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30.11.11

“Gata embarazada”

Qué sorpresa, encontrarse con esto en una novela de Pío Baroja:

Los socios no distinguían de gato flaco o tísico, ni de gata embarazada; todos los que caían se devoraban con idéntico apetito.
[La busca, Caro Raggio, 1994.]

“¡Gata embarazada!” ¡Y a principios del siglo vigésimo!, igual igual que lo diría ahora cualquier refitolero. (Ay, desalmados comegatos que ni a gata “embarazada” respetan.)

Hubo un tiempo en que los muchachos nos zaheríamos con un: “¡Anda! ¡Que tu madre está preñá!”. (¿Preñá o preñada? En la ancha Castilla no es seguro que renunciáramos al poderío íntegro del participio.) Ese verbo genésico ya empezaba a ser visto con recelo cuando se refería a mujeres. Cosas del lenguaje y de las épocas. Pero si alguien hubiera osado decir entonces que su gata (o su perra, o su cerda) estaba “embarazada”, quizás se hubiera desplomado la bóveda celeste. Pero cambian los tiempos y, hoy por hoy, los animales también son personas, como algún Fernando dijo, y las personas (en este supuesto, mujeres) ya hace décadas que no se quedan “preñadas”. Y tal vez porque los tiempos adelantan que es una barbaridad, Marx, Groucho Marx, curándose en salud, y por lo que pudiera pasar, se adelantó a su época alegando que los hombres son mujeres como las demás.


     

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Nyânatiloka Mahâthera

Gabriel Marcel

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Augusto Monterroso

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E. M. Cioran

F

 

29.11.11

La historia del tío Patas (Pío Baroja)

          Ricardo Baroja, ilustración de La busca


La historia del tío Patas era verdaderamente interesante. Manuel la averiguó por las habladurías de los repartidores de pan y de los chicos de otros puestos.

El tío Patas había llegado a Madrid, desde un pueblo de Lugo, a buscarse la vida, a los quince años. Al cabo de veinte de economías inverosímiles, trabajando en una tahona, ahorró tres o cuatro mil pesetas, y con ellas estableció un puesto de pan y de verdura. Su mujer despachaba en el puesto, y él seguía trabajando en la tahona y guardando dinero. Cuando su hijo creció, le tomó en traspaso una taberna, y luego una casa de préstamos. En esta época de prosperidad murió la mujer del tío Patas, y el hombre, ya viudo, quiso saborear la vida, que tan estéril fue para él, y se casó, a pesar de sus cincuenta y tantos años, con una muchacha, paisana suya, de veinte, que no pensaba, al ir al matrimonio, más que en convertirse de criada en ama. Todos los amigos del tío Patas trataron de convencerle de que era una barbaridad el casarse a sus años, y con una moza tan joven; pero él siguió en sus trece, y se casó.

A los dos meses de matrimonio, el hijo del tío Patas se entendía con su madrastra, y poco tiempo después el viejo se enteraba. Espió un día, y vio salir a su hijo y a su mujer de una casa de compromiso de la calle de Santa Margarita. Quizá el hombre pensó tomar una determinación enérgica, decir a los dos algo muy fuerte; pero como era calmoso y tranquilo, y no quería perturbar sus negocios, dejó pasar el tiempo, y poco a poco se acostumbró a su situación. Después, la mujer del tío Patas trajo del pueblo a una hermana suya, y cuando llegó, entre la mujer y el hijo del tío Patas se la empujaron al viejo, y éste concluyó amontonándose con su cuñada. Desde entonces, los cuatro vivieron con tranquilidad completa. Se entendían admirablemente.

A Manuel, que estaba curado de espanto, porque en la Corrala había más de una combinación matrimonial parecida, no le asombró la cosa; lo que le indignaba era la tacañería del tío Patas y de su gente.

Toda la escrupulosidad que no tenía la mujer del tío Patas en otras cuestiones, la guardaba, sin duda, para las cuentas. Acostumbrada a sisar, conocía al dedillo las socaliñas de las criadas y no se le escapaba un céntimo: siempre creía que la robaban. Era tal su espíritu de economía, que todos en casa comían pan seco, confirmando el dicho popular de que «en casa del herrero, cuchillo de palo».

La cuñada, mujer cerril, de nariz corta, mejillas rojas, de pecho y caderas abundantes, podía dar lecciones de sordidez a su hermana, y en cuestión de falta de pudor y de dignidad la aventajaba con mucho. Solía andar por la tienda despechugada, y no había repartidor que no la diese un tiento en la pechera.

-¡Qué gorda estás, oh! -la decían los paisanos.

Y no parecía sino que toda aquella grasa tan manoseada no la pertenecía, porque no protestaba; pero si alguien trataba de escamotearla en la cuenta algún panecillo, entonces se ponía hecha una fiera.

Pío Baroja
La busca
Madrid
Caro Raggio
1994


     

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F

 

27.11.11

Alguna que otra vez

 

Paseo de la Castellana [2009] 
Foto de Gerard Girbes Berges
 


... alguna que otra vez...

Cuando me crucé con él, el hombre pronunciaba estas palabras. Era un hombre de rostro oscuro. En la mano derecha sujetaba una bolsa; en la izquierda, un paraguas cerrado. Hablaba solo, apaciblemente, sin la rabia que destilan algunos seres. Evocaba, tal vez, alguna historia pasada, y hablaba consigo mismo como si compartiera con un amigo su propia soledad. Esas palabras oídas al desgaire acaso abrían una frase, acaso la cerraban. Imposible saberlo. El hombre, envuelto en su azulado abrigo, siguió su marcha, discurriendo cuerdamente, a solas consigo mismo, bajo los altos árboles de la Castellana, sin otro testigo que algún transeúnte ocasional.

Fiel a su amo. Paseo de la Castellana [2009]   
Foto de Gerard Girbes Berges


Este verano, muy cerca de donde me crucé con ese hombre, dormía por la noche un joven y también un viejo. Cada uno en su propio banco. El joven tenía un perro; el viejo tenía barba, y se parecía a Malatesta, el legendario anarquista italiano de ofensivo apellido. Alguna vez, al pasar a su lado, me asaltó cierta zozobra, resuelta en duda: ¿y en qué gastarán –el viejo, el joven y el perro- las horas largas del día?


     

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F

24.11.11

+Monserrat Figueras canta “Alma, buscarte has en Mí”, de santa Teresa de Jesús

Ayer murió Monserrat Figueras.
Hoy (y por mucho tiempo) queda (y quedará) su acariciadora voz. Que descanse en paz.


ALMA, BUSCARTE HAS EN MÍ

Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.

De tal suerte pudo amor,
Alma, en Mí te retratar,
que ningún sabio pintor
supiera con tal primor
tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada
hermosa, bella, y ansí
en mis entrañas pintada,
si te pierdes, mi amada,
Alma, buscarte has en Mí.

Que yo sé que te hallarás
en mi pecho retratada,
y tan al vivo sacada,
que si te ves te holgarás
viéndote tan bien pintada.

Y si acaso no supieres
dónde me hallarás a Mí,
no andes de aquí para allí,
sino, si hallarme quisieres
a Mí, buscarme has en ti.

Porque tú eres mi aposento,
eres mi casa y morada,
y ansí llamo en cualquier tiempo,
si hallo en tu pensamiento
estar la puerta cerrada.

Fuera de ti no hay buscarme,
porque para hallarme a Mí,
bastará sólo llamarme,
que a ti iré sin tardarme
y a mí buscarme has en ti.

Santa Teresa de Jesús


NOTA
Este vídeo incluye iconografía teresiana, así como los versos del poema (que al principio tapa la enfadosa publicidad). Por lo demás, se trata de la misma versión.


     

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F

23.11.11

¡A mear, ar!

Las palabras valen lo que valen; y las imágenes también. Cada cosa vale lo que vale, valga la tautología. Pero, pardiez, ¿no ilustra a la perfección esta foto aquello tan ramplón de “esto es de mear y no echar gota”?   ¿Gota germánica, en este caso, tal vez?


     

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21.11.11

+”Al perderte yo a ti”, de Ernesto Cardenal, recitado por su autor

Al perderte yo a ti, de Ernesto Cardenal

     

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F

19.11.11

La quimera del oro: La epopeya de Chilkoot Pass (y 2)


Queda el Chilkoot Pass… A pesar de la altura (unos 200 metros más que el White Pass), el hielo duro, los vientos turbulentos y una pendiente final tan empinada que ningún animal puede escalarla. Allí, 22.000 locos, llevando cada uno una tonelada de material y de víveres, van a convertir la avalancha en leyenda…Chilkoot Pass-1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Policía montada que controla el puerto, temiendo un invierno de hambre en el Yukón, exige a cada individuo llevar consigo lo necesario para sobrevivir, lo que le obliga a subir un máximo de 50 libras en cada ascensión. Los hombres, desamparados, se amontonan al pie de la montaña en lo que rápidamente se convierte en Sheep Camp, la ciudad de pesadilla donde la vida apenas vale nada. Los caballos, abandonados, mueren de hambre. Los porteadores indios roban a los recién llegados.

Una sola pista, en la ladera de la montaña, tallada sobre el duro hielo. Una cadena ininterrumpida de desgraciados, desde el alba, vacilantes bajo sus paquetes, medio helados, hambrientos. No se permite ninguna parada, so pena de verse expulsado de la cadena. Cada individuo, convertido en un eslabón del conjunto, debe poner el pie en las pisadas de su predecesor. 

Chilkoot Pas

Entonces comienza lo peor: 1.500 peldaños tallados casi a pico en el hielo. Los perros de los trineos han de ser transportados a espaldas de los hombres. Y cuando, finalmente, al atardecer, se alcanza la cima, hay que volver a descender para ponerse de nuevo en camino al día siguiente, en el tropel de millares de impacientes, con otra parte del propio cargamento: tres meses de idas y venidas para un hombre de mediana fuerza.

Más de 40.000 renunciarán, pero 22.000 lograrán pasar a lo largo de todo el invierno. Amontonados en torno a los lagos Lindeman y Bennet, esperarán el deshielo para descender el Yukón hacia Dawson City.

Jack London es más afortunado: llegado a Dyea el 7 de agosto de 1897, consigue, gracias a su excepcional vigor, atravesar el Chilkoot Pass el 30 de agosto, antes de las primeras nieves, transportando unas 150 libras en cada ascensión.


Michel Le Bris
La fiebre del oro
Traducción de Iñaki Aizpurúa 
Madrid: Aguilar, 1989

NOTA: Lamentablemente, esta página se muestra de manera distinta a su concepción original. La posible solución se me escapa, aunque no ignoro la causa del desaguisado. Pido disculpas por tan bárbaro amontonamiento de palabras e imágenes. El texto debería ir, si nada lo entorpeciera, debajo de las imágenes. 


     

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18.11.11

La quimera del oro: “Los buscadores de oro del Norte” (1)

Iván, te prohíbo que sigas adelante con esta empresa. Ni una palabra de esto o estamos perdidos. Si se enteran los americanos o los ingleses de que tenemos oro en estas montañas, nos arruinarán. Nos invadirán a miles y nos acorralarán contra la pared hasta la muerte.

Así hablaba el viejo gobernador ruso de Sitka, Baranov, en 1804, a uno de sus cazadores eslavos que acababa de sacar de su bolsillo un puñado de pepitas de oro. Baranov, comerciante de pieles y autócrata, comprendía demasiado bien y temía la llegada de los recios e indomables buscadores de oro de estirpe anglosajo­na. Por tanto, se calló la noticia, igual que los gobernadores que le sucedieron, de manera que cuando los Estados Unidos compraron Alaska en 1867, la compraron por sus pieles y pescado, sin pensar en los tesoros que ocultaba.

Sin embargo, en cuanto Alaska se convirtió en tierra america­na, miles de nuestros aventureros partieron hacia el norte. Fueron los hombres de los «días dorados», los hombres de California, Fraser, Cassiar y Cariboo. Con la misteriosa e infinita fe de los buscadores de oro, creían que la veta de oro que corría a través de América desde el cabo de Hornos hasta California no terminaba en la Columbia Británica. Estaban convencidos de que se prolongaba más al norte, y el grito era de «más al norte». No perdieron el tiempo y, a principios de los setenta, dejando Treadwell y la bahía de Silver Bow, para que la descubrieran los que llegaron después, se precipitaron hacia la desconocida blancura. Avanzaban con dificultad hacia el norte, siempre hacia el norte, hasta que sus picos resonaron en las playas heladas del océano Ártico y temblaron al lado de las hogueras de Nome, hechas en la arena con madera de deriva.

Pero, para que se pueda comprender en toda su extensión esta colosal aventura, debe destacarse primero la novedad y el aislamiento de Alaska. El interior de Alaska y el territorio contiguo de Canadá eran una inmensa soledad. Sus cientos de miles de millas cuadradas eran tan oscuras e inexploradas como el África negra. En 1847, cuando los primeros agentes de la compañía de la Bahía de Hudson llegaron de las Montañas Rocosas por el río Mackenzie para cazar ilegalmente en la reserva del Oso Ruso, se creía que el Yukón corría hacia el norte y desembocaba en el Ártico. Cientos de millas más abajo se encontraban los puestos más avanzados de los comerciantes rusos. Éstos tampoco sabían dónde nacía el Yukón, y fue mucho más tarde cuando rusos y sajones descubrieron que ocupaban el mismo gran río. Poco más de diez años más tarde, Frederick Whymper subió por el Gran Bend hasta Fuerte Yukón, debajo del Círculo Ártico.

Los comerciantes ingleses transportaban sus mercancías de fuerte en fuerte, desde la factoría York, en la bahía de Hudson, hasta Fuerte Yukón, en Alaska —un viaje entero exigía entre un año y año y medio—. Uno de sus desertores fue en 1867, al esca­par por el Yukón y alcanzar el mar de Bering, el primer homble blanco que cruzó el pasaje del noroeste por tierra, desde el Atlántico hasta el Pacífico. Fue por entonces cuando se publicó la primera descripción acertada de buena parte del Yukón, efectuada por el doctor W. H. Ball, de la Smithsonian Institution. Pero nunca vio su nacimiento ni pudo apreciar la maravilla de aquella autopista natural.

No hay en el mundo río más extraordinario que éste. Nace en el lago Crater, a treinta millas del océano, y fluye a lo largo de 2.500 millas por el corazón del continente, para vaciarse en el mar. Un porteo de treinta millas y, luego, una autopista que mide una décima parte del perímetro terrestre.

En 1869, Frederick Whymper, miembro de la Royal Geographical Society, confirmó los rumores de que los indios chilcat hacían breves portes a través de la cadena de montañas costeras, desde el mar hasta el Yukón. Pero fue un buscador de oro que se dirigía al norte, siempre al norte, el primer hombre blanco que cruzó el terrible paso de Chilcoot y pisó la cabeza del Yukón. Ocurrió hace poco tiempo, pero el hombre se ha convertido en un pequeño héroe legendario. Se llamaba Holt, y la fecha de su hazaña se pierde ya en la bruma de la duda. 1872, 1874 y 1878 son algunas de las fechas indicadas, confusión que no se aclarará con el tiempo.

Holt penetró hasta Hootalinqua y, en su vuelta a la costa, informó acerca de la existencia de oro bruto. El aventurero siguiente del que se tiene noticia es Edward Bean, que encabezó una cuadrilla de veinticinco mineros desde Sitka hasta la tierra desconocida en 1880. Y en ese mismo año, otras cuadrillas (ahora olvidadas, pues ¿quién recuerda ya los viajes de los buscadores de oro?) cruzaron el paso, construyeron barcazas con los troncos de los árboles y navegaron por el Yukón e incluso más al norte.

Y luego, durante un cuarto de siglo, los héroes desconocidos y sin elogiar lucharon contra el frío y buscaron a tientas el oro que intuían entre las sombras del polo. En su lucha contra las fuerzas terribles y despiadadas de la naturaleza volvieron a los tiempos primitivos, se vistieron con las pieles de animales salvajes y se calzaron con el mucluc [Botas de piel calzadas por los esquimales] de morsa y con mocasines de piel de alce. Se olvidaron del mundo y sus costumbres, igual que el mundo se olvidó de ellos. Se alimentaban de caza cuando la encontraban, comían hasta hartarse en tiempos de abundancia y pasaban hambre en tiempos de escasez, en su incesante búsqueda del tesoro amarillo. Cruzaron la tierra en todas las direcciones. Atravesaron, innumerables ríos desconocidos en precarias canoas de corteza, y con raquetas de nieve y perros abrieron caminos por miles de millas de silencio blanco, donde jamás había pisado el hombre. Avanzaron a duras penas, bajo la aurora boreal o el sol de medianoche, con temperaturas que oscilaban entre los cien grados sobre cero y ochenta bajo cero [Grados Farenheit], viviendo, en el severo humor de la tierra, de «huellas de conejo y tripas de salmón».


Jack London
La quimera del oro
Traducción de Jacinta Romano
Madrid: Anaya, 1981


   

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10.11.11

A pie de foto (26): Alegría

          Foto de Henri Cartier-Bresson


Altiva alegría de infancia. ¡Nunca volverás a volar tan alto!
  

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8.11.11

Ordet

La última vez —la enésima— que vi Ordet no pude terminar de verla. La tenía grabada desde hacía muchos años en una cinta, y tenía el propósito de ver cada día unas cuantas escenas y tomar nota de los diálogos más interesantes. Ese era mi propósito, pero al cabo de unos días la vetusta cinta se enmarañó y tuve que desembarazarme de ella. 

Ese título —Ordet— resulta engañoso: parece un nombre propio, hiperbóreo, como Gertrud, Brunilda o Íngrid; pero es palabra danesa que, al parecer, significa precisamente palabra.

Esta película siempre despertó en mí una profunda emoción espiritual. Tan austera como es, acaba rayando en lo sublime. Todo parece hablar en ella, y no solo las palabras: habla el paisaje y hablan los silencios; la ropa tendida grita al viento; un carro bisbisea al cruzar el puente... Mientras la veía, quedaba inmóvil, por miedo a algún ruido sacrílego. No me parece absurdo decir que esta película exige verla como si participáramos de una ceremonia. Pocas veces, eso creo, alcanzó el cine tan sobrecogedora densidad espiritual. Sorprende y maravilla que con tan parcos elementos se pueda elevar algo tan maravilloso. El guion, basado en la obra homónima de Kaj Munk, es de Carl Th. Dreyer, el director.

Para rememorar esa inaudita, aunque interrumpida, felicidad que me embargó al contemplarla, reproduzco algunos diálogos que anoté en su momento.

* * *

Junto a Morten Borgen, el paterfamilias, en el domicilio familiar viven sus tres hijos, y la mujer e hijas del mayor. Johannes, el mediano, antiguo estudiante de teología, está loco: proclama que es Jesús de Nazaret, y predica como si fuera un Cristo redivivo.

Llaman a la puerta y abre Johannes. Entra el nuevo pastor del lugar, atildado, impecable, barba recortada y rebosante de ortodoxia. Johannes, por su parte, parece de aspecto descuidado. Entre Johannes y el pastor tiene lugar el siguiente diálogo.

—¿Es usted por casualidad...?

—¿No me conoce?

—¿Es usted el hijo de la casa?

—Soy albañil...

—Ah, sí.

—Construyo casas, pero los hombres se niegan a vivir en ellas.

—¡No me diga...!

Tras un silencio, Johannes interpela al pastor:

—¿Eres tú uno de esos que necesitan hogar?

—Soy el nuevo pastor. Me llamo...

—Yo me llamo Jesús de Nazaret.

—Jesús... ¿Cómo piensa probarlo?

Johannes habla como si entonara una canción profunda, clara y misteriosa.

—Hombre de fe que en realidad no la tiene... Los hombres creen en Cristo muerto, pero no en el vivo. Creen en mis milagros de hace dos mil años, pero ya no creen en mí. He vuelto para demostrar que mi padre está en el cielo y para hacer milagros.

—En nuestros días ya no hay milagros.

—Así es como habla mi iglesia terrestre. La iglesia que me traiciona, que me ha asesinado en mi nombre... Aquí estoy y nuevamente renegáis de mí. Pero si volvéis a crucificarme, malditos seáis.

Johannes sale de la habitación. El pastor se queda solo. Y se dice a sí mismo:

—Esto es absolutamente abominable.

Poco después aparece Mikkel.

—Buenos días, padre, soy el hijo mayor de la casa...

Mikkel parece percatarse de la situación, y hablan de Johannes.

El pastor pregunta:

—¿Nació así...?

Y Mikkel contesta:

—No. Ha sido después.

—¿Fue por un amor?

—No, no, no. Fue por Søren Kierkegaard.

—Ya. Y... ¿por qué?

—Johannes estudiaba teología...

—Entiendo.

—Al principio todo iba bastante bien, pero después pasó un periodo difícil, con muchas dudas, ¿sabe?

—Y perdió la razón.

—Sí.

—Debió ser muy duro para la familia...

* * *

A pesar de haberla visto tantas veces, me apetecía degustar la película a pequeños sorbos, pero no pudo ser. De todos modos, pude comprobar que sigue perdurando en ella ese misterio que atrae de manera irresistible.


  

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6.11.11

… y sanseacabó

Cada vez que oía esa expresión, le traía el recuerdo de su padre, quien la empuñaba para cortar de cuajo las disputas, precedida de una inapelable razón: “porque lo digo yo…”.

Ahora le resulta imposible oírla; por eso, de vez en cuando, se acuerda a propósito de ella, y se hace la ilusión de haberla oído.   

(Mueren las expresiones, mueren quienes las dicen; y todo muere, si ha nacido.)


  

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5.11.11

A pie de foto (25): Pena

          Foto de Dorothea Lange (California, 1936)


 La pena es un coágulo de dolor.


  

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3.11.11

Miss Pich platica con Silvestre Paradox (Unas páginas de “Paradox, rey”, de Pío Baroja)


MISS PICH
¿Ha leído usted ya el número de mi Revista Neosófica, señor Paradox?

PARADOX
Sí, si; muy interesante. Hay artículos verdaderamente atrevidos.

MISS PICH
¿Se ha fijado usted en el estudio de la señorita Dubois sobre “Las anomalías nasales de los soldados en Inglaterra”?

PARADOX
Sí, tiene un gran interés. ¡Oh!, un interés extraordinario. Y diga usted, miss Pich, se me ocurre una duda; ¿esas observaciones nasales son todas oculares?

MISS PICH
¡Oh, completamente oculares!

PARADOX
También he creído observar que la revista entera está escrita por mujeres.

MISS PICH, sonriendo
En mi redacción, no pone la pluma ningún hombre.

PARADOX
¿Los desprecian ustedes?

MISS PICH
Sí, los desdeñamos.

PARADOX
Vamos, los consideran ustedes como unos pobres pingüinillos.

MISS PICH
Eso es. Los hombres son seres inferiores. Para la fecundación y la procreación de la especie son indispensables, por ahora, al menos; pero, para los trabajos especulativos, filosóficos, artísticos… las mujeres. Ellos, los pobres, son negados para eso.

PARADOX
Sin embargo, miss Pich, Sócrates, Shakespeare…

MISS PICH, vivamente
Es que ésos eran mujeres.

PARADOX
¿De veras?

MISS PICH
Está demostrado. El rey David también era mujer, y en el texto hebreo de la Biblia, pone la reina David.

PARADOX
¿Qué me dice usted?

MISS PICH
Lo que usted oye.

PARADOX
¿Y cómo se explica usted ese cambio de sexo tan escandaloso?

MISS PICH
Muy sencillamente. Es que los hombres, con la necia vanidad que les caracteriza, han querido que la reina David fuera de su sexo, y han falseado la historia.

PARADOX
¡Ah! Ahí está el secreto. Creo que ha puesto usted el dedo en la llaga.

GANEREAU
¡Hola, Paradox!

MISS PICH, aparte
Este francés insustancial viene a interrumpirnos. Ya hablaremos, señor Paradox. ¡Buenas noches!

GANEREAU
¿Estaba usted oyendo las explicaciones de esa vieja loca?

PARADOX
Sí.

GANEREAU
¿Qué le parece a usted?

PARADOX
Creo que estamos en presencia de una gallinácea vulgar. Ya sabe usted que estas aves tienen la mandíbula superior abovedada; las ventanas de la nariz cubiertas por una escama cartilaginosa; el esternón óseo, y en él, dos escotaduras anchas y profundas; las alas pequeñas y el vuelo corto. Son los caracteres de miss  Pich.

GANEREAU
¿Cree usted que miss Pich tiene el vuelo corto?

PARADOX
Estoy convencido de ello.

GANEREAU
Pues yo la consideraba como una harpía.

PARADOX
Error. Error profundo. Es una gallinácea vulgar.

[Paradox, rey. Primera parte, capítulo VII (1906)]

La cubierta de la izquierda, que figura en la web de la editorial, es curiosa: no se corresponde con la cubierta de la derecha, idéntica a la del volumen que estoy leyendo. 
Al cotejar ambas cubiertas observo (con lupa) algunas diferencias:
1. En la de la izquierda dice “mitificaciones”, y en la de la derecha dice “mixtificaciones”.
2. El orden del segundo y el tercer libro es distinto. 
3. En la de la izquierda falta la coma en Paradox rey.
4. El cuadro, que representa la Puerta del Sol, está algo recortado en el lado izquierdo de la cubierta izquierda, y en el lado derecho de la cubierta derecha.
Hay que felicitar a la editorial por subsanar a tiempo los errores, aunque deberían sustituir la ilustración de la página web para no dejar huellas en el lugar del crimen. 

Pío Baroja
LA VIDA FANTÁSTICA
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox
Camino de perfección
(Pasión mística)
Paradox, rey
Barcelona: RBA Libros, 2010


  

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2.11.11

El rey Paradox

Se burlaba Monterroso de esos escritores –¡franceses!– que confian a su diario: Releo a Pascal... o releo a Montaigne... o releo a Stendhal... o releo a Kafka..., como si ya hubieran leído cuanto merece ser leído. Se puede leer lo ya leído sin desdeñar lo mucho que queda por leer. Al margen del famoso verso de Mallarmé –la chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres–, ¿quién puede soñar que ha leído todos los libros?

Sirvan estas palabras de excusa por declarar que acabo de leer, ¡por vez primera!, Paradox, rey (1906), novela dialogada de don Pío Baroja.

Se narran en ella las aventuras de unos expedicionarios europeos que se hacen a la mar a bordo de la Cornucopia. Habían acudido a la llamada de Mr. Abraham Wolf, acaudalado banquero londinense, que pretendía fundar la patria israelita en África. Entre ellos estaban Paradox y Diz, españoles ambos.

Una imponente tempestad, unida a la insubordinación de la marinería, desbarata los planes de los expedicionarios, lo que origina toda clase de aventuras.

Cada personaje queda definido por sus propias palabras, aunque asimismo tienen voz los animales y los elementos de la naturaleza. Habla un gallo, habla el mar, y habla “el autor” (que desgrana un sentido “Elogio sentimental del acordeón”); el viento dialoga con el mar; Yock, el perro de Paradox, ladra, y habla; un cíclope pregona un “Elogio metafísico de la destrucción” que remeda la arenga de un dinamitero; y además hablan las serpientes, y el pez, y el sapo, y una golondrina, y la hiena, y el señor búho, y la lustrosa luna, y el murciélago...

Novela singular en la que la utopía y la sátira se dan la mano, haciendo saltar chispas de humor. Más que de tesis, es novela de antítesis: volver a la inocencia original es pura quimera. El sueño liberador de la utopía no nos libra de las pesadillas, y soñando paraísos se puede acabar inventando infiernos. Pero bajo el fulgor de las ideas, apenas hay tres verdades permanentes, las únicas verdades de la vida, según declara un personaje: el amor, el trabajo y la muerte. Tres verdades que redimen de todas las mentiras.

En el capítulo titulado “En la sala de sesiones de la Casa del Pueblo de Bu-Tata”, Paradox, rey casual, que no causal, de Bu-Tata, nos descubre su ideario. Cuando el francés Ganereau propone la implantación del sistema representativo, Paradox rechaza la idea por considerar la ley de las mayorías absurda e irritante. De momento, en Bu-Tata no hay cuartel ni cárcel, y los asesinos son desterrados para siempre. Diz propone que, dado que a las jóvenes mandingas se les enseña a hacer labores, se funde una escuela para los hombres. Paradox acepta, siempre que no haya maestros: “sin maestros, sin profesores, sin autoridad...”. Y, llevado de su adanismo, concluye: “El hombre puede aprender sin necesidad de maestro”. Ganereau vuelve a las andadas: ¿Y el arte? El francés considera que el arte es útil. Pero el iconoclasta Paradox, nuevo Calvino, reniega del arte: “El arte es una cosa llamada a desaparecer, es un producto de una época bárbara, metafísica y atrasada.” Pero... ¿y la ciencia? Si no inútil, consiente Paradox, sí es perjudicial. Con estas palabras resume el rey de Bu-Tata su concepción de la vida: “Vivamos hechos unos bárbaros. Vivamos la vida libre, sin trabas, sin escuela, sin leyes, sin maestros, sin pedagogos, sin farsantes.” Palabra de Paradox, palabra de rey.

Tras leer esta novela, desternillante por momentos, cabe dudar si Paradox es un iluso, un socialista utópico, un botarate, un anarquista, un iluminado o un místico de la idea, un necio...

A pesar del atinado retrato del clima espiritual de la época, es imposible, a estas alturas del siglo, leer la novela sin chasquear la lengua y mover la cabeza de puro escepticismo: cómo olvidar que las ideas virginales suelen acabar emputecidas en los hechos.


NOTA
Para no alargar esta entrada, dejo para mañana la inserción de un fragmento de Paradox, rey.

  

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