Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

31.12.10

¡Feliz 2011!

Con los años, el arte y la vida son uno.
Braque



El tiempo es difícil de encontrar y fácil de perder.
Lao Tse

29.12.10

Dos historias: I. Mr. Campbell y su bastón. II. El Sr. Beneyto y mi teléfono

I

Los Campbell desembarcan en La Habana un viernes muy caluroso. A Mrs. Campbell todo le resulta encantador, a Mr. Campbell le preocupa, por su pierna dolorida, la humedad. En el muelle, se demoran en un tenderete que vende “frutos del árbol del turismo”: castañuelas, abanicos, collares...  Aunque Mr. Campbell opina que los souvenirs deben comprarse al abandonar el país, Mrs. Campbell realiza algunas compras. Y el mismo Mr. Campbell acaba encaprichándose, por su pierna dolorida, de un bastón: llamativo, complicado y caro; de una madera que parecía ébano, tallado con cuidado prolijo (Mr. Campbell) o exquisito (Mrs. Campbell). No, pensando en dólares, no es tan caro, se tranquiliza Mr. Campbell.

Los Campbell se alojan en el Hotel Nacional. Después de la siesta, callejean, y acaban entrando en un cine. Por la noche recalan en Tropicana: un cabaret casi en la selva. Mrs. Campbell, encantada; Mr. Campbell, picajoso.

Después del espectáculo, un taxista picarón los deposita en una casa cualquiera, donde asisten a otra clase de show. Los clientes están sentados alrededor de una cama redonda. Primero aparecen dos mujeres desnudas (¿negras? ¿blancas?); y después un negro, desnudo. Dos luces, una roja y otra azul, iluminan al trío. Mr. Campbell, asqueado; Mrs. Campbell, encantada.

El sábado van a la playa de Varadero. Lo pasan bien, aunque por la noche Mr. Campbell experimenta en su propia piel algunas desagradables secuelas.

El domingo por la mañana —el ferry sale a las dos— pasean por la ciudad vieja y compran los últimos souvenirs. Se sientan a descansar en un viejo café. Ya en la calle, Mr. Campbell echa en falta su bastón. Regresan al café. Nadie había visto el bastón. Mr. Campbell está compungido. Pero enseguida ven a un viejo —no tan viejo, visto de cerca— con su bastón, el bastón de Mr. Campbell. El viejo, mendigo profesional, e idiota, según Mr. Campbell, no habla inglés, ni español: emite unos ruidos extraños con la garganta. No hay manera de entenderse con él. Harta de inútiles forcejeos, Mrs. Campbell sugiere a Mr. Campbell que compre el bastón al viejo. Mr. Campbell se niega en redondo: cuestión de principios. La gente se arremolina, y Mr. Campbell teme por su vida. Mrs. Campbell, en un rudimentario español, se explica como buenamente puede. El viejo mendigo idiota no suelta el bastón y hace señas y ruidos con la boca para subrayar que es suyo. Llega un policía. Afortunadamente, habla inglés. Mr. Campbell explica lo sucedido. El policía no consigue dispersar a la multitud ni entenderse con el idiota. Cuando pierde la paciencia, el policía desenfunda su arma. Silencio sepulcral. El mendigo, resignado, entrega el bastón a Mr. Campbell. El policía pide a éste que dé algo al “pobre hombre”. Mr. Campbell se siente ofendido. Alguien propone entonces hacer una colecta. Mr. Campbell se arrepiente y ofrece al idiota unas monedas, casi tantas como le había costado el dichoso bastón. El idiota las rechaza. Interviene Mrs. Campbell, pero el viejo mendigo idiota sigue en sus trece. Sólo las acepta cuando se las entrega el policía. Entre aplausos y saludos, Mr. Campbell y Mrs. Campbell se alejan en un taxi. Mrs. Campbell, callada; Mr. Campbell, contento.

Al llegar a la habitación del hotel, Mr. Campbell, según su costumbre, cede el paso a Mrs. Campbell, quien al llegar al cuarto y encender la luz, lanza un grito horrible. Mr. Campbell, rezagado, piensa: una descarga eléctrica, un insecto venenoso, un ladrón sorprendido, y corre hacia el cuarto. Mrs. Campbell está rígida, sin poder hablar, al borde de un ataque de histeria. Mr. Campbell solo comprende lo sucedido cuando Mrs. Campbell, con ruidos de su boca y con la mano, le señala hacia la cama. En ese momento, a Mr. Campbell no le quedó otra que rendirse al misterio...

(Lo que precede es un resumen de la historia, contada por él mismo, de Mr. Campbell y su bastón. Para conocerla cabalmente es preciso acudir a Tres tristes tigres, la novela ventrílocua de Guillermo Cabrera Infante.)

II

Con alguna frecuencia recuerdo la historia del bastón. Prodiga enseñanzas varias. Volví a recordar esa historia el día en que al regresar a casa me encontré cuatro mensajes en el contestador. Ese día, mi teléfono se convirtió en bastón. Al oír el primer mensaje, oh sorpresa: era el Sr. Beneyto, el sociólogo, filósofo y politólogo, fallecido el pasado mes de marzo, y a quien no tenía el gusto de conocer. Se quejaba de haber efectuado varias llamadas en vano. Por eso, ahora dejaba un mensaje y avisaba de que volvería a llamar.

En el segundo mensaje —apenas habían pasado unos minutos desde el primero— se le notaba indignado. Que no había derecho. Que no tenía todo el día. Mi sorpresa iba en aumento. Empecé a sentirme como el viejo idiota mendigo de la historia de Mr. Campbell. Por si acaso, antes de oír el tercer mensaje ensayé unos ruiditos con la boca.

Ese mensaje era ya un revuelo de indignación. El Sr. Beneyto parecía ofendidísimo. Y amenazaba con llamar más tarde, ya que tenía que acudir a una cita.

Entre el tercer y el cuarto mensaje habían pasado cerca de dos horas. Y ahora sí el Sr. Beneyto estaba verdaderamente cabreado y furioso. Que había ido a Valencia a un congreso. Que le hubiera gustado saludar al rector de la universidad. Que si el rector no quería recibirle, allá él. Fueron sus últimas palabras antes de colgar.

¡Date!, me dije, se acabó el busilis: Valencia, rector, universidad... Se repetía la historia. No era la primera vez que llamaban a casa queriendo llamar al rectorado de la Universidad de Valencia. Un día hice las averiguaciones oportunas. Mismo número, distinto prefijo. Asunto concluido. Pensé que la cosa no podía quedar así, que debía tranquilizar al Sr. Beneyto. Marqué el número desde el que se habían efectuado las llamadas. Era de un hotel de Valencia. Como el Sr. Beneyto no estaba en su habitación, tuve que contar a la persona que me atendía la historia de la confusión de los bastones, digo, de los teléfonos, para que pasara el recado al Sr. Beneyto. Quién sabe si al enterarse lanzó un suspiro semejante al grito de Mrs. Campbell. ¡Vaya con los bastones! A bastonazos aprendemos que no hay que dar nada por sentado. Haber contribuido a desvelar un insignificante enigma me dejó contento.

Durante meses conservé los mensajes, hasta que, gracias a un descuido, acabaron borrándose. Pero lo que no se borra son las palabras con que Mr. Campbell concluye su relato: “Allí, en una mesita de noche, cruzado sobre el cristal, negro sobre la madera pintada de verde claro, había otro bastón.”

Otro bastón, otro teléfono. ¡Oh, cielos!

28.12.10

Credo

Unas veces quisiera creer en lo que no creo; y otras veces, quisiera no creer en lo que creo.

19.12.10

Don Pío y la filosofía (Un capítulo de las memorias de Baroja)

Pío Baroja

De entre las muchas novelas que escribió Pío Baroja, apenas he leído unas pocas. (Si la carne es triste, ay, yo no he leído todos los libros.) Los devotos de don Pío –que nunca le faltan– sabrán decir, mejor que yo, las virtudes que adornan al escritor vasco. Por lo que hace a su estilo, resulta curiosa la insistencia en señalar su carencia, lo que bien visto pudiera ser considerado como el no va más del estilo: un estilo invisible.

Como a cualquier autor, a Baroja lo lee quien quiere, ya que su prosa está al alcance de todos: no exige un esfuerzo añadido, lo que no sucede con otros autores (pienso en Azorín, cuyas novelas reclaman una escucha atenta y serena, con alguna excepción, como La voluntad, novela briosa a su manera).

En sus postrimerías, Baroja escribió unas espléndidas memorias, que procuran a quien las lee una agradable fruición intelectual. Escritas con desenvoltura, a la pata la llana, abundan en curiosas anécdotas y sabrosas opiniones, muchas veces contundentes.

La tercera parte de Galería de tipos de la época, titulada “Escritores, bohemios y políticos”, recupera personajes inverosímiles de la bohemia de principios del siglo XX: Enrique Cornuty,  José Ignacio Alberti, Rafael Urbano, Alberto Lozano, Pedro Barrantes, Camilo Bargiela, Ciro Bayo, Pedro Luis Gálvez…, sin olvidar a escritores famosos: Blasco Ibáñez, Juan Maragall, Miguel de Unamuno…

De la primera parte de Galería de tipos de la época, titulada “Disquisiciones sobre nuestro tiempo”, reproduzco el capítulo XV. En él resume Baroja, con escéptica sensatez, la filosofía de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.

 

En el tiempo en que yo era joven, la tendencia positivista, dirigida entonces por Spencer, y anteriormente por Stuart Mill, estaba pasando. Estos autores habían empleado mucho talento en todo ello; pero, por mucho que emplearan, no podían tener siempre razón; el sistema suyo, aunque no se viniera abajo, se fue olvidando.

Las tesis de Nietzsche sustituyeron a las de Spencer, y se habló en todas partes de la voluntad de dominio, de la tendencia dionisíaca y de la apolínea, de lo dinámico y de la moral de los señores y de la de los esclavos.

Pasó este periodo, un tanto exaltado y metafísico, y lo sustituyó, en parte, el pragmatismo, y se habló entonces del valor de la intuición y del impulso vital, de lo cómodo y de lo práctico, como norma de vida.

En esta época se injertó una preocupación sociológica, y las cuestiones de los mitos, de los tótem y del tabú entraron en escena. Al mismo tiempo, se intentaba una explicación de todo lo psicológico, a base de complejos de erotismo, por Freud y sus discípulos.

Hace unos años se ha hablado con frecuencia de una filosofía de los valores, y a algunos estudiantes he oído referirse a ella como un descubrimiento. No decían con claridad de qué se trataba, y no sentía yo gran deseo de saber lo que era; pero, al ver que se repite el nombre, he intentado enterarme, y he visto que debajo hay muy poca cosa.

Esta filosofía de nombre nuevo tiene por objeto el averiguar qué jerarquía presentan  las nociones morales, estéticas y científicas creadas por el hombre.

Yo no veo en esto ninguna novedad; todas las religiones, la moral y hasta la literatura han hecho principalmente esto: valorar la vida, la bondad, el amor, la piedad, etcétera. Claro que si se hubiera encontrado una medida única y universal, entonces esta filosofía tendría una gran importancia; pero como no se ha encontrado, no la tiene.

Ahora, como digo antes, comienza a aparecer una palabra nueva; no sabemos de antemano la cantidad de vitalidad que lleva.

Es el epíteto que se pone a una clase de filosofía: el de filosofía existencial.

He visto alusiones a esta filosofía, no he leído una explicación clara, suficiente, de ella.

Al parecer, el origen de esta filosofía está, como he dicho, en el teólogo danés Kierkegaard y Kierkegaard piensa que cuando el hombre abandona sus abstracciones y sus teoremas y sus esquemas filosóficos, se encuentra con que es un ser que existe y que vive en una angustia perpetua. La angustia, según él, es la esencia de la vida. Así, para el teólogo danés, el apotegma de la filosofía humana es: sufro, luego soy. Tengo angustia, luego soy hombre.

Muy bien. Es posible que esta característica triste sea cierta. No se ve tan claro que en tal estado de angustia se encuentren encerradas todas las maneras de ser de la humanidad.

El prescindir de las abstracciones filosóficas anteriores no es, evidentemente, una exclusiva de los partidarios de Kierkegaard. La mayoría de los grandes pensadores hicieron lo mismo, en uno o en otro sentido.

Kant, en el terreno metafísico de crítica pura; Schopenhauer, en la filosofía y en la estética; Nietzsche, en una zona religiosa y ética; William James y Bergson, en un campo ideológico de consecuencias prácticas.

