Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

31.3.12

Modo de montar en bicicleta (Un texto que no escribió Cortázar)

untitledProlegómenos. Es preciso, ante todo, que el que monta no tenga miedo a las caídas. Es además conveniente que los brazos no estén rígidos. Hay varios sistemas de montar; los más usados consisten en servirse del pedal, o mejor montar teniendo la máquina entre piernas. Para apearse, lo más cómodo es hacerlo por el pedal; algunos lo hacen por detrás y también apoyando el pie en una acera próxima. El eje del pedal ha de estar al tercio de la longitud de la planta del pie a contar desde los dedos. Al mover los pedales conviene que la punta del pie se halle dirigida un poco hacia abajo. Para sostenerse, si la máquina se inclina hacia un lado, basta girar el manillar de modo que la máquina tienda a desviarse hacia el mismo lado.

Excursión en bicicleta. Cuando se emprende una excursión en bicicleta es necesario llevar consigo un farol, una bomba, un neumático, una camisa de dormir (de seda), medias y pañuelos, una camiseta, un revólver y un mapa. Es práctico llevar varios botones y el dinero y el reloj en un cinturón, al cual irá sujeto la pistola o revólver.

Carreras modernas. En las carreras modernas el ciclista va precedido de una motocicleta, alcanzándose así velocidades mucho mayores. El efecto de los entrenadores es cortar el aire y producir una aspiración del mismo delante del ciclista, aparte de evitar a éste la fatiga cerebral que exige el cuidar de conservar la velocidad lo más constante posible, en cuyas condiciones el trabajo realizado en un tiempo dado es mínimo. Distínguense los corredores en dos clases, los “sprinters” y los “stayers”. Los primeros tienden a alcanzar la mayor velocidad, los segundos a hacer el mayor recorrido. A los últimos se les llama también “de fondo”. 
ENCICLOPEDIA VNIVERSAL ILVSTRADA EVROPEO-AMERICANA, s.f. (pero posterior a 1907).

30.3.12

En el metro, un día de huelga general

Aquella mujer, de mediana edad y cara redondeada, domaba sus pestañas con un rizador.

Y las untaba con rímel, en el vagón casi lleno.

Atrás quedaba la hora meridiana.

28.3.12

Breve duólogo

 

―Ya todo está dicho…

(Silencio pensativo.)


―Sí…, pero no.

25.3.12

Escolios a un poema de Ricardo Reis

Somos aves de paso. Estamos de prestado en este mundo. El puro azar nos arrojó aquí y el puro azar dicta nuestro sino. Nada sabemos. Lo real está oculto, embelecos de ilusión nos ciegan. Solo nos queda el consuelo de imaginar, incluso lo obvio. Y qué es vivir sino imaginar que vivimos, imaginar cuanto atraviesa la retina, y aquello que alerta a los sentidos, y lo que somos y nadie sabe.  

Pero todo se pasa, como decía santa Teresa, todo se pasa: se pasa lo vivido y lo por vivir, lo imaginado y lo soñado; todo se pasa. Ea, pues, andarín del tiempo: que nada te turbe, que nada te espante, que todo se pasa. (Otro santo, Juan de la Cruz, tras invitarnos en uno de sus dichos a conservar el corazón en paz y a que ningún suceso de este mundo nos desasosiegue, propone esta advertencia de ultratumba: mire que todo se ha de acabar.) Todo, sí, todo; y mientras tanto, andarín del tiempo, bebe, ama y acalla agrios pensamientos... Pues el resto es silencio… Pues lo demás es nada… Y todo pasa. ¡Y qué pronto! ¡Qué pronto pasa todo cuanto pasa!

[¡TAN PRONTO PASA TODO CUANTO PASA!]

¡TAN pronto pasa todo cuanto pasa!
¡Muere tan joven ante los dioses cuanto
Muere! ¡Todo es tan poco!
Nada se sabe, todo se imagina.
Circúndate de rosas, ama, bebe
Y calla. Lo demás es nada.

