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31.5.11

Porque era coja

Recuerdo un cuento -olvidé su autor- sobre un criminal que iba a ser ahorcado.

Por alguna arcaica razón legal, el reo podía ser indultado si alguien, a última hora, aceptaba casarse con él.

El criminal del cuento tuvo suerte: una mujer quiso ser su mujer. Pero el criminal, henchido de orgullo, rechazó la oferta porque la mujer era coja.

Si todo el mundo quiere su propio bien (lo que causa grandes desgracias), es evidente que el bien de cada uno es distinto. Y así, alguno prefiere morir ahorcado antes que aceptar la compasión de una coja. Virtuosa, quizás, por añadidura.

En algunos puede más el orgullo que la razón, y ésos se resisten a que las circunstancias elijan por ellos.

29.5.11

* Pío Baroja, Aurora roja: El derecho - La ley - La esclavitud - Las vacas - Los negros - Los blancos - Otras pequeñeces

Recientemente he leído Aurora roja, tercera novela de la trilogía barojiana La lucha por la vida. Fechada en “Madrid, diciembre 1904”, Baroja ofrece en ella un vívido retrato del anarquismo finisecular,  años antes de la aparición de la CNT, el sindicato anarcosindicalista.

“Llaneza, amigo Sancho”, reconvenía don Quijote a su fiel escudero. Llaneza es lo que prodiga Baroja, y por lo que resulta tan entrañable su lectura. Llaneza es esa manera tan cercana de contar las cosas, sin estridencias, sin triquiñuelas.

En esta novela se refleja toda la panoplia de ideas, diversas y antagónicas, reciamente encarnadas en los personajes, de las que se nutría el anarquismo finisecular, y apuntando de soslayo a sus fricciones con el socialismo. Los hijos de Bakunin, tan enemigos entre sí, eran unánimes en su repudio de los hijos de Marx.

Parece increíble la viveza con que una novela puede mostrarnos la mentalidad de una época; y ello sin dejar de ser novela, ni proponer tesis, ni hacer sociología. Aunque muchas de aquellas ideas quedaron arrumbadas en los sótanos de la historia, otras perduran a pesar de todas las caídas del telón de la historia. Las ideas muertas, que tanta vida tuvieron, son como esos dioses a los que se tragó el desierto, y a los que nadie implora.

Pero es una curiosa experiencia, y la novela de Baroja la propicia, ver cómo las ideas –a veces puras entelequias– se encarnan en personas concretas. Ideas que se “tienen”, como diría Ortega; a diferencia de las creencias, en las que “se está”. Quizás por ello, gentes que profesan ideas diferentes, comparten idénticas creencias, incluso sin saberlo. Pero si es posible cambiar de ideas, o incluso vivir de espalda a ellas, las creencias habitan en nosotros, seamos conscientes o no. Y, a veces, sólo por contraste, llegamos a percatarnos de ellas.

SEGUNDA PARTE
Capítulo II

El domingo siguiente llegó Manuel tarde a la reunión; hacía un hermoso tiempo de invierno, y Manuel y la Salvadora lo aprovecharon para pasear.

Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en su período álgido.

Qué tarde le dijo el Madrileño; te has perdido la gran juerga; pero, en fin, todavía continúa.

Las caras estaban congestionadas.

¿Quiénes son los que discuten?

El Estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.

El jorobado era Rebolledo.

Lo que proclamamos nosotros decía el estudiante Maldonado con voz iracunda es el derecho al bienestar de todos.

Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado replicó Rebolledo, padre.

Pues yo, sí.

Pues yo, no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho a edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no tuviéramos derecho.

Se pueda o no se pueda, el derecho es el mismo replicó Maldonado.

Claro dijo Prats.

No, claro no y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con vigorosos signos negativos-, porque el derecho de la persona varía con los tiempos y hasta con los países.

El derecho es siempre el mismo afirmó el grupo jacobino.

¿Pero cómo antes se podía haces una cosa, por ejemplo, tener esclavos, y ahora no?
preguntó el jorobado.

Porque las leyes eran malas.

Todas las leyes son malas afirmó rotundamente el Libertario.

Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito dijo con ironía el
Madrileño; ladran a los que llevan blusa y mala ropa.

Si se suprimiera el Estado y las leyes
afirmó uno de los circunstantes los hombres volverían a ser buenas personas.

Esa es otra cuestión repuso con desdén Maldonado; yo le contestaba al señor y señaló a Rebolledo, y, ¡la verdad!, no recuerdo lo que decía.

Usted decía dijo el jorobado que las leyes antiguas, que permitían tener esclavos, eran malas, y yo digo que no; lo que sí afirmo es que si volvieran aquellas leyes volvería a haber el derecho de tener esclavos.

No ...; la ley es una cosa; el derecho es otra.

