Tuvo un sueño extraño y desagradable. Estaba en la Puerta del Sol y se celebraba una fiesta, una fiesta rara. Llevaban en andas una porción de estatuas; en una ponía: «La Verdad»; en la otra, «La Naturaleza»; en la otra, «El Bien»; tras ellas iban grupos de hombres de blusa con una bandera roja. Miraba Manuel asombrado aquella procesión, cuando un guardia le dijo:
–¡Descúbrete, compañero!
–¿Pues qué es lo que pasa? ¿Qué procesión es ésta?
–Es la fiesta de la Anarquía.
En esto pasaron unos andrajosos, en los cuales Manuel reconoció al Madrileño, Prats y al Libertario, y gritaron: «¡Muera la Anarquía!», y los guardias los persiguieron y fueron dándoles sablazos por las calles.
Pío Baroja, fragmento de Aurora roja
7.12.13
El extraño y desagradable sueño de Manuel o el mundo al revés (Un texto de Pío Baroja)
23.8.12
El mundo es ansí y así somos todos
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30.11.11
“Gata embarazada”

Qué sorpresa, encontrarse con esto en una novela de Pío Baroja:
Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; todos los que caían se devoraban con idéntico apetito.
[La busca, Caro Raggio, 1994.]
“¡Gata embarazada!” ¡Y a principios del siglo vigésimo!, igual igual que lo diría ahora cualquier refitolero. (Ay, desalmados comegatos que ni a gata “embarazada” respetan.)
Hubo un tiempo en que los muchachos nos zaheríamos con un: “¡Anda! ¡Que tu madre está preñá!”. (¿Preñá o preñada? En la ancha Castilla no es seguro que renunciáramos al poderío íntegro del participio.) Ese verbo genésico ya empezaba a ser visto con recelo cuando se refería a mujeres. Cosas del lenguaje y de las épocas. Pero si alguien
hubiera osado decir entonces que su gata (o su perra, o su cerda) estaba “embarazada”, quizás se hubiera desplomado la bóveda celeste. Pero cambian los tiempos y, hoy por hoy, los animales también son personas, como algún Fernando dijo, y las personas (en este supuesto, mujeres) ya hace décadas que no se quedan “preñadas”. Y tal vez porque los tiempos adelantan que es una barbaridad, Marx, Groucho Marx, curándose en salud, y por lo que pudiera pasar, se adelantó a su época alegando que los hombres son mujeres como las demás.
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29.11.11
La historia del tío Patas (Pío Baroja)
Ricardo Baroja, ilustración de La busca
“
La historia del tío Patas era verdaderamente interesante. Manuel la averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos de otros puestos.
El tío Patas había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del tío Patas, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan estéril fue para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos años, con una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al matrimonio, más que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos del tío Patas trataron de convencerle de que era una barbaridad el casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus trece, y se casó.
A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío Patas se entendía con su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, y vio salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar el tiempo, y poco a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío Patas trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el hijo del tío Patas se la empujaron al viejo, y éste concluyó amontonándose con su cuñada. Desde entonces, los cuatro vivieron con tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.
A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que le indignaba era la tacañería del tío Patas y de su gente.
Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío Patas en otras cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbrada a sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas y no se le escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».
La cuñada, mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese un tiento en la pechera.
-¡Qué gorda estás, oh! -la decían los paisanos.
Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía, porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera.
”
Pío Baroja
La busca
Madrid
Caro Raggio
1994
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3.11.11
Miss Pich platica con Silvestre Paradox (Unas páginas de “Paradox, rey”, de Pío Baroja)

“
MISS PICH
¿Ha leído usted ya el número de mi Revista Neosófica, señor Paradox?
PARADOX
Sí, si; muy interesante. Hay artículos verdaderamente atrevidos.
MISS PICH
¿Se ha fijado usted en el estudio de la señorita Dubois sobre “Las anomalías nasales de los soldados en Inglaterra”?
PARADOX
Sí, tiene un gran interés. ¡Oh!, un interés extraordinario. Y diga usted, miss Pich, se me ocurre una duda; ¿esas observaciones nasales son todas oculares?
MISS PICH
¡Oh, completamente oculares!
PARADOX
También he creído observar que la revista entera está escrita por mujeres.
MISS PICH, sonriendo
En mi redacción, no pone la pluma ningún hombre.
PARADOX
¿Los desprecian ustedes?
MISS PICH
Sí, los desdeñamos.
PARADOX
Vamos, los consideran ustedes como unos pobres pingüinillos.
MISS PICH
Eso es. Los hombres son seres inferiores. Para la fecundación y la procreación de la especie son indispensables, por ahora, al menos; pero, para los trabajos especulativos, filosóficos, artísticos… las mujeres. Ellos, los pobres, son negados para eso.
