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2.1.14

La gana y la nada, según Unamuno

La palabra española voluntad es una palabra sin raíces vivas en la lengua corriente y popular. En francés volonté está cerca de vouloir, latín vulgar volere, clásico velle. Pero en español no tenemos derivados de esa raíz latina. Por vouloir decimos querer, del latín quaerere, buscar, y de querer tenemos el sustantivo querencia, que no se aplica más que a las bestias y significa el apego que cobran a un lugar o a una persona. Lo que en español sale de los órganos de la virilidad no es la voluntad, sino el deseo, la gana.
  ¡Gana! ¡Admirable palabra! Gana, término de origen germánico probablemente —aunque el español sea la lengua latina más latina, más que el italiano; la que contiene menos elementos germánicos—, gana es algo como deseo, humor, apetito. Hay ganas, en plural, de comer, de beber y de librarse de las sobras de la comida y de la bebida. Hay ganas de trabajar y, sobre todo, ganas de no hacer nada. Como decía el otro: «No es que no tenga ganas de trabajar, es que tengo ganas de no trabajar». Y la gana de no hacer es desgana. La virilidad marcha a su suicidio, marcha por vía de soledad, de eunuquismo. Lo que ocurre a menudo con los abúlicos voluntariosos.
  ¡Con cuánto acierto y cuán hondamente se ha podido hablar de lujuria espiritual! De esa lujuria de solitario onanista a la manera del pobre Huysmans, otro agonizante más, cuando se puso en route buscando la fe cristiana monástica, la fe de los solitarios que renuncian a la paternidad carnal. «No me da la real gana, no me da la santísima gana», dice un español. Y dice también: «Eso no me sale de... la virilidad» (por eufeminismo) [¡sic!]. Pero ¿qué?, ¿cuál es la fuente de la real y santísima gana?
  La gana, ya lo hemos dicho, no es una potencia intelectual, y puede acabar en desgana. Engendra, en vez de voluntad, la noluntad, de nolle, no querer. Y la noluntad, hija de la desgana, conduce a la nada.
¡Nada!, otra palabra española henchida de vida, de resonancias abismáticas, que el pobre Amiel —otro agonizante solitario, ¡y cómo luchó con la virilidad!— graba en español en su Diario íntimo. ¡Nada! Es a lo que vienen a dar la fe de la virilidad y la virilidad de la fe.
  ¡Nada! Así es como se ha producido ese especial nihilismo español —más valdría llamarle nadismo para diferenciarle del ruso— que asoma ya en san Juan de la Cruz, que reflejaron pálidamente Fenelon y madame Guyon y que se llama quietismo en el español aragonés Miguel de Molinos. Nadismo que nadie ha definido mejor que el pintor Ignacio Zuloaga cuando, enseñando a un amigo su retrato del botero de Segovia [El enano Gregorio el botero, 1907. Museo Hermitage. San Petersburgo], un monstruo a lo Velázquez, un enano disforme y sentimental, le dijo: «—¡Si vieras qué filósofo!... ¡No dice nada!». No es que dijera que no hay nada o que todo se reduce a nada; es que no decía nada. Era acaso un místico sumergido en la noche oscura del espíritu de san Juan de la Cruz. Y acaso todos los monstruos de Velázquez son místicos de ese género. Nuestra pintura española, ¿no sería la expresión más pura de nuestra filosofía viril? El botero de Segovia, al no decir nada de nada, se ha librado de la obligación de pensar; es un verdadero librepensador.

Miguel de Unamuno, La agonía del cristianismo


NOTA: Dado que el singular desliz señalado arriba (“eufeminismo” en vez de “eufemismo”) no es achacable a Unamuno, lo mejor será dejar constancia del lugar del crimen:
La agonía del cristianismo, 5ª edición, cap. VI, p. 70. Madrid: Espasa-Calpe (Colección Austral), 1975.

27.12.13

Fragmentos de "Fragmentos de un evangelio apócrifo"

47. Feliz el pobre sin amargura o el rico sin soberbia.
48. Felices los valientes, los que aceptan con ánimo parejo la derrota o las palmas.
49. Felices los que guardan en la memoria palabras de Virgilio o de Cristo, porque éstas darán luz a sus días.
50. Felices los amados y los amantes y los que pueden prescindir del amor.
51. Felices los felices.
Jorge Luis Borges, "Fragmentos de un evangelio apócrifo", en Elogio de la sombra (1969)

7.12.13

El extraño y desagradable sueño de Manuel o el mundo al revés (Un texto de Pío Baroja)

Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de estatuas; en una ponía: «La Verdad»; en la otra, «La Naturaleza»; en la otra, «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un guardia le dijo:
–¡Descúbrete, compañero!
–¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es ésta?
–Es la fiesta de la Anarquía.
En esto pasaron unos andrajosos, en los cuales Manuel reconoció al Madrileño, Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!», y los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.


