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31.3.09

Klemperer y el diario terror


En Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios (1933-1941 y 1942-45), Victor Klemperer cuenta la historia de un judío alemán -perfectamente asimilado, de religión protestante, combatiente en la Primera Guerra Mundial- al que el ascenso de Hitler al poder le obligó a vivir, en sus distintas fases, la persecución de los judíos en Alemania. Todo lo vivió, excepto la deportación al campo de concentración o de exterminio, gracias a que Eva, su mujer, era "aria": expulsión de su cátedra universitaria; prohibición de publicar, utilizar el transporte público, comprar tabaco, tener animales domésticos...; la incautación de la máquina de escribir, la imposición de la estrella amarilla, los registros domiciliarios, la expropiación de su casa y sus bienes, el alojamiento en una “casa de judíos”...
Diarista empedernido, en el diario de Klemperer empieza predominando lo privada, hasta que acaba rindiéndose a las razones (o sinrazones) históricas. Es entonces cuando Klemperer amplía el espectro y convierte su diario en el diario de la comunidad judía de Dresde.
Día a día, en condiciones imposibles, Klemperer consigna cuanto le sucede a él y cuanto llega a sus oídos de los demás, convirtiendo su diario en un pormenorizado alegato contra la barbarie nazi, con el estupor de quien se siente alemán por los cuatro costados. Lo anota todo, lo grande y lo mínimo; consigna los nombres auténticos, los lugares exactos, las circunstancias precisas...
Sobre la base de los datos acumulados, Klemperer erige su requisitoria contra el nazismo. Su actitud parece insensata, alejada de lo que cualquier persona cabal o medrosa haría en su caso: esos diarios, en caso de que cayeran en manos de la Gestapo, podían significar la deportación y la muerte de cuantos aparecen en él. Es ese empeño loco, no obstante, el que nos permite contemplar ahora ese doloroso fresco histórico. Y aunque uno sepa que esos diarios no cayeron en malas manos, lo cierto es que ese temor preside la lectura. Diarios que, por otra parte, sólo vieron la luz (y ésta es otra historia) en 1995, treinta y cinco años después de la muerte de su autor, y cuando el Muro de Berlín ya era historia.
Según se acerca el final de la guerra, dos cosas adquieren una importancia extrema en la vida de Klemperer: la dedicación al estudio del inglés y el miedo a los rusos. Entre el 13 y el 14 de febrero de 1945, Klemperer es testigo de la destrucción de Dresde con bombas de fósforo, precisamente cuando los judíos sobreviviente iban a ser evacuados. A partir del bombardeo empieza otra historia: Klemperer y su mujer huyen de Dresde presas del pánico y con gran temor de ser reconocidos. Consiguen llegar a Múnich, regresando a Dresde unos meses después.
Como conspicuo filólogo que era, Klemperer se había interesado, desde los primeros tiempos, por la jerga nazi. Después de la guerra publicó el fruto de sus investigaciones: Lengua Tertii Imperio. (A veces, escuchando los dichos de los políticos, se echa de menos a un Klemperer que desbroce tanta oración hueca, o preñada de falacias y eufemismos; tanto discurso empeñado en no llamar a las cosas por su nombre.)

30.3.09

Títulos

¿Importa el tamaño? ¿Importan los títulos? ¿Importa el tamaño... de los títulos? Sí, importa. En literatura hay todo tipo de títulos, desde los nobiliarios: El conde de Montecristo, La marquesa de O, a los civiles: La regenta, Madame Bovary; los que expresan parentesco: La tía Tula, Mi tío Jacinto; los que nombran personas: Pedro Páramo, Abel Paz, Demian, Lenz, Sidharta, Wozzeck, Pepita Jiménez, Leoncio y Lena, Fortunata y Jacinta, Belarmino y Apolonio; los declaradamente poéticos, o con leve vocación metafísica, como Cien años de soledad, El árbol de la ciencia, Tiempo de silencio, En busca del tiempo perdido; los medio crípticos: A.M.D.G.; los que se adornan con latines: Locus Solus, Sartor Resartus; los que no son lo que proclaman: Teoría del conocimiento; los que se hacen eco de otros autores: El ruido y la furia, Donde habite el olvido; los que se entregan a la aliteración: El llano en llamas o al trabalenguas: Tres tristes tigres; los que acaso confundan: Obras completas (y otros cuentos); los que sorprenden: Dios deseado y deseante, y los que se tiñen de colores: Azul, Aurora roja, El cuarto amarillo, La insignia roja del valor, La estación azul, Cosecha roja, etc.

Volviendo al tamaño, están los títulos que rozan lo infinito, por lo corto o por lo largo. Entre los primeros, tengo censados dos, aunque seguro que hay más: K., de Roberto Calasso, y ●, de Edmond Jabès, al que añadió esta explicación piadosa: (El, ou le dernier livre); y entre los segundo, el título, disfrazado de resumen, más largo que recuerdo es de Kurt Vonnegut, Jr.: Matadero Cinco o “La cruzada de los inocentes”. Una danza forzosa con la muerte, por un miembro de la cuarta generación germanoamericana, ahora cómodamente instalado en Cape Cod (aunque fumando con exceso), quien, como soldado americano “hors de combat” y prisionero de guerra, fue testigo del bombardeo de Dresde (Alemania), antaño llamada “La Florencia del Elba”, y sobrevivió para narrar la historia. Esta es una novela con ribetes esquizofrénico-telegráficos a la manera de las narraciones del planeta Tralfamadore, lugar de donde proceden los platillos volantes. Paz.
No, no he leído la novela, pero en su día vi la película, si sirve de excusa, y creo recordar que era tan rara como delata el título. Del bombardeo de Dresde tengo más reciente el relato que hace Victor Klemperer en su espeluznante diario...
Vale por hoy: basta de fárrago. Mañana quizá sea otro día. (A los escépticos siempre se nos nota en algo.)

29.3.09

La ilusión o la conquista de la realidad

EL CAMINO hacia la realidad pasa necesariamente por la desilusión. Ella ratifica en nuestro error: lo que pensábamos, lo que creíamos, lo que soñábamos... no es cierto. La conquista de la realidad se asienta en un pescozón a nuestro ego, y en la desilusión de saber que las cosas son como son y no como pensábamos que eran.


LA VERDADERA SABIDURÍA es siempre fiel a sí misma. Ni el tiempo ni la inteligencia la refutan. Ella nos entrega la verdad de una vez y para siempre. Podemos llegar a ser mil personas distintas, pero la sabiduría no sufre el rigor de los cambios, precisamente porque echa sus raíces en la impermanencia de las cosas. Es nuestra renuncia a admitir la verdad (que nada permanece, que todo fluye, que no podemos evitar lo inevitable) la que nos mantiene en la ignorancia, en el olvido, en la ilusión falaz.

En La Primera Piedra, "Divagaciones", nº 9 (2005)

27.3.09

Una modesta proposición

La ironía suele ser amable, mandoble de vencido; la sátira, por su parte, es ríspida como un gargajo de rabia. De rabia y odio. Aunque algunos ven en la sátira una intención didáctica, cuesta creerlo. Enseñanza hay, sin duda, pero ajena a la intención. Cuando pienso en un escritor satírico, inmediatamente me acuerdo de Jonathan Swift y su terrible sátira: Una modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres de Irlanda sean una carga para sus padres o su país, y para hacerlos útiles al pueblo. ¿Cuál es la modesta proposición? Bien sencilla es: que los pobres vendan a sus hijos a las personas de calidad y fortuna del reino para que sean servidos en su mesa (fritos, guisados, al horno). ¡Qué horror!, exclama cualquiera. Pero es un horror muy real, que Swift lleva hasta el absurdo, y que expresa la confusa promiscuidad entre los fines y los medios. Ejemplos no faltan, como el de esa británica, Jade Goody, heroína de la telebasura, que recientemente vendió a un "reality show" de la televisión los últimos días de su vida, ya que padecía un cáncer de útero en fase terminal. La animaba un buen fin: dejar a sus hijos en una posición económica desahogada. (Un beneficio colateral de esta historia ha sido el aumento de las revisiones ginecológicas en Gran Bretaña. A veces no se sabe para quién trabaja el diablo.)
Si la sátira se aleja de la moral es para denunciar la inmoralidad; si crea situaciones absurdas, es para denunciar situaciones reales. La sátira es una flecha envenenada, pero pocos saben cebar sus flechas con veneno. Se necesita mucha rabia contenida para acercarse a la sátira. El más mínimo adarme de bondad la frustra. Swift confesó a Pope: "El fin principal que me propongo en todos mis trabajos es vejar al mundo..."

26.3.09

La selección natural

Se celebra este año el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies. Según la acepción cínica del término, Darwin es un clásico: se le admira sin leerle. No han faltado quienes pusieron en sus teorías la fe que suele reservarse para la religión; ni quienes defendieron, al socaire de sus teorías, la razón de la fuerza.
Colgarse de los brazos de una teoría, como si fuera un absoluto, no está muy acorde con la evolución de la ciencia. El tiempo no se detiene por nada ni por nadie. Y si la Tierra dejó de ser el centro del universo, tampoco lo es el Sol, aunque no cabe duda de que, hoy como ayer, el oro sigue siendo el sol de los metales, según Joubert.
Releyendo a Lichtenberg encuentro un aforismo que habla del hombre y el mono. El cáustico aforista, catedrático de ciencias naturales, escribió, mucho antes de que Darwin publicara su famoso libro, lo siguiente: “Entre todos los animales del mundo, al que más se aproxima el hombre es al mono.” (Aforismos, B, 107.)
(Mientras escribía estas palabras, veía por la ventana a dos perros que intentaban copular sin conseguirlo, ya que los dueños acudieron raudos en su "auxilio". Esta visión me ha traído un recuerdo cruel de la infancia: el apaleamiento de los perros que copulaban, que tanto alborozo producía en los muchachos. Cruel recuerdo. Pero los perros ya no son lo que eran... Si algún chucho pagaba entonces muy caro su instinto lúbrico, hoy lo que paga caro es la abstinencia sexual.

25.3.09

Jabès: palabra y silencio. Aforismos

Selección, traducción y nota de Luis Valdesueiro

***
Edmond Jabès (1912-1991) nació en El Cairo. En 1957, debido a su condición de judío, se vio forzado a abandonar su país. Se instaló en París, donde publica, en 1959, Je bâtis ma demeure, con prólogo de su amigo Gabriel Bounoure. Esta obra monumental, verdadera biblia poética, recoge la mayor parte de los textos escritos antes de su exilio: poesías, aforismos, prosa poética, en los que se refleja su arraigo en una tradición y una cultura (judaísmo y escritura son, para Jabès, una misma espera y una misma esperanza), además del esfuerzo por trascender la poesía tradicional en nombre de una escritura que sin pertenecer a ningún género los contenga a todos.
En L'écorce du monde, Jabès escribe: «Entrego a las palabras mi inquietud. Me esfuerzo por responder a sus preguntas, que son mis ardientes interrogaciones.» Y en la entrevista con Serge Faucherea, publicada en el número que le dedicó la revista Instants (1989),Jabès afirma que la palabra es un vestigio de Dios, aun cuando Dios no exista; la palabra, dicha o escrita, conlleva un riesgo incalculable, ya que, al usarla, nos exponemos. Y ese es el riesgo que asume el escritor: ser fiel a la palabra.
Edmond Jabès escribió otros dos libros de poemas: Récit (1980) y La mémoire et la main (1974-1980).
Los aforismos seleccionados pertenecen a Les mots tracent (1943-1951) y Du blanc des mots et du noir des signes (1953-1956).

AFORISMOS

Toda puerta tiene por guardián a una palabra. (Santo y seña, palabra mágica.)

Hacer visible la palabra, es decir, negra.

Tu pensamiento te engaña.

Hay una orden del silencio, con sus santos, sus sacerdotes y sus profetas.

Sin pensamiento, sin deseo, cortados todos los nudos.

Hacer callar al silencio, despanzurrar a las ratas.

En el silencio, como en el sueño: vivir, amar, morir fuera del mundo.

La frase muere una vez compuesta. Las palabras le sobreviven.

Cuando los hombres estén de acuerdo acerca del sentido de cada palabra, la poesía ya no tendrá razón de ser.

La poesía sólo tiene un amor: la poesía.

Dócil a la voluntad del escritor, la imagen se doblega a veces a un matrimonio de conveniencia. Durante su vida, esperará del lector el divorcio.

Las palabras despliegan cintas de sombra alrededor de la claridad conquistada.

Releerse: reencontrarse solo, en la sala engalanada, inmediatamente después de la fiesta.

Las palabras eligen al poeta.

El pensamiento permite a las palabras llegar al poder.

Exteriorizar: devolver su voz al universo.

En un poema, el eco es tan importante como el silencio.

Constantemente en tierra extraña, el poeta se sirve de la poesía como interprete.

Pronunciada, la palabra vuela; escrita, nada.

Los poemas son cadenas montañosas cuyas cimas, de diversa altura, están formadas por una o varias palabras con inmenso poder de atracción.

La ausencia aparece siempre rodeada de figuras cómplices que la vuelven real; bailarina en medio del ballet que ella irradia.

Hay palabras que nunca han tocado tierra.

Las palabras circulan vestidas de aliento.


El poema es la semejanza.
___________________________________________________
En Poesía, Por Ejemplo, nº 10 (octubre 1998/marzo 1999)

23.3.09

Pessoa y el desasosiego

Hay libros que acaban siendo amigos manuales. Buscamos su amparo en momentos de pesar o dicha. Nos miramos en ellos como en un espejo, buscando secretos que nos zarandean y nos ayudan a ser. El Libro del desasosiego es uno de esos libros talismán. Si estamos perdidos, nos ayuda a encontrarnos; y si henchidos de nosotros mismos, a perdernos. En sus páginas leemos lo que no queremos ver: el propio vacío y el secreto dolor.
Bernardo Soares afirma que pensar es no vivir, y acaso Pessoa piense que vivir es no pensar o que donde hay vida no hay pensamiento...

En La Primera Piedra, nº 4 (2004)

22.3.09

Vanidad de vanidades

¡Vanidad de vanidades ―dice Qohelet―; vanidad de vanidades, todo es vanidad! La sabiduría antigua es un verdadero bálsamo: no niega la herida y ayuda a conocerla, cuando no a curarla. Si el áspero recelo, la desconfianza y la envidia meten cizaña en el alma, ¿quién será capaz de resistir los embates de la sedosa vanidad?, ¿quién dejará de oír sus cálidos susurros?, ¿quién renegará de actos tiznados de un fin, pero que en sí mismos no lo son? Qohelet sabe que la vanidad alcanza a todos. Y que todo puede ser causa de nuestra vanidad. Y ve que detrás de la maldad hay mucha vanidad; y que detrás de la bondad, hay mucha vanidad. Vanidad de vanidades. Todo es vanidad. Todo, y no solamente la mera vanidad; incluso la virtud está amenazada de vanidad. Una anécdota recogida por Claudio Eliano lo explica bien: “Sócrates, al ver que Antístenes siempre hacía ostentación de la parte más raída de su manto, le dijo: ¿No vas a dejar de pavonearte delante de nosotros?” (Historias curiosas, libro IX, 35).

21.3.09

Aforismos (2)

Por Luis Valdesueiro
*
El futuro ya no es lo que era,
ni el pasado será lo que fue.

El amor es la quilla del alma.

La esperanza es áspera.

Cada poema, una emoción.

El estilo es la sal de las palabras.

El secreto de la poesía es
la poesía de su secreto.

Al poema le salva su verdad,
aunque sea mentira.

Escribir lo que nos vive.

La nostalgia,
golosina de los tristes.

Callar,
para que respiren las palabras.

El metal de las palabras,
el óxido de los sonidos, la melodía del olvido.

Nadie elige su necesidad.

El lamento,
huella del desengaño.

Si cierro los ojos,
el tiempo desaparece. Si los abro, desaparezco yo.

La lenta agonía de las palabras.

El poeta es mal lector de sí mismo.

No reniegues de ti.
Deja que el perdón te alcance.

Todo es olvido, o lo será.
________________________________
En El Invisible Anillo, nº 1, mayo-agosto 2006.

20.3.09

Enseñanzas de la edad

Nunca se acaba de aprender del todo.
Nada es para siempre.

19.3.09

Bellas artes

La música, la pintura, la escultura no se traducen. Los sonidos, los colores y las formas son universales. Sólo la palabra tuvo su Babel, sólo la palabra es menesterosa.