El derecho es lo que a cada uno le corresponde naturalmente como hombre... Todos tenemos derecho a la vida; creo que no lo negará usted.

Ni lo niego ni lo afirmo...; pero que mañana vengan los negros, por ejemplo, a Madrid, y, a éste quiero y a éste no quiero, empiecen a cortar cabezas, ¿qué hace usted con el derecho a la vida?

Podrán quitar la vida, no el derecho a la vida replicó Prats.

¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho a la vida?

Aquí, en Madrid, todo se resuelve con chistes dijo el catalán enfadado.

No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.

Es usted un reaccionario.

Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han convencido.

¿Pero es que usted no cree gritó Maldonado que todo el que nace tiene derecho a vivir?

No sé contestó el jorobado; las vacas también nacen y deben tener derecho a vivir; pero, a pesar de esto, las matamos y nos las comemos en biftec; es decir, se las comen los que tienen dinero.

Se echaron todos a reír.

Es que se va de la cuestión dijo Prats.

No replicó el jorobado; es que a mí las pamplinas me hacen la santísima, ¿sabe usted?, y aquí se habla mucho, pero no se dice na, Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, y pa mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si a mí me quisieran demostrar que tengo derecho a quitarme la joroba. Yo creo que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que tengo que pasar una botella de vino por las Puertas y me la ven, que yo haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. ¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero mañana suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho a exigirme nada. Yo encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni más filosofía que eso.

Así, echándolo todo a rodar, no hay discusión posible dijo Maldonado.

Yo encuentro que tiene razón exclamó el Libertario.

Sí; desde su punto de vista, sí añadió Juan.

De esa manera de pensar repuso el Libertario son la mayoría de los españoles. En un pueblo donde hay un cacique no se pregunta si el cacique tiene razón o no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más fuerte..., pues tiene razón... Es la ley natural..., la lucha por la vida.

El jorobado quedó engreído de su triunfo, y, sin duda, no quiso quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta modestia añadió al cabo de un rato:

Yo no sé de estas cuestiones nada; hablo al buen tuntún...; ahora, hay cosas que me parecen bien, como la que se ha dicho antes, de repartir el trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.

Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted a impedir que el hijo herede al padre? -preguntó Maldonado.

Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego el listo y el trabajador, que vayan arriba; el holgazán, que se fastidie.

Con la anarquía ya no habrá holgazanes
dijo Prats.

¿Y por qué no?

Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.

¿Por qué?

Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros tampoco.

Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.

¿Y el que guarde dinero? preguntó el jorobado.

No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.

¿Y los ladrones?

No habrá ladrones.

¿Y los criminales?..., ¿los asesinos?

No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que asesine para robar.

Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.

Esos son enfermos, y hay que curarlos.

¿Entonces, las cárceles se convertirán en hospitales?

Sí.

¿Y lo alimentarán a uno allá sin hacer nada?

Sí.

Pues va a ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.

Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra
dijo Prats.
Esas cosas de detalles se estudiarán.

Bueno, y otra cosa: los obreros, ¿qué vamos ganando con la anarquía?

¿Qué? Mejorar la vida.

¿Ganaremos más?

¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.

Eso quiere decir que a cada uno se le dará lo que merece.

Sí.

¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?

¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado? dijo Prats de malhumor.

En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa el trabajo?

Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al catalán, que dijo en un arranque de malhumor:

Esos, que vayan a romper piedra a la carretera.

No arguyó Maldonado; que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he hecho este par de zapatos»; y no será el uno superior al otro.

Bueno replicó Rebolledo; pero aun suponiendo que el inventor no sea superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior a otro; y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros superiores a otros.

No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.

Pero eso no puede ser.

¿Por qué no?

Porque es como si yo le dijera a usted: «Este banco es mayor que esa bocha»; y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos a suprimir los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es mayor o menor».

Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted comprender que el mundo cambia en absoluto -dijo Maldonado con desdén.

¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de que tenga que variar; de lo que dudo es de que usted sepa cómo va a variar. Porque usted me dice: no habrá ladrones, no habrá criminales, todos serán iguales...; no lo creo.

No lo crea usted.

Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.

Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto del barbero.

Me ha convencido usted le dijo Manuel al jorobado.

Claro exclamó el Madrileño impaciente, como que todas esas fórmulas son mamarrachadas. No hay mas que una cosa: la Revolución por la Revolución, pa divertirse.

Eso es dijo el señor Canuto; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego a todo? Pues a ello. Y echar con las tripas al aire a los burgantes y tirar todas las iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos, y todas las cárceles... Y si ve a un cura, o a un general, o a un juez, se acerca uno a él disimuladamente y se le da un buen cate o una puñalá trapera... y adivina quién te dio... Eso es.

Prats protestó, diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y humanos, y no una partida de asesinos.

