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31.7.09

Luminoso Mozart

La música de Mozart traspasa todas las fronteras del espíritu. Uno de sus más claros efectos es el sosiego. Nos reconcilia con nosotros mismos, nos entrega a nuestros propios límites, infunde armonía a nuestras contradicciones. Esa música -inasible como todas-, es, a diferencia de otras, casi palpable. El alma se siente tocada por ella y le nacen destellos a nuestra mirada. Esa música es un soplo de frescor en el desierto de la vida: el soplo que nos redime de todos los sueños y nos entrega a una realidad luminosa.

30.7.09

Música y dolor

(Miércoles, 12/1/2005)

Dolor de cabeza. Escucho, a modo de lenitivo, el Réquiem de Mozart. Sosiego. Todo se remansa. Dejo de existir.

29.7.09

28.7.09

Venganza

La venganza, la justa venganza, le debe más a la paciencia que al deseo de venganza. Por eso es tan rara. Más que un impulso espontáneo, exige de nosotros cálculo laborioso. Y no hay paciencia para tanto, y el deseo de venganza afloja en su deseo, y desaparece como un fuego fatuo. ¿Por qué apasiona tanto la historia del conde de Montecristo? Precisamente por eso, porque su venganza está al servicio de la paciencia: es sierva del tiempo. Al fin y al cabo, la venganza, la justa venganza, no busca sino restaurar la justicia, devolver al verdugo su culpa. Pero tenebrosa como puede llegar a ser la venganza, no hay que confundirla, sin embargo, con el criminal ajuste de cuentas.

27.7.09

Autores

Schopenhauer sostiene que hay tres clases de autores: los que escriben sin pensar, los que piensan mientras escriben y los que han pensado antes de ponerse a escribir. Estos últimos, afirma, son los más escasos. A esta clasificación pudiera añadirse, tal vez, a tantos autores que, para bien o para mal, no escriben (según La Bruyère el mérito de muchos escritores consiste en no escribir); o si escriben, no publican. Kafka pensaba que un escritor que no escribe es un monstruo desafiando a la naturaleza. Pero un monstruo singular, que a nadie daña, y que nadie podrá reprocharle, ni lamentar, lo que no ha escrito. Pero al menos ellos -esos bartlebys tan tiernamente retratados por Vila-Matas- no enturbian el mundo con su palabra. Su cortesía, o su miedo, es el silencio.

26.7.09

Sentido común

Esta tarde, al despertar de la siesta (vergonzante siesta de sillón, mecida por la sinuosa e insondable música de los Los maestros cantores de Nuremberg, que llegaba directamente desde Bayreuth), me asaltan unas extrañas palabras, eco sin duda de cierta pugna con la realidad: Me niego a escribir una sola frase a cuenta del sentido común: que descanse en paz René Descartes y viva Cuenca como quiera. ¡Ya está bien del eterno retorno de lo mismo!

25.7.09

Cambios

Aunque nos contraríen, los cambios son inevitables: y muchas veces acaban en alegría:  añaden un sentido distinto a nuestro existir: son los heraldos de la ocasión y de la suerte, que unas veces es buena y otras veces es mala. (Pero eso sólo se descubre después.) Y hablando de cambios, y cuando el infierno de Madrid está en plena efervescencia, se me ocurre pensar que afortunadamente no es verano todo el año. ¡Doce meses sin alma! ¡Qué atrocidad! (Recuerdo ahora el exultante comentario de una tailandesa afincada en Madrid acerca del clima de la ciudad, de sus estaciones (que no siempre son cuatro), el contraste, en suma, con la monotonía infernal de la que venía.)

24.7.09

El pasado

No se puede volver al pasado. Mirarlo de reojo, tal vez. Pero no mirarlo con nostalgia. Por mirar atrás, Orfeo recibió su castigo; por mirar atrás la mujer de Lot se convirtió en estatua de sal. El pasado tiene sus peligros, y no es el menor de ellos que nos robe el alma. 

23.7.09

Desgallitarse

Es una errata, pero merece ser un neologismo. Fruto del azar, de la desatención o de la ignorancia, añade nueva savia a nuestra lengua. A su lado, la palabra 'desgañitarse' resulta sosa, insulsa, sin esa fuerza que le añade la imagen del gallo colérico, entregado con furia a su canto.