PARADOX
Sin embargo, miss Pich, Sócrates, Shakespeare…
MISS PICH, vivamente
Es que ésos eran mujeres.
PARADOX
¿De veras?
MISS PICH
Está demostrado. El rey David también era mujer, y en el texto hebreo de la Biblia, pone la reina David.
PARADOX
¿Qué me dice usted?
MISS PICH
Lo que usted oye.
PARADOX
¿Y cómo se explica usted ese cambio de sexo tan escandaloso?
MISS PICH
Muy sencillamente. Es que los hombres, con la necia vanidad que les caracteriza, han querido que la reina David fuera de su sexo, y han falseado la historia.
PARADOX
¡Ah! Ahí está el secreto. Creo que ha puesto usted el dedo en la llaga.
GANEREAU
¡Hola, Paradox!
MISS PICH, aparte
Este francés insustancial viene a interrumpirnos. Ya hablaremos, señor Paradox. ¡Buenas noches!
GANEREAU
¿Estaba usted oyendo las explicaciones de esa vieja loca?
PARADOX
Sí.
GANEREAU
¿Qué le parece a usted?
PARADOX
Creo que estamos en presencia de una gallinácea vulgar. Ya sabe usted que estas aves tienen la mandíbula superior abovedada; las ventanas de la nariz cubiertas por una escama cartilaginosa; el esternón óseo, y en él, dos escotaduras anchas y profundas; las alas pequeñas y el vuelo corto. Son los caracteres de miss Pich.
GANEREAU
¿Cree usted que miss Pich tiene el vuelo corto?
PARADOX
Estoy convencido de ello.
GANEREAU
Pues yo la consideraba como una harpía.
PARADOX
Error. Error profundo. Es una gallinácea vulgar.
[Paradox, rey. Primera parte, capítulo VII (1906)]
”

La cubierta de la izquierda, que figura en la web de la editorial, es curiosa: no se corresponde con la cubierta de la derecha, idéntica a la del volumen que estoy leyendo.
Al cotejar ambas cubiertas observo (con lupa) algunas diferencias:
1. En la de la izquierda dice “mitificaciones”, y en la de la derecha dice “mixtificaciones”.
2. El orden del segundo y el tercer libro es distinto.
3. En la de la izquierda falta la coma en Paradox rey.
4. El cuadro, que representa la Puerta del Sol, está algo recortado en el lado izquierdo de la cubierta izquierda, y en el lado derecho de la cubierta derecha.
Hay que felicitar a la editorial por subsanar a tiempo los errores, aunque deberían sustituir la ilustración de la página web para no dejar huellas en el lugar del crimen.
Pío Baroja
LA VIDA FANTÁSTICA
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox
Camino de perfección (Pasión mística)
Paradox, rey
Barcelona: RBA Libros, 2010
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2.11.11
El rey Paradox

Se burlaba Monterroso de esos escritores –¡franceses!– que confian a su diario: Releo a Pascal... o releo a Montaigne... o releo a Stendhal... o releo a Kafka..., como si ya hubieran leído cuanto merece ser leído. Se puede leer lo ya leído sin desdeñar lo mucho que queda por leer. Al margen del famoso verso de Mallarmé –la chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres–, ¿quién puede soñar que ha leído todos los libros?
Sirvan estas palabras de excusa por declarar que acabo de leer, ¡por vez primera!, Paradox, rey (1906), novela dialogada de don Pío Baroja.
Se narran en ella las aventuras de unos expedicionarios europeos que se hacen a la mar a bordo de la Cornucopia. Habían acudido a la llamada de Mr. Abraham Wolf, acaudalado banquero londinense, que pretendía fundar la patria israelita en África. Entre ellos estaban Paradox y Diz, españoles ambos.
Una imponente tempestad, unida a la insubordinación de la marinería, desbarata los planes de los expedicionarios, lo que origina toda clase de aventuras.
Cada personaje queda definido por sus propias palabras, aunque asimismo tienen voz los animales y los elementos de la naturaleza. Habla un gallo, habla el mar, y habla “el autor” (que desgrana un sentido “Elogio sentimental del acordeón”); el viento dialoga con el mar; Yock, el perro de Paradox, ladra, y habla; un cíclope pregona un “Elogio metafísico de la destrucción” que remeda la arenga de un dinamitero; y además hablan las serpientes, y el pez, y el sapo, y una golondrina, y la hiena, y el señor búho, y la lustrosa luna, y el murciélago...