La tendencia fenomenológica de hace unos años ha seguido también la misma corriente; ha intentado obtener de una manera directa los datos inmediatos de la conciencia, prescindiendo de antiguas teorías.

Lo que sucede, creo yo, es que esta revisión de valores, como se diría en la época de Nietzsche, no termina en un resultado general e igual para todos los dogmáticos.

Kierkegaard hace una poda de todo lo que cree que oscurece el conocimiento del ser humano, y encuentra que la base de la personalidad es la angustia y la preocupación por Dios; algo muy próximo a la inquietud de Pascal.

Esto puede ser cierto para él, pero no para todos los hombres.

Schopenhauer hizo también su poda, y encontró que el fondo de la vida era la voluntad; los materialistas creyeron que era la fuerza; Nietzsche, el instinto de vivir, la voluntad de dominio y la superación de la muerte.

No parece que la angustia sea la raíz única de la vida.

Yo, la angustia la he sentido muchas veces en el hipogastrio; pero nunca he creído que fuera una manifestación de sabiduría, sino resultado de la acción del nervio vago.

En unos casos, la raíz de la vida será la angustia; en otros, la rabia; en otros, la desesperación; en otros, la ambición y el orgullo; en otros, la esperanza, y en algunos, muy pocos, la bondad y la santidad.

No se puede creer que esta teoría de la vida mediatizada por la angustia se pueda llamar filosofía existencial, como si las demás teorías hubieran hecho caso omiso de la existencia.

Todas las filosofías realistas son, en ese sentido, filosofías existenciales, desde la de Diógenes hasta la del último sainetero burlón de nuestra época.

Hay quien cree que esta filosofía existencial puede servir de legitimación y de tapadera a todas las tendencias egoístas y malvadas del hombre, ya sean individuales o colectivas.

Por la necesidad de lo existencial se puede defender el egoísmo propio, el sacrificio de los demás, y colectivamente, el despotismo y la conquista del espacio vital.

No cabe duda que, como dice Shakespeare, y no recuerdo la frase con exactitud, el diablo puede servirse para sus fines de los textos de la Escritura.

PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II: Galería de tipos de la época, La intuición y el estilo, Ilusión o realidad. Posfacio de Fernando Pérez Ollo. Tusquets/Caro Raggio, Barcelona, 2006.

16.12.10

Bécquer, traductor

Abdallah

A principios de año, la editorial Olifante publicó Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, en edición de Agustín Porras.

Una pregunta muy pertinente es: ¿de dónde salen esas rimas? Pues bien, esas rimas salen de la traducción, traidora y personalísima, de doce poemas que figuran en la novela de Édouard Laboulaye Abdallah (y en el cuento Aziz y Aziza), publicados en un solo volumen allá por 1868. El autor de esa traducción —un desconocido D. F. de T.— no sería otro, según Agustín Porras, que Gustavo Adolfo Bécquer, quien se habría acogido al anonimato tras esas iniciales de Don Fulano de Tal.

La editorial Reino de Cordelia acaba de publicar, en primorosa edición, Abdallah y Aziz y Aziza, lo que permitirá leer los poemas en su contexto novelesco.
La edición reproduce los grabados de Valeriano Bécquer que adornaban la edición decimonónica.

14.12.10

Frases sacadas de historiales médicos...

Sabido es que algunos estudiantes (¿y quién no lo ha sido?) deslizan en los exámenes disparates de marca mayor. Metódicos profesores han compuesto con ellos sabrosas antologías, que dan sopas con honda a los automatismos surrealistas. Esos disparates son, a veces, el resultado de una lucha titánica con la ignorancia, o un simple descuido, o un brindis al por si acaso, o un intento de tapar astutamente el blanco vacío…

Si todos hemos sido estudiantes, no todos somos médicos; aunque pocos se libran de ser pacientes. Y, algunos, muy impacientes. Hace días cayó en mis manos una recopilación de “frases sacadas de historiales médicos o de informes reales”. Formaba parte de la convocatoria a una asamblea de los médicos de un hospital a fin de tratar el tema de la falta de tiempo para atender a los pacientes como es debido. En este caso, los errores no derivan de la ignorancia sino de las prisas. Vistos con suficiente distancia, son errores de una jocosidad extrema, aunque no dejan de señalar un acuciante problema. Lo que en una conversación rutinaria no deja la menor huella, puesto por escrito provoca toda clase de espantos. Escribiendo deprisa, y bajo presión, acaso sean inevitables los dislates. Basta el más leve descuido en la posición de una coma para convertir en cómica la frase más seria. Las contradicciones, en una historia médica, no tranquilizan. La sintaxis dislocada puede llegar a ser un venero de comicidad. Y asimismo, por qué no decirlo, las declaraciones de algunos pacientes son en sí mismas hilarantes…

F R A S E S

El paciente no tiene historial de suicidios.

