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30.10.10

El paseo

Para porfiar un poco con este tiempo lluvioso y autumnal, recupero un texto escrito en la ya lejana primavera.

Lo agradable de pasear es que no se va a ninguna parte, ni se obedece a razones. El paseo encuentra en sí mismo su fin. ¡Y qué dichoso resulta en parajes esquivos al ruido, los coches, el aire viciado de la urbe! Pero el paseo no sólo vive de ideales; siempre puede ser agradable, bajo cualquier circunstancia, a condición de que no se le impongan yugos. Cuando uno pasea, se percata de lo de fuera, los pequeños cambios, y de lo de dentro, la retahíla de ideas, recuerdos, imágenes, ocurrencias, divagaciones y etcétera que pululan por nuestro cerebro, y que como si fueran nubes -veloces o torponas- lo atraviesan sin orden ni concierto. Y nunca sabemos de antemano qué derroteros seguirán esos pensamientos que remedan flechas lanzadas al vacío: lo mismo que nos asalta un recuerdo de infancia, o que nos apremia un desasosiego reciente, podemos recuperar esa palabra que teníamos en la punta de la lengua y que no terminaba de surgir... Nosotros no llevamos el hilo de esa cometa: sigue su propio vuelo. Por eso, un paseo siempre sorprende, tanto si nos lleva a viejos rincones de la memoria como si nos recuerda esperanzas agostadas hace mucho o nos empuja hacia el tiempo no vivido...

Pero para poder hablar de paseo es preciso dejarse llevar por los pies. Sólo así podremos llegar a  sorprendernos de nosotros mismos, del mismo modo que nos sorprenden esos pensamientos que cruzan nuestra mente cuando, libre de apremios, ponemos la atención en ella. Los pensamientos, en el más amplio sentido cartesiano, siempre están ahí, y fluyen sin cesar, aunque no seamos conscientes de ello; lo mismo que nos sucede, por otra parte, con tantas cosas de la vida.

28.10.10

Del negro al gris

A (refiriéndose a C).- Sí… Daba clases en la universidad… De novela negra.
B (sonriendo).- No, no… De literatura gris…

26.10.10

*Lírica de tipo tradicional. Poemas anónimos (y 3)

Ojos que no ven

lo que ver desean,

¿qué verán que vean? [217]

***

Aires frescos del Prado,

favor os pido,

que me anegan las olas

del mar de olvido. [232]

***

-Dime, pajarito que estás en el nido:

¿La dama besada pierde marido?

-No, la mi señora, si fue en escondido. [298]

***

Quien me vido algún tiempo

y me ve agora,

¿cuál es el corazón que no llora? [309]

***

¡Ah, si viese el día,

si viese, ah, si viese

la tristeza mía

que mía no fuese! [318]

DÁMASO ALONSO y JOSÉ MANUEL BLECUA, Antología de la poesía española. Lírica de tipo tradicional. 2ª ed., 3ª reimpr. Editorial Gredos, Madrid, 1978.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

24.10.10

Margaritas de domingo

                                                                 A Lola

-¡Se me fue! ¡Ahora me toca esperar media hora!

A pesar de las prisas, la vieja había perdido el autobús. Aparentaba unos setenta años. Parecía afable. Demostró ser dicharachera. Una mujer de mediana edad, flanqueada por bolsas de plástico, esperaba en la parada. (Quizá viniera de comprar en el rastro.) A esa hora de la mañana, el sol otoñal caía suavemente sobre la Plaza de Castilla, y el metálico obelisco no dibujaba sombra alguna.

-Todos los domingos voy al cementerio. Cada treinta minutos sale un autobús. Debe de haber dos o tres de servicio.

Pobrecilla, pensó la mujer, tendrá enterrado a su marido, en el mejor de los casos. O a su hijo, en el peor… Un sabio taoísta dijo que no es justo que los padres sobrevivan a los hijos. La armonía del universo se resiente.

-Me gusta mucho ir al cementerio. Lo mismo me da que sea primavera o verano, otoño o invierno. Lo peor es que el autobús sale cada media hora…

Pobrecilla, pensó la mujer, ¡todos los domingos del año! ¡Cuánto añora a sus muertos, sean quienes sean!

-Para mí, el domingo es el día más importante de la semana. El domingo es el día del cementerio. Sin el domingo, la semana quedaría hueca.

Pobrecilla, pensó la mujer, qué fidelidad, qué devoción. Ni Novalis por su Sofia…

-Me encanta ir... aunque no tengo a nadie en el cementerio, sabe usted. Tan sólo una maceta con margaritas, que riego todos los domingos.

22.10.10

*Lírica de tipo tradicional. Poemas anónimos (2)

Soledad tengo de ti,

tierra mía do nací.

Si muriera sin ventura,

sepúltenme en alta sierra,

porque no extrañe la tierra

mi cuerpo en la sepultura,

y en sierra de grande altura,

por ver si veré de allí

las tierras a do nací. [114]

***

De donde venís, amores?

Bien sé yo de dónde.

Caballero de mesura,

¿do venís la noche escura?

¿De dónde venís, amores?

Bien sé yo de dónde. [123]

***

Malferida iba la garza

enamorada:

sola va y gritos daba.

Donde la garza hace su nido,

ribericas de aquel río,

sola va y gritos daba. [133]

***

Si los delfines mueren de amores,

¡triste de mí!, ¿qué harán los hombres

que tienen tiernos los corazones?

¡Triste de mí! ¿Qué harán los hombres? [136]

***

Soñaba yo que tenía

alegre mi corazón;

mas a la fe, madre mía,

que los sueños, sueños son. [198]

DÁMASO ALONSO y JOSÉ MANUEL BLECUA, Antología de la poesía española. Lírica de tipo tradicional. 2ª ed., 3ª reimpr. Editorial Gredos, Madrid, 1978.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

20.10.10

Jorobados

Tres famosos jorobados: Lichtenberg, Kierkegaard... y Quasimodo; pero no el poeta nobel, que yo sepa. (A la joroba me refiero, no a la fama.)

18.10.10

*Lírica de tipo tradicional. Poemas anónimos (1)

¿Qué faré yo o qué serád de mibi?

¡Habibi,

non te tolgas de mibi! [2]

Amigo, ¡no te apartes de mí! ¿Qué haré, qué será de mí si tú me dejas?

***

Si muero en tierras ajenas,

lejos de donde nací,

¿quién habrá dolor de mí? [19]

***

No quiero ser monja, no,

que niña namoradica só.

Dejadme con mi placer,

con mi placer y alegría,

dejadme con mi porfía,

que niña malpenadica só. [50]

***

Vuestros son mis ojos,

Isabel,

vuestros son mis ojos

y mi corazón también. [63]

***

De los álamos vengo, madre,

de ver cómo los menea el aire.

De los álamos de Sevilla

de ver a mi linda amiga,

de ver cómo los menea el aire.

De los álamos vengo, madre,

de ver cómo los menea el aire. [96]

DÁMASO ALONSO y JOSÉ MANUEL BLECUA, Antología de la poesía española. Lírica de tipo tradicional. 2ª ed., 3ª reimpr. Editorial Gredos, Madrid, 1978.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

13.10.10

Las palabras (y lo que significan)

Alejandro Rossi, en su famoso Manual del distraído, cuenta una anécdota deliciosa, ejemplar y acaso apócrifa, que bien pudiera pasar por microrrelato:

Tuve una novia extraña. Me confesó que era criptojudía y yo pensé —en mi ignorancia cristiana— que era una secta erótica. Durante meses esperé la invitación.

Tiene gracia la cosa. Unas veces nos inventamos el significado de las palabras; otras veces, las utilizamos con precisión, ignorando que su uso acaso sea ya otro; otras veces…

Visto lo visto, me planteo algunas preguntas: ¿quién no imaginó alguna vez un significado propio para cierta palabra?, ¿quién no distingue entre palabras sedosas y ariscas?, ¿quién no usó alguna vez palabras de cuyo significado dudaba?, ¿quién no dudó alguna vez de sí mismo al usar una palabra?, ¿quién no tuvo alguna vez la certeza de no ser entendido?, ¿quién no malinterpretó alguna vez, engañado por el contexto, el significado de una palabra?, ¿quién no sintió alguna vez que ciertas palabras parecen rebelarse contra lo que significan?

Visto lo visto, ¿cómo extrañarse de que en cada cosa que oímos, y en cada cosa que leemos, vaya implícita nuestra interpretación de lo que oímos y de lo que leemos? La interpretación, en suma, de lo que somos.

11.10.10

Suicidio imperfecto

Alguna vez, en horas tristes, acarició la idea del suicidio. Pero siempre acabó rechazándola. Por pereza, más que nada: odiaba los preparativos... aborrecía las excusas... Y así acabó creyendo que lo mejor era dejarse matar. Poco a poco. Por la vida. Día a día. Hasta la muerte.

