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30.4.11

+”Farai un vers de dreit nien”, de Guillermo IX, Duque de Aquitania, cantado por Brice Duisit

“Farai un vers de dreit nien”, de Guillermo IX, Duque de Aquitania

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Recupero la traducción de Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Elvira que publiqué  el 19/1/10.
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Farai un vers de dreit nien:
non er de mi ni d'autra gen,
non er d'amor ni de joven,
ni de ren au,
qu'enans fo trobatz en durmen
sus un chivau.

Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
No celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.

No sai en qual hora·m fui natz,
no soi alegres ni iratz,
no soi estranhs ni soi privatz,
ni no·n puesc au,
qu'enaisi fui de nueitz fadatz
Sobr'un pueg au.

No sé en qué hora nací, 
no estoy alegre ni estoy triste,
no soy huraño ni agradable,
y no tengo la culpa, 
que de este modo fui de noche hadado
en una alta montaña.

No sai cora·m fui endormitz,
ni cora·m veill, s'om no m'o ditz;
per pauc no m'es lo cor partitz
d'un dol corau; 
e no m'o pretz una fromitz,
per saint Marsau!

No sé cuándo estoy dormido
ni cuándo velo, si no me lo dicen.
Por poco se me parte el corazón
de un punzante dolor: 
pero no doy a cambio el precio de una hormiga, 
¡por San Marcial!

Malautz soi e cre mi morir; 
e re no sai mas quan n'aug dir.
Metge querrai al mieu albir, 
e no·m sai tau;
bos metges er, si'm pot guerir,
mor non, si amau.

Enfermo estoy y temo morir, 
y de ello no sé más que lo que oigo decir;
médico buscaré a mi voluntad, 
y no sé de uno así.
Buen médico será si consigue curarme,
pero no, si empeoro.

Amigu'ai  ieu, non sai qui s'es:
c'anc no la vi, si m'aiut fes;
ni·m fes que·m plassa ni que·m pes,
ni no m'en cau:
c'anc non ac Norman ni Franses
dins mon ostau.

Amiga tengo, no sé quién es,
pues nunca la vi, por mi fe.
Nada ha hecho que me agrade o me disguste,
y no me importa en absoluto,
que nunca hubo normando ni francés
en mi casa.

Anc non la vi et am la fort;
anc no n'aic dreit ni no·m fes tort;
quan no la vei, be m'en deport;
no·m prez un jau:
qu'ie·n sai gensor e belazor,
e que mai vau.

Nunca la vi y mucho la amo, 
jamás obtuve de ella favor ni disfavor; 
cuando no la veo, hago caso omiso:
no doy a cambio un gallo.
Que sé una más gentil y más hermosa, 
y que más vale.

No sai lo luec ves on s'esta,
si es en pueg ho [es] en pla;
non aus dire lo tort que m'a,
abans m'en cau; 
o peza'm be quar sai rema,

[per] aitan vau.

No sé en qué lugar habita,
si es en montaña o si es en llano; 
no me atrevo a decir la sinrazón que me hace, 
prefiero callar; 
y pésame mucho que ella se quede aquí:

por eso me voy.

Fait ai lo vers, no sai de cui;
et trametrai lo a celui
que lo·m trametra per autrui
enves Peitau,
que·m tramezes del sieu estui
la contraclau.

Mi poema está hecho, no sé sobre qué.
Me propongo enviarlo a aquél
que, por medio de otro, lo enviará
a Poitou, de mi parte; 
y le ruego que de su estuche me haga llegar
la contraclave.

GULLERMO IX DUQUE DE AQUITANIA (1071-1127) [y JAUFRÉ RUDEL], Canciones completas.
Edición bilingüe a cargo de Luis Alberto de Cuenca y Miguel Ángel Elvira.
Editora Nacional, Madrid, 1978.

28.4.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas…] (7) Mutismo de pensamiento

Budhi-Dhorma está sentado en el parque. Ojos cerrados, cara silente. Incesantes chorros de agua rebotan en el suelo. El estruendo del agua alivia la desazón que siente en las venas. Budhi-Dhorma está quejoso con el escribano de sus cosas. Qué buen vasallo, etc. Oigamos su lamento:

–¡Maldita sea! ¿De qué me sirve pensar si no hay quien recoja lo que pienso tal como lo pienso? Mi pensamiento va más allá de las palabras y rebasa lo pensado. Da pena verlo reducido a cuatro pinceladas, más o menos torpes. ¿Es justo que sólo en ocasiones se me atienda? ¿Es justo que el escribano elija de entre mis pensamientos aquél que se le antoja? ¿Es justo o no lo es? Justo no es. Y, por lo que a mí respecta, desde ahora y hasta no sé cuándo, hago promesa de mutismo. Mutismo de pensamiento.

Así pensaba Budhi-Dhorma un día soleado de invierno.

[6/3/11]

(¿Continuará?)

25.4.11

*La filosofía como forma de vida / Pierre Hadot responde a Arnold I. Davidson

Pierre Hadot

Pierre Hadot murió hace un año. A principios de 2009, Alpha Decay publicó La filosofía como forma de vida, un interesante libro en el que el filósofo respondía a las preguntas de Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson. Excelente conocedor de la filosofía antigua, Hadot reivindica en estos amenos diálogos lo que considera consustancial a los filósofos antiguos: la concepción de la filosofía como forma de vida y no como mera reflexión teórica, es decir, la filosofía entendida como una manera de estar en el mundo y no sólo de pensarlo.
En las palabras que siguen, Hadot desarrolla nítidamente su pensamiento.

