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30.10.12

William Hogarth: “Última resistencia de la dama”

     

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EL propio artista describe así el tema del cuadro: “Una señora casada, joven y virtuosa, pierde su dinero, reloj y joyas jugando a las cartas con un oficial. He captado el momento en que él se ofrece a devolvérselo todo a cambio de su virtud, y ella no sabe qué responder” (Ronald Paulson, Hogarth: His Life, Art ant Times, New Haven, Yale University Press, 1971). Se trata de tomar una decisión en la que el reloj desempeña la doble función de marcar el tiempo y representar los estados de ánimo. El péndulo señala las 16.55, casi la hora de la cena en Inglaterra, lo cual indica que la señora no dispone de mucho tiempo para decidir. Además, el reloj contribuye simbólicamente a la indecisión de la protagonista, pues está decorado con un Cupido provisto de una hoz y, sobre su pedestal, lleva grabada la frase “Nunc, nunc” (“ahora, ahora”).

PIETRO REDONDI, Historias del tiempo
Madrid: Gredos, 2010

23.10.12

Títulos (espejismos)

En las Poesías de Lautréamont, ya que no poesías, encontramos aforismos, pensamientos, pura prosa.

Por el contrario, casi la mitad de los Poemas en prosa, de Vallejo, apelan al verso.

Pero como no solo los poetas disfrazan la realidad, un cuento de Diderot se titula, precisamente, “Esto no es un cuento”, y propone, en pugna con tópicos inveterados, una noble idea, tan simple como verdadera: que así como hay hombres verdaderamente buenos, también hay mujeres verdaderamente malas. Lo que para alguno quizás no sea ni simple ni verdadero. A veces es más fácil creer lo que se cree que creer lo que se ve. Es lo propio del pensar con anteojeras.

Ah, se me olvidaba. El Viaje sentimental por Francia e Italia, del entrañable Sterne, concluye sin que llegue a pisar la patria de Eneas.

18.10.12

¿Creer o no creer? [San Manuel Bueno… Notas]

I

Justo cuando el obispo de la diócesis de Renada empieza a promover el proceso de beatificación de Manuel Bueno, Ángela Carballino está redactando una confesión sobre el antiguo párroco, su padre espiritual. Para Ángela Carballino la santidad de Manuel Bueno está probada, y no precisa de ningún refrendo vaticano.

II

Manuel Bueno duda de su fe. No sabe si cree en aquello que quiere creer. Y aunque duda, no reniega de su misión ni desazona a los demás con su infierno propio. Vive como si creyera, aunque no sepa si cree. ¿Hipocresía? Quizás. ¿Heroísmo? Tal vez. Un heroísmo huérfano, que se apoya en Lázaro para no caer en la desesperación, esa enfermedad mortal, que no mata, según diagnosticó Kierkegaard. Será Unamuno, devoto lector del danés, y autor y personaje incidental de esta novela, el receptor de la memoria de Ángela Carballino, esa “confesión íntima de mi experiencia de la santidad ajena”, como apunta su autora.

III

Refiriéndose a su hermano, Lázaro, cómplice de don Manuel, y a don Manuel mismo, Ángela escribe lo que bien parece un epitafio dual: «se murieron creyendo no creer lo que más nos interesa, pero sin creer creerlo, creyéndolo en una desolación activa y resignada». Así, pues, Ángela piensa que Manuel Bueno creía no creer lo que en realidad creía. Algo parecido le sucede a un personaje de Dostoievski: que si cree, no cree que cree; y si no cree, no cree que no cree. Las cosas del creer.

IV

¿Quién hay que no dude, incluso de sus certezas? La duda es esquirla lógica clavada en la fontanela del espíritu.

V

Al final de su escrito, Ángela se pregunta por sus paisanos: “¿Y estos, los otros, los que me rodean, creen? ¿Qué es eso de creer? Por lo menos viven. Y ahora creen en San Manuel Bueno, mártir, que sin esperar inmortalidad les mantuvo en la esperanza de ella.”

VI

Manuel Bueno, párroco de Valverde de Lucerna, se impuso vivir como si le iluminara la fe: sin desesperar de sí mismo y sin escandalizar a los demás. Ese fue su destino, ese fue su martirio.

15.10.12

Bécquer: “La poesía es el sentimiento” [Fragmentos de la segunda carta literaria a una mujer]

... por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han dejado en él su huella al pasar. Estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas transparentes, que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez por mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.
Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica y material que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos. Siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo como el que copia de una página ya escrita; dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.

