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30.1.13

Budhi-Dhorma y la DDHC

Budhi-Dhorma sintió un hondo regocijo el día que descubrió la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de 1793, votada por la Convención Nacional e incorporada como preámbulo de la Constitución. En el artículo 1, Budhi-Dhorma leyó: El fin de la sociedad es la felicidad común. La felicidad, ay, la felicidad, exclama alborozado, la felicidad común, rediós.

El resto del artículo puso a Budhi-Dhorma al borde del delirio: El gobierno ha sido instituido para garantizar al hombre el goce de sus derechos naturales e imprescriptibles. Los derechos naturales, se dice Budhi-Dhorma, sobando las palabras; ¡imprescriptibles, vive Cronos!, se regodea con fruición. Qué tiempos, piensa Budhi-Dhorma, qué tiempos en los que incluso la pobreza quedaba abolida por decreto.

[19/03/2009]

23.1.13

Lo Mismo

Cuando nos asedia la sombra de Lo Mismo, todo se vuelve un eterno retorno, un tedio infinito.

19.1.13

“El silencio”–Un poema de José Cereijo

Lo breve y condensado, decía Thomas Mann hablando de Chéjov, puede superar en intensidad artística a lo grande. Si lo dice Thomas Mann, tan amante de lo grande, ¿cómo no creerle? Lo cierto es que muchas veces lo grande no es sino una en ampulosa dimensión de lo banal. Me acuerdo ahora de una película —¿de Colomo?— en la que un Resines desgraciado en amores se entregaba con fruición a pintar cuadros grandes, muy grandes... En el arte, y también en la vida, no es raro confundir los términos.

(Derivan estas fútiles digresiones de la lectura de “El silencio”, un breve poema de José Cereijo. Digresiones que no pretenden comentar el poema: se conforman con merodear a su alrededor.)

El silencio genera mucha literatura, quién sabe si demasiada. Hay algo en él que imanta. Y si unas veces parece que todo nos habla, otras parece que todo es silencio. Lo que importa, calla... y pertenece al silencio, postula el poema de Cereijo. ¡Cuántas imprecaciones no arrancó el silencio! El silencio de Dios, por ejemplo. Incomoda el silencio lo mismo que si cayéramos por un pozo sin fondo. Y a veces, incluso, hablamos para que no se oiga el silencio. Pero gracias a que no siempre logramos lo deseado, puede que seamos más felices.

Releo el poema y anoto lo obvio: el poema dice lo que dice, y calla lo que calla: el poema habla y calla. Pero bastan sus escasos versos para poner en marcha la rueda de las palabras, esas palabras que se multiplican como absortos espejos, y en las que nos miramos al desgaire por si acaso nos reconocemos en ellas.

Para apuntalar estas destartaladas palabras, sirvan de contrafuerte las del prólogo de Enrique García-Máiquez, que ubican con precisión la poesía de Cereijo: «Entre los dos polos —un clasicismo nihilista y un romanticismo rebelde, consciente y, en último extremo, orgulloso de la inutilidad de su afán— se sostiene el entramado de esta poesía, que nos interpela y conmueve».

Interpela y conmueve. ¡Benditas sean las conjunciones copulativas!


EL SILENCIO

Calla la vieja muerte hospitalaria,
calla Dios en su cielo,
calla el amor si es hondo, y también calla,
como el dolor, el tiempo.
Para qué tus palabras, si todo lo que importa
pertenece al silencio.

JOSÉ CEREIJO
(De Música para sueños. Pre-Textos, 2007)


JOSÉ CEREIJO, Antologia personal
Prólogo de Enrique García-Máiquez
Madrid:
Editorial Polibea (Colección “Los conjurados”), 2011


 

12.1.13

Un poema de Augusto dos Anjos

Augusto dos Anjos murió joven. Su estancia nesta terra miserável, como escribiera él mismo, discurrió entre los años 1884 y 1914. Brasil fue su patria y el portugués su lengua. Publicó un único libro: Eu (Yo), en 1912. Gracias a ese libro es “el poeta más editado, leído y amado” del Brasil, según Ángel Guinda, su traductor.

