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29.9.10

*Lírica popular hispánica. Siglos XV a XVII (y 3)

Mis penas son como ondas del mar,

qu'unas se vienen y otras se van:

de día y de noche guerra me dan. [843 B]

***

Súfrase quien penas tiene,

que tras tiempo tiempo viene. [849]

***

¡Ai de mí, que sienpre veo

al rrevés lo que deseo! [874]

***

Soñava yo que tenía

alegre mi coraçon,

mas a la fe, madre mía,

que los sueños sueños son. [875]

 

***

Veo que todos se quexan;

yo callando moriré. [876]

 

***

Salteóme la serrana

juntico al pie de la cabaña.

Serrana, cuerpo garrido,

manos blancas, ojos vellidos,

salteóme en escondido,

juntico al pie de la cabaña.

Salteóme la serrana

juntico al pie de la cabaña.

Serrana, cuerpo lozano,

ojos negros, blancas manos,

salteóme en escanpado,

juntico al pie de la cabaña.

Salteóme la serrana

juntico al pie de la cabaña. [994 B]

MARGIT FRENK, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII). Madrid: Castalia,  1987.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

27.9.10

*Lírica popular hispánica. Siglos XV a XVII (2)

«De entre la poesía “de tipo popular” registrada en las fuentes quise recoger lo que sentía, por su temática, estilo y técnica, como más “auténtico”, más cercano a lo antiguo, menos “contaminado” por los estilos poéticos cultos. Consciente de la dificultad de esa tarea, que a la vez juzgaba imprescindible, me debatía una y otra vez con el enigma que me planteaban muchos textos: ¿es o no es? ¿pertenece o no a la “escuela poética popular”?

¿Hasta qué punto, me pregunto yo ahora, era atinada —por no decir sensata— esa preocupación, esa búsqueda desesperada de la “autenticidad”? Las canciones que durante la Edad Media cantaban los campesinos y pastores, las hilanderas y panaderas, los marineros y pescadores, eran, sí, distintas de la poesía de corte trovadoresco que se practicaba en los palacios señoriales. Distintas y contrastantes, como que respondían por fuerza a una diferente, y aun opuesta, concepción de la vida. Pero entre ambos mundos existían contactos múltiples, que repercutieron en la cultura popular. Ésta no es, ni ha sido nunca, totalmente autónoma, sujeta como está al dominio de los poderosos. Nuestras cancioncillas muestran, precisamente, hasta qué punto la ideología dominante pudo condicionar ciertos aspectos de las concepciones populares durante la Edad Media; en algunas canciones aparece el amor como privilegio de la nobleza y como servicio, con sus requisitos forzosos de silencio y discreción; aparecen la timidez del amante, el odio a los murmuradores, la guerra de amor, la caza de amor, el cautiverio del amor…, temas típicos de la poesía aristocrática. Y en su contacto con la temática propiamente popular surgen curiosas contradicciones.

Si la total “pureza” de esa lírica es un mito, al integrarse ella a la cultura cortesana, y luego urbana, de la España renacentista y posrenacentista, el panorama se complica aún más. Los cruces de lo popular con lo culto se multiplican. Junto a las imitaciones perfectas cunden cantarcillos de estilo semi-popular, muchos de los cuales, ampliamente divulgados, se irían integrando al acervo de las clases humildes. Visto globalmente, este acervo ya no sería en el siglo XVI lo que fue en el XV, pues se había incrementado con más aportaciones procedentes de la poesía aristocrática. O sea, que tanto en el nivel de la poesía cortesana y urbana, como en el de la lírica folklórica contemporánea lo popular ya no era lo que había sido en la Edad Media.» (Del "Prólogo" de Margit Frenk)

********************************************

Metido entre amor y miedo,

no sé cómo bevir puedo. [611]

***

Pensamiento, ¿dónde as estado?,

que tan mal noche me as dado. [657 D]

***

Querer  a quien no me quiere,

¡mal aia quien tal hiziere! [678]

***

Si, como viene, el mal durasse,

no abría mármol que no quebrasse:

¡qué hará el corazón, siendo de carne! [811 B]

***

¡O, tiempo bueno!, ¡o, tiempo pasado!,

que toda mi gloria contigo as llevado.

Pues todos mis bienes contigo llevaste,

la dulçe memoria ¿por qué la dexaste? [829]

MARGIT FRENK, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII). Editorial Castalia, Madrid, 1987.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

25.9.10

*Lírica popular hispánica. Siglos XV a XVII (1)

Morenica m'era yo:

dizen que sí, dizen que no.

Unos que bien mi quieren

dizen que sí;

otros que por mí mueren

dizen que no.

Morenica m'era yo:

dizen que sí, dizen que no. [129]


***

-Pastorcico, amigo,

¿qué avedes, qué?

-A la fe, señora,

vuestros amores he. [323]

***

Los mis pensamientos, madre,

pedírselos quiero al aire. [598]

***

Corazón, quiébrate, quiebra,

no digan que eres de piedra. [600]

 

***

Amores me matan, madre:

¿qué será, triste de mí?,

que nunca tan mal me vi. [610]

MARGIT FRENK, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII). Editorial Castalia, Madrid, 1987.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

23.9.10

Déjà vu... déjà vécu

"Esto ya lo he vivido yo", pensó Lázaro, el resucitado, mientras expiraba por segunda vez.
En arameo lo pensaba -quizás.

21.9.10

Ruinas

Las ruinas despiertan la nostalgia, avivan los recuerdos. Gracias a ellas intuimos lo que ya se fue, su fugaz arquitectura. Y, mientras una lágrima inunda el alma, la nostalgia paladea ausencias y la memoria sueña lo perdido. Pero a veces las ruinas tienen poco, o nada, que ver con piedras venerables. A veces hablan de nuestra propia vida, de todo aquello que el tiempo -señor de todo- ha desmoronado.
¿Quién no sintió alguna vez esas ruinas en su vida? ¿Quién no ha vivido los días de mísera tristeza en que la nostalgia y los recuerdos nos acribillan sin piedad?

19.9.10

*Álvaro Cunqueiro: "Vitorio Lence"

Álvaro Cunqueiro

Con Las historias gallegas, Álvaro Cunqueiro logró un libro entrañable, se mire por donde se mire. La fantasía y la realidad parecen indiscernibles, atrapadas en una lógica mágica y jovial que propicia sonrisas. Todo resulta de lo más natural, y no hay lugar para la sorpresa, incluso si un paraguas, lleno de escrúpulos porque su importe se dejó a deber en la tienda, lucha contra su destino y, henchido de dignidad, declara: "¡No me mojo por nada de este mundo!" Qué cosa más natural que un paraguas tenga sus buenas razones para no mojarse. ¿Quién será tan desalmado que no entienda su queja?

Cada una de estas historias, hijas de una imaginación fértil y pizpireta, deja tras de sí un reguero de alegría en el ánimo y un gozoso rebullir. Historias encantadoras, como la de Vitorio Lence, tan entrañable y coherente. Pero cada historia tiene su encanto particular, ya se trate de la "Historia de un paraguas", o de "El bolimarte", o de "Una siria en Ribadeo", o de "La voladora de Serantes", o de "Tristán García"... Cualquiera de ellas... Todas.

Así presenta Cunqueiro estas páginas memorables, tan memorables como las  sorprendentes historias de Escuela de curanderos:

Estas estampas son retratos al minuto de diversos gallegos, en los cuales aparecen algunas de las condiciones esenciales de este pueblo del Finisterre, la región más occidental de España y del Viejo Mundo... En estos pequeños retratos míos aparece el gallego tal y como es, a la vez creador y escéptico, mágico pero racionalista, supersticioso y espiritual. Una mezcla bastante compleja, pero que constituye un éxito humano. Este gallego ha vivido durante siglos rodeado de extrañas poblaciones invisibles, os mouros, as fadas, protegido  por un conjunto que sorprende a los antropólogos de meigas, sabias, adivinas, arresponsadoras; ha evitado con los cruceros el pavor de las encrucijadas, ha aprendido a hablar con los animales, a ahuyentar el lobo, a curarse sus enfermedades -muchas de las cuales no son de médico-, y ha sabido cómo obtener la ayuda de los santos patronos en las iglesias perdidas en los montes, en los valles, en la beiramar. El gallego tiene santuarios para la cura de todo mal, desde Nosa Señora do Corpiño que cura a los privados de la mente, hasta San Amaro, que libra del reúma a sus ofrecidos, Roque, Cosme, los Milagros de Saavedra o los Milagros de Amil...  Cada una de mis estampas supone una actitud ante un hecho de vida, pero también ante una ilusión o un sueño.

[De la "Introducción", febrero 1981.]    

Como regresó de Cuba con un panamá, reloj con cadena de oro, anteojos para leer el periódico y hablando castellano, comenzaron a darle el don, don Vitorio Lence. Tendría sus cuarenta y cinco años, más de mediana estatura, el pelo arrubiado y rizo, y era muy amable conversador. Empezó a dar consejos a los vecinos enfermos, los cuales sanaban si atendían a sus instrucciones. Don Vitorio Lence aseguraba que en Santiago de Cuba había aprendido ciencia médica con un sabio negro.

-Aquí levantan la paletilla -decía-, pero en Cuba levantaban el aliento.

Don Vitorio Lence levantaba el aliento a sus vecinos enfermos, y también acertaba con las vacas y los cerdos. No cobraba nada, acudía siempre que lo llamaban, y era muy apreciado. Un día lo llamaron para que viese al sacristán de Pol, que tenía un cólico. Don Vitorio Lence le tomó el pulso y le dijo:

-Estás mal, pero yo puedo curarte, que tengo fuerza medicinal para ello, pero, para pasártela, tengo que ponerme desnudo y tú también.

