| “La palabra española voluntad es una palabra sin raíces vivas en la lengua corriente y popular. En francés volonté está cerca de vouloir, latín vulgar volere, clásico velle. Pero en español no tenemos derivados de esa raíz latina. Por vouloir decimos querer, del latín quaerere, buscar, y de querer tenemos el sustantivo querencia, que no se aplica más que a las bestias y significa el apego que cobran a un lugar o a una persona. Lo que en español sale de los órganos de la virilidad no es la voluntad, sino el deseo, la gana. |
2.1.14
La gana y la nada, según Unamuno
Etiquetas: *La agonía del cristianismo*, Citas, Unamuno (Miguel de)
27.12.13
Fragmentos de "Fragmentos de un evangelio apócrifo"
48. Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.
49. Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días.
50. Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.
51. Felices los felices.
Jorge Luis Borges, "Fragmentos de un evangelio apócrifo", en Elogio de la sombra (1969)
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7.12.13
El extraño y desagradable sueño de Manuel o el mundo al revés (Un texto de Pío Baroja)
Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de estatuas; en una ponía: «La Verdad»; en la otra, «La Naturaleza»; en la otra, «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un guardia le dijo:
–¡Descúbrete, compañero!
–¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es ésta?
–Es la fiesta de la Anarquía.
En esto pasaron unos andrajosos, en los cuales Manuel reconoció al Madrileño, Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!», y los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.
Pío Baroja, fragmento de Aurora roja
20.11.13
“Un sueño”, de Yasmina Reza
| He tenido un sueño. Mi difunto padre me visitaba. |
Etiquetas: Citas, Jordá (Joaquín), Reza (Yasmina), Textos ajenos
23.9.13
11.9.13
Adiós a la política: el ejemplo alemán o la emoción profunda (Un texto de Safranski)
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Etiquetas: Alemania, Citas, Romanticismo, Safranski (Rüdiger)
7.8.13
Cielo e infierno / Justina y Susana
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—¿Cuántos pájaros has matado en tu vida, Justina? —Muchos, Susana. —¿Y no has sentido tristeza? —Sí, Susana. —Entonces, ¿qué esperas para morirte? —La muerte, Susana. —Si es nada más eso, ya vendrá. No te preocupes. (...) —¿Tú crees en el infierno, Justina? —Sí, Susana. Y también en el cielo. —Yo solo creo en el infierno —dijo. Y cerró los ojos. JUAN RULFO, Pedro Páramo |
19.6.13
El protojesuita, el moro, la concepción inmaculada y la mula… (Fragmento de “El relato del peregrino”, de Ignacio de Loyola)
| En El relato del peregrino, la singular autobiografía de Ignacio de Loyola, se narra una anécdota que da una idea cabal de su bravía juventud.
Ignacio de Loyola, El relato del peregrino Barcelona: Editorial Labor (“Las Ediciones Liberales”), 1973 |
Etiquetas: *El relato del peregrino*, Citas, San Ignacio de Loyola
2.6.13
[Las metáforas viciosas]

Para H.-G. Gadamer, el uso de metáforas no es esencial en el discurso poético. De nada sirven las metáforas si falta la poesía, viene a decir. Dos siglos antes que él, Antonio de Capmany criticaba el uso innecesario e inapropiado de las metáforas, aunque sin renegar de ellas. Pero antes que una metáfora viciosa, como las llamaba, prefería la palabra lisa y llana que simplemente nombra. ¡Qué pobre es la sencillez y cuánto cuesta merecerla!
[VICIOSO, SA. adj. Lo que tiene, ò padece vicio, ò le causa. Diccionario de autoridades, 1739.] “Son viciosas las metáforas que se toman de objetos opuestos, o términos incoherentes de comparación, esto es, que excitan ideas que no pueden ligarse, como si dijéramos: un torrente que se enciende, en lugar de, que arrebata; tomó la espada, y la esgrimió como un león, pudiendo decir, como un Cid. Así será bien dicho: el puñal de la envidia, y no el puñal sino el opio de la pereza; porque el puñal y la envidia tienen esto de común entre sí; el uno hiere el cuerpo, y el otro el alma. La pereza es pasiva, es una inacción, y por esto es comparable al sopor causado por el opio. Dice un poeta: saqué esta antorcha de Marte, por decir, esta espada. ¿Qué conveniencia tiene la antorcha que alumbra con la espada que corta? ¿Y qué necesidad hay de nombrar los objetos físicos y naturales con rodeos y signos metafóricos, sean o no congruentes? La metáfora sirve para hacer en algún modo visible lo invisible, y como palpable lo espiritual: ¿qué cosa, pues, más visible y palpable que una espada? ¿Qué palabra me representará con más viveza un álamo que la voz propia álamo; una bala que la voz propia bala? ¿Cómo he de entender que el áspid de metal es el arcabuz?”