En la exhaustiva Antología de la poesía brasileña (1973), Ángel Crespo, después de considerar “imperecedera” la obra de Augusto dos Anjos, dedica estas palabras al poeta: “Es extremadamente curiosa su figura de profesor que, durante su corta vida, emigra constantemente de un Estado a otro del Brasil y se siente presa de un indefinible hastío vital. Y mucho más curiosa resulta la mezcla de provincianismo cultural y sentimientos sublimes de que da muestra en sus versos.”

Coincidiendo con el centenario de la aparición de Eu, la editorial Olifante publicó el año pasado una selección de poemas (sonetos casi todos) traducida por Ángel Guinda. Selección que es anticipo de otra más amplia y futura. Las razones para esta dedicación al vate brasileño las expone claramente Guinda: “Me interesa la poesía de Augusto dos Anjos por la audaz originalidad de su léxico, su perfeccionismo formal, su musicalidad; pero sobre todo por el dramatismo desgarrador de su meditativo contenido atormentado, lleno de honda tristeza, pesimismo lúcido y digna resistencia; por su didactismo moralizante, por la autenticidad y cósmica elevación de los sentimientos que transmite, por su acercamiento al animismo y por su dialogo interior con las fuerzas de la Naturaleza.”

Copio a continuación uno de los poemas a mi parecer más desolado y más desolador de todo el volumen.



VERSOS ÍNTIMOS

Vês! Ninguém assistiu ao formidável
Enterro de tua última quimera.
Somente a Ingratidão —esta pantera—
Foi tua companheira inseparável!

Acostuma-te à lama que te espera!
O Homem, que, nesta terra miserável,
Mora, entre feras, sente inevitável
Necessidade de também ser fera.

Toma um fósforo. Acende teu cigarro!
O beijo, amigo, é a véspera do escarro,
A mão que afaga é a mesma que apedreja.

Se a alguém causa inda pena a tua chaga,
Apedreja essa mão vil que te afaga,
Escarra nessa boca que te beija!

AUGUSTO DOS ANJOS



VERSOS ÍNTIMOS

¡Ya ves! Nadie asistió al formidable
entierro de tu última quimera.
¡Sólo la Ingratitud –esa pantera
fue tu gran compañera inseparable!

¡Asume ya el desprecio que te espera!
El Hombre, que, en un mundo miserable,
vive entre fieras, siente una inevitable
necesidad de ser también él fiera.

¡Coge fuego y enciende tu cigarro!
Víspera del esputo es el beso,
la mano que acaricia te apedrea.

Si a alguien causa dolor tu herida abierta,
¡apedrea la mano que te acaricia,
escupe tú en la boca que te besa!

AUGUSTO DOS ANJOS
(traducción de Ángel Guinda)


AUGUSTO DOS ANJOS
Yo. Antología breve
Selección y traducción de Ángel Guinda
Zaragoza: Olifante. Ediciones de Poesía, 2012

8.1.13

Vauvenargues: las máximas de un hombre doliente




Selección, traducción y nota de Luis Valdesueiro


Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues (1715-1747) nació en Aix (Provenza). Ingresó muy joven en el ejército. Se distinguió en las campañas de Italia y Bohemia. Durante la retirada de Praga cayó enfermo, pero meses después combatió en la batalla de Dittingen (1743). Su precaria salud le obligó a pedir el retiro. Solicitó entonces al rey un cargo diplomático, pero su petición fue desestimada. El contagio de viruela acabó frustrando sus aspiraciones a un empleo público. En 1746 apareció, anónimamente, su primera obra: Introducción à la connoissance [sic] de l’esprit humain, suivie de Réflexions et de maximes (Introducción al conocimiento del espíritu humano, seguida de Reflexiones y máximas). El año siguiente, cuando estaba en marcha la segunda edición, le alcanzó la muerte. Voltaire, que fue su amigo, elogió el libro, y lo consideró “uno de los mejores de nuestra lengua”. François Dufay, antólogo de los moralistas franceses, le considera el más grande moralista del siglo XVIII.
En Reflexiones y máximas, Vauvenargues sigue la senda iniciada, en cuanto a la forma, por La Rochefoucauld, procurando apresar en sus máximas las mínimas verdades de la vida. Pero frente a la gelidez de un La Rochefoucauld, en Vauvenargues alienta un candor que le impide ser más escéptico de lo necesario e incluso más razonable de lo que fuera sensato.
Vauvenargues busca el equilibrio entre el demoledor azote del pesimismo y el iluso azote del optimismo. Persigue la exacta medida de las cosas, y asume la realidad sin que le cieguen las quimeras. Vauvenargues desconfía de la razón y derrocha indulgencia con los vicios. Considera que los grandes pensamientos vienen del corazón; que sin el soplo del sentimiento la razón se vuelve áspera y fría. Frente a las emociones negativas, Vauvenargues reivindica las pasiones exaltantes. No es raro encontrar en sus máximas atisbos de psicólogo profundo.
Aunque su posición ante la religión es tibia, Vauvenargues reivindica la fe: La fe es el consuelo de los miserables y el terror de los felices. Si se le quita la fe, se le roba al pueblo la esperanza, por ilusa que esta sea, parece decir Vauvenargues. Décadas después, el mismísimo Robespierre también reivindicó la fe frente al ateísmo, aunque sus intenciones fueran otras.
Los moralistas escrutan al hombre y sus costumbres. Pequeños filósofos, no elaboran teorías sino apuntes del natural. Asedian las pasiones, las virtudes y los vicios. Son los furtivos del pensamiento. Pertrechados de un afán de concisión, se adentran en la selva social o en la penumbra de sí mismos para cobrar algún pensamiento digno. Pensamiento que, frecuentemente, se resume en breves renglones rodeados de silencio.
A pesar de la pretenciosidad del término, Vauvenargues nos enseña a desconfiar de las máximas: no son verdaderas en todos los aspectos. Y esta falta de verdad es inevitable dada la diversidad de los seres. Lo que para unos es la verdad más verdadera, para otros no deja de ser una soberana mentira. Vauvenargues, alejado de los pensadores del XVII, tampoco está cerca de los de su siglo, seducidos por la razón. Discrepa de los tintes oscuros que La Rochefoucauld imprime a sus máximas, y repudia su concepción del amor propio entendido como el colmo del egoísmo. En su opinión, no todo es egoísmo en el amor propio, cabe también desinterés. Frente a la visión lúgubre que La Rochefoucauld expresa en sus máximas, Vauvenargues enarbola la bandera de la dignidad de la naturaleza humana, de las pasiones y de la acción. Por encima de la razón, Vauvenargues pone el sentimiento; y por encima de la reflexión, pone el corazón. 





R E F L E X I O N E S   y   M Á X I M A S

La claridad adorna los pensamientos profundos. [4]

La oscuridad es el reino del error. [5]

Es un gran signo de mediocridad elogiar siempre comedidamente. [12]

Los hombres tienen grandes pretensiones y pequeños proyectos. [89]

Es necesario esperarlo todo y temerlo todo del tiempo y de los hombres. [102]

Descubrimos en nosotros mismos lo que los otros nos ocultan, y reconocemos en los otros lo que nosotros nos ocultamos a nosotros mismos. [106]

Pocas máximas son verdaderas en todos los aspectos. [111]

Las pasiones han enseñado a los hombres la razón. [154]

El pretexto ordinario de quienes causan la desgracia de los demás es que quieren su bien. [160]

Quien sabe sufrirlo todo puede atreverse a todo. [189]

Es bueno ser firme por temperamento y flexible por reflexión. [191]

A veces los débiles quieren que se les considere malos, pero los malos quieren pasar por buenos. [192]

Despreciamos muchas cosas para no despreciarnos a nosotros mismos. [196]

Es falso que la igualdad sea una ley de la naturaleza. La naturaleza no ha hecho nada igual. Su ley suprema es la subordinación y la dependencia. [227]

Raramente nos consolamos de las grandes humillaciones. Las olvidamos. [243]

La necesidad envenena los males que no puede curar. [249]

Lo que llamamos un pensamiento brillante no es, frecuentemente, sino una expresión capciosa que, con ayuda de una pizca de verdad, nos impone un error que nos asombra. [273]

Un mentiroso es un hombre que no sabe engañar; un adulador, alguien que por lo general solo engaña a los tontos. Solo quien usa con destreza la verdad, y conoce su elocuencia, puede ufanarse de ser hábil. [277]

En la naturaleza no hay ninguna contradicción. [289]

¿Va contra la razón o la justicia amarse a sí mismo? ¿Y por qué queremos que el amor propio sea siempre un vicio? [290]

