A tiempos sombríos les cuadra bien este soneto de Bergamín. Soneto que aplica tales recortes al dispendio silábico del endecasílabo que acaba –austeridad obliga– en el muy castizo octosílabo.
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31.5.12
¿Cuándo mañanaremos? Un poema de Bergamín
Etiquetas: "Mañana está enmañanado", Actualidades, Bergamín (José), Po, Poemas
6.1.11
Humo
Aunque parece que amaina la cólera, esta guerra es antigua: la guerra del tabaco, una guerra que enciende los ánimos e incendia las ondas. A uno, que nunca ha sido fumador, y que ha sufrido por ello, esta guerra le pilla un tanto desapasionado, por más que le permita imaginar otros climas bélicos, y sentir el dolor de quien ve con distancia a tirios y a troyanos, y sentir el propio exilio de una realidad apasionada, demasiado apasionada.
Para no sentirme solo, me entrego, mientras escucho “Greensleeves Divisions” para laúd, a un ejercicio de asociación libre:
Humo.
Turguéniev.
Puro humo.
Cabrera Infante.
Por el humo se sabe dónde está el fuego.
El humo de los días.
Está que echa humo.
A humo de pajas.
Smog.
Humo negro.
Humo de sueños.
El humo de los días (otra vez).
Vender humo…
Y se acabó la música.
De la infancia recuerdo mi colección de cajetillas de tabaco: Paxton (mentolado, con cajita de plástico verde), Rex, Bisonte, Celtas, Ideales, Chesterfield, LM, Camel (con su oculto Manneken Pis puntillista), Record, quizás Gaulois… Guardaba la colección en un escondite secreto (fuera de casa, por supuesto), en la ladera adoquinada de un puente. Una tormenta, tan terrible como las lluvias de Ranchipur, anegó mi colección. Quizás un mentecato pudiera pensar que debo a la lluvia el no ser fumador, es decir, un pobre hombre; aunque lo cierto es que ahora, y desde hace apenas unos años, los pobres hombres (y mujeres) son otros. Los comprendo muy bien.
29.10.09
El circo de los libros
Hace unas horas que oí por la radio, con la estupefacción reservada a las gilipolleces, que unos cuantos individuos pasarán -o han pasado, o están pasando- unas horas, en el escaparate de una librería, desflorando, antes de que se ponga a la venta, la última novela de moda... Creo que las horas y los lectores son doce, como los apóstoles -aunque no lo recuerdo exactamente- o quizá diez, como los mandamientos. Esta noche no he dormido bien, y aunque no culpo a la noticia, lo cierto es que ha conseguido traerme un recuerdo de infancia: aquellos monos, de culo rojo pelado y mano inquieta, que en el foso de la antigua Casa de Fieras del Retiro, se pelaban la minga, sin pudor, ante el íntimo regocijo tímido de los asistentes. (Espero que la memoria no me traicione, pero cualquiera sabe que la memoria inventa tanto como la imaginación. Vamos, que es otra forma de imaginar lo que uno ha vivido.)
A mí la noticia del exhibicionismo lector me molesta, para qué negarlo, pero sobre todo por lo pacata que es, y por su incapacidad para rendir culto a la más rabiosa pos-posmodernidad. Alego varias razones:
1º Los lectores debieran estar desnudos. A nadie se le oculta que, desde que lo descubriera aquella jovial película inglesa que ilustraba crisis laborales y personales, desnudarse es necesario si la causa es buena (y no hay causa mala si uno se desnuda).
2º La cabeza de los lectores debería estar adornada con un casco frondoso de cables conectados a un monitor, en el que los espectadores pudieran apreciar las evoluciones cerebrales a que daba lugar la historia. Serviría también para descubrir a los listillos que, en lugar de leer, hacían que leían. (La gente es muy capaz de hacer mucha cosas para aparentar que hacen otras. Sobre todo, supongo, la gente que está dispuesta a leer en un escaparate.)
3º Los ejemplares utilizados en la acción deberían ser donados a las grandes bibliotecas nacionales del mundo, o entregadas a una ONG para que organizara una tómbola... o... o... o... o por último...
Estas son apenas unas mínimas observaciones, pero es indudable que ante los publicistas (antaño llamados publicitarios) se abre un inmenso campo de posibilidades culturales. La publicidad se liberó hace tiempo de los viejos escrúpulos éticos acerca de si el fin justifica los medios, o no los justifica. Hoy por hoy, la publicidad no acepta límites. Y su regla de oro viene a decir algo así como: si la causa es buena (¿y qué causa no lo será?), la acción es buena.
24.9.09
Mear en la ducha (Scherzo)
Ahora me entero de que una ONG brasileña recomienda que se mee en la ducha, no por el mero placer hacerlo, sino para ahorrar agua: 4.000 litros por persona y año. Eso, pienso, si uno no cambia sus hábitos en lo que al ducharse se refiere, es decir, si solo mea en la ducha cuando se duche, y no si se ducha cada vez que sienta deseos de mear. Esto me recuerda el quiasmo jesuítico: no se puede fumar mientras se reza, pero sí se puede rezar mientras se fuma.
No sé donde, creo que en el Eclesiastés, se afirma que el número de los necios es infinito. No temamos aburrirnos mientras nos dure la vida. Y si meamos en la ducha, que sea por nuestro placer, y en loor de nuestra vejiga.