11.10.12

Mínimo elogio de la pereza

[Nota del 25 de septiembre de 2012]

Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx, escribió un panfleto titulado El derecho a la pereza. Hay derechos pa to, que diría el castizo. De ese texto, leído en años mozos, apenas si me queda una vaga sensación de tedio. Pero el tedio no era entonces tan feroz: tigre de papel y poco más. Aunque tenga en ese panfleto un valedor, la pereza, siempre tan denostada, no hallará nunca quien la redima. No hay pereza buena. Mientras que la indolencia resulta elegante, y el ocio enaltece, la pereza rezuma cutrez. Postular el derecho a la pereza es, qué duda cabe, una manera infalible de meter el dedo en el ojo... aunque no se sepa a quién. Por lo que a mí respecta, en cuanto atisbo el fantasma de la pereza, busco refugio en esa máxima inflexible: Contra pereza, diligencia, que señala el antídoto con menosprecio del veneno. Pues, ¿cómo sería el tránsito de la pereza a la diligencia si la pereza no dejara de tironear de nosotros? Ahí está el busilis. Incluso cuando sabemos lo que nos salva, no todos sabemos salvarnos.

Un agobiante verano, y el inopinado otoño, han acabado por envolverme en ásperas brumas. Que obnubilan. Y oscuramente me aferro a la mística verdad del todo se pasa, todo se ha de acabar; lo queramos o no, todo se pasa, todo se ha de acabar. ¡Y vaya que si se pasa, vaya que si se acaba! ¡Y a qué velocidad! Si parece que nada deja poso... que todo es superficie... que el alma se licúa... que vuelan los días como el viento... Nos consume la prisa. (Ya Pau Casals observó que las sinfonías de Beethoveen cada vez duraban menos.) Hay prisa, mucha prisa, una prisa que nos aleja sin duda de nuestro recóndito destino. Cuántas veces nos engañamos pensando que colmaría nuestra dicha aquello que, una vez cumplido, se volvería nuestro infierno. Si perdemos el respeto a las cosas acabamos siendo exiliados de nosotros mismos. Hay prisa, sí, prisa desbocada por llegar a no se sabe dónde. Y contra esa prisa quizás se necesite una mínima dosis de pereza, una pizca de sopor: la dosis suficiente para caer en la cuenta de que navegamos sin timón y avanzamos sin rumbo y para saber que pisamos el suelo y vivimos los días. Sea bienvenida, pues, la señora pereza, siempre que su visita sea de mera cortesía y no pretenda morar en nuestra alma como gimiente sombra.

8.10.12

“Lo hueco y lo consistente” (Unas palabras del Maestro Sun)

“El Maestro Sun dijo:

Por lo general, quien llegue antes al terreno de batalla y espere al enemigo estará reposado; quien llegue más tarde y de inmediato entable combate estará extenuado. Por lo que el experto estratega desplaza al enemigo y no se deja desplazar por él.
Hacer que el enemigo se desplace por sí mismo al lugar que uno desea es cuestión de favorecérselo; hacer que el enemigo no pueda desplazarse al lugar que él desea es cuestión de dificultárselo. Si el enemigo está descansado, fatígalo; si está bien alimentado, hazle pasar hambre; si está en reposo, oblígalo a actuar. Surge donde no pueda entablar combate y entra en combate donde no lo imagine. Recorrer mil millas sin fatigarse depende de que lo hagas por lugares en los que no hay enemigos; atacar con la seguridad de que el enemigo resultará capturado depende de que lo hagas donde no defiende; defender con la certeza de que tu defensa resultará impenetrable depende de que lo hagas donde el enemigo no atacará.
Por tanto, el estratega diestro en el ataque lo es porque logra que el enemigo no sepa dónde defender; el estratega diestro en la defensa lo es porque logra que el enemigo no sepa dónde atacar.

¡Sutil! Sutil hasta el punto de no tener forma. ¡Inescrutable! Inescrutable hasta el pun
to de ser inaudible. De este modo logra erigirse en amo del destino del enemigo.”


Sunzi, El arte de la guerra
Introducción, traducción y notas de Albert Galvany
Madrid: Trotta, 2001

2.10.12

Mis fotos en Flickr

Balaustrada

Hace meses, el inesperado regalo de una cámara réflex digital me devolvió a los tiempos de mi interés por la fotografía. Desde sus orígenes, según Cartier-Bresson, la fotografía no ha cambiado, salvo en los aspectos técnicos. Y eso para él carecía de importancia. Pero ya hace mucho que Cartier-Bresson escribió eso, y es innegable que la fotografía digital ofrece al aficionado unas posibilidades antes insospechadas.

Mi gata

En los últimos meses me he volcado en el conocimiento de la cámara, en la lectura de libros de insospechado formato, y en el gozoso y peripatético ejercicio de tirar fotos. Sorprende la cantidad de fotos excelentes que se muestran en algunas páginas web. Muchos aficionados parecen verdaderos maestros. Mis pretensiones no van más allá de ser un aprendiz de aficionado.

A finales de agosto me di de alta en Flickr, y unos días después colgué la primera foto: la escultura de Pessoa en la puerta de A brasileira, en Lisboa. Mi intención es ir subiendo fotos, sin prisas y sin grandes pausas; de momento, ya he subido más de una docena. Sirvan estas palabras de invitación a los que queráis echar un vistazo, pinchando en el módulo del sidebar o en una de estas direcciones:

www.flickr.com/photos/luis_valdesueiro

o

www.flickr.com/people/luis_valdesueiro

París desde el Sacre-Coeur