Don Vitorio Lence se desnudó y se puso a los pies de la cama del sacristán, haciendo con las manos pases en el aire. Terminada la sesión, recetó una infusión de flor de tojo. Al sacristán le pasó el cólico, y nunca más volvió a tener otro. El caso fue muy comentado. Hubo muchos enfermos a los que don Vitorio Lence curó desnudándose ante ellos para que de su cuerpo saliesen con facilidad las virtudes curativas. Muy respetuoso, antes de desnudarse pedía a las señoras que cerrasen los ojos. A veces explicaba que si hubiese la instalación adecuada, que podía probar que tenía en su cuerpo corriente eléctrica suficiente para encender una bombilla de cuarenta.  

Una tarde de invierno lo llamaron para que fuese al pazo de Meza, que la más joven de las señoritas estaba muy mal. Un médico había dicho que era cosa de estómago y otro que tenía mal el hígado. El caso es que estaba muy mal. Era la más joven de las tres hermanas solteronas, y aún estaba de buen ver. Pasaba el día bordando, cuidando las flores y tocaba algo el piano. Don Vitorio Lence aseguró que aquel era precisamente uno de los casos en los que no tenía más remedio que desnudarse. Las tres hermanas celebraron sesión en el comedor de la casa, y decidieron que lo más importante en esta vida es la salud y que un desnudo de hombre tomado como medicina, que no suponía deshonestidad. ¡Si vivieran sus padres y lo vieran! Pero los tiempos cambiaban y las ciencias adelantaban. Don Vitorio Lence se desnudó a los pies de la cama de la señorita Delia, hizo los pases de rigor, le frotó los pies, y finalmente, dándole un beso en uno de ellos, le dijo:

-¡Ya está usted curada!

Lo que estaba era mejorada, pero de vez en cuando le venían los dolores y unos sofocos, y había que llamar de nuevo a don Vitorio Lence. Un día don Vitorio le dijo a las hermanas:

-Para una curación completa, no hay más solución que el cuerpo a cuerpo. Y como se trata de una señorita muy decente, no tengo inconveniente en sacrificarme y pasar al matrimonio.

Y como la salud es lo más importante de esta vida, doña Delia se casó con don Vitorio, y con el matrimonio curó del todo. Por pedido de su mujer, don Vitorio se retiró de la medicina de señoras, y últimamente se dedicaba al ganado, lo que no le obligaba a desnudarse.

ÁLVARO CUNQUEIRO: "Vitorio Lence", en Las historias gallegas (Obras literarias en castellano, II). Biblioteca Castro, Madrid, 2006.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

16.9.10

Scardanelli y el espíritu del tiempo

Hölderlin (Friedrich)

Scardanelli, nombre de locura de Friedrich Hölderlin, fechó su poema „Der Zeitgeist” (El espíritu del tiempo) el 24 de mayo de 1748, más de veinte años antes del nacimiento del poeta. Según su costumbre, firmó así: Humildemente, Scardanelli. Txaro Santoro y José María Álvarez, traductores de los Poemas de la locura (Hiperión), informan de que Hölderlin escribió este poema, a petición de I. G. Fischer, en abril de 1843, semanas antes de su fallecimiento. Al poeta, en su locura, no le sorprendían tales peticiones, y accedía a ellas ceremoniosamente: “Lo que Vuestra Santidad desee... ¿He de escribir sobre Grecia, sobre la Primavera o sobre el Espíritu del Tiempo?”. (El verano y el invierno también eran, en esa época tenebrosa, temas recurrentes.) Y Hölderlin, por mano de Scardanelli, escribano cumplido, pergeñó el siguiente poema:

DER ZEITGEIST

Die Menschen finden sich in dieser Welt zum Leben,

Wie Jahre sind, wie Zeiten höher streben,

So wie der Wechsel ist, ist übrig vieles Wahre,

Dass Dauer kommt in die verschied’nen Jahre;

Vollkommenheit vereint sich so in diesem Leben,

Dass diesem sich bequemt der Menschen edles Streben.

Mit Unterthänigkeit

Scardanelli

24, Mai 1748

Txaro Santoro y José María Álvarez ofrecen esta versión:

EL ESPÍRITU DEL TIEMPO

La vida es la tarea del hombre en este mundo,

Y así como los años pasan, así como los tiempos hacia lo más alto avanzan,

Así como el cambio existe, así

En el paso de los años se alcanza la permanencia;

La perfección se logra en esta vida

Acomodándose a ella la noble ambición de los hombres.

Humildemente

Scardanelli

24 de mayo de 1748

Los locos quizás no lo sean a todas horas; ni aun los cuerdos son siempre cuerdos. En cualquier caso, qué locura: un loco que escribe poesía: doble huésped, por loco y por poeta, de una realidad ajena a la realidad mostrenca.

14.9.10

El ser y la felicidad

–¿Es usted feliz? –inquirió el policía de los sentimientos.
–¿Yo…? ¿Feliz…? ¿Cómo voy a ser feliz si ni siquiera soy? –contestó airado el infeliz.

