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23.9.13

Una cita de Horacio


Nosotros y nuestras obras

nos debemos a la muerte.


Horacio, Poética

15.9.13

Un poema de José Antonio Muñoz Rojas (y una apostilla ortográfica)

VII

Ahora que lo pienso bien
lo que me pasa es lo que no me pasa.
Qué es lo que me pasa, Dios mío?
Que no me pasa nada. Por eso
me quedo así, sin hacer nada.
Sabes lo que haces, o lo que dices
cuando dices, sin hacer nada?
Puede no hacerse nada? Sería
nada, lo que tú haces, Dios mío?
Nadie y nada. Es eso todo?


José Antonio Muñoz Rojas, Objetos perdidos
Valencia: Pre-Textos, 19982.

Apostilla ortográfica

Recuerdo que leyendo un libro de prosa nerudiana —¿Una casa en la arena?— (los signos de interrogación no forman parte del título, son expresión de mi duda) me llevé algunos chascos: al final de renglones nítidamente afirmativos solía toparme con un ? que hacía tambalear a la frase recién leída y trocaba lo hasta entonces afirmado en sorpresiva interrogación.
No sé si es esnobismo, tontería o descuido lo que lleva a ignorar el genio de una lengua que, a diferencia de otras, suele exigir, por mor de la claridad, poner los dos signos de interrogación para saber desde el principio la intención de la frase.
Leyendo este breve poema de Muñoz Rojas, delicioso poema de metafísica cotidiana, también me he llevado algún chasco, casi imperceptible por la rapidez con que las supuestas afirmaciones se convierten en preguntas. Parece como si en el fondo del poema latieran dos lecturas posibles: una afirmativa, interrogativa otra. Según la primera, obviando la imprevisible interrogación final, podría leerse, por ejemplo: “puede no hacerse nada”; según la segunda, sospechando la apertura de la interrogación, cabría una pregunta candente: “[¿]puede no hacerse nada?
Y cabe, asimismo, ensayar una tercera lectura, entreverada de afirmaciones a medias e interrogaciones por sorpresa, una lectura en la que pronto se duda de cuanto parece afirmarse.
Que estas minucias (insignificantes?, significativas?) no impidan disfrutar del poema. Remedando a su autor, y volteando el último verso, concluyo con una frase que sabe a infancia: Eso es todo, amigos.

11.9.13

Adiós a la política: el ejemplo alemán o la emoción profunda (Un texto de Safranski)

La toma del poder por parte de Hitler desató un estado de ánimo revolucionario en el momento en que se notó con espanto, pero también con admiración y alivio, que los nazis pretendían efectivamente triturar el sistema de Weimar, apoyado solamente por una minoría. Hubo manifestaciones sobrecogedoras del nuevo sentimiento de comunidad, juramentos de masas bajo catedrales luminosas, fuegos de campamento en las montañas, discursos del Führer en la radio, mientras la gente se congregaba con sus vestidos estivales para escucharlo en las plazas públicas, en el aula de la universidad y en las cervecerías, así como cantos corales en las iglesias para celebrar la toma del poder. Es difícil reproducir el temple de ánimo de aquellas semanas, escribe Sebastian Haffner, que lo experimentó en persona. Esa disposición de ánimo constituía la auténtica base del poder para el futuro Estado del Führer. «Era un sentimiento muy ampliamente difundido de redención y liberación de la democracia, no puede decirse de otra manera.» Este sentimiento de alivio por el final de la democracia no se limitaba a los enemigos de la República. Incluso la mayoría de sus adictos no le atribuían la capacidad de hacer frente a la crisis. Era como si se hubiese disuelto un hechizo paralizante. Parecía anunciarse algo realmente nuevo: un gobierno del pueblo sin partidos y con un caudillo, del cual se esperaba que hiciera nuevamente de Alemania una nación unida en el interior y segura de sí misma hacia el exterior. Parecía cumplirse finalmente la añoranza de una política apolítica. La política había sido para la mayoría un asunto de altercados de partidos y de egoísmo. Heidegger había expresado el resentimiento contra la política cuando adjudicó toda esta esfera al «uno» y a las «habladurías». La política era considerada una traición a los valores de la verdadera dicha: dicha familiar, espíritu, fidelidad, valor. «Un hombre político me resulta repugnante», había escrito ya Richard Wagner. El afecto antipolítico no quiere avenirse con el hecho de la pluralidad de los hombres, sino que busca el gran singular: el alemán, el pueblo, el trabajador, el espíritu.

