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31.1.11

“Citaciones”

Quienes frecuentáis este blog, habréis observado en el lateral derecho, bajo el acuario, una nueva sección llamada Citaciones.

En ella quiero recoger citas de libros leídos a lo largo de los años, y que por algún motivo llamaron mi atención. A pesar de las posibles excepciones, la regla es que haya leído el libro, ahora o hace años, dado que conservo antiguas agendas llenas de citas. Por tanto, las citas antiguas se codearán con las recién cazadas. 

De momento, y para pasar del dicho al hecho, ya podéis leer algunas: de Sábato, Arrabal, Cela, Lodge, Mrozek, Cioran, etc. Si algún fragmento despierta la curiosidad hacia el libro del que procede (en el caso de que no sea conocido), miel sobre hojuelas.

Como mi intención es poner títulillos a los fragmentos, los encerraré, para evitar confusiones, entre corchetes. Si algún texto, por su parte, lleva título, lo pondré con mayúsculas.

Respecto a la ubicación de las citas, arriba permanecerán las más recientes; y las más antiguas, en orden decreciente, se alojarán abajo.

Espero que la idea sea de vuestro agrado y que pueda contar con vuestra atención.

28.1.11

*A vueltas con el haiku / Roland Barthes: “La ruptura del sentido”

Haiku de Matsuo Bashô

Aunque en la traducción del libro de Barthes figura escrito haikú, parece que cada vez se impone más la forma haiku, aunque ambas formas se pronuncien con hache aspirada.
No obstante, la discrepancia puede saltar en un mismo libro: en la cubierta de Haijin, publicado por Poesía Hiperión, figura este subtítulo: Antología del jaiku. Pues bien, en la portada, y en la presentación, que corre a cargo de Ricardo de la Fuente, figura siempre haiku. De momento  persiste la división de opiniones, y quién sabe hasta cuándo. Con lo bien que se han aclimatado, aunque no sea extraño, otras palabras provenientes de la cultura nipona: satori, zafu, zen, mondo, koan…

El haikú tiene esa propiedad algo fantasmagórica por la cual uno se imagina que la puede hacer uno mismo con facilidad (sic). Se dice: qué más accesible a la escritura espontánea que esto (de Buson):

La tarde, el otoño,
pienso tan sólo
en mis padres.

El haikú da envidia: cuántos lectores occidentales han soñado con pasearse por la vida con un cuadernillo en la mano, anotando aquí y allá “impresiones”, cuya brevedad garantizaría la perfección, cuya simplicidad demostraría la profundidad (en virtud de un doble mito, por un lado clásico, que hace de la concisión una prueba del arte, por otro lado romántico, que atribuye una prima de verdad a la improvisación). Siendo completamente inteligible, el haikú no quiere decir nada, y es a causa de esta condición doble por lo que parece estar ofreciéndose al sentido, de un modo particularmente disponible, servicial, como un huésped educado que permite instalarnos cómodamente en su casa, con nuestras manías, nuestros valores, nuestros símbolos; la “ausencia” del haikú (como se dice tanto de un espíritu irreal como de un propietario que ha salido de viaje) apela a la subordinación, a la ruptura, en una palabra, de la mayor codicia: la del sentido. Este sentido precioso, vital, deseable como la fortuna (azar y dinero), el haikú, libre de molestias métricas (en las traducciones que tenemos), parece suministrárnoslo con profusión, barato y por encargo; en el haikú, podría decirse, el símbolo, la metáfora, la lección, no cuestan casi nada; apenas algunas palabras, una imagen, un sentimiento –aquello que nuestra literatura exige ordinariamente de un poema, de un desarrollo o (en el género breve) de un pensamiento cincelado, en suma, de un largo trabajo retórico–. También el haikú parece dar a Occidente unos derechos que su literatura le niega y unas comodidades que ella le escatima. Vosotros tenéis derecho, dice el haikú, a ser fútiles, cortos, ordinarios, encerrad lo que veis, lo que sentís en un tenue horizonte de palabras, y os parecerá interesante; tenéis derecho a fundar por vosotros mismos (y a partir de vosotros mismos) vuestra propia relevancia; vuestra frase, cualquiera que fuere, enunciará una lección, liberará un símbolo, seréis profundos; con el menor costo y vuestra escritura estará llena.