12.9.10

Alfredo Cornucopia

1
Alfredo Cornucopia miró desafiante al espejo, meneó la cabeza y se dijo: hasta aquí hemos llegado.

2
La viga crujió.
Áspera soga, áspera vida.

Nota bene
Si el infortunado Alfredo Cornucopia llega a saber que una errata lapidaria -Cronucopia- desvirtuaría su apellido, sin duda le hubiera anegado la pena.

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Nuevo poema en

http://lasesquinasdelanoche.blogspot.com/2010/09/el-dolor-de-existir.html

(Se publica los viernes,
salvo error u omisión)

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10.9.10

Censura de España: Baltasar Gracián y Blas de Otero (y 2)

Otero: el tema de España

Ese tema [“el tema predominante en toda la segunda fase de su poesía”], que llega a ser obsesivo en Otero, es el tema de España, en sus dos vertientes principales: de un lado, la preocupación por España –el ser, el destino, el drama de España–; de otro, el paisaje, el rostro vario y hermoso de la patria física, de todas las Españas que el poeta ha vivido y contemplado, lenta y saboreadamente. […]

Como a Unamuno, como a Machado, también a Otero le duele amargamente España, le punza dolorosamente la espina de una patria injusta y cruel, el cáliz amargo de la guerra civil. Si César Vallejo titula su libro escrito durante la guerra España, aparta de mí este cáliz, Otero nos dirá en un poema de Pido la paz y la palabra:

España, espina de mi alma. Uña
y carne de mi alma. Arráncame
tu cáliz de las manos.
Y amárralas a tu cintura, madre.

El tema de la guerra civil, de la guerra cainita, como diría Unamuno, reaparece una y otra vez, como una obsesión, en estos poemas de Otero. Y una y otra vez clama a España para que dé una paz respirable para todos. Así al final de tremendo poema Hija de Yago:

Madre y maestra mía, triste, espaciosa España.
He aquí a tu hijo. Úngenos, madre. Haz
habitable tu ámbito. Respirable tu extraña
paz. Para el hombre. Paz. Para el aire, Madre, paz.

Madre y maestra, pero también, en algún momento, madrastra, como en el bello y doliente poema Por venir, en el que se funden aquellas dos vertientes del tema de España -dolor de la patria y belleza de sus tierras-…

JOSÉ LUIS CANO (Del prólogo a País. Antología (1955-1970), de Blas de Otero. 2ª edición. Plaza & Janés, Barcelona, 1974.)

 

Por venir

Madre y madrastra mía,
España miserable
y hermosa. Si repaso
con los ojos tu ayer, salta la sangre
fratricida, el desdén
idiota ante la ciencia,
el progreso.
                       
Silencio,
laderas de la sierra
Aitana,
rumor del Duero rodeándome,
márgenes lentas del Carrión,
bella y doliente patria,
mis años
por ti fueron quemándose, mi incierta
adolescencia, mi grave juventud,
la madurez andante de mis horas,
toda
mi vida o muerte en ti fue derramada
a fin de que tus días
por venir
rasguen la sombra que abatió tu rostro.

BLAS DE OTERO, del libro Que trata de España, en Verso y prosa. Edición del autor. 2ª edición. Cátedra, Madrid, 1976.

8.9.10

Censura de España: Baltasar Gracián y Blas de Otero (1)

Acerca de El criticón

El Criticón, la más bella obra de Gracián y una de las obras maestras supremas de la literatura española del siglo XVII, es una narración alegórica que muestra cómo concebía Gracián la prudencia en acción. Sus tres partes describen el viaje por la vida de Critilo y Andrenio; la primera se titula “En la primavera de la niñez y en el estío de la juventud”, la segunda “Juiciosa cortesana filosofía, en el otoño de la varonil edad” y la tercera “En el invierno de la vejez”.

El libro se inicia con una descripción del náufrago Critilo a su llegada a las costas de la isla de Santa Elena. Allí encuentra a un joven solitario al que llama Andrenio y al que enseña a hablar. Pronto se hace clara la significación simbólica de sus nombres: Critilo representa el juicio y la prudencia, Andrenio los impulsos naturales del hombre. […]

El libro, compuesto de conceptos, es en sí mismo un gran concepto desarrollado con un ingenio brillantemente sostenido. Gracián enseña, no la manipulación y la maniobra como en sus primeras obras, sino el desengaño y la prudencia, que transforman un hombre en persona y le llevan a esa felicidad que sólo puede encontrarse en el Cielo. Pero Gracián no se ocupa de la virtud modesta que se contenta con la oscuridad. Le interesa la excelencia, la distinción, y el libro termina no con una visión de la salvación cristiana, sino con el difícil paso a la Isla de la Inmortalidad. Quien desee seguir a Critilo y a Andrenio allí,

tome el rumbo de la Virtud insigne, del Valor heroico y llegará a parar al teatro de la Fama, al trono de la Estimación y al centro de la Inmortalidad.

