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31.5.12

¿Cuándo mañanaremos? Un poema de Bergamín

A tiempos sombríos les cuadra bien este soneto de Bergamín. Soneto que aplica tales recortes al dispendio silábico del endecasílabo que acaba –austeridad obliga– en el muy castizo octosílabo.
Si las palabras de un texto son siempre las mismas, no siempre dicen lo mismo, ni aun al mismo lector; pero en cada nueva lectura siempre se cumple el poema, diga lo que diga.

 

Siempre mañana y nunca mañanamos.
                                         LOPE

Mañana está enmañanado
y ayer está ayerecido:
y hoy, por no decir que hoyido
diré que huido y hoyado.

A tal extremo ha llegado
hoy a perder el sentido
que al mañana ha convertido
en "cualquier tiempo pasado".

Un ayer futurizado
y un mañana preterido
nos han escamoteado

un hoy por hoy suspendido
de un mañana anonadado
y de un ayer evadido.


JOSÉ BERGAMÍN, Rimas y sonetos rezagados, 1962.


30.5.12

Mínimo elogio de la claridad

Hay cosas que se ven turbias,
y hay cosas que se ven claras;
y hay cosas que no se ven
de tanto querer mirarlas.
JOSÉ BERGAMÍN

La claridad es acreedora de elogios; merecidos, incluso si a veces delata simpleza, espíritu romo y burda nadería.

Lo claro reclama tonos claros; y lo oscuro, oscuros. Y así como en unos pintores predomina la luz, en otros reinan las sombras. (Luz y sombra: anverso y reverso de lo mismo.) Otro tanto sucede con los poetas. Y uno hubo, llamado Góngora, que de príncipe de la luz pasó a ser príncipe de las tinieblas, según dictamen de Francisco de Cascales.

Aspirar a la claridad es razonable, incluso a la claridad de lo oscuro (aunque siempre haya almas náufragas prendidas en lo umbrío y reacias a la luz). Irrenunciable es la claridad, en lo oscuro y en lo claro, aunque tantas veces sea meta inalcanzada. Como sucede con cualquier virtud, el mero deseo no la alcanza. 

28.5.12

El vuelo de Ícaro

          Soñó que era Ícaro. 
          Y subía, subía, subía... 
          (Ícaro, vástago de Dédalo.) 
          Y caía, caía, caía...  

          El despertador ‒lacayo de Cronos‒ evitó la desgracia.

25.5.12

De insultos y blasfemias

Como el tiempo no pasa en balde, también los insultos envejecen, pierden garra, se amodorran. ¿Quién querría hoy zaherir con un mastuerzo, mentecato, cenutrio, lerdo, pánfilo, lila, sandio, modorro, estólido, tarugo, memo, botarate, fatuo, bobo, lelo, majadero, mendrugo, tonto, gilí, zote, beocio, panoli…?

¡Si parece que estamos pidiendo perdón...!

Con los años, a los insultos se les caen las uñas. Pero siempre quedará el clásico y tonante ¡hijo de puta!, de tan adversas connotaciones, y cierta palabreja caprina capaz de sulfurar al más pintado. La nómina de insultos del  Casares me reservaba una sorpresa nunca oída, digamos que inaudita: motolito, que puestos a imaginar vendría a ser un adoquín en movimiento.

Las blasfemias, por su parte, limado su poder ultrajante, languidecen allí donde se vive de espaldas a lo divino. (En otros lugares, sin embargo, una blasfemia puede costar un gran disgusto; tiempos y lugares no son unívocos, ni ahora ni nunca.) Cuando la religión pierde fuelle, las blasfemias no medran, y acaso sea su destino quedar arrumbadas en los sótanos de la lengua, sin nadie que las diga.

22.5.12

La fuerza de las cosas

Las cosas tienen una fuerza que se impone a las ideas. Podemos pensar lo que queramos acerca de la realidad –la imaginación permite tales quiebros–, pero al final solo los hechos niegan o confirman lo pensado; y no al revés. ¿Y no al revés? Según y cómo. Seres hay que retuercen el pescuezo de la realidad con galimatías y la realidad parece plegarse a sus ideas. (Además de los ciegos, no lo olvidemos, están los que no quieren ver; y, asimismo, quienes, siendo videntes, fían de la ceguera de los otros.) La magia de tales taumaturgos no es blanca ni es negra, es translúcida; y sus palabras no se las lleva el viento, pues son viento; y si mudan de opinión con la velocidad del rayo, aún enoja más que siempre –digan lo que digan– ansíen tener razón. Gracias a su ventriloquia afirman que una cosa es ella misma y su contrario. Niegan la lógica de las cosas y humillan a la tozuda realidad: para mejor enseñorearse de ella.

