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29.5.13

Budhi-Dhorma y las novelas "interminables"




A Budhi-Dhorma le inquietan esas novelas que considera “interminables”, y no por carecer de fin sino por su propia incapacidad para alcanzarlo. La lista no es infinita, pero cada quien tiene la suya.
Alguna de esas novelas son sobradamente famosas (aunque no siempre lo fueran) y abundosas en ediciones. Pero ¿quién ha leído verdaderamente Moby Dick? –se pregunta Budhi-Dhorma–, y, sin embargo, no hay nadie que no crea conocerla. Y si miramos a la poesía, ¿cuántos han fatigado la Comedia del Dante? Muchos se atrincheraron en el “Infierno”, y renunciaron para siempre al Purgatorio y al Paraíso. ¿Y qué decir, se dice Budhi-Dhorma, del Ulises de Joyce, tan alabado como poco leído? Budhi-Dhorma recuerda asimismo a Cervantes: no al autor del Quijote, no, sino al de su postrer novela: Los trabajos de Persiles y Sigismunda, en cuya dedicatoria dejó estas sentidas palabras: “Puesto ya el pie en el estribo...” En el estribo de la muerte, se entiende. A Budhi-Dhorma le consta que Azorín leyó esa novela, bizantina; hasta el final, es de suponer. ¿Y cómo no recordar, prosigue Budhi-Dhorma su recuento, el portento caribeño de Paradiso, del inmenso Lezama Lima? Cortázar lo leyó, sin duda; y corrigió las galeradas de la edición mexicana; y además le dedicó un singular ensayo. Quizás baste un solo lector, piensa Budhi-Dhorma evocando a Sodoma y Gomorra, para salvar a una novela interminable; un solo lector para alcanzar clemencia.  
A veces el desánimo abruma a Budhi-Dhorma, y se siente tentado a pensar que en asuntos literarios la gente se miente tanto, sin llegar a engañarse, como en los sexuales. O si no cabe hablar de mentira, digamos adornar la realidad.
Que leer una novela exija tanto tesón como desentrañar a Heidegger es algo que deja pasmado a Budhi-Dhorma. Por experiencia sabe, no obstante, que, apegados al caduco placer inmediato, ahuyentamos placeres perennes. La inmediatez hiere al espíritu, y condena a los humanos a lo efímero, a no saborear las mieles de la duración les condena. Al menos eso cree Budhi-Dhorma. En la inmediatez, tótem de nuestros días, está el busilis: esa es la divisa del espíritu muelle y dulzón que se niega a masticar los frutos del espíritu. ¿Acaso debemos leer tan solo mientras gustamos de lo leído? –se pregunta Budhi-Dhorma–;  ¿acaso no sucede a veces que lo penoso de la empresa vuelve placentera la lectura de alguna de esas novelas esquinadas? El lector, así lo cree Budhi-Dhorma, debiera emular al alpinista, aunque solo fuera de vez en cuando, y no conformarse con los amenos cerros, los picos menudos ni el sinuoso placer de lo cercano. El alpinista literario gozará el supremo placer de hollar las cimas más altas, incluso si al final considera que la empresa no merecía la pena. Pero poder expresar un juicio con conocimiento de causa, también es premio a su arrojo. Para llegar al final, verdad de Perogrullo, no hay que aferrarse a lo inicios. Libros hay que si no nos obligamos a leerlos, piensa Budhi-Dhorma, nunca los leeríamos. Y esto vale, por supuesto, para las novelas interminables, esas novelas de arrolladora densidad que exigen de nosotros una entrega fatal al desafío. A Budhi-Dhorma le sorprende unos cientos de páginas de novela consigan  derrotar a muchos lectores avezados. Solo convirtiendo a esas novelas en nuestra ballena blanca, y entregándonos con tesón, seremos capaces de pelearnos con ellas a brazo partido. Y si la ballena blanca no acaba hundiéndonos (como le ocurrió al obsesivo Ahab), podremos exclamar a voz en grito: “¡¡¡Yo he leído Moby Dick!!! ¡¡¡De cabo a rabo!!!” (Y acaso a nuestro alrededor crezca un silencio difícil de desentrañar.)
A Budhi-Dhorma le tienta el alpinismo literario. Y a veces se entrega a él, ansioso por desbrozar sorpresas. El tiempo propicio para estos menesteres suele coincidir con las vacaciones veraniegas, a la sombra de una tupida parra. Budhi-Dhorma está convencido de que, en otros tiempos, las largas convalecencias contribuyeron mucho al alpinismo literario; pero no le cabe la menor duda de que hoy en día la televisión y sus acólitos atrapan el tiempo de los convalecientes, y de los que no lo son.