18.3.09

Aforismos (1)

Por Luis Valdesueiro

Conviene olvidarse del pasado,
no pensar en el porvenir,
resignarse en el presente.

MIGUEL DE MOLINOS

*
El poema nos desnuda.

La melancolía ensimismada se idolatra a sí misma.

En el miedo, todo es sombra.

De la tristeza se viene; a la alegría se va. (O al revés.)

Que tu ojo piense, que tu corazón vea, que tu cabeza sienta.

La paciencia desafía al tiempo.

Los solitarios acaban encontrándose.

Crepúsculo, color del adiós.

El odio son las migajas rancias del amor.

La serenidad es pasión de quietud.

Las lágrimas hablan todas las lenguas.

Escribe para descubrir lo que piensas; habla para saber lo que sientes.

Verso libre: de verdad libre, dueño de nuestro deseo.

El poeta es la excusa del poema.

Cuando mires a la realidad, no desdeñes la nuca.

A más luz, más sombra.

La intención es el secreto del acto.

________________________________
En El Invisible Anillo, nº 1, mayo-agosto 2006.

17.3.09

La muerte de Georg Bendemann

“Te condeno a morir ahogado”, le dice su padre a Georg Bendemann. Cuando oye el veredicto, el joven sale corriendo de la casa paterna hasta el puente cercano, y allí “espió entre los barrotes de la baranda la llegada de un autobús, cuyo ruido cubriría fácilmente el ruido de su caída; exclamó en voz baja: 'Queridos padres, a pesar de todo, siempre os he amado', y se dejó caer". Este final de La condena seguramente impresionó en su día a Vila-Matas (pertinaz exhumador de bartlebys y defensor a ultranza de las citas literarias), quien lo recuerda en una nota de su Dietario voluble. Y quizá no dude de que lo recuerda bien, porque de otro modo no hubiera escrito que Georg “se arrojó desde la ventana de la casa paterna”. Esta trivial anécdota obliga a pensar en la cantidad de veces que la memoria nos engaña, sin nosotros saberlo. Traicionera memoria, incluso en lo que más nos importa. De ahí que podamos ser víctimas de un error con absoluta inocencia: la osada inocencia que nos envalentona (aunque después nos sorprenda) cuando mentimos creyendo decir la verdad.

15.3.09

Llamar a las cosas por su nombre

El eufemismo sustituye una palabra por otra, dentro de la misma lengua. Por motivos diversos: palabras a las que se tiene ojeriza, evitación de términos malsonantes, vocablos considerados tabú… El eufemismo conlleva riesgos: enreda la vida y dificulta la comunicación. Nuestra relación con el lenguaje quizá no sea muy diferente de la relación que establecemos con las personas y las cosas. Las preciosas ridículas de la época de Molière evitaban, como si tuvieran la peste, las palabras terminadas en cul, como por ejemplo ridicul. Y ya que hablamos de eufemismos, ¿cómo traducir cul? ¿Tafanario? ¿Asentaderas? ¿Nalga? ¿Trasero? ¿Posaderas?... El castizo culo le viene que ni pintiparado. Cuando se trata de eufemismos, todo va bien si quien habla y quien escucha se traducen correctamente. El problema surge cuando no hay tal sintonía. Puede entonces el oyente creer que lo que escucha es un eufemismo (situación frecuente en lo que se refiere a la muerte), y en consecuencia traduce, aunque acaso no haya nada que traducir. Hace días escuché en la radio una de esas conversaciones disonantes: se quejaba una madre de que su hijo se fue pronto... Lo repitió varias veces, y para más inri añadió que se trataba de su hijo pequeño. Según se desarrollaba la conversación era imposible dudar de que el pobrecillo se había muerto, se había ido, se fue pronto, como decía su apenada madre. La cosa hubiera quedado así si una certera pregunta no hubiera aclarado el asunto. Sí, el hijo se había ido, se fue, y se fue pronto… pero de casa.¡Cuánta sabiduría hay en llamar a las cosas por su nombre, y con todas las palabras!