R. O. JONES, Historia de la literatura española. Siglo de Oro: prosa y poesía. 10ª edición. Ariel, Barcelona, 1989.

 

[Censura de España]

—¿Q te ha parecido de España? —dijo Andrenio—. Murmuremos un rato della aquí donde no nos oyen.
—Y aunque nos oyeran —ponderó Critilo—, son tan galantes los españoles, que no hicieran crimen de nuestra civilidad. No son tan sospechosos como los franceses; más generosos corazones tienen.
—Pues, dime, ¿qué concepto has hecho de España?
—No malo.
—¿Luego bueno?
—Tampoco.
—Según eso, ni bueno ni malo.
—No digo eso.
—¿Pues qué?
—Agridulce.
—¿No te parece muy seca, y que de ahí les viene a los españoles aquella su sequedad de condición y melancólica gravedad?
—Sí, pero también es sazonada en sus frutos y todas sus cosas son muy substanciales. De tres cosas dicen se han de guardar mucho en ella, y más los extranjeros.
—¿De tres solas? ¿Y qué son?
—De sus vinos, que dementan; de sus soles, que abrasan; y de sus femeniles lunas, que enloquecen.
—¿No te parece que es muy montuosa, y aun por eso poco fértil?
—Así es, pero muy sana y templada; que si fuera llana, los veranos fuera inhabitable.
—Está muy despoblada.
—También vale uno de ella por ciento de otras naciones.
—Es poco amena.
—No la faltan vegas muy deliciosas.
—Está aislada entre ambos mares.
—También está defendida y coronada de capaces puertos y muy regalada de pescados.
—Parece que está muy apartada del comercio de las demás provincias y al cabo del mundo.
—Aun había de estarlo más, pues todos la buscan y la chupan lo mejor que tiene: sus generosos vinos Inglaterra, sus finas lanas Holanda, su vidrio Venecia, su azafrán Alemania, sus sedas Nápoles, sus azúcares Génova, sus caballos Francia, y sus patacones todo el mundo.
—Dime, y de sus naturales ¿qué juicio has hecho?
—Ahí hay más que decir, que tienen tales virtudes como si no tuviesen vicios, y tienen tales vicios como si no tuviesen tan relevantes virtudes.
—No me puedes negar que son los españoles muy bizarros.
—Sí, pero de ahí les nace el ser altivos. Son muy juiciosos, no tan ingeniosos. Son valientes, pero tardos; son leones, mas con cuartana. Muy generosos, y aun perdidos; parcos en el comer y sobrios en el beber, pero superfluos en el vestir. Abrazan todos los extranjeros, pero no estiman los propios. No son muy crecidos de cuerpo, pero de grande ánimo. Son poco apasionados por su patria, y trasplantados son mejores; son muy allegados a la sazón, pero arrimados a su dictamen. No son muy devotos, pero tenaces de su religión. Y absolutamente es la primer nación de Europa: odiada, porque envidiada.

BALTASAR GRACIÁN, El Criticón, segunda parte, crisi III. Edición de Elena Cantarino. Espasa (Austral), Madrid, 2007.

6.9.10

Las razones del talibán

Hay razones para todo, incluso para el absurdo. Razones no faltan, si acaso sobran. Sean razones para matar, o razones para morir, siempre están al alcance de la mano. Y cada quien administra las suyas, incluso si nadie las entiende. Y si nos atenemos a las razones para prohibir, las razones abundan. Cualquier prohibición atesora razones, aunque la imaginación más avezada sea incapaz de adivinarlas. Y es que algunas razones son, justo es reconocerlo, esquivas y esotéricas. Pero hoy estoy contento: he descubierto, al fin, las razones de algo que en tiempos me intrigó. Quizá esté al alcance de cualquiera adivinar las razones para prohibir el teatro, el cine, el baile, la música, la televisión, la pintura... Pero nunca alcancé a comprender las razones de los talibanes para prohibir las cometas. Ante ese escollo, mi imaginación frenaba en seco, y se negaba a imaginar. Y cuando uno es incapaz de descubrir razones, no es raro que acabe achacando la falta de razones a pura maldad. ¡Craso error! Y lo mismo sucede si uno piensa que todo es fruto de la sinrazón. ¡Iluso! Para prohibir sobran razones. Y las de los talibanes, dentro de la asfixiante lógica talibán, son claras e irrefutables, como explica Olivier Roy: "... aunque a los afganos les encantan las cometas, los talibanes también las prohibieron. Lo hicieron por una razón muy simple: consideraron que las cometas podían engancharse en la rama de un árbol y que, si una persona se subía a éste para liberarla, era posible que mirara la casa del vecino con el riesgo de ver a una mujer sin velo, con lo cual estaría cometiendo un pecado. Todo ello por culpa de una cometa. Un razonamiento muy 'pascaliano'. ¿Por qué arriesgar la vida eterna por una pequeña diversión? Así que decidieron que era mejor prohibir las cometas." ¡Acabáramos! Inapelable razón: ¡prohibir las cometas para salvar las almas!

