ahora y me roba la camisa!