14.3.09

El gran ilustre

El número de títulos y dignidades es numeroso, como atestigua el Casares: prócer, magnate, magistrado, condestable, barón, ilustrísimo, marqués, eminencia, príncipe, don, magnífico… y tantos otros. Pero ha sido necesario que venga un vidente-médium-curandero de una nación del desierto africano para airear en su publicidad un nuevo título, merecedor de éxito y parabienes: gran ilustre, el gran ilustre más consultado en España, ¡Será cierto! Declara tres décadas de experiencia en todos los campos de la alta magia (¿influencia de Borges?). Pero no acaba ahí la cosa: afirma tener los espíritus mágicos más rápidos que existen en toda clase de magia espiritual, y aunque se me escapa el sentido de lo que quiere decir, deduzco que los espíritus lentos son menos aconsejables.

12.3.09

Cosas veredes...

No gana uno para sorpresas, aunque cada vez es más raro que algo sorprenda realmente. Acostumbrados como estamos a las novedades más singulares, trágicas o atrabiliarias, nuestra epidermis se vuelve paquidérmica. Que sea difícil que algo nos sorprenda, no habla muy bien de la naturaleza humana y sí de nuestro acorchamiento ante la realidad. Pero ¿cómo evitarlo? El aluvión de novedades abotarga nuestra capacidad de sorpresa.

10.3.09

El entusiasmo

El entusiasmo parece sospechoso. Y el entusiasmo perpetuo más sospechoso aún. Lo cierto es que nos altera y, al mismo tiempo, nos ensimisma. Embriaga, da alas, inspira el vuelo. Pero no olvidemos a Ícaro… Cuanto más nos elevamos, más profundo es el abismo.

9.3.09

Cualquier tiempo pasado...

¿…fue mejor? ¿¡Quién sabe!? Lo irrefutable del tiempo pasado es que fue. Y que contemplado desde el presente aviva sueños, nostalgias, recuerdos, temores… Igual que una fotografía antigua, el tiempo vivido también tiene su pátina.

6.3.09

El misterio

La vida abunda en problemas, enigmas y misterios. Los problemas, mal que bien, pueden resolverse; los enigmas, con paciencia y tesón, acaso se descifren; los misterios, siempre esquivos, nos mantienen en vilo mientras vivimos. El misterio desborda los límites: va más allá de la razón y de la sinrazón, nos envuelve con una niebla invisible y nos empuja hacia una eternidad sin tiempo.

5.3.09

Ricardo Paseyro

ELLA

Si cuando pienso en ella
puede igual el temor que el desengaño;
si la mitad del corazón vacila
mientras me toma el alma la esperanza;
si la carne se espanta o se sosiega
de ser sensible y no sentir un día;
si dudo, es porque duda en su apariencia,
terrible y suave como el sol, la muerte.

(RICARDO PASEYRO, El alma dividida, 1981.)


Hoy hace un mes que murió en París Ricardo Paseyro. El mismo día en que era enterrado en el cementerio del Père-Lachaise, Ediciones Siruela ponía a la venta en las librerías su último libro, una colección de artículos de combate: Poesía, poetas y antipoetas, la mayor parte publicados a finales de la década de los 50. La nómina de los poetas la conforman: Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Huidobro, Vallejo y Supervielle; y la de los antipoetas, Neruda y Paz. El tiempo transcurrido desde que se escribieron los artículos, permite ver hasta qué punto la justicia poética se hace presente en muchas de las opiniones de Paseyro. Completa el volumen una semblanza de Paseyro por Ignacio Gómez de Liaño, un prólogo de quien esto escribe y una esclarecedora conversación entre Ricardo Paseyro e Yves Roullière, traductor al francés de su poesía.

4.3.09

Las palabras se las lleva el viento...

Éso era antes. Antes quedaba lo escrito, ahora queda también, y de qué manera, lo dicho. Y lo dicho puede ser repetido una y mil veces. Milagros de la técnica. (¿Quién no oyó decenas de veces vociferar ¡A la mierda! al finado Fernán Gomez. A la mierda y punto, fuera adornos, que un gran actor no necesita muletillas: con tres palabras lo llena todo.)