28.5.13

Presentación de "(Rigor vitae)", de Ángel Guinda, en el Ateneo


E l  c u e r v o

El cuervo de la noche se sacude la niebla por las calles mojadas.

(Al agitar el arpa de sus alas, suena la bronca música del viento cazador.)

El cuervo de la noche golpea con su pico los ojos de fantasmas infartados que no encuentran su casa.

¡No abras la puerta al cuervo de la noche en Dublín!

ÁNGEL GUINDA, (Rigor vitae)
Zaragoza: Olifante, 2013






Calle del Prado, 21.


Arabella Siles conducirá el acto.

Intervendrán
:

Trinidad Ruiz Marcellán, editora de Olifante.
Marifé Santiago Bolaños conversará con el poeta.

Las actrices Alexandra Nicod, Milenka Maldonado y los poetas Jivka Baltadzhieva, José Cereijo, José Luis de la Vega y David Domínguez leerán.

Moncho Otero y Rafael Mora cantarán tres poemas del autor, que cerrará el acto con la lectura del Manifiesto Poesía violenta y de 7 poemas.

Se proyectarán tres videopoemas: "Entrevista a mí mismo", de David Francisco, y "De cara a la muerte" y "El hombre hueco", de Sándor M. Salas.

(Duración estimada: 58 minutos. 
El acto comenzará a la hora anunciada. 
Se ruega máxima puntualidad).

26.5.13

Juan Poz reseña "Pensar por lo breve" / Entrevista a José Ramón González en El Ojo Crítico

En los últimos días, Juan Poz ha publicado -en su blog: DIARIO DE UN ARTISTA DESENCAJADO-, una exhaustiva reseña de Pensar por lo breve. Dada su longitud, la dividió en dos partes.
Asimismo, en EL OJO CRÍTICO, de Radio Nacional, entrevistaron recientemente a José Ramón González, autor del libro publicado por Trea. (A partir del minuto 15.)

25.5.13

«No creo en Dios» —dice Damiana Palacios

«No creo en Dios» —dice Damiana Palacios, boticaria de cuarenta años. Y habla sin gravedad, entusiasmo ni arrojo. Más que la expresión de una convicción, la afirmación revela una manera de estar en el mundo; equivale a manifestar: «La cuestión de la existencia divina no me interesa».
Empero, Damiana cree en la quiromancia, en la cartomancia, en la oniromancia, en la uromancia, en la hidromancia, en la geomancia, en la telepatía y en toda clase de las llamadas artes notorias, que predicen y vaticinan. Parla de telekinesia, de hipnosis, de psicoquinesis, de desdoblamientos, de fenómenos ectoplasmáticos, de facultades ocultas, de ondas cerebrales, de mediums, de bilocaciones y de saberes paranormales. Una cierta Silvia Carrasco, su amiga, suele echarle las cartas, como ordinariamente se dice, y siempre descubre y anuncia lances gratos para la expectante. Feliciana Duero, también amiga, la somete a sesiones de relajación y pacificaciones. «Tus piernas no pesan; tus brazos son alígeros, no te poseen» —susurra Feliciana. Y Damiana va cerrando los ojos y abandonando el cuerpo en mecánico desasimiento. Por último, Rosario Nieto, otra amiga, examina las rayas de sus manos y le augura novedades.
Damiana no cree en Dios porque su idea le produce aburrición; tampoco le arrebatan, en verdad, estas prácticas cabalísticas; sin embargo, las realiza porque las encuentra tangibles y de prontas respuestas. Dios calla, pero Silvia, Feliciana y Rosario hablan, y su decir llena el tiempo de la mujer. «Damiana quiere un mundo elemental, hecho de cosas y percances enumerables» —ha dictaminado un tal José López Martí, su observador.
«No necesaria una vida futura para Damiana; tampoco una vida actual grave» —explicó una vez la palomita a cierto Wilhelm Heintel, chapurreando el idioma alemán. Después cohabitaron de seis maneras, bien recordadas por la concubitada.
Silvia Carrasco, la cartomántica; Feliciana Duero, la ensalmadora; Rosario Nieto, la quiromántica; Pepito Cadenas, un profesor de liceo, y Emigdio Covacho, un burócrata, son los amigos cotidianos de Damiana. Se reúnen y dicen frases de esta especie: «Mi hija tarda en vestirse»... «Mi hijo no madruga»... «Tapicé mis sillones»... «Expulsé tres alumnos de las aulas»... «Compré un perrito con su collar».
«Fulano parece una araña»: he aquí una proposición demasiado compleja para Damiana y sus amigos; expresa, en efecto, algo del mundo, y no del simple entorno, por lo cual resulta excesivamente extensa para aquellos hablantes.
Damiana y sus amigos viven en Murcia.

