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31.5.09

Elogio de la dificultad

En la “Plática con Antonio Marimón”, Augusto Monterroso reconoce que escribe “con mucha lentitud y dificultad”. Valientes palabras valientes, que bastaran para que alguien pudiera mirar de soslayo su obra, ya que todo lo que no sea el placer de escribir es abominación a los ojos de algunos. Pero en la literatura, como en el ballet, y como en tantas cosas, lo normal es la dificultad y el esfuerzo; esfuerzo y dificultad que, para el lector o el espectador, ha de ser invisible, como si no hubiera existido. Hay mucha superstición alrededor de lo natural, y no hay que confundirlo con lo virginal: lo natural es, si no asiste el genio, fruto del trabajo y la entrega. El logro de Monterroso consiste en que la “dificultad” no se refleja en ninguno de sus textos. (Dificultad acrecentada por el afán perfeccionista, hasta el punto de jibarizar los textos hasta el límite. Pero en la literatura, como en la vida, no faltan escritores parcos en palabras, que a veces escriben una novela por desafío personal, en lucha con sus convicciones, de lo que también da fe la obra de Monterroso.)

30.5.09

Propio amigo

Ser nuestro propio amigo, recomienda Séneca a Lucilio, para no estar nunca solo. Cuesta lograr esa amistad, aunque valga lo que cuesta. Ser nuestro propio amigo para no estar nunca solo. ¡Quién sabe! A veces, cuando más cerca está uno de sí mismo es cuando se siente más solo, acaso porque vemos crecer las raíces de nuestro ser y avanzar las sombras de nuestra alma. Aunque quizá no esté de más recordar una cáustica descripción de Bernhard: Amistad, ¡qué palabra más leprosa! [1-5-2004]

29.5.09

"Nunca hablar de sí"

Gracián es tajante: Nunca hablar de sí. ¿Por qué? Para sortear la alabanza o el vituperio. Gracián, quizá, o sin quizá, exagera, ya que, incluso si no hablamos de nosotros mismos, no dejamos de hablar de nosotros mismos. Hablemos de lo que hablemos, hablamos de nosotros mismos: lo que decimos y lo que callamos es testigo de lo que somos.

28.5.09

Lo bueno, si breve...

(…) Y aun lo malo, si poco, no tan malo, exclama Gracián, harto de que siempre se le escamotee la conclusión.

27.5.09

Monstruo

Todo lo lee, disfruta de todos los autores, no hay libro que no devore con fruición. ¿Quién es capaz de imaginar semejante monstruo?

26.5.09

Nihil

Nihilismo de las postrimerías: comprenderlo todo y no creer en nada.

25.5.09

El color del viento

Un enigma zen plantea esta pregunta: ¿cuál es el color del viento? Ni el ingenio ni la inteligencia dan respuesta. La respuesta, sin duda, está en el viento. En ocasiones nos empeñamos en comprender la realidad, en lugar de sentirla: los sentidos acercan la realidad, mientras que el pensamiento la aleja, como si fuera un objeto inútil, un trasto. El orgullo más zafio es el orgullo del pensamiento. A veces caemos en la ebriedad de creer que el pensamiento todo lo abarca, que la vida llega a nosotros vestida de razón y, por fuerza, sucumbimos al desengaño. ("El humo de los días", en Poesía, Por Ejemplo, nº 13 [2000]).

24.5.09

La soledad

La soledad es un sentimiento que sólo sentimos cuando ya no podemos escapar de él. Nos esclaviza a traición. No hay manera de evitarlo. Si llega es porque antes se había adueñado de nosotros. (O quizá sea eso lo que sucede con todos los sentimientos: que sólo existen cuando nacen en nosotros. Ahí están, como el arpa de Bécquer, esperando que alguien, o algo, los despierte.) Y, mientras, los sentimientos duermen como si no existieran. Quién sabe. A veces parece que un sentimiento, si esto es posible, se ha agotado, y ya nunca volverá a alumbrar en nuestro corazón. Y sin duda sigue ahí, aunque bajo el peso fatal de siete llaves o de mil renuncias. No sólo somos lo que somos; también somos lo que no somos y lo que somos. Nuestra existencia siempre será más profunda que nuestra vida.

En Poesía, Por Ejemplo, nº 13 (2000).

23.5.09

El pasado

El pasado siempre está presente. Su ceniza nos asedia. Ni basta el olvido para vencerlo, ni el futuro anula su presencia. Siempre resucita. Ni lo aniquila el olvida, ni la memoria lo agota. (Diario de sombras, miércoles, 24/9/03).

19.5.09

En nombre de nada

Leo un libro verdaderamente singular, de hermoso y rotundo título: En nombre de nada. Su autor, César Simón, lo escribió a lo largo de los últimos años de su vida. Víctima de un cáncer, y aunque se sentía condenado a morir, Simón se rinde ante el misterio de la vida. Anhela un fervor que sabe lejano. Arde en las dudas y en las certezas. Siente el latido del misterio. Cuando la muerte se acerca, y la enfermedad domina nuestra vida, existir se vuelve un continuo revivir dudas, miedos, sueños, ilusiones: despedida, en suma, de todo lo vivido. Y ese trance, que algunos esquivan (¡cuántos mueren sin sentir su propia muerte!) forzosamente nos empuja hacia lo más secreto de nosotros mismos. Y tocamos entonces con la yema de los dedos el huidizo misterio. Ese misterio que, según César Simón, «aflora cuando ya nada sucederá, cuando ya es tarde para todo, cuando todo está clausurado». (“El humo de los días”, 29/1/1999.)

En Poesía, Por Ejemplo, nº 13 (2000)

18.5.09

El azar

El azar juega con nosotros como si fuera un dios ebrio. Nos zarandea, una y otra vez, hasta convertirnos en seres obedientes, seres sumidos en el espanto ante el rostro del futuro. Para soslayar la sorpresa, aprendamos a descifrar los presagios.

En Poesía, Por Ejemplo, nº 13 (2000)

17.5.09

La sarna

Emanuel Ringelblum quiso ser el cronista de la vida cotidiana en el gueto de Varsovia. Dio fe de cuanta información llegó a sus oídos. En el gueto sobrevivió hasta que fue asesinado. Su mujer y su hijo corrieron la misma suerte. De la letanía de horrores que registró, recojo esta criminal aporía:

Últimamente la sarna se propaga mucho por la falta de jabón. Hubo un incidente terrible con un niño de tres años, hijo de uno de los refugiados. Durante el viaje, el policía tiró al niño a la nieve, la madre saltó detrás de él queriendo salvarle. El policía le ordenó que volviera al carro, amenazándole con el revólver; sin embargo, ella dijo que la vida no tenía para ella ningún valor sin su hijo. Entonces, el policía amenazó con matar a todos los judíos que estaban en el carro. La mujer subió al carro sin su hijo; cuando llegó a Varsovia se volvió loca. (Crónica del gueto de Varsovía.)
La locura como armisticio con uno mismo.

15.5.09

Manos arriba

A la realidad le gusta fabular. Y a veces sus invenciones rizan el rizo. Buena prueba de ello es el caso de ese ladrón, de treinta años, que se coló por la chimenea en un chalé vacío de un pueblo sevillano. El descenso resultó imposible, y también imposible resultó el ascenso: el infortunado ladrón se quedó atascado: ni para arriba, ni para abajo. Si gritó, nadie le oyó. Su agonía, agonía en vertical, debió de durar varios días. ¿Qué terribles pensamientos atravesaron su cabeza prieta mientras se le iba la vida por un error de cálculo? Según declaró el dueño del chalé, por encima de la chimenea sobresalían las manos –manos arriba, manos muertas– del frustrado ladrón. ¡Terrible paradoja!

13.5.09

Palabras

Las palabras respiran. Como las personas. Y como las personas, mueren; mueren y nacen (o transmigran a otro significado). Mientras unas palabras nos halagan, otras roen nuestro yo. De algunas se nos escapa su sentido y otras se nos caen por banales. Parecen personas y, como las personas, cada palabra es única, en boca de quien la dice.

12.5.09

La realidad y sus testigos

Es difícil mirar a la realidad de frente. Más amable es mirarla de soslayo. Su verdad (como los rayos de sol) deslumbra. La realidad está ahí, al alcance de la mano, y sin embargo apenas la entrevemos: sólo adivinamos lo que nosotros queremos ver. ¡Realidad razonable! Apenas nos enseña lo que estamos dispuestos a aprender. Y es que la realidad sabe que en nada nos engañamos tanto como en aquello que más nos interesa. ¡Homeopatía del conocimiento! Pequeñas dosis de realidad, para que la realidad entera no nos envenene el alma. (Y la realidad es, en este caso, mero sinónimo de la verdad.)