Novela singular en la que la utopía y la sátira se dan la mano, haciendo saltar chispas de humor. Más que de tesis, es novela de antítesis: volver a la inocencia original es pura quimera. El sueño liberador de la utopía no nos libra de las pesadillas, y soñando paraísos se puede acabar inventando infiernos. Pero bajo el fulgor de las ideas, apenas hay tres verdades permanentes, las únicas verdades de la vida, según declara un personaje: el amor, el trabajo y la muerte. Tres verdades que redimen de todas las mentiras.
En el capítulo titulado “En la sala de sesiones de la Casa del Pueblo de Bu-Tata”, Paradox, rey casual, que no causal, de Bu-Tata, nos descubre su ideario. Cuando el francés Ganereau propone la implantación del sistema representativo, Paradox rechaza la idea por considerar la ley de las mayorías absurda e irritante. De momento, en Bu-Tata no hay cuartel ni cárcel, y los asesinos son desterrados para siempre. Diz propone que, dado que a las jóvenes mandingas se les enseña a hacer labores, se funde una escuela para los hombres. Paradox acepta, siempre que no haya maestros: “sin maestros, sin profesores, sin autoridad...”. Y, llevado de su adanismo, concluye: “El hombre puede aprender sin necesidad de maestro”. Ganereau vuelve a las andadas: ¿Y el arte? El francés considera que el arte es útil. Pero el iconoclasta Paradox, nuevo Calvino, reniega del arte: “El arte es una cosa llamada a desaparecer, es un producto de una época bárbara, metafísica y atrasada.” Pero... ¿y la ciencia? Si no inútil, consiente Paradox, sí es perjudicial. Con estas palabras resume el rey de Bu-Tata su concepción de la vida: “Vivamos hechos unos bárbaros. Vivamos la vida libre, sin trabas, sin escuela, sin leyes, sin maestros, sin pedagogos, sin farsantes.” Palabra de Paradox, palabra de rey.
Tras leer esta novela, desternillante por momentos, cabe dudar si Paradox es un iluso, un socialista utópico, un botarate, un anarquista, un iluminado o un místico de la idea, un necio...
A pesar del atinado retrato del clima espiritual de la época, es imposible, a estas alturas del siglo, leer la novela sin chasquear la lengua y mover la cabeza de puro escepticismo: cómo olvidar que las ideas virginales suelen acabar emputecidas en los hechos.
NOTA
Para no alargar esta entrada, dejo para mañana la inserción de un fragmento de Paradox, rey.
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22.6.11
Dicterios: 1. Baroja sobre Schopenhauer, 2. Schopenhauer sobre Hegel, 3. Baroja sobre Hegel

1. Baroja sobre Schopenhauer
Schopenhauer es, en sus libros, de un egotismo gracioso. Desprecia a muchos filósofos de su época, probablemente con razón, porque ninguno se puede comparar con él, y todo lo bueno se lo atribuye a sí mismo. Los hombres que tienen el cuello corto (como él) son los más inteligentes, porque el cerebro está bien regado; los que tienen el cuello largo y estrecho son tontos; el que duerme mucho (esto, sin duda, le pasaba a él) es también el más inteligente, porque así el cerebro descansa mejor. Los altos, flacos y con el pelo rojizo son como zanahorias.
Algunos creen que Schopenhauer llegó al homosexualismo.
(La intuición y el estilo, Segunda parte, “Divagaciones sobre los grandes hombres”, XVII.)
2. Schopenhauer sobre Hegel
[…] Si uno, animado por la deplorable condición de la época, es lo suficientemente caradura, se atreverá a hacer manifestaciones del siguiente tipo: “No es difícil comprender que el procedimiento consistente en presentar un enunciado, exponer razones en su favor y refutar
–también mediante razones– su contrario, no es la forma en que la verdad puede salir a la luz. La verdad es su propio movimiento en sí mismo”, etc. (Hegel, Prólogo a la Fenomenología del espíritu.) Por mi parte, creo que no es difícil comprender que quien dice tales cosas es un desvergonzado charlatán que busca deslumbrar a los idiotas y que se ha dado cuenta de que los alemanes del siglo XIX son su público.
* * * * * * * * * * * * * * *
[…] A Schelling le sucedió un producto filosófico de los despachos ministeriales que, por motivos políticos, y además no con mucho tino, fue proclamado desde arriba como un gran filósofo: Hegel. Un vulgar, estúpido, ignorante, repugnante y nauseabundo charlatán, que con increíble descaro elaboró un batido de disparates y sinsentidos, pregonados a los cuatro vientos por sus venales secuaces como inmortal sabiduría y que los idiotas tomaron por tal, formándose así un coro de admiradores como nunca antes se había visto.
(Las citas pertenecen a la antología El arte de insultar. Edición de Javier Fernández Retenaga y José Mardomingo. Edaf, Madrid, 2000.)