Pío Baroja, fragmento de Aurora roja

20.11.13

“Un sueño”, de Yasmina Reza

He tenido un sueño. Mi difunto padre me visitaba.
–Vaya –le dije–, ¿qué tal? ¿Has visto a Beethoven?
Se enfurruña y menea la cabeza, enojado y triste:
–¡Quita, quita! ¡Qué horrible encuentro!
–¿Y eso?
–Muy antipático. Muchísimo.
–No me digas, papá...
–Me acerco a él –prosigue mi padre–, dispuesto a abrazarle, ¿y sabes qué me dice?: «¿Cómo se ha atrevido a tocar el adagio de la Hammerklavier?* ¿Cómo ha podido pensar ni por un segundo en interpretar un compás de la Hammerklavier?». «Discúlpeme, maestro –le contestó mi padre–, le creía por encima de esas cosas ahora.» «¡Pero bueno! –exclamó Beethoven–. ¡Estar muerto no significa ser sensato!»

Yasmina Reza,
Hammerklavier
[Editorial Anagrama. Traducción de Joaquín Jordá]______________________
* Nombre con el que se conoce popularmente la Sonata para piano en si bemol mayor, opus 106, de Beethoven. (N. del T.)

23.9.13

Una cita de Horacio


Nosotros y nuestras obras

nos debemos a la muerte.


Horacio, Poética

11.9.13

Adiós a la política: el ejemplo alemán o la emoción profunda (Un texto de Safranski)

La toma del poder por parte de Hitler desató un estado de ánimo revolucionario en el momento en que se notó con espanto, pero también con admiración y alivio, que los nazis pretendían efectivamente triturar el sistema de Weimar, apoyado solamente por una minoría. Hubo manifestaciones sobrecogedoras del nuevo sentimiento de comunidad, juramentos de masas bajo catedrales luminosas, fuegos de campamento en las montañas, discursos del Führer en la radio, mientras la gente se congregaba con sus vestidos estivales para escucharlo en las plazas públicas, en el aula de la universidad y en las cervecerías, así como cantos corales en las iglesias para celebrar la toma del poder. Es difícil reproducir el temple de ánimo de aquellas semanas, escribe Sebastian Haffner, que lo experimentó en persona. Esa disposición de ánimo constituía la auténtica base del poder para el futuro Estado del Führer. «Era un sentimiento muy ampliamente difundido de redención y liberación de la democracia, no puede decirse de otra manera.» Este sentimiento de alivio por el final de la democracia no se limitaba a los enemigos de la República. Incluso la mayoría de sus adictos no le atribuían la capacidad de hacer frente a la crisis. Era como si se hubiese disuelto un hechizo paralizante. Parecía anunciarse algo realmente nuevo: un gobierno del pueblo sin partidos y con un caudillo, del cual se esperaba que hiciera nuevamente de Alemania una nación unida en el interior y segura de sí misma hacia el exterior. Parecía cumplirse finalmente la añoranza de una política apolítica. La política había sido para la mayoría un asunto de altercados de partidos y de egoísmo. Heidegger había expresado el resentimiento contra la política cuando adjudicó toda esta esfera al «uno» y a las «habladurías». La política era considerada una traición a los valores de la verdadera dicha: dicha familiar, espíritu, fidelidad, valor. «Un hombre político me resulta repugnante», había escrito ya Richard Wagner. El afecto antipolítico no quiere avenirse con el hecho de la pluralidad de los hombres, sino que busca el gran singular: el alemán, el pueblo, el trabajador, el espíritu.

Lo que había quedado de prudencia política perdió todo crédito de la noche a la mañana; y lo que ahora contaba era la emoción profunda.  [La cursiva es mía.]


Rüdiger Safranski, Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán
Barcelona: Tusquets, 2009
Traducción de Raúl Gabás

7.8.13

Cielo e infierno / Justina y Susana

—¿Cuántos pájaros has matado en tu vida, Justina?

—Muchos, Susana.

—¿Y no has sentido tristeza?

—Sí, Susana.

—Entonces, ¿qué esperas para morirte?

—La muerte, Susana.

—Si es nada más eso, ya vendrá. No te preocupes.

(...)

—¿Tú crees en el infierno, Justina?

—Sí, Susana. Y también en el cielo.

—Yo solo creo en el infierno —dijo. Y cerró los ojos.


