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28.6.11

“Están en el chocho folladas”

El calor era agobiante. En el autobús, el aire acondicionado apenas se notaba. En la entrada se formó un atasco y el conductor activó la voz que se oye por doquier, y que   en esta ocasión pedía, por favor, una y otra vez, que avanzáramos hacia el fondo. Cuando logré atravesar el larguísimo pasillo del 27,  me di de bruces con un grupo de muchachas, con atuendo nada estival, armando jaleo. Fruto de mi ignorancia pensé que serían gitanas y rumanas, pero mi ignorancia no alcanzaba a discernir si serían ortodoxas, protestantes o católicas. Una de ellas, con grandes gestos y voces, pedía un asiento para una embarazada. Que se mareaba. Pedía un asiento aunque alguna de ellas iba sentada. Una joven rubia se levantó, sorprendida, y cedió el sitio a la supuesta embarazada, que quizás estaba tan sólo algo entrada en carnes. Como recién llegado, no me era fácil saber si se trataba de una gamberrada. Estas muchachas se parecían mucho a esas otras que fatigan las calles pidiendo, quién sabe con qué intención, una firmita para alguna asociación de sordomudos, o cosa por el estilo. Nunca entendí esas peticiones; algunos dicen que son excusa para robar. Eso dicen algunos. De momento, estas muchachas armaban un jaleo de mil demonios, escandalizaban al personal y provocaban quejosas conversaciones susurradas. Alguien habló de embarazadas, y fue entonces cuando la generala apostilló a voz en grito, en perfecto e inédito castellano: “Están en el chocho folladas.” Y entonces sentí, como un vergazo, la fuerza irreductible de nuestro idioma.

27.6.11

Experiencias de lector

Cuando terminó el libro, le dolían en la cabeza los poemas.

Y sintió pena, honda pena, por esas palabras oxidadas, horras de emoción, eco de un yo estridente.

No recuerda ya ni al libro ni a su autor; ya sólo recuerda el recuerdo. Pero acaso todo fuera un sueño, incluso lo que no recuerda.

24.6.11

Neoexpresiones

Es un fenómeno en alza. Fruto de los prisas de los periodistas -o de los no periodistas-, o fruto de la crasa ignorancia, es posible oír cada vez más, en los así llamados medios de comunicación, bastardas expresiones engendradas en cópula extraña. Una de esas expresiones, que escuché hace días, y arañó mis oídos, rezaba así: Llevar el agua a su sardina. [“Los parlamentarios tratan de llevar el agua a su sardina.”] Es probable que, hoy por hoy, esta expresión no resulte a algunos más extraña que su padre: Llevar el agua a su molino, o su madre: Arrimar el ascua a su sardina. La criatura tiene un poco de ambos,  pero a su manera, harto singular.

José Bergamín, tan proclive a rizar el rizo, fue un consumado forzador de frases hechas. Tras pasar por sus manos, el ordenancista y dilatorio: Primero es la obligación y después la devoción, quedó reducido al libérrimo: La primera obligación es la devoción. ¡Ver para creer!

22.6.11

Dicterios: 1. Baroja sobre Schopenhauer, 2. Schopenhauer sobre Hegel, 3. Baroja sobre Hegel

1. Baroja sobre Schopenhauer

Schopenhauer es, en sus libros, de un egotismo gracioso. Desprecia a muchos filósofos de su época, probablemente con razón, porque ninguno se puede comparar con él, y todo lo bueno se lo atribuye a sí mismo. Los hombres que tienen el cuello corto (como él) son los más inteligentes, porque el cerebro está bien regado; los que tienen el cuello largo y estrecho son tontos; el que duerme mucho (esto, sin duda, le pasaba a él) es también el más inteligente, porque así el cerebro descansa mejor. Los altos, flacos y con el pelo rojizo son como zanahorias.

Algunos creen que Schopenhauer llegó al homosexualismo.
(La intuición y el estilo, Segunda parte, “Divagaciones sobre los grandes hombres”, XVII.)

 
2. Schopenhauer sobre Hegel

[…] Si uno, animado por la deplorable condición de la época, es lo suficientemente caradura, se atreverá a hacer manifestaciones del siguiente tipo: “No es difícil comprender que el procedimiento consistente en presentar un enunciado, exponer razones en su favor y refutar
–también mediante razones– su contrario, no es la forma en que la verdad puede salir a la luz. La verdad es su propio movimiento en sí mismo”, etc. (Hegel, Prólogo a la Fenomenología del espíritu.) Por mi parte, creo que no es difícil comprender que quien dice tales cosas es un desvergonzado charlatán que busca deslumbrar a los idiotas y que se ha dado cuenta de que los alemanes del siglo XIX son su público.

*   *   *   *   *   *   *   *   *   *   *   *   *   *   *  

[…] A Schelling le sucedió un producto filosófico de los despachos ministeriales que, por motivos políticos, y además no con mucho tino, fue proclamado desde arriba como un gran filósofo: Hegel. Un vulgar, estúpido, ignorante, repugnante y nauseabundo charlatán, que con increíble descaro elaboró un batido de disparates y sinsentidos, pregonados a los cuatro vientos por sus venales secuaces como inmortal sabiduría y que los idiotas tomaron por tal, formándose así un coro de admiradores como nunca antes se había visto.
(Las citas pertenecen a la antología El arte de insultar. Edición de Javier Fernández Retenaga y José Mardomingo. Edaf, Madrid, 2000.)

3. Baroja sobre Hegel

He leído algo de la Estética, de Hegel, en traducción francesa. No me ha interesado. Me ha parecido una charlatanería inútil. La ciencia estética es una ciencia pedantesca, que no es ciencia. No divierte, no enseña nada útil, no sirve para discurrir mejor.

Se comprende que Schopenhauer no pudiera resistir la charla vana de Hegel, este profesor tan difuso y tan confuso. 
(La intuición y el estilo, Tercera parte, “El realismo”, VI. Esta obra forma parte de las memorias de Baroja: Desde la última vuelta del camino II. Posfacio de Fernando Pérez Ollo. Tusquets/Caro Raggio, Barcelona, 2006.)

20.6.11

Budhi-Dhorma y “Paradiso” [Notas...] (10) La poesía o el caracol


SINOPSIS PARA RECIÉN LLEGADOS.
Aunque Budhi-Dhorma, lector ingenuo, se ha prometido a sí mismo leer Paradiso, la monumental novela de José Lezama Lima, no ve llegado el momento de empezar la lectura. Amilanado por la magnitud de la empresa, todo se le vuelven maniobras dilatorias, aproximaciones propedéuticas.
Y mientras llega el deseado momento, Budhi-Dhorma vive y desgrana digresiones…

Budhi-Dhorma mira a través de la ventana. Los árboles refulgen de verdor, pero el cielo es una inmensa nube grisácea. El día está triste, con esa impertinente tristeza de la primavera, que nos aboca a desear un aluvión de sol para avivar los sueños. El día está triste, con esa tristeza indefinible de los días que atrapan la nostalgia. Nostalgia tantas veces sin objeto, que atraviesa el vacío y anida en lo profundo del alma, en lo más hondo. Budhi-Dhorma, que algo se conoce, corta en seco. Y, remedando a los palafreneros de antaño, se grita a sí mismo: “¡Sooooooooooo...!”, y con ese grito Budhi-Dhorma espanta la asediante tristeza. Se levanta del escueto sillón y toma de la estantería un librito azul. Lo abre al azar y lee:

En una ocasión dije que la poesía era un caracol nocturno en un rectángulo de agua, pero, desde luego, se le ve la raíz irónica a esa no definición, es decir, un caracol nocturno no se diferencia gran cosa de uno diurno, y un rectángulo de agua es algo tan ilusorio como una aporía eleática; pero antes que todo, no para definir la poesía, que no lo necesita, sino para acercársele, como yo he hecho en varias ocasiones, hay que hablar de la poesía, del poeta y del poema.

Quien habla así no es otro que Lezama Lima. Budhi-Dhorma se deja arrullar por las evanescentes palabras, por su dulce brisa acariciadora. Renuncia a interpretarlas, pues alberga la sospecha de que ante ellas es ocioso comprender o no comprender; tales palabras nos empujan a sentir, a traspasar lo que dicen, a ir más allá del resplandor de las cosas... Misticismo poético, se dice Budhi-Dhorma. Misticismo, sí, con su ascética, sus vías de conocimiento, sus noches tenebrosas. Budhi-Dhorma acalla razones y reanuda la lectura:

La poesía actuando en la historia ni siquiera necesita nombrar su ejecutor, un poeta. El poema es un cuerpo resistente frente al tiempo, y el poeta es el guardián de la semilla, de la posibilidad, del potens. Eso lo sacraliza, es el hombre que cuida un germen, nada menos que la semilla del potens, de la infinita posibilidad. Todos mis ensayos sobre poesía le dan la vuelta a estos temas, y ellos, como planetas, le siguen dando vueltas a la poesía.

Así hablaba Lezama Lima, así definía su relación con la poesía, así se lo contaba a Ciro Bianchi en una entrevista.

[29/4/2011]

¿Continuará?

17.6.11

+”Hoy comamos y bevamos”, de Juan del Encina, por Hespèrion XX (ahora XXI), con dirección de Jordi Savall

“Hoy comamos y bevamos”, en versión de Hespèrion XX

Abajo reproduzco el famoso villancico “Hoy comamos y bevamos”, de Juan del Encina, tal como figura en Poesía lírica y cancionero musical, edición, introducción y notas de R. O. Jones y Carolyn R. Lee (Clásicos Castalia, Madrid, 1975). Pone el broche final este villancico a la égloga 6: Égloga representada la mesma noche de Antruejo, tan breve como jocosa, que da cuenta de la gran comilona con que cuatro pastores (Bras, Beneito, Lloriente y Pedruelo) esperan temerosos la llegada de la Cuaresma. Uno de ellos declara: Gran pesar / me pone con su venida / la Cuaresma dolorida, pero un verso del villancico pudiera justificar otra lectura: Mañana vien la muerte. 

  Incluyo un pequeño glosario. Tomo la mayoría de las notas de la edición de Castalia; las restantes, y así lo indico, son del DRAE (22ª edición).

VILLANCICO*

Hoy comamos y bevamos,
y cantemos y holguemos,
que mañana ayunaremos.

Por honra de Sant Antruejo (1)
parémonos hoy bien anchos.
Embutamos (2) estos panchos (3),
recalquemos (4) el pellejo:
que costumbre es de concejo (5)
que todos hoy nos hartemos,
que mañana ayunaremos.

Honremos a tan buen santo
porque en hambre nos acorra (6);
comamos a calca porra (7),
que mañana hay gran quebranto,
Comamos, bebamos tanto
hasta que nos reventemos,
que mañana ayunaremos.

Beve Bras, más tú Beneito.
Beva Pedruelo y Lloriente.
Bebe tú primeramente;
quitarnos has desse preito (8).
En beber bien me deleito:
daca, daca (9), beveremos,
que mañana ayunaremos.

Fin.

Tomemos hoy gasajado (10),
que mañana vien (11) la muerte;
bevamos, comamos huerte (12),
vámonos carra (13) el ganado.
No perderemos bocado,
que comiendo nos iremos,
y mañana ayunaremos.

JUAN DEL ENCINA

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* De la Égloga 6 (Cancionero de 1496), “representada la mesma noche de antruejo”.

(1) Sant Antruejo: en su simplicidad[,] los pastores personifican el día.

(2) embutir (DRAE): llenar, meter algo dentro de otra cosa y apretarlo.

(3) pancho (DRAE): vientre, barriga, panza.

(4) recalcar (DRAE): llenar mucho de algo un receptáculo, apretándolo para que quepa más cantidad de ello.

(5) concejo: concurrencia.

(6) acorrer (DRAE): socorrer a alguien.

(7) a calca porra: frase que no hemos podido dilucidar.

(8) preito: pleito.

(9) daca: da, o dame, acá.

(10) gasajado: agasajado, placer, regocijo.

(11) vien: viene.

(12) huerte: fuerte.

(13) carra: hacia, a.

12.6.11

+”Lo fatal”, de Rubén Darío, en la voz de José Manuel Castañón

Rubén Darío quizás estaba harto, tan harto que escribió un poema para aclarar el asunto.

DE OTOÑO

Yo sé que hay quienes dicen: ¿por qué no canta ahora
con aquella locura armoniosa de antaño?
Esos no ven la obra profunda de la hora,
la labor del minuto y el prodigio del año.

Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa,
cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:
¡dejad al huracán mover mi corazón!

Rubén Darío quizás estaba harto, harto de que le recordaran su pasado (el tiempo de la juvenil sonrisa y la locura armoniosa), ese pasado que, como una giba, llevamos a la espalda, y que es el azogue que alumbra nuestro presente.

Rubén Darío quizás estaba harto de quienes se empeñaban en que los versos de antaño siguieran siendo su único presente.

Rubén Darío quizás estaba harto, harto del eterno retorno de lo mismo, y gritó pidiendo una gracia: “¡dejad al huracán mover mi corazón!”.

Y bien que mueve el huracán su corazón en este terrible poema, “Lo fatal”. Huracán de arrasadora poesía que nos deja plantados y expectantes, como árboles mudos ante todos los misterios.

(No me ha sido posible encontrar una versión más susurrada, pero si a ésta le quitamos un poco de altisonancia, quizás se haga justicia al inmenso poema.)

“Lo fatal”, de Rubén Darío

11.6.11

Baudelaire -arte y prostitución- Tolstoi

En la primera página de Mi corazón al desnudo, Baudelaire plantea una pregunta: ¿Qué es el arte?

Décadas más tarde, el conde León Tolstoi se hizo la misma pregunta. Su respuesta fue un libro, con ese mismo título, en el que arremetía contra el arte “moderno” (Baudelaire incluido).

La respuesta de Baudelaire es tan clara, escueta, sonora y rotunda que sobrecoge: Prostitución.

Sabido es que Jeanne Duval, la amante negra del poeta, era prostituta; pero parece que Baudelaire también tuvo tratos en su arte con la prostitución, aunque desconozcamos su esencia.

Para el conde ruso, renacido a la fe, Baudelaire era un ejemplo de mal poeta, de detestable poeta. Y le acusa (porque es una acusación) de haber inventado nuevas formas, y de sazonarlas con detalles pornográficos, nunca antes vistos, con lo que los críticos, y el público de las clases elevadas, cayeron rendidos a sus pies.  

En su alegato, Tolstoi acusa al arte “moderno” de buscar lo oscuro y lo afectado, y de tomar el placer por objeto, para servírselo a una determinada clase social. Y, sobre todo, le acusa de renunciar a transmitir los más altos sentimientos de la humanidad, que para el anciano Tolstoi son aquellos que dimanan de una concepción religiosa de la vida.

Sin duda, el novelista estaba de acuerdo en una cosa con el poeta: el arte (el de Baudelaire, al menos) es prostitución, diga lo que diga esa palabra.

7.6.11

El silencio

El silencio dicta su tiempo a las palabras. Para respirar, las palabras demandan silencio. Solo el silencio las redime de su vana vanidad: nombrar el mundo con su soplo. Pero de ese pecado no siempre las redime el silencio; a veces llega tarde, a veces no llega. No basta callar para que el silencio emane: sólo de la atención más honda brota el silencio, o de la más profunda soledad, o del más acerado dolor, o del acaso ingrato sentir. El silencio habla mientras calla; las palabras chirrían si hablando no dicen nada.

Hay que sacar a las palabras del silencio original, y moldearlas en la fragua de la vida, y enfriarlas para apuntalar su forma.

[Viernes, 9/1/04]

5.6.11

Examen en la biblioteca o La muda vanidad

Estas son las cosas –me dije más tarde–, que le pasan a Budhi-Dhorma. A Budhi-Dhorma y no a mí. A él le suceden cosas extrañas, o sorprendentemente triviales, mientras que a mí me rodea la rutina más banal (si no fuera por el paso del tiempo, esa maravilla a la que todos estamos invitados).

Hacía un rato que estaba en la Biblioteca Municipal. Había devuelto tres libros que pesaban lo suyo, sobre todo la Historia de la fotografía de Newhall.

Del expositor de novedades tomé un libro de Max Scheler y otro, de tema religioso, de Tolstói, que incluye la correspondencia con Gandhi, ese hombre que hizo posible la independencia de la India pero no pudo evitar su fractura. Con su vida pagó aciertos y errores.

Escudriñaba en los anaqueles por si me sorprendía algún libro cuando se dirigió a mí una muchacha, oscura de tez y acento americano, de negra melena ensortijada. Preguntó tímidamente:

¿Sabe usted quién escribió…

(En ese justo momento me pareció oír un redoble de tambor; y sentí un estremecimiento en el lugar de la memoria.)

La taberna fantástica?

¡Uf, qué alivio! Me tomé un respiro de segundos con sabor a eternidad y contesté victorioso:

La taberna fantástica es… de Alfonso Sastre.

La muchacha me dio las gracias y yo le quedé tan agradecido que con gusto hubiera añadido, pues así son las cosas de la vanidad, que había visto la obra en un teatro de la calle Fuencarral, y que esa obra tuvo un éxito tan arrollador como sorprendente, o quizás no, allí estaba “El Brujo”, siempre genial. En esos momentos, ya no sabía si yo era yo o si era otro. Y aunque mi envanecimiento enmudeció ante la muchacha, mi vanidad no es ágrafa, como es fácil comprobar.

Al cabo de un rato, vi de nuevo a la muchacha merodeando por los anaqueles de narrativa:

¿Lo has encontrado?

No.

Tuve una sospecha, y añadí:

–Es teatro… eh. –Pensaba que era una novela.– ¿Has mirado el catálogo en el ordenador?

No era posible consultar la página, por motivos técnicos. Ya me había pasado a mí cuando intenté comprobar en casa si tenían el libro de Francesco Colonna.

Acompañé a la muchacha hasta los libros de teatro, pero el de Sastre no estaba. Quizás lo habían prestado… pero no había manera de saberlo.

Mientras volvía a casa recordé que hacía muchos años, décadas incluso, allá por las postrimerías del franquismo, yo había visto una obra de Sastre: Tierras rojas. Historia de mineros, creo recordar; teatro de lucha, supongo. Aunque no recuerdo nada de la obra, no olvido que la vi en un colegio de monjas. Qui le croirait!

[Viernes, 3/6/2011]

3.6.11

+”Ah, que tú escapes”, de José Lezama Lima, en su propia voz, con un texto de María Zambrano

En 1948, María Zambrano publicó en la revista Orígenes (La Habana, año V, nº 20), un artículo, “La Cuba secreta” sobre la antología Diez poetas cubanos, 1937-1947, publicada ese mismo año.
Cintio Vitier, el antólogo, era uno de los diez poetas. En esa antología figuraba, entre otros poetas pertenecientes al grupo “Orígenes”, Virgilio Piñera, Eliseo Diego, Ángel Gaztelu y, por supuesto, José Lezama Lima. 
En aquel artículo, María Zambrano hacía unas interesantes consideraciones sobre la poesía primera de Lezama Lima. Un extracto de ese texto, titulado ahora “Cuba y la poesía de José Lezama Lima”. está recogido en Algunos lugares de la poesía, libro póstumo de la filósofa que editó Trotta en 2007, al cuidado de Juan Fernando Ortega Muñoz. Una parte de éste texto es el que figura más abajo.

Con letra más pequeña, recojo una frase que no figura en la edición madrileña y, asimismo, una pequeña discrepancia entre ambos textos.

“Ah, que tú escapes”, primer poema de ENEMIGO RUMOR (1941)

La poesía de Lezama me pareció siempre vivir en estado, más que de gracia, de sacrificio; único estado en que el alma que contrae a diario nupcias con la realidad se mantiene intacta. Y yo diría que es el estado que pide y realiza la poesía, si no es el asombroso milagro de san Juan de la Cruz, que traspasó el sacrificio mismo llegando a lo divino. Mas la sola poesía no alcanza a lo divino que la filosofía logra en sus instantes supremos, cuando está a punto de negarse a sí misma despejándose de su ser que es la razón. [La poesía sin milagro no lo puede realizar, ya que es cuerpo, resistencia, cuajada continuidad.] La poesía permanece en lo sagrado y por ello requiere, exige, estado de permanente sacrificio. El sacrificio es la forma primera de captación de la realidad. Mas, tratándose de la poesía, la captación es un adentramiento, una penetración en lo todavía informe. La poesía no es contemplativa primariamente, puesto que es acción antes que conocimiento. Cuando Goethe anunció [enunció con] la majestad del caso que «en el principio era la acción», no quiso decir otra cosa sino que en el principio era la poesía. Y así los dos Evangelios, el de la acción y el de la palabra, no son sino las dos vertientes de una única verdad. La palabra poética es acción que libera al par las formas encerradas en el sueño de la materia y el soplo dormido en el corazón del hombre. No despierta el hombre en soledad, sino cuando su palabra despierta también la parcela de realidad que le ha sido concedida a su alma como patria.

Y así, la poesía de Lezama, que es acción y no contemplación, se sitúa, a pesar de sus complicadas y a veces cristalinas formas, en ese lugar primario que corresponde a la poesía que se adentra en la realidad despertándola y despertándose. Pues sólo es posible la contemplación cuando ya las formas han sido liberadas y aquietada el hambre originaria de la realidad. La raíz de la creación poética se hunde en la voracidad, en la avidez insaciable de realidad, diremos, metafísica. La filosofía nacida también de esa hambre, atraviesa la fysis para apacentarse en las ideas, idénticas y, por tanto, diáfanas. La poesía, en cambio, se alimenta del mundo de los sentidos, buscando en la fysis su metafísica: la metafísica del ser viviente, en el latido de cada uno de sus instantes, sin identidad. No es la transparencia —condición de la identidad— el imán de la poesía, sino ese otro indefinible género de unidad oscura y palpitante. La poesía atraviesa, sí, la zona de los sentidos, mas para llegar a sumergirse en el oscuro abismo que los sustenta. Antes de que le sea permitido ascender al mundo de las formas idénticas en la luz, ha de descender a los infiernos, de donde Orfeo la rescató dejándola a medias prisionera. Y así, la poesía habitará como verdadera intermediaria en el oscuro mundo infernal y en el de la luz, donde las formas aparecen.

MARÍA ZAMBRANO