9.10.10

«El desgraciado está siempre ausente de sí mismo, nunca íntimamente presente» (Maneras de ser desgraciado, según Søren Kierkegaard)

Caricatura de Kierkegaard

«En todas las obras sistemáticas de Hegel hay siempre un apartado que trata de la conciencia desdichada. No se pueden leer estos estudios sin una profunda inquietud y hondo temblor cordial, temiendo siempre que se va a alcanzar un saber demasiado grande o demasiado pequeño. La denominación de conciencia desdichada es de tal magnitud que basta mencionarla en una simple conversación como para que casi sintamos que se nos hiela la sangre en las venas o se nos pongan los nervios de punta. ¿Qué diremos cuando se trata de ella a fondo, como en el caso que comentamos? ¿No os produce vértigos, como a pobres pecadores, el verla así expuesta? ¿No os estremecéis como si tuvierais delante aquellas misteriosas palabras de un cuento de Clemente Brentano: tertia nux mors est? [El cuento de Brentano se titula Las tres avellanas, y cabalmente “la tercera avellana es la muerte”. Habría que leer el cuento íntegro para que estas últimas palabras tuvieran un efecto tan estremecedor sobre nosotros. S. K.] ¡Dichoso el que da este asunto por concluido una vez que ha escrito un párrafo sobre el mismo! ¡Y más dichoso aún el que es capaz de escribir las líneas que siguen! El desgraciado, en definitiva, es aquel que de una manera u otra tiene fuera de sí mismo lo que él estima ser su ideal, el contenido de su vida, la plenitud de su conciencia y su verdadera esencia. El desgraciado está siempre ausente de sí mismo, nunca íntimamente presente. Ahora bien, se puede estar ausente o en el pasado o en el futuro. Con esto queda suficientemente circunscrito todo el territorio de la conciencia desdichada. Agradezcámosle a Hegel el haber establecido con tanta precisión estos límites. Y ahora, cumplido este deber de gratitud, adentrémonos en ese país, no como meros filósofos que contemplan las cosas a distancia, sino como auténticos indígenas que examinan de cerca los diversos estadios del fenómeno.

Por tanto, el desgraciado es un ausente. Pero la ausencia puede ser tanto en el pasado como en el futuro. Es necesario insistir mucho en esta expresión. Porque es evidente a todas luces, según nos lo enseña la misma ciencia del lenguaje, que hay un tiempo que es presente en el pasado y, de otra parte, un tiempo que es presente en el futuro. La ciencia del lenguaje nos habla también de un tiempo pluscuamperfecto, que no encierra nada de presente, y de un futuro perfecto que tiene esta misma peculiaridad. Con estas expresiones se viene a designar a los individuos que viven en la esperanza y en el recuerdo. Si, como regla general, admitimos que sólo es dichoso el individuo que está presente a sí mismo, entonces tendremos que decir que los individuos antes aludidos son en cierto sentido unos desgraciados, ya que viven exclusivamente en la esperanza o en el recuerdo. No obstante, en el sentido más rigurosos de la palabra, no se puede llamar desgraciado a un individuo que de un modo presente viva en la esperanza o en el recuerdo. Pues en estos casos lo que hay que destacar es que el individuo se halla presente en uno u otro extremo.

[…]

Por lo pronto, examinemos el caso del individuo que vive en la esperanza. Este individuo, según la regla general, es un desgraciado, pero al no ser presente a sí mismo, por cuanto vive en la esperanza, resulta un desgraciado en el sentido riguroso de la palabra. Un individuo que espera la vida eterna es, indudablemente, una personalidad desdichada hasta cierto punto, en la medida en que renuncia al presente, pero no podemos decir sin más que sea un desgraciado en el sentido estricto del vocablo, ya que él está presente a sí mismo en esa esperanza y no entra en litigio con los aspectos particulares de lo finito. En cambio, si tal individuo no se torna presente en la esperanza, sino que la pierde, y luego se pone a esperar de nuevo y así sucesivamente, nos está dando con ello señales inequívocas de ser un ausente de sí mismo, no sólo en el tiempo presente, sino también en el futuro. Esta es la descripción de un tipo de desgraciados. Los resultados serán muy parecidos si estudiamos el caso del individuo que vive en el recuerdo. Si éste logra estar presente a sí mismo en el tiempo pasado, no será un desgraciado en el sentido riguroso de la palabra. Pero si no lo logra, porque vive constantemente ausente de sí mismo en el tiempo pasado, entonces ya tenemos descrito otro tipo de desgraciados.»

