Sucedió en un vagón de metro, hace más de cinco años, dos días después de Reyes. Espectral, comenzó a hablar con un hilillo de voz... Algunos me conoceréis. Estoy enferma de sida y esta noche he dormido en la calle. ¡Así tengo la cara! Estoy enferma y no soy mala; yo no robo. Rostro cenceño, amarilloso. Paseó por el vagón su vaso de plástico, su indigencia, y ante la vana respuesta escupió una colérica maldición: Hasta ahora me daba pena que os robaran, pero ¡ojalá que os roben!, ¡ojalá que os veáis como me veo yo! El vagón se hundió en una sima de silencio... Vaharadas de culpa... ¡Torva miseria!
Si sólo se diera limosna por compasión, no quedaría un mendigo vivo; es la cobardía la que da limosna. Esto es, más o menos, lo que sostiene Nietzsche. No sé si tiene razón o no, pero a nadie se le escapa que, en el metro, la compasión, a ciertas horas, o a todas horas, brilla por su ausencia; e incluso, visto lo visto, la cobardía. ¡Qué diferencia con lo que sucede a la salida de los bingos! El dinero que llega por azar, rompe las manos.