JUAN RULFO, Pedro Páramo

19.6.13

El protojesuita, el moro, la concepción inmaculada y la mula… (Fragmento de “El relato del peregrino”, de Ignacio de Loyola)

En El relato del peregrino, la singular autobiografía de Ignacio de Loyola, se narra una anécdota que da una idea cabal de su bravía juventud. 
De todos es sabido que el paso del tiempo vuelve extraños comportamientos que fueron normales, lo que dificulta asomarse al pasado sin enjuiciarlo con la superioridad propia del que cree que sus valores de época son el no va más. Tales ejercicios de ética ucrónica adulan nuestro ego hasta el delirio y, bien mirado, equivaldrían a la compra de indulgencias, laicas. Mirar hacia atrás en plan perdonavidas es propio de mentecatos cegados por la mera cronología. ¿Cómo comprender el pasado sin renunciar a las certezas del presente? ¿Y quién ha dicho que nuestro presente sea moralmente superior a todo el pasado? Epicteto decía que unas cosas dependen de nosotros y otras no. En aquellas que dependen de nosotros ponemos en juego nuestra libertad. Pero a veces nos asusta decidir y recurrimos a subterfugios para rebajar el miedo. Es una manera de decidir como si no decidiéramos. Y eso es lo que hizo el futuro fundador de la Compañía de Jesús: supeditar su crucial decisión a lo que hiciera una mula. Y la mula bendita “decidió”, sin ella saberlo, que no se derramara sobre ella sangre inocente.


Pues, yendo por su camino, le alcanzó un moro, caballero en un mulo; y yendo hablando los dos, vinieron a hablar en Nuestra Señora; y el moro decía que bien le parecía a él la Virgen haber concebido sin hombre; mas el parir quedando virgen no lo podía creer, dando para esto las causas naturales que a él se le ofrecían. La cual opinión, por muchas razones que le dio el peregrino, no pudo deshacer. Y así el moro se adelantó con tanta prisa, que le perdió de vista, quedando pensando en lo que había pasado con el moro. Y en esto le vinieron unas mociones que hacían en su ánima descontentamiento, pareciéndole que no había hecho su deber, y también le causan indignación contra el moro, pareciéndole que había hecho mal en consentir que un moro dijese tales cosas de Nuestra Señora, y que era obligado volver por su honra. Y así le venían deseos de ir a buscar el moro y darle de puñaladas por lo que había dicho; y perseverando mucho en el combate de estos deseos, a la fin quedó dubio, sin saber lo que era obligado hacer. El moro, que se había adelantado, le había dicho que se iba a un lugar que estaba un poco adelante en su mismo camino, muy junto del camino real, mas no que pasase el camino real por el lugar.
Y así, después de cansado de examinar lo que sería bueno hacer, no hallando cosa cierta a que se determinase, se determinó en esto, scilicet, de dejar ir a la mula con la rienda suelta hasta al lugar donde se dividían los caminos; y que si la mula fuese por el camino de la villa, él buscaría el moro y le daría de puñaladas; y si no fuese hacia la villa, sino por el camino real, dejarlo quedar. Y haciéndolo así como pensó, quiso Nuestro Señor que, aunque la villa estaba poco más de treinta o cuarenta pasos, y el camino que a ella iba era muy ancho y muy bueno, la mula tomó el camino real, y dejó el de la villa.


Ignacio de Loyola, El relato del peregrino
Barcelona: Editorial Labor (“Las Ediciones Liberales”), 1973

2.6.13

[Las metáforas viciosas]



Para H.-G. Gadamer, el uso de metáforas no es esencial en el discurso poético. De nada sirven las metáforas si falta la poesía, viene a decir. Dos siglos antes que él, Antonio de Capmany  criticaba el uso  innecesario e inapropiado de las metáforas, aunque sin renegar de ellas. Pero antes que una metáfora viciosa, como las llamaba, prefería la palabra lisa y llana que simplemente nombra. ¡Qué pobre es la sencillez y cuánto cuesta merecerla!                                                                                                                                                                                          

[VICIOSO, SA. adj. Lo que tiene, ò padece vicio, ò le causa.  
Diccionario de autoridades, 1739.]

Son viciosas las metáforas que se toman de objetos opuestos, o términos incoherentes de comparación, esto es, que excitan ideas que no pueden ligarse, como si dijéramos: un torrente que se enciende, en lugar de, que arrebata; tomó la espada, y la esgrimió como un león, pudiendo decir, como un Cid. Así será bien dicho: el puñal de la envidia, y no el puñal sino el opio de la pereza; porque el puñal y la envidia tienen esto de común entre sí; el uno hiere el cuerpo, y el otro el alma. La pereza es pasiva, es una inacción, y por esto es comparable al sopor causado por el opio. Dice un poeta: saqué esta antorcha de Marte, por decir, esta espada. ¿Qué conveniencia tiene la antorcha que alumbra con la espada que corta? ¿Y qué necesidad hay de nombrar los objetos físicos y naturales con rodeos y signos metafóricos, sean o no congruentes? La metáfora sirve para hacer en algún modo visible lo invisible, y como palpable lo espiritual: ¿qué cosa, pues, más visible y palpable que una espada? ¿Qué palabra me representará con más viveza un álamo que la voz propia álamo; una bala que la voz propia bala? ¿Cómo he de entender que el áspid de metal es el arcabuz?