*

El paciente afirma que siente un fuerte dolor en el pene que se extiende hasta los pies.

*

El paciente rechazó la autopsia.

*

La piel estaba húmeda y seca.

*

El bebé salió, se cortó el cordón umbilical y se le entregó al pediatra, que respiró y lloró de inmediato.

*

El examen rectal reveló una tiroides de tamaño natural.

*

Afirmó que había sufrido estreñimiento durante casi toda su vida, hasta 1989, cuando se divorció.

*

El paciente presenta dolores de cabeza ocasionales, constantes, infrecuentes.

*

El examen de los genitales resultó negativo, excepto por el pie derecho.

*

El paciente vive con su madre, su padre y una tortuga como mascota, que acude a clases de formación profesional tres veces por semana.

12.12.10

La verdad (Aproximación barroca)

La verdad no es solo la verdad: es, además, la verdad de la mentira y la mentira de la verdad.

10.12.10

El predicador

Sucedió hace quince años. Y no fue un sueño.

Recuerdo que había quedado con unos compañeros, para celebrar no sé qué, en la calle del Barco. Me había bajado del metro en Gran Vía y, para hacer tiempo, paseé un rato. Cerca de la calle del Desengaño oí gritos metálicos: “... no humilléis vuestra alma... Arrepentíos...” Sorprendido, me dirigí hacia los gritos; al cabo de unos pasos, apareció él, el predicador: alto y joven, barba silvestre, hábito talar, megáfono en ristre. Hierático, lanzaba sus dardos hacia la calle de la Ballesta, calle de perdición. Clamaba: “Arrepentíos... No profanéis vuestro cuerpo, no humilléis vuestra alma... Arrepentíos...” Yo sentí que mi cuerpo flotaba, que mi mente exhumaba imágenes de película. La calle estaba medio desierta y, de cuando en cuando, alguna prostituta soltaba una risotada hueca.

Ajeno a cuanto le rodeaba, el predicador proseguía impertérrito: “Dios os ama... No despreciéis su amor... Convertíos a una nueva vida, renegad del amor mercenario. Dios os ama..., lo mismo que ama a todas las criaturas. No le defraudéis, no traicionéis su amor. Convertíos a una nueva fe, cortad las cadenas de vuestra esclavitud, atreveos a ser libres. Dios os perdona... Él no lleva la cuenta de vuestros pecados, no es el notario de vuestra indignidad. Él os ama por lo que sois; os ama y os perdona. No le afrentéis. Convertíos...”

Así recuerdo sus palabras, que quizás fueran otras. Al oírlas, rezumaban desolación, a la que no era ajena aquella triste figura, y su barba, y su hábito talar, y su megáfono, y su mecánico decir...

Seguí mi camino lejos de la voz. Me sentía inmerso en una pasmosa irrealidad, como si un demiurgo maligno hubiera disfrazado para mí el tiempo y el espacio. Alguna vez he creído que fue un sueño, que el exhortador de perplejas prostitutas fue una broma de mi imaginación. Pero aunque pareciera un sueño, juro que la visión fue real. 

La perorata —monótona, reiterativa— acabó haciéndose inaudible.

Una prostituta, émula de Rubens, estragada de hastío, me conminó al pasar:
—Ven conmigo, guapetón... ¡o te arrepentirás!

7.12.10

Poesía dicha

Hace días escuché unos poemas de Juan Ramón Jiménez dichos por él mismo. Hondas palabras, en la voz y en la materia; frías y ardientes. Y al hilo de esta audición me vienen unas ideas en las que quizá haya un eco de lo que expresó el poeta en alguno de sus innumerables aforismos. Cualquiera ha podido constatar que un mal poema, bien recitado (o incluso mal), puede seducir; y que sólo sabremos que es un mal poema cuando, leído en silencio o con voz tenue, descubramos su oropel, su mentira. Por el contrario, un buen poema, mal recitado (o incluso bien), puede espantar. Y si no le concedemos el beneficio del silencio, nunca sabremos que era un buen poema: si nos habla, lo es; y si tan sólo canta, a la untuosa manera de los malos poemas, tal vez no lo sea. No hablo, por supuesto, de ninguna ley; expreso un criterio personal: los oídos son muchos, cada quién vive la realidad a su manera, no existe un gusto unánime y viva Cuenca como quiera. 

