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29.4.12

“O xogo da guerra” / ”El juego de la guerra”, un cuento de Carlos Casares

EL JUEGO DE LA GUERRA

Lo echaron a suertes y me tocó a mí. Yo pienso que hicieron trampas, pero me callé. El Rata me dijo: “Ve”. Yo no quería ir, digo la verdad. Pero cuando el Rata decía ve, había que ir. El Rata estaba loco, según mi madre. Pero yo pienso que no estaba loco, que era atravesado y de mala ley. “Ve”, dijo otra vez. Y fui. La casa de don Domingo quedaba lejos. Algo así como a dos kilómetros. Tuve que dar un rodeo para no pasar por delante de la zapatería de mi padre. Pensé: “Escapo para casa y ya está”. Pero cogí miedo. Además, hacía calor y en la casa no se para en verano con las moscas.

 

Llegué al chalé de don Domingo y grité:
–¡Zalo...!
Ladraron los perros. Esperé un poco y volví a llamar:
–¡Zalo...!

 

Cuando apareció, en seguida me di cuenta de que venía de dormir la siesta. Me dijo: “¿Qué pasa?”. Yo le dije: “El Rata te espera en el río. Cazó una mariposa muy bonita. Dice que vayas, que te la da para la colección”. El Zalo se volvía loco con las mariposas. Y el Rata, qué cabrón, cómo sabía dar con el gusto de la gente.
–¿Dónde está el Rata?
–En el Campo de la Bomba.
Salimos corriendo. Cuando llegamos, el Rata estaba bañándose en el río. Al vernos, salió. Miró al Zalo con cara de atravesado y le dijo: “Hola, ¿quieres la mariposa?”. El Zalo se volvió hacia mí como preguntando. La verdad, yo no quería. El Rata silbó y entre todos se abalanzaron sobre el Zalo. Lo desnudaron y lo ataron a un aliso. El Zalo lloraba y a mí me dieron ganas de llorar. Eso no se le hace a nadie y menos a traición. El Rata le escupió allí, en aquel sitio, y le llamó cagueta. “No se llora”, dijo. Después cogió una vara de mimbre y la pasó por las piernas y por la barriga sin darle. Lo echamos a suertes y me tocó a mí. Quise huir o tirarme al río, pero el Rata me miró así, como mira él, y cogí la vara de mimbre. “Venga”. Le dije que no. “Mira, Rafael, que te tocó en suerte”. Le dije que no. “Mira, Rafael, que te vamos a atar a ti”. “No”. “Mira, Rafael, que no me hartes”. “Mira, Rafael...” Por la voz supe que me iba a decir lo de mi madre. Agarré la vara de mimbre y me fui hacia el Zalo. Yo no quería, bien lo sabe Dios. Y le di en el pescuezo. Los otros gritaron: “¡Más!”. Apreté los dientes y sentí que me caían las lágrimas de los ojos y que no veía. Y le di en las piernas, en los hombros, en la cara, en el pecho. Sangraba y gritaba. Y los otros decían: “¡Más!” Y yo no veía. Y le daba. Y sentía el sol dentro de la cabeza y los chillidos del Zalo, que se me clavaban en los oídos. Y le daba[.] “¡Más!”. Me dolía el brazo de tanto subir y bajar. “¡Más!” Cuando miré al Zalo me asusté. Sangraba por todas partes y lo comían las moscas. Estaba como muerto. No hablaba. El Rata y los otros escaparon. Yo también escapé.

 

Yo no quería, digo la verdad. Se lo dije al señor aquel, pero no me hicieron caso. También le dije que lo habíamos echado a suerte, que me tocó a mí. Pero no me escuchó. Me habló del infierno y entonces me callé.

 

Ahora estoy en este colegio. Aquí llevo un año. Es primavera y no puedo salir. A lo mejor salgo para julio. Hoy me llevaron a la sala de castigos. Dicen que no se puede andar solos, que hay que jugar. Tampoco se puede andar de dos en dos. La puta que los parió a todos. Yo quiero andar solo para pensar. A mí no me gusta jugar al fútbol ni al frontón. Me gusta jugar en el cuarto de baño. Y no se puede. Está prohibido. Pero por las noches, cuando todos duermen, me levanto y voy al cuarto de baño y juego a la guerra. Por el día cojo moscas y las guardo en una caja de cerillas. Por la noche meto las moscas en el lavabo y abro el grifo, poquito a poco, despacio. Las moscas suben, escapan lavabo arriba, pero yo les doy para abajo con una paja y se ahogan. Es la guerra. Se ahogan poco a poco. Es el juego de la guerra. Un día me cogieron y me llevaron a la sala de castigos. Y me llamaron cochino por andar con las moscas en las manos. ¿Y qué? Si no fuese por la guerra, me moriría de asco. En invierno, como no había moscas, jugaba con cachitos de papel, pero no es tan bonito.