SØREN KIERKEGAARD, “El más desgraciado. Arenga entusiasta a los cofrades cosepultos. Peroración para una de las reuniones habituales de los viernes”, en Obras y papeles de Kierkegaard. IX. Estudios Estéticos. II. De la tragedia y otros ensayos. Traducción directa del danés, prólogo y notas de Demetrio Gutiérrez Rivero. Ediciones Guadarrama, Madrid, 1969.

7.10.10

Enoch Soames y la posteridad

Cubierta de Enoch Soames

¡Pobre Soames!, ¡Enoch Soames!, víctima de sus ansias de gloria (¡literaria!) y de su morbosa curiosidad. Que alguien le pronosticara el reconocimiento póstumo, no hubiera saciado su curiosidad. Él quería saber de primera mano lo que dentro de cien años diría de su obra la historia de la literatura. Él, Soames, fracasado poeta que se creía genial, aspiraba a vivir la posteridad, y no sólo a imaginarla. El 3 de junio de 1897, en el restaurante Vingtième, del Soho londinense, Soames lanza una prédica ante el narrador:

¡Posteridad! ¡De qué me sirve a mí! Un hombre muerto ignora que la gente visita su tumba o peregrina al lugar de su nacimiento, tampoco sabe que se colocan lápidas y se descubren estatuas para honrar su memoria. Un hombre muerto no puede leer los libros que se escriben sobre él. ¡De hoy en cien años! ¡Imagínelo! ¡Si yo pudiera volver a la vida entonces, sólo unas pocas horas, suficientes para ir a la sala de lectura y leer! O todavía mejor: Si yo pudiera estar ahora mismo, en este momento, en ese futuro, en esa sala de lectura… ¡Me bastaría con las horas que le quedan a la tarde! ¡Me vendería en cuerpo y alma al Diablo! Piense en las páginas y páginas del catálogo: SOAMES, ENOCH interminables referencias, infinidad de ediciones, comentarios, prolegómenos, biografías…

Y como era inevitable, según la lógica literaria, sucedió lo previsible: el Diablo, siempre al ojeo de las almas perdidas en la ambición, hizo acto de presencia. Y hubo pacto. Diabólico.

Al despedirse de Soames, el Diablo, sonriendo, le advirtió:

–De hoy en cien años tampoco estará permitido fumar en esa sala de lectura…

Soames soltó el cigarrillo en el vaso de vino y desapareció en un santiamén. La sala de lectura del Museo Británico, le esperaba, con un siglo de adelanto: el 3 de junio de 1997.

Hasta la fecha crucial, Enoch Soames había publicado dos libros: Negaciones y Fungoides, ambos ignorados por la crítica y desconocidos por los lectores. A pesar de todo, Soames confiaba en la gloria. En el corto prefacio de Negaciones, Soames proponía:

Inclínate sobre la vida. Inclínate cerca, muy cerca.

La vida es un tejido, no trama ni urdimbre, la vida es sólo un tejido.

Por eso soy Católico en la iglesia y en el pensamiento, pero también dejo que mi genio teja lo que a mi genio se le antoje.

Al prefacio le seguía un cuento; al cuento, un diálogo entre Pan y Santa Úrsula; y al diálogo, unos aforismos titulados aforismata.

El narrador, testigo presencial del encuentro entre Soames y el Diablo, expresa así sus dudas sobre el valor de la obra del poeta:

De principio a final, había hecho en el libro una gran variedad de formas y era evidente que esas formas habían sido forjadas a cincel. Era la sustancia lo que se me escapaba. ¿Había alguna?, me pregunté. Y si a la postre Enoch Soames no era más que un pobre tonto… Hipótesis ahogada en seguida por la hipótesis contraria. ¿No sería yo el pobre tonto? Me incliné por conceder a Soames el beneficio de la duda. En su día había leído L’Après-midi d’un Faune sin encontrarle el más mínimo sentido. Y Mallarmé, naturalmente, era una genio. ¿Cómo estar seguro de que Soames no lo era? 

Si Mallarmé era un genio, ¿cómo estar seguro de que Soames no lo era? Espinoso dilema, ya que no todo el mundo es capaz de reconocer al genio. Ni de apreciarlo.