 

A.D.: Recientemente has subrayado la distinción entre el discurso filosófico y la filosofía misma. Contrariamente a lo que piensan, digamos, los profesores de filosofía, la filosofía no puede ser reducida al discurso filosófico y, sin embargo, el discurso sigue siendo una parte integrante de la filosofía. Están los discursos y los conceptos filosóficos, y los ejercicios, las prácticas no conceptuales de la filosofía. ¿Cuál es el rol del discurso filosófico y de las prácticas (prácticas no puramente conceptuales) filosóficas en tu propia concepción de la filosofía?

P.H.: Como ya dije, tomé prestada esta distinción de los estoicos, pero la encontramos implícitamente en toda la historia de la filosofía, porque la oposición entre las palabras, por una parte, y las prácticas, por otra, siempre ha estado viva; siempre se ha insistido en el hecho de que el verdadero filósofo no es aquel que habla, sino aquel que actúa. Como acabas de dar a entender, es una oposición compleja. Una vez más: cuando los estoicos decían que el discurso filosófico no era filosofía no querían decir que el discurso no fuera filosófico: pues, cuando se enseñaba a los discípulos las tres partes de la filosofía, la lógica, la física y la ética, se hacía realmente filosofía. Por otro lado, cundo se decía que la filosofía no era el discurso filosófico, esto no quería decir que no hubiera discurso en esta vida filosófica, por la simple razón de que hacía falta ya al menos un discurso interior para actuar sobre uno mismo. En el fondo, se podría hablar de la filosofía como de una elipse, que tiene dos polos: un polo de discurso y un polo de acción, exterior pero también interior, ya que la filosofía en oposición al discurso filosófico es también un esfuerzo por ponerse en determinadas disposiciones interiores.

En la Antigüedad, estos dos polos aparecen claramente en dos fenómenos sociales diferentes: el discurso filosófico corresponde a la enseñanza dispensada en la escuela; la vida filosófica, a la comunidad de vida institucional que reúne a maestro y discípulo y que implica un determinado género de vida, una dirección espiritual, exámenes de conciencia, ejercicios de meditación, y que corresponde también a la buena manera de vivir como ciudadano en su ciudad. Por una parte, ya lo he dicho, la filosofía como vida está inspirada por un discurso de enseñanza filosófica: por ejemplo, vemos a Marco Aurelio escribir sus Pensamientos para hacer revivir en sí mismo el discurso filosófico que acaba siempre por ser abstracto; es decir, que por el hábito, la distracción o las preocupaciones de la vida, el discurso filosófico se vuelve pronto puramente teórico y ya no tiene la fuerza necesaria para impulsar al individuo a vivir su filosofía. Hará falta, pues, dar vida y eficacia al discurso. Por otra parte, el discurso de enseñanza en la Antigüedad raras veces es un discurso puramente teórico: a menudo adopta también la forma de un ejercicio. Tenemos el ejemplo perfecto del diálogo socrático, pero hay también, incluso en la enseñanza que no es un diálogo, un esfuerzo retórico por influir en los espíritus de los discípulos. Los dos polos de la filosofía son indispensables, pero es muy importante distinguirlos.

De hecho, siempre los hemos distinguido. Ya Platón, en la Carta VII dice que ha venido a Siracusa para probarse a sí mismo que no era más que un charlatán: «Por miedo a pasar ante mis propios ojos por alguien que no es más que un buen hablador, incapaz de emprender resueltamente una acción.» En toda la Antigüedad hay quien se burla, como Plutarco, de los filósofos que no son más que sofistas y que, en cuanto descienden de su cátedra, no saben ni vivir ni enseñar a vivir a sus discípulos. No puedo detallar aquí la historia de esta rica tradición que va desde Petrarca y Montaigne hasta Kant, el cual oponía los filósofos que se quedan con la concepción escolar de la filosofía (que no son, así, más que lo que él llama «artistas de la razón», porque no se interesan más que por la pura especulación) a los que son capaces de estar atentos a lo que interesa a todo hombre, es decir, en definitiva, a la práctica; a éstos, Kant los llama los «filósofos del mundo». Y afirmaba con fuerza el vínculo entre discurso y vida filosóficos, diciendo: hoy se considera un exaltado a aquel que vive conforme a lo que enseña. Con el mismo espíritu, Thoreau dirá: «Tenemos profesores de filosofía, pero no filósofos.» En cuanto a Schopenhauer, había escrito un panfleto: Contra la filosofía universitaria. Para volver al siglo XX y sin dar más que un ejemplo, nunca olvidaré mi sorpresa al leer en Charles Péguy la fórmula: «La filosofía no funciona en clase de filosofía.» Ciertamente, hay que reconocer aquí la influencia de Bergson en Péguy.

Me preguntas por el papel que desempeñan el discurso filosófico y las prácticas filosóficas en mi propia concepción de la filosofía. Es cierto —pero no voy a emitir juicios de valor sobre este tema— que muchos de mis contemporáneos consideran que la filosofía es un discurso, exactamente un discurso sobre el discurso, y eso es todo. Personalmente tengo otra concepción. Para hacerme comprender, daré una vez más un rodeo por la Antigüedad. Hemos visto que, en toda la Antigüedad, hubo hombres que eran considerados filósofos porque vivían como filósofos, por ejemplo Dión de Siracusa, el amigo de Platón, Catón de Útica, Quinto Mucio Escévola, el augur, Peto Trasea. Para este tema, el notable Dictionnaire des philosophes antiques , que dirige con tanta eficacia Richard Goulet, es ejemplar. En él encontramos a muchos personajes que no son ni sabios ni profesores de filosofía: hombres políticos, como el rey Antígono Gónatas, o mujeres, célebres por su vida filosófica. A veces, sin ser inventores de doctrinas filosóficas, redactaban obras filosóficas, que no tenían la pretensión de proponer nuevas teorías pero que exponían las doctrinas de la escuela filosófica que habían escogido, a fin de formular así, tanto para los demás como para sí mismos, principios de conducta. Fue el caso, por ejemplo, de Cicerón, de Bruto, de Séneca, de Arriano, de Marco Aurelio. Reconociendo, como propongo, la vida filosófica como uno de los dos polos de la filosofía, habría lugar, de nuevo, en nuestro mundo contemporáneo, para filó–sofos, en el sentido etimológico de la palabra, es decir, buscadores de sabiduría que, ciertamente, no renovarían el discurso filosófico, pero que buscarían no la felicidad —parece que esto ya no está de moda—, sino una vida más consciente, más racional, más abierta a los otros y a la inmensidad del mundo. Por otra parte, que aquellos que tienen vocación, los profesores y los escritores que hablan de filosofía, tienen el deber de continuar renovando y transformando el discurso filosófico, es evidente. Creo que es una tarea apasionante e infinita. Pero es deseable que sean conscientes del hecho de que discurso y vida son inseparables. Personalmente, intentando asumir bien mi tarea de historiador y de exégeta, me esfuerzo sobre todo en llevar una vida filosófica, es decir, simplemente, como acabo de decir, consciente, coherente y racional. Los resultados no son siempre de muy alto nivel, hay que reconocerlo. Y, durante mis estancias en los hospitales, por ejemplo, no siempre he mantenido la serenidad de alma en la que me habría gustado permanecer. Pero, sea como sea, me esfuerzo por situarme en determinadas actitudes interiores, como concentrarse en el instante presente, maravillarse ante la presencia del mundo, dirigir la mirada desde arriba hacia las cosas —«emprender el vuelo cada día» decía Georges Friedmann—, tomar conciencia del misterio de la existencia. Tengo que confesarte además que, al envejecer, aunque probablemente sea un defecto de la vejez, prefiero cada vez más la experiencia al discurso. Osaría incluso confesarte que me gusta mucho esta fórmula paradójica, enigmática, pero cargada de sentido, de un crítico chino citado por Simon Leys: «Todo lo que puede enunciarse está desprovisto de importancia.»


Pierre Hadot, La filosofía como forma de vida.
Conversaciones con Jeannie Carlier y Arnold I. Davidson
Traducción de María Cucurella Miquel
Barcelona
Alpha Decay
2009

24.4.11

+”Yo no sé nada”, de Oliverio Girondo, con música de Astor Piazzolla

“Yo no sé nada” es el poema inaugural del libro del poeta argentino Oliverio Girondo Espantapájaros (Al alcance de todos), de 1932.
Frente a la fijeza del papel, el vídeo nos permite descubrir, verso a verso, cómo se construye este curioso caligrama con ínfulas consonánticas.

“Yo no sé nada”, de Oliverio Girondo

21.4.11

De citas

Si saber citar es un arte, reflejar fielmente la cita es labor artesana. Y es lo cierto que abundan toda clase de citas: a ciegas, de memoria, creativas, jíbaras, elefantiásicas, traidoras, inventadas, atribuidas al desgaire, corruptas o, sencillamente, erróneas. Pero que no cunda la alarma: como no siempre afilamos la atención, quién sabe cuántas elucubraciones felices serán fruto de esa infidelidad al citar. ¡Del error hacia la luz!

Cuando leemos, es inevitable considerar correcto, salvo errata manifiesta, aquello que leemos. Es inevitable, lo mismo que el error.

Recientemente, en algún lugar de la galaxia Internet, me topé con la siguiente cita del filósofo galo Louis Lavelle:

La palabra humana está a medio camino entre el mundo de los animales y el reino de Dios.

Mientras leía la frase, la cara se me viraba hacia la perplejidad. La palabra humana: a medio camino entre el mundo de los animales y el reino de Dios. ¡Hum! Qué cosas se escriben: puro arcano.

La cita está tomada aparentemente de El espejo de las ideas, de Michel Tournier, un ingenioso libro de microensayos que, no por casualidad, tengo delante de mí; en él, leo lo siguiente:

La palabra humana está a medio camino entre el mutismo de los animales y el silencio de Dios.

Admitamos que Tournier fue fiel a lo que Lavelle escribió, y que L. M. Todó, por su parte, tradujo la cita sin merma.

La frase es ahora otra. Ya no atenta contra el sentido común. Parece fiel, aunque para asegurarlo sería preciso acudir al texto de Tournier y, asimismo, al original de Lavelle.

Pero si el sentido común nos avisa unas veces del error, otras veces nos empuja directamente a él. Sucede así cuando el original dice cosas descabelladas (las cosas descabelladas son decibles) y lo que nosotros leemos es un texto puesto en razón. Esto puede pasar perfectamente con los surrealistas. Veamos un ejemplo tomado de una narración automática de Benjamin Péret, cuyo título expresa un curioso deseo: Mueran los cabrones y los campos del honor:

225. Un campesino delante de la estación de Saint-Lazare.

226. Llegan a la estación.

227. El campesino respira profundamente.

228. Tose.

229. Al toser, escupe perdigones.

Estas frases no alarman a nadie. Nada nos hace sospechar de lo leído, aunque lo cierto es que puede no parecer muy “automático”. Y, en efecto, Péret escribió, según traduce Rodolfo Hinostroza, lo siguiente:

225. Un dolmen delante de la estación de Saint-Lazare.

226. Llegan a la estación.

227. El dolmen respira profundamente.

228. Tose.

229. Al toser, escupe renos.

Y si el lector se deja seducir por las estrategias surrealistas, todas las dudas son posibles: ¿y si lo que escupe el dolmen son corderos?, ¿y si el dolmen bosteza profundamente?, ¿y si el dolmen no es un dolmen sino un baobab?, ¿y si la estación de Saint-Lazare no es la estación de Saint-Lazare?, ¿y si en lugar de una tos tenemos un esputo?, ¿y si son los renos los que tosen?, ¿y si Péret no es Péret?, ¿y si lo que leemos no es lo que leemos?