¡Pero será este hombre mendrugo!
exclamó el señor Canuto en el colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, le dijo: Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me dolían a mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto algo en la vida poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior del ojo derecho; más que muchos, y he cambiado de táctica militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un máuser. Echa usted el cañón y dispara...: pum..., pum..., pum..., todas las veces que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible que se atraviese usted el corazón.

No le entiendo a usted dijo el catalán.

¿No? y el señor Canuto sonrió mirando a su interlocutor con lástima. ¡Qué le vamos a hacer! Quizá yo no de pie con bola y, haciéndose el humilde, continuó: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos a cuentas. Si usted tiene una caballería o un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace usted?

¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.

Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?

Claro.

Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al enfermo: yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, paliar, o lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta cosa, disimular las úlceras, o sea poner encima una capa de polvos de arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.

Será verdad; a mí no me lo parece.

¿No? Pues a mí, sí. Yo le daría a usted un consejo. No sé si se ofenderá usted. Eso es.

No, señor, yo no me ofendo.

Pues hágase usted socialista.

¿Por qué?

Porque eso que dice usted y hacerse “socialero”, es lo mismo que ir a cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted?, y una escopeta de caña. Eso es.

PÍO BAROJA
(LA LUCHA POR LA VIDA, III)
Aurora roja 
Madrid
Editorial Caro Raggio
1974

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

28.5.11

Los antivirus y yo

Como a la peste. Así hay que temer a los virus informáticos. Y a los antivirus también. Que en ocasiones causan más daño del que evitan. Yo no puedo olvidar que un antivirus, el Norton dichoso, aniquiló el disco duro de mi primer ordenador, de aquellos con monitor todo culo. La pantalla se puso de luto riguroso, y por mucho ¡arre, arre! no había manera de que arrancara. Puede que fuera yo el causante del colapso al contestar al buen tuntún algunas preguntas en inglés. Lo cierto es que el ordenador cayó fulminado y la pitanza con que le había alimentado desapareció. Todo cosas de poco valor, recuperadas gracias a la copia de seguridad almacenada en un disquete. 

Estos últimos días, a causa de otro antivirus, me quedé sin conexión a internet, lo que me obligó a mucho platicar por teléfono con los técnicos. Tras tediosas comprobaciones, el diagnóstico fue que se había originado un conflicto en el ordenador. ¡Para echarse a temblar! ¡Un conflicto! (Un técnico me recomendó que dejara descansar durante un cuarto de hora al ordenador. A veces, basta con eso, añadió el mago, para que se arregle. Como no estaba en condiciones de dudar, aunque sospechaba que quizás quería despedirme, le creí; pero no hubo tal. El reposo no dio su fruto. La lucha interna continuaba.)

Después de casi dos horas al teléfono (algo que ahora me cuesta creer), el último técnico con el que hablé sentenció que nada podía hacer, que el problema era del ordenador.

A la lucha del ordenador se añadió la mía propia. La idea de llevar el portátil a reparar me sumió en una postración, digamos, binaria. Paseé mi abatimiento durante dos horas, y poco a poco ahuyenté los miedos: se imponía copiar los ficheros personales y borrarlos del ordenador…

Tras la tempestad, vino la calma. En ocasiones, no es mala idea dejar reposar las cosas. Y así, al cabo de unos días, supuse que quizás desinstalando el antivirus… (aunque no parecía haberse instalado). Y voilà, problema resuelto. Lo veía y no lo creía. En el correo me esperaba un presupuesto de reparación: 60 euros. Y entonces pensé: qué importante es en esta vida saber dónde se sopla. Qué duda cabe que antes del eureka el presupuesto me hubiera parecido salvífico…

27.5.11

Georges Poulet / El recuerdo y el espacio en Proust

Rescato del cajón del olvido el capitulo V de L’espace proustian, un libro de Georges Poulet que traduje hace años, muchos años, y que permanece inédito.

¿Lugares y momentos perdidos para siempre?

Uno recuerda el problema planteado al comienzo de la novela proustiana, y la famosa respuesta que aporta, inmediatamente después, el episodio de la magdalena.

De repente, por casualidad, la coincidencia de tal sensación actual y de tal sensación antigua determina una liberación de recuerdos. Los momentos perdidos se vuelven a encontrar. En la profundidad del pasado se despiertan, se ponen en movimiento, atraviesan una larga zona de olvido para desembocar, por último, en la superficie:

Eso asciende lentamente; percibo la resistencia y oigo el rumor de las distancias que va atravesando.

. . .

... Resistente dulzura de esa atmósfera interpuesta que tiene la extensión de nuestra vida, y que constituye toda la poesía de la memoria.

Gracias a la memoria, pues, el tiempo no está perdido, y si el tiempo no está perdido, tampoco lo está el espacio. Al lado del tiempo recuperado está el espacio recuperado. O para hablar con más exactitud, hay un espacio al fin recuperado, un espacio que se encuentra y se descubre en razón del movimiento desencadenado por el recuerdo.

Hasta entonces, en efecto, como hemos visto, el mundo proustiano se revelaba singularmente privado de espacio. ¿Qué mostraba? Aquí y allá, lugares dispersos, y entre ellos, menos un espacio que una ausencia de espacio, algo a la vez cerrado, interrumpido e insalvable.

Y he aquí que, de repente, se efectúa un movimiento en ese vacío. Por vez primera el pensamiento acompaña a un objeto en su progresión. Ese espacio no es, pues, la reiteración sin fin de un hiato, la exclusión de todos los lugares por todos los lugares, la imposibilidad de trasladarse de un lugar a otro. El espacio no es negativo. Puede ser atravesado. El objeto que le traspaso lo revela a la mirada.

Los ejemplos de esta metamorfosis del espacio abundan. ¡Cuántas veces, bajo la presión de algún acontecimiento interior, no vemos, tanto en la obra de Proust como en la de Baudelaire, desplegarse una extensión mental, cuya amplitud se mide con la intensidad del sentimiento experimentado! En la revista Lilas, el colegial Proust se describía situado en el punto medio de un círculo ondulatorio que propagaba a su alrededor la ola de sus emociones: «Yo soy el centro de las cosas, escribía, cada una de las cuales me procura sensaciones y sentimientos magníficos y melancólicos, de los que yo gozo». Esta centralidad de la vida afectiva, esta capacidad de recibir tal o cual género de actividad sensible, para desarrollarla enseguida en una inmensa organización del sentimiento, es lo que Proust no cesará de ejercer durante el resto de su existencia. Intermitencia del corazón, surgimiento imprevisto del amor o del recuerdo, revelación súbita del ser del prójimo, ¿en cuántas ocasiones no se transforma el pensamiento proustiano en una especie de punto sensible, a partir del cual se irradian multitud de deseos, de reminiscencias, de suposiciones angustiadas?

Cuando se está enamorado, el amor es tan grande que no cabe en nosotros: irradia hacia la persona amada.

. . .

El amor no es quizás otra cosa que la propagación de esos oleajes con que una emoción sacude el alma.

. . .

Nos imaginamos que el amor tiene por objeto un ser que puede estar acostado ante nosotros, encerrado en un cuerpo. ¡Ay! Es la prolongación de ese ser a todos los puntos del espacio y del tiempo que ese ser ha ocupado y ocupará.

Y, sobre todo, este texto donde, para expresar el movimiento amplificador del pensamiento amoroso y de los celos, Proust encuentra una imagen tan justa como inesperada:

En fin, Albertine no era, como una piedra a cuyo alrededor ha nevado, más que el centro generador de una inmensa construcción que pasaba por el plano de mi corazón.

Así, el enorme desarrollo adquirido por el personaje de Albertine en los volúmenes inmediatamente precedentes a la conclusión, el lugar cada vez más importante que ocupa físicamente en el libro, constituyen el equivalente exacto del lugar ocupado en el corazón y en el alma del amante por la obsesión de la amada. El amor es esencialmente una actividad que se expande, que se multiplica, que ocupa progresivamente un volumen mayor. Semejante al humo que crea por todo el cielo su propia atmósfera, el amor se dilata y, al dilatarse, produce a su alrededor su propio espacio.

Ahora bien, lo que es verdad para el fenómeno del amor, lo es también para cualquier movimiento del corazón.

¿Qué es un recuerdo, por ejemplo, sino un gran movimiento de reminiscencia que, como un cohete que estalla, despliega un abanico de nuevos recuerdos, a partir de un sabor, de un olor, de un ruido de campanas, idénticos a los percibidos en la profundidad de los años? Por lo tanto, no es sólo la imaginación celosa la que, en la obra de Proust, ocupa espacio, sino también, y sobre todo, la energía mnemónica misma. Diríase que encerrada mucho tiempo en el «lugar cerrado» en que se encontraba confinada, basta algún mágico parecido para que, liberada de su cárcel, y semejante al genio salido de la botella descorchada, se desparrame con una fuerza tanto mayor cuanto que había permanecido mucho tiempo prisionera en ese lugar de una extrema constricción. Y ese movimiento de expansión se continúa en una extensión que se revela ahora sin fisuras y sin obstáculos, sin que nada interrumpa el progreso del objeto que va esparciéndose en ella. La metamorfosis del espacio es, pues, más completa de lo que parecía a primera vista. El espacio no solamente se ha convertido en una realidad positiva y que se puede atravesar; se ha mudado en una continuidad universal, a lo largo de la cual, por todas partes, el pensamiento se despliega como una ola que persevera en el impulso adquirido, y que lleva su fleco de espuma siempre más lejos.

Recuerdo o sentimiento, una fuerza se desparrama por el espacio proustiano, acompañada por un rumor incesante de palabras. ¡Movimiento continuo, rumor incesante! A pesar de todo lo que se ha dicho anteriormente sobre el carácter esencialmente discontinuo del mundo proustiano, el gran crítico Curtius no iba descaminado al pretender que la continuidad era, por el contrario, uno de sus rasgos más destacables: «Su obra, escribía hablando de Proust, parece ilimitable, más como una continuidad que como una forma de contornos precisos.» Y también: «Por mucho que comprendamos a Proust, estamos atrapados en la corriente infinita del espíritu, que no conoce ni disminución ni muerte.» Palabras que, tal vez, quien las pronunció, no consentiría ya en decirlas hoy, pues en la época en que las pronunció la obra de Proust no estaba aún publicada en su totalidad, y podía entonces parecer interminable, no pudiendo sospechar el crítico con qué precisión había fijado Proust el fin de su novela; pero son palabras que, no obstante, en el marco en que deben ser colocadas, siguen siendo sumamente justas. Sí, hay en la obra de Proust una continuidad que aparece en el seno mismo de la discontinuidad; continuidad que Curtius identifica con lo que denomina «la corriente infinita del espíritu», y que es, en efecto, ese movimiento propiamente sin fin, inagotable, que comienza bajo la forma de una onda primera que se extiende por el pensamiento, y que continúa en una serie de círculos concéntricos, impresiones inmediatas, reminiscencias, imágenes, raciocinios de todas clases, que prolongan, más allá, el flujo de las palabras que sirven para expresarlos. Desde este punto de vista, nada parece
–incluso considerado solamente bajo el aspecto físico– más semejante a un continuum que el verbo proustiano: funcionamiento ininterrumpido de la actividad expresiva, que parece continuar indefinidamente el movimiento de amplificación del pensamiento, como una inundación que, sin dejar ninguna parte vacía, creara por todas partes su espacio al desbordarse.

GEORGES POULET
El espacio proustiano
[Traducción de Luis Valdesueiro]

19.5.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (9) Querer lo que se quiere

SINOPSIS. Aunque Budhi-Dhorma, lector ingenuo, se ha prometido a sí mismo leer Paradiso, la monumental novela de José Lezama Lima, no ve llegado el momento de empezar la lectura. Amilanado por la magnitud de la empresa, todo se le vuelven maniobras dilatorias, aproximaciones propedéuticas.
Y mientras llega el deseado momento, Budhi-Dhorma vive y desgrana digresiones…

Budhi-Dhorma sabe lo difícil que es querer lo que se quiere. De ahí que con frecuencia renuncie búdicamente a sus deseos. Los deseos nos hacen infelices: tanto da que se cumplan como que no se cumplan. Y, a veces, al cumplirse, la infelicidad es doble. Así piensa Budhi-Dhorma, para sí mismo, sabedor de que se trata de un pensamiento privado, sin validez universal. ¿Iba a ignorar él que entre sus congéneres cada uno es, como suele decirse, de su padre y de su madre? ¡Qué gran verdad!, piensa Budhi-Dhorma, y en qué poco aprecio se la tiene.

Budhi-Dhorma sospecha que tras muchos deseos se amotina una palabrería infinita. La gente dice que desea aquello que en absoluto desea, y a eso acaba reducido su deseo: a expresar un deseo que en realidad no desea. Vanidad de vanidades…

Budhi-Dhorma sabe -la vida se lo enseñó a muy alto precio- que es difícil, imposible a veces, querer lo que se quiere. Más fácil sería, con ser difícil, querer lo que se tiene, y sin embargo pocos son los que logran tal bendición. Muchas veces queremos de boquilla lo que queremos; lo queremos… sin quererlo, como aquellos a los que Saint-Just reprochaba que querían la revolución sin la revolución. Es innegable, para Budhi-Dhorma al menos, que muchas veces queremos lo que en realidad no queremos, lo cual es el colmo del querer. Pero el caso es querer, incluso lo que no queremos..

Budhi-Dhorma confía en llegar algún día a Paradiso. Quiere llegar, pero sus atisbos búdicos no le ayudan en la tarea. Y lo cierto es que algunos libros se le resisten. Empieza a leerlos y se le caen de las manos. Y si no los empieza, es peor aún: no se le van de la cabeza, y añora una feliz coyunda con el libro inaccesible. Pero si consigue olvidarlos, no es extraño que en un momento dado, fruto de un arrebato, acabe dando cuenta del esquinado libro, de uno de esos libros que, por su grosor al menos, son muy recomendables para convalecientes. Lo que queremos se burla a veces de nosotros mismos en las narices de nuestro querer. Así piensa Budhi-Dhorma. Eso sucede unas veces, y otras veces no sucede eso. Pero lo terrible, lo que más aflige a Budhi-Dhorma, es sentir el oscuro deber de leer un libro. ¡Pobre Budhi-Dhorma! 

El lector ingenuo hace recuento de alguno de esos gigantes que, si no forman parte de su destino, sí pertenecen al ámbito de sus desvelos: La montaña mágica, La muerte de Virgilio, Manhattan Transfer, Ulises, Guerra y paz, En busca del tiempo perdido... ¡Paradiso! ¡Grandes novelas! Novelas movedizas, no aptas para alfeñiques. Budhi-Dhorma cree que una misma dieta lectora no es apropiada para todos; sería algo descabellado y sin sentido. Cada cual debe elegir sus alimentos. Pero el lector ingenuo siente que a veces le paraliza la inmisericorde presión de las grandes novelas y tiene la vaga impresión de que su libertad ha sido violada. Y entonces pone todo su tesón en desembarazarse de cualquier asomo de obligación. Una obligación no querida está reñida con el gozo. Al menos eso piensa Budhi-Dhorma. Él quisiera creer que no hay excusas que valgan, y que no hay necesidad alguna de excusarse. Ni de excusarse, ni de mentir. Pero a veces piensa que para llegar al heroísmo de la verdad tendría uno que ser Sócrates. A esa verdad aspira, no obstante, Budhi-Dhorma, ya que las mentiras, y a veces incluso las verdades, le parecen tiros que salen por la culata. A este respecto recuerda una anécdota que le sucedió en Bruselas. Caminaba cabizbajo y pensativo por la calle, tras escuchar en el Botanique el desgarrado Concierto para el fin de los tiempos, de Messiaen, cuando al levantar la cabeza de sus pensamiento, vio acercarse a un clarísimo señor que llevaba una cartera y una revista en la mano. Budhi-Dhorma tuvo un atisbo de lucidez: Tate, es un testigo, se dijo, de Jehová; y empezó a sentir por dentro cierto regocijo al presagiar la oportuna excusa, ya que no dudaba de que sería interpelado. (Todavía hoy, al cabo de tantos años, Budhi-Dhorma guarda rencor a los mormones, ya que nunca –tan despreciativos, tan emparejados, tan jóvenes varones, con esa blanca camisa de manga corta, con aquella chapita identificativa–, lo que se dice nunca, se dirigieron a él, como si él, pobre Budhi-Dhorma, fuera un réprobo que no mereciera redención. Y basta esa nimia niñería para que Budhi-Dhorma sea incapaz de olvidar a los hijos de Joseph Smith.)

El hombre testigo estaba cada más cerca de Budhi-Dhorma; al llegar a su altura, le dirigió unas oscuras palabras en francés.

Budhi-Dhorma, sonriente, le contestó, en español:

Lo siento, no hablo francés…

(Hubiera podido decirlo en francés, pero le pareció absurdo decir en francés que no hablaba francés.)

Pero el testigo, que vio el cielo abierto, le espetó:

Ah, no importa; yo soy español…

Y así Budhi-Dhorma, resignado y prisionero de su excusa, consintió en recibir doctrina.

[20/4/11]

(¿Continuará?)

13.5.11

+”La trasparencia, dios, la trasparencia” y “El nombre conseguido de los nombres”, de Juan Ramón Jiménez, en su propia voz

JRJ recita los dos primeros poemas de “Dios deseado y deseante”


Hoy pienso que yo no he trabajado en vano en dios, que he trabajado en dios tanto cuanto he trabajado en poesía. Y yo sé que las dos jeneraciones que están ahora tras de mí, están encuadradas en la limitación del realismo mayor; pero también sé que otras jeneraciones más jóvenes han tomado el camino abandonado en nombre de tales virtuosismos asfixiantes; el camino que siguió mi jeneración y que venía ya de la anterior a la mía, camino mucho más real en el sentido más verdadero, camino real de todo lo real. Con la diferencia de que ésta es la realidad que está integrada en lo espiritual, como un hueso semillero en la carne de un fruto; y que no escluye un dios vivido por el hombre en forma de conciencia inmanente resuelta en su limitación destinada; conciencia de uno mismo, de su órbita y de su ámbito.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ
Del prólogo a Dios deseado y deseante
(Animal de fondo)
[1948-1952]

8.5.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (8) La libertad negativa

SINOPSIS. Aunque Budhi-Dhorma, lector ingenuo, se ha prometido a sí mismo leer Paradiso, la monumental novela de José Lezama Lima, no ve llegado el momento de empezar la lectura. Amilanado por la magnitud de la empresa, todo se le vuelven maniobras dilatorias, aproximaciones propedéuticas.
Y mientras llega el deseado momento, Budhi-Dhorma vive y desgrana digresiones…

Entregado a diversas tareas, Budhi-Dhorma descuida la lectura pendiente de Paradiso. Ay, todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora, dijo hace siglos y siglos el sabio Qohelet. Acaso por saber que el ánimo es propenso a la mudanza, Budhi-Dhorma envidia la fe viva del alpinista, siempre fiel al desafío de la montaña, a la que nunca olvida, esa montaña que presagia goces futuros.

Otros asuntos rondan la cabeza de Budhi-Dhorma y siempre se detiene ante la mano de Baldovina. Sospecha que no ha llegado su momento. Contrito y apenado, se siente vasallo de fuerzas desconocidas: no siempre va donde quisiera, y muchas veces acaba yendo a donde no quisiera. C’est la vie, filosofa Budhi-Dhorma, mientras recuerda la definición negativa que de la libertad dio Rousseau. Y a ella se aferra Budhi-Dhorma, cual si fuera un ginebrino más. Él no aspira a hacer lo que quiere; le basta con no tener que hacer lo que no quiere. «¡La libertad!, qué bello ideal», susurra Budhi-Dhorma, que se siente esclavo por partida doble: no hace lo que quiere y hace lo que no quiere. Sino fatal, tan común. Para reconciliarse consigo mismo, Budhi-Dhorma se lame de vez en cuando con una frase consoladora, al derecho y al revés: «Mejores momentos vendrán. Vendrán momentos mejores.» Y mientras tanto, Budhi-Dhorma siente un deseo negado y una fuga cumplida.

Celoso de su palabra, Budhi-Dhorma no renuncia a su promesa. Y como su poca o mucha sabiduría le enseña que no hay gozo en el rigor, espera que maduren en su magín esas ansias que vuelven gozosas las promesas, y que inflaman al sujeto de fervor espiritual. Pero el hombre propone y Dios dispone. Y Budhi-Dhorma no es tan mentecato que desconozca tan sublime verdad. “El hado sopla cuando quiere y como quiere.” Así piensa Budhi-Dhorma.

[29/3/2011]

¿Continuara?

5.5.11

*El Evangelio abreviado / El profeta Tolstói y el reino de Dios

Una crisis espiritual condujo a Tolstói (1828-1910) a un cristianismo sin dogma, basado en el amor y la no resistencia al mal. Siempre comprometido en la búsqueda de un paradigma de justicia, el artista extraería de aquella crisis un ideal de vida
—pobreza voluntaria, trabajo manual, ascetismo— que le llevaría, en 1888, a ceder sus posesiones a su familia y, más tarde, los derechos de sus últimas obras al dominio público. Subjetividad y sed de verdad se dan la mano en este Evangelio abreviado, la traducción de los cuatro evangelios que Tolstói realizó para revelar el verdadero mensaje de Cristo, que, en su opinión, tras mil ochocientos años de manipulaciones y tergiversaciones, la exégesis eclesiástica había ocultado. Por primera vez el lector en español tiene acceso a la fue, según el escritor ruso, la obra más importante de su vida.
[Nota editorial.]

Tolstói

Los discípulos de Jesús le preguntan en qué consiste el reino de Dios que él predica. Jesús responde: «El reino de Dios que yo predico es el mismo que predicaba Juan. Consiste en que todos los hombres, sean cuales sean sus infortunios carnales, pueden ser bienaventurados.»

Y Jesús dijo al pueblo: «Juan fue el primero en predicar a los hombres que el reino de Dios no está en el mundo externo, sino en el alma de los hombres. Los ortodoxos fueron a escucharle pero no entendieron nada, porque sólo entienden lo que ellos mismos inventan sobre el Dios externo; predican sus invenciones y se sorprenden de que nadie les escuche. Juan predicaba la verdad del reino de Dios dentro de los hombres y por eso hizo más que nadie. Él hizo que desde ese momento no fueran necesarios ni la ley ni los profetas ni ningún culto externo a Dios. Con su enseñanza se descubrió que el reino de Dios está en el alma de los hombres y que todo hombre con sus fuerzas puede estar en el reino, en la voluntad de Dios padre.»

El Evangelio abreviado

A la pregunta de cuándo llegará el reino de Dios, Jesús dice que el reino de Dios es invisible y no se encuentra en lo externo, sino en las almas de los hombres. El principio y fin de todo se encuentran en el alma del hombres.

Y explicando el sentido del reino de Dios, Jesús dijo: «Todo hombre, aparte de ser consciente de su vida carnal, de entender que fue concebido por un padre carnal en las entrañas carnales de una madre, también es consciente de que en sí mismo hay un espíritu libre, inteligente e independiente de la carne. Este espíritu, infinito y surgido de lo infinito, es el principio de todo y es lo que llamamos Dios. Lo conocemos sólo en nosotros mismos. Este espíritu es el principio de nuestra vida, hay que ponerlo por encima de todas las cosas y vivir por él. Cuando este espíritu se convierte en el fundamento de la vida, recibimos la vida verdadera e infinita. Aquel padre espíritu que envió el espíritu a los hombres, no podía enviarlo para engañarlos, para que los hombres, al ser conscientes de que la vida infinita está dentro de ellos, la perdieran. Si en el hombre existe este espíritu infinito, le tiene que dar la vida infinita. Y por eso el hombre que dispone su vida conforme a este espíritu, tiene vida eterna. El hombre que no dispone su vida conforme a este espíritu no tiene vida. Los hombres pueden escoger por sí mismos la vida o la muerte. La vida está en el espíritu, la muerte en la carne. La vida del espíritu es el bien, la luz; la vida de la carne es el mal, las tinieblas. Creer en el espíritu significa hacer buenas obras; no creer, hacer malas obras. El bien es vida, el mal es muerte. A Dios, el creador exterior, el principio de todos los principios, no lo conocemos. Todo lo que podemos saber de él es que sembró en los hombres el espíritu, y lo sembró como hace el sembrador, en todos, sin distinguir el terreno. La semilla que cae en un buen terreno, crece; pero la que cae en una tierra inadecuada, muere. Sólo el espíritu da vida a los hombres y de éstos depende conservarla o perderla. El mal no existe para el espíritu. El mal es imitación de la vida. Existe sólo lo vivo y lo no vivo. El mal es lo no vivo. Así los hombres conciben el mundo; pero cada hombre tiene conciencia del reino de los cielos en el alma. Todo hombre puede entrar o no en él voluntariamente. Para entrar en él, hay que creer en el alma del espíritu. El que cree en la vida del espíritu tiene vida eterna.»

Lev Tolstói, El Evangelio abreviado
Traducción e introducción de Iván García Sala
Epílogo de Luis M. Valdés Villanueva
Oviedo
 KRK Ediciones
2006

3.5.11

*Antonio Machado: Proverbios y cantares


[Los “Proverbios y cantares” se publicaron por primera vez –sin la dedicatoria– en la
Revista de Occidente, I, n.º III, 1923.
Al recogerse en Nuevas canciones, tercer libro de poesía de Antonio Machado, publicado en 1924, el poeta desechó varias piezas, quedando un total de 99.]

Estos Proverbios y cantares –el título, y en buena medida, las formas y acentos, son los mismos que en Campos de Castilla [donde figura el famosísimo: Todo pasa y todo queda; / pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar]–, empiezan con la soleá de la “nueva objetividad”: El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas: /es ojo porque te ve.

Esa “nueva objetividad” no es, a la manera escolástica tradicional, primacía de la “cosa”, que estaría ahí para que el intelecto se ajustara a ella, sino que es comunidad con el “tú”, con el “otro”, con los “otros”, en diálogo fecundo. Incluso en lo hondo del “yo” late un “otro”: si nos entendemos a nosotros mismos, ha de ser porque nos tratamos y nos interpelamos como si fuéramos “otro”. La introspección lleva a la “otredad”, si no cae en “vicio solitario”: Todo narcisismo / es un vicio feo /y ya viejo vicio.

Y luego: Mas busca en tu espejo al otro, / al otro que va contigo.

Eso implica volverse más enérgicamente que nunca contra el subjetivismo decimonónico, y contra la primacía del moi fondamental bergsoniano: No es el yo fundamental / eso que busca el poeta, / sino el tú esencial.
JOSÉ MARÍA VALVERDE, “Introducción”

*   *   *

A José Ortega y Gasset

I
El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.

XV
Busca a tu complementario,
que marcha siempre contigo,
y suele ser tu contrario.

XVII
En mi soledad
he visto cosas muy claras,
que no son verdad.

XXXVI
No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.

XL
Los ojos por que suspiras,
sábelo bien,
los ojos en que te miras
son ojos porque te ven.

XLIII
Dijo otra verdad:
busca el tú que nunca es tuyo
ni puede serlo jamás.

XLVI
Se miente más de la cuenta
por falta de fantasía:
también la verdad se inventa.

L
Con el tú de mi canción
no te aludo, compañero;
ese tú soy yo.

LII
Hora de mi corazón:
la hora de una esperanza
y una desesperación.

LIII
Tras el vivir y el soñar,
está lo que más importa:
despertar.

LXVI
Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón.

LXXXV
¿Tu verdad? No, la Verdad,
y ven conmigo a buscarla.
La tuya, guárdatela.

ANTONIO MACHADO, Nuevas canciones y De un cancionero apócrifo. Edición, introducción y notas de José Mª Valverde. Madrid, Editorial Castalia, 1971.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)