R I C A R D O   R E I S 


Fernando Pessoa, Poemas escogidos
Versión de Rafael Santos Torroella
Barcelona: Plaza & Janés, 1972

24.3.12

“Desde mi lecho de infortunio” (Cartas de César Vallejo a Pablo Abril de Vivero)

Una grave enfermedad, causa de un largo ingreso hospitalario, da pie a estas dos cartas que César Vallejo dirige a su fiel amigo Pablo Abril. En las palabras del poeta late el profundo dolor y el acerado fatalismo del hombre gravemente enfermo, inerme ante el destino. De esas palabras, asediadas por la fatalidad, brota la añoranza del pasado: el recuerdo de los padres lejanos y los cariños perdidos, la memoria de los ritos aprendidos en la infancia.

Cuando la muerte ronda, la metafísica extiende las alas, no siendo extraño entonces que se aferre uno a insospechados asideros, ya que si es insoslayable que todo pasa, aún más letal para nuestro egotismo es que nosotros perecemos. El convaleciente Vallejo, cediendo a un irrenunciable deseo de justicia, acaba anhelando
“otro mundo de refugio para los muchos que sufren en la tierra”.

Américo Ferrari, en un libro lejano (El universo poético de César Vallejo, 1972) aventura una interpretación del dolor en Vallejo, omnipresente dolor que atraviesa tantos poemas de sus libros y que oprime tantas horas de su vida: “El dolor es, en Vallejo, una abertura a la existencia, una vía de conocimiento, fuente de comunicación con todos los seres que sufren (todos los seres sufren), pero también isla en que el poeta se encuentra solo frente a la muerte. Mensajero de la muerte y testigo de la vida, el dolor es manantial de conciencia y el poeta lo busca, se hace doler él mismo para sentirse vivo y se encuentra exiliado, de repente, en la atmósfera extraña de la soledad y del tiempo…”

 

[1]

París, 19 octbre. 1924

Mi querido Pablo:

Parece que la mala suerte sigue empecinada en herirme. Esta carta la escribo desde el hospital de la Charité, Sala Boyer, cama 22, donde acabo de ser operado de una hemorragia intestinal. He sufrido, mi querido amigo, veinte días horribles de dolores físicos y abatimientos espirituales increíbles. Hay, Pablo, en la vida horas de una negrura y cerrada a todo consuelo [sic]. Hay horas más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado, y no las olvidaré. Ahora, en la convalecencia, lloro a menudo por no importa qué causa cualquiera. Una facilidad infantil para las lágrimas me tiene saturado de una inmensa piedad por todas las cosas. A menudo me acuerdo de mi casa, de mis padres y cariños perdidos. Algún día podré morirme, en el transcurso de la azarosa vida que me ha tocado llevar, y entonces, como ahora, me veré solo, huérfano de todo aliento familiar y hasta de todo amor. Pero mi suerte está echada. Estaba escrito. Soy fatalista. Creo que todo está escrito.

Dentro de seis u ocho días más creo que saldré del hospital según dice el médico. En la calle me aguarda la vida, lista, sin duda, a golpearme a su antojo. Adelante. Son cosas que deben seguir su curso natural, y no se puede detenerlas.

[…]

Desde mi lecho de infortunio, le envío mi abrazo fraternal y agradecido.

César

 

[2]

París, 5 novbre. 1924

Mi querido Pablo:

Mi enfermedad se ha alargado más y más. Ayer hizo un mes que estoy en cama. Después de la operación, me vino de nuevo una hemorragia, que por poco carga conmigo. La noche del domingo 27, pudo haber sido fatal. ¡Horrible! Pero hoy estoy otra vez mejor. Ya estoy, desde el martes, en mi cuarto, pero siempre en cama. El médico me ha dicho que guarde cama todavía y que me cuide.

¡Pablo! Hay gente dura y cruel en el mundo. Hay dolores que espantan, y la muerte es un hecho evidente, pavoroso. Hay gente dura de corazón, y uno puede morirse de miseria. Bueno. Pero qué se va hacer [sic]. Vuelvo a creer en Nuestro Señor Jesucristo. Vuelvo a ser religioso, pero tomando la religión como el supremo consuelo de esta vida. Sí. Sí. Debe haber otro mundo de refugio para los muchos que sufren en la tierra. De otra manera, no se concibe la existencia, Pablo.

[…]

Adiós, Pablo inolvidable. Dios lo proteja y disfrute del mejor bienestar.