Pero ¿quién no comete errores? Errores de palabra o de escritura. Con estos errores hay que ser condescendiete. Un error no es un pecado. Para que haya pecado tiene que haber, según Kierkegaard, persistencia en el error, es decir, método. Como apuntaba antes, lo escrito es lo que siempre había quedado, y una de las formas benignas del error es la errata. "Las erratas, escribió Ramón, son las hermanas de las ratas." (La superstición de la rima es capaz de producir estragos, aunque más se perdió en Cuba.) La caza de la errata es un deporte divertido. Y nunca han faltado rastreadores. Evaristo de Acevedo fue uno de ellos. En uno de sus libros recogió una errata singular: en un titular, publicado en un periódico de provincias, se mencionaba la consecución de no sé qué objetivo "gracias al culo del obispo". El celo de alguien estuvo ausente. (Antiguamente se hablaba de los duendes de la imprenta, pero más que de duendes habría que hablar de diablos, diablos cabrones. Aunque también hay diablos traviesos que producen erratas graciosas y risueñas, erratas dadaístas, como la que figura en Los nietos del Cid, de Andrés Trapiello: El pro- [salto de línea] pio pio Baroja fue uno de ellos. (¡Ojo con la pronunciación!). ¿Y qué decir de la que figura en un libro de Jean Guitton, que habla de los diálogos platónicos "sobre la muerte y sobre el mar"? Pecados veniales, y graciosos por demás, aunque sea involuntariamente.

¿Y a que vienen todas estas digresiones? Vienen a que ayer el presidente del Gobierno cometió un lapsus linguae de esos que estudió Freud en su libro más entretenido, Psicopatología de la vida cotidiana, uno de esos lapsus condenado a durar para siempre. Milagros de la técnica. Lapsus muy comprensible, no cabe duda. Hablaba el presidente de fomentar el turismo. Quién sabe lo que le rondaba por la cabeza, pero se ha hablado tanto del turismo sexual que no es extraño que dijera follar donde quiso decir, y dijo con presteza, apoyar. Pero poco antes había hablado de estimular. Y más tarde volvió a la carga con envergadura. Con lo que acabó metido de hoz y coz en un campo semántico viscoso, pleno de lubricidad. Pero la cosa quedó muy natural. (El "¡tierra, trágame!" no se notó en absoluto.) Lo que hace recordable este lapsus es el contexto: una rueda de prensa ante el presidente de Rusia. (Por cierto, ¿tradujo el intérprete el follar de marras?) En cualquier caso, seguramente Rusia es un buen sitio para holgar. Con inocencia.

3.3.09

La vaca de Valle...Inclán



Hace unas semanas, Madrid amaneció lleno de vacas que pacen en las aceras del centro urbano. Forman parte de la Cow Parade, una exposición itinerante de vacas de fibra de vidrio. Son hijas del mismo molde: idéntica forma con distinta apariencia, aunque alguna, más alocada, adopta una pose extravagante y sorprendente, como la vaca torera. Algunas son muy simples, pero todas llaman la atención y arrancan una sonrisa. (Los turistas, con su espíritu práctico, convierten la sonrisa en múltiples fotos.)

Con frecuencia me cruzo con una de estas vacas: silente, florida, en el verde costado luce un lema nada inocente: Ya es primavera. (Efectivamente, se confirma la sospecha: la empresa que patrocina la obra es la misma que comparte con Machado la patente de la primavera.) Esta vaca, florida y primaveral, está a escasos metros de la estatua del enteco y barbudo don Ramón María del Valle-Inclán que mora en el paseo de Recoletos. La vaca y don Ramón se miran de soslayo, con asombro. Pero la vaca no se inmuta, ni muge, ni espanta a las inexistentes moscas. Ni siquiera defeca. Don Ramón, por su parte, se mantiene firme, expectante. Hace días, esa vaca, ¡muuuuuuu!, anduvo por los suelos, embestida por alguna mala bestia. Ahora, tras el percance, queda más cerca de don Ramón, y en su pasmo es fácil adivinar lo que piensa de su espigado y mudo compañero: "cráneo previlegiado".

2.3.09

Todos cometemos errores

Los lugares comunes informan realidades diversas: lo que vale para todos, vienen a decir, vale para uno. Si todos cometemos errores, entonces todos somos iguales, y si todos somos iguales, entonces todos somos el mismo. Una generalización nos aboca al principio de los indiscernibles: dos gotas de agua iguales son la misma gota. Pero, en realidad, sólo el agua es idéntica a sí misma. Por eso, si todos cometemos errores, cada cual comete sus propios errores, ¡aunque sean los mismos! Ésa es la diferencia.