Y quién sabe si tal cúmulo de dudas no acabarían enredándonos en laberintos metafísicos. Pero, a pesar de todo, hay algo indudable: a los surrealistas podemos citarlos libérrimamente sin correr el riesgo de ser descubiertos.

16.4.11

+”Poemas visuales y poemas objeto”, de Joan Brossa, con un texto de Manuel Guerrero

 
“Rueda”, poema objeto de Joan Brossa

Joan Brossa (Barcelona, 1919-1998) es un poeta con una obra singular e irreductible en la lírica catalana y europea de la segunda mitad del siglo XX, que excede todos los parámetros habituales. Por un lado, la extensión de su obra es muy superior a la de cualquiera de sus contemporáneos; por otro, se trata de una obra experimental que no conoce límites y que, en la tradición de la vanguardia histórica, amplía el ámbito poético hacia campos tan diversos como el teatro, el cine o las artes plásticas. A partir de los años setenta -y de una manera especial en los años ochenta y noventa-, el éxito internacional de sus poemas visuales y de sus poemas objeto convertirán a Brossa, paradójicamente, por su obra sorprendente, radical y subversiva, en uno de los artistas más admirados por las jóvenes generaciones. Lo cierto es que pese a que Brossa siempre se definió como poeta, y no como artista plástico, durante los últimos años recibió un mayor reconocimiento público como autor de poemas visuales y de poemas objeto, y no como autor de una obra poética innovadora y rigurosa, o como autor del conjunto de una de las obras teatrales, de poesía escénica
-tal y como él llamaba a su teatro-, más impresionantes y desconocidas del siglo pasado en la tradición europea.
Lejos del oportunismo o de las modas pasajeras, la obra de Brossa se caracteriza por la franqueza y el rigor de su evolución y de sus planteamientos éticos y estéticos. Toda la obra de Brossa, aún en parte inédita, se erige como un maravilloso y transgresor canto a la libertad y a la fraternidad humana, desde la lucidez de una posición crítica contra el poder establecido y solidaria con las clases y las culturas desfavorecidas, más cerca de ideologías libertarias y heterodoxas que del marxismo ortodoxo. "El arte es vida, y la vida, transformación", acostumbraba a decir el poeta haciendo suya una frase del célebre transformista italiano Leopoldo Fregoli (1867-1936), uno de los personajes que más le fascinaron. Poesía, arte y vida, como en el ideario de la vanguardia histórica, se unen en la obra y la vida de Brossa. No es extraño, pues, que la crítica de arte Victoria Combalía definiera a Brossa como el último vanguardista, como el continuador de la tradición moderna que unió arte, poesía y vida, la estirpe trazada por nombres como los de Apollinaire, Tzara, Duchamp, Picabia, Schwitters, Breton, Artaud o Miró. Es decir, la tradición amplia y diversa del poeta como artista que ha analizado Juan Manuel Bonet y que, en lengua española, remite a autores tan diferentes entre sí como Huidobro, Gómez de la Serna, Girondo, Lorca o Alberti.

 

MANUEL GUERRERO
del
prólogo a La piedra abierta, de Joan Brossa. Antología poética. Edición bilingüe.
Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2003

“Poemas visuales y poemas objeto”, de Joan Brossa

14.4.11

+”A la una yo nací”, canción sefardí interpretada por Françoise Atlan

A la una yo nací,
a las dos m'engrandecí,
a las tres tomí amante
y a las cuatro me casí.
Me casí con un amor.

Dime niña dónde vienes,
que te quiero conocer.
Si tú no tienes amante
yo te haré defender.
Alma, vida y corazón.

Yéndome para la guerra,
dos besos al aire di.
El uno es para mi madre,
y el otro para ti

Hace muchos años que oí por vez primera esta canción, en un programa de Sofía Noel, La vida en música, de Radio 2, si mal no recuerdo. Nada más oírla quedé prendado, y para siempre, de su tierna sencillez y de esa manera tan aritmética de cifrar el devenir.

“A la una yo nací”, interpretada por Françoise Atlan.

12.4.11

Variaciones sobre un tema de Epicteto

Epicteto escribe al comienzo del Enquiridión: De lo que existe, unas cosas dependen de nosotros, otras no. Sí, unas cosas dependen de nosotros y otras no. De las que no dependen de nosotros, quizás  convenga olvidarse: nada podemos hacer por ellas. Con las que dependen de nosotros, por el contrario, hemos de bregar de continuo.

Pero a veces creemos que depende de nosotros lo que en realidad no depende de nosotros. Somos víctimas, entonces, del afán de omnipotencia, y la vida acabará ayudándonos a purgar tan malsano deseo.

Del mismo modo, a veces creemos que no depende de nosotros lo que sí depende en realidad. La vida, en tal caso, acabará por llamarnos al orden.

Pero hay algo que bajo ningún concepto depende de nosotros, ni de nadie: cambiar el pasado.

Quien hace lo que de él depende, hace lo justo. Y se hace lo justo queriendo lo que queremos, en razón de nuestras circunstancias, más allá de cualquier fantasía. Las circunstancias siempre están ahí, son el decorado de nuestra vida. Y sean cuales sean esas circunstancias, siempre nos quedará un resto de libertad. Hata Zenji escribe: Si se dan las circunstancias apropiadas, lo hago. Si no se dan las circunstancias apropiadas, las hago.

A pesar de todo, quizás sean inevitables los escrúpulos, esas inquietas dudas que nos susurran en la oreja: podías haber hecho más… podías haber hecho más… podía haber hecho más... Ciertamente. Pero no podemos traspasar nuestros límites sin salir de nosotros mismos. ¿Y quiénes somos nosotros para avasallar la libertad ajena? Que cada quien sea su propio amo, y que nadie esclavice a nadie.