19.5.12

“Ya sé lo que es el dadaísmo” (Del Diario 1921, de Castelao)

La Junta de Ampliación de Estudios concedió, en 1921, una beca a Alfonso R. Castelao para estudiar las últimas tendencias artísticas europeas. Durante nueve meses, el artista y escritor gallego visitó infatigablemente museos, iglesias y exposiciones en Francia, Bélgica y Alemania. Fruto de esta indagación es un variopinto y exhaustivo diario que permaneció inédito hasta 1977: Diario 1921. Francia, Belxica, Alemaña, aunque algunos apuntes fueron publicados en la revista Nos.

En el Diario 1921, Castelao opina sobre diversos movimientos artísticos y sobre muchos pintores, realiza decenas de dibujos, añade alguna tarjeta postal y recortes de prensa... Sin olvidar la añoranza del terruño, de su mujer y de su hijo. “Tengo una morriña que me machaca”, confiesa el primer día.

Al emprender su viaje de estudios, Castelao ya era un artista de arraigadas convicciones. Los ismos de la vanguardia, de los que Ramón Gómez de la Serna ofreció un extenso catálogo en su libro homónimo, son coto vedado para Castelao: tras las estridencias vanguardistas apenas descubre almas sin patria, acendrado desarraigo, cosmopolitismo volátil. Y su juicio sobre tales aventuras es severo. A sus ojos, poco se salva. El futurismo, tal vez, aunque a Castelao le parece imposible ser futurista siendo gallego. 

Hojeando este curioso libro he dado con las burlonas páginas que Castelao dedica al dadaísmo, en 1921, el año que, según Guillermo de Torre -uno de los ¡¡¡71!!! presidentes del movimiento Dadá- “marca en los fastos dadaístas el fin del apogeo y el comienzo de la decadencia”. Lejos quedaba ya el debut en el cabaret Voltaire de Zurich, en 1916. Tras las objeciones iniciales, Castelao se demora en el relato de su visita al Salón Dadá. La exposición pone a prueba su paciencia. Su manera de ver y de sentir no puede ser más distinta. A Castelao, que defiende el arte como expresión de lo popular y del sentimento da terra, le encocora el desenraizamiento dadaísta. Quedaban ya pocos años para la aparición del Manifiesto surrealista. En el novedoso y arrollador movimiento militaron algunos veteranos dadaístas (además de Breton, Soupault y Aragon, entre los escritores; el pintor Max Ernst…).

Es evidente que a Castelao las vanguardias le parecen una locura. Y de esa locura vendría a redimirle el estudio de la primitiva pintura flamenca (el Bosco, van Eick, Brueghel...): “lo mejor que hay en pintura”, afirma.


Los dibujos reproducidos en el Diario 1921 se pueden ver en este enlace al
Museo de Pontevedra


 

Día 13 [Junio, 1921]. Ya sé lo que es el dadaísmo. El dadaísmo no es nada; el dadaísmo es hacer nada con nada y es peor que nada porque es bobo, y en un pueblo donde hubiera un poco de higiene espiritual los dadaístas serían molidos a palos. El dadaísmo es decir ¡mierda! en una comida de personas decentes. En un país bien dirigido sería imposible exponer un cuadro titulado “Mi hermano el cura, mi hermana la dulce puta” y, sin embargo, he visto con mis propios ojos un cuadro titulado así. Bien sé que algunos pecados en un pueblo de mil almas no lo son en un ciudad de cien mil; pero por muchos millones que tenga París hay pecados que no se pueden perdonar. Ganas me dan de no escribir nada sobre eso que quieren llamar arte; pero he venido aquí a observarlo todo y cumplo con mi obligación. El dadaísmo tiene existencia en París y estoy seguro de que habrá muchos que lo tomen en serio.