Antonio de Capmany, Filosofía [o Tratado] de la elocuencia [1776].


25.5.13

«No creo en Dios» —dice Damiana Palacios

«No creo en Dios» —dice Damiana Palacios, boticaria de cuarenta años. Y habla sin gravedad, entusiasmo ni arrojo. Más que la expresión de una convicción, la afirmación revela una manera de estar en el mundo; equivale a manifestar: «La cuestión de la existencia divina no me interesa».
Empero, Damiana cree en la quiromancia, en la cartomancia, en la oniromancia, en la uromancia, en la hidromancia, en la geomancia, en la telepatía y en toda clase de las llamadas artes notorias, que predicen y vaticinan. Parla de telekinesia, de hipnosis, de psicoquinesis, de desdoblamientos, de fenómenos ectoplasmáticos, de facultades ocultas, de ondas cerebrales, de mediums, de bilocaciones y de saberes paranormales. Una cierta Silvia Carrasco, su amiga, suele echarle las cartas, como ordinariamente se dice, y siempre descubre y anuncia lances gratos para la expectante. Feliciana Duero, también amiga, la somete a sesiones de relajación y pacificaciones. «Tus piernas no pesan; tus brazos son alígeros, no te poseen» —susurra Feliciana. Y Damiana va cerrando los ojos y abandonando el cuerpo en mecánico desasimiento. Por último, Rosario Nieto, otra amiga, examina las rayas de sus manos y le augura novedades.
Damiana no cree en Dios porque su idea le produce aburrición; tampoco le arrebatan, en verdad, estas prácticas cabalísticas; sin embargo, las realiza porque las encuentra tangibles y de prontas respuestas. Dios calla, pero Silvia, Feliciana y Rosario hablan, y su decir llena el tiempo de la mujer. «Damiana quiere un mundo elemental, hecho de cosas y percances enumerables» —ha dictaminado un tal José López Martí, su observador.
«No necesaria una vida futura para Damiana; tampoco una vida actual grave» —explicó una vez la palomita a cierto Wilhelm Heintel, chapurreando el idioma alemán. Después cohabitaron de seis maneras, bien recordadas por la concubitada.
Silvia Carrasco, la cartomántica; Feliciana Duero, la ensalmadora; Rosario Nieto, la quiromántica; Pepito Cadenas, un profesor de liceo, y Emigdio Covacho, un burócrata, son los amigos cotidianos de Damiana. Se reúnen y dicen frases de esta especie: «Mi hija tarda en vestirse»... «Mi hijo no madruga»... «Tapicé mis sillones»... «Expulsé tres alumnos de las aulas»... «Compré un perrito con su collar».
«Fulano parece una araña»: he aquí una proposición demasiado compleja para Damiana y sus amigos; expresa, en efecto, algo del mundo, y no del simple entorno, por lo cual resulta excesivamente extensa para aquellos hablantes.
Damiana y sus amigos viven en Murcia.

MIGUEL ESPINOSA, Teologiæ Tractatus [Comienzo del capítulo I de La tríbada falsaria]

13.5.13

[Preguntas y respuestas] (Un texto de Arrabal)

Te pregunté: “¿Por qué los judíos son malos?”
Me respondiste: “Porque sí; todo el mundo lo sabe.”
Te pregunté luego: “¿Por qué los anarquistas son malos?”
Me respondiste: “Porque sí; todo el mundo lo sabe.”
Te pregunté: “¿Por qué papá era judío?”
No me respondiste nada.
Te pregunté luego: “¿Por qué papá era anarquista?”
No me respondiste nada.

Sí.

Te pregunté: “¿Los judíos son los que mataron a Jesucristo?”
Tú me dijiste: “¡Sí!”
Te pregunté luego: “¿Los anarquistas son los que ponen bombas para matar a la gente?”
Tú me dijiste: “¡Sí!”
Te pregunté si yo sería judío cuando fuera mayor.
Tú me dijiste: “¡No!”
Te pregunté luego si yo sería anarquista cuando fuera mayor.
Tú me dijiste: “¡No!”
Luego añadiste que yo era bueno y me besaste.

Sí.


Fernando Arrabal, fragmento de Baal Babilonia

2.5.13

La horca de los días... Vladimir y Estragón charlan

Esperando a Godot. A veces me pregunto por el secreto de esta obra de Beckett, a la que vuelvo de vez en cuando. A partir de una anécdota nimia, tonta incluso, asistimos a unos diálogos insulsos y erráticos de dos hombres que esperan a un enigmático Godot. Pero tras esas palabras se yergue una cruel alegoría de la existencia humana, un desierto sin esperanza. Desposeída de anhelos y herida de muerte, la eterna espera se vuelve pregunta sin respuesta.
Vladimir y Estragón charlan, dicen y hacen tonterías, y en sus palabras, tan huecas, se abren abismos, ciénagas en las que -si nada lo remedia- parece inevitable hundirse. (Las formas de la banalidad cambian con el tiempo, pero la banalidad es siempre la misma.) Las palabras de Vladimir y Estragón dicen lo que dicen, y lo dicen sin mayores pretensiones, y acaso por eso acaban trascendiendo su escueto significado.

Lars Svendsen escribe en su Filosofía del tedio:

Cuando esperamos, la espera tiene un objetivo. De hecho, esperamos algo. Sin embargo, en Beckett, la espera no tiene meta alguna y, si bien los personajes de sus textos no siempre son conscientes de que su espera es vana y sin objeto, sí lo es el lector. Se trata de una espera de algo que jamás llegará.

Y añade más adelante:

Quedarse esperando un instante que no llegará jamás, en un mundo de inmanencia, carente por completo de exterior: eso es el tedio llevado a sus últimas consecuencias.

Y Beckett supo, sin duda, plasmar la exacta radiografía de ese tedio.



ESTRAGÓN . ¿Adónde iremos?

VLADIMIR. No muy lejos.

ESTRAGÓN . ¡No, no, vámonos lejos de aquí!

VLADIMIR. No podemos.

ESTRAGÓN. ¿Por qué?

VLADIMIR. Tenemos que volver mañana.

ESTRAGÓN. ¿Para qué?

VLADIMIR. Para esperar a Godot.

ESTRAGÓN. Es verdad. (Pausa.) ¿No ha venido?

VLADIMIR. No.

ESTRAGÓN. Y ahora ya es demasiado tarde.

VLADIMIR. Sí, es de noche.

ESTRAGÓN. ¿Y si lo dejamos correr? (Pausa.) ¿Y si lo dejamos correr?

VLADIMIR. Nos castigaría. (Silencio. Mira el árbol.) Solo el árbol vive.

ESTRAGÓN. (Mirando el árbol.) ¿Qué es?

VLADIMIR. EI árbol.

ESTRAGÓN. No, ¿qué clase de árbol?

VLADIMIR. No sé. Un sauce.

ESTRAGÓN. Vamos a ver. (Lleva a VLADIMIR hacia el árbol. Quedan inmóviles ante él. Silencio.) ¿Y si nos ahorcáramos?

VLADIMIR. ¿Con qué?

ESTRAGÓN. ¿No tienes un trozo de cuerda?

VLADIMIR. No.

ESTRAGÓN. Pues no podemos.

VLADIMIR. Vámonos.

ESTRAGÓN. Espera, podemos hacerlo con mi cinturón.

VLADIMIR. Es demasiado corto.

ESTRAGÓN. Tú me tiras de las piernas.

VLADIMIR. ¿Y quién tirará de las mías?

ESTRAGÓN. Es verdad.

VLADIMIR. De todos modos, déjame ver. (ESTRAGÓN desata la cuerda que sujeta su pantalón. Éste, demasiado ancho, se le cae sobre los tobillos. Miran la cuerda.) Yo creo que podría servir. ¿Resistirá?

ESTRAGÓN. Probemos. Toma.

(Cada uno coge una punta de la cuerda y tiran. La cuerda se rompe. Están a punto de caer.)

VLADIMIR. No vale.

(Silencio.)

ESTRAGÓN. ¿Dices que tenemos que volver mañana?

VLADIMIR. Sí.

ESTRAGÓN. Pues nos traeremos una buena cuerda.

VLADIMIR. Eso es.

(Silencio.)

ESTRAGÓN. Didi.

VLADIMIR. ¿Qué?

ESTRAGÓN. No puedo seguir así.

VLADIMIR. Eso es un decir.

ESTRAGÓN. ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor.

VLADIMIR. Mañana nos ahorcaremos. (Pausa.) A menos que venga Godot.

ESTRAGÓN. ¿Y si viene?

VLADIMIR. Nos habremos salvado.

(VLADIMIR se quita el sombrero –el de LUCKY–, mira el interior, pasa la mano por dentro, lo sacude y se lo vuelve a poner.)

ESTRAGÓN. ¿Qué? ¿Nos vamos?

VLADIMIR. Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN. ¿Qué?

VLADIMIR. Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN. ¿Que me quite los pantalones?

VLADIMIR. Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN. Ah, sí, es cierto.

(Se sube los pantalones. Silencio.)

VLADIMIR. ¿Qué? ¿Nos vamos?

ESTRAGÓN. Vámonos.

(No se mueven.)

 


Samuel Beckett, Esperando a Godot
[Traducción de Pedro Barceló (1960). He sustituido algunas palabras y frases, tomándolas de la traducción de Ana María Moix (1970)]

 

19.4.13

[Del odio insuficiente: carta de Clodia a Catulo…, y el famoso poema del vate]

XIII-A. De Clodia a Catulo

(Por el mismo mensajero, el mismo día.)
(En griego.)

Hombrecito:
Sí. Es verdad. Todo es verdad. ¿Cómo podría no ser cruel contigo? Sopórtalo, súfrelo, pero no me abandones.
Te lo diré todo: es mi último recurso. Prepárate para este nuevo horror. Mi tío me violó cuando tenía doce años. ¿Sobre qué, sobre quién descargar mi venganza?
¿Que cómo ocurrió? En un huerto, al mediodía. Bajo un sol ardiente. Ahora ya te lo he dicho todo.
Nadie puede ayudarme, ni pido ayuda. Pido compañía en el odio. Lo que no puedo tolerar en ti es que no odies bastante.
Ven a mí. Ven a mí, hombrecito.
Pero ¿qué más podría decirte?
Ven.

XIII-B. De Catulo

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

«Odio y amo. Quizá preguntes cómo es esto posible.
No lo sé. Pero así lo siento. Y es mi cruz.»


Thornton Wilder, Los idus de marzo
[María Antonia Oyuela, trad.]

17.4.13

[Amores e idolatría del rey Salomón]

      Pero el rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón: moabitas, amonitas, edomitas, fenicias e hititas, de las naciones de quienes había dicho el Señor a los de Israel: “No os unáis con ellas ni ellas con vosotros, porque os desviarán el corazón tras sus dioses”. Salomón se enamoró perdidamente de ellas; tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. Y así, cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre.       
     Salomón siguió a Astarté, diosa de los fenicios; a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo lo que el Señor reprueba; no siguió plenamente al Señor, como su padre, David. Entonces construyó una ermita a Camós, ídolo de Moab, en el monte que se alza frente a Jerusalén, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo otro tanto para sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y sacrificaban en honor de sus dioses.  
     El Señor se encolerizó contra Salomón, porque había desviado su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y que precisamente le había prohibido seguir a dioses extranjeros; pero Salomón no cumplió esta orden. Entonces el Señor le dijo:
     ---Por haberte portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre, David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida.
[Reyes 1, 11 1-13]



NUEVA BIBLIA ESPAÑOLA
Traducción de los textos originales dirigida por Luis Alonso Schôkel y Juan Mateos
Madrid: Ediciones Cristiandad, 1977


13.4.13

“... a los pies de los apóstoles” (El apóstol Pedro y la mentira de Ananías)

Vida de la comunidad: comunidad de bienes

     El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie tenía por propia cosa alguna, sino que tenían todo en común. Los apóstoles daban testimonio con energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y gozaban de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según sus necesidades. José, llamado por los apóstoles Bernabé -que significa hijo de la consolación-, levita, chipriota de nación, tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

El caso de Ananías y Safira

     Sin embargo, un tal Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su mujer; luego tomó el resto y lo puso a los pies de los apóstoles. Pedro le dijo:
     -Ananías, ¿cómo es que Satanás se te ha metido dentro? ¿Por qué has mentido al Espíritu Santo reservándote parte del precio de la finca? ¿Acaso no era tuya antes de venderla, y aun después de venderla no quedaba a tu disposición el precio? ¿Por qué has hecho esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
    
Ananías, al oír estas palabras, cayó muerto, y cuantos lo supieron se llenaron de miedo. Fueron unos jóvenes, lo amortajaron y lo llevaron a enterrar.
     Unas tres horas más tarde llegó su mujer, que ignoraba lo sucedido. Pedro le preguntó:
     -Dime, ¿vendisteis la finca por tanto?  
     Ella contestó:
     -Sí, por tanto.
     Pedro replicó:
     -¿Por qué os pusisteis
de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? Mira, los que han enterrado a tu marido están ya pisando el umbral para llevarte a ti.  
     En el acto cayó a sus pies y expiró. Al entrar los mozos la encontraron muerta; se la llevaron y la enterraron junto a su marido. La comunidad entera quedó espantada y lo mismo todos los que se enteraron. 
[
Hechos de los apóstoles, 4 32  y ss.]



Biblia

En el texto he combinado diversas traducciones, aunque la base es la de las editoriales San Pablo y Cristiandad. 