MIGUEL ESPINOSA, Teologiæ Tractatus [Comienzo del capítulo I de La tríbada falsaria]

21.5.13

Títulos arriesgados

El aciano es una planta con determinadas características que no vienen al caso; basta, para nuestro propósito, con saber que se trata de una planta. Del resto nos informa cualquier diccionario.

No sé si he visto alguna vez un aciano; puede que sí, pero sin saber que lo era. Para algunos, entre los que me encuentro, la botánica es un reino en el que abundan los entes anónimos: vemos una planta, y desconocemos su nombre; sabemos un nombre, e ignoramos a qué planta corresponde. Al poeta mexicano Amado Nervo le pasaba lo mismo. En cierta ocasión, paseando con Unamuno por un parque, se extasió ante la belleza de unas plantas que flotaban lánguidamente en el agua del estanque. Quiso saber su nombre. El recio vasco y adusto castellano, casi le recrimina:

—¡¡¡Nenúfares!!! ¡Esos que usted tanto nombra en sus versos!

(Quizás no sucediera así, e incluso es posible que no sucediera; poco importa. Que sea apócrifa, o no lo sea, en nada afecta al fondo de la anécdota.)

La referencia al aciano venía a cuento de que el maestro Jiménez Lozano escribió uno al que en mala hora tituló “El cogedor de acianos”. Acianos, sí. Y por si fuera poco, le puso, también en mala hora, ese mismo título al volumen en que recogió una gavilla de cuentos. En mala hora. Acianos. Quizás pocos títulos hayan sido tan tergiversados; por incultura botánica, en este caso. Así, no es extraño que El cogedor de acianos acabe citado, muchas veces, como *El cogedor de ancianos (título impúdico en algunas partes de América, que exigiría ser traducido por *El atrapador de ancianos. Una variante, más normal si cabe, sería *El recogedor de ancianos. Pero esto nada tiene que ver con lo que escribió el autor). [Acabo de consultar en Google. Entrecomillando el título incorrecto, da 12.400 resultados; y 23.400 entrecomillando el correcto.]

Terrible sino el de ciertos títulos, e incluso el de algunos honores. Se cuenta que cuando Leopoldo Torre Nilsson ganó la “Concha de oro” en el Festival de cine de San Sebastián, el director argentino estaba tan agradecido como avergonzado –corrido que dirían los clásicos, y César Vallejo también–. Apesadumbrado ante la perspectiva del retorno a la patria, el director no paraba de decir a quien quisiera oírle: ¿Y cómo vuelvo yo a la Argentina con esta concha... ¡Y además de oro!? 

18.5.13

Retratos de una vida (Nicholas Nixon: “The Brown sisters”)

Descendemos y no descendemos a un mismo río;
nosotros mismos somos y no somos.
HERÁCLITO


En 1975, Nicholas Nixon fotografió por vez primera a las hermanas Brown. Una foto familiar, sin mayores pretensiones. Lo sorprendente es que a partir de esa fecha, y, que yo sepa, hasta el 2011, Nixon hizo un retrato cada año a
The Brown sisters. Más de treinta retratos. Cada hermana ocupa el mismo lugar en cada toma. En casi todas las fotos aparecen de pie (en dos o tres están sentadas), al aire libre, en un plano cerrado que excluye el entorno. Ningún plano llega a ser general; predominan el plano medio y el tres cuartos, o americano. La mirada de las hermanas es unas veces risueña, otras lánguida… Cada fotografía revela un estrato de la vida de cada una de las cuatro hermanas, que gracias a las fotografías aparecen multiplicadas por sí mismas. Cada rostro sucesivo es distinto aunque inevitable heredero del anterior. El tiempo (valga este término como expresión de lo indefinible) fue cincelando día a día cada uno de esos rostros. Gracias a que diariamente nos asomamos al espejo, no somos plenamente conscientes de los cambios que se producen en nosotros. Cada rostro pudiera parecer distinto, y sin embargo es el mismo. Cada rostro repetido responde a una realidad diversa, a unas experiencias distintas, a una soledad única. Cada rostro nos habla de la muerte de los rostros precedentes. En la realidad no hay hiatos, la realidad se ofrece sin solución de continuidad, es un río sin fin. Viendo estas fotografías, ¿cómo eludir la propensión metafísica? Esa apariencia física tan mudable remite a las disonancias que a lo largo del tiempo experimenta nuestro espíritu. Cada fotografía levanta acta de aquello que se fue. 
Frente a la fósil escultura, la figura humana está sometida a cambios constantes, vitales y también mortales. En tanto que personas desconocidas, es posible que al ver las fotos de las hermanas Brown no sintamos ese vértigo que produce asomarnos a nuestra propia retratografía. En las evoluciones del rostro es fácil aprender la impermanencia terrible de las cosas, la risotada sombría del tiempo. 
Precisamente porque congela el instante, la fotografía inocula gran melancolía al permitirnos cotejar el fue y el es de nuestra apariencia (sin olvidar que lo que fue, no fue como fue; y que lo que es, no es como es). Contemplar esta sucesión de fotografías es como partir una vida en canal, diacrónicamente.
Comparar las más antiguas con las más modernas puede resultar penoso, igual que cuando nos encontramos inesperadamente con alguien a quien hace muchos años no veíamos. (Penoso, indudablemente, para ambas partes, ya que cada uno es un espejo para el otro.) Ese alud de tiempo, contemplado de repente, nos encrespa. La asiduidad cotidiana, qué duda cabe, suaviza los cambios, aunque no los soslaye. El tiempo, con el telón de fondo del espacio, nos esculpe, forja nuestro cuerpo y cincela nuestro espíritu. Con paciencia, sin prisa, como el caracol. 

16.5.13

Tautologías

Divina: Yo soy el que soy.
Marina:
El mar, la mar.
Floral: Una rosa es una rosa es una rosa…

13.5.13

[Preguntas y respuestas] (Un texto de Arrabal)

Te pregunté: “¿Por qué los judíos son malos?”
Me respondiste: “Porque sí; todo el mundo lo sabe.”
Te pregunté luego: “¿Por qué los anarquistas son malos?”
Me respondiste: “Porque sí; todo el mundo lo sabe.”
Te pregunté: “¿Por qué papá era judío?”
No me respondiste nada.
Te pregunté luego: “¿Por qué papá era anarquista?”
No me respondiste nada.

Sí.

Te pregunté: “¿Los judíos son los que mataron a Jesucristo?”
Tú me dijiste: “¡Sí!”
Te pregunté luego: “¿Los anarquistas son los que ponen bombas para matar a la gente?”
Tú me dijiste: “¡Sí!”
Te pregunté si yo sería judío cuando fuera mayor.
Tú me dijiste: “¡No!”
Te pregunté luego si yo sería anarquista cuando fuera mayor.
Tú me dijiste: “¡No!”
Luego añadiste que yo era bueno y me besaste.

Sí.


Fernando Arrabal, fragmento de Baal Babilonia

10.5.13

Anécdota acaso soñada

Unas veces pienso que fue un sueño; otras, lo pongo en duda.

Despertarse de madrugada, una calurosa noche de verano, y acoplar la radio a la oreja para reivindicar el sueño, puede enredarnos en una zigzagueante duermevela que todo lo confunda.

Fuera un sueño, o lo escuchara en la radio, de esa noche insomne recuerdo una anécdota llena de imprecisos detalles.

Un emigrante polaco, o ruso (llamémosle Witold), trabaja en España desde hace años. Su hermano (Stanisław, quizás), vive en Alemania, o tal vez en Suiza. Ambos hermanos han estado siempre muy unidos, y ahora, desde la lejanía, ahuyentan el olvido con una singular alianza: cuando beben –seguramente vodka– piden las copas de dos en dos; la segunda, en honor del hermano ausente –unas veces Witold, otras Stanisław. Como sus amigos conocen la razón del curioso atavismo, se sorprenden el día que Witold sólo pide una copa.

Con cierta aprensión, alguien indaga:

–¿Y cómo es que ahora sólo pides una copa?

Y Witold, indiferente, le contesta:

–Porque he dejado la bebida.

8.5.13

Esclavitud y muerte en Utopía (Un texto de Tomás Moro)

Los esclavos de Utopía no son hombres cogidos en las guerras, ni hijos de esclavos nacidos en la isla ni gente que ha sido esclava en otras naciones, sino los delincuentes, y los condenados a servidumbre forzada, o los que lo han sido en otras tierras, que el Senado de Utopía, con un pequeño dispendio, los compra para ocuparlos en trabajos viles. [...]

A los esclavos que caen enfermos los asisten con gran caridad, y si hay alguno que sufre enfermedades cancerosas, ciertos ciudadanos van a hacerles compañía. Si la enfermedad es incurable y de mucho sufrimiento, los sacerdotes y magistrados confortan al paciente, haciéndole reparar [en] que encontrándose inválido, siendo molesto a todo el mundo, y a él mismo, tal vez sería preferible morir, a cuyo efecto podría quitarse él mismo la vida, o bien dejarse matar. Si el desahuciado es de la misma opinión, llega a debilitarse y a terminar por medio de ayunos, o bien una vez dormido, los médicos le quitan la vida sin hacerle sufrir; mas esto no se hace nunca sin haberlo discutido largamente, pues si el enfermo persiste en querer vivir, siempre hay quien se presta a sufrir las molestias de asistirlo en sus miserias, pues los ciudadanos de Utopía creen que ocuparse de aquella pobre gente es cosa honesta. Si alguno se mata sin el previo consentimiento del sacerdote, su cadáver no recibe sepultura, sino que es ignominiosamente arrojado a una laguna.


Tomás Moro, Utopía
[Ramón Pin de Latour, trad.]

5.5.13

Manuel Álvarez Bravo, fotógrafo

Hace tiempo que tenía intención de visitar la exposición de Manuel Álvarez Bravo (México, D. F., 1902-2002). Hoy por hoy, antes de ir a una exposición me lo pienso, por temor a las aglomeraciones. Las soporto en el metro, pero me horripilan en un museo o sala de exposiciones. Pero está visto que Manuel Álvarez Bravo no tiene el mismo poder de convocatoria que los pintores impresionistas: he podido contemplar sus fotografías en una casi absoluta soledad lo que tampoco es deseable–, y sumido en una leve penumbra incomprensible. 
Ya conocía bastantes fotografías de Álvarez Bravo, y son muchas las que me han interesado de esta exposición, la mayoría de la década de los 30 (y alguna de finales de la década anterior). Tom Ang afirma, y no es el único, que el trabajo de Manuel Álvarez Bravo  “ofreció una visión poética del México moderno”. Lo que a mí me admira de Álvarez Bravo es la belleza elemental, inasequible y misteriosa que sabe infundir a cada fotografía. Belleza que tan pronto se encuentra en un vulgar Plumero (1928) como en la oscura  Muchacha viendo pájaros (1931); en el límpido vientre del Niño orinando (1928) –en orinal desportillado, por supuesto– como en La buena fama durmiendo (1938), tan apolínea y envuelta en vendas que ciñen su plácida desnudez. Belleza misteriosa, como la del Caballo de madera (1928) que, con su ojo perennemente alerta, escruta, receloso, a cuantos le observan... Y otras muchas fotografías, a cual más interesante… (Podéis ver una selección, e incluso hacer un visita virtual, pinchando AQUÍ.)


Fundación MAPFRE
Sala de exposiciones AZCA
Avda. General Perón, 40 – 28020 Madrid
Hasta el 19 de mayo de 2013

2.5.13

La horca de los días... Vladimir y Estragón charlan

Esperando a Godot. A veces me pregunto por el secreto de esta obra de Beckett, a la que vuelvo de vez en cuando. A partir de una anécdota nimia, tonta incluso, asistimos a unos diálogos insulsos y erráticos de dos hombres que esperan a un enigmático Godot. Pero tras esas palabras se yergue una cruel alegoría de la existencia humana, un desierto sin esperanza. Desposeída de anhelos y herida de muerte, la eterna espera se vuelve pregunta sin respuesta.
Vladimir y Estragón charlan, dicen y hacen tonterías, y en sus palabras, tan huecas, se abren abismos, ciénagas en las que -si nada lo remedia- parece inevitable hundirse. (Las formas de la banalidad cambian con el tiempo, pero la banalidad es siempre la misma.) Las palabras de Vladimir y Estragón dicen lo que dicen, y lo dicen sin mayores pretensiones, y acaso por eso acaban trascendiendo su escueto significado.