4.9.10

Sábados de posguerra en Salzburgo. (La visión de Thomas Bernhard)

Bernhard, Thomas

Quizá por ser una lectura que cala hasta los tuétanos, de vez en cuando releo a Thomas Bernhard. Su prosa hechicera encanta, cautiva, anonada, hunde, aplana, exalta; prosa alucinada, febril y delirante que pone a prueba los nervios del lector y que, bajo el yugo omnipresente de la reiteración, embelesa, atrapa los sentidos, seduce con su melopea. Prosa que, justo es reconocerlo, Miguel Sáenz vertió devotamente al castellano.

Aprovechando la reedición en un volumen de sus textos autobiográficos (Relatos autobiográficos, Anagrama, colección “Otra vuelta de tuerca”, 2009), editados para conmemorar el vigésimo aniversario de su muerte, he vuelto a leer esos libros furibundos (El origen, El sótano, El aliento, El frío, Un niño) en los que Bernhard rememora hechos, pensamientos y sentimientos cruciales en sus años de aprendizaje, aunque, como nos recuerda Miguel Sáenz, “los libros autobiográficos de Bernhard son tan novelescos como autobiográficas sus novelas”. Pero quizá con los libros sucede lo mismo que con la vida: la de unos es autobiográfica, y la de otros novelesca. Tanto monta: el ejercicio del recuerdo transmuta siempre la realidad en fábula. Lo que en ningún caso admite objeción es la subyugante atmósfera, opresiva y desesperanzada, que Bernhard sabe recrear en cada página. Aunque no es ocioso recordar que, a pesar de las desgracias, Bernhard no renuncia nunca al ferviente deseo de libertad y al no menos ferviente deseo de sobrevivir. De sobrevivir, sí, tanto a la muerte como a la vida.

Comienza la pentalogía con las experiencias sufridas por Bernhard en el internado de la Schrannengasse, en Salzburgo, el llamado Hogar escolar Nacionalsocialista, dirigido por el nazi Grünkranz, en el que permaneció desde el otoño del cuarenta y tres al otoño del cuarenta y cuatro, y al que volvería acabada la guerra. Para entonces, el nombre era otro –Johanneum-, y el director también: el tío Franz, un sacerdote católico, que pasados los años presentaría una demanda contra Bernhard, y la ganaría, consiguiendo la censura de una parte mínima de la obra.

Cuando abandona el Johanneum en busca de su destino, Bernhard elige trabajar de aprendiz en la tienda de comestibles de Karl Podhala, en el poblado de Scherzhauserfeld, un poblado al que precede su mala fama: allí permanecerá hasta el día en que es ingresado en el hospital del Land de Salzburgo a causa de una grave enfermedad pulmonar contraída mientras descargaba un camión de patatas en medio de una tempestad de nieve.

Después de las terribles experiencias vividas en el hospital, en la habitación de morir, Bernhard es enviado a la casa de salud de Grossgmain, el hotel de la muerte, cerca de la frontera alemana.

Tras su estancia en la casa de salud de Grossgmain, Bernhard es finalmente hospitalizado en el innombrable sanatorio Grafenhof, donde acaba declarándosele la tuberculosis pulmonar abierta que marcará su existencia.

Como conclusión, y tras ese vía crucis de dolor, Bernhard dirige su mirada en el último libro al territorio de la infancia, con sus paraísos y sus infiernos.

De entre las múltiples páginas memorables de esta pentalogía, copio éstas en las que Bernhard divaga hasta el delirio sobre los desolados fines de semana de posguerra en Salzburgo. (Como a Bernhard hay que oírlo, se aconseja la lectura en voz alta.)