Occidente impregna cualquier cosa de sentido, al modo de una religión autoritaria que impusiera el bautismo por poblaciones; los objetos de lenguajes (hechos con la palabra) son evidentemente conversos de pleno derecho: el sentido primero de la lengua apela, metonímicamente, al sentido segundo del discurso, y esta apelación tiene valor de obligación universal. Tenemos dos medios de evitar en el discurso la infamia del sin-sentido y sometemos sistemáticamente la enunciación (en una contención enajenada de toda nulidad que pudiera dejar ver el vacío del lenguaje) a una u otra de estas significaciones (o fabricaciones activas de signos: el símbolo y el razonamiento, la metáfora y el silogismo. El haikú, cuyas proposiciones siempre son simple, corriente, en una palabra, aceptables (como se dice en lingüística), es atraído por uno u otro de estos dos imperios del sentido. Como es un “poema”, se le afilia a esa parte del código general de los sentimientos que se llama “la emoción poética” (la Poesía es para nosotros el significante de lo “difuso”, de lo “inefable”, de lo “sensible”, es la clasificación de las impresiones inclasificables); se habla de “emoción concentrada”, de “anotación sincera de un instante de élite” y, sobre todo, de “silencio” (siendo el silencio para nosotros signo de algo lleno de lenguaje). Si uno (Jôco) escribe:

¡Cuántas personas
han pasado a través de la lluvia de otoño
por el puente de Seta!

se ve ahí la imagen del tiempo que huye. Si otro (Bashô) escribe:

Llego por el sendero de la montaña.
¡Ah! ¡Esto es maravilloso!
¡Una violeta!

es que ha encontrado un ermitaño budista, “flor de virtud”; y así sucesivamente. Ni un rasgo que no sea investido por el comentarista occidental de una carga simbólica. O bien se quiere a toda costa ver en el terceto del haikú (sus tres versos de cinco, siete y cinco sílabas) un dibujo silogístico en tres tiempos (la subida, la suspensión, la conclusión):

La vieja charca:
Una rana salta dentro:
¡oh!, el ruido del agua.

(en este singular silogismo, la inclusión es obligada: es necesario, para estar en él contenida, que la menor salte en la mayor). Bien entendido, si se renuncia a la metáfora o al silogismo, el comentario se haría imposible: hablar del haikú sería pura y simplemente repetirlo. Lo que hace inocentemente un comentarista de Bashô:

Ya son las cuatro...
Me he levantado nueve veces
para admirar la luna.

“La luna es tan bella, dice, que el poeta se levanta y se vuelve a levantar una y otra vez para contemplarla en su ventana.” Descifradoras, formalizadoras o tautológicas, las vías de interpretación, destinadas entre nosotros a traspasar el sentido, es decir, a penetrarlo por fractura –y no a sacudirlo, a dejarlo caer, como el rumiante de absurdos que debe de ser el ejercitante Zen, cara a su koan–, no pueden, pues, sino estropear el haikú, ya que el trabajo de lectura que está ligado a él ha de suspender el lenguaje, no provocarlo: empresa cuya necesidad y dificultad parecía conocer muy bien el maestro del haikú, Bashô:

¡Cuán admirable es
aquél que no piensa: “La Vida es efímera”
al ver un relámpago!

ROLAND BARTHES, El imperio de los signos. Traducción e introducción de Adolfo García Ortega. Madrid, Mondadori, 1991.

25.1.11

¿Cómo llega la inspiración?

Sobre la inspiración, lo mismo que sobre Dios, parece que nadie renuncia a opinar. Y unos opinan que existe y otros opinan que no. Para unos la inspiración es el trabajo, para otros, Dios es la Naturaleza, y así no hay modo de aclararse. De ahí que no sea extraño que algunos acaben recurriendo a la apuesta pascaliana. ¿Qué cuesta creer que existe la inspiración? Si no existe, no pasa nada; y si existe, despliega ante nosotros una panoplia de insospechadas posibilidades. Al fin y al cabo, un poeta no es un notario (ni un notario es un poeta, aunque puede haber –por dudoso que parezca– notarios poetas; pero lo que nunca habrá, por los siglos de los siglos, serán poetas notarios, por muy notorios que sean).

Así, pues, siguiendo a Pascal, decidió apostar por la inspiración. Vade retro a los agnosticismos tímidos que socavan el sentido de la realidad, vade, vade. Pero cuando decidió creer en la inspiración, se le planteó la primera duda: ¿y cuándo llega esa inspiración?

Una respuesta, entre las muchas posibles, pensó, es que la inspiración llega mientras uno duerme. Y lo normal entonces es no enterarse, a no ser que de tanto zumbar nos desvele. Esta noche, sin ir más lejos, la inspiración le despertó a las 4:44 (hora digital) de la madrugada. ¿Con qué excusa? El calor, que le anegaba en sudores, mal que le pese a enero. Sospechó que era la inspiración en el momento justo en que sintió que había algo que pugnaba por manifestarse –la inspiración es un poco comadrona–. Para no contrariarla, se levantó de la cama. Con sigilo, y a oscuras, llegó a su cuarto y anotó una pequeña historia. Le pareció ingeniosa, y dio gracias. Era apenas un esbozo, pero venía con título: “Lamentos de Sísifo”, y trataba de los lamentos de Sísifo por su aciago destino: condenado por sus malas artes a una obediencia eterna. Mañana, se dijo, cuando la inspiración sea un sueño, daré sentido a este esbozo. Parecía claro que la inspiración nunca llega limpia y sin adherencias espurias; incluso, a veces, solo inspira tonterías. Pero a pesar de todo, el apostaba por ella. ¿Qué perdía, incluso si lo que ganaba le parecía pírrico? De madrugada es difícil discernir entre lo que son tonterías y lo que no. Caprichosa es la noche y de extraña manera nos entrega las cosas. Si la noche desapareciera, los días morirían de hastío y sinrazón. Solo la noche nos devuelve el sosiego que roba el día. Tales eran algunas de sus reflexiones de madrugada. Por lo que hace a las tonterías, las justas, que diría Sísifo, cargado de razón.

Regresó a la cama con una libreta, encendió la tenue luz de la mesilla y se dispuso a dar cuenta de su encuentro con la inspiración.

¿Qué haces ahí? –inquirió una voz desde el otro lado de la cama.

Nada. Que me he despertado –contestó su voz.

(Y no pudo dejar de pensar en lo mucho que pecan de banales y tautológicos los diálogos que surgen en la alta noche.)

Se metió en la cama y comenzó a escribir: Sobre la inspiración, lo mismo que sobre Dios, parece que nadie renuncia a opinar…

23.1.11

Iluminaciones en la sombra

Hojeo Iluminaciones en la sombra, el desgarrado diario que Alejandro Sawa comenzó a escribir el primer día del siglo XX. Por aquí y por allá encuentro en el volumen las huellas de la lejana lectura: flechas azules que señalan párrafos que me zarandearon y líneas rojas que subrayan nombres.

Los que conocen su obra, afirman que éste es el mejor libro de Sawa. Para mí, que no conozco otro, es un libro memorable.

Sawa, que vivió casi siempre al borde del precipicio, murió loco, ciego y pobre. Archisabido es que inspiró a Valle-Inclán su Max Estrella.

Las palabras de Sawa expresan su dolorido sentir, su existencia aciaga renacida en palabras de dolor.  

De entre las páginas de este libro, pródigo en frases sentenciosas, vuelvo a leer este breve, desencantado (y solitario) relato, trasunto tal vez de la vida de su autor:

Vino el duende que era embajador de la Dicha. Yo estaba ocupado en cosas inútiles, pero que me placían momentáneamente...

–Ven luego –le dije.