Y a desgallitarme gritando a los pobres diablos que se revolvían en sus catres, con la permanente amenaza de desbaratar mis esfuerzos para lograr la limpieza y pulcritud requeridas. (El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl)

Y que esta nota jocosa, que en nada atañe al autor del libro, sirva de acicate para acercarse a esa obra memorable y esclarecedora sobre los arcanos del mal.


(Hay palabras que persisten gracias a la ignorancia y al vicio pertinaz (dos de los motores, pese a todo, del cambio semántico). Valgan como ejemplo las siguientes: cocreta, almóndiga, atiforrarse, canalones (por canelones)... Y asimismo el mero lapsus linguae da pie a la creación de neologismos. Recordemos el tan alabado, por rotundo y gráfico, debido al orondo Jesús Gil: ostentóreo, nacido de la cópula de 'ostentoso' y 'estentóreo'. ¿Quién da más?)

22.7.09

Del dolor

(Viernes, 14/11/03).

A veces vivimos la realidad como si fuera un sueño. Chuang Tzu ya sospechaba algo... El dolor anestesia, y sólo cuando el tiempo pasa, empieza a doler ese dolor, ya que  el dolor se esconde entre silencios, se agazapa en los intersticios del tiempo, ruge en los alvéolos del alma.

21.7.09

Capa y los juegos de guerra

La historia de la foto de Capa, tal como la cuenta El Periódico.com, sería sorprendente si a estas alturas de la historia no fuera delito sorprenderse de algo. Todo es posible, incluso lo imposible. Y gracias a que muchos secretos se los llevan sus dueños a la tumba, es posible hacerse una idea algo más acogedora de la vida. ¿Cuántas preguntas no quedan sin respuesta? ¿Cuántas preguntas no quedan sin formular siquiera? Ah, el nóumeno kantiano. De la realidad apenas conocemos su apariencia, su piel. Por eso nuestra idea de la realidad acaba siendo un pálido reflejo de la realidad misma. Pero de ello es inevitable concluir que cualquier vida, por prosaica que sea su apariencia, encierra un misterio. Como si fuera una fotografía.

17.7.09

Fotografía y verdad o La muerte en vilo




Acabo de oír de refilón una sorprendente noticia que, pasados dos segundos, deja de sorprenderme: la famosísima fotografía de Robert Capa Muerte de un miliciano en Cerro Muriano, en el frente de Córdoba, es un montaje. Ignoro, en este momento, el alcance de la noticia, pero lo que no ignoro es que verdades dispersas no conforman una verdad única. Tiempo atrás se supo que la famosa instantánea de Robert Doisneau (Le baiser de l'Hôtel de Ville, 1950) era un posado ejecutado a la perfección por dos figurantes. En este caso, el engaño ético es insignificante. Sólo si pedimos a la fotografía que dé fe de la realidad, tendríamos motivos para sentirnos burlados. Pero la fotografía no sólo retrata la realidad; también la crea. O la niega, como en esa foto de Stalin y Yezhov, en la que el jefe de la policía secreta (NKVD) se ha evaporado. (Parafraseando a un aguerrido político de la Transición, se podría suponer que quien se mueve desaparece de la foto. El mismo Trotski fue uno de los más notorios desaparecidos. Sucedía esto en los tiempos en que una imagen valía más que mil palabras. Lo que sucede, por otra parte, en estos tiempos que corren, es que una imagen engaña más que mil mentiras.) Lo cierto es que si esa fotografía de Capa es mentira, lo es por lo que aparentemente representa y no por lo que en realidad es. Pero si hay mentira en ella, esa mentira es verdad. Y esa verdad tiene mucho que decir. En con secuencia, la ética estética se resiente, qué duda cabe, y nos enfrenta con el viejo asunto del fin y los medios... Pero está visto que somos de barro...

16.7.09

Valéry, Breton y la novela

Es conocida la animadversión que los surrealistas profesaban a la novela -Breton abominaba de las descripciones-, pero no deja de ser curioso que Paul Valéry, a quien tampoco tenían en alta estima, haya contribuido a que el surrealismo propagara su inquina a la novela.

