21.11.09

El misterio de lo cotidiano

Día templado. El sol atraviesa, tímido, las nubes. La mirada, a diferencia de los días de batalla, se vuelve lenta, apacible, minuciosa. No es aún la fijeza, la mística mirada dominical, pero qué lejos queda la ansiosa mirada del lunes, la acuciante mirada del martes, la incierta mirada del miércoles, la cansada mirada del jueves, la torpona mirada del viernes... No, no es aún la mirada silenciosa y meditativa de los domingos de otoño. Es apenas su preludio sabatino. Una mirada que empieza a ver cosas que cualquier otro día no vería. Cosas anodinas o sorprendentes, según la ingenuidad del observador, pero que dibujan una sonrisa en el rostro del día. Por ejemplo, ver a un payaso tirando de un carrito, que empieza a desvertirse al lado de un coche (lo primero que se quita es la bola de la nariz), luego el chaleco... Dejo de mirar, por pudor. Que nadie vea en lo del payaso más cera de la que arde: hay un circo cerca de donde lo vi.)

Prosigo mi paseo, y  veo a lo lejos algo típicamente madrileño: un taxista orinando. No sé cómo se las apañan para orinar los taxistas de otras latitudes: en Madrid es tradición abrir la puerta del acompañante, escudo protector de las miradas, apoyar el antebrazo derecho y usar la mano izquierda como lazarillo, según es norma. (Esto vale para los de orinar zurdo, es decir, los diestros, que son mayoría; pero ignoro si los verdaderamente zurdos proceden parapetándose tras la puerta del conductor, y apoyando el antebrazo izquierdo, y... etc.)

Al cabo de un rato, me siento en un banco, atraído -¡o manes cervantinos!- por un suplemento dominical abandonado; y me solazo leyendo un sabroso artículo sobre los premios literarios...

Tras un paseo de tanta enjundia antropológica, volví a casa más contento que unas castañuelas, aunque sin dejar de pensar en esos pequeños misterios de lo cotidiano, que sólo gozamos cuando no vamos ciegos por la vida, ni esperamos grandes cosas de la realidad.

20.11.09

*Los tres Machado: una nota y dos retratos




EL OTRO POETA / Manuel sintió por la obra de Antonio, una tan grande y noble admiración, que no creo haya sido superada por nadie. Nada le satisfacía tanto como los éxitos de su hermano.
La vida de estos dos poetas estuvo siempre tan ligada, que uno de los principales motivos que aceleraron la muerte de Antonio fue la inevitable y forzosa ausencia de Manuel.
En cuanto a la obra poética de ambos -en la lírica y en el teatro- día llegará en que los que la estudien a fondo se encuentren, acaso sorprendidos, con las raíces de un mismo árbol, no obstante parecer tan distintos en apariencia.
Con relación al valor de la labor literaria de cada uno -si ésta fuera posible- pensamos que pronto veríamos detenerse en el fiel la balanza. Y siendo esto verdad como lo es, no admitirán esta aseveración, ni los admiradores de uno ni los de otro, esto es lo español, pero... [1940]
JOSÉ MACHADO, Últimas soledades del poeta Antonio Machado (Recuerdos de su hermano José). Forma Ediciones, Madrid, 1977.

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RETRATO
Esta es mi cara, y esta es mi alma: leed.
Unos ojos de hastío y una boca de sed...
Lo demás... Nada... Vida... Cosas... Lo que se sabe...
Calaveradas, amoríos... Nada grave.
Un poco de locura, un algo de poesía,
una gota del vino de la melancolía...
¿Vicios? Todos. Ninguno... Jugador, no lo he sido;
ni gozo lo ganado, ni siento lo perdido.
Bebo, por no negar mi tierra de Sevilla,
media docena de cañas de manzanilla.
Las mujeres... -sin ser un Tenorio, ¡eso no!-
tengo una que me quiere, y otra a quien quiero yo.

Me acuso de no amar sino muy vagamente
una porción de cosas que encantan a la gente...
La agilidad, el tino, la gracia, la destreza,
más que la voluntad, la fuerza y la grandeza...
Mi elegancia es buscada, rebuscada. Prefiero
a lo helénico y puro lo "chic" y lo torero.
Un destello de sol y una risa oportuna
amo más que las languideces de la luna.
Medio gitano y medio parisién -dice el vulgo-
con Montmartre y con la Macarena comulgo...
Y, antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero.

Es tarde... Voy de prisa por la vida. Y mi risa
es alegre, aunque no niego que llevo prisa.
MANUEL MACHADO, frontis de Alma. Garnier Hermanos, París, s.f. (Pertenece al libro El mal poema.)


RETRATO
Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

Ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido
-ya conocéis mi torpe aliño indumentario;-
mas recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas pueden tener de hospitalario.

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina;
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.

Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la Luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.

¿Soy clásico, o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada,
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.

Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien habla solo, esperar hablar a Dios un día;-
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo; con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último vïaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
ANTONIO MACHADO, Páginas escogidas, Casa Editorial Calleja, Madrid, 1917. 

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

19.11.09

El yo de Napoleón


Aunque resulte extraño, Léon Bloy era un devoto de Napoleón. Hasta el punto de dedicarle una hagiografía turbadora: El alma de Napoleón, en la que, además de considerarle instrumento divino, queda de manifiesto su odio visceral, y su inquina espiritual, hacia la “vieja bribona”, Old England. Bloy consideraba que Inglaterra no sólo era la enemiga natural de Francia, era también su enemiga sobrenatural. Llegados a este punto, dejemos que Bloy se explique: su prosa despide rayos y atruena:
Hacía cerca de tres siglos –antes de que, bajo la faldas de la odiosa Isabel, se desencadenaran los demonios impuros del mercantilismo protestante-, el padre de esta yegua coronada, el polígamo Enrique VIII, no había tenido que hacer más que un gesto para que toda Inglaterra, llamada en otro tiempo la Isla de los Santos, renegara de la Iglesia. Vergüenza mayor e inicial de ese reino consagrado a Satán por un amo amasado de barro, impaciente ante una autoridad religiosa que se oponía a su libertinaje. Instantáneamente la libre Inglaterra apostató y de tanta mejor gana cuanto que el rey concedía magníficamente los bienes de los obispados y de los monasterios a sus criados sumisos. Hubo mártires, pero en pequeño número. Esto mientras Francia convulsa de horror luchaba ferozmente contra la herejía y se preparaba a combatirla cincuenta años por todos los medios, hasta la abjuración tal cual de otro lascivo obligado a aceptar la misa para reinar sobre la progenitura espiritual de san Dionisio y de san Martín.
La libertad inglesa le parece a Bloy un lugar común. ¿Qué nación hay más esclava de sus prejuicios religiosos y políticos -se pregunta retóricamente-, de sus instituciones, de sus fariseísmos diabólicos, de su orgullo insuperable y sin compasión? Bloy lamenta en ese libro que la historia de Napoleón sea la más ignorada de las historias; lamenta que sólo nos quede su nombre, su prodigioso nombre: Napoleón, el hombre a quien considera el rostro de Dios en las tinieblas.
Una frase de Napoleón, que cita el conde de Las Cases en su Memorial de Napoleón en Santa Elena,  me ha traído al recuerdo el furibundo libro de Bloy: en esa frase se deja ver el orgullo del león herido. Después de huir de la isla de Elba, después de los “cien días” en que en vano intentó recuperar lo perdido, después de la derrota de Waterloo, el Emperador se entrega a los ingleses. Ahora, en la rada de Plymouth, a bordo del Bellérophon, espera su deportación a Santa Elena. Napoleón se pregunta si será soportable allí la vida. Y se reafirma en su libertad: "¿Puede un hombre ser dependiente de sus semejantes, cuando quiere dejar de serlo?" Según Las Cases, Napoleón está sereno, afectado y distraído. Menciona el suicidio de pasada. Ningún principio moral se lo prohíbe. Las penas del otro mundo no le arredran. Las Cases protesta: un hombre de su genio no puede rebajarse al nivel de las almas vulgares: "Quien nos había gobernado con tanta gloria, quien había provocado la admiración y hecho los destinos del mundo, no podía acabar como un jugador desesperado o un amante engañado. ¿Qué sería entonces de todos los que creían, los que tenían puesta su esperanza en él?"
El Emperador se pregunta qué podrán hacer en Santa Elena, ese isla perdida. Las Cases le conforta. Vivirán del pasado; se encuentran en él suficientes motivos de satisfacción: "¿No gozamos de la vida de César, de la de Alejandro? Poseeremos algo mejor, ¡os releeréis, sire!" Napoleón está de acuerdo: escribirán sus memorias; trabajarán, porque el trabajo, según Napoleón, también es la guadaña del tiempo. Y, además, porque hay que cumplir el propio destino. Ésa es su gran doctrina. ¡Que se cumpla, pues!
En el Bellérophon, sin ninguna convicción, firma un escrito redactado por Las Cases en el que protesta por el trato recibido: “Vine libremente a bordo del Bellérophon; no soy prisionero, soy el huésped de Inglaterra.” Y añade para el futuro: “Apelo a la historia: ella dirá que un enemigo, que hizo durante veinte años la guerra al pueblo inglés, vino libremente, en su infortunio, a buscar un asilo bajo sus leyes; ¿qué prueba más manifiesta podía darle de su estimación y de su confianza? ¿Pero cómo se respondió, en Inglaterra, a tal magnanimidad? Se fingió tender una mano hospitalaria a ese enemigo; y cuando él se entregó de buena fe, se lo inmoló.” Es la voz del derrotado. Firma: Napoleón.
El 7 de agosto de 1815 ya están a bordo del Northumberland. Como el gobierno inglés considerara excesivo el respeto que se le había tributado a bordo del Bellérophon, dicta órdenes para que se le trate con severidad. Y no se le reconoce otro rango que el de general. Y como tal, un simple general, es tratado. Un día, en un arrebato de mal humor, Las Cases le oye decir, con expresión enérgica, la frase que me recordó a Bloy: “Que me llamen como quieran, que no me impedirán ser yo.”
__________________
Léon Bloy, El alma de Napoleón. Traducción de Aurelio Garzón del Camino. Fondo de Cultura Económica, México, 1986.
Conde de Las Cases, Memorial de Napoleón en Santa Elena. Traducción de Aurelio Garzón del Camino. Fondo de Cultura Económica, Madrid, 2003.

18.11.09

*Quevedo: Migajas sentenciosas (y 2)







Miserable siglo donde no se atreven a salir del pellejo los corazones.


***
La amistad, suave servidumbre, suave señorío.


***
Última filosofía humana, disponerse a todo lo que viniere.


***
No hay vida ni estado seguro en esta vida.


***
Palabras sin verdad, paja sin grano.


***
Tal fragua ni tan violenta no la hay como la de un ánimo encendido en pasión.


***
Muchas veces se da prisa el daño propio.


***
El que no pone los pies en tierra antes que le lleven a ella, puede temer no le cierren los ojos antes que los abra.


***
Hay amigos Febreros, con mil variedades, y aun Marzos con mil vueltas y Agostos que toman con calor las cosas de sus amigos.


***
En el mundo hacer mal y hacer bien tienen igual peligro.


***
Donde hay poca justicia es gran peligro tener razón.


***
Al que hace lo que debe, su verdad le basta.
FRANCISCO DE QUEVEDO (1580-1645), Migajas sentenciosas. (Obras completas, tomo I. Obras en prosa.) Aguilar, Madrid, 1966.
Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

17.11.09

Dudas sobre la esencia

Caminaban por la acera, frente a mí. Eran dos mujeres; una, anciana, blanca, casi nívea; otra, joven aún, casi negra, bruna, empujaba un carrito con un niño, mulato.

El parentesco era evidente. Al cruzarme con ellas, oí decir a la más joven:

-Yo lo conocí siendo bueno, pero aho...

Como no alcancé a escuchar nada más, deduje de ese pero una gran duda sobre la esencia.  