Le abraza su amigo

César

César Vallejo
Correspondencia completa
Edición de Jesús Cabel
Valencia: Pre-Textos, 2011

22.3.12

Sobre una máxima (desechada) de La Rochefoucauld

Algo enfadoso resulta el recelo que pone La Rochefoucauld en sus Máximas. Tanto oscurecer la intención de los actos, quizás acabe mareando al lector. A veces la persistencia roza la ofensa, incluso si es en defensa de la causa de la verdad, tan escasa de valedores.

Algunas sospechas humillan, y muchas verdades también. (De algunas de esas verdades nos defendemos considerándolas mentira.) A fin de rebajar la severidad de sus máximas, La Rochefoucauld suele recurrir a los a menudo, en ocasiones, casi siempre, de ordinario, como ya observó Sainte-Beuve. Esas muletillas pudieran ser meros escrúpulos de pensamiento o el vano intento de ser ecuánime. A pesar de todo, su mirada es claramente pesimista y ahí echa raíces su pensamiento. La Rochefoucauld pudiera defenderse de sus críticos alegando ser un simple notario, del alma y sus estados. Pero, afortunadamente (¿o no?) ni todas las almas son iguales, ni todas las miradas son distintas.

En una máxima desechada tras la primera edición, el moralista afirma: Nunca confesamos nuestros defectos a no ser por vanidad. Y cómo no recordar la acusadora expresión: hacer de la necesidad virtud. Sócrates se reconoció cobarde, y ello le trajo fama de valiente. (Y La Rochefoucauld parece que susurra al oído: Sócrates dijo lo que dijo porque la vanidad se lo dictaba.) Escuece ver cómo se aplica la sospecha a las intenciones, pero si obvios son los actos, las intenciones son secretas. Detrás de la virtud, La Rochefoucauld atisba siempre al amor propio, lo que desmiente a la virtud. Ensayemos una aproximación: tenemos un billete de banco, falso. Dos opciones: sabemos que es falso o no lo sabemos. Pero la falsedad del billete, la falsa virtud, ahí está, lo sepamos o no.

Según el pugnaz moralista, nos ufanamos incluso de los defectos, si la vanidad nos mueve. ¿Y qué no haríamos por vanidad? Seríamos capaces incluso de reírnos de nosotros mismos, cosa harto difícil, aunque para unos lo difícil es fácil, y para otros lo fácil es difícil, como decía Juan Ramón Jiménez, delatando hasta qué punto una misma palabra designa cosas tan diversas.

20.3.12

Ni jugadora ni bebedora

Budhi-Dhorma espera al pie del semáforo. Es domingo; viene de comprar el pan, una de esas barras que aquí se llaman pistola. Una anciana, bajita y con un perro muy abrigado, despide quejas: el perrito acaba de desafiar a un perro grande, indiferente y grande. La mujer, nerviosa, habla por los codos, y con puntos suspensivos, como Céline en alguna novela. Con sorpresa, Budhi-Dhorma descubre la línea azul que cruza sus párpados. «Los perros pequeños son los peores… Siempre van provocando… El grande es de mi hija… (Durante un instante, Budhi-Dhorma pierde el hilo.) Mi hija… Solo me da cinco euros…»

Budhi-Dhorma no sabe si la mujer ha dicho euros o duros. Pero lo cierto es que le enseña un billete de 5 euros.

« … Yo cobro 800… 400 de mi marido… y 400 míos… Y mi hija… mi hija me tasa el dinero… Solo me da 5… Y tengo que pagar un café… Y hoy… hoy voy a comer con una amiga… que me invita…»

Budhi-Dhorma escucha y, de vez en cuando, asiente con la cabeza o dice un sí cómplice, de mero acompañamiento. Cuando se abre el semáforo, la pobre mujer pobre se aleja, pero antes declara en su descargo: «¡Yo no soy jugadora ni bebedora!…»

Y a Budhi-Dhorma se le viene a la cabeza un poema de fray Luis sobre la vejez. El poema (VI) empieza recordándole a Elisa que ya la nieve ha variado el preciado cabello que en otros tiempos hacia escarnio del oro. Y dos estrofas más allá empiezan las preguntas:

¿Qué tienes del pasado
tiempo sino dolor? ¿cuál es el fruto
que tu labor te ha dado,
si no es tristeza y luto,
y el alma hecha sierva a vicio bruto?

Llega un día, si llega, se dice Budhi-Dhorma, en que las agujas del reloj se vuelven puñales. Y, pese a todo, el tiempo siempre parece joven; solo es viejo el tiempo vivido, el tiempo gastado en vivir.

18.3.12

Sobresaltos de un lector o La insuficiencia hermenéutica

A Budhi-Dhorma no se le oculta que la lectura es una operación arriesgada. Que tiene efectos secundarios. A veces perdurables, para bien o para mal. Que nunca se sabe.

De ahí que no le extrañe sentir un alfilerazo al leer unos versos de Otero, Blas de Otero, mientras suena una cantata de Scarlatti, Alessandro Scarlatti. Son un par de versos anafóricos seguidos de un raro versículo, que envuelven su espíritu en brumosa incertidumbre.

Si idénticas frases suelen parecernos distintas según quien las diga, lo cierto es que a Budhi-Dhorma le extraña encontrar en ese poema de Otero [“Ponte unas ajorcas”, de Hojas de Madrid] esa sucesión sorprendente de palabras. Un solo verso puede arrasar el sentido de cuantos le rodean, puede incendiar el poema. Durante un rato, Budhi-Dhorma es incapaz de ver más allá de ese verso, que le deja mudo, desconcertado: no sabe si el poema es bueno o es malo, no sabe si le gusta o no le gusta. No sabe nada. Ni siquiera sabe lo que el poema dice.  

Primero vino este verso:

Es tan hermoso esperarte y comprobar que nunca llegas.

Un verso veladamente ambiguo que parece convertir la ausencia en belleza.

Y luego sobrevino este otro:

Es tan hermoso saber que tus senos no caben por la puerta. [¡¡¡???] 

Extraño verso, y delicado (donde dice “senos” pudiera decir otra cosa); tan extraño que a Budhi-Dhorma le agarra por sorpresa; tan estridente y extraño, tan ajeno a la hermenéutica.

Y después, retador, llegó el versículo:

Tienes que vestirte solamente por la espalda, deja al aire tu pequeña fachada de guerrillera.

Rompedora idea, piensa Budhi-Dhorma, para las pasarelas de la moda de París, Milán, Nueva York…

Budhi-Dhorma está perplejo; crítico no es; ignorante, lo es y mucho. Y descartado un error, no sabe a qué carta quedarse. La lectura es una operación arriesgada. Que tiene efectos secundarios. Como la elefantiásica imagen que atraviesa su mente, o el dolor poemática que transita por su espina dorsal. Budhi-Dhorma se rinde al runrún de las palabras: Es tan hermoso, tan hermoso, tan… ¡Quién sabe! ¿Increíble?

15.3.12

Las desgracias nunca vienen solas

Él la violó.
Las familias ordenan la boda: para lavar la honra, para burlar la cárcel.
Pero ella se suicida.

(Sucedió en Marruecos, y no necesariamente.)

14.3.12

Olvido

Olvido: hermosa y trágica palabra. Una de las más hermosas y trágicas de la lengua castellana, la más noble de las lenguas, según aventura Ceronetti.

Sílabas que se funden en la boca como presagio de gozo o íntimo dolor. En sus recodos se esconde una secreta nostalgia, y un aliento voraz, y un extraño fulgor. Sílabas en busca del sentido, sílabas que reniegan de aquello que señalan, sílabas que escarban en su rumor de nombre. 

Como si fuera un loco entregado a la ausencia, el olvido es rama seca de recuerdos, velo hidrófilo del alma, incierta savia de dormidos sueños, lágrima vertida en pozos de la nada.


[Ultimísima revisión de un texto del libro inédito La rueda de las palabras.]

10.3.12

Fe de erratas


p. v. Donde dice: Debe decir:
335 18 y, en fin, suelen decirse: ¡Allá las putas, Luis Taboada, Y exijo del sombrero la infausta analogía del recuerdo,

César Vallejo, Obra poética. Madrid: Colección Archivos, 1988.
¿Quién negará que incluso en el error traslaticio abunda la poesía? 

6.3.12

Los «senores» extranjeros (Un artículo de Julio Camba sobre la dichosa ñ)

El pasado martes se cumplieron cincuenta años de la muerte de Julio Camba. Una buena excusa (y qué excusa no es buena) para degustar alguno de sus memorables artículos, que son un gozo para el espíritu y un tónico para los músculos faciales. ¿Cuántos autores son capaces de provocar en el lector un estallido de risa? Pocos o muchos, es indudable que Camba es uno de ellos. Maestro de la crítica sutil y elegante, en Camba nunca se echa de menos la cortesía del humor, aunque sea un humor serio.

La querella de la ñ, como evidencia el artículo de Camba que propicia esta nota, viene de antiguo y acaso no tenga fin. Dichosa tilde, hispánica boina que le cayó a la n en pos de la sencillez, y que tantas porfías provoca.


“Está claro que la ñ es la aportación española al alfabeto latino y la simple duda acerca de su carácter de letra independiente ya es ofensa que se le hace a la cultura hispánica. […] La nasal palatal no existía en latín, pero la evolución de grupos tales como gn, nn o ni dio lugar a ella y, durante la Edad Media alternaron y se confundieron, en el ámbito románico, todas esas grafías e incluso otras, como in, yn, ny, nj, ng, nig, ign y hasta una simple n. Finalmente, italiano y francés se quedaron con gn, el catalán prefirió ny y el portugués eligió la nh que había arbitrado el provenzal, porque la h, ya muda en latín, lo mismo servía para un roto que para un descosido. El castellano se decidió pronto por la grafía nn, que se abreviaba por medio de una n con una raya encima, y así se confirmó en la ortografía alfonsí. Luego la raya se onduló en tilde y para Nebrija, pese a tener pleno conocimiento de su origen como abreviación de la doble ene, era ya una letra tan independiente y propia que afirmaba ‘hazemos le injuria en no la poner en orden con las otras letras del a b c’. Una letra emblemática, pues, en el alfabeto español, que figura en el propio nombre de España, como acaba de reconocer, el 30 de mayo [1991], la comisión de Cultura y Educación del Consejo de Europa, pero bastante más que eso, porque no es signo usado solo en nuestra lengua, sino en todas aquellas, que son bastantes y algunas de notable importancia, a las que el castellano dio alfabeto y tenían una consonante nasal palatal en su sistema fonológico. Aquí, en la propia casa, el vasco; en América, el guaraní, el quechua, el aymara, el araucano, el zapoteco y tantas otras; en Filipinas, el tagalo, su idioma oficial, y en las Islas Marianas, el chamorro. Sin olvidar que también la usa el gallego ¡y con qué frecuencia afectiva! […] El día 30 de mayo de 1991, ya lo he dicho, la Comisión de Cultura del Consejo de Europa reconoció públicamente que le eñe es una letra emblemática en la escritura del español…” [Gregorio Salvador.]

Gregorio Salvador y Juan R. Lodares, Historia de la Letras, Madrid, Espasa, 1996.


Otras letras, en otros idiomas, llevan esa misma tilde, pero lo privativo de la virgulilla de la ñ es que, lejos de ser el tocado con que se cubre la n, se trata de una letra distinta, aunque ambas sean gemelas, y de tan distinto bramar. Allí donde la n es letra tímida y modosita, la ñ parece una letra gamberra, belicosa, que inflama palabras y conceptos. En cuanto a su sonido parece de hormigón armado, pero su apariencia es de una elegancia natural que deslumbra.

De la antología que preparó el mismo Camba, Mis páginas mejores (Gredos, 1956), rescato este cómico texto sobre los infortunios de la dichosa ñ, orgullo y emblema de nuestro alfabeto.


LOS «SENORES» EXTRANJEROS
Los únicos impresores del mundo que han aceptado la ñ española son los ingleses. Los franceses no la han aceptado todavía, y los alemanes tampoco.

Los franceses, especialmente, no sólo no aceptan nuestra ñ, sino que ni siquiera la traducen. Hay una traducción francesa de La campaña del Maestrazgo, que se titula La cloche du Maestrazgo. Yo me quedé loco un día que me preguntaron en París:

Mais, qu’est ce que c’est que cette sacrée cloche du Maroc?

Sin embargo, nosotros respetamos el rabito de la c francesa, ese rabito que parece una perilla, y nunca escribimos francais, sino français, ni francois, sino françois.

Que los franceses respeten nuestra ñ, si quieren que nosotros respetemos su c de rabito. No es cosa de que se abuse de nosotros porque seamos una nación débil.

La ñ española ha corrido muchísimas aventuras en el mundo. Un español entró un día en un estanco de Berlín a comprar cigarros. Le enseñaron unos habanos con una vitola que decía: «Cabanas».