20.3.13

Cuando Dios se le apareció a Luisito Cadalso (Fragmento del capítulo 3 de “Miau”)

 

Pues como se iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la cabeza sobre el pecho, y entonces vio que no estaba solo. A su lado se sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa o manto... Aquí empezó Cadalso a observar las diferencias y semejanzas entre el pobre y la persona pues ésta veía y miraba, y sus ojos eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran idénticas a las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía definir. ¿Era blanco, azul o qué demonches de color era aquél? Tenía sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquel, mirándole con paternal benevolencia, le dijo:

―¿No me conoces? ¿No sabes quién soy?

Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder. Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando bendicen, le dijo:

―Yo soy Dios. ¿No me habías conocido?

Cadalsito sintió entonces, además de cortedad, miedo, y apenas podía respirar. Quiso envalentonarse, incrédulo, y con gran esfuerzo de voz pudo decir:

¿Usted Dios, usted...? Ya quisiera...

Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa, insistiendo en lo dicho:

―Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...

Luis empezó a perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de llorar.

―Ya sé de dónde vienes ―prosiguió la aparición―. El señor de Cucúrbitas no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que él dice, ¡hay tantas necesidades que remediar...!

Cadalsito dio un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia a la conversación que con él sostenía:

―Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo Cadalsito, mucha paciencia.

Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó a decir esto:

―¿Y cuándo colocan a mi abuelo?

La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar a éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió a encararse con el pequeño, y suspirando ¡también él suspiraba!, pronunció estas graves palabras:

―Hazte cargo de las cosas. Para cada vacante hay doscientos pretendientes. Los ministros se vuelven locos y no saben a quién contentar. ¡Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo viven los pobres! Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va a poner esta noche cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico. Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no te supiste la lección de Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con muchísima razón. ¿Qué vena te dio de decir que el participio expresa la idea del verbo en abstracto? Lo confundiste con el gerundio, y luego hiciste una ensalada de los modos con los tiempos. Es que no te fijas, y cuando estudias, estás pensando en las musarañas...

Cadalsito se puso muy colorado y, metiendo sus dos manos entre las rodillas, se las apretó.

―No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan a tu abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en quejarte de Posturitas. Es un ordinario, un mal criado, y ya le restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva a decirte Miau. Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando te digan Miau, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran decir.

Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la escuela ocurría. Después se lanzó a decir:

―¡Contro, si yo le cojo...!

―Mira, amigo Cadalso ―le dijo su interlocutor con paternal severidad―, no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te digan Miau, se lo cuentas al maestro, y verás cómo este pone a Posturitas en cruz media hora.

―Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.

―Ese nombre de Miau se lo encajaron a tu abuela y tías en el paraíso del Real, es a saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.

Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.

―Ya sé que esta noche van también al Real ―añadió la aparición―. Hace un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!

―No me quieren llevar... ¡bah!... (Desconsoladísimo.) Dígaselo usted.

Aun cuando a Dios se le dice en los rezos, a Luis le parecía irreverente, cara a cara, tratamiento tan familiar.

―¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has perdido?

―No, señor, la tengo aquí ―dijo Cadalso, sacándola―. ¿La quiere usted leer?

―No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...

 

Benito Pérez Galdós, Miau
Edición de Francisco Javier Díez de Revenga
Madrid: Cátedra (Letras Hispánicas), 2000

12.3.13

"¿Qué saca el hombre de todo el trabajo con que se afana debajo del sol?"

Georges La Tour
"Después de la afirmación general de que todo es vano, [el Eclesiastés] empieza con los hombres: en vano se cansan en el trabajo de este mundo, reuniendo riquezas, instruyendo a los hijos, ambicionando honores, construyendo edificios; pues una súbita muerte los llevará cuando, ocupados en sus tareas, escuchen: Insensato, esta noche tu alma te será arrebatada; ¿de quién será cuanto has almacenado? [Lc 12, 20]. Es evidente que los hombres no se llevan nada de su trabajo, sino que vuelven desnudos a la tierra, de donde fueron tomados." [Jerónimo, Comentario al Eclesiastés, I, 3Traducción de José Boira Sales - Madrid: Ciudad Nueva, 2004]

15.10.12

Bécquer: “La poesía es el sentimiento” [Fragmentos de la segunda carta literaria a una mujer]

... por lo que a mí toca, puedo asegurarte que cuando siento no escribo. Guardo, sí, en mi cerebro escritas, como en un libro misterioso, las impresiones que han dejado en él su huella al pasar. Estas ligeras y ardientes hijas de la sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que, puro, tranquilo, sereno y revestido, por decirlo así, de un poder sobrenatural, mi espíritu las evoca, y tienden sus alas transparentes, que bullen con un zumbido extraño, y cruzan otra vez por mis ojos como en una visión luminosa y magnífica.
Entonces no siento ya con los nervios que se agitan, con el pecho que se oprime, con la parte orgánica y material que se conmueve al rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos. Siento, sí, pero de una manera que puede llamarse artificial; escribo como el que copia de una página ya escrita; dibujo como el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la bruma de los horizontes.