Dadá es incoloro, inodoro, insípido”*. Así dice Philippe Soupault, uno de los dadás más significados. “Hay que ser perfectamente imbécil”, aconseja otro dadá, cosa muy necesaria para pensar que el dadaísmo es algo.

Estuve en dos exposiciones dadaístas: en la de Max Ernst y en el Salón Dadá (Exposición internacional). De la primera no diré ni pizca; perdió todo interés (¡!) ante la segunda.

En un frente del Salón se ve un maniquí colgado de hombre, un paraguas y un violonchelo. Debajo de estos aparejos hay un letrero que va de un lado a otro, y colgadas del letrero un montón de corbatas. El letrero dice así: “Aquí veis corbatas y no violines, aquí veis caramelos y no matrimonios”*. En un trozo de madera, unas gafas con un solo cristal: “retrato de un sordo”. En un cuadro hay un cascanueces de verdad, una esponja de verdad, y una pieza de diez céntimos: “Una bella muerta”*. Un tubo de cartón con un bonete de cardenal: “El exasesino con cabeza de alfiler (escultura)”*. Un sombrero colgado de un hilo: “Dadá se viste en Dadá”*.

Por las paredes se ven corbatas, tirantes, cajas de cerillas, ruedas de relojes y muchos letreros. En el sitio de un cuadro se ve un letrero que dice: “Un aficionado ahorrador ha robado este cuadro”*. Hay otros letreros: “Este verano los elefantes llevarán bigotes. ¿Y usted?”*; “¡Cuidado con el Ideal!”*; “Si quiere morir, siga”*; “Un estado dentro del estado dadá es dadá dentro de dadá”*; “¡¡Camarero!! Una patria y una crisis nerviosa”*. Lo que me hizo gracia fue ver orejas en las paredes y también me hizo reír un espejo que dice debajo: “Retrato de un desconocido”*. Anuncian una fiesta dadaísta en la que diez personas leerán un manifiesto de Picabia.

El dadaísmo no es nada; pero podía ser una burla de las nuevas escuelas de pintura y de escultura, podía ser algo que sobrepasara a todas ellas en extravagancia. Pero para eso tendría que ser más cómica y más ingeniosa. Por ejemplo: el cuadro del espejo (retrato de un desconocido) tiene su pizca de ironía; pero el resto es completamente tonto.

Creo que Picabia le tiene envidia a Picasso; pero Picasso dio primero y... ahí está. Si los artistas «passeistes» [nostálgicos del pasado] tuvieran verdadero talento podrían aniquilar las nuevas tendencias: bastaba con que pusieran en juego su inteligencia y que inventasen nuevas doctrinas, y que luego expusiesen cuadros locos. Esto nada más que durante uno o dos años, y decir después en un manifiesto: «Todo eso lo hicimos para que se vea que nosotros también sabemos hacer locuras; pero como eso no es Arte, volvemos a nuestro camino». Pero los «paseístas» también son tontos además de malos pintores.


ALFONSO R. CASTELAO, Diario 1921. Francia – Belxica – Alemaña. 
Prólogo, sinopsis y registro de artistas de Xosé Filgueira Valverde
Vigo: Editorial Galaxia/Museo de Pontevedra, 1977
[Traducción de Lola Fernández y Luis Valdesueiro]

* En francés en el original.

16.5.12

La limosna no es la solución (Cogitaciones de Budhi-Dhorma)

Dostoievski recelaba de la limosna, o eso piensa Budhi-Dhorma, y sus razones tendría; muchas tal vez, tantas como pobres. Quizás pensara que la limosna no extirpa de raíz la pobreza, y que antes desaparecerán los pobres que la pobreza misma. Pobres como ese que limosnea en la puerta de la panadería y abruma a los desafectos con un sarcástico “¡graaacias!”.

Budhi-Dhorma, en su ingenuidad, se preguntaba en tiempos: si doy limosna una vez, ¿estoy obligado a darla siempre? Budhi-Dhorma pensaba en los mendigos de puesto fijo, esos a los que siempre vemos y que siempre nos ven; no pensaba en el mendigo volandero al que en realidad nunca llegamos a ver. ¿Y sería bueno, persistía Budhi-Dhorma, forzarnos a obrar en aquello que debiera ser espontáneo?