Cuenta André Breton, en el Manifiesto del surrealismo (1924), que Paul Valéry le aseguró en una ocasión, mientras hablaban del género novelístico, que siempre se negaría a escribir la siguiente frase: La marquesa salió a las cinco. Con lo que Valéry mostraba su rechazo a la novela. La frase, por uno de esos azares a los que la vida es tan proclive, se ha convertido en paradigmática. Desconocemos las razones que pudo aducir el luminoso poeta en apoyo de su idea; idea fija, sin duda. Pero a falta de razones, Valéry aportó una sinrazón irrefutable: si de él dependía, la marquesa no saldría de casa, ni a las cinco, ni a ninguna hora.

Y es que si alguien se niega, por las razones que sea, a escribir esas palabras o similares, es evidente que no podría escribir una novela, no al menos una novela a la altura de semejante frase, porque es lo cierto que cualquier texto puede pasar de matute por novela; bastaría, como proclamaba Cela con cinismo, con que se añadiera el subtítulo de novela.

¿Pero qué es lo que le producía tanta repugnancia a Valéry? El estilo pura y simplemente informativo, según Breton. Tener que contar la mera sucesión de los acontecimientos. Eso debía sentirlo Valéry como una verdadera abyección. Y sin embargo, escribir una novela sorteando esa dificultad no parece fácil tarea, aunque no sea imposible. El novelista difícilmente puede renunciar a ubicar al lector, y para eso necesita acotar el dónde, el cómo y el quién. Y si la marquesa (o el contable, o la pianista, o el odontólogo) salen a las cinco, el novelista de raza sabe que, sin necesidad de vencer ningún escrúpulo, debe decirlo.

Hace años, como mero divertimento, se me ocurrió pergeñar este homenaje a Valéry, ariete de los surrealistas en su rechazo a la novela:

LA MARQUESA SALIÓ A LAS CINCO

(Novela)

Capítulo único

La marquesa salió a las cinco, a las cinco en punto de la tarde. Y ya nunca más volvió. Un alevoso tranvía -¡pobrecilla!- se la llevó para siempre.

FIN

15.7.09

La banalización de la muerte

El 26 de agosto de 1941, Ringelblum toma nota de los nuevas costumbres. A nuevas situaciones, nuevas actitudes:

Los últimos tiempos se caracterizan por una extraña indiferencia ante la muerte, que ya no impresiona a nadie. La gente pasa indiferente al lado de los difuntos. Pocos son los que van al hospital para interesarse por sus familiares. También en el cementerio es raro ver a alguien que visite a los muertos.

Crónica del gueto de Varsovia.

14.7.09

El futuro

(Sábado, 15/11/03).

No somos dueños del tiempo ni de la vida. Podemos fantasear cuanto queramos sobre el futuro, pero el futuro no nos pertenece. Ni siquiera nos pertenece este presente, esta fina arena que huye entre los dedos de los días. Lo sabemos, pero no siempre queremos saber lo que sabemos, no siempre. A veces vivimos de espaldas a la vida porque nos lanzamos a la vida como si fuera un lodazal. Y en él nos revolcamos como puercos para nuestra suprema dicha y nuestra insondable ignorancia. Nada sabemos del futuro, nada sabemos del pasado, nada sabemos del presente. Nada sabemos. Nada.

12.7.09

Letanía de la envidia

¿Envidian los envidiosos? ¿Alcanza la envidia al simple? Quien envidia, ¿puede no envidiar? Si se la reconoce, ¿la envidia es menos envidia? ¿Es la envidia la pasión más fea; la que más hace sufrir? ¿Envidió Schopenhauer a Hegel? ¿Fray Luis de León envidió la libertad de sus acusadores? ¿Envidia la mano derecha a la mano izquierda? ¿Y, la mano izquierda, envidia a la mano derecha? ¿Envidia el violinista al que toca los timbales? ¿Es posible envidiar lo que hemos sido? ¿Envidian los ciegos lo que no palpan? El que envidia, ¿es menos de lo que es? ¿El envidiado es acaso más? ¿Envidia el autor de éxito al escritor de culto? ¿Envidia el actor maduro al actor imberbe? ¿Es la envidia causa o es efecto: envidiamos porque nos sentimos heridos, o nos sentimos heridos porque envidiamos? ¿Se envidia a la persona  o se envidian sus dones? ¿Qué envidian los seres disipados? ¿El que envidia maldice lo que no es? ¿Es posible envidiar a quien nos envidia? ¿Hay envidia sana o toda envidia es infecta?