Ante la falta de pruebas de la existencia de Soames, el narrador, que no es otro que Max Beerbohm, el autor del relato, acaba preguntándose si acaso soñó la historia sin sospechar que la soñaba. Soames desapareció de la faz de la Tierra, como si nunca hubiera existido, pero no sin antes informar a Beerbohm del sorprendente resultado de sus pesquisas en el Museo Británico...

* * *

Según parece, la versión que recoge la Antología de la literatura fantástica, de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo, está mutilada. Aunque empecé a cotejar esta traducción con la de Juan Pedro Aparicio, desistí enseguida. Doy por bueno lo que se afirma en la contracubierta: la traducción de Aparicio «recupera por primera vez íntegramente en español un texto mutilado en las escasas versiones anteriores». Un relato, en cualquier caso, de inevitable lectura para quien quiera saber lo que Soames averiguó, el ya rezagado 3 de junio de 1997, en el Museo Británico.

_______

MAX BEERBOHM, Enoch Soames. Traducción de Juan Pedro Aparicio. Madrid: Rey Lear (Breviarios del rey Lear, 2, 62 págs.), 2006.

5.10.10

El amor escaleno (Un enigma)

A, B y C son más que amigos.

A quiere a B.

B ama a C.

C, alma cándida, pena de amor por A, aunque a veces duda. (Duda del amor y duda de la duda.)

Los tres se aman. A contrapelo.

Y a cuenta del amor, juntos sufren los tres.

3.10.10

Dalí y Buñuel, gamberros

Buñuel y Dalí

En sus años mozos, Buñuel y Dali fueron unos consumados gamberros. (¿Es posible que Dalí lo fuera toda su vida?) Ellos, como otros muchos, hicieron de Juan Ramón Jiménez blanco de sus iras. No le perdonaban nada; ni siquiera Platero, el algodonoso burrito, se libraba de sus invectivas. Eran los tiempos (¡los felices 20!) en que las vanguardias artísticas arrasaban, convirtiendo las discrepancias estéticas en asuntos bélicos. 
"¡Cuánto sinvergüenza y qué poca ética estética", quizá pensara el poeta de Moguer.

*   *   * 

Sr. Dn. Juan Ramón Jiménez
Madrid

            Nuestro distinguido amigo: Nos creemos en el deber de decirle -sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por cadavérica, por arbitraria.
          Especialmente:
          ¡¡MERDE!!
para su Platero y yo, para su fácil y mal intencionado Platero y yo, el burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado.
          Y para V., para su funesta actuación, también:
          ¡¡¡MIERDA!!!
          Sinceramente

                                LUIS BUÑUEL     SALVADOR DALÍ

(David Castillo y Marc Sardá, Conversaciones con José "Pepín" Bello. Barcelona, Anagrama, 2007.)

1.10.10

¡Cierra los ojos!

Hay que cerrar los ojos para ver lo que se fue. (El recuerdo es ciego con los ojos abiertos.) Lo que vemos, apenas nos deja ver lo que queremos. Perdidos en el río del tiempo, miramos hacia atrás y divisamos con pena la nuca de los años muertos (con su gozo de días y sus muecas de dolor).

Con los ojos abiertos, el recuerdo es mudo, el recuerdo es ciego.

No basta mirar para ver. Si logramos ver con los ojos del alma (sea el alma lo que sea, miren los ojos lo que miren), entonces seremos capaces de atisbar lo que buscamos (esa savia dormida en las venas de los años).

El recuerdo no es abismo, es puente. Puente que nos lleva a los días desvencijados de antaño, a las desportilladas emociones, a los miedos leprosos, a las vanidades de siempre, a las esperanzas vírgenes, al pasado, en suma, ese pasado que lentamente inscribe, como una lluvia fina, realidades en nuestro cuerpo.

El pasado nunca vuelve, susurra la razón; el pasado está muerto, bisbisea el buen sentido. Y, sin embargo, el pasado no ha muerto en mí mientras yo viva. El pasado habita en mí, y soy yo ese pasado que surca mis venas y resiste en mi saliva; que alienta en mi sangre y amanece en mis uñas. Mientras me dure la vida (y si no me he muerto antes), mi pasado no ha muerto. Vivirá mientras yo viva y hasta que yo muera y sólo sea el eco invisible de la vida que fui.

No vuelve el pasado; no se ha ido, a la espera de acompañarme a la tumba (la tumba del olvido, que encierra en ataúdes las palabras, los silencios, los despojos; en ataúdes o en urnas plenas de ceniza —metáfora del todo  mudado en nada).