10.4.11

+“Tabacaria”, de Álvaro de Campos, heterónimo de Pessoa, recitado por Joao Villaret y traducido por José Antonio Llardent

En su traducción de Tabacaria (Antología de Álvaro de Campos, de Fernando Pessoa. Madrid, Editora Nacional, 1978), José Antonio Llardent incluye la siguiente nota:

Publicado en vida del autor en la revista Presença, núm. 39, de junio de 1933. Conocemos dos versiones castellanas, ambas con el título de Tabaquería: de Octavio Paz… y de Rodolfo Alonso...

La tabacaria a que se refiere este poema era un estanco real –hoy desaparecido– situado frente a la oficina donde el poeta trabajaba como redactor de correspondencia comercial extranjera.

Por mi parte, quiero señalar que en los Poemas escogidos, de Fernando Pessoa, libro traducido por Rafael Santos Torroella, y publicado por Plaza & Janés en 1972, no figura este poema. 

“Tabacaria”, de Álvaro de Campos

ESTANCO

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Esto aparte, tengo en mí todos los sueños [del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
del cuarto de uno de los millones del mundo
que nadie sabe quién es
(y de saberse quién es, ¿qué se sabría?),
dais al misterio de una calle cruzada [constantemente por gente, 
a una calle inaccesible a todos los [pensamientos,
real, imposiblemente real, verdadera, [desconocidamente verdadera,
con el misterio de las cosas debajo de las [piedras y de los seres,
con la muerte poniendo humedad en las
[paredes y cabellos blancos a los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo
[por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiese la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto [de morir
y no tuviera más hermandad con las cosas
que una despedida, convertidos esta casa y [este lado de la calle
en la hilera de vagones de un tren, silbada [su salida
desde dentro de mi cabeza, 
sacudidos mis nervios y chirriantes los huesos al arrancar.

Hoy estoy perplejo, como quien pensó y
[halló y olvidó.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que debo
al Estanco del otro lado de la calle, como
[
cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como [cosa real por dentro.

Fracasé en todo.
Como no tenía propósito alguno, todo tal vez [fuese nada.
Del aprendizaje que me dieron,
me descolgué por la ventana de las
[traseras de la casa.
Fui hasta el campo con grandes propósitos.
Mas allí sólo encontré hierba y árboles,
y gente, cuando la había, igual a la otra.
Dejo la ventana, me siento en una silla. ¿En [qué he de pensar?

¿Qué sé yo lo que he de ser, yo, que no sé  [lo que soy?
¿Ser lo que pienso? ¡Pienso ser tantas cosas!
¡Y tantos hay que piensan ser las mismas [cosas que no podrán serlas tantos!
¿Genio? En este momento
cien mil cerebros se conciben en sueños [tan genios como yo,
y la historia no señalará, ¿quién sabe?, ni a [uno sólo,
ni quedará más que estiércol de tanta [conquista futura.
No, no creo en mí.
¡Hay en todos los manicomios locos [descabalados por tantas certezas!
Yo, que de nada estoy cierto, ¿soy más [cabal o soy menos cabal?

No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no-buhardillas  [del mundo
no habrá a estas horas genios-para-sí-[mismos soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y [lúcidas
—sí, verdaderamente altas y nobles y [lúcidas—,
y
quién sabe si realizables,
nunca verán la luz del sol real ni llegarán [al oído de nadie?
EI mundo es de quien nace para conquistarlo
y no del que sueña que puede conquistarlo, [aunque tenga razón.
He soñado más que cuanto Napoleón hizo,
he estrechado contra el pecho hipotético  [más humanidades que Cristo,
he hecho en secreto filosofías no escritas [aún por ningún Kant.
Mas soy, y tal vez seré siempre, el de la [buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no nació para eso;
seré siempre tan sólo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen  [la puerta junto a una pared sin puerta
y cantó la cantinela del Infinito en un [gallinero
y oyó la voz de Dios en un pozo cegado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Derrámeme la Naturaleza sobre la cabeza [ardiente
su sol, su lluvia, el viento que me rebusca el [cabello,
y lo demás que venga si es que viene o ha  [de venir, o que no venga.
Esclavos por el corazón de las estrellas,
conquistamos todo el mundo antes de [levantarnos de la cama;
pero despertamos y es opaco,
nos levantamos y es ajeno,
salimos de casa y es la tierra entera,
más el sistema solar y la Vía Láctea y lo [Indefinido.

(¡Come chocolatinas, niña,
come chocolatinas!
Mira que en el mundo no hay más 
[metafísica que las chocolatinas.
Mira que las religiones todas no enseñan [más que la confitería.
¡Come, niña sucia, come!
¡Ojalá pudiese comer chocolatinas con la [misma verdad con que las comes!
Mas yo pienso, y al quitarles el papel de [plata, que es de hoja de estaño,
lo tiro todo al suelo, como tiré la vida.)

Pero de la amargura de lo que nunca seré
[queda al menos
la caligrafía rápida de estos versos,
pórtico resquebrajado hacia lo Imposible.
Pero al menos consagro a mí mismo un [desprecio sin lágrimas,
noble al menos por el gesto de largueza con  [que arrojo
la ropa sucia que soy al discurrir de las [cosas,
{mas no tomo nota}
y me quedo en casa sin camisa.