Antonio de Capmany,
Filosofía [o Tratado] de la elocuencia [1776].
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Etiquetas: Capmany (Antonio de), Citas, Gadamer (Hans-George), Metáfora
25.5.13
«No creo en Dios» —dice Damiana Palacios
«No creo en Dios» —dice Damiana Palacios, boticaria de cuarenta años. Y habla sin gravedad, entusiasmo ni arrojo. Más que la expresión de una convicción, la afirmación revela una manera de estar en el mundo; equivale a manifestar: «La cuestión de la existencia divina no me interesa».
Empero, Damiana cree en la quiromancia, en la cartomancia, en la oniromancia, en la uromancia, en la hidromancia, en la geomancia, en la telepatía y en toda clase de las llamadas artes notorias, que predicen y vaticinan. Parla de telekinesia, de hipnosis, de psicoquinesis, de desdoblamientos, de fenómenos ectoplasmáticos, de facultades ocultas, de ondas cerebrales, de mediums, de bilocaciones y de saberes paranormales. Una cierta Silvia Carrasco, su amiga, suele echarle las cartas, como ordinariamente se dice, y siempre descubre y anuncia lances gratos para la expectante. Feliciana Duero, también amiga, la somete a sesiones de relajación y pacificaciones. «Tus piernas no pesan; tus brazos son alígeros, no te poseen» —susurra Feliciana. Y Damiana va cerrando los ojos y abandonando el cuerpo en mecánico desasimiento. Por último, Rosario Nieto, otra amiga, examina las rayas de sus manos y le augura novedades.
Damiana no cree en Dios porque su idea le produce aburrición; tampoco le arrebatan, en verdad, estas prácticas cabalísticas; sin embargo, las realiza porque las encuentra tangibles y de prontas respuestas. Dios calla, pero Silvia, Feliciana y Rosario hablan, y su decir llena el tiempo de la mujer. «Damiana quiere un mundo elemental, hecho de cosas y percances enumerables» —ha dictaminado un tal José López Martí, su observador.
«No necesaria una vida futura para Damiana; tampoco una vida actual grave» —explicó una vez la palomita a cierto Wilhelm Heintel, chapurreando el idioma alemán. Después cohabitaron de seis maneras, bien recordadas por la concubitada.
Silvia Carrasco, la cartomántica; Feliciana Duero, la ensalmadora; Rosario Nieto, la quiromántica; Pepito Cadenas, un profesor de liceo, y Emigdio Covacho, un burócrata, son los amigos cotidianos de Damiana. Se reúnen y dicen frases de esta especie: «Mi hija tarda en vestirse»... «Mi hijo no madruga»... «Tapicé mis sillones»... «Expulsé tres alumnos de las aulas»... «Compré un perrito con su collar».
«Fulano parece una araña»: he aquí una proposición demasiado compleja para Damiana y sus amigos; expresa, en efecto, algo del mundo, y no del simple entorno, por lo cual resulta excesivamente extensa para aquellos hablantes.
Damiana y sus amigos viven en Murcia.
MIGUEL ESPINOSA, Teologiæ Tractatus [Comienzo del capítulo I de La tríbada falsaria]
13.5.13
[Preguntas y respuestas] (Un texto de Arrabal)
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Te pregunté: “¿Por qué los judíos son malos?” Sí. Te pregunté: “¿Los judíos son los que mataron a Jesucristo?” Sí. Fernando Arrabal, fragmento de Baal Babilonia |
2.5.13
La horca de los días... Vladimir y Estragón charlan
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Lars Svendsen escribe en su Filosofía del tedio:
Y añade más adelante:
Y Beckett supo, sin duda, plasmar la exacta radiografía de ese tedio.
ESTRAGÓN . ¿Adónde iremos? VLADIMIR. No muy lejos. ESTRAGÓN . ¡No, no, vámonos lejos de aquí! VLADIMIR. No podemos. ESTRAGÓN. ¿Por qué? VLADIMIR. Tenemos que volver mañana. ESTRAGÓN. ¿Para qué? VLADIMIR. Para esperar a Godot. ESTRAGÓN. Es verdad. (Pausa.) ¿No ha venido? VLADIMIR. No. ESTRAGÓN. Y ahora ya es demasiado tarde. VLADIMIR. Sí, es de noche. ESTRAGÓN. ¿Y si lo dejamos correr? (Pausa.) ¿Y si lo dejamos correr? VLADIMIR. Nos castigaría. (Silencio. Mira el árbol.) Solo el árbol vive. ESTRAGÓN. (Mirando el árbol.) ¿Qué es? VLADIMIR. EI árbol. ESTRAGÓN. No, ¿qué clase de árbol? VLADIMIR. No sé. Un sauce. ESTRAGÓN. Vamos a ver. (Lleva a VLADIMIR hacia el árbol. Quedan inmóviles ante él. Silencio.) ¿Y si nos ahorcáramos? VLADIMIR. ¿Con qué? ESTRAGÓN. ¿No tienes un trozo de cuerda? VLADIMIR. No. ESTRAGÓN. Pues no podemos. VLADIMIR. Vámonos. ESTRAGÓN. Espera, podemos hacerlo con mi cinturón. VLADIMIR. Es demasiado corto. ESTRAGÓN. Tú me tiras de las piernas. VLADIMIR. ¿Y quién tirará de las mías? ESTRAGÓN. Es verdad. VLADIMIR. De todos modos, déjame ver. (ESTRAGÓN desata la cuerda que sujeta su pantalón. Éste, demasiado ancho, se le cae sobre los tobillos. Miran la cuerda.) Yo creo que podría servir. ¿Resistirá? ESTRAGÓN. Probemos. Toma. (Cada uno coge una punta de la cuerda y tiran. La cuerda se rompe. Están a punto de caer.) VLADIMIR. No vale. (Silencio.) ESTRAGÓN. ¿Dices que tenemos que volver mañana? VLADIMIR. Sí. ESTRAGÓN. Pues nos traeremos una buena cuerda. VLADIMIR. Eso es.
(Silencio.) ESTRAGÓN. Didi. VLADIMIR. ¿Qué? ESTRAGÓN. No puedo seguir así. VLADIMIR. Eso es un decir. ESTRAGÓN. ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor. VLADIMIR. Mañana nos ahorcaremos. (Pausa.) A menos que venga Godot. ESTRAGÓN. ¿Y si viene? VLADIMIR. Nos habremos salvado. (VLADIMIR se quita el sombrero –el de LUCKY–, mira el interior, pasa la mano por dentro, lo sacude y se lo vuelve a poner.) ESTRAGÓN. ¿Qué? ¿Nos vamos? VLADIMIR. Súbete los pantalones. ESTRAGÓN. ¿Qué? VLADIMIR. Súbete los pantalones. ESTRAGÓN. ¿Que me quite los pantalones? VLADIMIR. Súbete los pantalones. ESTRAGÓN. Ah, sí, es cierto.
(Se sube los pantalones. Silencio.) VLADIMIR. ¿Qué? ¿Nos vamos? ESTRAGÓN. Vámonos. (No se mueven.)