11.7.09

Abanico, bota y botijo

Se resisten a perecer. Después de tanto calor (la calor maldita) y de tanta sed (de agua o vino) como han saciado, se resisten a perecer. Se resisten, digo, porque, salvo el abanico, están a un paso de la extinción, aunque aún no han muerto; y mientras hay vida, queda esperanza. Pero no todo está perdido: el otro día, sin ir más lejos, unos obreros del Plan E adoraban al botijo en Colón; y, por otra parte, Sánchez Dragó, sañudo defensor de esencias patrias, afirma que nunca viaja por el mundo sin su bota, su bota de buen vino. Así, pues, no está todo perdido.

(El que sí está muerto, y bien muerto, es el porrón... Descanse en paz, que bien se lo merece.)

10.7.09

Ebriedad del presente

Vivimos tiempos confusos, como sin duda lo son todos los tiempos. La diferencia es que la confusión que no vivimos no es para nosotros confusión. La lejanía todo lo aclara, a todo le otorga un sentido o una causa, vuelve visible lo invisible. Sólo en plena tempestad desaparece la rosa de los vientos.  Sólo en el presente estamos perdidos de verdad.

9.7.09

Cuestión de perspectiva

El punto nunca comprenderá la grandeza de la línea; ni la línea atisbará la magnificencia del cubo, como ilustra a la perfección Edwin A. Abbott en su curioso libro Planilandia.
Fuera de su mundo, o línea, todo lo demás era para él un vacío; no, ni siquiera un vacío, porque el vacío implica espacio; digamos más bien que todo lo demás no existía. [pág. 89]
El que quiera entender, que entienda.

8.7.09

Misantropía

(Lunes, 17/11/03).

Leopardi da en el blanco cuando afirma que los verdaderos misántropos no se encuentran en la soledad sino en el comercio con el mundo. En la soledad, si no se sufre a los hombres, ¿por qué odiarlos? Nadie desea no tener lo que no tiene; solo espantamos a las moscas si hay moscas. Por eso, la soledad nos salva de la misantropía, aunque nos condene a otros males. Y sólo en aquel que trata de continuo con los hombres, y no los soporta, arraiga la raíz del odio, la hidra del desprecio. Las escaleras permiten subir y permiten bajar; pero si estamos abajo, solo podemos subir; y si estamos arriba, solo podemos bajar.

7.7.09

Concierto para piano y orquesta fantasma

(Sábado, 15/11/03).
Bernardo Soares afirma que su alma es una orquesta oculta, aunque ignora qué instrumentos tocan y chirrían dentro de él. Pero se reconoce a sí mismo como una sinfonía. Bendito él. Yo siento que mi alma es apenas un concierto para piano y orquesta fantasma. Todas las voces son en mí la misma voz; el que en mí escribe, siempre escribe la misma página; aunque parezca distinta, siempre es la misma vida. Y es que unas veces somos prisioneros dentro de la jaula, y otras veces lo somos fuera. Y así siempre, lo queramos o no.

6.7.09

Del dolor

(Martes, 11/11/03)

Algodones de gelidez para evitar que el dolor duela. Trucos necios que ansían drenar la ponzoña del dolor; pero sólo son trucos, y están condenados a la nada. Y, pese a todo, el dolor germina, hunde raíces, clava uñas. Y aunque creamos que no nos alcanza, que no deja huella en nosotros, lo cierto es que no hay huella más indeleble que el dolor, ese dolor que horada en el alma cuevas de ausencia, que lanza al aire gemidos de granito. El dolor siempre nos deja solos. Los otros merodean a nuestro alrededor, pero estamos solos y, acaso más que nunca, ajenos a la soledad. Porque el dolor es la compañía más premiosa: el dolor, cuando trabaja, no descansa.