Lars Svendsen escribe en su Filosofía del tedio:

Cuando esperamos, la espera tiene un objetivo. De hecho, esperamos algo. Sin embargo, en Beckett, la espera no tiene meta alguna y, si bien los personajes de sus textos no siempre son conscientes de que su espera es vana y sin objeto, sí lo es el lector. Se trata de una espera de algo que jamás llegará.

Y añade más adelante:

Quedarse esperando un instante que no llegará jamás, en un mundo de inmanencia, carente por completo de exterior: eso es el tedio llevado a sus últimas consecuencias.

Y Beckett supo, sin duda, plasmar la exacta radiografía de ese tedio.



ESTRAGÓN . ¿Adónde iremos?

VLADIMIR. No muy lejos.

ESTRAGÓN . ¡No, no, vámonos lejos de aquí!

VLADIMIR. No podemos.

ESTRAGÓN. ¿Por qué?

VLADIMIR. Tenemos que volver mañana.

ESTRAGÓN. ¿Para qué?

VLADIMIR. Para esperar a Godot.

ESTRAGÓN. Es verdad. (Pausa.) ¿No ha venido?

VLADIMIR. No.

ESTRAGÓN. Y ahora ya es demasiado tarde.

VLADIMIR. Sí, es de noche.

ESTRAGÓN. ¿Y si lo dejamos correr? (Pausa.) ¿Y si lo dejamos correr?

VLADIMIR. Nos castigaría. (Silencio. Mira el árbol.) Solo el árbol vive.

ESTRAGÓN. (Mirando el árbol.) ¿Qué es?

VLADIMIR. EI árbol.

ESTRAGÓN. No, ¿qué clase de árbol?

VLADIMIR. No sé. Un sauce.

ESTRAGÓN. Vamos a ver. (Lleva a VLADIMIR hacia el árbol. Quedan inmóviles ante él. Silencio.) ¿Y si nos ahorcáramos?

VLADIMIR. ¿Con qué?

ESTRAGÓN. ¿No tienes un trozo de cuerda?

VLADIMIR. No.

ESTRAGÓN. Pues no podemos.

VLADIMIR. Vámonos.

ESTRAGÓN. Espera, podemos hacerlo con mi cinturón.

VLADIMIR. Es demasiado corto.

ESTRAGÓN. Tú me tiras de las piernas.

VLADIMIR. ¿Y quién tirará de las mías?

ESTRAGÓN. Es verdad.

VLADIMIR. De todos modos, déjame ver. (ESTRAGÓN desata la cuerda que sujeta su pantalón. Éste, demasiado ancho, se le cae sobre los tobillos. Miran la cuerda.) Yo creo que podría servir. ¿Resistirá?

ESTRAGÓN. Probemos. Toma.

(Cada uno coge una punta de la cuerda y tiran. La cuerda se rompe. Están a punto de caer.)

VLADIMIR. No vale.

(Silencio.)

ESTRAGÓN. ¿Dices que tenemos que volver mañana?

VLADIMIR. Sí.

ESTRAGÓN. Pues nos traeremos una buena cuerda.

VLADIMIR. Eso es.

(Silencio.)

ESTRAGÓN. Didi.

VLADIMIR. ¿Qué?

ESTRAGÓN. No puedo seguir así.

VLADIMIR. Eso es un decir.

ESTRAGÓN. ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor.

VLADIMIR. Mañana nos ahorcaremos. (Pausa.) A menos que venga Godot.

ESTRAGÓN. ¿Y si viene?

VLADIMIR. Nos habremos salvado.

(VLADIMIR se quita el sombrero –el de LUCKY–, mira el interior, pasa la mano por dentro, lo sacude y se lo vuelve a poner.)

ESTRAGÓN. ¿Qué? ¿Nos vamos?

VLADIMIR. Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN. ¿Qué?

VLADIMIR. Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN. ¿Que me quite los pantalones?

VLADIMIR. Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN. Ah, sí, es cierto.

(Se sube los pantalones. Silencio.)

VLADIMIR. ¿Qué? ¿Nos vamos?

ESTRAGÓN. Vámonos.

(No se mueven.)

 


Samuel Beckett, Esperando a Godot
[Traducción de Pedro Barceló (1960). He sustituido algunas palabras y frases, tomándolas de la traducción de Ana María Moix (1970)]