Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Mostrando entradas con la etiqueta Usos y costumbres. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Usos y costumbres. Mostrar todas las entradas

2.5.12

De tacos (y tacas)

Paseo apaciblemente por la calle recoleta y se me clava en los oídos esta frase:

―¡A mí me toca los güevos!

La profiere una mujer de mediana edad, guapa y furibunda; se la endilga al hombre que la acompaña, y es de suponer que se refiera a un tercero.

Sigo mi camino, giro a la izquierda, y en la breve calle dedicada a quien fuera buen vasallo, si oviesse buen señor, atisbo, en la salida de un aparcamiento, a dos mujeres y a un hombre, jóvenes los tres, que discuten mientras fuman (o viceversa, aunque no sea lo mismo, como bien sabe cualquier aprendiz de jesuita).

Una de las jóvenes, de impreciso rostro y vibrante voz, proclama a mi paso:

―¡Estoy hasta la polla!

Cabizbajo, prosigo mi camino, pensando en la rotunda refutación de cierto feminismo, en lo que a palabrotas se refiere (incluso dejando de lado la parla adolescente, tan genitalísima). Hoy por hoy, si alguna mujer dijera: ¡No me sale de los ovarios!, fórmula propugnada antaño, sonaría tan cursi, relamido y fofo como si dijera ¡córcholis! mientras se golpea el dedo con un martillo. Está visto: aquí, en lo tocante a tacos, lo que sigue mandando, y cada vez más entre mujeres, son los cojones y la polla. ¡Bendito sea Dios!

Indócil es el habla, y no se deja domeñar. Cada quien elige sus palabras, y no hay decreto que se lo impida.

23.4.12

“La armadura del buen gusto, ó el corse”

No hay día que no sea nuevo. Siempre aprendemos algo, aunque olvidemos más. No son ríos, sino cauce, nuestras vidas. 
El corsé

LA ARMADURA DEL BUEN GUSTO, Ó EL CORSE

Lector mira esas figuras, 
que son criticas morales; 
y retratos vien cabales 
de vanidosas locuras. 
Ese Joben a infinitos 
en el dia Representa, 
que lleban errada cuenta, 
por parecer puliditos, 
con sus locos kalendarios
resultan muchos perjuicios;
pues son fomentos de vicios, 
y martires boluntarios. 
El criado a incapie tirando
ajusta bien el corsé:
sabe muy bien el porque
pero se burla callando.
A hombres afeminados 
miramos en nuestros dias.
pués todas sus valentias 
son por berse acicalados.
Bestid (jovenes pudientes) 
sin tretas artificiales;
y creed que prendas morales 
son los trajes mas decentes.

[Talla dulce, iluminada. 19 x 22,4 cm.]

27.2.12

Literatura y vida: uno y lo mismo

Dondequiera que la presencia de la mujer es difícil, onerosa o perjudicial, ya sea en la alcoba del soltero, ya en el campo de concentración, el empleo de Plastisex © es sumamente recomendable. El ejército y la marina, así como algunos directores de establecimientos penales y docentes, proporcionan a los reclutas el servicio de estas atractivas e higiénicas  criaturas.

Así hablaba Juan José Arreola  en el cuento titulado “Anuncio” (Confabulario, 1952). Y pudiera decirse que por su boca hablaba la literatura.

Pero para saber lo que habla la vida quizás sea necesario escuchar al señor Nakamura, japonés de hoy día. Escuchar las pulcras razones y observar los sabios movimientos que realiza en el impactante documental emitido anoche por La 2: El imperio de los “sinsexo”. (Va del minuto 23:00 al 26:24.) Como colofón a sus razones, el señor Nakamura lanza una soprendente recomendación: … por eso les recomiendo que pongan una muñeca en su vida en lugar de una mujer de carne y hueso. Nakamura dixit.(No obstante, conviene recordar que no es placer para pobres el que procura la sicalíptica muñeca: a 10.000 € se cotiza la pieza. Más barato resulta sin duda el artilugio para masturbar varones, cuya funcionamiento explica un sonriente jovencito, minutos antes de las explicaciones del señor Nakamura.)

21.11.09

El misterio de lo cotidiano

Día templado. El sol atraviesa, tímido, las nubes. La mirada, a diferencia de los días de batalla, se vuelve lenta, apacible, minuciosa. No es aún la fijeza, la mística mirada dominical, pero qué lejos queda la ansiosa mirada del lunes, la acuciante mirada del martes, la incierta mirada del miércoles, la cansada mirada del jueves, la torpona mirada del viernes... No, no es aún la mirada silenciosa y meditativa de los domingos de otoño. Es apenas su preludio sabatino. Una mirada que empieza a ver cosas que cualquier otro día no vería. Cosas anodinas o sorprendentes, según la ingenuidad del observador, pero que dibujan una sonrisa en el rostro del día. Por ejemplo, ver a un payaso tirando de un carrito, que empieza a desvertirse al lado de un coche (lo primero que se quita es la bola de la nariz), luego el chaleco... Dejo de mirar, por pudor. Que nadie vea en lo del payaso más cera de la que arde: hay un circo cerca de donde lo vi.)

Prosigo mi paseo, y  veo a lo lejos algo típicamente madrileño: un taxista orinando. No sé cómo se las apañan para orinar los taxistas de otras latitudes: en Madrid es tradición abrir la puerta del acompañante, escudo protector de las miradas, apoyar el antebrazo derecho y usar la mano izquierda como lazarillo, según es norma. (Esto vale para los de orinar zurdo, es decir, los diestros, que son mayoría; pero ignoro si los verdaderamente zurdos proceden parapetándose tras la puerta del conductor, y apoyando el antebrazo izquierdo, y... etc.)

Al cabo de un rato, me siento en un banco, atraído -¡o manes cervantinos!- por un suplemento dominical abandonado; y me solazo leyendo un sabroso artículo sobre los premios literarios...

Tras un paseo de tanta enjundia antropológica, volví a casa más contento que unas castañuelas, aunque sin dejar de pensar en esos pequeños misterios de lo cotidiano, que sólo gozamos cuando no vamos ciegos por la vida, ni esperamos grandes cosas de la realidad.

24.9.09

Mear en la ducha (Scherzo)

El protagonista de una de las novelas más famosas de Kundera tenía la costumbre de orinar en el lavabo. No recuerdo sus razones, pero seguro que las tenía. Acaso era su manera de rebelarse contra el sistema comunista. Si orinaba en el lavabo no era por el mero placer de hacerlo.
Ahora me entero de que una ONG brasileña recomienda que se mee en la ducha, no por el mero placer hacerlo, sino para ahorrar agua: 4.000 litros por persona y año. Eso, pienso, si uno no cambia sus hábitos en lo que al ducharse se refiere, es decir, si solo mea en la ducha cuando se duche, y no si se ducha cada vez que sienta deseos de mear. Esto me recuerda el quiasmo jesuítico: no se puede fumar mientras se reza, pero sí se puede rezar mientras se fuma.
No sé donde, creo que en el Eclesiastés, se afirma que el número de los necios es infinito. No temamos aburrirnos mientras nos dure la vida. Y si meamos en la ducha, que sea por nuestro placer, y en loor de nuestra vejiga.

27.2.09

El teléfono móvil y el don de la ubicuidad

Uno no elige lo que oye. ¡Si fuera tan fácil! Y lo que uno oye (en la calle, en el metro, donde sea…) es algo que no podemos dejar de oír. En su novela El loro de Flaubert, Julian Barnes se explaya en sabrosas digresiones acerca de lo que significó la aparición del teléfono en las costumbres y en la literatura. El teléfono permitía que la voz saltara por encima de mares y océanos, favorecía los amores clandestinos, derrotaba las distancias, aunque nos mantuviera anclados a un punto fijo. Sólo con la llegada del teléfono móvil fue posible alcanzar algo parecido al don de la ubicuidad. El móvil derrotó al espacio. Sus usuarios ya no están anclados a un lugar. Y eso abre múltiples posibilidades, incluso a la mentira: “Oh, sí, perdona, es que estoy en Málaga… cuando vuelva te lo enviaré.” ¡Y está en Navalcarnero! Es decir, puede uno estar donde no está, y no estar donde esta. Esa es la libertad que el móvil procura. Y como triste secuela, desplaza los asuntos, los desubica, los expande por la vasta geografía. Y así, no es raro oír en el autobús, o en el metro ―¡también en el metro, dios!― una conversación profesional, o íntima, o declaradamente tonta. La intimidad sentimental es, sin duda, más golosa, para el forzado auditor, que la profesional, que abruma sin deleitar, pero desgraciadamente no está en nuestras manos elegir los temas. Porque de oírlos no nos libra nadie: la mayoría de la gente, cuando habla por teléfono, perora. Acaso sea un resabio escéptico ante el poder de la técnica. Y si bien produce pudor ser testigo de la conversación de dos o más personas, y uno procura distraerse, lo cierto es que cuando nos encontramos ante una conversación en la que solo oímos hablar a uno, la cosa se convierte en espectáculo, y es fácil entonces dejarse arrastrar al lodo de intimidad de quien habla de su vida como si estuviera a solas consigo mismo. Tal vez porque las grandes confidencias son más fáciles ante desconocidos…