Y mi vida, desde entonces, ha transcurrido aguardando desesperadamente al emisario, que no se ha vuelto a presentar jamás.

21.1.11

El lobo que renegaba de su sino

Aquel Lobo estaba insatisfecho con su sino.

Quería ser Perro el mejor amigo del hombre, según la voz del pueblo y no una alimaña a la que abatir arteramente.

Que si mato ovejas sin ton ni son… Pues claro que mato ovejas sin ton ni son… Y si mato ovejas sin ton ni son, ¿qué culpa tengo yo? ¿Acaso no afirma el eximio Spinoza que la araña está condenada a atrapar a las moscas? Pues otro tanto me pasa a mí; solo que, en lugar de moscas, las ovejas son mi condena.

El Lobo ya andaba harto de su sino y quería ser otro, un lobo nuevo que viera el mundo con amor. 

Quiero ser Perro, no Lobo.

Aquel Lobo envidiaba la vida plácida y burguesa de los perros de ciudad, y más aún de los perros de campo, que aunque no totalmente libres, al menos no se ven abocados a una realidad áspera y sin perspectivas, como la suya.

Saber que los más cívicos de entre los amos recogen las heces de sus chuchos, le producía una inmensa ternura a aquel Lobo de larga prosapia y condenado a ser un fin de raza.

Aunque las cosas que el Lobo envidia sean banales, y dispuesto está a reconocerlo, le encantaría pese a todo disfrutar de ellas.

–¡Qué delicia! Ver los concursos de la televisión… y salir de paseo… y hacer mis necesidades en la acera… y ladrar a otros perros… y mear en las farolas o en las ruedas de los coches… y subir en los ascensores… y bajar… y visitar al veterinario… Y, para remate, si te mueres, adornan tu tumba con risueños epitafios... ¡Y además lloran tu ausencia!

Y una nube de tristeza envuelve al Lobo.

–No hay vida igual a la del Perro… Para vida perra, la mía.

18.1.11

Lamentos de Sísifo

Sísifo, hijo de Éolo, el más astuto de todos los mortales, erigió y gobernó la magnífica ciudad de Corinto, situada en el angosto istmo que une dos países. Cuando Zeus robó a Egina, Sísifo, por motivos interesados, lo descubrió al padre de la raptada, el dios-río Asopo, a cambio de la promesa de éste de hacer brotar una fuente en el castillo de Corinto. Y, efectivamente, Asopo hizo nacer de la roca el famoso manantial que se llamó Pirene.

Decidió Zeus castigar al traidor y le envió a Tánatos, la Muerte; pero Sísifo supo sujetarla con fuertes ligaduras, de modo que nadie podía morir en la Tierra, hasta que por fin llegó el fuerte dios de la guerra Ares y libertó a la Muerte, la cual llevóse a Sísifo a los infiernos. Éste, sin embargo, había ordenado a su esposa que no celebrase el sacrificio de los difuntos; Hades y Perséfone se encolerizaron por ello y se dejaron persuadir por Sísifo a devolverle al mundo de los mortales para amonestar a su negligente consorte. Habiendo escapado así del reino de las sombras, no pensó ya en volver a él, sino gozar de la vida. Pero, estando sentado ante un suculento banquete, satisfecho con el éxito de su treta, vino la Muerte de repente e, inexorable, se lo llevó nuevamente a los infiernos, donde le estaba reservado el siguiente castigo: valiéndose de pies y manos, tenía que arrastrar un enorme bloque de mármol desde el llano hasta la cima de una colina. Pero cuando creía haberlo empujado hasta la cumbre, escapábasele la carga, y la pérfida roca volvía a rodar hasta el pie del monte. Y así debía el atormentado pecador comenzar de nuevo una y otra vez la ímproba tarea de subir la piedra, mientras un sudor de angustia le fluía de todos los miembros.
GUSTAV SCHWAB

–Qué cansado y qué fútil es todo esto –se repetía Sísifo, incansable.

