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―¡A mí me toca los güevos! La profiere una mujer de mediana edad, guapa y furibunda; se la endilga al hombre que la acompaña, y es de suponer que se refiera a un tercero. Sigo mi camino, giro a la izquierda, y en la breve calle dedicada a quien fuera buen vasallo, si oviesse buen señor, atisbo, en la salida de un aparcamiento, a dos mujeres y a un hombre, jóvenes los tres, que discuten mientras fuman (o viceversa, aunque no sea lo mismo, como bien sabe cualquier aprendiz de jesuita). Una de las jóvenes, de impreciso rostro y vibrante voz, proclama a mi paso: ―¡Estoy hasta la polla! Cabizbajo, prosigo mi camino, pensando en la rotunda refutación de cierto feminismo, en lo que a palabrotas se refiere (incluso dejando de lado la parla adolescente, tan genitalísima). Hoy por hoy, si alguna mujer dijera: ¡No me sale de los ovarios!, fórmula propugnada antaño, sonaría tan cursi, relamido y fofo como si dijera ¡córcholis! mientras se golpea el dedo con un martillo. Está visto: aquí, en lo tocante a tacos, lo que sigue mandando, y cada vez más entre mujeres, son los cojones y la polla. ¡Bendito sea Dios! Indócil es el habla, y no se deja domeñar. Cada quien elige sus palabras, y no hay decreto que se lo impida. |
2.5.12
De tacos (y tacas)
28.6.11
“Están en el chocho folladas”

El calor era agobiante. En el autobús, el aire acondicionado apenas se notaba. En la entrada se formó un atasco y el conductor activó la voz que se oye por doquier, y que en esta ocasión pedía, por favor, una y otra vez, que avanzáramos hacia el fondo. Cuando logré atravesar el larguísimo pasillo del 27, me di de bruces con un grupo de muchachas, con atuendo nada estival, armando jaleo. Fruto de mi ignorancia pensé que serían gitanas y rumanas, pero mi ignorancia no alcanzaba a discernir si serían ortodoxas, protestantes o católicas. Una de ellas, con grandes gestos y voces, pedía un asiento para una embarazada. Que se mareaba. Pedía un asiento aunque alguna de ellas iba sentada. Una joven rubia se levantó, sorprendida, y cedió el sitio a la supuesta embarazada, que quizás estaba tan sólo algo entrada en carnes. Como recién llegado, no me era fácil saber si se trataba de una gamberrada. Estas muchachas se parecían mucho a esas otras que fatigan las calles pidiendo, quién sabe con qué intención, una firmita para alguna asociación de sordomudos, o cosa por el estilo. Nunca entendí esas peticiones; algunos dicen que son excusa para robar. Eso dicen algunos. De momento, estas muchachas armaban un jaleo de mil demonios, escandalizaban al personal y provocaban quejosas conversaciones susurradas. Alguien habló de embarazadas, y fue entonces cuando la generala apostilló a voz en grito, en perfecto e inédito castellano: “Están en el chocho folladas.” Y entonces sentí, como un vergazo, la fuerza irreductible de nuestro idioma.
17.11.09
Dudas sobre la esencia
Caminaban por la acera, frente a mí. Eran dos mujeres; una, anciana, blanca, casi nívea; otra, joven aún, casi negra, bruna, empujaba un carrito con un niño, mulato.
El parentesco era evidente. Al cruzarme con ellas, oí decir a la más joven:
-Yo lo conocí siendo bueno, pero aho...
Como no alcancé a escuchar nada más, deduje de ese pero una gran duda sobre la esencia.
Paseo apaciblemente por la calle recoleta y se me clava en los oídos esta frase: