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25.5.12

De insultos y blasfemias

Como el tiempo no pasa en balde, también los insultos envejecen, pierden garra, se amodorran. ¿Quién querría hoy zaherir con un mastuerzo, mentecato, cenutrio, lerdo, pánfilo, lila, sandio, modorro, estólido, tarugo, memo, botarate, fatuo, bobo, lelo, majadero, mendrugo, tonto, gilí, zote, beocio, panoli…?

¡Si parece que estamos pidiendo perdón...!

Con los años, a los insultos se les caen las uñas. Pero siempre quedará el clásico y tonante ¡hijo de puta!, de tan adversas connotaciones, y cierta palabreja caprina capaz de sulfurar al más pintado. La nómina de insultos del  Casares me reservaba una sorpresa nunca oída, digamos que inaudita: motolito, que puestos a imaginar vendría a ser un adoquín en movimiento.

Las blasfemias, por su parte, limado su poder ultrajante, languidecen allí donde se vive de espaldas a lo divino. (En otros lugares, sin embargo, una blasfemia puede costar un gran disgusto; tiempos y lugares no son unívocos, ni ahora ni nunca.) Cuando la religión pierde fuelle, las blasfemias no medran, y acaso sea su destino quedar arrumbadas en los sótanos de la lengua, sin nadie que las diga.

2.5.12

De tacos (y tacas)

Paseo apaciblemente por la calle recoleta y se me clava en los oídos esta frase:

―¡A mí me toca los güevos!

La profiere una mujer de mediana edad, guapa y furibunda; se la endilga al hombre que la acompaña, y es de suponer que se refiera a un tercero.

Sigo mi camino, giro a la izquierda, y en la breve calle dedicada a quien fuera buen vasallo, si oviesse buen señor, atisbo, en la salida de un aparcamiento, a dos mujeres y a un hombre, jóvenes los tres, que discuten mientras fuman (o viceversa, aunque no sea lo mismo, como bien sabe cualquier aprendiz de jesuita).

Una de las jóvenes, de impreciso rostro y vibrante voz, proclama a mi paso:

―¡Estoy hasta la polla!

Cabizbajo, prosigo mi camino, pensando en la rotunda refutación de cierto feminismo, en lo que a palabrotas se refiere (incluso dejando de lado la parla adolescente, tan genitalísima). Hoy por hoy, si alguna mujer dijera: ¡No me sale de los ovarios!, fórmula propugnada antaño, sonaría tan cursi, relamido y fofo como si dijera ¡córcholis! mientras se golpea el dedo con un martillo. Está visto: aquí, en lo tocante a tacos, lo que sigue mandando, y cada vez más entre mujeres, son los cojones y la polla. ¡Bendito sea Dios!

Indócil es el habla, y no se deja domeñar. Cada quien elige sus palabras, y no hay decreto que se lo impida.

6.3.12

Los «senores» extranjeros (Un artículo de Julio Camba sobre la dichosa ñ)

El pasado martes se cumplieron cincuenta años de la muerte de Julio Camba. Una buena excusa (y qué excusa no es buena) para degustar alguno de sus memorables artículos, que son un gozo para el espíritu y un tónico para los músculos faciales. ¿Cuántos autores son capaces de provocar en el lector un estallido de risa? Pocos o muchos, es indudable que Camba es uno de ellos. Maestro de la crítica sutil y elegante, en Camba nunca se echa de menos la cortesía del humor, aunque sea un humor serio.

La querella de la ñ, como evidencia el artículo de Camba que propicia esta nota, viene de antiguo y acaso no tenga fin. Dichosa tilde, hispánica boina que le cayó a la n en pos de la sencillez, y que tantas porfías provoca.


“Está claro que la ñ es la aportación española al alfabeto latino y la simple duda acerca de su carácter de letra independiente ya es ofensa que se le hace a la cultura hispánica. […] La nasal palatal no existía en latín, pero la evolución de grupos tales como gn, nn o ni dio lugar a ella y, durante la Edad Media alternaron y se confundieron, en el ámbito románico, todas esas grafías e incluso otras, como in, yn, ny, nj, ng, nig, ign y hasta una simple n. Finalmente, italiano y francés se quedaron con gn, el catalán prefirió ny y el portugués eligió la nh que había arbitrado el provenzal, porque la h, ya muda en latín, lo mismo servía para un roto que para un descosido. El castellano se decidió pronto por la grafía nn, que se abreviaba por medio de una n con una raya encima, y así se confirmó en la ortografía alfonsí. Luego la raya se onduló en tilde y para Nebrija, pese a tener pleno conocimiento de su origen como abreviación de la doble ene, era ya una letra tan independiente y propia que afirmaba ‘hazemos le injuria en no la poner en orden con las otras letras del a b c’. Una letra emblemática, pues, en el alfabeto español, que figura en el propio nombre de España, como acaba de reconocer, el 30 de mayo [1991], la comisión de Cultura y Educación del Consejo de Europa, pero bastante más que eso, porque no es signo usado solo en nuestra lengua, sino en todas aquellas, que son bastantes y algunas de notable importancia, a las que el castellano dio alfabeto y tenían una consonante nasal palatal en su sistema fonológico. Aquí, en la propia casa, el vasco; en América, el guaraní, el quechua, el aymara, el araucano, el zapoteco y tantas otras; en Filipinas, el tagalo, su idioma oficial, y en las Islas Marianas, el chamorro. Sin olvidar que también la usa el gallego ¡y con qué frecuencia afectiva! […] El día 30 de mayo de 1991, ya lo he dicho, la Comisión de Cultura del Consejo de Europa reconoció públicamente que le eñe es una letra emblemática en la escritura del español…” [Gregorio Salvador.]

Gregorio Salvador y Juan R. Lodares, Historia de la Letras, Madrid, Espasa, 1996.


Otras letras, en otros idiomas, llevan esa misma tilde, pero lo privativo de la virgulilla de la ñ es que, lejos de ser el tocado con que se cubre la n, se trata de una letra distinta, aunque ambas sean gemelas, y de tan distinto bramar. Allí donde la n es letra tímida y modosita, la ñ parece una letra gamberra, belicosa, que inflama palabras y conceptos. En cuanto a su sonido parece de hormigón armado, pero su apariencia es de una elegancia natural que deslumbra.

De la antología que preparó el mismo Camba, Mis páginas mejores (Gredos, 1956), rescato este cómico texto sobre los infortunios de la dichosa ñ, orgullo y emblema de nuestro alfabeto.


LOS «SENORES» EXTRANJEROS
Los únicos impresores del mundo que han aceptado la ñ española son los ingleses. Los franceses no la han aceptado todavía, y los alemanes tampoco.

Los franceses, especialmente, no sólo no aceptan nuestra ñ, sino que ni siquiera la traducen. Hay una traducción francesa de La campaña del Maestrazgo, que se titula La cloche du Maestrazgo. Yo me quedé loco un día que me preguntaron en París:

Mais, qu’est ce que c’est que cette sacrée cloche du Maroc?

Sin embargo, nosotros respetamos el rabito de la c francesa, ese rabito que parece una perilla, y nunca escribimos francais, sino français, ni francois, sino françois.

Que los franceses respeten nuestra ñ, si quieren que nosotros respetemos su c de rabito. No es cosa de que se abuse de nosotros porque seamos una nación débil.

La ñ española ha corrido muchísimas aventuras en el mundo. Un español entró un día en un estanco de Berlín a comprar cigarros. Le enseñaron unos habanos con una vitola que decía: «Cabanas».

—Estos habanos —dijo el español— los hacen ustedes en la trastienda, ¿eh?

El estanquero protestó:

—No proteste usted. Si fueran habanos, no diría en la vitola Cabanas, sino Cabañas. Esta n debiera tener una tilde.

Y el español inició al estanquero en los misterios de la ñ española.

Algún tiempo después el mismo español volvió al estanco. El estanquero lo reconoció en seguida.

—Ya tenemos legítimos Cabañas —le dijo—. Vea usted.

Abrió una caja y le mostró un cigarro. En la vitola se leía: «Cabañas.­Habaña.» El estanquero, muy orgulloso, exclamaba:

—¡Habaños, habaños legítimos!...


Julio Camba, Alemania (1916).