Si el ilustre autor de las Máximas hubiera sido tal como trató de pintar a los hombres, ¿merecería nuestros homenajes y el culto idólatra de sus prosélitos? [299]

Nuestras acciones no son ni tan buenas ni tan licenciosas como nuestras voluntades. [314]

No hay nada de lo que el temor y la esperanza no logren persuadir a los hombres. [320]

La fe es el consuelo de los miserables y el terror de los felices. [323]

La breve duración de la vida no puede disuadirnos de sus placeres ni consolarnos de sus penas. [324]

Por debilidad, y por miedo a ser despreciados, los hombres disimulan sus más queridas, constantes y, a veces, virtuosas inclinaciones. [328]

El arte de agradar es el arte de engañar. [329]

La esperanza es el más útil o el más pernicioso de los bienes. [384]

El valor es la luz de la adversidad. [387]

La constancia es la quimera del amor. [406]

La utilidad de la virtud es tan evidente que los malvados la practican por interés. [411]

Se promete mucho para dispensarse de dar poco. [445]

Los perezosos siempre tienen deseos de hacer algo. [467]

Es injusto exigir a los demás que hagan por nosotros lo que no quieren hacer por ellos mismos. [474]

La desesperación es el mayor de nuestros errores. [523]

No tenemos suficiente amor propio para desdeñar el desprecio ajeno. [549]

Nadie nos censura tan severamente como nos condenamos a menudo a nosotros mismos. [550]

Si es cierto que nuestras alegrías son cortas, la mayoría de nuestras aflicciones no son largas. [584]

La experiencia que tenemos de los límites de nuestra razón nos vuelve sumisos con los prejuicios. [597]

Los hombres no se comprenden unos a otros. Hay menos locos de lo que creemos. [601]

Las enfermedades suspenden nuestras virtudes y nuestros vicios. [606]

La soledad es al espíritu lo que la dieta es al cuerpo. [609] 


Los que desprecian al hombre no son grandes hombres. [618]


Publicado en el n.º 6 de El Alambique – Noviembre 2012-abril 2013
Guadalajara (España)


4.1.13

Erratas, errores, despistes...


Durante décadas, Evaristo Acevedo escrutó los periódicos en busca de la errata significativa y curiosa, de la expresión excesivamente pudibunda, de los sonoros despistes, de las expresiones trastrocadas... Fruto de esa inquisición son los tres volúmenes de El despiste nacional. A diferencia de lo que sucede en otras faenas, en el periodismo la prisa es una virtud, lo que propicia en ocasiones frases insólitas, cómicas o hilarantes.
Con comentario o sin él, los hallazgos de Evaristo Acevedo dejan entrever una intención sana, entre irónica y juguetona.

Como muestra, valgan estos ejemplos:


BUENA INFORMACIÓN

Nueva España – Huesca, 18-X-1955

Leemos:
Londres, 17.—El martes por la mañana se reúne el Gobierno británico a última hora de la tarde. [325]



EUFEMISMO CON SOSTÉN
El Oriente de Asturias – Llanes, 26-VI-1954

Resulta que acaban de detener a una ladrona. Protestas de inocencia. Lágrimas, disculpas. Pero un hábil interrogatorio la obligó a confesar su delito, entregando el bolsillo con el dinero que llevaba oculto entre los bidones que surten de alimento a los recién nacidos. [337]



SECRETO OFICIAL
Pueblo – Madrid, 7-XI-1957

Cela, Camilo José
Haciendo uso del derecho que le concede el Fuero de los Españoles, don Camilo efectúa diversas declaraciones al periodista Marino Gómez-Santos. Marino pregunta:

—Además de dar conferencias en América, ¿qué hiciste? 

Y nuestro ilustre académico contesta:

—Vivir y cumplir el triple lema cuyas iniciales llevo bordadas en mi camisa: la primera es comer y la tercera caminar. 

El triple lema del eximio corresponde a las letras C. J. C. Nos explica el significado de la primera —«Comer»— y de la tercera —«Caminar»—. Sin embargo, nada nos dice de la «J». ¿Qué significa? ¿«Jugar»? Por lo visto, don Camilo, tan atrevido él, también tiene sus secretos oficiales. [90]

Evaristo Acevedo, El despiste nacional (I). Primera antología 1952-1958.
Madrid: Novelas y Cuentos, 1972.