Cargar con el bloque de mármol le parecía mera anécdota: tener que obedecer era la verdadera condena. Una condena terrible que pesaba en su ánimo aún más que en su cuerpo. Obedecer eternamente, día tras día, hora tras hora, noche tras noche, siempre lo mismo, sin descanso ni festivos. Inevitable fue que Sísifo acabara doblegado y convertido en la atroz imagen de la desolación.

–Y la bajada –añadía con tristeza– también se las trae, incluso sin carga.

A fuerza de arrastrarlo durante siglos, el bloque de mármol mermó tanto que un día pudo Sísifo guardarlo en el bolsillo de su americana. (La eternidad es una caja de sorpresas.) A pesar de que la piedra ya era historia, nadie levantó a Sísifo su castigo, y el infeliz rezumaba esa melancolía que viene de los esfuerzos inútiles.

Pero un día, quizás un sábado, mientras Sísifo ascendía ligero, se le reveló la noble verdad de la existencia absurda: huérfana de sentido, la vida es gélida condena.

Y en su reino de sombras, añoró Sísifo por toda la eternidad las horas en que el duro mármol cincelaba sus días.

15.1.11

El mapache y el ruso (Crónica de un desamor)

Un mapache le arrancó el pene a un ruso, de 44 años, que intentaba penetrarle. ¿La excusa? Estaba borracho. El ruso. (ADN Weekend!, edición Madrid: viernes 14 de enero de 2011.)

*   *   *

Érase una vez un mapache y un ruso.

Un mapache, macho o hembra; y un ruso, lúbrico y ebrio.

Tras inocentes escarceos, el ruso, bastante obtuso, intentó penetrar al mapache. O, como declararía después, abusar un poquito.

El mapache, que no consintió, se revolvió contra el ruso como un apache.

El ruso, ebrio, se ofuscó lúbrico, y se le hincharon las venas. De rusa rabia.

Asqueado, el mapache esgrimió sus dientes y dejó al ruso apenado y sin pene. ¡Un pene de 44 años, ay Dios, desenraizado por deseo de un mapache!

Aunque no quiere volver a tropezarse con el ruso, el mapache está orgulloso de su hazaña, y un poco harto, la verdad, de los reporteros gráficos. A cuantos se interesan por su aventura, les dice con sorna: que pene el ruso por su falo. (El mapache, redicho él, algo de griego sabía.)

12.1.11

*Chamfort: Máximas y pensamientos. (Con unas palabras previas de Pío Baroja)

Los escritores que más influyeron en la Revolución francesa fueron Voltaire, Rousseau y Chamfort.

[…]

Chamfort, niño abandonado en la puerta de una iglesia de París, era, pasado el tiempo, un joven arrogante, de una gran belleza, un verdadero Adonis. No tenía nombre. Solo el nombre de pila, Nicolás. No conoció a su madre; ni él ni ella hicieron nada por encontrarse. Él se dio a sí mismo el apellido Chamfort, de aire aristocrático. Chamfort tuvo grandes éxitos con las bellas damas del tiempo, y las trató en sus libros con cierta crueldad, con el rencor del niño abandonado.

[…]

Chamfort hizo un libro que tituló Pensamientos, máximas y anécdotas.

En España se publicó con el nombre de Caracteres y anécdotas.

Orgulloso y agrio, a pesar de ser mimado no solo por la aristocracia , sino por Luis XVI y por María Antonieta, se mostró partidario de la Revolución; pero luego, cuando el Terror, se manifestó contra ella.

Talleyrand decía de Chamfort que tenía una cabeza que emanaba electricidad.

Chamfort fue el que dio al abate Sieyès el esquema de una política que desarrolló el abate en un famoso folleto que publicó con el con el título de ¿Qué es el tercer Estado? El tercer Estado era la burguesía.

El esquema de Chamfort era éste: “¿Qué es el tercer Estado? Nada. ¿Qué debe serlo? Todo”.

Sieyès cambió la fórmula y la hizo menos exagerada.

En la época del Terror, Chamfort satirizaba la fraternidad republicana con frases como ésta: “Sé mi hermano, o te mato”, convirtiendo la idea en divisa de la época, decía: “Fraternidad o muerte”. 

PÍO BAROJA, La intuición y el estilo. En Desde la última vuelta del camino II. Barcelona, Tusquets,  2006.

MÁXIMAS Y PENSAMIENTOS

8. El pensamiento de todo consuela y a todo halla remedio. Si alguna vez os daña, pedidle el remedio del mal que os causó y os lo suministrará.  

*

14. Se echa en falta la pereza de un malvado y el silencio de un tonto.

*

17. Para llegar a absolver a la razón del mal que causa a la mayoría de los humanos, es preciso imaginar lo que sería del hombre sin aquélla. Se trata de un mal necesario. 

*

30. El hombre que vive habitualmente consigo mismo tiene necesidad de virtud; pero si vive con otros, precisa de honores.  

*

44. Vano quiere decir vacío; así, la vanidad es tan miserable que apenas se le puede imputar algo peor que su nombre. Se ofrece exactamente por lo que es.

*

50. Existen dos cosas a las cuales hay que hacerse, so pena de encontrar la vida insoportable: las injurias del tiempo y las injusticias de los hombres.

*

74. La falsa modestia es la más decente de todas las mentiras.

*

84. Amistad de corral, fe de zorros y sociedad de lobos.

*

126. La naturaleza jamás me ha dicho: “No seas pobre”; todavía menos: “Sé rico”; sin embargo me dice: “Sé independiente”.

*

144. Goza y haz gozar, sin dañarte a ti o a los demás; a esto se reduce, creo yo, toda la moral.

*

197. Por muy mal que un hombre pueda pensar de las mujeres, no hay mujer que no piense aún peor que él.

*

216. Los éxitos producen éxitos, como el dinero, dinero. 

*

247. En Francia, se deja en paz a los incendiarios, persiguiéndose a quienes tocan a rebato. 

*

257. Los pobres son los negros de Europa.

*

258. Se gobierna a los hombres con la cabeza. No se juega al ajedrez con buen corazón.

*

269. Definición de un gobierno despótico: un orden de cosas donde el superior es vil y el inferior está envilecido.

CHAMFORT, Sébastien-Roch Nicolas (Clermont-Ferrand, 1741-París, 1794), Máximas, pensamientos, caracteres y anécdotas. Epílogo de Albert Camus. Selección, traducción, prólogo y notas de Antonio Martínez Sarrión. Madrid, Aguilar, 1989.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

10.1.11

Nombres singulares, es decir, plurales

Quien busque poesía en el BOE, es seguro que no la encontrará. A cambió, quizás encuentre alguna corrección de errores harto curiosa. El mes pasado se publicó la concesión de la Medalla de Oro al Mérito en el trabajo a doña Patrocinio X. Muy ufana estaría doña Patrocinio de no haber mediado el error al que intenta poner remedio la consabida corrección de errores:

En la página 102014, en el sumario de la disposición y en el segundo párrafo, donde dice: “a doña Patrocinio”, debe decir: “a don Patrocinio”.

Nadie es perfecto. Resulta que la mujer trabajadora es un hombre trabajador. Ante semejantes deslices se impone la comprensión: nadie está libre de ellos. Además, ¿para qué están los errores sino para enmendarlos? Más sonrojante hubiera sido el error si la medalla, en vez de a doña Patrocinio, se hubiera concedido a doña Patrocinia. 

Nadie está libre de meter la pata. En una ocasión tuve que dirigirme por correo a una persona llamada Eliades, y engañado quizás por el recuerdo de un personaje de Rulfo, la traté como si fuera varón. Y era mujer. Es evidente que hay nombres singulares, es decir, plurales: valen para todos (y todas, si no basta el todos). Un casero tuve que se llamaba Visitación; he conocido a un Reyes y a una Reyes; he oído que hay hombres que se llaman Pilar o Trinidad, aunque sean nombres más frecuentes en mujeres. (Doy por supuesto que el Trinidad del espagueti western titulado Le llamaban Trinidad sería un hombre. No habría lugar a dudas si fuera mujer y el título lo hubiera puesto José Jiménez Lozano quien, con su afición al laísmo, escribiría sin rubor La llamaban Trinidad. Y todo más claro.) Sé, asimismo, de hombres y  mujeres que llevan a la vez un nombre de hombre y un nombre de mujer: José María o María José.

Parece, pues, que en estos temas hay que soslayar la lógica despótica, y no pensar que, por ejemplo, un nombre acabado en ‘o’ tan sólo puede referirse a un hombre. Por cierto, tal vez sea la ‘o’ la única vocal a la que le cabe el honor de acompañar a un nombre: María de la O, pero tampoco es improbable que alguien se invente el María de la A, a fin de contribuir a la revolución onomástica. Tiempo al tiempo. 

A pesar de lo dicho, que un nombre termine en ‘o’ o en ‘a’ no es indiferente, como nos recuerda Cabrera Infante en un texto, pura síncopa, titulado “Cuento cubano”:

Una mujer. Encinta. En un pueblo de campo. Grave enfermedad: tifus, tétanos, influenza, también llamada trancazo. Al borde de la tumba. Ruegos a Dios, a Jesús y a todos los santos. No hay cura. Promesa a una virgen propicia: si salvo, Santana, pondré tu nombre Ana a la criaturita que llevo en mis entrañas. Cura inmediata. Pero siete meses más tarde en vez de una niña nace un niño. Dilema. La madre decide cumplir su promesa, a toda costa. Sin embargo, para atenuar el golpe y evitar chacotas deciden todos tácitamente llamar al niño Anito.

Algo que llama la atención es el éxito alcanzado en España por el nombre de Andrea (¡Andrea, come el pollo!), usado, eso sí, para mujer, pese a ser nombre importado de Italia, y  tomado en préstamo del griego, lengua en la que al parecer designa a los varones. Pero eso aquí importa menos que el hecho de acabar en ‘a’. ¿Es posible que Andrea sea el equivalente de nuestro Andrés? Aunque ese nombre no plantee aquí problemas, supongo que en Italia, semejante uso, no dejará de sorprender.

8.1.11

EL ALAMBIQUE. Revista de poesía. Número 2

El Alambique, nº 2

Recientemente se ha publicado el número 2 de la revista semestral de poesía El Alambique. Esta entrega trae secciones nuevas y 112 páginas. Como de costumbre, el director de la revista propone el Brindis de bienvenida. 

Las restantes secciones son:

Tienen la palabra
Poemas de Ingrid Tempel, Victor del Moral, Xavier Vilareyo, Antonio Gracia, Mohsen Emadi (traducido por Clara Janés), Antonio Costa Gómez, Mircea Oprita, Martín López-Vega, Adriana Davidova, Hernán Vargascarreño, Zhivka Baltadzhieva, Javier Lostalé, Pedro Gollonet, José Luis Sevillano y Joao Fernandes,
entre otros.

Homenaje 
Homenaje a Ángel Crespo, coordinado por Amador Palacios.
Textos de Amador Palacios, Dionisio Cañas, José Corredor-Matheos, Ángel Guinda & Trinidad Ruiz Marcellán, Enrique Trogal y Pilar Gómez Bedate, viuda del poeta,
entre otros.
Se i
ncluye, asimismo, la bibliografía poética  de Ángel Crespo, más seis poemas y tres traducciones latinas (de Catulo, Horacio y Prudencio). Ilustra la sección un álbum de fotos del poeta.

Un boceto del natural 
Bajo el rótulo Lo bueno de la vida, se publican una docena de poemas de Fernando Ortiz.

Discurso 
Jorge Cela Trulock escribe sobre Gabriel Celaya.
Y
Agustín Porras rastrea la presencia de Atala, de Chateaubriand, en la rima L de Bécquer.

La penúltima
Reproduce un fragmento, en el idioma original, del poema de Mohsen Emadi traducido por Clara Janés-

Artistas invitados
Ilustran este número: Rafael Alvarado, Benito Lozano, Alfredo Martínez y Rufino de Mingo.