” [Traducción de Pedro Barceló (1960). He sustituido algunas palabras y frases, tomándolas de la traducción de Ana María Moix (1970)] |
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19.4.13
[Del odio insuficiente: carta de Clodia a Catulo…, y el famoso poema del vate]
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XIII-A. De Clodia a Catulo (Por el mismo mensajero, el mismo día.) Hombrecito: XIII-B. De Catulo Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris. «Odio y amo. Quizá preguntes cómo es esto posible. |
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17.4.13
[Amores e idolatría del rey Salomón]
| Pero el rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón: moabitas, amonitas, edomitas, fenicias e hititas, de las naciones de quienes había dicho el Señor a los de Israel: “No os unáis con ellas ni ellas con vosotros, porque os desviarán el corazón tras sus dioses”. Salomón se enamoró perdidamente de ellas; tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. Y así, cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre. NUEVA BIBLIA ESPAÑOLA Traducción de los textos originales dirigida por Luis Alonso Schôkel y Juan Mateos Madrid: Ediciones Cristiandad, 1977 |
13.4.13
“... a los pies de los apóstoles” (El apóstol Pedro y la mentira de Ananías)
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El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie tenía por propia cosa alguna, sino que tenían todo en común. Los apóstoles daban testimonio con energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y gozaban de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según sus necesidades. José, llamado por los apóstoles Bernabé -que significa hijo de la consolación-, levita, chipriota de nación, tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles. El caso de Ananías y Safira Sin embargo, un tal Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su mujer; luego tomó el resto y lo puso a los pies de los apóstoles. Pedro le dijo: Biblia En el texto he combinado diversas traducciones, aunque la base es la de las editoriales San Pablo y Cristiandad. |
20.3.13
Cuando Dios se le apareció a Luisito Cadalso (Fragmento del capítulo 3 de “Miau”)
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Pues como se iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la cabeza sobre el pecho, y entonces vio que no estaba solo. A su lado se sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa o manto... Aquí empezó Cadalso a observar las diferencias y semejanzas entre el pobre y la persona pues ésta veía y miraba, y sus ojos eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran idénticas a las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía definir. ¿Era blanco, azul o qué demonches de color era aquél? Tenía sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquel, mirándole con paternal benevolencia, le dijo: ―¿No me conoces? ¿No sabes quién soy? Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder. Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando bendicen, le dijo: ―Yo soy Dios. ¿No me habías conocido? Cadalsito sintió entonces, además de cortedad, miedo, y apenas podía respirar. Quiso envalentonarse, incrédulo, y con gran esfuerzo de voz pudo decir: ―¿Usted Dios, usted...? Ya quisiera... Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa, insistiendo en lo dicho: ―Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho... Luis empezó a perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de llorar. ―Ya sé de dónde vienes ―prosiguió la aparición―. El señor de Cucúrbitas no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que él dice, ¡hay tantas necesidades que remediar...! Cadalsito dio un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia a la conversación que con él sostenía: ―Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo Cadalsito, mucha paciencia. Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó a decir esto: ―¿Y cuándo colocan a mi abuelo? La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar a éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió a encararse con el pequeño, y suspirando ¡también él suspiraba!, pronunció estas graves palabras: ―Hazte cargo de las cosas. Para cada vacante hay doscientos pretendientes. Los ministros se vuelven locos y no saben a quién contentar. ¡Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo viven los pobres! Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va a poner esta noche cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico. Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no te supiste la lección de Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con muchísima razón. ¿Qué vena te dio de decir que el participio expresa la idea del verbo en abstracto? Lo confundiste con el gerundio, y luego hiciste una ensalada de los modos con los tiempos. Es que no te fijas, y cuando estudias, estás pensando en las musarañas... Cadalsito se puso muy colorado y, metiendo sus dos manos entre las rodillas, se las apretó. ―No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan a tu abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en quejarte de Posturitas. Es un ordinario, un mal criado, y ya le restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva a decirte Miau. Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando te digan Miau, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran decir. Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la escuela ocurría. Después se lanzó a decir: ―¡Contro, si yo le cojo...! ―Mira, amigo Cadalso ―le dijo su interlocutor con paternal severidad―, no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te digan Miau, se lo cuentas al maestro, y verás cómo este pone a Posturitas en cruz media hora. ―Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora. ―Ese nombre de Miau se lo encajaron a tu abuela y tías en el paraíso del Real, es a saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia. Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada. ―Ya sé que esta noche van también al Real ―añadió la aparición―. Hace un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es! ―No me quieren llevar... ¡bah!... (Desconsoladísimo.) Dígaselo usted. Aun cuando a Dios se le dice tú en los rezos, a Luis le parecía irreverente, cara a cara, tratamiento tan familiar. ―¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has perdido? ―No, señor, la tengo aquí ―dijo Cadalso, sacándola―. ¿La quiere usted leer? ―No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos... ” |
| Benito Pérez Galdós, Miau |
12.3.13
"¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo del sol?"
