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31.12.11

¡Feliz 2012!… dentro de lo posible


El Bosco, Adoración de los Magos. Museo del Prado. Madrid.


¿No es precisamente la felicidad eso que todo el mundo busca y que no hay absolutamente nadie que no la quiera?¿Dónde la vieron para enamorarse de ella? Seguro que la poseemos, aunque no sé cómo. Existe la modalidad de quien la posee y se siente feliz. Y hay quienes son felices en esperanza. Estos últimos la poseen en grado inferior a los primeros, que son felices al poseer la felicidad real, pero están en mucho mejor situación que aquellos que no son felices ni por la realidad ni por la esperanza. Ni siquiera éstos desearían ser felices si no poseyeran la felicidad en cierto grado. Lo que es ciertísimo es que la desean. No sé como, pero han tenido conocimiento de ella; por eso tienen no sé qué noción de ella. Me ocupo en saber si esta noción reside en la memoria Si reside en ésta, es que hubo un tiempo en que fuimos felices. No trato ahora de indagar si fuimos felices cada uno individualmente considerado o lo fuimos en la persona del primer pecador, en la cual morimos todos y de la cual todos nacimos en la miseria.


El tríptico cerrado de la Adoración de los Magos.


Lo que ahora me interesa saber es si la felicidad está en la memoria. Porque lo que es cierto es que no la amaríamos si no la conociésemos. Oímos el vocablo felicidad y todos confesamos anhelar la realidad misma. No nos basta el placer que dimana del vocablo. Un griego lo oye en latín y no siente placer alguno, porque desconoce el significado de la palabra. En cambio, a nosotros sí que nos causa placer, como se lo causaría al griego si lo oyera en griego, porque la realidad no es griega ni latina. Es una cosa que tanto griegos como latinos ansían alcanzar. Y dígase lo propio del resto de los lenguajes humanos. Todos la conocen, y si pudiéramos preguntarles con una única palabra si desean ser felices, responderían sin la menor duda que sí. Y esto no sería posible si no estuviera en la memoria de ellos la realidad designada por la palabra felicidad.

San Agustín
Confesiones, Libro X, 21
Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2000
Traducción de José Cosgaya, O.S.A.
 

   

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San Juan de la Cruz

Alberto Caeiro

José A. Muñoz Rojas

 

F

29.12.11

+El “Diario de un argentino en Toronto” (Un jocoso tratado sobre la realidad y la ilusión)

Que el “Diario de un argentino en Toronto” es desternillante no cabe dudarlo. Desternillante es, y no solo eso, este breve y jocoso tratado sobre la realidad y sus sañudas afrentas a la ilusión. Esa realidad aguafiestas que pone grilletes a los ensueños. Y nos desengaña. Esa realidad aguafiestas que arranca el velo de la utopía. Y nos desengaña. Esa realidad aguafiestas que se atiene a lo concreto. Y nos desengaña.
Esa realidad aguafiestas que da jaque mate a las fantasías. Y nos desengaña.
Esa mísera realidad insoslayable que nos engaña a su manera con el iluso deseo de estar en otra parte, como si allí la realidad pudiera no alcanzarnos.

Ea, basta de palabrería. A disfrutar la filosófica lección, avasalladoramente divertida. 


     

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San Juan de la Cruz

Alberto Caeiro

José A. Muñoz Rojas

* * *

San Mateo

Nyânatiloka Mahâthera

 

F

20.12.11

* “La víbora”, un antipoema de Nicanor Parra

… no llamar “poemas” a los “antipoemas” de Parra sería una actitud tan mojigata como
no llamar, por ejemplo, pintura a la pintura abstracta. Los antipoemas de Parra no son otra cosa que poemas, poemas nuevos que se nutren del lenguaje hablado y del lenguaje poético tradicional, ironizándolo.
*

René de Costa
Introducción
Para una poética de la (anti)poesía

 

LA VÍBORA

Durante largos años estuve condenado a adorar a una mujer despreciable
Sacrificarme por ella, sufrir humillaciones y burlas sin cuento,
Trabajar día y noche para alimentarla y vestirla,
Llevar a cabo algunos delitos, cometer algunas faltas,
A la luz de la luna realizar pequeños robos,
Falsificaciones de documentos comprometedores,
So pena de caer en descrédito ante sus ojos fascinantes.
En horas de comprensión solíamos concurrir a los parques
Y retratarnos juntos manejando una lancha a motor,
O nos íbamos a un café danzante
Donde nos entregábamos a un baile desenfrenado
Que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.
Largos años viví prisionero del encanto de aquella mujer
Que solía presentarse a mi oficina completamente desnuda
Ejecutando las contorsiones más difíciles de imaginar
Con el propósito de incorporar mi pobre alma a su órbita
Y, sobre todo, para extorsionarme hasta el último centavo.
Me prohibía estrictamente que me relacionase con mi familia.
Mis amigos eran separados de mí mediante libelos infamantes
Que la víbora hacía publicar en un diario de su propiedad.
Apasionada hasta el delirio no me daba un instante de tregua,
Exigiéndome perentoriamente que besara su boca
Y que contestase sin dilación sus necias preguntas
Varias de ellas referentes a la eternidad y a la vida futura
Temas que producían en mí un lamentable estado de ánimo,
Zumbidos de oídos, entrecortadas náuseas, desvanecimientos prematuros
Que ella sabía aprovechar con ese espíritu práctico que la caracterizaba
Para vestirse rápidamente sin pérdida de tiempo
Y abandonar mi departamento dejándome con un palmo de narices.