LUIS VALDESUEIRO

 Los sábados me sacaban de la tienda [la tienda de comestibles en la que trabajaba] y del poblado de Scherzhauserfeld para llevarme directamente a la melancolía, ya en el poblado de Scherzhauserfeld reinaba siempre, durante todo el camino, ese silencio interrumpido sólo por ruidos de cubiertos que venían de las ventanas: es sábado, nadie trabaja en nada, la gente está echada en sus pisos en el sofá o en las camas, y no sabe qué hacer con su tiempo. Hasta las tres de la tarde reinaba ese silencio de la tarde, hasta que en los pisos se desarrollaban disputas, y entonces muchos salían de sus alojamientos al aire libre, muy a menudo maldiciendo, gritando o con el rostro devastado. Los sábados por la tarde los he sentido siempre como un tiempo muy peligroso para todos, la insatisfacción consigo mismo y con todas y cada una de las cosas, y la repentina conciencia de haber sido realmente explotado durante toda la vida y de carecer de sentido producían ese estado de espíritu, en el que la mayoría caía con aterradora profundidad. La mayoría de los hombres están acostumbrados a su trabajo y a alguna clase de trabajo u ocupación regular; si les falta, pierden instantáneamente su contenido y su conciencia y no son más que un morboso estado de desesperación. Al individuo le pasa lo que a la mayoría. Piensan que se regeneran, pero en verdad se trata de un vacío, en el que se vuelven medio locos. Por eso todos tienen las tardes de los sábados las ideas más demenciales, y todo termina siempre insatisfactoriamente. Empiezan a desplazar armarios y cómodas, mesas y sillones y sus propias camas, cepillan sus vestidos en los balcones, se limpian los zapatos como si se hubieran vuelto locos, las mujeres se suben al borde de las ventanas y los hombres se van al sótano y levantan torbellinos de polvo con escobas de ramas. Familias enteras creen que tienen que poner orden y se precipitan sobre el contenido de sus alojamientos y lo trastornan y se trastornan con ello. O se echan y se ocupan de sus dolencias, huyen y se refugian en sus enfermedades, que son enfermedades permanentes, de las que se acuerdan al terminar su trabajo el sábado por la tarde. Los médicos lo saben, los sábados por la tarde hay más visitas que en cualquier otro momento. Cuando el trabajo se interrumpe, irrumpen las enfermedades, llegan de pronto los dolores, el famoso dolor de cabeza de los sábados, las palpitaciones de las tardes de los sábados, los desmayos, los arrebatos de ira. Durante toda la semana las enfermedades son contenidas, mitigadas por el trabajo e incluso por una simple ocupación, el sábado por la tarde se hacen sentir y el hombre pierde enseguida su equilibrio. Y cuando el que ha dejado de trabajar al mediodía, cobra conciencia poco después de su auténtica situación, que en cualquier caso es siempre sólo una situación sin esperanzas, sea él quien sea, sea lo que sea, esté donde esté, tiene que decirse que no es más que un hombre desgraciado, aunque pretenda lo contrario. Los pocos afortunados a los que el sábado no trastorna sólo confirman la regla. En el fondo, el sábado es un día temido, mucho más temido aún que el domingo, porque el sábado sabe todo el mundo que queda el domingo aún, y el domingo es el día más horrible, pero después del domingo viene el lunes, que es un día laborable, y eso hace soportable el domingo. El sábado es terrible, el domingo horrible, el lunes es un alivio. Todo lo demás es una afirmación malévola y estúpida. El sábado se prepara la tormenta, el domingo descarga, el lunes vuelve la calma. El hombre no ama la libertad, todo lo demás es mentira, no sabe qué hacer con la libertad, apenas es libre, se dedica a abrir cómodas de vestidos y ropa blanca, a ordenar viejos papeles, busca fotografías, documentos, cartas, va al jardín y escarba la tierra o anda totalmente sin sentido ni objeto en cualquier dirección, sea la que fuere, y lo llama paseo. Y cuando hay niños, se los utiliza para el famoso matar el tiempo, y se los excita y azota y abofetea, para que produzcan ese caos que, en verdad, es la salvación. Y qué hay por otra parte más terrible que un paseo de sábado por la tarde, como visita a parientes o conocidos, en el que se satisface la curiosidad y se destruyen las relaciones con esos parientes o conocidos. Y si la gente lee, se tortura en verdad con una pena que se impone a sí misma, y nada es más ridículo que el deporte, esa coartada favorita entre todas para la absoluta falta de sentido del individuo. El fin de semana es el homicidio de todo individuo y la muerte de toda familia. El sábado, después de terminar el trabajo, el individuo y, por consiguiente, todo el mundo está súbitamente solo por completo, porque en verdad y en realidad los hombres sólo conviven durante toda su vida con su trabajo, sólo tienen en verdad y en realidad su ocupación, y nada más. Nadie puede sustituir al trabajo de otro, cuando alguien pierde a un ser, aunque sea para él decisivo, el más importante para él, el más querido, no perece; cuando se le quita el trabajo y la ocupación, se extingue y, en poco tiempo, muere. Las enfermedades surgen cuando los hombres no están plenamente utilizados, están demasiado poco ocupados, no deberían quejarse de demasiadas ocupaciones sino de demasiado pocas; si se limitan las ocupaciones, las enfermedades se extienden, la infelicidad lo abarca todo cuando el trabajo y las ocupaciones se limitan. En esa medida, el trabajo, en sí sin sentido, tiene su sentido, su finalidad propia original. Los sábados por la tarde podía observarse primero el silencio característico de los sábados por la tarde, la calma que precede a la