11.5.09

Escribir

“El hombre que escribe es, según Michel Tournier, un solitario que se dirige a un lector solitario.” Escribir es, según esto, una manera de estar solo y de expresarse. Y son múltiples las maneras de expresarse, porque cada uno está atado a su propio ser. Somos esclavos de la libertad, y gracias a ella somos lo que somos. Pero no todos los que escriben consiguen expresar lo que son. Los hay que balbucean, o se “encebollan”, como diría Vallejo. La palabra no nace hecha: cada quien la forja en la fragua de su ser. Pero no faltan tampoco quienes tiran la toalla y se esconden en el silencio, desafiando su propia naturaleza. Y es absurdo otorgar a ese silencio algún valor: vale, o no vale, lo que uno escribe; pero nada vale lo que uno deja de escribir. Cuando un escritor no escribe, encuaderna silencios, teje palabras muertas antes de nacer.
Al hilo de lo dicho, resulta mordaz la máxima en la que La Bruyère afirma lo que sigue: La gloria o el mérito de algunos hombres es escribir bien; y el de otros es no escribir. (Los caracteres, “De las obras del espíritu”, 59.) En cualquier caso, la clave de bóveda de esta máxima es "escribir bien": nadie ignora lo que quiere decir, pero todos sabemos que para cada uno significa cosas diferentes.

10.5.09

La prisa

Vivía tan deprisa que el tiempo se desvanecía a su paso.

9.5.09

Si me lo preguntan, no lo sé

De cuántas cosas podemos decir lo que san Agustín decía acerca del tiempo: si me preguntan lo que es, no lo sé; lo sé si no me lo preguntan. Qué difícil es encontrar las palabras que traduzcan lo que somos; las palabras lo son todo, pero no siempre alcanzan a traducir la mudez del alma.

7.5.09

A vueltas con la vida

La vida y sus afluentes. Esos riachuelos que rodean la vida y contribuyen, con su menguado caudal, a que la vida se haga torrente, fuerza profunda. Pero la vida, ¡ay!, se quiebra cuando le falta el sentido a su vivir, cuando cada día es la réplica ciega del anterior, cuando la pasión queda rezagada en las dunas del tiempo. Cuesta vivir cuando la vida, o su ausencia (¿acaso no es la vida ‒siempre, o casi siempre‒ la ausencia misma de la vida?) juega al escondite con nosotros, cuando nos empuja hacia un mañana en el que cada día cuesta más y más creer. Un mañana que no es tan solo la puerta de la muerte sino la ruina de toda la existencia. Pero basta de metafísicas. La nieve quema, y el fuego quema; la vida huye, y el tiempo huye; la muerte espera y la noche espera. (Páginas de un diario, 14/9/03.)

En La Primera Piedra, nº 5 (2004)

6.5.09

Cualquier día puede ser domingo

Hay miércoles que parecen domingos: tedio y hastío a raudales. La claridad del día no disipa la tristeza, torva pasión que tiembla en la mirada. Domingos del vacío, domingos al acecho. Al acecho del lunes o del fiero martes, del viernes o del resguardado jueves... Cualquier día puede ser domingo en el alma.

4.5.09

La vida muerta

A veces la vida está más muerta que la muerte misma.

3.5.09

El ojo del destino

De entre las muchas historias de la vida cotidiana que Ringelblum recogió en el gueto de Varsovia, espigo la siguiente, por su sencillez, terrible sencillez:
«Un oficial visitó a una familia judía con la intención de llevarse sus cosas. La mujer se puso a llorar y a lamentarse porque es viuda y tiene un hijo a su cargo. El oficial le dijo que no se llevaría nada si adivinaba cuál de sus ojos era artificial. La mujer adivinó que el izquierdo. Cuando le preguntaron cómo lo supo, respondió: ‘Porque parece humano’». (Crónica del gueto de Varsovia)

1.5.09

La araña y la mosca

Si la araña está condenada a atrapar a la mosca, como nos recuerda Spinoza, ¿acaso la mosca está condenada a ser atrapada por la araña? No; lo que en la araña es fatalidad, en la mosca es libertad ciega.