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31.12.10

¡Feliz 2011!

Con los años, el arte y la vida son uno.
Braque



El tiempo es difícil de encontrar y fácil de perder.
Lao Tse

29.12.10

Dos historias: I. Mr. Campbell y su bastón. II. El Sr. Beneyto y mi teléfono

I

Los Campbell desembarcan en La Habana un viernes muy caluroso. A Mrs. Campbell todo le resulta encantador, a Mr. Campbell le preocupa, por su pierna dolorida, la humedad. En el muelle, se demoran en un tenderete que vende “frutos del árbol del turismo”: castañuelas, abanicos, collares...  Aunque Mr. Campbell opina que los souvenirs deben comprarse al abandonar el país, Mrs. Campbell realiza algunas compras. Y el mismo Mr. Campbell acaba encaprichándose, por su pierna dolorida, de un bastón: llamativo, complicado y caro; de una madera que parecía ébano, tallado con cuidado prolijo (Mr. Campbell) o exquisito (Mrs. Campbell). No, pensando en dólares, no es tan caro, se tranquiliza Mr. Campbell.

Los Campbell se alojan en el Hotel Nacional. Después de la siesta, callejean, y acaban entrando en un cine. Por la noche recalan en Tropicana: un cabaret casi en la selva. Mrs. Campbell, encantada; Mr. Campbell, picajoso.

Después del espectáculo, un taxista picarón los deposita en una casa cualquiera, donde asisten a otra clase de show. Los clientes están sentados alrededor de una cama redonda. Primero aparecen dos mujeres desnudas (¿negras? ¿blancas?); y después un negro, desnudo. Dos luces, una roja y otra azul, iluminan al trío. Mr. Campbell, asqueado; Mrs. Campbell, encantada.

El sábado van a la playa de Varadero. Lo pasan bien, aunque por la noche Mr. Campbell experimenta en su propia piel algunas desagradables secuelas.

El domingo por la mañana —el ferry sale a las dos— pasean por la ciudad vieja y compran los últimos souvenirs. Se sientan a descansar en un viejo café. Ya en la calle, Mr. Campbell echa en falta su bastón. Regresan al café. Nadie había visto el bastón. Mr. Campbell está compungido. Pero enseguida ven a un viejo —no tan viejo, visto de cerca— con su bastón, el bastón de Mr. Campbell. El viejo, mendigo profesional, e idiota, según Mr. Campbell, no habla inglés, ni español: emite unos ruidos extraños con la garganta. No hay manera de entenderse con él. Harta de inútiles forcejeos, Mrs. Campbell sugiere a Mr. Campbell que compre el bastón al viejo. Mr. Campbell se niega en redondo: cuestión de principios. La gente se arremolina, y Mr. Campbell teme por su vida. Mrs. Campbell, en un rudimentario español, se explica como buenamente puede. El viejo mendigo idiota no suelta el bastón y hace señas y ruidos con la boca para subrayar que es suyo. Llega un policía. Afortunadamente, habla inglés. Mr. Campbell explica lo sucedido. El policía no consigue dispersar a la multitud ni entenderse con el idiota. Cuando pierde la paciencia, el policía desenfunda su arma. Silencio sepulcral. El mendigo, resignado, entrega el bastón a Mr. Campbell. El policía pide a éste que dé algo al “pobre hombre”. Mr. Campbell se siente ofendido. Alguien propone entonces hacer una colecta. Mr. Campbell se arrepiente y ofrece al idiota unas monedas, casi tantas como le había costado el dichoso bastón. El idiota las rechaza. Interviene Mrs. Campbell, pero el viejo mendigo idiota sigue en sus trece. Sólo las acepta cuando se las entrega el policía. Entre aplausos y saludos, Mr. Campbell y Mrs. Campbell se alejan en un taxi. Mrs. Campbell, callada; Mr. Campbell, contento.

Al llegar a la habitación del hotel, Mr. Campbell, según su costumbre, cede el paso a Mrs. Campbell, quien al llegar al cuarto y encender la luz, lanza un grito horrible. Mr. Campbell, rezagado, piensa: una descarga eléctrica, un insecto venenoso, un ladrón sorprendido, y corre hacia el cuarto. Mrs. Campbell está rígida, sin poder hablar, al borde de un ataque de histeria. Mr. Campbell solo comprende lo sucedido cuando Mrs. Campbell, con ruidos de su boca y con la mano, le señala hacia la cama. En ese momento, a Mr. Campbell no le quedó otra que rendirse al misterio...

(Lo que precede es un resumen de la historia, contada por él mismo, de Mr. Campbell y su bastón. Para conocerla cabalmente es preciso acudir a Tres tristes tigres, la novela ventrílocua de Guillermo Cabrera Infante.)

II

Con alguna frecuencia recuerdo la historia del bastón. Prodiga enseñanzas varias. Volví a recordar esa historia el día en que al regresar a casa me encontré cuatro mensajes en el contestador. Ese día, mi teléfono se convirtió en bastón. Al oír el primer mensaje, oh sorpresa: era el Sr. Beneyto, el sociólogo, filósofo y politólogo, fallecido el pasado mes de marzo, y a quien no tenía el gusto de conocer. Se quejaba de haber efectuado varias llamadas en vano. Por eso, ahora dejaba un mensaje y avisaba de que volvería a llamar.

En el segundo mensaje —apenas habían pasado unos minutos desde el primero— se le notaba indignado. Que no había derecho. Que no tenía todo el día. Mi sorpresa iba en aumento. Empecé a sentirme como el viejo idiota mendigo de la historia de Mr. Campbell. Por si acaso, antes de oír el tercer mensaje ensayé unos ruiditos con la boca.

Ese mensaje era ya un revuelo de indignación. El Sr. Beneyto parecía ofendidísimo. Y amenazaba con llamar más tarde, ya que tenía que acudir a una cita.

Entre el tercer y el cuarto mensaje habían pasado cerca de dos horas. Y ahora sí el Sr. Beneyto estaba verdaderamente cabreado y furioso. Que había ido a Valencia a un congreso. Que le hubiera gustado saludar al rector de la universidad. Que si el rector no quería recibirle, allá él. Fueron sus últimas palabras antes de colgar.

¡Date!, me dije, se acabó el busilis: Valencia, rector, universidad... Se repetía la historia. No era la primera vez que llamaban a casa queriendo llamar al rectorado de la Universidad de Valencia. Un día hice las averiguaciones oportunas. Mismo número, distinto prefijo. Asunto concluido. Pensé que la cosa no podía quedar así, que debía tranquilizar al Sr. Beneyto. Marqué el número desde el que se habían efectuado las llamadas. Era de un hotel de Valencia. Como el Sr. Beneyto no estaba en su habitación, tuve que contar a la persona que me atendía la historia de la confusión de los bastones, digo, de los teléfonos, para que pasara el recado al Sr. Beneyto. Quién sabe si al enterarse lanzó un suspiro semejante al grito de Mrs. Campbell. ¡Vaya con los bastones! A bastonazos aprendemos que no hay que dar nada por sentado. Haber contribuido a desvelar un insignificante enigma me dejó contento.

Durante meses conservé los mensajes, hasta que, gracias a un descuido, acabaron borrándose. Pero lo que no se borra son las palabras con que Mr. Campbell concluye su relato: “Allí, en una mesita de noche, cruzado sobre el cristal, negro sobre la madera pintada de verde claro, había otro bastón.”

Otro bastón, otro teléfono. ¡Oh, cielos!

28.12.10

Credo

Unas veces quisiera creer en lo que no creo; y otras veces, quisiera no creer en lo que creo.

19.12.10

Don Pío y la filosofía (Un capítulo de las memorias de Baroja)

Pío Baroja

De entre las muchas novelas que escribió Pío Baroja, apenas he leído unas pocas. (Si la carne es triste, ay, yo no he leído todos los libros.) Los devotos de don Pío –que nunca le faltan– sabrán decir, mejor que yo, las virtudes que adornan al escritor vasco. Por lo que hace a su estilo, resulta curiosa la insistencia en señalar su carencia, lo que bien visto pudiera ser considerado como el no va más del estilo: un estilo invisible.

Como a cualquier autor, a Baroja lo lee quien quiere, ya que su prosa está al alcance de todos: no exige un esfuerzo añadido, lo que no sucede con otros autores (pienso en Azorín, cuyas novelas reclaman una escucha atenta y serena, con alguna excepción, como La voluntad, novela briosa a su manera).

En sus postrimerías, Baroja escribió unas espléndidas memorias, que procuran a quien las lee una agradable fruición intelectual. Escritas con desenvoltura, a la pata la llana, abundan en curiosas anécdotas y sabrosas opiniones, muchas veces contundentes.

La tercera parte de Galería de tipos de la época, titulada “Escritores, bohemios y políticos”, recupera personajes inverosímiles de la bohemia de principios del siglo XX: Enrique Cornuty,  José Ignacio Alberti, Rafael Urbano, Alberto Lozano, Pedro Barrantes, Camilo Bargiela, Ciro Bayo, Pedro Luis Gálvez…, sin olvidar a escritores famosos: Blasco Ibáñez, Juan Maragall, Miguel de Unamuno…

De la primera parte de Galería de tipos de la época, titulada “Disquisiciones sobre nuestro tiempo”, reproduzco el capítulo XV. En él resume Baroja, con escéptica sensatez, la filosofía de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.

 

En el tiempo en que yo era joven, la tendencia positivista, dirigida entonces por Spencer, y anteriormente por Stuart Mill, estaba pasando. Estos autores habían empleado mucho talento en todo ello; pero, por mucho que emplearan, no podían tener siempre razón; el sistema suyo, aunque no se viniera abajo, se fue olvidando.

Las tesis de Nietzsche sustituyeron a las de Spencer, y se habló en todas partes de la voluntad de dominio, de la tendencia dionisíaca y de la apolínea, de lo dinámico y de la moral de los señores y de la de los esclavos.

Pasó este periodo, un tanto exaltado y metafísico, y lo sustituyó, en parte, el pragmatismo, y se habló entonces del valor de la intuición y del impulso vital, de lo cómodo y de lo práctico, como norma de vida.

En esta época se injertó una preocupación sociológica, y las cuestiones de los mitos, de los tótem y del tabú entraron en escena. Al mismo tiempo, se intentaba una explicación de todo lo psicológico, a base de complejos de erotismo, por Freud y sus discípulos.

Hace unos años se ha hablado con frecuencia de una filosofía de los valores, y a algunos estudiantes he oído referirse a ella como un descubrimiento. No decían con claridad de qué se trataba, y no sentía yo gran deseo de saber lo que era; pero, al ver que se repite el nombre, he intentado enterarme, y he visto que debajo hay muy poca cosa.

Esta filosofía de nombre nuevo tiene por objeto el averiguar qué jerarquía presentan  las nociones morales, estéticas y científicas creadas por el hombre.

Yo no veo en esto ninguna novedad; todas las religiones, la moral y hasta la literatura han hecho principalmente esto: valorar la vida, la bondad, el amor, la piedad, etcétera. Claro que si se hubiera encontrado una medida única y universal, entonces esta filosofía tendría una gran importancia; pero como no se ha encontrado, no la tiene.

Ahora, como digo antes, comienza a aparecer una palabra nueva; no sabemos de antemano la cantidad de vitalidad que lleva.

Es el epíteto que se pone a una clase de filosofía: el de filosofía existencial.

He visto alusiones a esta filosofía, no he leído una explicación clara, suficiente, de ella.

Al parecer, el origen de esta filosofía está, como he dicho, en el teólogo danés Kierkegaard y Kierkegaard piensa que cuando el hombre abandona sus abstracciones y sus teoremas y sus esquemas filosóficos, se encuentra con que es un ser que existe y que vive en una angustia perpetua. La angustia, según él, es la esencia de la vida. Así, para el teólogo danés, el apotegma de la filosofía humana es: sufro, luego soy. Tengo angustia, luego soy hombre.

Muy bien. Es posible que esta característica triste sea cierta. No se ve tan claro que en tal estado de angustia se encuentren encerradas todas las maneras de ser de la humanidad.

El prescindir de las abstracciones filosóficas anteriores no es, evidentemente, una exclusiva de los partidarios de Kierkegaard. La mayoría de los grandes pensadores hicieron lo mismo, en uno o en otro sentido.

Kant, en el terreno metafísico de crítica pura; Schopenhauer, en la filosofía y en la estética; Nietzsche, en una zona religiosa y ética; William James y Bergson, en un campo ideológico de consecuencias prácticas.

La tendencia fenomenológica de hace unos años ha seguido también la misma corriente; ha intentado obtener de una manera directa los datos inmediatos de la conciencia, prescindiendo de antiguas teorías.

Lo que sucede, creo yo, es que esta revisión de valores, como se diría en la época de Nietzsche, no termina en un resultado general e igual para todos los dogmáticos.

Kierkegaard hace una poda de todo lo que cree que oscurece el conocimiento del ser humano, y encuentra que la base de la personalidad es la angustia y la preocupación por Dios; algo muy próximo a la inquietud de Pascal.

Esto puede ser cierto para él, pero no para todos los hombres.

Schopenhauer hizo también su poda, y encontró que el fondo de la vida era la voluntad; los materialistas creyeron que era la fuerza; Nietzsche, el instinto de vivir, la voluntad de dominio y la superación de la muerte.

No parece que la angustia sea la raíz única de la vida.

Yo, la angustia la he sentido muchas veces en el hipogastrio; pero nunca he creído que fuera una manifestación de sabiduría, sino resultado de la acción del nervio vago.

En unos casos, la raíz de la vida será la angustia; en otros, la rabia; en otros, la desesperación; en otros, la ambición y el orgullo; en otros, la esperanza, y en algunos, muy pocos, la bondad y la santidad.

No se puede creer que esta teoría de la vida mediatizada por la angustia se pueda llamar filosofía existencial, como si las demás teorías hubieran hecho caso omiso de la existencia.

Todas las filosofías realistas son, en ese sentido, filosofías existenciales, desde la de Diógenes hasta la del último sainetero burlón de nuestra época.

Hay quien cree que esta filosofía existencial puede servir de legitimación y de tapadera a todas las tendencias egoístas y malvadas del hombre, ya sean individuales o colectivas.

Por la necesidad de lo existencial se puede defender el egoísmo propio, el sacrificio de los demás, y colectivamente, el despotismo y la conquista del espacio vital.

No cabe duda que, como dice Shakespeare, y no recuerdo la frase con exactitud, el diablo puede servirse para sus fines de los textos de la Escritura.

PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II: Galería de tipos de la época, La intuición y el estilo, Ilusión o realidad. Posfacio de Fernando Pérez Ollo. Tusquets/Caro Raggio, Barcelona, 2006.

16.12.10

Bécquer, traductor

Abdallah

A principios de año, la editorial Olifante publicó Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, en edición de Agustín Porras.

Una pregunta muy pertinente es: ¿de dónde salen esas rimas? Pues bien, esas rimas salen de la traducción, traidora y personalísima, de doce poemas que figuran en la novela de Édouard Laboulaye Abdallah (y en el cuento Aziz y Aziza), publicados en un solo volumen allá por 1868. El autor de esa traducción —un desconocido D. F. de T.— no sería otro, según Agustín Porras, que Gustavo Adolfo Bécquer, quien se habría acogido al anonimato tras esas iniciales de Don Fulano de Tal.

La editorial Reino de Cordelia acaba de publicar, en primorosa edición, Abdallah y Aziz y Aziza, lo que permitirá leer los poemas en su contexto novelesco.
La edición reproduce los grabados de Valeriano Bécquer que adornaban la edición decimonónica.

14.12.10

Frases sacadas de historiales médicos...

Sabido es que algunos estudiantes (¿y quién no lo ha sido?) deslizan en los exámenes disparates de marca mayor. Metódicos profesores han compuesto con ellos sabrosas antologías, que dan sopas con honda a los automatismos surrealistas. Esos disparates son, a veces, el resultado de una lucha titánica con la ignorancia, o un simple descuido, o un brindis al por si acaso, o un intento de tapar astutamente el blanco vacío…

Si todos hemos sido estudiantes, no todos somos médicos; aunque pocos se libran de ser pacientes. Y, algunos, muy impacientes. Hace días cayó en mis manos una recopilación de “frases sacadas de historiales médicos o de informes reales”. Formaba parte de la convocatoria a una asamblea de los médicos de un hospital a fin de tratar el tema de la falta de tiempo para atender a los pacientes como es debido. En este caso, los errores no derivan de la ignorancia sino de las prisas. Vistos con suficiente distancia, son errores de una jocosidad extrema, aunque no dejan de señalar un acuciante problema. Lo que en una conversación rutinaria no deja la menor huella, puesto por escrito provoca toda clase de espantos. Escribiendo deprisa, y bajo presión, acaso sean inevitables los dislates. Basta el más leve descuido en la posición de una coma para convertir en cómica la frase más seria. Las contradicciones, en una historia médica, no tranquilizan. La sintaxis dislocada puede llegar a ser un venero de comicidad. Y asimismo, por qué no decirlo, las declaraciones de algunos pacientes son en sí mismas hilarantes…

F R A S E S

El paciente no tiene historial de suicidios.

*

El paciente afirma que siente un fuerte dolor en el pene que se extiende hasta los pies.

*

El paciente rechazó la autopsia.

*

La piel estaba húmeda y seca.

*

El bebé salió, se cortó el cordón umbilical y se le entregó al pediatra, que respiró y lloró de inmediato.

*

El examen rectal reveló una tiroides de tamaño natural.

*

Afirmó que había sufrido estreñimiento durante casi toda su vida, hasta 1989, cuando se divorció.

*

El paciente presenta dolores de cabeza ocasionales, constantes, infrecuentes.

*

El examen de los genitales resultó negativo, excepto por el pie derecho.

*

El paciente vive con su madre, su padre y una tortuga como mascota, que acude a clases de formación profesional tres veces por semana.

12.12.10

La verdad (Aproximación barroca)

La verdad no es solo la verdad: es, además, la verdad de la mentira y la mentira de la verdad.

10.12.10

El predicador

Sucedió hace quince años. Y no fue un sueño.

Recuerdo que había quedado con unos compañeros, para celebrar no sé qué, en la calle del Barco. Me había bajado del metro en Gran Vía y, para hacer tiempo, paseé un rato. Cerca de la calle del Desengaño oí gritos metálicos: “... no humilléis vuestra alma... Arrepentíos...” Sorprendido, me dirigí hacia los gritos; al cabo de unos pasos, apareció él, el predicador: alto y joven, barba silvestre, hábito talar, megáfono en ristre. Hierático, lanzaba sus dardos hacia la calle de la Ballesta, calle de perdición. Clamaba: “Arrepentíos... No profanéis vuestro cuerpo, no humilléis vuestra alma... Arrepentíos...” Yo sentí que mi cuerpo flotaba, que mi mente exhumaba imágenes de película. La calle estaba medio desierta y, de cuando en cuando, alguna prostituta soltaba una risotada hueca.

Ajeno a cuanto le rodeaba, el predicador proseguía impertérrito: “Dios os ama... No despreciéis su amor... Convertíos a una nueva vida, renegad del amor mercenario. Dios os ama..., lo mismo que ama a todas las criaturas. No le defraudéis, no traicionéis su amor. Convertíos a una nueva fe, cortad las cadenas de vuestra esclavitud, atreveos a ser libres. Dios os perdona... Él no lleva la cuenta de vuestros pecados, no es el notario de vuestra indignidad. Él os ama por lo que sois; os ama y os perdona. No le afrentéis. Convertíos...”

Así recuerdo sus palabras, que quizás fueran otras. Al oírlas, rezumaban desolación, a la que no era ajena aquella triste figura, y su barba, y su hábito talar, y su megáfono, y su mecánico decir...

Seguí mi camino lejos de la voz. Me sentía inmerso en una pasmosa irrealidad, como si un demiurgo maligno hubiera disfrazado para mí el tiempo y el espacio. Alguna vez he creído que fue un sueño, que el exhortador de perplejas prostitutas fue una broma de mi imaginación. Pero aunque pareciera un sueño, juro que la visión fue real. 

La perorata —monótona, reiterativa— acabó haciéndose inaudible.

Una prostituta, émula de Rubens, estragada de hastío, me conminó al pasar:
—Ven conmigo, guapetón... ¡o te arrepentirás!

7.12.10

Poesía dicha

Hace días escuché unos poemas de Juan Ramón Jiménez dichos por él mismo. Hondas palabras, en la voz y en la materia; frías y ardientes. Y al hilo de esta audición me vienen unas ideas en las que quizá haya un eco de lo que expresó el poeta en alguno de sus innumerables aforismos. Cualquiera ha podido constatar que un mal poema, bien recitado (o incluso mal), puede seducir; y que sólo sabremos que es un mal poema cuando, leído en silencio o con voz tenue, descubramos su oropel, su mentira. Por el contrario, un buen poema, mal recitado (o incluso bien), puede espantar. Y si no le concedemos el beneficio del silencio, nunca sabremos que era un buen poema: si nos habla, lo es; y si tan sólo canta, a la untuosa manera de los malos poemas, tal vez no lo sea. No hablo, por supuesto, de ninguna ley; expreso un criterio personal: los oídos son muchos, cada quién vive la realidad a su manera, no existe un gusto unánime y viva Cuenca como quiera. 

Por lo que atañe a lo que quiero decir, lo relevante es que, siendo la voz música, algunas voces, mientras recitan, transmutan el poema. Y esa alquimia beneficia sobremanera a los malos poemas. Algunas voces, si llega el caso, serían capaces de sacar poesía incluso de la guía telefónica. Pero no es ésa la música que más importa en poesía, sino la música callada, que entra en el alma desasida de los sentidos. La otra, la  música cantarina, puede que no sea sino dócil seda que acaricia los oídos, y que es tan necesaria para quien la necesita, como inútil para quien la aborrece. 

[Martes, 9 de junio de 2009]

4.12.10

JRJ y el grillo

En una entrada antigua, recogí la implorante carta que Juan Ramón Jiménez dirigió a un vecino de su casa madrileña a cuenta de un insufrible grillo.

Ahora, leyendo los Cuentos largos y otras prosas narrativas breves, una selección de prosas del poeta de Moguer, en edición de Teresa Gómez Trueba (Menoscuarto, 2008), me encuentro con un texto, casi telegráfico, escrito desde la ajenidad de la tercera persona, y que acaso describe el íntimo dolor del poeta y los remordimientos por su osadía epistolar. ¿Habla del mismo grillo? Lo desconozco. Pero le cuadran bien al andaluz universal esos remordimientos y ese arrepentimiento final, incluso si no trascendieron del papel. Sabido es que Spinoza condenaba el arrepentimiento: el que se arrepiente es dos veces miserable e impotente, sentenciaba. Pero aunque, según el filósofo, no sea una virtud, ni nazca de la razón, hay veces en que el arrepentimiento se impone como una necesidad, más allá de la razón. Y no es extraño siquiera que acabe uno arrepintiéndose de su arrepentimiento primero. Somos tan humanamente oscuros que nos merecemos la mayor compasión, mal que le pese a los filósofos fieros. 

[El grillo]

Le escribió al dueño, que lo quitara.
Lo quitó el otro.
Remordimientos, inquietud de pensar que el otro está pensando en él.
Le escribió que volviera a poner el grillo en el balcón.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

Al lado de este texto, figura otro: “El grillo real”, en el que el narrador cuenta su angustia ante el grillo de un junio raro -junio cóncavo y profundo-, que se cuela por la ventana, dentro de su soledad. Harto hasta lo indecible, decide cortar por lo sano: comprará a Honorito Igelmo, el niño del portero, el grillo. Por un duro, o dos duros, o cinco duros… Por lo que Honorito quiera. Consumada la operación, el grillo pasaría a hospedarse entre la yerba del Retiro.
Atónito quedó el chiquillo por la sorpresa. Y ajeno a la intención del poeta, y de natural bien intencionado, Honorito le propinó una respuesta inesperada… demostración clara de que las palabras traicionan a veces la intención, siempre secreta. En el ajedrez de la vida, ay, nunca sabemos qué pieza moverán los demás, y por muchas celadas que preparemos, nosotros mismos no estamos exentos de caer en ellas. Y no son pocas las veces en que ni incluso nosotros mismos sabemos qué pieza mover. Y, mientras, el tiempo corre; el del reloj y el de la vida.

2.12.10

Adioses

Hijo de otro siglo, cada vez que oye el advenedizo y mercantil Que tenga un buen día, no puede dejar de añorar en lo más recóndito de su ser el castizo Que usted lo pase bien, incluso sin el usted. (Ambas expresiones quizás están muertas, pero la que le agrada a él murió de vida, mientras que la otra vive de muerte. Como cultiva sus manías, todavía recuerda con vívido horror la primera vez que oyó el zoofílico ¡Que te folle un pez! en una película doblada. Hay calcos, supuesto que lo sea, que estremecen; y en este caso, prefiere asimismo el dicho castizo, de tan larga vida… aunque últimamente algo recortado.)

30.11.10

Metafísica y crimen. La violencia de las imágenes. (Observaciones de Rüdiger Safanski sobre el nacionalsocialismo) (y 2)

Goebbels y HitlerHitler y Goebbels esbozaron imágenes metafísicas del mundo en las que creer.
En vista del crimen inconmensurable del nacionalsocialismo y de las catástrofes históricas que motivó, el hecho de que los autores de las imágenes en cuyo nombre se cometieron esos crímenes creyeran en ellas, puede llegar a parecer insignificante. Sin embargo, este hecho está cargado de significado, por la sencilla razón de que la energía requerida para hacerlas realidad procede únicamente de la fe en dichas imágenes. El nacionalsocialismo alcanzó poder y relevancia históricos porque logró mantener la creencia de que su base y su objetivo era socializar. La situación de crisis espiritual, social y económica promovió en las masas esa predisposición a creer. Esto hizo posible que todo un pueblo colaborara en la escenificación de una metafísica cruel y sangrienta.
Hitler, Goebbels, y con ellos la mayoría de los activistas nacionalsocialistas, no sólo fueron unos cínicos en el poder, que también, ante todo fueron creadores de opinión. Para poder hacer lo que finalmente hicieron necesitaron la justificación y la orientación de una imagen del mundo que hiciera parecer sus acciones necesarias e incluso -por escandaloso que pueda sonar- morales. No se limitaron a pasar por encima de una moral comprometedora, sino que inventaron una nueva moral en consonancia con su imagen del mundo, una "hipermoral" (Gehlen) que les permitió actuar libres de contradicción alguna, tanto interna como externa. Esa nueva moral estaba concebida por oposición a la moral convencional o tradicional, identificable, grosso modo, con los derechos humanos. Los nacionalsocialistas estaban tan fuertemente ligados a la moral elemental de la Europa más reciente que sólo pudieron superarla con ayuda de esa nueva moral. Si bien el nacionalsocialismo no se mostró ni hipócrita ni cínico con respecto a la moral tradicional.
El hipócrita alega ceñirse a la moral y secretamente la infringe si sus intereses lo requieren. El cínico es la figura complementaria del hipócrita. Aquel resuelve la contradicción hipócrita entre el acatamiento público y la violación secreta de la moral adoptando una posición más allá de toda moral. La actitud de los nacionalsocialistas es bien distinta. Cuando el 3 de octubre de 1943 Himmler se dirigió a la cúpula del cuadro de las SS que había tomado parte en el exterminio judío, no fue preciso emplear un tono propagandístico. La moral "superior" a la que Himmler alude en ese discurso no fue concebida como fachada para el gran público; Himmler se refiere a ella como una "instancia" necesaria e indispensable para el autodominio moral de los verdugos. Himmler:

La mayoría de vosotros ya sabe lo que significa que yazcan cien, quinientos o mil cadáveres... No cejar en el empeño y permanecer limpios... [Se trata de] la página más gloriosa de nuestra historia que jamás se escribió ni se escribirá.
"Permanecer limpios": expresión referida a una conducta que cruelmente infringe los más elementales derechos del hombre sin engendrar mala conciencia, pues se sabe en consonancia con una "moral superior" desarrollada a partir de una determinada imagen del mundo, la "moral" de la "higiene racial", de la "lucha de razas", del "bien común", etcétera.
Es evidente que el otro gran proyecto totalitario de nuestro siglo, el estalinismo, supo de manera similar justificar moralmente la masacre humana. También el estalinismo logró extraer una hipermoral de una imagen del mundo, en última instancia, metafísica, que permitiera atentar contra los principios morales más elementales de la vida en sociedad; y además con la conciencia tranquila.
El peligro de estos totalitarismos se minusvalora si sólo observamos en ellos un abandono del sentimiento moral y una irrupción paranoica de las pulsiones criminales del colectivo. En el crimen totalitario -desde Auschwitz hasta el archipiélago Gulag o el genocidio de los jemeres rojos- rige más bien una lógica de la autodeterminación moral a su vez gobernada por la pretensión de verdad de una imagen del mundo con la que el autor se identifica plenamente. Las imágenes del mundo de los dos grandes totalitarismos de nuestro siglo se instalan en una tradición metafísica que pervierten atrozmente. Son imágenes metafísicas porque se arrogan la posibilidad de captar en su totalidad la verdadera esencia de la naturaleza y de la historia. Son sistemas metafísicos porque aspiran nada menos que a una comprensión de lo que el mundo guarda en lo más profundo. Formulan leyes de la historia -lucha de clases o de razas-, leyes que adquieren en la teoría un significado ambivalente: poseen una naturaleza descriptiva a la par que normativa; se afirma que esas leyes de hecho se dan y a la vez se postulan como leyes que deberían darse. La ley de la historia que presuntamente se ha descubierto no se cumple de forma automática, con independencia de las partes implicadas, sino que tiene que acatarse conscientemente. El conocimiento de la ley histórica debe ir acompañado de su realización, sólo así puede la realidad liberar su verdadera esencia: así reza la promesa de la metafísica totalitaria.
La metafísica totalitaria pretende adaptar la realidad a sus terribles y maniqueas imágenes. Cualquier posición contraria a esa adaptación no brinda la ocasión de la duda -en la metafísica totalitaria no caben refutaciones-, se vuelve más bien motivo de enconada enemistad: ha de ser destruido para que el verdadero acontecer histórico pueda seguir su curso sin que lo molesten. No fue pues una paranoia individual, sino un corolario de la metafísica totalitaria, el hecho de que Hitler, durante sus últimos días en el búnker bajo la cancillería, expresara el convencimiento de que el pueblo alemán, al no demostrar su valía, merecía perecer.
La metafísica totalitaria no se limita a interpretar el mundo con ayuda del esquema maniqueo amigo/enemigo; dicho esquema se aplica también a la posición que pueda adoptarse ante ella como teoría: o te conviertes a la causa, o eres su enemigo.
La metafísica totalitaria también se arroga la capacidad de explicar por qué determinadas personas no pueden creer en ella: su juicio está ofuscado por motivos raciales o de pertenencia a una clase social. Desde el fascismo biologista el remedio pasa por la "higiene racial" o por la destrucción física de "la otra especie". El pensamiento estalinista conoce en cambio el medio para lograr la reeducación política y de clase: el pequeñoburgués puede llegar a alcanzar el punto de vista del proletariado. Si bien, en el estalinismo también hay una predisposición al exterminio físico de todo aquel que se oponga al acontecer de la verdad. Valga como ejemplo el caso de los jemeres rojos en Camboya, que ejecutaron a hombres estigmatizados como "intelectuales burgueses" por llevar gafas y no tener callos en las manos.
La metafísica totalitaria atrapa a sus adeptos en las imágenes del mundo que despliega. No sólo pretende captar el todo, también pretende captar a todos los hombres.
La metafísica totalitaria promete al hombre una totalidad compacta e indisoluble. Le otorga la seguridad de una fortaleza, sin vanos ni aspilleras, erigida por miedo al campo abierto de la vida, al riesgo de la libertad humana, que siempre conlleva inseguridad, soledad, distanciamiento.
Tomando como ejemplo al antisemita, Sartre describió como sigue el prototipo del metafísico totalitario:

Es un hombre que tiene miedo. No de los judíos, [sino] de sí mismo, de su libre voluntad, de sus instintos, de su responsabilidad, de la soledad y de cada cambio, del mundo y del hombre... El antisemita quiere ser un peñasco inamovible, un arroyo fluente, un rayo devastador; cualquier cosa excepto un hombre.
La metafísica totalitaria constituye la perversión de un pensamiento universalista: ayuda al hombre a desembarazarse de su precaria unicidad y pone a su disposición imágenes y representaciones en las que pueda sentirse parte integrante de un todo; en reñida oposición a aquellos que no pertenecen a este. El significado de esta oposición es evidente: el sentimiento de la propia totalidad, bien observado, no es más que el resultado del retroceso del ataque dirigido a los otros, a lo ajeno.
El metafísico totalitario tiene que destruir la morada ajena para poder sentirse como en casa. La vida en libertad supone para él una exigencia que no puede afrontar. Busca cobijo en la seguridad frente a lo abierto y lo extraño. Aunque la estrategia que emplea para volver al hogar pasa por reducir a cenizas la tierra. Su verdad consiste en la destrucción tanto del propio ser-otro como del ser del otro.

Cuando nos crearon hubo un error -proclama Büchner en su Danton-, algo se nos amputó, no se me ocurre cómo podemos llamarlo, y tampoco vamos a arrancárselo al vecino de las entrañas, ¿a qué andarse reventando cuerpos?
El metafísico totalitario sólo puede sentirse pleno si destruye en los otros aquello que pueda hacerle recordar que algo le falta, que su vida nunca podrá ser algo completo, que una parte de ella siempre está lejos, en lo extraño.
Una de las más complejas calidades del hombre es aceptar esa extrañeza y hacer de ella una virtud.
Kafka es un ejemplo de ello.
En vísperas de la hecatombe totalitaria en Europa, en 1922, anota en su diario acerca del sentido de su escritura: "Zafarse de la fila de asesinatos, observar los hechos".

RÜDIGER SAFRANSKI, ¿Cuánta verdad necesita el hombre?  Madrid, Lengua de Trapo (Desórdenes. Biblioteca de ensayo), 2004.

28.11.10

Metafísica y crimen. Hitler, Goebbels. (Observaciones de Rüdiger Safanski sobre el nacionalsocialismo) (1)

Concentración nazi

Hace años vi un documental sobre el nacionalsocialismo. En él se sostenía que, más que un movimiento político, el nacionalsocialismo era el intento de fundar una nueva religión. Y hablar de religión implica adentrarse en un terreno escurridizo en el que, incluso si conserva su sitio, la razón no lo es todo. Frente a los creyentes, siempre hay quienes rechazan la religión por incomprensible. El desafío para éstos es doble: reconocer la existencia del hecho religioso y aceptar que se escapa a su comprensión. Y no es fácil: para la razón del increyente, la fe es un escándalo. Sí, quizá Hitler pretendiera funda una religión (diabólica, sin duda) y quizá esa hipótesis pueda contribuir a explicar el nacionalsocialismo.  

No es infrecuente que, a la hora de explicar lo inexplicable, se recurra a la locura. A partir de ese momento, la razón descansa y se regocija en sí misma. Pareciera que la locura vuelve todo más claro, aunque muchas veces es un argumento falaz, una artimaña para enjaular lo incomprensible. Y es lo cierto que comprender el nazismo entraña un desafío en regla a la razón, la limitada razón. Este texto de Safranski quizá ayude a comprender (más allá de los condicionamientos políticos, sociales y psicológicos) lo que significó el nacionalsocialismo en unos años  cruciales para Europa y el mundo. 

No me extenderé en un análisis detallado de los condicionamientos políticos, sociales y psicológicos de la toma del poder nacionalsocialista.
Es indiscutible que Hitler llega al poder y se mantiene en él hasta el final por haber logrado una amplia aprobación entre el pueblo. Esta se debió a unas determinadas medidas políticas, pero también a la concepción del mundo que subyace al nacionalsocialismo. En Mi lucha, Hitler expuso con toda claridad esa concepción del mundo y, en consecuencia, desarrolló una estrategia de acción política. Ya se ha señalado en muchas ocasiones que su política siguió a rajatabla ese plan de acción. Hitler, inspirado en su visión del mundo, no hizo otra cosa más que realizar su programa de 1925.
La concepción del mundo desarrollada en Mi lucha es, aunque bárbara, una metafísica. De manera metafísica Hitler puso de manifiesto el sentido profundo de la realidad: construyó imágenes de la vida falsa y de la verdadera e intentó transformar el mundo conforme a esas imágenes, propósito que fue espantosamente logrado. Y sólo pudo hacerlo porque los hombres bajo su mando estaban dispuestos a participar en esa sangrienta escenificación de su metafísica.
Se han barajado los más diversos motivos para explicar este respaldo, lo cual no cambia en absoluto el insólito y angustioso resultado: una sociedad al completo colaboró en trasladar a la realidad un sistema metafísico ilusorio.
Nietzsche, al final, en su caverna interior inundada de fantasías violentas, pergeñó la destrucción imaginaria de un mundo que no coincidía con el suyo. También Hitler acabó en una especie de caverna: el búnker de la cancillería del Reich. Si bien sus violentas fantasías estallaron hacia fuera: él sí llevó a cabo la destrucción real de un mundo no coincidente con el suyo. Una Europa destrozada, millones de muertos en la guerra, millones de asesinados. Metafísica que cobra realidad convirtiéndose en crimen monstruoso. El éxito de Hitler es un ejemplo extremo de cómo la historia puede ser gobernada por ficciones, por delirios, por imaginaciones.
Resumo algunos condicionamientos biográficos: Hitler fracasa en los estudios posteriores a la escuela. Rechaza la vida burguesa, oponiéndose a ella con su trabajo, su perseverancia y su idea de la familia. Se siente artista. No es admitido en la Academia de Arte de Viena. Pasa algunos años vegetando en la "Bohéme social y moral" (Thomas Mann): asilos para mendigos y albergues. Vive a base de sablazos. Pintor de estampas, trabajador temporal, soñador despierto, emprendedor, quiere escribir una obra de teatro, inventar una bebida sin alcohol, bosqueja los planos de una renovación de la ciudad, también del Estado alemán ideal. Se identifica con Richard Wagner: la arrebatadora ebriedad de la música, los grandes gestos, su efecto subyugante sobre las masas, la estilización de sí mismo a través del mito, el hechizante truco teatral... Todo ello muy de su gusto. Los escritos de Wagner, los panfletos que en ese momento se distribuían y un sentimiento popular latente en la Viena de preguerra señalaron al culpable de su propio fracaso vital: los judíos.
El resentimiento del burgués fracasado busca una descarga: se siente un líder incomprendido, apartado de su misión por un entorno intoxicado. El desarraigado de la vida burguesa encuentra, con el estallido de la primera Guerra Mundial, un hogar en el ejército alemán. Con la derrota y la revolución pierde el soporte moral y social que le quedaba. La disolución del orden social tradicional, la momentánea anarquía política, la humillación nacional, la miseria material, la desorientación tras el derrumbamiento de los antiguos valores de patria, mando y obediencia, fidelidad y pueblo, hacen que lo invada el pánico. Observa cómo por todas partes reina la "desmoralización". En esa tesitura, recurre a los medios que siempre tiene a su disposición para lograr el autodominio: encuentra una explicación a la aterradora y degradante situación con ayuda de sistemas ilusorios en los que ensimismarse. Sin embargo, ahora ya no está solo. Su don para la oratoria y el ánimo general del momento le brindan la posibilidad de que sus fantasías personales se conviertan en el exponente de una ilusión colectiva. Funda el NSDAP, y tras el malogrado golpe de Estado del 9 de noviembre de 1923, escribe en Múnich, durante su encarcelamiento en Landsberg, Mi lucha.
Es sabido que la metafísica se esfuerza por penetrar en la realidad más inmediata, casi siempre turbadora e inquietante, con el fin de descubrir la esencia que la sustenta, su sentido orientador. Hitler procede del mismo modo. Quiere penetrar en la apariencia de los acontecimientos -luchas políticas intestinas, inflación, transformación de la moral, crecimiento de las ciudades, sociedad de masas, destrucción del medioambiente, aislamiento, tecnificación, etc.- para desentrañar los verdaderos acontecimientos que se ocultan detrás. Y, con ello, alcanza una dimensión cósmica: otra de las especialidades de la metafísica.
A partir de la "voluntad de poder" de Nietzsche, de la "voluntad de vida" de Schopenhauer y de la trivialización de la teoría de la "selección natural" que el socialdarwinismo supone, Hitler elabora su ley metafísica universal:

La naturaleza... pone a los seres vivos en este globo terráqueo y luego contempla el libre juego de fuerzas. El más fuerte en valor y empeño adquiere, como el hijo más querido, el derecho a ser señor de la existencia... Sólo el que nace enclenque puede considerarlo cruel, por ser él mismo un hombre débil y limitado; pues si esta ley no imperara, sería impensable cualquier ulterior evolución orgánica de los seres vivos... Al final siempre triunfa la búsqueda de la autoconservación. Bajo ella, la llamada humanidad se derrite en una mezcla de estupidez, cobardía y culta pedantería, como la nieve bajo el sol de marzo. En lucha permanente la humanidad se ha hecho grande; en la paz perpetua, perece.

Pero Hitler no se da por satisfecho con esa imagen de la lucha por la existencia vacía de sentido. La evolución, impulsada por la lucha por la vida, ha engendrado un ejemplar selecto: el ario. Hitler:

Las manifestaciones de la cultura humana, los logros del arte, la ciencia y la técnica que hoy día se erigen ante nosotros, son casi en su totalidad productos creados por el ario. Este hecho permite llegar a la nada infundada conclusión de que sólo él pudo ser el fundador de la naturaleza humana por excelencia y que, por tanto, representa el prototipo de lo que entendemos por hombre. Él es el Prometeo de la humanidad de cuya frente luminosa brota el destello divino del genio y se expande por todas partes, una y otra vez inflamada por ese fuego que, transformado en conocimiento, ilumina la noche de los misterios silentes y permite que el hombre ascienda por el camino hacia la dominación del resto de las criaturas de esta tierra. Si esa luz llegara a extinguirse, y tras pocos siglos la oscuridad insondable se cerniera sobre la tierra, la cultura humana se desvanecería y el mundo quedaría devastado.

El "ario" es el "portador de la luz", da sentido a lo que no lo tenía. Hitler apela al pathos cósmico: el planeta giraría de nuevo perdido y sin sentido en la "noche del espacio" de no haberse producido el ennoblecimiento de lo vivo gracias a la fundación aria de la cultura. Hitler evoca la gnóstica y maniquea dualidad luz-oscuridad de una gigantomaquia cósmica: la figura luminosa de lo ario tiene un opuesto luciferino. La encarnación de este demiurgo maligno es el judío. Él es el principio desintegrador de la vida, su negación por antonomasia. Hitler emplea frecuentemente metáforas para referirse a los judíos; para él son bacilos, microbios perjudiciales, una plaga cósmica. Si el ario, afirma Hitler, no logra protegerse de esa "patología", tarde o temprano la "vida excelsa" perecerá. Quien tolera esto, atenta contra "la ley divina de la existencia", y, con ello, "colabora en la expulsión del paraíso".
Los sucesos del trasmundo cósmico-metafísico comportan, según Hitler, un aspecto de máxima actualidad. La lucha "titánica" entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad ha llegado en este momento de la historia a su fase decisiva. Sobre Occidente se cierne la amenaza de la decadencia. Hitler, en vista del empuje renovador que el periodo de Weimar supuso, confirma sus más íntimos miedos al desclasamiento y sus muchas fobias en una crítica conservadora de la cultura: el espíritu ya no cuenta nada, sólo el dinero; el amor y la fidelidad han cedido ante la mera sexualidad mecánica; el Moloc, el ogro de la ciudad y la industria desarraiga al individuo, le arrebata todo nexo de unión y toda orientación; la religión ha sido desplazada por intereses materiales. La enorme masa de tierra de Rusia ha caído en manos de los bolcheviques; Norteamérica, bajo la violencia del tecnicismo y el materialismo propios del capitalismo. Para Hitler, detrás de todo esto se encuentra la conspiración judía contra el mundo.
El momento decisivo de la historia universal se dirime en el centro de Europa, en Alemania. Allí está concentrada la "esencia del pueblo ario". La "asunción incondicional... de las leyes divinas de la existencia" exige que Alemania vuelva a ser fuerte, que reúna fuerzas para la misión de gobernar el mundo. Es necesario nada menos que un nuevo "acto prometeico" de salvación de la cultura, afirma Hitler. De ahí se infieren, a juicio de Hitler, unos objetivos geopolíticos y de política interior muy concretos.
En la geopolítica: ganar terreno en Europa del Este y Rusia. La "tierra rusa" debe ser "depurada" de todo bolchevismo y judaísmo. La política exterior con respecto a las otras potencias (Francia, Inglaterra, Estados Unidos) sólo sirve para flanquear esa política de expansión. En la política interior: las ideas "judaicas" de tolerancia, pacifismo, humanidad e internacionalismo entierran la voluntad de autodeterminación del pueblo. Por ello, esas ideas han de ser combatidas y erradicadas, y del mismo modo las formas de organización política que le son propias: democracia, estado de derecho, sociedad de naciones.
Que toda esta estrategia conduce al exterminio de los judíos queda expuesto con toda claridad en Mi lucha.

La conquista del alma del pueblo sólo puede lograrse si la consecución de las propias metas va acompañada de la aniquilación de los que son contrarios a ellas.

El exterminio de los judíos posee un componente de precepto metafísico. Por eso el asesinato de millones de personas puede justificarse como acto "prometeico" al servicio del progreso de la vida a la vez que como devoto acatamiento de un mandato divino. "Preservándome de los judíos lucho a favor de la obra del Señor", escribe Hitler, y casi veinte años después, cuando el sistema de aniquilación de la "solución final" funciona a toda máquina, puede asegurar: "Tengo la conciencia tranquila".
Hitler puso en funcionamiento una política basada en presupuestos metafísicos. Para él consistió en dirigir una lucha a muerte contra aquello que consideraba el mal por antonomasia. Construyó una máquina asesina de perfecto funcionamiento para que oficiara esa lucha.
Hannah Arendt habla de la "banalidad del mal" refiriéndose al caso Eichmann, administrador de la "solución final". Expresa su horror ante la manera rutinaria, objetiva, burocrática, diligente, en la que hombres de una "normalidad" desconcertante pusieron en marcha la máquina asesina. El carácter industrial y administrativo de la empresa homicida junto con la "orden suprema" permitieron a esos ciudadanos corrientes mantener "la conciencia tranquila". Si bien esa "orden suprema" surgió de una metafísica del mal. El asesinato fue promovido por una obsesión metafísica abismalmente maligna, por lo que el término banal resulta del todo incorrecto.
Hitler escribe: "Quien entiende el nacionalsocialismo sólo como un movimiento político no conoce apenas nada de él. Es incluso más que una religión: se trata de la voluntad de crear un nuevo hombre", una creación que pasa por la aniquilación del ser humano.
El efecto sugestivo que, especialmente tras su reclusión en Landsberg, emanaba de Hitler también guarda relación con que emprendiera consigo mismo la "creación del nuevo hombre". Toda su personalidad se consume en lo que él llama su "misión". Lleva a cabo una interpretación del mundo, luego ajusta los bastidores cósmicos a su momento histórico, la hora decisiva, y en ese instante tan significativo escenifica su propia aparición. Se caracteriza como el hasta entonces desconocido mártir de la verdad, trae consigo la "fórmula salvadora"; aún no lo escuchan muchos, todavía predica en el desierto, pero su hora está a punto de llegar y esa certeza se propaga a su alrededor.

El 4 de julio de 1924 Joseph Goebbels escribe en su diario:

Alemania anhela al único, al hombre, como la tierra en verano ansía la lluvia. Sólo puede salvarnos la reunión definitiva de fuerzas, el entusiasmo y la entrega total. Se trata, por supuesto, de milagros. Pero ¿por qué no va a salvarnos un milagro? Señor, ¡haz un milagro ante el pueblo alemán! ¡Un milagro! ¡Un hombre! Bismark, stand up! Tengo el cerebro y el corazón resecos de desesperación por mí y por mi patria... ¡Desesperación! ¡Ayúdame, Dios! ¡He llegado al final de mis fuerzas!

Un año después de ese brote de desesperación Goebbels lee Mi lucha de Hitler. Entonces escribe en su diario:

He leído el libro de Hitler hasta el final. ¡Con tremenda impaciencia! ¿Quién es ese hombre? ¡Mitad plebeyo, mitad dios! ¿Se trata realmente de Cristo o sólo de San Juan? Añoranza de paz y tranquilidad. De un hogar.

A principios de 1925, poco después de la formación del NSDAP en Renania, Goebbles se hace nacionalsocialista por desesperación. Enredado en amoríos insatisfactorios, busca el "gran amor" que exija toda su implicación y entrega; pero sólo encuentra indiferencia y egoísmo. "Desconsolador, mísero, lamentable mundo", anota en su diario. Sus aspiraciones laborales se ven frustradas. El estudiante de germanística quiere ser poeta. Ha escrito una novela y algunas obras de teatro, pero no logra editor ni teatro donde estrenar. El joven de veintiocho años sigue dependiendo de sus padres. Durante un breve lapso de tiempo, en 1923, ocupa un puesto en el Dresdner Bank. Ese trabajo le resulta humillante. La vida carece de sentido para él. La situación sociopolítica también lo deprime. "Patria" y "pueblo" son para él valores religiosos capaces de dar sentido a la vida. Mas a su alrededor sólo ve "desmoralización" y "desmembramiento". Encuentra un paralelismo entre su mísera situación personal y las míseras condiciones en que vive el "pueblo", en su opinión sometido a las fuerzas aliadas vencedoras y al capital. Tras la firma del tratado de Locarno en 1925 escribe en su diario:

El viejo truco. Alemania cede y se vende al capitalismo occidental. Un panorama desolador: los hijos de Alemania al servicio de ese capitalismo desangrándose en los campos de batalla de Europa como lansquenetes... ¿Nos gobiernan idiotas o infames? ¡Pierdo por momentos la fe en la humanidad! ¿Cuál fue el motivo para cristianizar a estos pueblos? ¡Sólo para poder convertirlos en carroña! ¿Dónde está el hombre que expulse a latigazos del templo de la nación a los mercaderes de almas? ¡El mundo entero está avocado a su fin! ¡Ojalá no existiéramos! Desesperación...

En Hitler cree haber encontrado a ese hombre "que expulse a latigazos del templo de la nación a los mercaderes de almas". En efecto, se trata de un acto de fe. El nacionalsocialismo es para él "el catecismo de la nueva religión política emergente en un mundo en descomposición y desacralizado".
El partido no puede guiarse conforme a los parámetros de una "política real", no se trata del arte de las "posibilidades dadas"; todo eso es, a juicio de Goebbels, "basura".

La cuestión nacional se me enreda con las cuestiones del espíritu y de la religión... Ya no tiene nada que ver con la política. Es una concepción del mundo.

Se trata de la salvación. Goebbels pretende salvarse de su desesperación, de sus turbios sentimientos de pérdida del sentido, de su miseria social, de sus miedos al aislamiento. Desea poder volver a amar y a ser amado. La "esperanza de un hogar" está llamada por fin a cumplirse. De una sociedad desgarrada, sustentada en unas pocas ideas comunes, debe surgir una comunidad en la que poder sentirse seguro. Pero la "salvación" no podrá llegar si no se está listo para ser el "nuevo hombre". Hay que experimentar una conversión. En el encuentro con Hitler, Goebbels es tocado por la suerte.

Usted -escribe en un homenaje público a Hitler-, ha sabido mostrarnos en la más profunda desesperación el camino de vuelta a la fe..., ha hecho realidad uno de nuestros más secretos anhelos... [Usted] lleva a cabo el milagro de la libertad salvadora.

Goebbels lucha con esa "fe" contra el pesimismo, la pérdida del sentido y la soledad, a los que llega a llamar, adoptando un estilo religioso, "tentaciones". En uno de esos momentos en los que se deja vencer por la tentación escribe:

Ojalá pudiera estar un par de horas a solas con Hitler. Todo se aclararía... Quiero saber por qué me vengo abajo.

¿En qué consiste la "salvación"? ¿Cómo es el "nuevo hombre", la "nueva era", la "nueva sociedad" que trae consigo? Lo nuevo consiste en cimentar los valores en necesidades simbióticas. El "desgarro íntimo" y las propias contradicciones han de ceder ante una "armonía interior". Y fuera tiene que suceder lo mismo que dentro: el pueblo debe formar una unidad, ha de estar alentado por una sola voluntad, un espíritu, un sentimiento, regirse por un único pensamiento. Pero esta unidad no puede llevarse a cabo sólo con que rija una ley abstracta de cohesión; esa unidad ha de encarnarse en una forma viva: el Führer.

El círculo se cierra en torno a su persona, en él puede verse al portador de la idea que nos une de manera definitiva e inefable en pensamiento y forma. La legión del futuro aguarda dispuesta a llegar al final del terrible camino a través de la desesperación y el tormento. Vendrá un día en el que todo se derrumbe... Entonces del entumecimiento de las masas surgirá el movimiento y ese movimiento nos guiará a nuestra meta. ¡El imperio está al llegar!

Esta política de la "salvación" requiere estar preparado para el sacrificio. Es posible que la salvación total no llegue a producirse, que de momento fracase; quizá por haber llegado demasiado pronto, porque la frenen la "pereza" y la comodidad del pueblo, o porque los enemigos, los de dentro y los de fuera, sean más fuertes. Si bien, con estos contratiempos ha tenido que contar hasta el momento todo movimiento religioso. El mismo Jesucristo fue crucificado. "El que pierde su vida, la hallará", la frase del Nuevo Testamento debe ser también válida, opina Goebbels, para los miembros del "movimiento". No hay conversión sin superación del egoísta y empequeñecedor yo. Se impone renunciar a los ideales pequeñoburgueses de la felicidad en el rinconcito privado. En ese tipo de aislamiento ve irrumpir Goebbels el nihilismo que tanto le aterra. La política nacionalsocialista, llamada a ser más que una política, está sustentada según Goebbels en "la fe, el amor y la esperanza".

El 9 de junio de 1925, Goebbels escribe en su diario:

Señor, dame fuerzas para resistir. Quiero que se haga justicia. Con amor al nuevo día. "Ahora nos queda la fe, la esperanza y el amor, ¡esas tres cosas! ¡Pero el amor es lo más grande entre nosotros!". Así cierro este libro, ¡en señal de fe y de amor! ¡Creo en el futuro! ¡Amo a mi pueblo y mi patria! ¡Trabajo! ¡Sacrificio! ¡No hay que desesperar!

Incluso en los monólogos íntimos del diario de Goebbels hay persuasión y sugestión. Puede observarse en ellos cómo él mismo desea convertirse en ese "nuevo hombre" al que debe pertenecer el futuro. También deja clara constancia de los "éxitos" de dicha transformación. Hay momentos en los que se ve rebasado por sus ínfulas de omnipotencia. Protegido por la ficción, los describió en su novela inédita Michael:

Cuanto más me elevo y más me acerco a Dios, más cerca estoy de mí mismo [...]. ¡Echo fuego! ¡Despido luz! Ya no soy un hombre. Soy un titán. Soy Dios.

Es en las ocasiones de éxtasis donde el sueño prometeico de la transformación en dios está próximo a hacerse realidad: cuando aparece como orador ante las masas.

Cuando pronuncio mis discursos en Essen, en Düsseldorf o en Elberfeld, es para mí como una fiesta. Eso es vida, ritmo, la pasión se despierta en el amigo y en el enemigo... Emerge de entre las masas agolpadas el poder humano, y el predicador, el apóstol, el incitador llama a la lucha. Entonces se produce el milagro: del gentío salvaje, enfervorizado y vociferante surgen hombres, hombres de carne y hueso que piensan y sienten como nosotros, angustiados, con el ceño fruncido, con un hambre gigantesca de luz y salvación. En ese momento tengo en mis manos el alma del trabajador alemán, y puedo sentir que es moldeable como la cera. Y entonces la amaso y le doy forma, un retoque aquí, un retoque allá... Así cobran forma ante mí los hombres. Ya sólo puedo ver puños y miradas. Ojos que despiden rayos.

A pesar de que los objetivos de la lucha aún no se han conseguido, estos momentos de ebriedad oratoria suponen vivencias anticipatorias de la salvación. La diferencia entre dentro y fuera queda suspendida. Se trata de un único y colectivo sentimiento, la gran comunión. Goebbels, cuyo diario alude constantemente a la añoranza de volver a casa, encuentra en esos instantes un hogar. Ya no lo separan distancias, ni de sí mismo ni de los demás; se ha fundido con el "ser verdadero".
Pero el "ser verdadero" sólo se alcanza cuando se eliminan las fuerzas de la negación, del desgarro y del distanciamiento. Del mismo modo que el Führer encarna el "ser verdadero", "los judíos" son para Goebbels la encarnación de aquellas fuerzas. Por eso, al igual que Hitler, los perseguirá con el odio del fanático: "Vaya un perro farsante es ese judío. Canallas, miserables, traidores. Les chupan la sangre a los demás. ¡Vampiros!".
En el pensamiento de Joseph Goebbels todo se reduce al mundo de la gran unidad simbiótica y, frente a este, el mundo de los enemigos. La pluralidad, la diferencia, la alteridad de los otros, no son más que amenazas intolerables. Aquello que en su diferencia se sustrae a esa unidad debe ser negado: primero de pensamiento y luego de hecho.
Goebbels busca su hogar en una comunidad simbiótica. Está dispuesto a aniquilar todo lo que pueda atentar contra esa suerte de seguridad.

RÜDIGER SAFRANSKI, ¿Cuánta verdad necesita el hombre?  Madrid, Lengua de Trapo (Desórdenes. Biblioteca de ensayo), 2004.

24.11.10

Vivir el presente

Vivir el presente. Sí. Bello ideal. Pero ¿de qué presente hablamos? ¿De un presente sin médula, sin sótanos, sin tenebrosos desvanes? ¿De un inmaculado presente? No se puede, aunque se quiera, vivir en tal presente, porque ese presente no existe, es mentira, burda mentira. ¿Quién ahuyentará el miedo? ¿Quién no temerá las fauces del futuro? El miedo forma parte del presente, el miedo es una manera que tiene el futuro de hacerse presente. Y con nuestros temores de futuro hemos de vivir. ¿Y dónde? En el presente, sea éste lo que sea, ya que es el tiempo que habitamos. Todo nuestro pasado y todas nuestras ideas de futuro se congregan en el presente. Y no deja de ser curioso que algunos puedan creer que las rosas del presente no tienen espinas, o que es posible aprovechar el día a todas horas. ¿Ilusos o benditos? ¿Necios o sabios? Lo  cierto es que basta que ceda un poco la tensión de vivir para que un cúmulo de lamentos y penumbras anegue nuestro espíritu. Ése es, sin duda, un buen momento para recordar lo que el maestro Dogen, azote del sufrimiento inane, enseñaba a sus monjes:

Un sabio antiguo dijo: “No paséis vuestro tiempo en vano.” Ahora yo os pregunto: “¿Se detiene el tiempo cuando os lamentáis de que pasa demasiado rápido? O ¿podéis detenerlo vosotros con vuestra voluntad?” Debéis saber que el tiempo no pasa en vano, sino que son los hombres los que lo pierden en vano. (Shobogenzo Zuimonki). 

(Del Diario de sombras. Viernes, 5/12/03.)

22.11.10

¿Qué es la poesía moderna? (Ruido de citas)

P.– ¿Qué es la poesía moderna?
R.– Es una contracción del sistema nervioso.
P.– ¿Cuál es la mejor poesía?
R.– La que está en prosa.

José Joaquín de Mora, defensor del clasicismo, escribió este diálogo satírico en 1919 (perdón, en 1819). E. A. Peers lo cita en la Historia del movimiento romántico español (1954) y Francisco López Estrada lo recoge en su Métrica española del siglo XX (1969). Según esta última obra lo cito. Ese diálogo es, pese a todo, veinte años anterior a El estudiante de Salamanca, la obra en la que, según Peers (citado por López Estrada), Espronceda “demostró su decisión de romper [...] con el pasado, disponiendo algunas de sus innovaciones y restauraciones en una estructura de mayor complicación que todas las imaginadas por los clasicistas y además de su propia y personal creación”. (La cita está tomada al pie de la letra.)
La broma acabó siendo veras. Y al final hubo una prosa poética. Comenta López Estrada lo siguiente: “a fines del siglo XIX podía encontrarse la aparente contradicción de una poesía que buscaba premeditadamente la expresión prosaica como en Campoamor, y la prosa de las Cartas y las Leyendas de Bécquer, que está inmediata en recursos poéticos al verso”. (La cita también es literal.)

A cuenta de este tema: clásicos y modernos, modernos que acaban en clásicos, etc., se me ocurren cuatro naderías (adornadas para la ocasión con sendas manecillas):

E En todos los siglos cuecen habas.

E El destino de los románticos es convertirse en clásicos, aunque de otra manera.

E El paso del tiempo amaina los antiguos furores. (Y vuelve romas, o ridículas, las estridencias.)

E Todo es viejo bajo el Sol, incluso lo que parecía novísimo.

19.11.10

*Los crímenes ejemplares, de Max Aub

Crímenes ejemplares. Ilustración de El Roto

Ilustración de El Roto en la edición de Media Vaca.

Dedico esta selección a Javier Quiñones, 
buen conocedor de la vida y obra de Max Aub.

”El más sucinto repaso de sus características debe valorar en este libro –Crimenes ejemplares– el carácter de obra unitaria por encima de su diversidad: un libro, por otra parte, que presenta puntos de vista que no hacen concesiones a la moral establecida, al convertir algo tan serio como el asesinato en asunto lúdico, en mofa permanente de los valores aceptados y, posiblemente, aun de las convicciones profundas del autor.

La forma oral domina, porque los crímenes en cuestión son narrados por quienes los han perpetrado, ya en forma de confesión, ya como declaración ante una autoridad policial o judicial.”
DAVID LAGMANOVICH, El microrrelato. Teoría e historia. Palencia, Menoscuarto (Colección Cristal de cuarzo), 2006. 

*   *   *

Leí por vez primera estos Crímenes ejemplares en la ya lejana edición de Lumen, y aún recuerdo mi sorpresa, oscura sorpresa, como corresponde al humor negro que trasmina este libro. Volví a leerlo en la edición de Calambur (2ª ed., 1996), que reproduce la mexicana de 1968, e incluye los textos que el autor desechó de la primera edición (1957), con el añadido de las siguientes series completas: «De suicidios», «De gastronomía» y «Epitafios».

En el prólogo a la primera edición, escribe Aub:

He aquí material de primera mano. Pasó de la boca al papel rozando el oído. Confesiones sin cuento: de plano, de canto, directas, sin más deseos que explicar el arrebato. Recogidas en España, en Francia y en México, a través de más de veinte años, no iba –ahora– a aderezarlas: razón de su vulgaridad.

Así, pues, el autor, a fin de acrecentar la verosimilitud de las confesiones, quedaba reducido a simple recopilador. Ingenuamente, así lo entendí yo en esa primera lectura.

Asimismo, cuando tiempo después leí Jusep Torres Campalans, ni se me ocurrió dudar de la existencia de ese pintor catalán, afincado en París, amigo de Picasso y no de Gris, que abandonó Europa y la pintura al comenzar la guerra del 14, y que vivirá, hasta el final de sus días (¿1956?), en Chiapas (México).

(Respecto a Gris, y rindiendo culto a un lugar común, el pintor catalán, rememorando una conversación, escribe en 1911: “Digo a Gris: –Madrid: un pueblo aburrido y gris que se cree capital de España. España sin Cataluña y Euzkadi no sería más que un poblacho moro, con autoridades inglesas.”) [Nótese que Cataluña aparece escrito en castellano, y Euzkadi en vasco, pero ya anticuado.]

Ese pintor desconocido se llamaba Jusep Torres Campalans. (Por si a alguien extraña el nombre, Jusep, Max Aub aclara que Torres Campalans siempre escribió su nombre con u.) El propósito de Aub al escribir este libro fue reconstruir la vida del pintor y recuperar su obra. Pero el libro no queda resumido en la invención novelesca de un pintor, es asimismo un laberíntico cajón de sastre que incluye, además de la biografía novelada del pintor, la reproducción de sus cuadros y dibujos, la fotografía en que aparece con Picasso (fechada en Barcelona, 1902, y debida a José Renau), un cuaderno de notas, aforismos y pensamientos (el Cuaderno verde, que abarca de 1906 a 1914), críticas de exposiciones, abundantes notas al texto, testimonios y artículos sobre el pintor, el catálogo de sus obras y textos propios y, por último, una extensa conversación entre el pintor y Max Aub...

¿Con ese ropaje, quién podría sospechar que se trataba de una superchería, fruto de la imaginación (y, sin duda, del mucho estudio)? La verdad del engaño no dejaba ningún resquicio para la duda. Y, de nuevo,  el papel de Max Aub quedaba reducido a menos de lo que era en realidad. 

Con las historias -crueles e hilarantes, y otra vez crueles- de los Crímenes ejemplares, tampoco dudé de lo que Max Aub expuso en el prólogo.  

Este libro está impregnado de humor y amargura. Y tengo la impresión de que buena parte de ese humor deriva del encontronazo entre las razones alegadas para el crimen y la cruel realidad del mismo. Peregrinas razones, sin duda, que propician una apoteosis del absurdo. Pese a todo, justo es reconocerlo, no es fácil sentir piedad por algunas víctimas, al menos no por aquellas que ponen a prueba la paciencia del homicida una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Aunque clamen al cielo, estos crímenes de los que habla Aub son, privilegio de la literatura, de una jocosidad pasmosa.

Una enseñanza –amarga– se deriva de estas confesiones: la razón más nimia puede llevar al más bendito (o no tan bendito) al crimen. Y algo aún más curioso: nadie se arrepiente; a lo sumo, alguien expresa una autocrítica puramente formal. ¿Asesinos? Homicidas, gente que sin querer mata o que mata sin pensar. No son asesinos a sangre fría; matan cuando les hierve la sangre. Y a algunos parece que la sangre les sigue hirviendo mientras relatan, con su afilada prosa, su iniciación al crimen; al menos, esa impresión da al ver cómo se recrean en la suerte.
LUIS VALDESUEIRO  

 

Crímenes

Me quemó, duro, con su cigarrillo. Yo no digo que lo hiciera con mala intención. Pero el dolor es el mismo. Me quemó, me dolió, me cegué, lo maté. No tuve —yo, tampoco— intención de hacerlo. Pero tenía aquella botella a mano.

* * *

Era más inteligente que yo, más rico que yo, más desprendido que yo; era más alto que yo, más guapo, más listo; vestía mejor, hablaba mejor; si ustedes creen que no son eximentes, son tontos. Siempre pensé en la manera de deshacerme de él. Hice mal en envenenarlo: sufrió demasiado. Eso, lo siento. Yo quería que muriera de repente.

* * *

Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga [a] hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.

* * *

Se le olvidó. Así por las buenas: se le olvidó. Era cuestión importante, tal vez no de vida o muerte. Lo fue para él.

—Hermano, se me olvidó.

¡Se le olvidó! Ahora ya no se le olvidará.

* * *

Era la séptima vez que me mandaba copiar aquella carta. Yo tengo mi diploma, soy una mecanógrafa de primera. Y una vez por un punto y seguido, que él dijo que era aparte, otra vez porque cambió un «quizás» por un «tal vez», otra porque se fue una v por una b, otra porque se le ocurrió añadir un párrafo, otras no sé por qué, la cosa es que la tuve que escribir siete veces. Y cuando se la llevé, me miró con esos ojos hipócritas de jefe de administración y empezó, otra vez: «Mire usted, señorita…» No lo dejé acabar. Hay que tener más respeto con los trabajadores.

 

De Suicidios

Los que dicen:

—Dan ganas de matarse.

—Dan ganas de desaparecer.

—Dan ganas de morirse,

no se suicidan nunca.

* * *

Llámanlo el sueño eterno. Como padezco horriblemente de insomnio, pruebo.

 

De Gastronomía

Esa hormiga odiaba aquel león. Tardó diez mil años pero se lo comió todo, poco a poco, sin que él se diera cuenta.

 

Epitafios

De Nijinski:

Que le quiten lo bailado.

[Apostilla de L.V.: Si se tratara de Antonio el bailarín, o del otro Antonio, Gades, lo propio hubiera sido escribir: Que le quiten lo bailao, para caer en pedantería, aunque tratándose de Nijinski lo propia es dejarlo como está, para no rebajar su tragedia vital. Con todo, este tema de la d fantasma no es baladí (ni lo es su terrible aparición errática: bacalado, Bilbado) y los sexadores de palabras, y cuantos buscan ahormar la lengua en el lecho de Procusto, debieran abrir los ojos, como platos, y leer lo que escribió el jacarandoso Julio Casares: “resulta que, mientras en el lenguaje de las personas educadas y aun en boca de muy conspicuos oradores, es frecuentísimo escuchar abogao, diputao, Senao, etc., [incluso Estao, repite sin cesar un líder político] nadie diría sin ser tachado de grosero mi cuñaa es muy aficionaa a las mantecaas de Astorga”. Esto que escribió hace décadas don Julio, ¿osaría sostenerlo hoy? ¿No habría quien le recriminara: pa grosero tú?, o quien le zahiriera con cualquier palabra adocenada de esas que saltan como un resorte y yugulan cualquier posibilidad de entendimiento.]

MAX AUB, Crímenes ejemplares. Prólogo de Eduardo Haro Tecglen. 2ª ed. Madrid, Calambur, 1996. [Que yo sepa, aunque no he hecho un rastreo exhaustivo, posteriormente lo editó Media Vaca –edición ilustrada por varios artistas- y Thule. Y bien pudiera ser que haya más ediciones.]

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

17.11.10

Cada cosa en su sitio

Fue puntilloso hasta el final.

En la mesilla de noche dejó tres sobres.

Uno, dirigido al juez, incluía una misiva en la que afirmaba obrar libremente y estar en plena posesión de sus facultades, si no físicas, al menos mentales. Y añadía que no se culpara a nadie de su desgracia, que su desgracia era solo suya.

Otro sobre, dirigido a su editor, contenía el postrer capítulo de sus memorias. En él explicaba, con todo lujo de detalles, y sin ningún desgarro, la decisión tomada. Queriendo hacer un guiño a los del oficio, lo tituló: «Basta de palabras...»

Y un tercer sobre para el gerente del hotel. Solicitaba su perdón por las molestias que, sin duda, le ocasionaría. Y, por supuesto, dejaba dinero con que abonar la estancia y gratificar a los empleados.

Si no dejó otro sobre para su mujer y sus hijos quizá fuera porque a esas alturas de su vida ya no sabía si tenía mujer, hijos, o qué. (Ni siquiera quería recordar si los tuvo alguna vez.)

Él, aun a riesgo de ser tachado de bobo e infeliz, siempre había aborrecido dejar cabos sueltos... Por eso resultaba extraño que un gentleman como él hubiera osado dar el último paso sin corbata. Siempre es un misterio la razón última...

15.11.10

Quejas y reproches

Verdad de Perogrullo: lo que a unos agrada, desagrada a otros. Unos ponen la bala y otros ponen la herida. Llegar a comprender esto ayuda a descifrar la dialéctica vital. Y así vemos que hay quien se queja sin motivo y  quien, pese a tenerlos todos, apenas se queja. Cada quien sigue su senda. Y tampoco falta, ¡ay!, quien se queja por todo, con motivo y sin motivo, porque en todo encuentra un motivo para la queja. ¡La queja! ¡La terrible queja! ¡El insufrible ánimo quejoso, su pegajosa contumacia! Pringosa queja que, elevada a al enésima potencia, condena al fracaso cualquier relación y acaba violando los sentimientos más nobles. ¿Quién tan manso que no rehúya al quejoso perpetuo y su narcisismo agreste?

Quienes convierten la queja en su modo de vida, reservan a sus interlocutores el papel de convidados de piedra. Y ¡ay! si osan expresar el más mínimo enojo: con más brío, si cabe, el quejoso despide nuevas quejas, remozadas quejas contra las pérfidas añagazas de la vida, contra los viles propósitos de fulano, contra las turbias maneras de mengano, contra el estado del mundo, contra el desasosiego de vivir, contra… contra… contra… A poco que se le conozca, el quejoso pertinaz invita a la huida. Nadie se merece ser vampirizado por él…

Afluente de la queja es el reproche. Si la queja apela a lo universal metafísico, el reproche se ciñe a lo particular cotidiano. Pero el reproche, a su manera, es también falta pertinaz y sinuosa que solivianta, de qué modo, a quien la sufre sin motivo. Quien es poseído por la furia del reproche, es incapaz de renunciar a él; y así, incordiando al prójimo, se olvida de la virtud que debiera adornar sus acciones.

Feliz quien no cede al vendaval de la queja ni al furor del reproche; feliz quien no es víctima ni verdugo, si ello es posible. Doblemente feliz en su felicidad impar.

13.11.10

Anochecer… (A través de la ventana)

Cae la noche. El viento azota las ramas del plátano. (Resisten las hojas verdes, vuelan las amarillas.) La Luna —arco de luz— brilla en lo alto. Grises nubes surcan un cielo todavía azul. Las ateridas ramas dicen que la tarde es gélida. 
Esta Luna —¡quién lo diría!— parece sacada de un cuadro de Magritte. Unas veces el arte imita a la naturaleza, otras veces la naturaleza remeda al arte. En la radio empiezan a sonar las cantigas de amigo de Martín Codax.

Ay ondas que eu vin veer
se me saberedes dizer 
porque tarda meu amigo 
sen min.

Ay ondas que eu vin mirar
se me saberedes contar 
porque tarda meu amigo 
sen min.*

Apago la luz. El cuarto queda en penumbra. Al desaparecer los reflejos de la ventana, la negrura de fuera, apenas desafiada por una farola, parece más exacta, más nítida. El cielo resplandece.
Unas nubes pardas se dirigen en formación hacia la Luna, pero antes de alcanzarla se deshilachan, se esfuman…
Lentamente,
la Luna avanza. Y en un visto y no visto desaparece de la ventana. El plátano aún agita los levantados brazos. El cielo se oscurece lentamente. En la casa de enfrente, las luces forman un extraño damero de luz y de sombra.

Poco después, reina la noche. La Luna sigue su ronda. Y el plátano, ahora sí, queda en calma.

[Martes, 9 de noviembre de 2010]

*[¡Ay, olas que vine a ver!, / ¿no me sabríais decir / por qué tarda mi amigo / sin mí? // ¡Ay, olas que vine a mirar!, / ¿no me sabríais contar / por qué tarda mi amigo / sin mí.] (Traducción de Carmen Martín Gaite.)