16.11.09

Breve noticia de Dimas Mas


Conozco a Dimas Mas desde antes de nacer. Antes de nacer ¿quién?, me preguntaría él enseguida. Porque en punto a cuestiones lingüísticas, Dimas Mas es muy puntilloso: le gusta poner los puntos sobre las íes, incluso sobre la Í mayúscula, con lo que afea la estética. Digo que le conocí antes de nacer, porque Dimas Mas es un seudónimo, y a quien yo conocía era a su creador, cuyo nombre guardo a buen recaudo. Creo que era Juan Ramón Jiménez quien se burlaba del uso del seudónimo por los escritores en lengua española. Se preguntaba el genial y superferolítico poeta para qué sirve el seudónimo si todo el mundo conoce el nombre del autor. ¿Azorín? Sí, José Martínez Ruiz. (Y tiene delito lo de Azorín: robar el apellido a un personaje, hurtándole de paso el nombre de pila.) Con el Fígaro que cantaba las cuarenta en la prensa de los años 30 del XIX, pasa otro tanto: Mariano José... Sí, el mismo. El seudónimo de Dimas Mas lo dice todo: aliterativo, lúdico, conyugal. A veces he pensado que el "Mas" debiera llevar llevar acento, para añadirle resonancias cuantitativas, porque lo cierto es que Dimas es Más. Más en todo: pertinaz en la acción, envidiable en la devoción literaria, liberal en la generosidad, universal en sus intereses.
En los ratos que le deja libre la escritura, la persona que sustenta a Dimas Mas se dedica a vivir, y su vida es capaz de llenar muchas vidas. De lo muchísimo que ha escrito, Dimas Mas sólo ha publicado una mínima parte, pero significativa. El próximo día 19, en el IES Milà i Fontanals (Pl. Folch i Torres, s/n, Barcelona, a las 19:00 horas), se presentará su última novela: Marcela y el narrador errante (Nivolilla),  publicada por Ediciones Oblicuas: novela juvenil, de resonancias vagamente unamunianas en el planteamiento. En esta novela, Dimas Mas cuenta una historia sencilla y, a la vez, singular: un domingo, la rutina familiar se ve alterada cuando una voz (delicada, amable, suave, aterciopelada, calma, serena y acariciadora, escribe el narrador) se manifiesta a Marcela, la hija pequeña, para contarle su historia, la de Marcela. Aparece así el narrador errante, personaje invisible cuyo único saber consiste en contar historias. Lo mismo que mi padre, el escritor -dice la niña al narrador errante-, que se pasa la vida en tratos con ellas, aunque nunca nos las lee a sus hijos. La aparición de la voz despierta en Marcela la queja que guarda oculta: su padre, que escribió una historia para su hermano, Lucas, aún no había escrito la que le prometió a ella. Y, lo mismo que en el clásico soneto, Lope de Vega describe cómo se hace un soneto al mismo tiempo que lo va escribiendo, esta novela se escribe a cuenta de una novela pendiente de escribir, y sazonada con unos diálogos transparentes en los que la fronteras entre la fantasía y la realidad desaparece, hasta el punto de que la fantasía se integra en la realidad tangible, tan tangible como puedan serlo las cosas de este mundo, incluidos los personajes novelescos que representan a seres de carne y hueso.  

15.11.09

Beodo en lengua extraña

A esas horas de la mañana, el supermercado estaba casi vacío. Mientras la mujer estaba echando un vistazo a los vinos, se le acercó un gigante, un presunto polaco, un oliente borracho, a preguntarle por la diferencia entre los calamares y los mejillones. (¡Bonita pregunta! ¡De supermercado!) El olor a vomitona echaba para atrás, el equilibrio del armario con patas era un puro desafío. Dijo que se bebió una botella de vino y que, tras reñirle una mujer, había vomitado. Ahora se quejaba del estómago. La mujer interpelada le mostró las fotografías de las cajas para que reconociera lo que buscaba. Como se puso en plan de perrito faldero, una empleada salió al quite, y le invitó a marcharse. Se fue, si, pero no sin antes agenciarse un brik de vino.
Se cuenta que Philippe Soupault, un surrealista de la primera hora, emprendió una de esas pesquisas que trataban de explorar las leyes del azar. Con absoluta seriedad, iba casa por casa, preguntando: ¿Vive aquí Philippe Soupault? No pasó mucho tiempo antes de que encontrara una casa en la que, efectivamente, vivía Philippe Soupault. Y no era la casa de Philippe Soupault.
Acaso el presunto polaco fuera surrealista sin saberlo, pero en cualquier caso su pregunta era de más enjundia que la de Philippe Soupault, tan simple, tan de sí o no, tan incapaz de desarmar al interrogado.