(Tú, que consuelas, que no existes y por eso [consuelas,
seas diosa griega concebida cual estatua viva
o patricia romana de imposible nobleza y [nefasta,
o princesa de trovadores muy gentil y [abigarrada,
o marquesa del siglo dieciocho, escotada y [distante,
o cocotte célebre del tiempo de nuestros [padres,
o qué sé yo qué moderno —no concibo bien  [qué—,
todo eso, sea lo que sea que seas, ¡si puede [inspirar, que inspire!
Mi corazón es un cubo vaciado.
Como los que invocan a los espíritus invocan [espíritus, me invoco
a mí mismo, y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con  [una nitidez absoluta.
Veo las tiendas, veo las aceras, veo los [coches que pasan,
veo los entes vivos vestidos que se [entrecruzan,
veo los perros, que también existen,
y todo eso me pesa como una condena al [destierro,
y todo eso me es ajeno, como todo.)

Viví, estudié, amé, y hasta creí,
y hoy no hay mendigo al que no envidie sólo [por no ser yo.
A cada uno miro los andrajos y las llagas
[y la mentira,
y pienso: quizá nunca hayas vivido ni [estudiado ni amado ni creído
(porque es posible hacer la realidad de todo [eso sin hacer nada de eso);
quizá hayas existido apenas como lagartija a [la que cortan el rabo
y es sólo un rabo removiéndose más acá de [la lagartija.

Hice de mí lo que no supe,
y lo que podía hacer de mí no lo hice.
Vestí un disfraz equivocado.
Me conocieron enseguida como quien no  [era, y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la máscara,
la tenía pegada a la cara.
Cuando me la quité y me vi al espejo,
ya había envejecido.
Estaba borracho, no sabía vestir el
[disfraz que no me había quitado.
Arrojé la máscara y dormí en el guardarropa
como un perro al que tolera la gerencia
por ser inofensivo.
Y voy a escribir esta historia para probar
[que soy sublime.

Esencia musical de mis versos inútiles,
quién pudiera encontrarte cual cosa hecha [por mí,
en vez de quedarme siempre frente al [Estanco de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo,
cual alfombra en que un borracho tropieza
o esterilla que robaron los gitanos y no valía
[nada.
Pero el Dueño del Estanco asoma a la puerta,
[se queda en la puerta-
Lo miro con la incomodidad de tener mal [colocada la cabeza,
con la incomodidad del alma que está [malentendiendo.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará el letrero y yo dejaré versos.
Un día morirá también el letrero, y los [versos también. 
Tras ese día morirá la calle donde estuvo el [letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Después morirá el planeta girante donde [todo eso aconteció.
En otros satélites de otros sistemas algo así [como gente
continuará haciendo cosas como versos y [viviendo bajo cosas como letreros.

Siempre una cosa frente a la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo [real,
siempre el misterio de lo hondo tan [verdadero como el sueño de misterio de la [superficie,
siempre esto o siempre otra cosa, o ni una [cosa ni otra.

Mas un hombre entra en el Estanco (¿para [comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente [sobre mí.
Me semincorporo enérgico, convencido, [humano,
para intentar escribir estos versos en que [digo lo contrario.

Enciendo un cigarrillo mientras pienso en [escribirlos
y con el cigarrillo saboreo la liberación de [todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y gozo en este momento sensitivo y [adecuado
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es sólo [consecuencia de hallarse uno indispuesto.

Después me reclino en la silla
y continúo fumando.
Mientras el Destino me lo conceda, [continuaré fumando.
(Si me casara con la hija de mi lavandera
tal vez fuese feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me [acerco a la ventana.

El hombre sale del Estanco (¿guarda el [cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, lo conozco: es el Esteves sin metafísica.
(El Dueño del Estanco asoma a la puerta.)
Como por instinto divino Esteves se vuelve y [me ve.
Gesticula un adiós, le grito: ¡Adiós Esteves!,
[y el universo
se me reconstruye sin ideal ni esperanza, y [el Dueño del Estanco sonríe.

15 de enero de 1928 

Versión de
JOSÉ ANTONIO LLARDENT

8.4.11

+”Romance del prisionero”, interpretado por Joaquín Díaz

Una de las entradas que más visitas recibe en este modesto blog –supongo que por escolares obligados a realizar algún trabajo para la clase de Literatura– es la que recoge varias versiones del Romance del prisionero, así como un comentario de Azorín.

Como complemento a esas versiones, os propongo ahora la que interpreta Joaquín Díaz, un cantante y musicólogo empeñado en mantener viva nuestra rica tradición romancera.

“Romance del prisionero”, interpretado por Joaquín Díaz

6.4.11

+”[Negra sombra]”, de Rosalía de Castro, interpretado por Amancio Prada [y Luz Casal], con la traducción de Juan Ramón Jiménez

Rosalía de Castro convirtió a la sombra en uno de los símbolos de su poesía. Sombra omnipresente, mensajera de oscuros temores; sombra indefinible que cercena la seguridad; sombra vaga que encapota el presente.

Una sombra tristísima, indefinible y vaga, /
como lo incierto siempre ante mis ojos va /
tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye, / corriendo sin cesar. / Ignoro su destino…, mas no sé por qué temo, / al ver su ansia mortal, / que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.
[De En las orillas del Sar.]

En Follas novas figura el más famoso acercamiento —interpretado en el vídeo por Amancio Prada— al tema de la sombra. Lo transcribo según apareció en la primera edición (Follas novas. Versos en gallego, de [por] Rosalía Castro de Murguía, precedidos de un prólogo por [de] Emilio Castelar. Habana, La Propaganda Literaria, 1880) [Los “de” y “por” se alternan, curiosamente, en la portada y en la cubierta.]:

* * *

Cando penso que te fuches, / Negra sombra
que m’asombras, / Ô pe d’os meus
cabezales / Tornas facéndome mofa.

Cando maxino (1) qu’ês ida / N’o mesmo sol te m’amostras, / Y eres a estrela que brila, / Y eres o vento que zóa.