Hace días, Budhi-Dhorma leyó en el periódico una noticia inusitada: un hombre amenazó a los viajeros del metro con sacar la pistola (y no hablaba a humo de pajas) si no le daban limosna. ¡Limosna a mano armada…! Ah, qué gran lubricante de la caridad es el miedo. A Budhi-Dhorma le atracaron una vez, en el puerto de Algeciras; pero él, alma de cántaro, creyó que socorría (generosamente, es cierto) a un soldado menesteroso. Pero eso fue en otro tiempo; ahora, cuando Budhi-Dhorma oye el “mas vale pedir que robar”, un escalofrío recorre sus buenos sentimientos.

14.5.12

T. S. Eliot: una curiosidad y una anécdota

Hojeo Razón, fe y revolución. En una pausa de su ataque a la Iglesia cristiana (sic), Terry Eagleton cuenta que una intervención de la CIA consistió en la divulgación “de una traducción al ruso del poema de T. S. Eliot ‘La tierra baldía’ [‘The Waste Land’] durante la Guerra Fría”. Y, con cierta sorna, el crítico marxista se pregunta si la agencia pretendía demostrar las virtudes del verso libre, y de la expresión libre, o si trataba de “desmoralizar a los soviéticos liberando en su seno el virus del nihilismo”. Inescrutables son los caminos de la literatura.

En otro orden de cosas, recuerdo una anécdota de Eliot, perfecto gentleman inglés nacido en Saint Louis (Missouri), que pone de relieve la fuerza de los tópicos. Quizás sucediera mientras el poeta trabajaba en La tierra baldía. Vivía en un piso de alquiler y sufría a unos vecinos ruidosos y bohemios. Un día, harto de la situación, se quejó al casero.

—Ah, Mr. Eliot –oyó el poeta–, compréndalo usted: ¡son artistas...!

Y el perfecto gentleman inglés, nacido en Saint Louis (Missouri), agachó la cabeza, avergonzado. ¡Lástima que él solo fuera un poeta de apariencia gris y burocrática!

12.5.12

[De la ilusión…]

Sospecho que no le falta razón a Clément Rosset: aceptar lo real, con todas sus consecuencias, es tarea que desborda nuestras capacidades. Así, pues, no es extraño que caigamos víctimas de la ilusión, esa percepción inútil, ese dejar a un lado lo real para vivir como si lo real no existiera. La ilusión nos permite vivir las cosas como si fueran distintas de su ser, es decir, siendo como suponemos (o queremos suponer) que son. El iluso ve, pero acto seguido mira hacia otro lado. En nuestra lengua, la ilusión es, además, apetencia esperanzada de algo. Tener ilusión significa, entonces, creer que los actos sellarán nuestros deseos. Ya no se trata de soslayar lo real, sino de anticiparlo. ¿Y dónde anida la desilusión? En que las cosas terminan siendo lo que son –pura realidad–, ajenas a nuestro deseo. Sentimos, entonces, que el pérfido destino nos ha herido con traición. El argumento de la tragedia se basa en que nadie escapa a su destino, a lo real, ya que lo real es nuestro único destino real.


LUIS VALDESUEIRO, Lucidario (1997)


9.5.12

Aforismos de Ramón Eder

Una expresión de Montaigne la vida ondulantesirve a Ramón Eder para titular su último libro de aforismos, que publica Renacimiento en la colección “A la mínima”, dirigida por Manuel Neila y dedicada al género aforístico.

Este libro de Eder consta de tres partes: Hablando en plata, Ironías y Pompas de jabón; las dos primeras son una selección de los libros homónimos, publicados en 2001 y 2007, respectivamente.

Ramón Eder cultiva una ironía fina y bienhumorada que le pone a salvo del sarcasmo y sus desgarros. Ironía que le permite desvelar sombras de la vida, aventar vicios de la costumbre o el pensar y desenmascarar lo obvio, invisible tantas veces.

Destino del aforista es mantenerse alerta, vigía en la frontera de lo profundo y lo banal. Ramón Eder supera con elegancia esta prueba.

Durante un tiempo, Eder mantuvo el blog Hablando en Plata. En él agavilló apuntes, aforismos y notas varias.


A F O R I S M O S


Los escritores son esas personas que tienen un yo de tomo y lomo.