—Estos habanos —dijo el español— los hacen ustedes en la trastienda, ¿eh?

El estanquero protestó:

—No proteste usted. Si fueran habanos, no diría en la vitola Cabanas, sino Cabañas. Esta n debiera tener una tilde.

Y el español inició al estanquero en los misterios de la ñ española.

Algún tiempo después el mismo español volvió al estanco. El estanquero lo reconoció en seguida.

—Ya tenemos legítimos Cabañas —le dijo—. Vea usted.

Abrió una caja y le mostró un cigarro. En la vitola se leía: «Cabañas.­Habaña.» El estanquero, muy orgulloso, exclamaba:

—¡Habaños, habaños legítimos!...


Julio Camba, Alemania (1916).

5.3.12

“Mala noche”




 Goya, Caprichos, 36


A estos trabajos se esponen las niñas pindongas q.e no se quieren estar en casa.[Comentario manuscrito. Museo del Prado]


Noche de viento recio,mala para las putas.
[Comentario manuscrito. Biblioteca Nacional]

3.3.12

Paul Éluard & Benjamin Péret: Proverbios modernizados (continuación y fin)

Por cierto, y continuando con el tema del último día, en unos versos del poema “He aquí todos los siglos pasados a filo de espada”, traducido por César Moro, y no recogido por Pellegrini, Gui Rosey expresa lo siguiente:

Ahora que los proverbios seductores viajan a costa de los ojos
los brazos escasean de recuerdos y caen a lo largo del cielo
todos los dioses han regresado a sus conchas
y la muerte vestida de soldado
coloca el terror blanco bajo urna
en las patrias pintadas de nuevo

Puestos a imaginar: proverbios seductores, ¿los de Éluard y Péret?; soldados que son el traje de la muerte, ¿los de la Wehrnacht? Tal vez ni lo uno ni lo otro, o lo uno y lo otro, que para el caso es lo mismo. 



 

P R O V ER BI OS


 

 


M
   O
        D
         ER
                   NI
               ZA
                                     D
                          O
                S

 

Los elefantes son contagiosos.

*

Es necesario devolver a la paja lo que pertenece a la viga.

*

Sueño que canta hace temblar a las sombras.

*

A toneles pequeños, toneles pequeños.

*

Los grandes pájaros hacen las pequeñas persianas.

*

Enjuagar el árbol.

*

No hace falta coser los animales.

*

Hay que pegarle a la madre mientras es joven.

*

Carne fría no apaga el fuego.

*

Piel que se descama va al cielo.

*

Un lobo hace dos rostros hermosos.

*

Rascar a la vecina no da flores en mayo.

*

No es rosa todo lo que vuela.

*

Los pelos caídos no vuelven a crecer gratis.

*

Aplastar dos adoquines con la misma mosca.

*

Matar nunca es robar.

*

Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado.


ÉLUARD & PÉRET
De
152 proverbes mis au goût du jour, traducidos por Aldo Pellegrini.

1.3.12

Bolaño y Gui Rosey como excusa (Proverbios modernizados de Éluard y Péret) (1)

“Últimos atardeceres en la tierra” es el título de un cuento de  Roberto Bolaño. Cuenta unas vacaciones en Acapulco de un padre y su hijo veintiañero. El hijo es B y el padre es el padre de B. Padre e hijo son chilenos y viven, cada uno en su casa, en México DF.

Se trata de un cuento singular  en el que un lenguaje frío mantiene viva la llama del tedio y las pequeñas aventuras. El aburrimiento bien narrado puede llegar a deleitar. Y no se trata de que no sucedan cosas, sino de que están contadas como si apenas sucedieran. ¿Qué mayor logro que volver interesante incluso lo que no lo es? Desentrañar insospechados aspectos de la realidad, explorar cuevas profundas del sentimiento o sinuosos arcanos del pensar. El maestro Chéjov enseñó bien la lección.

Contar una historia quizás esté al alcance de muchos, pero crear una atmósfera que nos atrape es privilegio de pocos. Pero se cuente lo que se cuente, al final solo quedan palabras, palabras que una mano, sabia o torpe, ha ensartado en frases sucesivas. Si de literatura se trata, palabras; si de pintura, colores.