*    *    *    *    *    *    *    *    *

A continuación van algunos de los poemas de Ángel Crespo y Fernando Ortiz publicados en este número.


LA VOZ

En todas partes una lengua emerge
que entre los árboles canta, canta.
Sube una voz. Ignoro cuántos pájaros
tiene mi voz que en los árboles vive.
Ignoro cuánta voz tiene mi voz.
Canta debajo de las ramas verdes.
Con las aves que nacen de mi boca,
canta de prisa encima de mis labios.

Una voz es un hilo que se rompe
cuando un pájaro viene con el vuelo torcido,
cuando un ave no tiene voz humana
y se hunde el viento en que un vilano vuela.

Yo no sé cuánto hilo tiene mi voz,
ni si algún halo tiene acaso
el ala de mi voz
que como el ave asciende.
Pero a las ramas sube
y de tal modo puéblalas
que se rompen de pronto y llueve savia cálida
sobre mis propios labios,
que son como mis fauces.


CELEBRACIÓN DEL FUEGO

Sólo el fuego desvela la belleza
secreta de las cosas,
les desnuda el espíritu.

La áspera astilla muestra sus canteras
de intocables piedras preciosas
rojas y blancas, amarillas
un instante. ¿Mas cuál
es su color, si acaso
alguno las declara?

El estiércol
tejido
es, al arder, digno de un dios:
su clámide o su túnica
y, en su más viva luz, la desnudez
inmortal de su cuerpo.

Todo, al arder, se iguala,
todo es uno
-exaltado existir-
así dure un instante.

Y, aunque sé que inasible
se quiere, olvido, anhelo
(y le pido a los dioses)
poder hundir las manos
en tanta pedrería, en esas aguas
y telas movedizas
que, al decirse, consumen a las llamas.

Ángel Crespo


SOLEARES
(Después de leídas las últimas del poeta Javier Salvago)

Cuando se va la ilusión
se ve la vida y su truco.
Su careta de cartón.

*   *   *

Que es el único remedio
que venga a punto la muerte
para quitarse de enmedio.

Fernando Ortiz

6.1.11

Humo

Humo

Aunque parece que amaina la cólera, esta guerra es antigua: la guerra del tabaco, una guerra que enciende los ánimos e incendia las ondas. A uno, que nunca ha sido fumador, y que ha sufrido por ello, esta guerra le pilla un tanto desapasionado, por más que le permita imaginar otros climas bélicos, y sentir el dolor de quien ve con distancia a tirios y a troyanos, y sentir el propio exilio de una realidad apasionada, demasiado apasionada. 

Para no sentirme solo, me entrego, mientras escucho “Greensleeves Divisions” para laúd, a un ejercicio de asociación libre:

Humo.

Turguéniev.

Puro humo.

Cabrera Infante.

Por el humo se sabe dónde está el fuego.

El humo de los días.

Está que echa humo.

A humo de pajas.

Smog.

Humo negro.

Humo de sueños.

El humo de los días (otra vez).

Vender humo…

Y se acabó la música.

De la infancia recuerdo mi colección de cajetillas de tabaco: Paxton (mentolado, con cajita de plástico verde), Rex, Bisonte, Celtas, Ideales, Chesterfield, LM, Camel (con su oculto Manneken Pis puntillista), Record, quizás Gaulois… Guardaba la colección en un escondite secreto (fuera de casa, por supuesto), en la ladera adoquinada de un puente. Una tormenta, tan terrible como las lluvias de Ranchipur, anegó mi colección. Quizás un mentecato pudiera pensar que debo a la lluvia el no ser fumador, es decir, un pobre hombre; aunque lo cierto es que ahora, y desde hace apenas unos años, los pobres hombres (y mujeres) son otros. Los comprendo muy bien.

4.1.11

Desarmado

No tenía brazos. Era joven. Con un platillo colgado del cuello limosneaba en un semáforo, cerca de la Biblioteca Nacional.

Un día vi de lejos, o mejor adiviné, que un hombre mayor le ayudaba a orinar. Contra un seto.