*

Leer un buen libro mal traducido es como escuchar a Beethoven en un transistor.

*

¡Si tuviéramos siete vidas con qué valentía y desapego moriríamos las tres o cuatro primeras!

*

Soñar es hacer experimentos con el tiempo.

*

Somos inmortales todos los días de nuestra vida, excepto uno.

*

El fin justifica los miedos.


(Hablando en plata)

Contra el patético quiero y no puedo, nada mejor que practicar el elegante puedo y no quiero.

*

Un buen aforismo es un relámpago en las tinieblas.

*

Hay personas que tienen un mal gusto infalible.

*

Seríamos más felices teniendo la mitad de lo que tenemos y disfrutándolo el doble.

*

El pasado es imprevisible, cambia constantemente en la memoria.

*

Los domingos son la eternidad en miniatura.


(Ironías)

La melancolía tiene de bueno que nos impide caer en la megalomanía.

*

Uno nunca olvida su primer amor, ni lo recuerda.

*

Hay dos tipos de grandes escritores: los que nos gustan y los que nos aburren.

*

A las personas que tienen dos caras hay que mirarlas de perfil.

*

Como creía que la carne no es triste y aún no había leído todos los libros, disfrutaba de cierto bienestar.

*

Siempre cometemos los mismos errores, lo cual nos da una especie extraña coherencia. [Sic] [Supongo que falta un ‘de’: ¿vendría después de ‘especie”, o detrás de ‘extraña’?]

*

Se asomaba al abismo y tomaba notas.


(Pompas de jabón)

RAMÓN EDER, La vida ondulante
Sevilla: Editorial Renacimiento (“A la mínima”), 2012


7.5.12

¿Gigantes o molinos? (Un fragmento del Quijote precedido por unas notas de Martín de Riquer)

 Para llegar a una cabal comprensión del Quijote, pues, es preciso tener bien en cuenta que esta novela no es una sátira de la caballería o de los ideales caballerescos, como algunas veces se ha afirmado y puede hacer creer un juicio precipitado, sino la parodia de un género literario muy en boga durante el siglo XVI. […]

Se ha dicho también que el Quijote es el mejor de los libros de caballerías o la sublimación o idealización del género. Tal concepto es falso, ya que el Quijote no es un libro de caballerías sino precisamente todo lo contrario, o sea su parodia. […]

Lo cierto es que Cervantes se propuso satirizar y parodiar los libros de caballerías a fin de acabar con su lectura, que el consideraba nociva… […]

Y es que a lo largo de todo el siglo XVI los libros de caballerías habían sido objeto de constantes ataques y censuras por parte de filósofos, moralistas y autores graves, como Juan Luis Vives, fray Antonio de Guevara, Juan de Valdés y muchos otros que representan lo más autorizado del pensamiento español de la época. Todos ellos habían batallado para desacreditar la lectura de los libros de caballerías por considerarlos obra de personas ociosas y desocupadas, que escribían mal y enemigas de la verdad y de la historia auténtica, los cuales, con sus nocivos engendros incitaban a la ociosidad y al vicio y hacían perder el tiempo de un modo vano y pecaminoso. Estos graves escritores pedían que se prohibieran los libros de caballerías, que se quemaran y que se persiguiera su lectura, ideas en las que abundaban algunos procuradores en Cortes, en las que se llegó a debatir este punto, y ciertas autoridades eclesiásticas de España y de Indias. Pero todos estos esfuerzos eran vanos e inútiles: los libros de caballerías seguían imprimiéndose y leyéndose con avidez.

Cervantes, compenetrado con el pensamiento de los citados moralistas, sabía muy bien que estos predicaban en el desierto y que eran inútiles sus anatemas. Solo la ironía y la burla podían desacreditar tan perniciosos libros, y para evitar que se leyeran, lo más adecuado era ponerlos en ridículo. Desde 1605 menguan considerablemente las ediciones de libros de caballerías: el Quijote ha acabado con ellos.


MARTÍN DE RIQUER, “Cervantes y el Quijote” , en Don Quijote de la Mancha
Real Academia Española/Alfaguara, 2004
Edición del IV centenario

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como Don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que ésta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

-¿Qué gigantes? -dijo Sancho Panza.

-Aquellos que allí ves -respondió su amo-, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

-Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.