3. Baroja sobre Hegel
He leído algo de la Estética, de Hegel, en traducción francesa. No me ha interesado. Me ha parecido una charlatanería inútil. La ciencia estética es una ciencia pedantesca, que no es ciencia. No divierte, no enseña nada útil, no sirve para discurrir mejor.
Se comprende que Schopenhauer no pudiera resistir la charla vana de Hegel, este profesor tan difuso y tan confuso.
(La intuición y el estilo, Tercera parte, “El realismo”, VI. Esta obra forma parte de las memorias de Baroja: Desde la última vuelta del camino II. Posfacio de Fernando Pérez Ollo. Tusquets/Caro Raggio, Barcelona, 2006.)
Etiquetas: Baroja (Pío), Citas, Hegel (Georg Wilhelm Friedrich), Schopenhauer (Arthur)
29.5.11
* Pío Baroja, Aurora roja: El derecho - La ley - La esclavitud - Las vacas - Los negros - Los blancos - Otras pequeñeces

Recientemente he leído Aurora roja, tercera novela de la trilogía barojiana La lucha por la vida. Fechada en “Madrid, diciembre 1904”, Baroja ofrece en ella un vívido retrato del anarquismo finisecular, años antes de la aparición de la CNT, el sindicato anarcosindicalista.
“Llaneza, amigo Sancho”, reconvenía don Quijote a su fiel escudero. Llaneza es lo que prodiga Baroja, y por lo que resulta tan entrañable su lectura. Llaneza es esa manera tan cercana de contar las cosas, sin estridencias, sin triquiñuelas.
En esta novela se refleja toda la panoplia de ideas, diversas y antagónicas, reciamente encarnadas en los personajes, de las que se nutría el anarquismo finisecular, y apuntando de soslayo a sus fricciones con el socialismo. Los hijos de Bakunin, tan enemigos entre sí, eran unánimes en su repudio de los hijos de Marx.
Parece increíble la viveza con que una novela puede mostrarnos la mentalidad de una época; y ello sin dejar de ser novela, ni proponer tesis, ni hacer sociología. Aunque muchas de aquellas ideas quedaron arrumbadas en los sótanos de la historia, otras perduran a pesar de todas las caídas del telón de la historia. Las ideas muertas, que tanta vida tuvieron, son como esos dioses a los que se tragó el desierto, y a los que nadie implora.
Pero es una curiosa experiencia, y la novela de Baroja la propicia, ver cómo las ideas –a veces puras entelequias– se encarnan en personas concretas. Ideas que se “tienen”, como diría Ortega; a diferencia de las creencias, en las que “se está”. Quizás por ello, gentes que profesan ideas diferentes, comparten idénticas creencias, incluso sin saberlo. Pero si es posible cambiar de ideas, o incluso vivir de espalda a ellas, las creencias habitan en nosotros, seamos conscientes o no. Y, a veces, sólo por contraste, llegamos a percatarnos de ellas.
SEGUNDA PARTE
Capítulo II
El domingo siguiente llegó Manuel tarde a la reunión; hacía un hermoso tiempo de invierno, y Manuel y la Salvadora lo aprovecharon para pasear.
Cuando entró Manuel en el juego de bolos, la discusión estaba en su período álgido.
—Qué tarde —le dijo el Madrileño—; te has perdido la gran juerga; pero, en fin, todavía continúa.
Las caras estaban congestionadas.
—¿Quiénes son los que discuten?
—El Estudiante, Prats y ese jorobado amigo tuyo.
El jorobado era Rebolledo.
—Lo que proclamamos nosotros —decía el estudiante Maldonado con voz iracunda— es el derecho al bienestar de todos.
—Ese es el derecho que yo no veo por ningún lado —replicó Rebolledo, padre.
—Pues yo, sí.
—Pues yo, no. Para mí, tener derecho y no poder, es como no tener derecho. Todos tenemos derecho al bienestar; todos tenemos derecho a edificar en la Luna. ¿Pero podemos? ¿No? Pues es igual que si no tuviéramos derecho.
—Se pueda o no se pueda, el derecho es el mismo —replicó Maldonado.
—Claro —dijo Prats.
—No, claro no —y el jorobado agitó enérgicamente la cabeza con vigorosos signos negativos-, porque el derecho de la persona varía con los tiempos y hasta con los países.
—El derecho es siempre el mismo —afirmó el grupo jacobino.
—¿Pero cómo antes se podía haces una cosa, por ejemplo, tener esclavos, y ahora no?
—preguntó el jorobado.
—Porque las leyes eran malas.
—Todas las leyes son malas —afirmó rotundamente el Libertario.
—Las leyes son como los perros que hay en el Tercer Depósito —dijo con ironía el
Madrileño—; ladran a los que llevan blusa y mala ropa.
—Si se suprimiera el Estado y las leyes
—afirmó uno de los circunstantes— los hombres volverían a ser buenas personas.
—Esa es otra cuestión —repuso con desdén Maldonado—; yo le contestaba al señor —y señaló a Rebolledo—, y, ¡la verdad!, no recuerdo lo que decía.
—Usted decía —dijo el jorobado— que las leyes antiguas, que permitían tener esclavos, eran malas, y yo digo que no; lo que sí afirmo es que si volvieran aquellas leyes volvería a haber el derecho de tener esclavos.
—No ...; la ley es una cosa; el derecho es otra.
—El derecho es lo que a cada uno le corresponde naturalmente como hombre... Todos tenemos derecho a la vida; creo que no lo negará usted.
—Ni lo niego ni lo afirmo...; pero que mañana vengan los negros, por ejemplo, a Madrid, y, a éste quiero y a éste no quiero, empiecen a cortar cabezas, ¿qué hace usted con el derecho a la vida?
—Podrán quitar la vida, no el derecho a la vida —replicó Prats.
—¿De modo que estará uno muerto, pero tendrá derecho a la vida?
—Aquí, en Madrid, todo se resuelve con chistes —dijo el catalán enfadado.
—No, no es un chiste; es una aplicación de lo que ustedes dicen.
—Es usted un reaccionario.
—Yo discuto como puedo. Presento mis argumentos, y por ahora no me han convencido.
—¿Pero es que usted no cree —gritó Maldonado— que todo el que nace tiene derecho a vivir?
—No sé —contestó el jorobado—; las vacas también nacen y deben tener derecho a vivir; pero, a pesar de esto, las matamos y nos las comemos en biftec; es decir, se las comen los que tienen dinero.
Se echaron todos a reír.
—Es que se va de la cuestión —dijo Prats.
—No —replicó el jorobado—; es que a mí las pamplinas me hacen la santísima, ¿sabe usted?, y aquí se habla mucho, pero no se dice na, Todos esos derechos que ustedes dicen, yo no los veo por ninguna parte, y pa mí todo eso de los derechos es hablar de la mar. Es como si a mí me quisieran demostrar que tengo derecho a quitarme la joroba. Yo creo que estas cosas las hacen las circunstancias, y pondré un ejemplo: Que tengo que pasar una botella de vino por las Puertas y me la ven, que yo haré que no me la vean, y me piden el consumo, y yo ¿qué hago? Pagar. ¿Por qué? Porque tienen el derecho de exigirme el pago; pero mañana suprimen los consumos, pues no me pueden pedir ni una perra gorda, aunque traiga un bocoy, porque ya no tienen derecho a exigirme nada. Yo encuentro esto más claro que el agua. El hombre vive, si puede, y si no puede, se muere, y al que se muere lo entierran, y no hay más derecho ni más filosofía que eso.
—Así, echándolo todo a rodar, no hay discusión posible —dijo Maldonado.
—Yo encuentro que tiene razón —exclamó el Libertario.
—Sí; desde su punto de vista, sí —añadió Juan.
—De esa manera de pensar —repuso el Libertario— son la mayoría de los españoles. En un pueblo donde hay un cacique no se pregunta si el cacique tiene razón o no tiene razón, sino si tiene fuerza. Es el más fuerte..., pues tiene razón... Es la ley natural..., la lucha por la vida.
El jorobado quedó engreído de su triunfo, y, sin duda, no quiso quedar ante el auditorio como un negador sistemático, y con cierta modestia añadió al cabo de un rato:
—Yo no sé de estas cuestiones nada; hablo al buen tuntún...; ahora, hay cosas que me parecen bien, como la que se ha dicho antes, de repartir el trabajo entre todos, y hasta eso de suprimir la herencia.
—Pero si niega usted los principios, ¿con qué derecho va usted a impedir que el hijo herede al padre? -preguntó Maldonado.
—Pondría una ley que lo prohibiera. A mí me parece natural que todos los hombres tengan al empezar su vida medios idénticos de trabajo; luego el listo y el trabajador, que vayan arriba; el holgazán, que se fastidie.
—Con la anarquía ya no habrá holgazanes
—dijo Prats.
—¿Y por qué no?
—Porque no; porque la holgazanería es un producto de la organización social de hoy; suprima usted ésta, y ya no habrá holgazanes.
—¿Por qué?
—Porque nadie tendrá interés en no trabajar, como no habrá avaros tampoco.
Se entabló entonces un diálogo vivo entre Prats y Rebolledo.
—¿Y el que guarde dinero? —preguntó el jorobado.
—No habrá dinero, ni propiedad, ni guardias para vigilar la propiedad.
—¿Y los ladrones?
—No habrá ladrones.
—¿Y los criminales?..., ¿los asesinos?
—No habrá criminales. Sin propiedad, no hay ladrones, ni gente que asesine para robar.
—Pero hay hombres que asesinan porque tienen mala sangre desde chicos.
—Esos son enfermos, y hay que curarlos.
—¿Entonces, las cárceles se convertirán en hospitales?
—Sí.
—¿Y lo alimentarán a uno allá sin hacer nada?
—Sí.
—Pues va a ser el gran oficio el de criminal dentro de poco.
—Usted todo lo quiere tomar al pie de la letra
—dijo Prats—. Esas cosas de detalles se estudiarán.
—Bueno, y otra cosa: los obreros, ¿qué vamos ganando con la anarquía?
—¿Qué? Mejorar la vida.
—¿Ganaremos más?
—¡Claro! A cada uno se le dará el producto íntegro de su trabajo.
—Eso quiere decir que a cada uno se le dará lo que merece.
—Sí.
—¿Y quién lo tasa? ¿Y cómo se tasa?
—¿No se ve claramente lo que uno ha trabajado? —dijo Prats de malhumor.
—En el oficio de usted y en el mío, sí; pero en los ingenieros, en los inventores, en los artistas, en los hombres de talento, ¿quién les tasa el trabajo?
Esta exclusión de su persona entre los hombres de talento indignó al catalán, que dijo en un arranque de malhumor:
—Esos, que vayan a romper piedra a la carretera.
—No —arguyó Maldonado—; que cada uno haga su obra. El uno dirá: «he escrito este libro»; el otro: «he cultivado este prado»; el otro: «he hecho este par de zapatos»; y no será el uno superior al otro.
—Bueno —replicó Rebolledo—; pero aun suponiendo que el inventor no sea superior al zapatero, dentro de los inventores habrá uno que invente una máquina importante y otro que haga un juguete, y uno será superior a otro; y dentro de los zapateros habrá también unos buenos y otros superiores a otros.
—No, porque la idea de categoría habrá desaparecido.
—Pero eso no puede ser.
—¿Por qué no?
—Porque es como si yo le dijera a usted: «Este banco es mayor que esa bocha»; y usted me dijera: «Mañana no lo será, porque vamos a suprimir los metros, las varas, los palmos, todas las medidas, y no se verá si es mayor o menor».
—Es que usted todo lo mira tal como es ahora, y no puede usted comprender que el mundo cambia en absoluto -dijo Maldonado con desdén.
—¡Sí, no lo he de poder comprender! Tan bien como usted. Yo no dudo de que tenga que variar; de lo que dudo es de que usted sepa cómo va a variar. Porque usted me dice: no habrá ladrones, no habrá criminales, todos serán iguales...; no lo creo.
—No lo crea usted.
—Claro que no; porque si tuviera que creer en esos milagros, por su palabra de usted, antes hubiera creído en el Papa.
Maldonado se encogió de hombros, y dijo algunas impertinencias respecto del barbero.
—Me ha convencido usted —le dijo Manuel al jorobado.
—Claro —exclamó el Madrileño impaciente—, como que todas esas fórmulas son mamarrachadas. No hay mas que una cosa: la Revolución por la Revolución, pa divertirse.
—Eso es —dijo el señor Canuto—; qué tanta teoría, ni tanta alegoría, ni tanta chapucería. ¿Qué hay que hacer? ¿Pegarle fuego a todo? Pues a ello. Y echar con las tripas al aire a los burgantes y tirar todas las iglesias al suelo, y todos los cuarteles, y todos los palacios, y todos los conventos, y todas las cárceles... Y si ve a un cura, o a un general, o a un juez, se acerca uno a él disimuladamente y se le da un buen cate o una puñalá trapera... y adivina quién te dio... Eso es.
Prats protestó, diciendo que los anarquistas eran hombres dignos y humanos, y no una partida de asesinos.
—¡Pero será este hombre mendrugo!
—exclamó el señor Canuto en el colmo del desprecio; luego, compadecido de las pocas luces de su interlocutor, le dijo—: Mire usted, pollo, antes de que usted viniera al mundo, me dolían a mí los molares de saber lo que es la anarquía; pero he visto algo en la vida —poniéndose el dedo índice junto al párpado inferior del ojo derecho—; más que muchos, y he cambiado de táctica militar. ¿Está usted enterado? Y me he convencido de que la cuestión está en echar el sello y no meter el zueco. ¿Me comprende usted? Pues bien; mi sistema actual es mismamente tan científico como un máuser. Echa usted el cañón y dispara...: pum..., pum..., pum..., todas las veces que usted quiera; ahora, si pone usted el fusil apuntándose al pecho, es posible que se atraviese usted el corazón.
—No le entiendo a usted —dijo el catalán.
—¿No? —y el señor Canuto sonrió mirando a su interlocutor con lástima—. ¡Qué le vamos a hacer! Quizá yo no de pie con bola —y, haciéndose el humilde, continuó—: pero sí que me figuraba conocer un poquito de la vida y del rentoy. Pero vamos a cuentas. Si usted tiene una caballería o un niño, es igual para el caso, con úlceras escrofulosas, ¿qué hace usted?
—¡Yo qué sé! No soy veterinario ni médico.
—Usted tratará de que desaparezcan esas úlceras, ¿no es verdad?
—Claro.
—Y para esto puede usted hacer muchas cosas. Primera, intentar curar al enfermo: yodo, hierro, nueva vida, nuevo alimento, nuevo aire; segunda, aliviarlo, limpiar las úlceras, desinfectarlas y demás; tercera, paliar, o lo que es lo mismo, hacer la enfermedad menos dura, y cuarta cosa, disimular las úlceras, o sea poner encima una capa de polvos de arroz. Y esto último es lo que usted quiere hacer con las úlceras sociales.
—Será verdad; a mí no me lo parece.
—¿No? Pues a mí, sí. Yo le daría a usted un consejo. No sé si se ofenderá usted. Eso es.
—No, señor, yo no me ofendo.
—Pues hágase usted socialista.
—¿Por qué?
—Porque eso que dice usted y hacerse “socialero”, es lo mismo que ir a cazar al Pardo con un morral muy grande, ¿sabe usted?, y una escopeta de caña. Eso es.
PÍO BAROJA
(LA LUCHA POR LA VIDA, III)
Aurora roja
Madrid
Editorial Caro Raggio
1974
| Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.) |
Etiquetas: Baroja (Pío), Florilegio (Antología mínima de autores varios)
19.12.10
Don Pío y la filosofía (Un capítulo de las memorias de Baroja)
De entre las muchas novelas que escribió Pío Baroja, apenas he leído unas pocas. (Si la carne es triste, ay, yo no he leído todos los libros.) Los devotos de don Pío –que nunca le faltan– sabrán decir, mejor que yo, las virtudes que adornan al escritor vasco. Por lo que hace a su estilo, resulta curiosa la insistencia en señalar su carencia, lo que bien visto pudiera ser considerado como el no va más del estilo: un estilo invisible.
Como a cualquier autor, a Baroja lo lee quien quiere, ya que su prosa está al alcance de todos: no exige un esfuerzo añadido, lo que no sucede con otros autores (pienso en Azorín, cuyas novelas reclaman una escucha atenta y serena, con alguna excepción, como La voluntad, novela briosa a su manera).
En sus postrimerías, Baroja escribió unas espléndidas memorias, que procuran a quien las lee una agradable fruición intelectual. Escritas con desenvoltura, a la pata la llana, abundan en curiosas anécdotas y sabrosas opiniones, muchas veces contundentes.
La tercera parte de Galería de tipos de la época, titulada “Escritores, bohemios y políticos”, recupera personajes inverosímiles de la bohemia de principios del siglo XX: Enrique Cornuty, José Ignacio Alberti, Rafael Urbano, Alberto Lozano, Pedro Barrantes, Camilo Bargiela, Ciro Bayo, Pedro Luis Gálvez…, sin olvidar a escritores famosos: Blasco Ibáñez, Juan Maragall, Miguel de Unamuno…
De la primera parte de Galería de tipos de la época, titulada “Disquisiciones sobre nuestro tiempo”, reproduzco el capítulo XV. En él resume Baroja, con escéptica sensatez, la filosofía de la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX.
En el tiempo en que yo era joven, la tendencia positivista, dirigida entonces por Spencer, y anteriormente por Stuart Mill, estaba pasando. Estos autores habían empleado mucho talento en todo ello; pero, por mucho que emplearan, no podían tener siempre razón; el sistema suyo, aunque no se viniera abajo, se fue olvidando.
Las tesis de Nietzsche sustituyeron a las de Spencer, y se habló en todas partes de la voluntad de dominio, de la tendencia dionisíaca y de la apolínea, de lo dinámico y de la moral de los señores y de la de los esclavos.
Pasó este periodo, un tanto exaltado y metafísico, y lo sustituyó, en parte, el pragmatismo, y se habló entonces del valor de la intuición y del impulso vital, de lo cómodo y de lo práctico, como norma de vida.
En esta época se injertó una preocupación sociológica, y las cuestiones de los mitos, de los tótem y del tabú entraron en escena. Al mismo tiempo, se intentaba una explicación de todo lo psicológico, a base de complejos de erotismo, por Freud y sus discípulos.
Hace unos años se ha hablado con frecuencia de una filosofía de los valores, y a algunos estudiantes he oído referirse a ella como un descubrimiento. No decían con claridad de qué se trataba, y no sentía yo gran deseo de saber lo que era; pero, al ver que se repite el nombre, he intentado enterarme, y he visto que debajo hay muy poca cosa.
Esta filosofía de nombre nuevo tiene por objeto el averiguar qué jerarquía presentan las nociones morales, estéticas y científicas creadas por el hombre.
Yo no veo en esto ninguna novedad; todas las religiones, la moral y hasta la literatura han hecho principalmente esto: valorar la vida, la bondad, el amor, la piedad, etcétera. Claro que si se hubiera encontrado una medida única y universal, entonces esta filosofía tendría una gran importancia; pero como no se ha encontrado, no la tiene.
Ahora, como digo antes, comienza a aparecer una palabra nueva; no sabemos de antemano la cantidad de vitalidad que lleva.
Es el epíteto que se pone a una clase de filosofía: el de filosofía existencial.
He visto alusiones a esta filosofía, no he leído una explicación clara, suficiente, de ella.
Al parecer, el origen de esta filosofía está, como he dicho, en el teólogo danés Kierkegaard y Kierkegaard piensa que cuando el hombre abandona sus abstracciones y sus teoremas y sus esquemas filosóficos, se encuentra con que es un ser que existe y que vive en una angustia perpetua. La angustia, según él, es la esencia de la vida. Así, para el teólogo danés, el apotegma de la filosofía humana es: sufro, luego soy. Tengo angustia, luego soy hombre.
Muy bien. Es posible que esta característica triste sea cierta. No se ve tan claro que en tal estado de angustia se encuentren encerradas todas las maneras de ser de la humanidad.
El prescindir de las abstracciones filosóficas anteriores no es, evidentemente, una exclusiva de los partidarios de Kierkegaard. La mayoría de los grandes pensadores hicieron lo mismo, en uno o en otro sentido.
Kant, en el terreno metafísico de crítica pura; Schopenhauer, en la filosofía y en la estética; Nietzsche, en una zona religiosa y ética; William James y Bergson, en un campo ideológico de consecuencias prácticas.
La tendencia fenomenológica de hace unos años ha seguido también la misma corriente; ha intentado obtener de una manera directa los datos inmediatos de la conciencia, prescindiendo de antiguas teorías.
Lo que sucede, creo yo, es que esta revisión de valores, como se diría en la época de Nietzsche, no termina en un resultado general e igual para todos los dogmáticos.
Kierkegaard hace una poda de todo lo que cree que oscurece el conocimiento del ser humano, y encuentra que la base de la personalidad es la angustia y la preocupación por Dios; algo muy próximo a la inquietud de Pascal.
Esto puede ser cierto para él, pero no para todos los hombres.
Schopenhauer hizo también su poda, y encontró que el fondo de la vida era la voluntad; los materialistas creyeron que era la fuerza; Nietzsche, el instinto de vivir, la voluntad de dominio y la superación de la muerte.
No parece que la angustia sea la raíz única de la vida.
Yo, la angustia la he sentido muchas veces en el hipogastrio; pero nunca he creído que fuera una manifestación de sabiduría, sino resultado de la acción del nervio vago.
En unos casos, la raíz de la vida será la angustia; en otros, la rabia; en otros, la desesperación; en otros, la ambición y el orgullo; en otros, la esperanza, y en algunos, muy pocos, la bondad y la santidad.
No se puede creer que esta teoría de la vida mediatizada por la angustia se pueda llamar filosofía existencial, como si las demás teorías hubieran hecho caso omiso de la existencia.
Todas las filosofías realistas son, en ese sentido, filosofías existenciales, desde la de Diógenes hasta la del último sainetero burlón de nuestra época.
Hay quien cree que esta filosofía existencial puede servir de legitimación y de tapadera a todas las tendencias egoístas y malvadas del hombre, ya sean individuales o colectivas.
Por la necesidad de lo existencial se puede defender el egoísmo propio, el sacrificio de los demás, y colectivamente, el despotismo y la conquista del espacio vital.
No cabe duda que, como dice Shakespeare, y no recuerdo la frase con exactitud, el diablo puede servirse para sus fines de los textos de la Escritura.
PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II: Galería de tipos de la época, La intuición y el estilo, Ilusión o realidad. Posfacio de Fernando Pérez Ollo. Tusquets/Caro Raggio, Barcelona, 2006.