 

Para julio dicen que salgo. El Rata, a lo mejor piensa que me olvidé. Estaría bueno. ¡Ay, Rata! Estaría bueno. Le agarraré bien agarrado. Pensará que somos amigos. Estaría bueno. ¡Ay, Rata! “¿Vienes al rio?”. Él viene, que le gusta mucho. “¿Jugamos a los submarinos?”. Él juega, que le gusta mucho jugar a los submarinos. Primero paso yo. Paso dos o tres veces. Después que pase él. Yo abro las piernas y él pasa por debajo del agua entre ellas. Y así dos o tres veces, para que se confíe. Poquito a poco. Despacio. Y entonces, hala, cuando pase, cierro las piernas y queda preso por el pescuezo. Poco a poco. Despacio. Como las moscas del lavabo.


CARLOS CASARES, “O xogo da guerra”, en Vento ferido (1967)
[Traducción de Lola Fernández y Luis Valdesueiro]

O XOGO DA GUERRA

Botaron a sortes e tocoume a min. Eu penso que fixeron trampa, pero calei. Díxome o Rata: "Vai". Eu non quería ir, digo a verdade. Pero cando o Rata dicía vai, había que ir. O Rata estaba tolo, segundo a miña nai. Pero eu penso que non estaba tolo, que era atravesado e de mala lei. "Vai", dixo outra vez. E fun. A casa de don Domingo quedaba lonxe. Algo así como a dous quilómetros. Tiven que dar un rodeo para non pasar por diante da zapatería do meu pai.  Pensei: "Escapo para a casa e xa está". Pero collín medo. Ademais ía calor e na casa no verán non se para coas moscas.

 

Cheguei ao chalé de don Domingo e berrei:
¡Zalo...!
Ladraron os cans. Agardei un pouco e volvín chamar:
¡Zalo...!

 

Cando apareceu, de seguida me dei conta de que viña de durmir a sesta. Díxome: "¿Qué pasa?”. Eu díxenlle: "O Rata agárdate no río. Cazou unha bolboreta moi bonita. Di que vaias, que cha dá para a colección". O Zalo era tolo polas bolboretas. E o Rata, qué cabrón, cómo lle sabía dar co gusto á xente.
¿Onde está o Rata?
No campo da Bomba.
Saímos correndo. Cando chegamos, o Rata estaba bañándose no río. Ao nos ver, saíu. Mirou ao Zalo con cara de atravesado e díxolle: "Hola, ¿queres a bolboreta?". O Zalo volveuse cara a min como preguntando. A verdade, eu non quería. O Rata asubiou e entre todos botáronse ao Zalo. Espírono e atárono a un amieiro. O Zalo choraba e a min déronme ganas de chorar. Eso non se lle fai a ninguén e menos a traición. O Rata chuspiulle alí, naquel sitio, e chamoulle caguetas. "Non se chora", dixo. Despois colleu un vimbio e pasoullo polas pernas e pola barriga sen lle dar. Botamos a sortes e tocoume a min. Quixen fuxir ou tirarme ao río, pero o Rata miroume así, como mira el, e collín o vimbio. "Veña". Díxenlle que non. "Mira, Rafael, que che tocou en sortes”. Díxenlle que non. “Mira, Rafael, que te imos atar a ti". "Non", "Mira, Rafael, que non me enchas". "Mira, Rafael..." Pola voz souben que me ía dicir o da miña nai. Agarrei o vimbio e funme cara ó Zalo. Eu non quería, ben o sabe Deus. E deille no pescozo. Os outros berraron: "¡Máis!". Trinquei os dentes e sentín que me baixaban as bágoas polos ollos e que non vía. E deille[s] nas pernas, nos ombros, na cara, no peito. Sangraba e berraba. E os outros dicían: “¡Máis!”. E eu non vía. E daba. E sentía o sol dentro da cabeza e os chiídos do Zalo, que se me espetaban nos ouvidos. E daba[.] "¡Máis!". Doíame o brazo de tanto subir e baixar. "¡Máis!". Cando mirei para o Zalo gañei medo. Sangraba por todas partes e comíano as moscas. Estaba como morto. Non falaba. O Rata e os outros fuxiron. Eu tamén fuxín.

 

Eu non quería, digo a verdade. Díxenllo a aquel señor, pero non me fixeron caso. Tamén lle dixen que fora por sortes, que me tocara a min. Pero non me escoitou. Faloume do inferno e entón calei.

 

Agora estou neste colexio. Aquí levo un ano. É primavera e non podo saír. Ao mellor saio para xullo. Onte leváronme á sala de castigos. Din que non se pode andar sós, que hai que xogar. Tampouco se pode andar de dous en dous. A puta que os pariu a todos. Eu quero andar só para pensar. A min non me gusta xogar ao fútbol nin ao frontón. Gústame xogar no labavo. E non se pode. Está prohibido. Pero polas noites, cando todos dormen, érgome e vou aos lavabos e xogo á guerra. Polo día collo moscas e gárdoas nunha caixa de mistos. Pola noite meto as moscas na pileta e ábrolle ao grifo. pouquiño a pouco, paseniño. As moscas soben, foxen pola pileta enriba, pero eu doulles para abaixo cunha palliña e afogan. É a guerra. Afogan pouco a pouco. É o xogo da guerra. Un día colléronme e leváronme á sala de castigos. E chamáronme marrao por andar coas moscas nas mans. ¿E que? Se non fose pola guerra, podrecía de noxo. No inverno, como non había moscas, xogaba cos cachiños de papel, pero non é tan bonito.

 

Para xullo din que saio. O Rata, ao mellor pensa que me esquecín. Estache bo. ¡Ai, Rata! Estache bo. Heino arranxar ben arranxado. El ha pensar que somos amigos. Estache bo ¡Ai, Rata! “¿Vés ao río?”. El vén, que lle gusta moito. “¿Xogamos aos submarinos?”. El xoga, que lle gusta moito xogar aos submarinos. Primeiro paso eu. Paso dúas ou tres veces. Despois que pase el. Eu escarránchome e el pasa por debaixo da auga entre as miñas pernas. E así dúas ou tres veces, para que se confíe. Pouquiño a pouco. Paseniño. E entón, hala, cando pase, pecho as pernas e queda preso polo pescozo. Pouquiño a pouco. Paseñino. Como as moscas da pileta.


CARLOS CASARES, Vento ferido (1967) 
Vigo: Galaxia, 5.ª edición, 1985

27.4.12

Escribir (Variaciones)

Se escribe como se es. No hay disputa. Todos somos distintos y escribimos distinto. Nuestra palabra tiene huellas solo nuestras, igual que nuestras manos.

*

A veces quisiéramos escribir de otra manera, o ser de otra manera, o vivir de otra manera; pero somos quien somos y escribimos en razón de lo que somos, aunque el vendaval de la historia –la grande y la más chica– nos trastorne alguna vez y nos mude la palabra, creando una sintaxis nueva y una música distinta.

*

Las palabras que decimos son las palabras que nos dicen. Y lo dicho perdura, siquiera un misérrimo segundo. ¿Hay mayor ventura que vencer al tiempo siendo fieles a nuestra palabra? Pero el torrente ciego de la vida arrasa ideas, incendia creencias, apaga deseos y trueca realidades... Y acaso dejemos de ser quien somos para ser otro, otro y el mismo.

*

Por momentos nos embarga la extrañeza de ser quien somos y anhelamos aquella unidad negada, y sentimos que nuestras palabras vagan a la intemperie, bajo el rigor de la existencia. Cada palabra nace de su tiempo; y también el tiempo, génesis de las palabras, las desahucia sin remedio. (Aunque sospechemos un tiempo sin fin, apenas somos un rasguño en tal infinitud.)

*

A falta de ideas claras, pienso oscuramente: en demanda de la claridad, ya que no desde la claridad misma. (Para lo que no vemos, somos ciegos.)

25.4.12

Una anécdota (plural) de Dámaso Alonso

Acerca de la publicación de su primer (y juvenil) poemario
Poemas puros. Poemillas de la ciudad–, Dámaso Alonso refiere esta curiosa anécdota:

Yo sólo tuve un comprador: un homónimo absoluto mío, militar
–muy simpático–, que, un par de años mayor que yo, estaba de guarnición en Ceuta, y compró de una vez cincuenta ejemplares. Y tuvo grandes éxitos entre las señoritas de la plaza, a las que se los regaló con madrigalescas dedicatorias firmadas por él.
 
¡Y luego dicen que la poesía no es útil!
Aquí lo fue.

23.4.12

“La armadura del buen gusto, ó el corse”

No hay día que no sea nuevo. Siempre aprendemos algo, aunque olvidemos más. No son ríos, sino cauce, nuestras vidas. 
El corsé

LA ARMADURA DEL BUEN GUSTO, Ó EL CORSE

Lector mira esas figuras, 
que son criticas morales; 
y retratos vien cabales 
de vanidosas locuras. 
Ese Joben a infinitos 
en el dia Representa, 
que lleban errada cuenta, 
por parecer puliditos, 
con sus locos kalendarios
resultan muchos perjuicios;
pues son fomentos de vicios, 
y martires boluntarios. 
El criado a incapie tirando
ajusta bien el corsé:
sabe muy bien el porque
pero se burla callando.
A hombres afeminados 
miramos en nuestros dias.
pués todas sus valentias 
son por berse acicalados.
Bestid (jovenes pudientes) 
sin tretas artificiales;
y creed que prendas morales 
son los trajes mas decentes.

[Talla dulce, iluminada. 19 x 22,4 cm.]

21.4.12

Un texto de Castelao: “Dous vellos…”

[ D O S   V I E J O S … ]

Dos viejos que también tuvieron juventud, que se conocieron en un baile, que después se casaron por amor y que vivieron amándose locamente. Dos viejos, siempre juntos y siempre callados, que viven escuchando el pío, pío de un jilguero enjaulado. Sin hijos y sin amistades. Solos.

Anteayer le llevaron el viático al viejo y ayer murió. La compañera de sus días le vistió, le afeitó y le puso las manos en cruz.

Hoy entraron cuatro hombres y sacaron la caja larga donde va el muerto. La vieja salió a la puerta de la casa y, con la voz amorosa de los días de juventud, se despidió de su compañero:

―¡Hasta luego, Eleuterio!

Y los vecinos que habían asistido al espectáculo se taparon las bocas y se rieron con la barriga. La despedida de la vieja fue rodando y llegó al casino, y el “hasta luego Eleuterio” ya se convirtió en motivo de risa.

Todos, todos se rieron y nadie se entera con qué dolor la vieja enamorada llamará a la muerte en esta noche de invierno.


ALFONSO R. CASTELAO
[Versión de Lola Fernández y Luis Valdesueiro]

[ D O U S   V E L L O S … ]

Dous vellos que tamén tiveron mocedade, que se coñeceron nun baile, que logo se casaron por amor e que viviron amándose tolamente (1). Dous vellos, sempre xuntos e sempre calados, que viven escoitando o rechouchío dun xílgaro engaiolado. Sen fillos e sen amistades. Soios.
Antonte leváronlle o viático ó vello e onte morreu. A compañeira dos seus días vestiuno, afeitouno e púxolle as mans en cruz.
Hoxe entraron catro homes e sacaron a caixa longa onde vai o morto. A vella saíu á porta da casa e, coa voz amorosa dos días de mocedade, despideuse do seu compañeiro:
-¡Deica logo, Eleuteiro! (2).
E os veciños que acudiran ó espeutáculo taparónse (3) as bocas e riron cos ventres. A despedida da vella foi rolando e chegou ó casino, e o “deica logo Eleuterio” [sic] xa se convirteu (4) en motivo de risa.
Todos, todos, se riron e ninguén se decata con que delor a vella namorada chamará pola morte nesta noite de inverno.


ALFONSO R. CASTELAO, Cousas. Edición de Manuel Rosales. Vigo: Editorial Galaxia, vixésima edición, 2002).
NOTAS
(1) En la 4.ª edición, 1971: totalmente. 
(2) Ibíd.,
Eleuterio.
(3) Ibíd.,
tapáronse.
(4) Ibíd., convirtéu.

18.4.12

“Somos muerte”

Abres al azar el Libro del desasosiego y te topas con una frase fría, inapelable y fría: Somos muerte. Así lo cree Bernardo Soares -alma gemela y doliente de Pessoa-, quien añade: Lo que consideramos vida, es el sueño de la vida real, la muerte de lo que verdaderamente somos. ¿Vida real? ¿Sueño de la vida real? ¿Muerte de lo que verdaderamente somos? Brumosas palabras, telarañas metafísicas. Aunque menesterosa, ¿acaso tenemos otra vida –en este mundo, al menos– que la vida que tenemos? A veces nos adherimos al ideal de la ausente vida verdadera, con ecos de Rimbaud; ensalzamos la vida ausente como la verdadera vida, aquella en la que seríamos lo que en verdad somos. Pero esa vida real, ese ideal de vida, huele a entelequia. Vivimos atados a un tiempo y a un lugar, atados y libres, esclavos de nuestra libertad, condenados a imperfección, siempre en pos de nuestra medida exacta y apesadumbrados por nuestro anhelo de ser, por ese no ser lo que somos. Pero ¿qué somos? Según dictamen de Soares somos muerte. Muerte, sí, pero muerte zigzagueante, ávida de lucubraciones, asediada por deseos y ultrajada por derrotas, henchida de quiméricos anhelos... Si solo pensamos con la cabeza, pensamos mal, y las palabras se arriesgan a volverse humo, niebla, nada. Hay que pensar con las manos, con la espina dorsal, con los codos, con todo el cuerpo, con el alma toda. Quizás así no busquemos amparo en las palabras, ni necesitemos calentarnos en su fuego, ni embriagarnos con sus bríos; quizás así no olvidemos la presencia de lo real, la muda presencia de lo real. ¿Que somos muerte, que no lo somos? Todo es muerte, o lo será. Pero la muerte de los vivos es muy dada a cavilaciones sin cuento; no así la muerte de los muertos, la muerte de quienes ya no tienen palabras. Y si hablamos de muerte, cómo desoír el desgarrado planto del Arcipreste de Hita, esa terrible elegía que atraviesa los siglos con sus denuestos y maldiciones, y que comienza así:

¡Ay Muerte! ¡muerta sseas, muerta e malandante!
Matásteme mi vieja: ¡matasses a mí enante!
Enemiga del mundo, que non as semejante:
de tu memoria amarga non sé quien non se espante.

[Libro de Buen Amor, 1520a-d]

María Brey, en su meritoria edición modernizada, propone la siguiente versión:

¡Ay muerte! ¡Muerta seas, bien muerta y malandante!
¡Mataste a la mi vieja! ¡Matases a mí antes!
¡Enemiga del mundo, no tienes semejante!
De tu amarga memoria no hay quien no se espante.

16.4.12

Neologismos hermafroditas y otras digresiones

A bote pronto se me ocurren dos.

El primer neologismo es ya un clásico. Se debe al finado Jesús Gil, orondo y campechano presidente del Atlético de Madrid. Lo deslizó, si mal no recuerdo, en una entrevista televisiva. Tras la mofa inicial, acabó siendo considerado un feliz  hallazgo: ostentóreo.

El segundo neologismo es más secreto, y de más corto alcance, como nacido en un libro. Lo aventuró Juan Ramón Jiménez en un aforismo de 1923: se alegra en él de que a sus cuarenta y tanto años se le zahiera –igual que en sus años mozospor raro e incomprendido. El neologismo del poeta moguereño es exalzar.

No siempre se reconoce lo original. A veces, por diversas razones, se le rompen las alas. Así, en la edición de Estética y ética estética, preparada por Francisco Garfias (Aguilar, 1967), el exaltante neologismo quedó humillado a una de sus partes: ensalzar. En Ideolojía, vasta recopilación de aforismos de Jiménez llevada a cabo por Antonio Sánchez Romeralo (Anthropos, 1990) el neologismo luce en todo su esplendor. Y lo mismo sucede en Cuadernos (Taurus, 2.ª edición, 1971), aunque lo curioso aquí es que la edición también la preparó Francisco Garfias. ¿Figuraba ya la errata en la primera edición, de 1960?

De acuerdo con sus normas ortográficas ¿no hubiera debido el poeta escribir esalzar? Persisto en la duda, renuncio a buscar esas páginas. Sería gracioso que, según esas normas, estuviéramos ante una errata. Y acaso achacable a su autor.]

Pero ¿qué se esconde tras semejantes naderías? Una pregunta, una pregunta que toca a la verdad de las cosas: ¿y qué lector que lea “ensalzar” (donde debiera leer “exalzar”) podrá suponer que se halla ante una errata? Suposición imposible, no hay margen de duda, la sindéresis avala lo común. A falta de un término de comparación, acatamos lo que vemos, si lo que vemos es frecuente. Los errores no se enmiendan en el vacío, ni  corregir es solo corregir, sino corregir y cotejar. Desgraciadamente, cuando leemos no tenemos otro referente que el libro que leemos. 

Juan Ramón Jiménez era muy sensible a las erratas, “las famosas erratas”. Quizás por eso no extrañe la nota de desagravio que publicó en la revista Universidad (Puerto Rico). Después de reconocer que es muy difícil que no haya erratas, añade: “Pero algunas veces, la errata, por su repetición, puede parecer menos casual y hasta puede creer alguien que es del propio escritor.” Lo molesto, pues, no sería propiamente la errata en sí; el enfado añadido vendría de la posibilidad de ser achacada al escritor. Es la repetición, la persistencia en el error, la que alarma al poeta y le lleva a declarar que, en un número anterior, donde dice “descuajarigantes” y “descuajarigancia”, debe decir “descuajaringancia” y “descuajaringantes”. En 1956, fecha de la concesión del Premio Nobel de Literatura al poeta, el DRAE recoge por vez primera el término “descuajaringar”.

Por lo que a las erratas se refiere, a veces es más fácil producirlas que detectarlas. Lo que no tranquilizará al autor celoso de su obra y temeroso de que el azar o la ignorancia le reste verdad.

NOTA
Ante cualquier sospecha de errata en esta entrada, aténgase el benevolente lector al sentido común, aun a riesgo de errar.

14.4.12

Sobre la Vida de Marco Bruto (Con algunas sentencias de Quevedo)

Releo, después de bastantes años, la Vida de Marco Bruto, de Quevedo. Leo y subrayo. Este libro pide incesante atención, y conviene saborearlo a pequeños sorbos, y con sosiego. Más allá de las piruetas verbales, la ceñida prosa de Quevedo deslumbra y asombra. Tras las amuralladas frases, las palabras tasadas y los pensamientos exactos. Ya desde el prólogo, Quevedo advierte: “Gastaré pocas palabras, y haré gastar poco tiempo”. Unas líneas antes, por si fuera necesaria, había aducido la razón: “Poco escribo, no porque excuso palabras, sino porque las aprovecho, y deseo que hable la do[c]trina a costa de mi ostentación. Aquél calla, que escribe lo que nadie lee; y es peor que el silencio, escribir lo que no puede acabarse de leer; y más reprehensible acabar de escribir lo que cualquiera se arrepiente de acabar de leer. De mí sólo aseguro que ni el que me empezare a leer se cansará mucho, ni el que me acabare de leer se arrepentirá tarde.” Poco hay que añadir, todo está dicho. En efecto, ¿habrá quien se arrepienta de penetrar en esta prosa recia, severa y de contenida belleza? De creer a su autor, la Vida de Marco Bruto sería el menos malo de sus libros y el más razonable de todos.

En estas páginas, prodiga Quevedo depuradas y rotundas sentencias. No sin cierta aprensión, me permito seleccionar algunas de esas frases que, aun desgajadas del tronco de la obra, conservan pleno sentido en sí mismas. [Para ver una selección de las Migajas sentenciosas de Quevedo, pinchar aquí y aquí.]


Sentencias sacadas de la Vida de Marco Bruto,
de don Francisco de Quevedo Villegas,
Caballero del Hábito de Santiago
y Señor de la Torre de Juan Abad


Yo afirmo que lo bueno en el malo es peor, porque ordinariamente es achaque y no virtud, y lo malo en él es verdad, y lo bueno mentira. Mas no negaré que lo malo en el bueno es peligro y no mérito.

*

Ricos fueron los romanos en tanto que supieron ser pobres: con su pobreza se enterró su honra.

*

Aquel hombre que pierde la honra por el negocio, pierde el negocio y la honra.

*

Cuerpo que no le arma su corazón, las armas le esconden; mas no le arman. Quien va desnudo de sí y armado de hierro, es hombre con armas, cuando ellas son armas sin hombre. Si vive, es por ignorado; si muere, es por impedido; pues si no huye, es de embarazo y no de cobarde; y destos mueren más con sus armas que con las de los enemigos.

*

El ánimo que piensa en lo que puede temer, empieza a temer en lo que pudiera pensar. Y muchas veces a sí mismo se persuade el miedo, y se le hace el discurso receloso, porque no hay quien no se crea a sí mismo. Y es blasón grande del temor, siendo tan ruin, hacer de nada algo y de poco mucho.

*

¡Oh cuánta noche habitan nuestros deseos!

*

El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde tiene miedo de su propio temor. De aquí le nace no tener la seguridad en otra cosa sino en la muerte de su muerte, cuando no hay enemigo que no tenga quien sólo se defiende con el mal suceso del que se le opone.

*

¡Oh cuán sólidamente obra quien es sólidamente bueno!

*

Por eso se ha de mirar a quién se hace bien; porque haber quien con el bien se hace malo, siempre se ha visto, y quien con el mal se hace bueno, muchas veces se ve.

*

Grande dolor es sentir mucho, y grande enfermedad no sentir nada: esto es ya de muerto, aquello aún es de vivo. Por esto habíades de sentir más la falta de sentimiento, que la sobra de dolor.

*

Peor es vivir indignos de la vida por no saber morir, que morir dignos de la vida por saber buscar la muerte.

*

Breve es la vida; antes ninguna en aquel que olvida lo pasado, y desperdicia lo presente, y desprecia lo por venir. Y solamente es vida y tiene espacio en aquel varón que junta todos los tiempos en uno.

*

Perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes. Quien por vivir queda esclavo, no sabe que la esclavitud no merece nombre de vida, y se deja morir de miedo de no dejarse matar. Tenemos por honesto morir de nuestra enfermedad, y ¿rehusaremos morir de la que tiene nuestra república? Quien no ve la hermosura que tiene el perder la vida por no perder la honra, no tiene ni honra ni vida.

*

Grande gloria es ser único en la bondad; empero es gloria avarienta. No lo deseo, porque quiero bien a mi patria; no lo temo, porque conozco sus ciudadanos.

*

Y si tiene pereza nuestro celo y le damos lugar a que se corone, con las mercedes y cargos hará ministros y príncipes estos que hoy son delincuentes, y se embarazará el castigo de sus culpas en lo magnífico de sus cargos; que en el mundo los delitos pequeños se castigan, y los grandes se coronan; y sólo es delincuente el que puede ser castigado, y el facineroso que no puede ser castigado es señor.

*

El pensar quiere tiempo, y lo pensado ejecución. Muchas cosas hay que no se dicen, y se derraman; porque lo que no se comunica, se sospecha. Nada es tan seguro como pensar lo que se ha de hacer, y nada es secreto si para hacer lo determinado se tarda en pensar, cuando el pensar es delito y la tristeza amenaza.

*

Nada se ha de mostrar menos que lo que se desea más. La hipocresía exterior, siendo pecado en lo moral, es grande virtud política.

*

¡Oh, ceguedad del hombre, que no sabiendo lo que es y olvidando lo que fue, quiere saber lo que será!

*

Mejor se puede disculpar el que se muere de miedo que el que de miedo se mata, porque allí obra su culpa la naturaleza, y en éste, con delito y culpa, el discurso apocado y vil.

*

Necio ahorro es el del miedo. Dase Catón la muerte porque César no se la dé; si fue por esto, él fue en sí propio vencido, y justificado, y verdugo, y venganza, y vengador de César.

*

El sufrimiento y la paciencia son los valentones de la virtud.

*

Determinarse tarde al remedio del daño, es daño sin remedio.

*

Quien pregunta lo que padece, con razón padece, y sin remedio, lo que pregunta. No puede ser mayor ignorancia que preguntar uno lo que ve.

*

Las cosas grandes no las consigue quien no las aventura.


Francisco de Quevedo, Vida de Marco Bruto
(según la edición de
Wikisource)

12.4.12

Un recuerdo nimio

Una noche lejana, después de ver una de aquellas películas de “arte y ensayo” que destilaban tedio metafísico, recalasteis en un destartalado bar de la Cuesta de San Vicente.

El camarero parecía serlo de toda la vida (la vida suya y la del bar), y el local mismo no era sino un fósil de bar. Enseguida descubristeis que el camarero andaba a malas con el dueño, quizás temeroso de perder su trabajo. (En aquellos años, la piqueta no se daba tregua, y por todas partes se derribaban edificios.) La actitud del camarero era extraña: se empeñaba en boicotear el negocio. Si pedías un pincho de tortilla, te susurraba: “No, tortilla no; los huevos no eran frescos”. Y así una cosa, y otra, y otra. 

Visto lo visto, lo sensato era acatar. Y después de tomar una cerveza abandonabais el bar haciendo cábalas sobre tan singular personaje…

Ahora, mientras recuerdas, esbozas una sonrisa: en homenaje al camarero, a su enigma y al tiempo ido.

11.4.12

Bravata

–Si llego a los cincuenta, me suicido... (Breve silencio.) Lo que es yo, de los cincuenta no paso –sentenció.

Era su cantinela favorita. Era su manera de desafiar al tiempo y burlarse del futuro. Con alguna soberbia la decía.

¿Cumplió los cincuenta? ¿Se suicidó? El tiempo, caballo desbocado, rebasó ya esa linde, y nadie sabe si ella la pasó. Si el hado le fue propicio, quizás cumpliera los cincuenta, y olvidara la vieja cantinela, y se acomodara a la vida, y siguiera viviendo –mal que bien, pero viviendo, en fin–, agradecida a la pródiga vida que le había dado tanto y que tanto le había negado.

10.4.12

¿Madame Butterfly?


Giacomo Puccini compuso una ópera, famosa entre las famosas, suyas o de cualquier otro: Madama Butterfly (y no Madama Farfalla ni Lady Butterfly). Así son las cosas y ese es el título. Mestizo título que por estos lares suele trocarse en otro, también mestizo: Madame Butterfly (y no Madame Papillon), que acaso avive en almas rijosas turbias lucubraciones sobre una madame y sus pupilas. Inglesa, la madame, a tenor del nombre de guerra. Si alguien acarició tal idea, inevitable fuera la desilusión; tan inevitable como que al final de la obra le asediase la angustia, sublime angustia. (Pero ocurrencias tan peregrinas quizás solo se le ocurran a Budhi-Dhorma, y sin necesidad de ir a Roma ni a Santiago.)

6.4.12

“Amigo de sus amigos”

Qué placer descubrir de nuevo, en las prístinas coplas que Manrique dedica a su padre, la verboseada expresión: “Amigo de sus amigos”. Verso memorable, devenido luctuoso tópico, cuyo contrapunto exacto viene después: “¡Qué enemigo d’enemigos!”. Doble lección del maestre de Santiago: amigo de sus amigos y enemigo de enemigos.

Y qué difícil, lo uno y lo otro.

2.4.12

Spinoza y el herem

Decía Spinoza (o Espinosa, como quieren otros) que los hombres no aceptan los preceptos de la razón, y no le faltaba razón al decirlo. En cualquier época, la  sinrazón cosechará adeptos. Esperar que los seres humanos acepten los preceptos de la razón, y solo los preceptos de la razón, quizás sea tan poco razonable como pretender que todas las líneas sean rectas. ¡Un imposible geométrico!, tan imposible como que la razón nos abra las puertas de la fe.

A pesar de todos los desplantes, solo la razón nos ayuda a entender lo que se cuece en ella y al margen de ella. (A entender lo que puede ser entendido; el resto le es ajeno.) Pero no es parvo mérito que sirva a ese propósito, ya que, en el alma, luz y tinieblas se codean; y si la mucha luz deslumbra, la mucha sombra aterra. Y ay de aquel a quien no le asista la razón.

Gran acopio de razones hubo de necesitar Spinoza para entender las terribles palabras del herem (anatema) que lo expulsó, por los siglos de los siglos, de la fraternidad con sus hermanos de religión:

Que sea maldito de día, y maldito de noche; maldito cuando se acueste y cuando se levante, maldito cuando salga y cuando entre; que Dios no le perdone; que su cólera y su furor se inflamen contra este hombre y traigan sobre él todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley.

¿Amén?