Por lo que atañe a lo que quiero decir, lo relevante es que, siendo la voz música, algunas voces, mientras recitan, transmutan el poema. Y esa alquimia beneficia sobremanera a los malos poemas. Algunas voces, si llega el caso, serían capaces de sacar poesía incluso de la guía telefónica. Pero no es ésa la música que más importa en poesía, sino la música callada, que entra en el alma desasida de los sentidos. La otra, la  música cantarina, puede que no sea sino dócil seda que acaricia los oídos, y que es tan necesaria para quien la necesita, como inútil para quien la aborrece. 

[Martes, 9 de junio de 2009]

4.12.10

JRJ y el grillo

En una entrada antigua, recogí la implorante carta que Juan Ramón Jiménez dirigió a un vecino de su casa madrileña a cuenta de un insufrible grillo.

Ahora, leyendo los Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, una selección de prosas del poeta de Moguer, en edición de Teresa Gómez Trueba (Menoscuarto, 2008), me encuentro con un texto, casi telegráfico, escrito desde la ajenidad de la tercera persona, y que acaso describe el íntimo dolor del poeta y los remordimientos por su osadía epistolar. ¿Habla del mismo grillo? Lo desconozco. Pero le cuadran bien al andaluz universal esos remordimientos y ese arrepentimiento final, incluso si no trascendieron del papel. Sabido es que Spinoza condenaba el arrepentimiento: el que se arrepiente es dos veces miserable e impotente, sentenciaba. Pero aunque, según el filósofo, no sea una virtud, ni nazca de la razón, hay veces en que el arrepentimiento se impone como una necesidad, más allá de la razón. Y no es extraño siquiera que acabe uno arrepintiéndose de su arrepentimiento primero. Somos tan humanamente oscuros que nos merecemos la mayor compasión, mal que le pese a los filósofos fieros. 

[El grillo]

Le escribió al dueño, que lo quitara.
Lo quitó el otro.
Remordimientos, inquietud de pensar que el otro está pensando en él.
Le escribió que volviera a poner el grillo en el balcón.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Al lado de este texto, figura otro: “El grillo real”, en el que el narrador cuenta su angustia ante el grillo de un junio raro -junio cóncavo y profundo-, que se cuela por la ventana, dentro de su soledad. Harto hasta lo indecible, decide cortar por lo sano: comprará a Honorito Igelmo, el niño del portero, el grillo. Por un duro, o dos duros, o cinco duros… Por lo que Honorito quiera. Consumada la operación, el grillo pasaría a hospedarse entre la yerba del Retiro.
Atónito quedó el chiquillo por la sorpresa. Y ajeno a la intención del poeta, y de natural bien intencionado, Honorito le propinó una respuesta inesperada… demostración clara de que las palabras traicionan a veces la intención, siempre secreta. En el ajedrez de la vida, ay, nunca sabemos qué pieza moverán los demás, y por muchas celadas que preparemos, nosotros mismos no estamos exentos de caer en ellas. Y no son pocas las veces en que ni incluso nosotros mismos sabemos qué pieza mover. Y, mientras, el tiempo corre; el del reloj y el de la vida.

2.12.10

Adioses

Hijo de otro siglo, cada vez que oye el advenedizo y mercantil Que tenga un buen día, no puede dejar de añorar en lo más recóndito de su ser el castizo Que usted lo pase bien, incluso sin el usted. (Ambas expresiones quizás están muertas, pero la que le agrada a él murió de vida, mientras que la otra vive de muerte. Como cultiva sus manías, todavía recuerda con vívido horror la primera vez que oyó el zoofílico ¡Que te folle un pez! en una película doblada. Hay calcos, supuesto que lo sea, que estremecen; y en este caso, prefiere asimismo el dicho castizo, de tan larga vida… aunque últimamente algo recortado.)