Si cantan, ês tí que cantas, / Si choran, ês tí que choras, / Y-ês o marmurio d’o rio / Y-ês a noite y ês a aurora.

En todo estás e ti ês todo, / Pra min y en min mesma moras, / Nin m’abandonarás nunca, / Sombra que sempre m’asombras. _________________
(1) La x lleva diéresis.

“Negra sombra”, de Rosalía de Castro, por Amancio Prada

Tomando nota del comentario de Javier Quiñones, incluyo la versión de Luz Casal y Carlos Núñez.

Juan Ramón Jiménez tradujo así el poema de Rosalía de Castro:

[Cuando pienso que te huyes] 

Cuando pienso que te huyes, /
negra sombra que me asombras, /
al pie de mis cabezales, / tornas haciéndome mofa.

Si imagino que te has ido, /
en el mismo sol te asomas, / y eres la estrella que brilla / y eres el viento que sopla.

Si cantan, tú eres quien cantas; /  
si lloran, tú eres quien llora; / y eres murmullo del río /
y eres la noche y la aurora.

 
En todo estás y eres todo, / para mí en mí misma moras, / nunca me abandonarás, / sombra que siempre me ensombras.

[Traducción de Juan Ramón Jiménez]

4.4.11

*Sinceridad sin testigos / La peste, el erotismo y el incendio de Londres en los “Diarios” de Samuel Pepys

De la contracubierta de la selección de los Diarios de Samuel Pepys, publicada por Renacimiento en 2003, copio los siguientes párrafos, que ayudan a situar al hombre cuya historia cotidiana se refleja en las páginas de tan sorprendente libro:

Samuel Pepys (Londres, 1633-1703) era hijo de un modesto sastre londinense, pero su parentesco con Sir Edward Montagu, futuro Lord Sandwich, le permitió colocarse en un puesto oficial e iniciar desde allí una carrera de funcionario que habría de colmarlo de honores. Llegó a ocupar el cargo de Secretario del Almirantazgo, fue miembro del Parlamento y Presidente de la Real Sociedad.

A los veintisiete años comienza la redacción de este diario y lo termina diez años después, obligado por una enfermedad de los ojos que amenaza con hacerle perder la vista... Pepys era un hombre inteligente, estudioso, lleno de una gran ambición y cargado de muchas y muy profundas debilidades. Poseía dos innegable virtudes: la sinceridad ante sí mismo y la capacidad de trabajo. Le interesaban todas las manifestaciones de cultura: la música, la pintura, la literatura, el teatro. Dominaba varias lenguas, vivas y muertas. Tocaba el laúd y componía pequeñas obras. Pero, simultáneamente, y con igual entusiasmo le atraían el dinero, las mujeres, los halagos, el vino y la buena mesa. He aquí, pues, el hombre más indicado para ofrecernos el verdadero cuadro de la Inglaterra del siglo XVII...

Pepys recurrió, para redactar sus notas, a un sistema de tipografía inventado en 1620 por Shelton, un oscuro profesor londinense. Probablemente si Pepys no hubiese dispuesto de este sistema encriptado de escritura hubiera contenido su sinceridad evitando estampar nombres y sucesos que, de ser conocidos por sus contemporáneos, podrían haberle costado la carrera o la vida.

El libro permaneció inédito hasta 1825, en que el reverendo John Smith acometió la transcripción,
labor que le llevó tres años.

Samuel Pepys


1665

Junio, 10
Al regresar esta noche para cenar, me enteré de que la peste acaba de aparecer en la City, justamente en la calle Fenchurch, en la casa del Dr. Burnett, mi buen amigo y vecino. En la oficina terminé mis cartas, decidido a ordenar mis asuntos y mi fortuna, para el caso de que Dios dispusiera llamarme hacia sí. ¡Que se cumpla su voluntad!

Junio, 17
Me impresionó profundamente esta tarde, mientras viajaba en un simón, cuyo cochero guiaba más y más lentamente, hasta que de repente se paró y cayó, diciéndome que se sentía muy enfermo y casi ciego. Bajé, por consiguiente, y tomé otro coche, entristecido por el pobre hombre y también por mí, no sea que lo haya atacado la peste.

Julio, 3
He decidido ordenar todas mis cosas, pues la estación se presenta tan malsana que es de temer que no podamos escapar al contagio. Dios me proteja y prepare ante el golpe.

Julio, 26
En coche a casa de mis primos Joyce, quienes me comunicaron la triste nueva de la muerte de numerosas personas de la parroquia (cuarenta anoche: la campana no cesa de sonar). A la Bolsa, donde me quedé charlando con la hermosa Mrs. Batelier, verdaderamente, una de las mujeres más bellas que conozco. De regreso a casa, me puse a escribir mi diario de estos cuatro días últimos, cuatro días de suprema satisfacción, de honra y placeres a pedir de boca. Todo parece dispuesto por Dios Todopoderoso con la finalidad de hacerme feliz. La epidemia ha aparecido en nuestra parroquia esta semana y penetrado a decir verdad por doquier. Trato ya de poner en orden mis asuntos. Dios me acuerde la gracia de llegar a un resultado exitoso.

Agosto, 10
A la oficina, donde nos quedamos toda la mañana, impresionadísimos por la forma en que aumenta el boletín de mortalidad: más de tres mil defunciones esta semana. Vuelto a casa, me puse a redactar mi testamento. Me he comprometido por juramento a terminarlo mañana por la noche, pues la ciudad se ha tornado tan malsana, que no puede contar uno con dos días de vida.