5.7.09

Sócrates y la sabiduría

Hay frases proverbiales nunca dichas. Nunca dichas, al menos, por aquel a quien se le atribuyen. Esas frases, pese a ser apócrifas, atraviesan los siglos y millares de voces las repiten. Una de estas frases, clara y concisa, se le atribuye al Sócrates platónico: "Sólo sé que no sé nada." La frase es rotunda y sedante: si toda la sabiduría de Sócrates no le da para saber algo, nuestra ignorancia no será tanta. Lo que Sócrates afirma, como veremos, es algo diferente: cuando no sabe, ni sabe ni cree saber. Ese es el fruto de la indagación que llevó a cabo tras la osadía de su amigo Querefonte, al que no se le ocurrió otra cosa que plantarse en Delfos y preguntar al oráculo si había alguien más sabio que Sócrates. La pitonisa le respondió que no. Respuesta que causó gran confusión en el ánimo de Sócrates: él sabe que no es sabio ni poco ni mucho, pero al mismo tiempo sabe que no sería lícito que el oráculo mintiera. ¿Qué quería decir el oráculo? A fin de aclarar sus dudas, Sócrates inició una pesquisa. Se dirigió a uno de los que parecían ser sabios, con la secreta intención de que realmente lo fuera, y poder refutar así el aserto del oráculo. Pero Sócrates descubrió  que ese hombre, al que muchos creían sabio, y lo creía él mismo, no era tal. Creía ser sabio y no lo era. Sócrates se reconoció entonces más sabio que ese hombre, aunque no le costaba aceptar que ni uno ni otro sabían nada que tuviera valor, pero... (y aquí llega Sócrates al meollo del asunto, por lo que le cedemos la palabra): "... este hombre cree saber algo y no lo sabe; en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber. Parece, pues, que al menos soy más sabio que él en esta misma pequeñez, en que lo que no sé tampoco creo saberlo."  (Apología de Sócrates, 21c-21d. Editorial Gredos. Traducción de J. Calonge, E. Lledó y C. García Gual.)
¿Ergo...?

4.7.09

Quietud y pasmo

(Domingo, 9/11/03).

Las hojas del plátano se vuelven amarillas. El verde glorioso desaparece, y el árbol destila tristeza con ese fondo de nubes negras diseminadas. Ese cambio de color rezuma toda la melancolía del otoño. Esa melancolía -quietud y pasmo- que cala hasta los huesos como una lluvia eterna. Melancolía aún más melancólica porque la arropa un concierto para piano (el número 3) de Rachmaninov, y porque el tiempo parece detenerse. Es momento de no pensar, momento de darse a la pura contemplación.

3.7.09

Triste soledad

A través de la ventana se ven aún las hojas verdes del plátano y las viajeras nubes grises. Escucho música koto. Leo fragmentos de Pessoa, retazos de desasosiego; releo alguna página del Bartleby y pienso en la absoluta soledad de ese ser. Para exorcizar la soledad solemos decir: ¿y quién no está solo? Pero no es lo mismo estar solo que vivir en soledad. La soledad es la hidra cruel de los tristes. ¿Quién le cortará todas sus cabezas? Es difícil acabar con ella, porque la soledad y la tristeza tienen raíces comunes, y no siempre es fácil distinguir una de otra, porque muchas veces una y otra son la misma cosa. Siempre hay algo intangible, algo que deja en el alma un poso de gélida amargura. Pero las nubes pasan, y todo pasa, y no hay rincón en que no nos alcance el tiempo...

Las nubes grises ya se fueron; luce el sol, hay nubes de algodón. La claridad derrama sus dones. Pero, a lo lejos, lo distinto acecha... (Domingo, 12/10/03).

2.7.09

Tres aforismos de Joubert

Un hombre que no muestra ningún defecto es un necio o un hipócrita del que hay que desconfiar.

*

Estamos más a gusto con un hombre al que odiamos que con un hombre que nos desagrada.

*

Los placeres que uno recuerda son más suaves y menos vivos que los que se imagina.

Traducción de Luis Valdesueiro

1.7.09

Emoción y poesía

Pocas palabras conozco, tan certeras y atinadas, sobre la emoción en la poesía, como las que el maestro Azorín escribió, inspirado por fray Luis de León, en Al margen de los clásicos:

No hay poeta grande sin emoción; podrá darnos el artista la visión de la naturaleza, o la expresión de la muerte, o el sentido de lo infinito, o las esperanzas y las desesperanzas del amor; pero si en sus versos no pone su espíritu, y nos hace sentir, y nos hace amar, y nos hace sufrir, y nos hace pensar; por perfecto, sereno y maravilloso que sea en la forma, no habrá logrado nada...

Es claro que la emoción no excluye nada, ni siquiera al pensamiento. Si el poeta no entrega su espíritu, los versos que escribe podrán ser perfecto, pero inanes. Sólo si el poema nos desnuda, puede expresar nuestra verdad más íntima -esa verdad que, en ocasiones, permanece oculta incluso para nosotros mismos.