Esta situación se prolongó por más de cinco años.
Por temporadas vivíamos juntos en una pieza redonda
Que pagábamos a medias en un barrio de lujo cerca del cementerio.
(Algunas noches hubimos de interrumpir nuestra luna de miel
Para hacer frente a las ratas que se colaban por la ventana.)

Llevaba la víbora un minucioso libro de cuentas
En el que anotaba hasta el más mínimo centavo que yo le pedía en préstamo;
No me permitía usar el cepillo de dientes que yo mismo le había regalado
Y me acusaba de haber arruinado su juventud:
Lanzando llamas por los ojos me emplazaba a comparecer ante el juez
Y pagarle dentro de un plazo prudente parte de la deuda
Pues ella necesitaba ese dinero para continuar sus estudios.
Entonces hube de salir a la calle y vivir de la caridad pública,
Dormir en los bancos de las plazas,
Donde fui encontrado muchas veces moribundo por la policía
Entre las primeras hojas del otoño.
Felizmente aquel estado de cosas no pasó más adelante,
Porque cierta vez en que yo me encontraba en una plaza también
Posando frente a una cámara fotográfica
Unas deliciosas manos femeninas me vendaron de pronto la vista
Mientras una voz amada para mí me preguntaba quién soy yo.
Tú eres mi amor, respondí con serenidad.
¡Ángel mío, dijo ella nerviosamente,
Permite que me siente en tus rodillas una vez más!
Entonces pude percatarme de que ella se presentaba ahora provista de un pequeño taparrabos.
Fue un encuentro memorable, aunque lleno de notas discordantes:
Me he comprado una parcela, no lejos del matadero, exclamó,
Allí pienso construir una especie de pirámide.
En la que podamos pasar los últimos días de nuestra vida.
Ya he terminado mis estudios, me he recibido de abogado,
Dispongo de un buen capital;
Dediquémonos a un negocio productivo, los dos, amor mío, agregó,
Lejos del mundo construyamos nuestro nido.
Basta de sandeces, repliqué, tus planes me inspiran desconfianza,
Piensa que de un momento a otro mi verdadera mujer
Puede dejarnos a todos en la miseria más espantosa.
Mis hijos han crecido ya, el tiempo ha transcurrido,
Me siento profundamente agotado, déjame reposar un instante,
Tráeme un poco de agua, mujer,
Consígueme algo de comer en alguna parte,
Estoy muerto de hambre,
No puedo trabajar más para ti,
Todo ha terminado entre nosotros.

clip_image002 
Poemas y antipoemas
Madrid, Cátedra, 1988


     

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José A. Muñoz Rojas

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San Mateo

Nyânatiloka Mahâthera

Gabriel Marcel

Fernando Pessoa

Augusto Monterroso

 

F

19.12.11

El que avisa…

EL AUTOR SE DARÁ X SATISFECHO  

SI LOS LECTORES COMPRAN ESTE LIBRO


                             Nicanor Parra

Variación tipográfica sobre el singular aviso que exorna la contracubierta de Poemas y antipoemas [1954], de Nicanor Parra, Premio Cervantes 2011, a partir de la edición de Cátedra (Letras Hispánicas), Madrid, 1988.


   

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San Mateo

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Gabriel Marcel

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Augusto Monterroso

Thornton Wilder

 

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16.12.11

Presentación del n.º 4 de El Alambique

El Alambique, nú. 4El Alambique, núm. 4

La Fundación Alambique para la Poesía tiene el placer de invitarle el lunes, 19 de diciembre, a las 20 horas, a la presentación del n.º 4 de la revista El  Alambique (cuyo dossier está dedicado a la figura y obra de Ángel Luis Vigaray).

José Cereijo, Jorge Dot, Ángel Guinda, Agustín Porras, Ángel Rodríguez Abad y José Luis de la Vega abrirán este acto, al que se sumarán las voces de poetas que conforman las distintas secciones de dicha entrega.

Os esperamos en el
ATENEO DE MADRID 
Calle Prado, 21

http://www.fundacionalambique.com/

14.12.11

* Augusto Monterroso: una muy breve selección de la “Breve selección de aforismos, dichos, etc.”, de Eduardo Torres, recogidos en Lo demás es silencio

Entre los libros de pura creación más desconocidos de Agusto Monterroso, Lo demás es silencio (La vida y la obra de Eduardo Torres) quizás se lleve la palma. Tras tan shakesperiano título se esconde una recopilación de textos que homenajean al escritor Eduardo Torres, así como otros del propio homenajeado. Considerar a este libro una novela es osadía propia de estos tiempos. Con no menos razón pudiera considerarse biografía, una biografía oblicua en la que la ficción y la realidad se dan la mano, igual que en las novelas. 

Entre los textos más sabrosos de Eduardo Torres figuran los aforismos, tan entrañados en la deliciosa paradoja. De ellos recojo una breve muestra.

Una sinopsis de Lo demás es silencio puede verse aquí.

En este mismo blog, pinchando aquí, podéis leer una selección (breve, por supuesto) de los cuentos y fábulas de Monterroso.


Aforismos seleccionados de la
Breve selección de aforismos, dichos famosos, refranes y apotegmas del doctor Eduardo Torres extraídos por Don Juan Manuel Carrasquilla
de conversaciones, diarios, libros de notas, correspondencia y artículos publicados en el suplemento dominical de El Heraldo de San Blas, de San Blas, S.B.

ABSTINENCIA
Sólo los abstemios piensan que beber es bueno.
Dicho en la cantina “El Fénix”, s. f.

AMOR
El amor es mientras todavía no lo es del todo.
Notesblock, lunes.

APLAUSO
Aun el aplauso del necio agrada al sabio.
Diario.

BREVEDAD DE LA VIDA
Si como se ha llegado a acortar las distancias se llegara a acortar el tiempo, se lograría hacer más corta la vida y recorrerla en menos años.
Conversación con Guillermo Haro, s. f.

CARNE Y ESPÍRITU
Es cierto, la carne es débil; pero no seamos hipócritas: el espíritu lo es mucho más.
Dicho en la cantina “El Fénix”, noviembre, 1960.

CONTRADICTIO IN ADJECTO
La Sinfonía Inconclusa es la obra más acabada de Schubert.
Nota a José Antonio Alcaraz.

DIARIO
Llevar un diario es un ejercicio y un placer espiritual que no practican ni gozan aquellos que no lo llevan. Apuntar un pensamiento is a joy forever. Cuando el pensamiento no vale la pena debe apuntarse en un diario especial de pensamientos que no valen la pena.
Envío a Elena Poniatowska.

DIOS (1)
Si Dios no existiera habría que inventarlo. Muy bien, ¿y si existiera?
El Heraldo, “Agnósticos de aldea”.

ENANOS
Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.
Carta a José Durand.

ESTILO
Todo trabajo literario debe corregirse y reducirse siempre. Nulla dies sine linea. Anula una línea cada día.
El Heraldo, “La fisiología del gusto literario”.

FONDO Y FORMA
No hay fondo sin forma ni forma sin fondo. Sólo cuando ambos desaparecen dejan de existir el fondo y la forma.
Carta a Salvador Elizondo.

HISTORIA Y PREHISTORIA
Antes de la Historia puede decirse que todo era Prehistoria.
El Heraldo, “Eduardo Césarman y la Entropía”.

INTELIGENCIA (2)
La inteligencia comete tonterías que sólo la tontería puede corregir.
Dicho en la cantina “El Fénix”, s. f.

LEY
Es dura.
Notesblock.

MUERTE (LUCHA CONTRA LA)
Hasta hoy lo mejor contra la muerte es tratar de mantenerse vivo el mayor tiempo posible, siempre que no se haga un esfuerzo tan fuerte o prolongado que dé al traste con la idea original.
El Heraldo, “Dos o tres textos de Juan Rulfo”.

NOSTALGIA
Está a la vuelta de la esquina.
El Heraldo, “Sobre Otto-Raúl González”.

ODIO
El amor lo justifica todo; el odio justifica el amor.
Diario.

PESIMISMO
Cuando una puerta se abre, cien se cierran.
Diario.

PUERTA
Unas veces se cierra; otras se abre.
El Heraldo, “El Ómnibus de Gabriel Zaid”.

SUERTE
Ver “Puerta”.

UNIVERSO
¡Pocas cosas como el Universo!
Notesblock (paseando por San Blas, 11 p. m.).


AUGUSTO MONTERROSO
Cuentos, fábulas y lo demás es silencio
México, Alfaguara, 1996

     

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E. M. Cioran

 

F

10.12.11

¿Dónde está la solidaridad nacional? o El lamento de Garcés

Cartel de las Juventudes Libertarias de Cataluña


En 1939, recién acabada la guerra civil, Manuel Azaña publicó La velada en Benicarló. Diálogo de la guerra en España*. La obra apareció en Argentina y en Francia (traducida por Jean Camp). Azaña afirma que escribió este diálogo dos semanas antes de la insurrección de mayo de 1937,  y que lo publica “sin añadirle una sílaba”. Lejos estaba de sospechar que a la guerra (que aún no cumplía un año) aún le quedaban otros dos.

Los personajes del diálogo son inventados, sostiene Azaña. El diálogo viene precedido por unas páginas explicativas, que extracto literalmente: El auto del doctor Lluch [de la Facultad de Medicina de Barcelona] devora la distancia entre Barcelona y Benicarló… Junto a Lluch viaja Miguel Rivera, diputado… Dentro, el comandante Blanchart, un oficial de aviación, Laredo, convaleciente de heridas atroces y la Paquita Vargas, artista de zarzuela… Rivera había obtenido de su amigo Lluch que admitiera en su coche a los dos militares y a la Paquita, hasta Valencia… Declinante un día de marzo… Anochecido, rinden viaje en el albergue ribereño del mar… La silueta abrupta de Peñíscola, desgajada de tierra… Otros viajeros, en el albergue, reciben con asombro y alborozo a Miguel Rivera. El coloquio se prolonga durante la cena y la sobremesa.

Aparte de los mencionados, la nómina de los viajeros que participan en este “diálogo de la guerra en España” es la siguiente: Claudio Marón, abogado; Eliseo Morales, escritor; Garcés, exministro; un capitán (a secas); Pastrana, prohombre socialista y Barcala, propagandista. El diálogo fluye sin acotaciones que distraigan del discurrir de las ideas.  

Los personajes, inventados o no, aunque nada irreales, expresan múltiples y diferentes ideas que sin duda ayudan a comprender el “drama español”: el drama vivo, no el fosilizado de los historiadores. A comprenderlo desde dentro, desde la ignorancia del futuro, desde los más acerados deseos o los más tenebrosos presentimientos… Esta obra aclara la historia, mientras vemos a unos personajes que intentan comprender y desentrañar lo que sucede. 

Contra lo que es mi costumbre, el texto lo he tomado de la red, y no he podido cotejarlo con ninguna edición impresa, por lo que lo recojo con las debidas reservas.

Al tiempo que pergeñaba esta nota he descubierto que existe una edición reciente, publicada por Reino de Cordelia. 

Tras el prólogo de Azaña, copio unas reflexiones del exministro Garcés, aún palpitantes.

De
La velada en Benicarló
Diálogo de la guerra en España,
por
MANUEL AZAÑA

Preliminar

Escribí este diálogo en Barcelona, dos semanas antes de la insurrección de mayo de 1937. Los cuatro días de asedio deparados por el suceso, me entretuve en dictar el texto definitivo, sacándolo de borrador. Lo publico (no ha podido ser antes) sin añadirle una sílaba. Si el curso ulterior de la historia corrobora o desmiente los puntos de vista declarados en el diálogo, importa poco. No es el fruto de un arrebato fatídico. No era un vaticinio. Es una demostración. Exhibe agrupadas, en formación polémica, algunas opiniones muy pregonadas durante la guerra española, y otras, difícilmente audibles en el estruendo de la batalla, pero existentes, y con profunda raíz. Sería trabajo inútil querer desenmascarar a los interlocutores, pensando encontrar, debajo de su máscara, rostros populares. Los personajes son inventados. Las opiniones, y, como se dice, el "estado de espíritu" revelado por ellas, rigurosamente auténticos, todavía comparables, si valiese la pena. Todas concurren a mostrar una fase del drama español, mucho más duradero y profundo que la atroz peripecia de la guerra. En tiempos venideros, variados los nombres de las cosas, esquilmados muchos conceptos, los españoles comprenderán mal por qué sus antepasados se han batido entre sí más de dos años; pero el drama subsistirá, si el carácter español conserva entonces su trágica capacidad de violencia apasionada. Percibirlo así, una vez más, en la plenitud de la furia fratricida, ha llevado el ánimo de algunas personas a tocar desesperadamente en el fondo de la nada. Por otra parte, es muy dudoso que, después de este viaje, corto en el tiempo, demasiado largo por sus borrascas, la razón y el seso de muchos hayan madurado. Más valor tiene, pues, el que algunos hayan mantenido, en las jornadas frenéticas, su independencia de espíritu. Desde el punto de vista humano, es un consuelo. Desde el punto de vista español, una esperanza.

Mayo, 1939


GARCÉS
[exministro]

¿Dónde está la solidaridad nacional? No se ha visto por parte alguna. La casa comenzó a arder por el tejado, y los vecinos, en lugar de acudir todos a apagar el fuego, se han dedicado a saquearse los unos a los otros y a llevarse cada cual lo que podía. Una de las cosas más miserables de estos sucesos ha sido la disociación general, el asalto al Estado, y la disputa por sus despojos. Clase contra clase, partido contra partido, región contra región, regiones contra el Estado. El cabilismo** racial de los hispanos ha estallado con más fuerza que la rebelión misma, con tanta fuerza que, durante muchos meses, no los ha dejado tener miedo de los rebeldes y se han empleado en saciar ansias reprimidas. Un instinto de rapacidad egoísta se ha sublevado, agarrando lo que tenía más a mano, si representaba o prometía algún valor económico o político o simplemente de ostentación y aparato. Las patrullas que abren un piso y se llevan los muebles no son de distinta calaña que los secuestradores de empresas o incautadores de teatros y cines o usurpadores de funciones del Estado. Apetito rapaz, guarnecido a veces de la irritante petulancia de creerse en posesión de mejores luces, de mayor pericia, o de méritos hasta ahora desconocidos. Cada cual ha querido llevarse la mayor parte del queso, de un queso que tiene entre sus dientes el zorro enemigo. Cuando empezó la guerra, cada ciudad, cada provincia quiso hacer su guerra particular. Barcelona quiso conquistar las Baleares y Aragón, para formar con la gloria de la conquista, como si operase sobre territorio extranjero, la gran Cataluña. Vasconia quería conquistar Navarra; Oviedo, León. Málaga y Almería quisieron conquistar Granada. Valencia, Teruel, Cartagena, Córdoba [sic]. Y así otros. Los diputados iban al Ministerio de la Guerra a pedir un avión para su distrito, "que estaba muy abandonado", como antes pedían una estafeta o una escuela. ¡Y a veces se lo daban! En el fondo, provincianismo fatuo, ignorancia, frivolidad de mente española, sin excluir en ciertos casos doblez, codicia, deslealtad, cobarde altanería delante del Estado inerme, inconsciencia, traición. La Generalidad se ha alzado con todo. El improvisado Gobierno vasco hace política internacional. En Valencia, comistrajos y enjuagues de todos conocidos partearon un gobiernito. En Aragón surge otro, y en Santander, con Ministro de Asuntos Exteriores y todo... ¡Pues si es en el ejército! Nadie quería rehacerlo, excepto unas cuantas personas, que no fueron oídas. Cada partido, cada provincia, cada sindical, ha querido tener su ejército.

En las columnas de combatientes, los batallones de un grupo no congeniaban con los de otro, se hacían daño, se arrebataban los víveres, las municiones... Tenían tan poco conocimiento que, cuando se habló de reorganizar un ejército, lo rechazaron, porque sería "el ejército de la contrarrevolución". ¡Ya se repartían la piel del oso! Cruel destino: los mismos piden ahora a gritos un ejército. Cada cual ha pensado en su salvación propia sin considerar la obra común. Preferencias políticas y de afecto estuvieron mermando los recursos de Madrid para volcarlos sobre Oviedo, cuando el engreimiento de los aficionados les hacía decir y tal vez creer que Oviedo caía en cuarenta y ocho horas. En Valencia, todos los pueblos armados montaban grandes guardias, entorpecían el tránsito, consumían paellas, pero los hombres con fusil no iban al frente cuando estaba a quinientos kilómetros. Se reservaban para defender su tierra. Los catalanes en Aragón han hecho estragos. Peticiones de Aragón han llegado al gobierno para que se lleve de allí las columnas catalanas. He oído decir, a uno de los improvisados representantes aragoneses, que no estaba dispuesto a consentir que Aragón fuese "presa de guerra". Una imposición de la escuadra determinó el abandono de la loca empresa sobre Mallorca, abandono que no había podido conseguirse con órdenes ni razones. En los talleres, incluso en los de guerra, predomina el espíritu sindical. Prieto ha hecho público que, mientras en Madrid no había aviones de caza, los obreros del taller de reparaciones de los Alcázares se negaban a prolongar la jornada y a trabajar los domingos. En Cartagena, después de los bombardeos, los obreros abandonan el trabajo y la ciudad en hora temprana, para esquivar el peligro. Después del cañoneo sobre Elizalde, en Barcelona, no quieren trabajar de noche. Valencia estuvo a punto de recibir a tiros al Gobierno, cuando se fue de Madrid. Les molestaba su presencia porque temían que atrajese los bombardeos. Hasta entonces no habían sentido la guerra. Reciben mal a los refugiados porque consumen víveres. No piensan que están en pie gracias a Madrid. En fin, un lazo de unión de todos, resultado de la lucha por la causa común, no ha podido establecerse.

* No deja de ser curioso que aquí el subtítulo sea Diálogo de la guerra en España, mientras que en la edición de Losada (1939) era Diálogo sobre la guerra de España, y en la de Castalia (1974), Diálogo de la guerra de España. Esta pugna de las preposiciones haría las delicias de don Pío Baroja. 

** Cabilismo. Palabra caída en desuso, lo que explica quizás que en algún lugar [aquí] se trueque en canibalismo. Que el espíritu tribal se confunda con la pura antropofagia da que pensar, y mucho. (No hay errata inocente; siempre esconde un sentido el error.) Que en la guerra civil los “hispanos”, cada uno en su tribu, se mataron sin piedad, ofrece pocas dudas; pero que se llegara al extremo del canibalismo por antonomasia, cuesta creerlo. Entre tantas atrocidades, esta no me consta.


     

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8.12.11

A pie de foto (27): Espejismos / La realidad del revés

          Foto de Steve McCurry


Cuando la realidad se vuelve espejismo, es arduo descifrarla. Y entonces se nos escapa la realidad, y huye, como los sueños huyen.


Cuando vivimos en un sueño, cuando soñamos que vivimos, la realidad se venga: basta un atisbo de luz para herirnos.


     

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3.12.11

30.11.11

“Gata embarazada”

Qué sorpresa, encontrarse con esto en una novela de Pío Baroja:

Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; todos los que caían se devoraban con idéntico apetito.
[La busca, Caro Raggio, 1994.]

“¡Gata embarazada!” ¡Y a principios del siglo vigésimo!, igual igual que lo diría ahora cualquier refitolero. (Ay, desalmados comegatos que ni a gata “embarazada” respetan.)

Hubo un tiempo en que los muchachos nos zaheríamos con un: “¡Anda! ¡Que tu madre está preñá!”. (¿Preñá o preñada? En la ancha Castilla no es seguro que renunciáramos al poderío íntegro del participio.) Ese verbo genésico ya empezaba a ser visto con recelo cuando se refería a mujeres. Cosas del lenguaje y de las épocas. Pero si alguien hubiera osado decir entonces que su gata (o su perra, o su cerda) estaba “embarazada”, quizás se hubiera desplomado la bóveda celeste. Pero cambian los tiempos y, hoy por hoy, los animales también son personas, como algún Fernando dijo, y las personas (en este supuesto, mujeres) ya hace décadas que no se quedan “preñadas”. Y tal vez porque los tiempos adelantan que es una barbaridad, Marx, Groucho Marx, curándose en salud, y por lo que pudiera pasar, se adelantó a su época alegando que los hombres son mujeres como las demás.


     

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29.11.11

La historia del tío Patas (Pío Baroja)

          Ricardo Baroja, ilustración de La busca


La historia del tío Patas era verdaderamente interesante. Manuel la averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos de otros puestos.

El tío Patas había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del tío Patas, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan estéril fue para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos años, con una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al matrimonio, más que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos del tío Patas trataron de convencerle de que era una barbaridad el casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus trece, y se casó.

A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío Patas se entendía con su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, y vio salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar el tiempo, y poco a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío Patas trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el hijo del tío Patas se la empujaron al viejo, y éste concluyó amontonándose con su cuñada. Desde entonces, los cuatro vivieron con tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.

A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que le indignaba era la tacañería del tío Patas y de su gente.

Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío Patas en otras cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbrada a sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas y no se le escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».

La cuñada, mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese un tiento en la pechera.

-¡Qué gorda estás, oh! -la decían los paisanos.

Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía, porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera.

Pío Baroja
La busca
Madrid
Caro Raggio
1994


     

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27.11.11

Alguna que otra vez

 

Paseo de la Castellana [2009] 
Foto de Gerard Girbes Berges
 


... alguna que otra vez...

Cuando me crucé con él, el hombre pronunciaba estas palabras. Era un hombre de rostro oscuro. En la mano derecha sujetaba una bolsa; en la izquierda, un paraguas cerrado. Hablaba solo, apaciblemente, sin la rabia que destilan algunos seres. Evocaba, tal vez, alguna historia pasada, y hablaba consigo mismo como si compartiera con un amigo su propia soledad. Esas palabras oídas al desgaire acaso abrían una frase, acaso la cerraban. Imposible saberlo. El hombre, envuelto en su azulado abrigo, siguió su marcha, discurriendo cuerdamente, a solas consigo mismo, bajo los altos árboles de la Castellana, sin otro testigo que algún transeúnte ocasional.

Fiel a su amo. Paseo de la Castellana [2009]   
Foto de Gerard Girbes Berges


Este verano, muy cerca de donde me crucé con ese hombre, dormía por la noche un joven y también un viejo. Cada uno en su propio banco. El joven tenía un perro; el viejo tenía barba, y se parecía a Malatesta, el legendario anarquista italiano de ofensivo apellido. Alguna vez, al pasar a su lado, me asaltó cierta zozobra, resuelta en duda: ¿y en qué gastarán –el viejo, el joven y el perro- las horas largas del día?


     

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24.11.11

+Monserrat Figueras canta “Alma, buscarte has en Mí”, de santa Teresa de Jesús

Ayer murió Monserrat Figueras.
Hoy (y por mucho tiempo) queda (y quedará) su acariciadora voz. Que descanse en paz.


ALMA, BUSCARTE HAS EN MÍ

Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.

De tal suerte pudo amor,
Alma, en Mí te retratar,
que ningún sabio pintor
supiera con tal primor
tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada
hermosa, bella, y ansí
en mis entrañas pintada,
si te pierdes, mi amada,
Alma, buscarte has en Mí.

Que yo sé que te hallarás
en mi pecho retratada,
y tan al vivo sacada,
que si te ves te holgarás
viéndote tan bien pintada.

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
no andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres
a Mí, buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento,
eres mi casa y morada,
y ansí llamo en cualquier tiempo,
si hallo en tu pensamiento
estar la puerta cerrada.

Fuera de ti no hay buscarme,
porque para hallarme a Mí,
bastará sólo llamarme,
que a ti iré sin tardarme
y a mí buscarme has en ti.

Santa Teresa de Jesús


NOTA
Este vídeo incluye iconografía teresiana, así como los versos del poema (que al principio tapa la enfadosa publicidad). Por lo demás, se trata de la misma versión.


     

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23.11.11

¡A mear, ar!

Las palabras valen lo que valen; y las imágenes también. Cada cosa vale lo que vale, valga la tautología. Pero, pardiez, ¿no ilustra a la perfección esta foto aquello tan ramplón de “esto es de mear y no echar gota”?   ¿Gota germánica, en este caso, tal vez?


     

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21.11.11

+”Al perderte yo a ti”, de Ernesto Cardenal, recitado por su autor

Al perderte yo a ti, de Ernesto Cardenal

     

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19.11.11

La quimera del oro: La epopeya de Chilkoot Pass (y 2)


Queda el Chilkoot Pass… A pesar de la altura (unos 200 metros más que el White Pass), el hielo duro, los vientos turbulentos y una pendiente final tan empinada que ningún animal puede escalarla. Allí, 22.000 locos, llevando cada uno una tonelada de material y de víveres, van a convertir la avalancha en leyenda…Chilkoot Pass-1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Policía montada que controla el puerto, temiendo un invierno de hambre en el Yukón, exige a cada individuo llevar consigo lo necesario para sobrevivir, lo que le obliga a subir un máximo de 50 libras en cada ascensión. Los hombres, desamparados, se amontonan al pie de la montaña en lo que rápidamente se convierte en Sheep Camp, la ciudad de pesadilla donde la vida apenas vale nada. Los caballos, abandonados, mueren de hambre. Los porteadores indios roban a los recién llegados.

Una sola pista, en la ladera de la montaña, tallada sobre el duro hielo. Una cadena ininterrumpida de desgraciados, desde el alba, vacilantes bajo sus paquetes, medio helados, hambrientos. No se permite ninguna parada, so pena de verse expulsado de la cadena. Cada individuo, convertido en un eslabón del conjunto, debe poner el pie en las pisadas de su predecesor. 

Chilkoot Pas

Entonces comienza lo peor: 1.500 peldaños tallados casi a pico en el hielo. Los perros de los trineos han de ser transportados a espaldas de los hombres. Y cuando, finalmente, al atardecer, se alcanza la cima, hay que volver a descender para ponerse de nuevo en camino al día siguiente, en el tropel de millares de impacientes, con otra parte del propio cargamento: tres meses de idas y venidas para un hombre de mediana fuerza.

Más de 40.000 renunciarán, pero 22.000 lograrán pasar a lo largo de todo el invierno. Amontonados en torno a los lagos Lindeman y Bennet, esperarán el deshielo para descender el Yukón hacia Dawson City.

Jack London es más afortunado: llegado a Dyea el 7 de agosto de 1897, consigue, gracias a su excepcional vigor, atravesar el Chilkoot Pass el 30 de agosto, antes de las primeras nieves, transportando unas 150 libras en cada ascensión.


Michel Le Bris
La fiebre del oro
Traducción de Iñaki Aizpurúa 
Madrid: Aguilar, 1989

NOTA: Lamentablemente, esta página se muestra de manera distinta a su concepción original. La posible solución se me escapa, aunque no ignoro la causa del desaguisado. Pido disculpas por tan bárbaro amontonamiento de palabras e imágenes. El texto debería ir, si nada lo entorpeciera, debajo de las imágenes. 


     

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18.11.11

La quimera del oro: “Los buscadores de oro del Norte” (1)

Iván, te prohíbo que sigas adelante con esta empresa. Ni una palabra de esto o estamos perdidos. Si se enteran los americanos o los ingleses de que tenemos oro en estas montañas, nos arruinarán. Nos invadirán a miles y nos acorralarán contra la pared hasta la muerte.

Así hablaba el viejo gobernador ruso de Sitka, Baranov, en 1804, a uno de sus cazadores eslavos que acababa de sacar de su bolsillo un puñado de pepitas de oro. Baranov, comerciante de pieles y autócrata, comprendía demasiado bien y temía la llegada de los recios e indomables buscadores de oro de estirpe anglosajo­na. Por tanto, se calló la noticia, igual que los gobernadores que le sucedieron, de manera que cuando los Estados Unidos compraron Alaska en 1867, la compraron por sus pieles y pescado, sin pensar en los tesoros que ocultaba.

Sin embargo, en cuanto Alaska se convirtió en tierra america­na, miles de nuestros aventureros partieron hacia el norte. Fueron los hombres de los «días dorados», los hombres de California, Fraser, Cassiar y Cariboo. Con la misteriosa e infinita fe de los buscadores de oro, creían que la veta de oro que corría a través de América desde el cabo de Hornos hasta California no terminaba en la Columbia Británica. Estaban convencidos de que se prolongaba más al norte, y el grito era de «más al norte». No perdieron el tiempo y, a principios de los setenta, dejando Treadwell y la bahía de Silver Bow, para que la descubrieran los que llegaron después, se precipitaron hacia la desconocida blancura. Avanzaban con dificultad hacia el norte, siempre hacia el norte, hasta que sus picos resonaron en las playas heladas del océano Ártico y temblaron al lado de las hogueras de Nome, hechas en la arena con madera de deriva.

Pero, para que se pueda comprender en toda su extensión esta colosal aventura, debe destacarse primero la novedad y el aislamiento de Alaska. El interior de Alaska y el territorio contiguo de Canadá eran una inmensa soledad. Sus cientos de miles de millas cuadradas eran tan oscuras e inexploradas como el África negra. En 1847, cuando los primeros agentes de la compañía de la Bahía de Hudson llegaron de las Montañas Rocosas por el río Mackenzie para cazar ilegalmente en la reserva del Oso Ruso, se creía que el Yukón corría hacia el norte y desembocaba en el Ártico. Cientos de millas más abajo se encontraban los puestos más avanzados de los comerciantes rusos. Éstos tampoco sabían dónde nacía el Yukón, y fue mucho más tarde cuando rusos y sajones descubrieron que ocupaban el mismo gran río. Poco más de diez años más tarde, Frederick Whymper subió por el Gran Bend hasta Fuerte Yukón, debajo del Círculo Ártico.

Los comerciantes ingleses transportaban sus mercancías de fuerte en fuerte, desde la factoría York, en la bahía de Hudson, hasta Fuerte Yukón, en Alaska —un viaje entero exigía entre un año y año y medio—. Uno de sus desertores fue en 1867, al esca­par por el Yukón y alcanzar el mar de Bering, el primer homble blanco que cruzó el pasaje del noroeste por tierra, desde el Atlántico hasta el Pacífico. Fue por entonces cuando se publicó la primera descripción acertada de buena parte del Yukón, efectuada por el doctor W. H. Ball, de la Smithsonian Institution. Pero nunca vio su nacimiento ni pudo apreciar la maravilla de aquella autopista natural.

No hay en el mundo río más extraordinario que éste. Nace en el lago Crater, a treinta millas del océano, y fluye a lo largo de 2.500 millas por el corazón del continente, para vaciarse en el mar. Un porteo de treinta millas y, luego, una autopista que mide una décima parte del perímetro terrestre.

En 1869, Frederick Whymper, miembro de la Royal Geographical Society, confirmó los rumores de que los indios chilcat hacían breves portes a través de la cadena de montañas costeras, desde el mar hasta el Yukón. Pero fue un buscador de oro que se dirigía al norte, siempre al norte, el primer hombre blanco que cruzó el terrible paso de Chilcoot y pisó la cabeza del Yukón. Ocurrió hace poco tiempo, pero el hombre se ha convertido en un pequeño héroe legendario. Se llamaba Holt, y la fecha de su hazaña se pierde ya en la bruma de la duda. 1872, 1874 y 1878 son algunas de las fechas indicadas, confusión que no se aclarará con el tiempo.

Holt penetró hasta Hootalinqua y, en su vuelta a la costa, informó acerca de la existencia de oro bruto. El aventurero siguiente del que se tiene noticia es Edward Bean, que encabezó una cuadrilla de veinticinco mineros desde Sitka hasta la tierra desconocida en 1880. Y en ese mismo año, otras cuadrillas (ahora olvidadas, pues ¿quién recuerda ya los viajes de los buscadores de oro?) cruzaron el paso, construyeron barcazas con los troncos de los árboles y navegaron por el Yukón e incluso más al norte.

Y luego, durante un cuarto de siglo, los héroes desconocidos y sin elogiar lucharon contra el frío y buscaron a tientas el oro que intuían entre las sombras del polo. En su lucha contra las fuerzas terribles y despiadadas de la naturaleza volvieron a los tiempos primitivos, se vistieron con las pieles de animales salvajes y se calzaron con el mucluc [Botas de piel calzadas por los esquimales] de morsa y con mocasines de piel de alce. Se olvidaron del mundo y sus costumbres, igual que el mundo se olvidó de ellos. Se alimentaban de caza cuando la encontraban, comían hasta hartarse en tiempos de abundancia y pasaban hambre en tiempos de escasez, en su incesante búsqueda del tesoro amarillo. Cruzaron la tierra en todas las direcciones. Atravesaron, innumerables ríos desconocidos en precarias canoas de corteza, y con raquetas de nieve y perros abrieron caminos por miles de millas de silencio blanco, donde jamás había pisado el hombre. Avanzaron a duras penas, bajo la aurora boreal o el sol de medianoche, con temperaturas que oscilaban entre los cien grados sobre cero y ochenta bajo cero [Grados Farenheit], viviendo, en el severo humor de la tierra, de «huellas de conejo y tripas de salmón».


Jack London
La quimera del oro
Traducción de Jacinta Romano
Madrid: Anaya, 1981


   

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