Página del diario de Samuel Pepys


Agosto, 12
En adelante, la oficina no estará abierta más que el jueves, de modo que permanecí en casa toda la mañana, poniendo mis documentos en orden. A mediodía vinieron a buscarme de parte de Sir G. Cartetet para ir a Deptford. Allí encontré al viejo Bagwell, que anduvo unos pasos conmigo y me llevó a casa de su hija. Cuando salió, ego had my volonté de su figlia. [Hice lo que quería con su hija.] Habiendo bebido y comido, en marcha hacia mi hogar. Después de trabajar en la oficina y arreglar mis cosas, me acosté tarde. Muere tanta gente que no hay más remedio que enterrarla de día. Ya no bastan las noches. El Lord Mayor ordena al pueblo que no salga después de las nueve, a fin de que los enfermos puedan ir a tomar aire.

Agosto 22
Camino de Greenwich, vi el ataúd de un apestado, en una cerca próxima a una granja. Yacía allí desde anoche; la parroquia no ha designado a nadie para sepultarlo. Se conformaron con colocar día y noche un guardián a su lado, para evitar que la gente saliera o entrara en la granja. Es cruel. Este azote nos torna feroces como perros con el prójimo. De ahí a Deptford, donde finiquité determinados asuntos. Luego paseé a mis anchas y encontré a Mrs. Bagwell, con su madre. Faciebam le cose que ego tenebam a mind to con elle.
[Hice lo que me dio la gana con ella.]

Agosto, 31
En la City, seis mil doscientas personas han fallecido esta semana. Pero se presume que la verdadera cifra es de diez mil, a causa de los pobres, por una parte, imposibles de contar debido a su cantidad, y de los cuáqueros, por otra parte, que no quieren que las campanas repiquen por ellos.

Septiembre, 3
Día del Señor. Me puse el traje de seda de color, que tiene gran prestancia, y mi peluca nueva, que no me atrevía a usar, porque la peste arreciaba en Westminster cuando la compré. Quisiera saber si las pelucas estarán todavía de moda, cuando la epidemia termine: nadie osará comprar cabello en el temor de que pertenezca a cadáveres de apestados. Es de observar la locura de las gentes que continúan, a pesar de las prohibiciones, escoltando los ataúdes, en muchedumbre, para mirar cómo los entierran.

Septiembre, 14
Me asombró la animación que reinaba en la Bolsa: doscientas personas, por lo menos. Me esforcé por hablar con el mínimo de gente posible; en efecto, ya no se observa más el reglamento sobre la clausura de las casas infectadas, de manera que, sin duda, uno tropieza con gente que lleva la peste consigo.

1666

Enero, 16
Las condiciones actuales justifican nuestro temor de que la peste dure todavía el verano próximo. Demasiados sucesos desagradables me ha acarreado ya esta maldita peste.

Enero, 30
Fue hoy la primera vez que estuve en la iglesia desde que abandoné Londres. Me atemoricé más de lo imaginable al ver tantas tumbas de apestados. Salí muy turbado y no pienso retornar por un buen tiempo.

Febrero, 12
Vino Mr. César, el hijo de mi maestro de laúd, a quien no veía desde la peste. Estuvo todo el tiempo en Westminster Hall, muy bien. Me contó que en el apogeo de la epidemia gente intrépida asistía por pasatiempo a los funerales de pestíferos, a pesar de que los enfermos les lanzaban el aliento en sus propias caras.

Agosto, 6
Mrs. Sarah Daniel nos contó que Greenwich está actualmente peor que nunca, al igual que Deptford; cree que todos sus habitantes vendrán a Londres, que ahora es el receptáculo de la gente que se aleja de los lugares infectados. ¡Dios nos ampare!

Septiembre, 2
Día del Señor. Algunas de nuestras doncellas, que permanecieron despiertas hasta tarde efectuando los preparativos para la festividad de hoy, nos llamaron a eso de las tres para señalarnos un gran incendio que se divisaba en la City. Me levanté y me deslicé en camisón hasta la ventana. Calculé que sería en la parte de atrás de Market Lane, es decir, suficientemente lejos, por lo que volví a acostarme. A las siete volví a levantarme para vestirme; el incendio se había calmado y parecía más alejado. Comencé a arreglar mi escritorio, que había limpiado a fondo ayer. Pronto Jane vino a decirme que más de trescientas casas se habían quemado durante la noche y que el fuego continuaba cerca del puente de Londres. [...] En el muelle tomé una barca y pasé por debajo del puente. Allí asistí a escenas lamentables. Las gentes trataban de salvar sus bienes, los arrojaban sobre los muelles o los amontonaban en los botes. Unas palomas no se decidían a abandonar sus nidos y revoloteaban en torno a las ventanas y balcones hasta el momento en que caían, enrojecidas las alas. Al cabo de una hora, el fuego hacía estragos en todas direcciones y nadie, hasta donde yo podía darme cuenta, intentaba extinguirlo. No se pensaba sino en colocar las cosas al abrigo y dejaban arder las casas. El viento, muy fuerte, empujaba el incendio hacia la City. Tras una sequía tan larga, todo era combustible, hasta las piedras de las iglesias.

Samuel Pepys, Diarios (1660-1669)
Prólogo de Paul Morand
Traducción de Norah Lacoste
Sevilla
Renacimiento
2003

1.4.11

+”Las personas curvas”, de Jesús Lizano, en su propia voz, con un enlace a su poema naturalista, hímnico y coral dedicado “A la mierda”

Fruto de mis paseos por You Tube, traigo hoy un poema que Jesús Lizano escribió para exorcizar la reiterada admonición materna: ¡A mí me gustan las personas rectas!, ¡¡¡rectas!!!

Como podréis comprobar, está fuera de duda que Lizano es un rapsoda singular, ya que todo en él es uno.

“Las personas curvas”, de Jesús Lizano (con Sánchez Dragó al fondo).

Los amantes de la escatología más olorosa no deberían perderse el poema, naturalista hímnico y coral, que Lizano dedica A LA MIERDA.