30.11.11

“Gata embarazada”

Qué sorpresa, encontrarse con esto en una novela de Pío Baroja:

Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; todos los que caían se devoraban con idéntico apetito.
[La busca, Caro Raggio, 1994.]

“¡Gata embarazada!” ¡Y a principios del siglo vigésimo!, igual igual que lo diría ahora cualquier refitolero. (Ay, desalmados comegatos que ni a gata “embarazada” respetan.)

Hubo un tiempo en que los muchachos nos zaheríamos con un: “¡Anda! ¡Que tu madre está preñá!”. (¿Preñá o preñada? En la ancha Castilla no es seguro que renunciáramos al poderío íntegro del participio.) Ese verbo genésico ya empezaba a ser visto con recelo cuando se refería a mujeres. Cosas del lenguaje y de las épocas. Pero si alguien hubiera osado decir entonces que su gata (o su perra, o su cerda) estaba “embarazada”, quizás se hubiera desplomado la bóveda celeste. Pero cambian los tiempos y, hoy por hoy, los animales también son personas, como algún Fernando dijo, y las personas (en este supuesto, mujeres) ya hace décadas que no se quedan “preñadas”. Y tal vez porque los tiempos adelantan que es una barbaridad, Marx, Groucho Marx, curándose en salud, y por lo que pudiera pasar, se adelantó a su época alegando que los hombres son mujeres como las demás.


     

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15.8.11

Digresiones: Bukowski, Om Kolthoum, poesía erótica del Siglo de Oro y frases para la historia…

Abúlica mañana del demediado agosto. Todavía no arrecía la calorina, pero arreciará. Hojeo el último libro póstumo de poemas  
––¿cuántos van–– de Bukowski. Poesía  narrativa, dialogada, hecha de esas pequeñas historias cotidianas ––vividas por Chinaski o imaginadas por Bukowski–– que reflejan el mundo del escritor (mujeres del pasado, visitas al hipódromo, recuerdos de la Depresión o de su trabajo en Correos, la lucha por “el siguiente minuto”…) Historias distintas que fluyen como si fueran una misma historia, casi infinita, partida en versos. L
a clave de esa abundancia tal vez esté en un poemita donde el poeta confiesa:

mientras la mayoría de la gente
lo desperdicia todo conversando
yo
lo escribo.

z

Suena en el tocadiscos una canción de Om Kolthoum, la cantante egipcia. Una canción inabarcable como una sinfonía, una canción de la que me llega, dejando aparte la de los instrumentos, la música secreta de una voz entre dulzona y desgarrada. Aunque no sé lo que dice, me seduce su manera de decirlo.

z

Después de leer algunos poemas de Bukowski, hojeo la Poesía erótica del Siglo de Oro, una antología de Alzieu, Jammes y Lissorgues. Aunque relegada a la trastienda de la literatura, a la poesía erótica no le han faltado cultivadores, aunque muchos poemas nos hayan llegado anónimamente. Frente al lenguaje de frac que a veces parecen requerir ––sin requerirlo realmente–– otros temas, el poema erótico pide desenvoltura, procacidad, buen humor, frescura, rijosidad, espíritu burlón y deslenguado… En suma, alma de Arcipreste, de Hita o de donde fuere. Veamos un soneto anónimo espigado de la mencionada antología:

––¿Qué me quiere, señor? ––Niña, hoderte.
––Dígalo más rodado.
––Cabalgarte.
––Dígalo a lo cortés.
––Quiero gozarte.
––Dígamelo a lo bobo. ––Merecerte.

––¡Mal haya quien lo pide de esa suerte,
y tú hayas bien, que sabes declararte!
Y luego ¿qué harás?
––Arremangarte,
y con la pija arrecha acometerte.

––Tú sí que gozarás mi paraíso.
––¿Qué paraíso? Yo tu coño quiero,
para meterle dentro mi carajo.

––¡Qué rodado lo dices y qué liso!
––Calla, mi vida, calla, que me muero
por culear tiniéndote debajo.

“¡Admirable lección de vocabulario! ––anotan, asombrados, los estudiosos––. El soneto incluye su propio comentario.” Sin duda.

z

Ordenando papeles, doy con un recorte de periódico (la fotocopia de un recorte, para ser exactos) en el que bajo el rótulo de “Frases para la historia” se recogen algunas de esas frases que, por presuponerlas fruto de  la ignorancia más que del mero lapsus, han hecho las delicias de muchos. Pionera en esas lides fue Sofía Mazagatos, quien dijo acerca de los toreros: “Me gustan los toreros que están en el candelabro”, inventando así una famosa y repetida expresión. Pero a la modelo y actriz no sólo le encandilan los toreros, los escritores también, incluso si aún no han recibido el Premio Nobel. Refiriéndose a Vargas Llosa, dijo esta frase memorable: “Me gusta mucho Vargas Llosa, pero no he tenido ocasión de leerle.” La frase es endiablada: cuantas más vueltas le doy, más profunda me parece. Misterios de la necedad. 
Terelu Campos, por su parte, cometió un lapsus, es seguro, cuando dijo que “la aspirina fluorescente es más rápida y eficaz”. No se concibe que alguien en sus cabales renuncie a decir la única palabra que, según se me alcanza, tiene cinco vocales, y todas son e: efervescente. ¿Fluorescente, efervescente? Imperdonable. Confundir el alegre bisbiseo con el tubo de luz fría.

Christina Aguilera se planteaba una duda topográfica: “¿Dónde se celebra el Festival de Cannes este año?”. Y Yola Berrocal, que acaso tenía un verano tonto y estaba alarmada por la creciente corrupción, dijo: “Qué calor, qué soborno.” Aunque la frase más poética, más  azul, y que me recuerda a un cuento de García Márquez, quizás la dijera Rocío Jurado: “Llovía muchísimo, parecía el Danubio universal”.


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28.6.11

“Están en el chocho folladas”

El calor era agobiante. En el autobús, el aire acondicionado apenas se notaba. En la entrada se formó un atasco y el conductor activó la voz que se oye por doquier, y que   en esta ocasión pedía, por favor, una y otra vez, que avanzáramos hacia el fondo. Cuando logré atravesar el larguísimo pasillo del 27,  me di de bruces con un grupo de muchachas, con atuendo nada estival, armando jaleo. Fruto de mi ignorancia pensé que serían gitanas y rumanas, pero mi ignorancia no alcanzaba a discernir si serían ortodoxas, protestantes o católicas. Una de ellas, con grandes gestos y voces, pedía un asiento para una embarazada. Que se mareaba. Pedía un asiento aunque alguna de ellas iba sentada. Una joven rubia se levantó, sorprendida, y cedió el sitio a la supuesta embarazada, que quizás estaba tan sólo algo entrada en carnes. Como recién llegado, no me era fácil saber si se trataba de una gamberrada. Estas muchachas se parecían mucho a esas otras que fatigan las calles pidiendo, quién sabe con qué intención, una firmita para alguna asociación de sordomudos, o cosa por el estilo. Nunca entendí esas peticiones; algunos dicen que son excusa para robar. Eso dicen algunos. De momento, estas muchachas armaban un jaleo de mil demonios, escandalizaban al personal y provocaban quejosas conversaciones susurradas. Alguien habló de embarazadas, y fue entonces cuando la generala apostilló a voz en grito, en perfecto e inédito castellano: “Están en el chocho folladas.” Y entonces sentí, como un vergazo, la fuerza irreductible de nuestro idioma.

14.12.10

Frases sacadas de historiales médicos...

Sabido es que algunos estudiantes (¿y quién no lo ha sido?) deslizan en los exámenes disparates de marca mayor. Metódicos profesores han compuesto con ellos sabrosas antologías, que dan sopas con honda a los automatismos surrealistas. Esos disparates son, a veces, el resultado de una lucha titánica con la ignorancia, o un simple descuido, o un brindis al por si acaso, o un intento de tapar astutamente el blanco vacío…

Si todos hemos sido estudiantes, no todos somos médicos; aunque pocos se libran de ser pacientes. Y, algunos, muy impacientes. Hace días cayó en mis manos una recopilación de “frases sacadas de historiales médicos o de informes reales”. Formaba parte de la convocatoria a una asamblea de los médicos de un hospital a fin de tratar el tema de la falta de tiempo para atender a los pacientes como es debido. En este caso, los errores no derivan de la ignorancia sino de las prisas. Vistos con suficiente distancia, son errores de una jocosidad extrema, aunque no dejan de señalar un acuciante problema. Lo que en una conversación rutinaria no deja la menor huella, puesto por escrito provoca toda clase de espantos. Escribiendo deprisa, y bajo presión, acaso sean inevitables los dislates. Basta el más leve descuido en la posición de una coma para convertir en cómica la frase más seria. Las contradicciones, en una historia médica, no tranquilizan. La sintaxis dislocada puede llegar a ser un venero de comicidad. Y asimismo, por qué no decirlo, las declaraciones de algunos pacientes son en sí mismas hilarantes…

F R A S E S

El paciente no tiene historial de suicidios.

*

El paciente afirma que siente un fuerte dolor en el pene que se extiende hasta los pies.

*

El paciente rechazó la autopsia.

*

La piel estaba húmeda y seca.

*

El bebé salió, se cortó el cordón umbilical y se le entregó al pediatra, que respiró y lloró de inmediato.

*

El examen rectal reveló una tiroides de tamaño natural.

*

Afirmó que había sufrido estreñimiento durante casi toda su vida, hasta 1989, cuando se divorció.

*

El paciente presenta dolores de cabeza ocasionales, constantes, infrecuentes.

*

El examen de los genitales resultó negativo, excepto por el pie derecho.

*

El paciente vive con su madre, su padre y una tortuga como mascota, que acude a clases de formación profesional tres veces por semana.

2.12.10

Adioses

Hijo de otro siglo, cada vez que oye el advenedizo y mercantil Que tenga un buen día, no puede dejar de añorar en lo más recóndito de su ser el castizo Que usted lo pase bien, incluso sin el usted. (Ambas expresiones quizás están muertas, pero la que le agrada a él murió de vida, mientras que la otra vive de muerte. Como cultiva sus manías, todavía recuerda con vívido horror la primera vez que oyó el zoofílico ¡Que te folle un pez! en una película doblada. Hay calcos, supuesto que lo sea, que estremecen; y en este caso, prefiere asimismo el dicho castizo, de tan larga vida… aunque últimamente algo recortado.)

13.10.10

Las palabras (y lo que significan)

Alejandro Rossi, en su famoso Manual del distraído, cuenta una anécdota deliciosa, ejemplar y acaso apócrifa, que bien pudiera pasar por microrrelato:

Tuve una novia extraña. Me confesó que era criptojudía y yo pensé —en mi ignorancia cristiana— que era una secta erótica. Durante meses esperé la invitación.

Tiene gracia la cosa. Unas veces nos inventamos el significado de las palabras; otras veces, las utilizamos con precisión, ignorando que su uso acaso sea ya otro; otras veces…

Visto lo visto, me planteo algunas preguntas: ¿quién no imaginó alguna vez un significado propio para cierta palabra?, ¿quién no distingue entre palabras sedosas y ariscas?, ¿quién no usó alguna vez palabras de cuyo significado dudaba?, ¿quién no dudó alguna vez de sí mismo al usar una palabra?, ¿quién no tuvo alguna vez la certeza de no ser entendido?, ¿quién no malinterpretó alguna vez, engañado por el contexto, el significado de una palabra?, ¿quién no sintió alguna vez que ciertas palabras parecen rebelarse contra lo que significan?

Visto lo visto, ¿cómo extrañarse de que en cada cosa que oímos, y en cada cosa que leemos, vaya implícita nuestra interpretación de lo que oímos y de lo que leemos? La interpretación, en suma, de lo que somos.

18.5.10

Tara. Una rectificación

Si el otro día motejé a la Academia de remilgada, hoy retiro lo escrito: estaba yo en un error. He comprobado que la 22ª edición del Diccionario de la RAE define ‘tara’, en su cuarta acepción, del siguiente modo: Defecto o mancha que disminuye el valor de algo o de alguien. (A la Academia parece no importarle que la tara pueda acrecentar el valor.) Estos desfases míos se deben a que soy inactual, y fidelísimo de la 19ª edición, mastodóntica y manual, del DRAE. ¡Y anda que no ha llovido desde entonces! (Pero ¿qué te hubiera costado consultar la última edición, tan esplendorosa ella, por internet? Se ve que no acaba uno de aprender.

Me gusta el título de esta entrada. Pienso que leído por un chino pasaría por título de Thomas Bernhard: Tala. (El subtítulo tampoco carece de importancia para la mímesis.) Los chistes privados son privados, disculpadme; y ya que hablamos de chinos, recuerdo un anuncio televisivo de preservativos (¿ya nadie dice profilácticos? ¿no hay ya condones que valgan? ¿murieron juntamente sostén y condón?): un chino elogiaba la marca: “una gran elección”, y quien quiera entender que entienda. (Los creativos, ¿se llaman así?, son harto sutiles: aviesos diablillos que hurgan en los recovecos de nuestras convenciones: y el lenguaje, la primera.) Creo que no estoy inventando nada, pero a veces dudo de mis recuerdos.

Hace días, en la presentación del libro de Ignacio Gómez de Liaño Carro de noche. Poesía 1972-2005, Marcos-Ricardo Barnatán, previo aviso, se esforzó por leer correctamente el título de un poema: “La caza de Acteón”. Sin ese esfuerzo, lo que fuera caza se hubiera trocado en casa. Refractario seseo; nunca pensé que tanto: Barnatán vive en España desde 1965, y tal vez en Madrid, ciudad poco seseante. Aquí vive y preside la Z. (¡Vale ya! ¡Fuera! ¡No más chistes privados, ni públicos!) De acuerdo, pero acordarse que aquí cada quisque dice Madriz (una revista se titulaba así), salvo si ese quisque parla catalán, en cuyo caso sería Madrit.

17.10.09

Vivir para ver

Gustaba mi madre de repetir una frase: Vivir para ver, como decía el tío Marcelino. Ignoro si ese tío Marcelino era pariente o simple paisano, pero esa frase del tío Marcelino me acompaña desde siempre, acaso porque encierra, en su sencillez de trébol, mucha sustancia. Todo lo expresa, todo: paciencia, desencanto, sorpresa, entusiasmo, lucidez, decepción... Esa frase, escrita, permanece muda; pero si alguien la pronuncia, se abre a una pluralidad de sentidos. Es frase tan insondable que alberga en sí misma todas las intenciones posibles, a la espera de quien quiera decirla, escupirla, gruñirla, declamarla, recitarla, sobarla... Y así hasta la náusea. Vivir para ver...

1.10.09

Un olvido

Me he despertado temprano, pensando en un olvido: no dije ayer de quién eran las palabras de Beckett que citaba. Enmiendo el olvido: eran de Ana María Moix. Como todo el mundo sabe, Beckett escribía en inglés y en francés, no así en español. Tampoco escribía en español Shakespeare, como es sabido, ni Séneca, ni Dostoievski, ni Machado de Assis, ni Büchner, ni Bernhard... Autores todos ellos a los que muchos hemos leído en español. Curioso misterio ése de leer lo que alguien ha escrito, gracias a unas palabras distintas a las que él usó. Y esto, que es el pan nuestro de cada día, y que tan normal nos parece, se lo debemos a esos contrabandistas de la cultura, los traductores. Ante ellos, desaparece el dilema de leer el libro en el original o no leerlo. (Si se puede leer en el original, no hay dilema.) Así, cualquier libro se convierte, ante la posibilidad de ser traducido, en muchos libros. Suele decirse que cada generación necesita traducir de nuevo a los clásicos, que de esa manera aparecen remozados, mientras que el original permanece expuesto a los rigores del tiempo y del cambio semántico. Según  parece, los Essaies de Montaigne resultan cada vez más ininteligibles para los franceses de hoy día, con lo que acabarán siendo traducidos al francés, de la misma manera que ya se vuelve necesario traducir al español el Poema del Cid. Las palabras parecen tener vida propia: cambian de significado, desaparecen por un tiempo,  mueren, resucitan acaso, iguales pero distintas...

(Hace años, una palabra, muerta muertita por estos lares, se rebeló contra su sino y, gracias a la influencia de allende los mares, volvió a la vida en la tierra que la viera nacer, siendo por un tiempo palabra fetiche. No había conversación de altura en la que no se la nombrara. Como un Lázaro déspota, se imponía con arrogancia. Pero, ay, de nuevo cayó en el olvido, y su uso se volvió otra vez obsoleto...)