Cuando B logra esquivar las invitaciones que le hace su padre para salir, lee una antología de poetas surrealistas. Le gusta Desnos, le gusta Éluard. Pero hay un poeta, Gui Rosey, poeta menor, que despierta el interés de B, no tanto por sus poemas (la verdad es que Rosey no le parece interesante) sino por su enigmático final, en el que la imaginación de B se zambulle en busca de una explicación. Gui Rosey, junto con otros surrealistas, ha recalado en Marsella huyendo de los nazis. Allí pasa los días mientras espera el visado que le permita entrar en los Estados Unidos. Pero su visado no parece llegar nunca. Y un día, sin que nadie sepa dar razón de su ausencia, Gui Rosey desaparece para siempre sin dejar rastro. Es como si se le hubiera tragado la tierra. Si Kafka hubiera puesto su mano en la historia real de Gui Rosey tal vez habría añadido una burla del destino: el mismo día de su desaparición se le hubiera concedido el visado, convirtiéndose así una buena noticia en una cruel noticia. Bajo el calor de Acapulco, la enigmática desaparición en Marsella de Gui Rosey aviva la fantasía de B.

Mientras leía el cuento en el metro, pensaba en que quizás tuviera en casa esa antología de poetas surrealistas. Me sonaba el nombre del traductor, Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Al llegar comprobé, en efecto, que sí tenía la antología que lee el personaje de Bolaño. Y me sorprendió, ya que se trata de un libro editado en México, en 1981, por Ediciones Coma.

Busqué la fotografía de Gui Rosey, descrita en el cuento (“una foto de estudio en la que Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo”), y no la encontré en mi libro. La que lee B debe ser otra edición, pensé; en la mía sólo hay una foto de Breton en el palacio del Cartero Cheval y otra de Artaud, en el papel de Marat, en el oceánico Napoleón de Abel Gance. Y hay además un par de fotos de grupo: en una de ellas, un fotomontaje que fue portada de La Revolution Surréaliste, aparecen reunidas dieciséis fotos de surrealistas, encorbatados y con los ojos cerrados como muertos, que forman una orla alrededor de una mujer desnuda, pintada por Magritte. Desconozco si Gui Rosey es uno de esos surrealistas.

Esos surrealistas con los ojos cerrados, ¿proclamaban acaso que no necesitaban mirar afuera para llegar muy adentro? ¿O quizás querían decir que, bajo sus párpados cerrados, estaban en contacto con el más allá, con la vida más honda? Pero quién puede saber lo que se esconde tras un surrealista con los ojos cerrados.

El cuento de B acaba en el momento justo en que parece que se va a liar una gorda. Y es inevitable quedar un poco chasqueado, como el bíblico Moisés, valga la hipérbole, que tras tanto penar no pisó la tierra prometida. El chasco nos deja con apetito de palabras, más palabras. Pero la literatura, como la vida, está llena de historias truncas. Algunas de esas historias se revisten incluso de final feliz, como si ese final feliz fuera un punto final. Quizás cada cosa de la vida sea lo más importante mientras sucede, lo mismo que en una escalera importan todos los peldaños; y las cosas suceden, supongámoslo así, aunque lo dudemos a veces, ajenas a cualquier teleología. Las cosas llegan unas veces sin querer, aunque acabemos queriéndolas; y otras veces llegan por ser inevitables, como inevitable es la sujeción a la ley de la gravedad. Pero en los cuentos, como en las historias de la vida, el final puede llegar en cualquier momento, y el clímax, si lo hubiere, quizás no esté al final.

Hojeando esa antología de los surrealistas franceses, que quizás nunca leí entera, di con unos curiosos proverbios “al gusto del día”, escritos al alimón por Éluard y Péret, y traducidos por el susodicho Pellegrini.

Desconozco el original de esos proverbios. Parece que los autores se afanan en retorcer el pescuezo a algunos refranes o expresiones consuetudinarias, mediante el artificio de permutar palabras. Supongo que el traductor se habrá atenido a la literalidad, sin necesidad de buscar equivalencias, lo que sin duda no hubiera podido evitar tratándose de los proverbios originales que parecen remedar Éluard y Péret. Esos originales, traducidos literalmente, quizás hubieran resultado también descaradamente surrealistas, por lo extraño a nuestros oídos.

Veo que me he alargado mucho, aunque no era mi intención. Dejo, pues, para mañana los remozados proverbios de Éluard y Péret.