-Bien parece -respondió Don Quijote- que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla. 


Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, viii
Real Academia Española, 2004
Edición del IV centenario

5.5.12

“Onde hai un cruceiro...” / “Donde hay un crucero...” (Un texto de Castelao)

[DONDE HAY UN CRUCERO…]

Donde hay un crucero
hubo siempre un pecado, y cada crucero es una oración de piedra que hizo bajar un perdón del Cielo, por el arrepentimiento de quien lo pagó y por el gran sentimiento de quien lo hizo.

¿Habéis reparado en nuestros cruceros aldeanos? Pues reparad.

La Virgen de las Angustias, enclavada en el reverso de muchas cruces de piedra, no es la Piedad de los escultores; es la Piedad creada por los canteros.

Nuestros canteros, dejándose llevar por el sentimiento, no podían imaginar a un hombre en el regazo de la madre.

Para los artistas canteros, Jesucristo siempre es pequeño, siempre es el Niño, porque es el Hijo, y los hijos siempre somos pequeños en los brazos de nuestras madres.

Reparad en los cruceros y descubriréis muchos tesoros.


Alfonso R. CASTELAO, Cousas
[Traducción de Lola Fernández y Luis Valdesueiro]

[ONDE HAI UN CRUCEIRO…]

Onde hai un cruceiro houbo sempre un pecado, e cada cruceiro é unha oración de pedra que fixo baixar un perdón do Ceo, polo arrepentimento de quen o pagóu e polo gran sentimento de quen o fixo.

     ¿Tedes reparado nos nosos cruceiros aldeáns? Pois reparade.

     A Virxe das Angustias, enclavada no reverso de  moitas cruces de pedra, non é a Piedá dos escultores; é a Piedade creada polos canteiros.

     Os nosos canteiros, deixándose levar polo sentimento, non podían maxinar un home no colo da nai.

     Para os artistas canteiros, Xesucristo sempre é pequeno, sempre é o Neno, porque é o Fillo, e os fillos sempre somos pequenos nos colos das nosas nais.

     Reparade nos cruceiros e descubriredes moitos tesouros.


Alfonso R. CASTELAO, Cousas
Vigo: Galaxia, 4.a edición, 1962


4.5.12

De la virtud y sus extremos

Una mañana, al despertar, se reconoció el hombre más vanidoso del mundo. Y sintió horror. Mas pronto acudió en su ayuda el deseo ferviente de inmolar su vida a la más alta modestia. Trabajos y días ofrendados a su deseo de perfección hallaron gracia. Y a cada vanidad vencida le nacía el orgullo de la victoria. Y así, fruto de muchas fatigas y arduas labores, llegó a creerse el hombre más modesto del mundo…


Luis Valdesueiro, Lucidario (1997)


2.5.12

De tacos (y tacas)

Paseo apaciblemente por la calle recoleta y se me clava en los oídos esta frase:

―¡A mí me toca los güevos!

La profiere una mujer de mediana edad, guapa y furibunda; se la endilga al hombre que la acompaña, y es de suponer que se refiera a un tercero.

Sigo mi camino, giro a la izquierda, y en la breve calle dedicada a quien fuera buen vasallo, si oviesse buen señor, atisbo, en la salida de un aparcamiento, a dos mujeres y a un hombre, jóvenes los tres, que discuten mientras fuman (o viceversa, aunque no sea lo mismo, como bien sabe cualquier aprendiz de jesuita).

Una de las jóvenes, de impreciso rostro y vibrante voz, proclama a mi paso:

―¡Estoy hasta la polla!

Cabizbajo, prosigo mi camino, pensando en la rotunda refutación de cierto feminismo, en lo que a palabrotas se refiere (incluso dejando de lado la parla adolescente, tan genitalísima). Hoy por hoy, si alguna mujer dijera: ¡No me sale de los ovarios!, fórmula propugnada antaño, sonaría tan cursi, relamido y fofo como si dijera ¡córcholis! mientras se golpea el dedo con un martillo. Está visto: aquí, en lo tocante a tacos, lo que sigue mandando, y cada vez más entre mujeres, son los cojones y la polla. ¡Bendito sea Dios!

Indócil es el habla, y no se deja domeñar. Cada quien elige sus palabras, y no hay decreto que se lo impida.