tormenta, de repente la gente se precipitaba a la calle, se habían acordado de sus parientes y conocidos o simplemente de la naturaleza, de que había cine o una función de circo, o se refugiaban en los jardines y empezaban a escarbar. Pero hacían lo que hacían entonces, en cualquier caso y por toda clase de razones, sin ilusión. Es evidente que quien no se refugiaba en una actividad y creía poder pasar el tiempo sólo meditando y superar su estado mental amenazado y, muy a menudo, mortalmente peligroso, por medio de la meditación, se abandonaba rápidamente y, además, al ciento por ciento, a su desgracia personal. El sábado ha sido siempre el día de los suicidios, y quien ha frecuentado alguna vez durante cierto tiempo los tribunales sabe que el ochenta por ciento de los asesinados lo son en sábado. Durante toda la semana, todo lo que tiene que hacer a un hombre insatisfecho e infeliz, porque está tan concentrado en la insatisfacción y en la infelicidad, se encuentra contenido, pero el sábado, después de terminar el trabajo, su insatisfacción y su infelicidad están otra vez presentes y, de hecho, presentes cada vez con mayor brutalidad. Y los sábados todos intentan descargar en otro su insatisfacción y su infelicidad. La insatisfacción y la infelicidad se llevan después de terminar el trabajo a casa, donde al fin y al cabo no esperan más que insatisfacción e infelicidad, y se descargan en casa. Como consecuencia, los sábados por la tarde tienen, en todas partes donde hay hombres y donde se reúnen hombres, un efecto devastador. Cuando hay varios reunidos, como en las familias, no lo soportan, y tienen que producirse explosiones, y cuando alguien está totalmente solo consigo mismo y, por consiguiente, solitario y aislado, es también una situación terrible. Los sábados son los verdaderos homicidas del mundo, y los domingos hacen evidente ese hecho de la forma más insoportable, y los lunes aplazan otra vez la insatisfacción y la infelicidad toda la semana hasta el sábado siguiente, hasta el siguiente empeoramiento del estado mental. Por mi parte, odiaba sábado y domingo, porque esos dos días temidos por mí me enfrentaba de la forma más brutal con la miseria de los míos, nueve personas en tres habitaciones se atacaban mutuamente los nervios de la mañana a la noche y, confiadas sólo a las escasas posibilidades de ingresos de mi tutor y al arte culinario de mi madre, tenían hambre continuamente y nada que ponerse y, según recuerdo, se intercambiaban entre sí, por falta de prendas de vestir, los zapatos y las faldas y los pantalones, para poder salir a la calle alternativamente como, por decirlo así, personas como es debido. Mi abuelo ocupaba él solo la más pequeña de las habitaciones, pero la verdad es que su habitación era tan pequeña que apenas podía revolverse en ella, allí se alojaba, rechazado por su entorno, en medio de sus libros y con sus ideas no realizadas, y se pasaba sentado la mayor parte del tiempo, envuelto, para ahorrar la leña que apenas había ya, en una vieja manta de caballo gris, frente a su escritorio, sin poder trabajar realmente. Durante días enteros, lo sé, se encerraba, y su mujer, mi abuela, esperaba el disparo de la pistola que él tenía sobre el escritorio, de día sobre el escritorio, durante la noche bajo la almohada, ella temía ese disparo, él la había amenazado y nos había amenazado a todos, una y otra vez, con suicidarse, no tenía dinero ni la más mínima energía ya, muerto de hambre como todos nosotros, no conocía ahora otra vez, dos años después de terminada la guerra, en aquella época sumamente amarga, más que la falta de esperanzas. Mi tutor trabajaba, por un pedazo de pan, en su oficio mal pagado. En aquella época, simplemente porque no había ya sitio para mí, yo tenía la cama en el vestíbulo, al lado mismo de la puerta de entrada. En esas condiciones no se podía pensar en un sueño tranquilo, de forma que, la mayor parte del tiempo, iba muy de mañana al trabajo totalmente falto de sueño. Y, cuando mi tío y su mujer se mudaron, mi madre, además de nosotros siete, acogió, hay que imaginárselo, a un violinista del Tirol que practicaba continuamente, a fin de tener una fuente de ingresos para mantener a los que le reclamaban alimento. En casa yo no tenía ningún motivo para reírme, toda nuestra existencia era de lo más difícil y de lo más sin salidas, el fin de la guerra nos había llevado a todos a aquel piso, para mostrarnos el espanto. Sin embargo, no es éste el lugar para entrar en detalles de ese horror en casa, debo prohibirme en absoluto entrar en ello en este lugar, yo mismo debo negarme ese recuerdo por escrito, y no puede ser descrito en absoluto. ____________________________

THOMAS BERNHARD. El sótano. Traducción de Miguel Sáenz. (Los cinco textos autobiográficos de Bernhard han sido recogidos en el volumen Relatos autobiográficos: El origen, El sótano, El aliento, El frío, Un niño. Barcelona, Anagrama, 2009.)

2.9.10

Presentación del número 1 de la revista El Alambique, en Madrid


Presentación del número 1 de  la revista El Alambique
(editada por la Fundación Alambique para la Poesía)

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Viernes, 3 de septiembre de 2010,
a las 21 h.

(Sala de Conferencias del Ateneo de Madrid, c/ Prado 21)


Con la participación de:

Miguel Losada, poeta y secretario 1.º de la sección literaria del Ateneo

Jorge Dot, presidente de la Fundación Alambique para la Poesía

Ángel Guinda, poeta

Agustín Porras, poeta y director de la revista El Alambique

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Posteriormente, algunos autores leerán sus  textos incluidos en este número.