A esas horas de la mañana, el supermercado estaba casi vacío. Mientras la mujer estaba echando un vistazo a los vinos, se le acercó un gigante, un presunto polaco, un oliente borracho, a preguntarle por la diferencia entre los calamares y los mejillones. (¡Bonita pregunta! ¡De supermercado!) El olor a vomitona echaba para atrás, el equilibrio del armario con patas era un puro desafío. Dijo que se bebió una botella de vino y que, tras reñirle una mujer, había vomitado. Ahora se quejaba del estómago. La mujer interpelada le mostró las fotografías de las cajas para que reconociera lo que buscaba. Como se puso en plan de perrito faldero, una empleada salió al quite, y le invitó a marcharse. Se fue, si, pero no sin antes agenciarse un brik de vino.
Se cuenta que Philippe Soupault, un surrealista de la primera hora, emprendió una de esas pesquisas que trataban de explorar las leyes del azar. Con absoluta seriedad, iba casa por casa, preguntando: ¿Vive aquí Philippe Soupault? No pasó mucho tiempo antes de que encontrara una casa en la que, efectivamente, vivía Philippe Soupault. Y no era la casa de Philippe Soupault.
Acaso el presunto polaco fuera surrealista sin saberlo, pero en cualquier caso su pregunta era de más enjundia que la de Philippe Soupault, tan simple, tan de sí o no, tan incapaz de desarmar al interrogado.
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15.11.09
18.6.09
Ramonismo. "Toallas"; no "tohallas"
Ramón Gómez de la Serna, alias Ramón, dice:.jpg)
Esas toallas limpias, felpudas y sin h, como se escribe toalla, aunque casi todo el mundo lo escriba con h, que no se sabe de dónde proviene, pero que debe de tener alguna procedencia atávica y antediluviana, porque ni en su más remota etimología se ha escrito toalla con h, o quizás por su parentesco con alomohada; esas toallas baratas sólo tienen un defecto: que caracterizan al que se seca con ellas, que convierten en comendadores, en convidados de piedra a los que las usan. Sueltan bigote, barba y patillas de algodón blanco cada vez que se las utiliza. (Ramonismo, Calpe, 1923.)
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Esas toallas limpias, felpudas y sin h, como se escribe toalla, aunque casi todo el mundo lo escriba con h, que no se sabe de dónde proviene, pero que debe de tener alguna procedencia atávica y antediluviana, porque ni en su más remota etimología se ha escrito toalla con h, o quizás por su parentesco con alomohada; esas toallas baratas sólo tienen un defecto: que caracterizan al que se seca con ellas, que convierten en comendadores, en convidados de piedra a los que las usan. Sueltan bigote, barba y patillas de algodón blanco cada vez que se las utiliza. (Ramonismo, Calpe, 1923.)
15.6.09
A vueltas con la h
La persecución de la h continúa. Y conviene aclarar que es ella la que me persigue a mí. Ya no se trata de que aparezca donde no tiene que aparecer, no: ahora se manifiesta donde mejor le parece. Vamos al caso: empiezo a leer un libro de Gombrowicz, comprado hoy mismo, y una h trastrocada me asalta desde la primera frase del prólogo: «Nadie podría adivinar que tras estas seis horas y cuarto que nos aguardan se encuentra un hombre deshauciado.» Mientras no esté desahuciado... ¡Mucho cuidado con la h! Inaudible y enredosa, cuando te persigue, no descansa. Donde menos se la espera, allí está (aunque también sucede lo contrario). "¿Para qué necesita hombre una h; ni otra hembra?", se pregunta el testarudo JRJ, a quien divertía ir contra la Academia y hacer rabiar a los críticos, según confesión propia. Pese a sustentar sus ideas ortográficas en el amor a la sencillez y en el odio a lo inútil, algo le impidió, por más que la repudiara, renunciar a la h (¿escrúpulos de estética, acaso?). Aunque tenía sobradas razones para hacerlo, el poeta de Moguer, Uelva -digo, Huelva- no dejó de emplearla.
12.6.09
H
Últimamente me persigue la h. ¿Quién dijo que era una letra inútil? Inútil o no, lo cierto es que prolifera sin tasa, ilegítimamente. Un día, hojeo (¿o acaso ojeo?) un libro de Juan de Ávila, y me topo con ella: «Yo, como sordo no oía, y como mudo no habría la boca (Sal 38, 14).»
Otro día, me la encuentro en un libro que no recuerdo.
Ayer, leyendo a san Juan Clímaco, me topo con ella, ululante:
«Ocurre allí abundante e invisible amargura, en particular para los descuidados, hasta que nuestra imaginación, ese perro husmeante que da vueltas a la carne del mercado con ahullidos jaranosos se vea por la sencillez profundamente libre de ira y procure diligentemente alcanzar amor y desear santidad teniendo un director.»
Hoy, hojeo (¿o acaso ojeo?) un libro de Juan de Montalvo, y me vuelvo a topar con ella, imperativa:
«Hechad la vista a la Historia Eclesiástica de Rufino y ved allí a Santa Sofronia que se da de puñaladas, cual otra Lucrecia, por huir de las brutales manos del emperador Maxencio.»
Esta exuberancia de la h (exhuberante ha sido un vocablo muy socorrido en algunos suplementos dominicales, supongo que por exotismo) no es nueva. La vez que más me sorprendió la h traidora fue cuando la encontré en las bases de un concurso oficial sobre el centenario del Quijote, dirigido a colegiales. Allí campaba (o acaso campeaba, como también se oye) por sus respetos, cual mascarón de proa de la palabra 'izquierda'. Escrito así: hizquierda. (Esto hay que verlo, para que espante.)
Por otra parte, Unamuno le dio a tan fatídica letra un uso inteligente y ecuánime cuando habló, en sus notas sobre la guerra civil, de los hunos y los hotros. (Esto también hay que verlo, para que tenga sentido.) Esa h adventicia sí que estaba sobrada de razón.
Otro día, me la encuentro en un libro que no recuerdo.
Ayer, leyendo a san Juan Clímaco, me topo con ella, ululante:
«Ocurre allí abundante e invisible amargura, en particular para los descuidados, hasta que nuestra imaginación, ese perro husmeante que da vueltas a la carne del mercado con ahullidos jaranosos se vea por la sencillez profundamente libre de ira y procure diligentemente alcanzar amor y desear santidad teniendo un director.»
Hoy, hojeo (¿o acaso ojeo?) un libro de Juan de Montalvo, y me vuelvo a topar con ella, imperativa:
«Hechad la vista a la Historia Eclesiástica de Rufino y ved allí a Santa Sofronia que se da de puñaladas, cual otra Lucrecia, por huir de las brutales manos del emperador Maxencio.»
Esta exuberancia de la h (exhuberante ha sido un vocablo muy socorrido en algunos suplementos dominicales, supongo que por exotismo) no es nueva. La vez que más me sorprendió la h traidora fue cuando la encontré en las bases de un concurso oficial sobre el centenario del Quijote, dirigido a colegiales. Allí campaba (o acaso campeaba, como también se oye) por sus respetos, cual mascarón de proa de la palabra 'izquierda'. Escrito así: hizquierda. (Esto hay que verlo, para que espante.)
Por otra parte, Unamuno le dio a tan fatídica letra un uso inteligente y ecuánime cuando habló, en sus notas sobre la guerra civil, de los hunos y los hotros. (Esto también hay que verlo, para que tenga sentido.) Esa h adventicia sí que estaba sobrada de razón.
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