8.10.12

“Lo hueco y lo consistente” (Unas palabras del Maestro Sun)

“El Maestro Sun dijo:

Por lo general, quien llegue antes al terreno de batalla y espere al enemigo estará reposado; quien llegue más tarde y de inmediato entable combate estará extenuado. Por lo que el experto estratega desplaza al enemigo y no se deja desplazar por él.
Hacer que el enemigo se desplace por sí mismo al lugar que uno desea es cuestión de favorecérselo; hacer que el enemigo no pueda desplazarse al lugar que él desea es cuestión de dificultárselo. Si el enemigo está descansado, fatígalo; si está bien alimentado, hazle pasar hambre; si está en reposo, oblígalo a actuar. Surge donde no pueda entablar combate y entra en combate donde no lo imagine. Recorrer mil millas sin fatigarse depende de que lo hagas por lugares en los que no hay enemigos; atacar con la seguridad de que el enemigo resultará capturado depende de que lo hagas donde no defiende; defender con la certeza de que tu defensa resultará impenetrable depende de que lo hagas donde el enemigo no atacará.
Por tanto, el estratega diestro en el ataque lo es porque logra que el enemigo no sepa dónde defender; el estratega diestro en la defensa lo es porque logra que el enemigo no sepa dónde atacar.

¡Sutil! Sutil hasta el punto de no tener forma. ¡Inescrutable! Inescrutable hasta el pun
to de ser inaudible. De este modo logra erigirse en amo del destino del enemigo.”


Sunzi, El arte de la guerra
Introducción, traducción y notas de Albert Galvany
Madrid: Trotta, 2001

29.8.12

"El reino de los cielos es de los hombres sencillos" (Puche y Justina dialogan)


Puche dice:
—Hija mía, hija mía: la vida es triste, el dolor es eterno, el mal es implacable. En el ansioso afán del mundo, la inquietud del momento futuro nos consume. Y por él son los rencores, las ambiciones devoradoras, la hipocresía lisonjera, el anhelante ir y venir de la humanidad errabunda sobre la tierra. Jesús ha dicho: “Mirad las aves del cielo, que no siembran ni siegan, ni allegan en trojes; y vuestro Padre celestial las alimenta...” La humanidad perece en sus propias inquietudes. La ciencia la contrista; el anhelo de las riquezas la enardece. Y así, triste y exasperada, gime en perdurables amarguras.
Justina murmura en voz opaca:
—El cuidado del día de mañana nos hace taciturnos.
Puche calla un momento; luego añade:
—Las avecillas del cielo y los lirios del campo son más felices que el hombre. El hombre se acongoja vanamente. “Porque el día de mañana á sí mismo se traerá su cuidado. Le basta al día su propio afán.” La sencillez ha huido de nuestros corazones. El reino de los cielos es de los hombres sencillos. “Y dijo: En verdad os digo, que si no os volviereis é hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos.”
Los martillos de la vecindad cantan en sonoro repiqueteo argentino. Justina y Puche callan durante un largo rato. Luego Puche exclama:
—Hija mía, hija mía: el mundo es enemigo del amor de Dios. Y el amor de Dios es la paz. Mas el hombre ama las cosas de la tierra. Y las cosas de la tierra se llevan nuestra paz. “Y aconteció que como fuesen de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer, que se llamaba Marta lo recibió en su casa. ”Y ésta tenía una hermana, llamada María, la cual también sentada á los pies del Señor oía su palabra. ”Pero Marta estaba afanada de continuo en las haciendas de la casa: la cual se presentó y dijo: Señor, ¿no ves cómo mi hermana me ha dejado sola para servir? Dile, pues, que me ayude. ”Y el Señor le respondió y dijo: Marta, Marta, muy cuidadosa estás y en muchas cosas te fatigas. ”En verdad una sola es necesaria. María ha escogido la mejor parte, que no le será quitada.”

[Puche, viejo clérigo de cenceño cuerpo y cara escuálida, dialoga con su sobrina Justina, moza fina y blanca, novia de Azorín (Antonio), aunque no por mucho tiempo, ya que Justina elegirá entrar en religión.]
José Martínez Ruiz [futuro Azorín], La voluntad  [1902]
Edición de E. Inman Fox
Madrid: Clásicos Castalia (Narrativa siglo XX), 2010