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| Georges La Tour |
Etiquetas: Boira Sales (José), Citas, Eclesiastés, San Jerónimo
15.10.12
Bécquer: “La poesía es el sentimiento” [Fragmentos de la segunda carta literaria a una mujer]
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8.10.12
“Lo hueco y lo consistente” (Unas palabras del Maestro Sun)
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Sunzi, El arte de la guerra Introducción, traducción y notas de Albert Galvany Madrid: Trotta, 2001 |
29.8.12
"El reino de los cielos es de los hombres sencillos" (Puche y Justina dialogan)
—Hija mía, hija mía: la vida es triste, el dolor es eterno, el mal es implacable. En el ansioso afán del mundo, la inquietud del momento futuro nos consume. Y por él son los rencores, las ambiciones devoradoras, la hipocresía lisonjera, el anhelante ir y venir de la humanidad errabunda sobre la tierra. Jesús ha dicho: “Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni allegan en trojes; y vuestro Padre celestial las alimenta...” La humanidad perece en sus propias inquietudes. La ciencia la contrista; el anhelo de las riquezas la enardece. Y así, triste y exasperada, gime en perdurables amarguras.
Justina murmura en voz opaca:
—El cuidado del día de mañana nos hace taciturnos.
Puche calla un momento; luego añade:
—Las avecillas del cielo y los lirios del campo son más felices que el hombre. El hombre se acongoja vanamente. “Porque el día de mañana á sí mismo se traerá su cuidado. Le basta al día su propio afán.” La sencillez ha huido de nuestros corazones. El reino de los cielos es de los hombres sencillos. “Y dijo: En verdad os digo, que si no os volviereis é hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”
Los martillos de la vecindad cantan en sonoro repiqueteo argentino. Justina y Puche callan durante un largo rato. Luego Puche exclama:
—Hija mía, hija mía: el mundo es enemigo del amor de Dios. Y el amor de Dios es la paz. Mas el hombre ama las cosas de la tierra. Y las cosas de la tierra se llevan nuestra paz. “Y aconteció que como fuesen de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer, que se llamaba Marta lo recibió en su casa. ”Y ésta tenía una hermana, llamada María, la cual también sentada á los pies del Señor oía su palabra. ”Pero Marta estaba afanada de continuo en las haciendas de la casa: la cual se presentó y dijo: Señor, ¿no ves cómo mi hermana me ha dejado sola para servir? Dile, pues, que me ayude. ”Y el Señor le respondió y dijo: Marta, Marta, muy cuidadosa estás y en muchas cosas te fatigas. ”En verdad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada.”
[Puche, viejo clérigo de cenceño cuerpo y cara escuálida, dialoga con su sobrina Justina, moza fina y blanca, novia de Azorín (Antonio), aunque no por mucho tiempo, ya que Justina elegirá entrar en religión.]
José Martínez Ruiz [futuro Azorín], La voluntad [1902]
Edición de E. Inman Fox
Madrid: Clásicos Castalia (Narrativa siglo XX), 2010
¡Nada! Así es como se ha producido ese especial nihilismo español —más valdría llamarle nadismo para diferenciarle del ruso— que asoma ya en san Juan de la Cruz, que reflejaron pálidamente Fenelon y madame Guyon y que se llama quietismo en el español aragonés Miguel de Molinos. Nadismo que nadie ha definido mejor que el pintor Ignacio Zuloaga cuando, enseñando a un amigo su retrato del botero de Segovia [El enano Gregorio el botero, 1907. Museo Hermitage. San Petersburgo], un monstruo a lo Velázquez, un enano disforme y sentimental, le dijo: «—¡Si vieras qué filósofo!... ¡No dice nada!». No es que dijera que no hay nada o que todo se reduce a nada; es que no decía nada. Era acaso un místico sumergido en la noche oscura del espíritu de san Juan de la Cruz. Y acaso todos los monstruos de Velázquez son místicos de ese género. Nuestra pintura española, ¿no sería la expresión más pura de nuestra filosofía viril? El botero de Segovia, al no decir nada de nada, se ha librado de la obligación de pensar; es un verdadero librepensador.”



Esperando a Godot. A veces me pregunto por el secreto de esta obra de Beckett, a la que vuelvo de vez en cuando. A partir de una anécdota nimia, tonta incluso, asistimos a unos diálogos insulsos y erráticos de dos hombres que esperan a un enigmático Godot. Pero tras esas palabras se yergue una cruel alegoría de la existencia humana, un desierto sin esperanza. Desposeída de anhelos y herida de muerte, la eterna espera se vuelve pregunta sin respuesta. 

Vida de la comunidad: comunidad de bienes
“
“El Maestro Sun dijo: