| Hay que tener mucho desparpajo —o ser Montaigne— para decir lo que el sabio francés desliza en el prólogo a sus vastos Ensayos. Tras afirmar que su libro es “un libro de buena fe”, y exponer sus motivos para escribirlo, concluye: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro...”. Pero ahí no acaba la frase; tan novedosa afirmación se cierra con un tímido desplante: “... no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós pues”. A mil leguas de los autores zalameros, obligados a dedicar su obra a la nobleza en busca de prebendas, Montaigne se dirige al lector común, advirtiéndole, con sinceridad que le honra, de su responsabilidad en el trato. Curiosa manera esta de invitar al lector al festín de las palabras, apelando al mismo tiempo a su sensatez. Hay que tener mucho desparpajo, o ser Montaigne... |
19.11.13
El desparpajo de Montaigne
20.1.12
¡Existir! ¿Y cómo?
Nunca aprendi a existir, escribe ese semiheterónimo de Fernando Pessoa llamado Bernardo Soares, tenedor de libros en la ciudad de Lisboa; y escribe en un portugués que, en esta frase, casi casi es español. ¡Existir! ¡Vaya sueño! Cómo aprender a existir si andamos a tientas por la vida, si apenas vamos tirando, si tropezamos en los días como lerdos, si anhelamos efímeras paparruchas… ¡Existir! ¿Y quién sueña con existir? Para existir nos falta vida, vida honda, vida de calidad. (Releo la última frase y rumio la última palabra: ca-li-dad. ¡Qué extraña palabra! Pero así son las cosas: basta con que nos detengamos en ellas para que nos invada toda su extrañeza, lo mismo que si acabaran de nacer.)
15.8.11
Digresiones: Bukowski, Om Kolthoum, poesía erótica del Siglo de Oro y frases para la historia…

Abúlica mañana del demediado agosto. Todavía no arrecía la calorina, pero arreciará. Hojeo el último libro póstumo de poemas
––¿cuántos van–– de Bukowski. Poesía narrativa, dialogada, hecha de esas pequeñas historias cotidianas ––vividas por Chinaski o imaginadas por Bukowski–– que reflejan el mundo del escritor (mujeres del pasado, visitas al hipódromo, recuerdos de la Depresión o de su trabajo en Correos, la lucha por “el siguiente minuto”…) Historias distintas que fluyen como si fueran una misma historia, casi infinita, partida en versos. La clave de esa abundancia tal vez esté en un poemita donde el poeta confiesa:
mientras la mayoría de la gente
lo desperdicia todo conversando
yo
lo escribo.
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Suena en el tocadiscos una canción de Om Kolthoum, la cantante egipcia. Una canción inabarcable como una sinfonía, una canción de la que me llega, dejando aparte la de los instrumentos, la música secreta de una voz entre dulzona y desgarrada. Aunque no sé lo que dice, me seduce su manera de decirlo.
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Después de leer algunos poemas de Bukowski, hojeo la Poesía erótica del Siglo de Oro, una antología de Alzieu, Jammes y Lissorgues. Aunque relegada a la trastienda de la literatura, a la poesía erótica no le han faltado cultivadores, aunque muchos poemas nos hayan llegado anónimamente. Frente al lenguaje de frac que a veces parecen requerir ––sin requerirlo realmente–– otros temas, el poema erótico pide desenvoltura, procacidad, buen humor, frescura, rijosidad, espíritu burlón y deslenguado… En suma, alma de Arcipreste, de Hita o de donde fuere. Veamos un soneto anónimo espigado de la mencionada antología:
––¿Qué me quiere, señor? ––Niña, hoderte.
––Dígalo más rodado. ––Cabalgarte.
––Dígalo a lo cortés. ––Quiero gozarte.
––Dígamelo a lo bobo. ––Merecerte.
––¡Mal haya quien lo pide de esa suerte,
y tú hayas bien, que sabes declararte!
Y luego ¿qué harás? ––Arremangarte,
y con la pija arrecha acometerte.
––Tú sí que gozarás mi paraíso.
––¿Qué paraíso? Yo tu coño quiero,
para meterle dentro mi carajo.
––¡Qué rodado lo dices y qué liso!
––Calla, mi vida, calla, que me muero
por culear tiniéndote debajo.
“¡Admirable lección de vocabulario! ––anotan, asombrados, los estudiosos––. El soneto incluye su propio comentario.” Sin duda.
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Ordenando papeles, doy con un recorte de periódico (la fotocopia de un recorte, para ser exactos) en el que bajo el rótulo de “Frases para la historia” se recogen algunas de esas frases que, por presuponerlas fruto de la ignorancia más que del mero lapsus, han hecho las delicias de muchos. Pionera en esas lides fue Sofía Mazagatos, quien dijo acerca de los toreros: “Me gustan los toreros que están en el candelabro”, inventando así una famosa y repetida expresión. Pero a la modelo y actriz no sólo le encandilan los toreros, los escritores también, incluso si aún no han recibido el Premio Nobel. Refiriéndose a Vargas Llosa, dijo esta frase memorable: “Me gusta mucho Vargas Llosa, pero no he tenido ocasión de leerle.” La frase es endiablada: cuantas más vueltas le doy, más profunda me parece. Misterios de la necedad.
Terelu Campos, por su parte, cometió un lapsus, es seguro, cuando dijo que “la aspirina fluorescente es más rápida y eficaz”. No se concibe que alguien en sus cabales renuncie a decir la única palabra que, según se me alcanza, tiene cinco vocales, y todas son e: efervescente. ¿Fluorescente, efervescente? Imperdonable. Confundir el alegre bisbiseo con el tubo de luz fría.
Christina Aguilera se planteaba una duda topográfica: “¿Dónde se celebra el Festival de Cannes este año?”. Y Yola Berrocal, que acaso tenía un verano tonto y estaba alarmada por la creciente corrupción, dijo: “Qué calor, qué soborno.” Aunque la frase más poética, más azul, y que me recuerda a un cuento de García Márquez, quizás la dijera Rocío Jurado: “Llovía muchísimo, parecía el Danubio universal”.
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Etiquetas: Bukowski (Charles), Del decir, Divagaciones, Om Kolthoum, Poesía erótica
13.11.10
Anochecer… (A través de la ventana)
Cae la noche. El viento azota las ramas del plátano. (Resisten las hojas verdes, vuelan las amarillas.) La Luna —arco de luz— brilla en lo alto. Grises nubes surcan un cielo todavía azul. Las ateridas ramas dicen que la tarde es gélida.
Esta Luna —¡quién lo diría!— parece sacada de un cuadro de Magritte. Unas veces el arte imita a la naturaleza, otras veces la naturaleza remeda al arte. En la radio empiezan a sonar las cantigas de amigo de Martín Codax.
Ay ondas que eu vin veer
se me saberedes dizer
porque tarda meu amigo
sen min.
Ay ondas que eu vin mirar
se me saberedes contar
porque tarda meu amigo
sen min.*
Apago la luz. El cuarto queda en penumbra. Al desaparecer los reflejos de la ventana, la negrura de fuera, apenas desafiada por una farola, parece más exacta, más nítida. El cielo resplandece.
Unas nubes pardas se dirigen en formación hacia la Luna, pero antes de alcanzarla se deshilachan, se esfuman…
Lentamente, la Luna avanza. Y en un visto y no visto desaparece de la ventana. El plátano aún agita los levantados brazos. El cielo se oscurece lentamente. En la casa de enfrente, las luces forman un extraño damero de luz y de sombra.
Poco después, reina la noche. La Luna sigue su ronda. Y el plátano, ahora sí, queda en calma.
[Martes, 9 de noviembre de 2010]
*[¡Ay, olas que vine a ver!, / ¿no me sabríais decir / por qué tarda mi amigo / sin mí? // ¡Ay, olas que vine a mirar!, / ¿no me sabríais contar / por qué tarda mi amigo / sin mí.] (Traducción de Carmen Martín Gaite.)
15.3.10
Cartas
Cuando se adensa, el tiempo tiñe las cosas de poesía y misterio. (En el presente sucesivo, poca poesía cabe.) Últimamente me ha dado por pensar tales nimiedades a cuenta de las antiguas cartas y el novedoso correo electrónico.
Y he pensado en las escasas huellas que deja el velocísimo correo, y en que una carta es capaz de atravesar los años con su aroma de sentimientos detenidos. (A las fotografías, por banales que sean, les sucede lo mismo.) En una carta apreciamos la caligrafía, el color de la tinta, la presión en la hoja... Y al socaire de estos pensamientos me ha venido el recuerdo de aquellas cartas de tamaño inverosímil y colores estridentes; y el sabor de los sellos, ensalivados sin melindres.
Y he pensado también en ese momento en que la máquina de escribir supuso un dilema: ¿es correcto, o no, escribir a máquina cartas personales? Las de negocios, que diría García Calvo, por descontado que era un crimen escribirlas a mano; pero las otras, siempre dejaban un riachuelo de escrúpulos si uno recurría a la Olivetti.
Y he pensado que acaso ya no se escriben esas cartas, ni a mano ni a máquina; y que ya no es posible enviar esas cartas en las que el sobre formaba parte de la emoción de recibirlas. (Una amiga convertía en sobre la hoja misma en que había escrito. Y el sello era la clave de bóveda.) ¿Y qué decir del lacre? ¿Quién no sucumbió a la cursi tentación de lacrar un sobre? Vieja poesía de antaño, chamarilería afectiva.
Y he pensado que acaso ya no se reciben esas cartas porque su tiempo ya ha pasado. Ahora reina el correo electrónico, con sus encabezamientos dispares y sus notas de combate, los perentorios avisos y las palabras presurosas: cartas etéreas.
Y he pensado que hogaño las palabras no conocen reposo, ni se ensimisman, ni se remansan: viven en la terca alteración, fuera de sí, exiliadas: palabras eléctricas.
(No añoro aquellas cartas, que avivan la nostalgia: son la luna en el pozo del tiempo detenido.)
Pero no desesperemos, también en el presente hay poesía: la poesía de lo efímero, el vaho de cada día.
31.10.09
Una década en un segundo
Produce congoja experimentar el paso del tiempo de golpe -una década en un segundo-, como consecuencia de un encuentro fortuito con alguien a quien hace tiempo que no veíamos. Mientras vamos mentando cosas insustanciales, no puede uno dejar de pensar en lo ajado que está el otro, en lo hostil que le fue la vida, en las arrugas que los años han dejado en su cara. Pero transcurrido ese momento de estupor por la apariencia ajena, nuestro pensamiento se repliega y, como si fuera arrebatado por la voz del otro, empieza a decirnos lo ajados que estamos, lo hostil que nos fue la vida, las arrugas que los años han dejado en nuestra cara.
Si al principio hemos visto en el otro a un ser irreconocible, enseguida lo vemos como un espejo: el espejo que nos devuelve, de una vez y sin remedio, toda la erosión del tiempo.
25.10.09
Colmar vacíos
Todos los pecados -escribe Simone Weil- son intentos de colmar vacíos. Pero los vacíos -sacos sin fondo- son difíciles de colmar: sedientos de novedades, siempre ansían más y más, nuevas cosas, realidades distintas, inéditas diversiones o los consabidos vicios pertinaces. Pero lo mismo que si fueran ballenas hambrientas, los vacíos nunca se sacian con las migajas que nuestros humildes pecados (o redoblados errores) les procuran. Vacíos nunca llenos, ¿o acaso sí? De cada quien depende, ¿o acaso no?, puesto que cada uno es parte del todo.
24.10.09
La niebla de los recuerdos
Amanece con niebla, leve niebla, insuficiente para desvanecernos en ella, como en el verso de Ungaretti: C'é la nebbia che ci cancella. (Nos desvanecemos en la niebla, traduce Giovanni Cantieri, y tengo la impresión de que buena parte de la magia de ese verso se desvanece inevitablemente.)
¡Ah, la niebla! ¡Cuánta metáfora! A mí, esta leve niebla me trae un recuerdo, fecundo de sonrisas: la hilarante escena de Amarcord, en la que el abuelo, perdido en la niebla, da vueltas y vueltas sin apenas moverse del sitio. ¡Cuánta desazón cómica! Aunque muchas veces hay inexactitud en lo recordado, eso no suele suceder con el propio recuerdo, siempre tan fiel a sí mismo. Porque los recuerdos son así: acomodaticios y fieramente personales. No recordamos las cosas; nosotros somos el recuerdo de lo que las cosas fueron. Pero basta ya de remedar a Perogrullo.
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¡Recuerdos! Tan felices de recordar, tan decepcionantes si queremos convertirlos en savia nueva, olvidando que los días, días como losas, dejaron su huella en nosotros, y acaso nos torcieron el gesto, y las ilusiones, y las esperanzas, y la inocencia de vivir.
¿Recuperar el tiempo pasado -¿y perdido?- gracias a los recuerdos? Sólo sería posible volando hacia el pasado, un pasado que ya no late; si es el pasado el que vuelve a nosotros, moribundo y renqueante, ese frágil pasado se rompe, se craquea. Para recordar es preciso recorrer el tiempo muerto, y avivar los mortecinos destellos que, como brasas, perduran en la memoria. Brasas que ya apenas queman, que casi no alumbran, que siempre acabamos olvidando. Y cuando el olvido dice su última palabra, poco queda por decir.
22.10.09
Divagaciones de otoño
Por la mañana, árboles abolidos por el viento, que los bomberos se afanan en trocear, mientras los coches se arraciman en plena Castellana.
Las aceras se alfombran con las primeras hojas muertas, presagio de cercana calvicie.
Por la tarde, nubes ballenáceas y blanquigrises deambulan morosamente, escoltadas por nubecillas dispersas por el pálido azul.
Según el trasiego de nubes, aparece, o desaparece, la luna -uña recién cortada-, brillando en el atardecer.
No cabe duda: la hora de las gargantas doloridas ha llegado.