Lo que había quedado de prudencia política perdió todo crédito de la noche a la mañana; y lo que ahora contaba era la emoción profunda.  [La cursiva es mía.]


Rüdiger Safranski, Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán
Barcelona: Tusquets, 2009
Traducción de Raúl Gabás

2.9.13

Regreso a *La velada en Benicarló*

¡Cuídate, España, de tu propia España!
CÉSAR VALLEJO, España, aparta de mí este cáliz

España es el único país que se clava su propio aguijón.
GARCÉS (personaje de La velada en Benicarló)

¿Qué se han hecho los españoles unos a otros para odiarse tanto?
MORALES (personaje de La velada en Benicarló)

De vez en cuando releo, guiado por el azar, alguna página de La velada en Benicarló, de Manuel Azaña, memorable diálogo sobre la guerra de España, como reza el subtítulo de la edición príncipe*; lectura ineludible que desvela, en tantos sentidos, la historia íntima de la guerra civil y sus prolegómenos.

imageEn la nota preliminar (de mayo del 39), Azaña afirma que escribió ese diálogo en Barcelona, «dos semanas antes de la insurrección de mayo de 1937». Aunque nadie lo sospechara entonces, aún pasarían dos años antes de que acabara la guerra. En esa nota, Azaña resume lo que encontrará el lector:

No es el fruto de un arrebato fatídico. No era un vaticinio. Es una demostración. Exhibe agrupadas, en formación polémica, algunas opiniones muy pregonadas durante la guerra española, y otras, difícilmente audibles en el estruendo de la batalla, pero existentes, y con profunda raíz... Los personajes son inventados. Las opiniones y, como se dice, el “estado de espíritu” revelado por ellas, rigurosamente auténticos...

Y, como es lógico, en el trasfondo de ese intercambio de opiniones (del que están ausentes las de anarquistas, comunistas y nacionalistas) pulula el angustioso deseo de comprender y explicar la terrible realidad presente, con alguna apelación a la historia y el asedio a la metafísica pregunta sobre el ser de España. (“No hay un ser, España, diferente de la suma de los españoles”, sostiene Garcés, exministro.)

La velada en Benicarló se publico en 1939 en Buenos Aires (Losada), y ese mismo año apareció la traducción francesa, debida a Jean Camp, y supervisada por Azaña. Si el diálogo no cosechó aplausos entre los exiliados, sin duda espoleó rencores. El mismo año de su publicación —año de la victoria, para unos; y de la derrota, para otros—, Joaquín Arrarás, un vencedor, trazó un feroz retrato de Azaña y su circunstancia:

Engendro espurio elevado a la más alta magistratura de una República abyecta por un sufragio seudodemocrático corrompido y corruptor. Digamos, para ser exactos, que Azaña era el aborto de logias e Internacionales a quien correspondía la presidencia genuina de la República del Frente Popular, oruga repulsiva de la España roja, la de las matanzas y las checas, la de las refinadas crueldades satánicas.
(Memorias íntimas de Azaña con anotaciones de Joaquín Arrarás. Madrid: Ediciones Españolas, 1939.)

Leyendo La velada en Benicarló no es posible evitar la sospecha de que el presidente de la República (o el autor del libro, si cabe disociarlos) desconfiaba de la victoria, fuera cual fuera el resultado de la guerra. De lo que no cabe duda, es de su recelo hacia algunos “defensores” de la República. Al margen del enfrentamiento bélico, la República estaba sitiada por muchos lados: en su seno albergaba fuerzas adversas e irreconciliables. Garcés, personaje en el que se ha visto un trasunto del propio Azaña, afirma:

Enumerados por orden de su importancia, de mayor a menor, los enemigos de la República son: la política franco-inglesa; la intervención armada de Italia y Alemania; los desmanes, la indisciplina y los fines subalternos que han menoscabado la reputación de la República y la autoridad de Gobierno; por último, las fuerzas propias de los rebeldes. ¿Dónde estarían ahora los sublevados de julio, si las otras tres causas, singularmente la primera, no hubiesen obrado a su favor?

En consonancia con lo dicho por Garcés, el historiador Antonio Domínguez Ortiz se refiere así al desplome de la República:

Las causas son conocidas y pueden resumirse en dos: insuficiente apoyo externo y falta de unidad interna. La República recibió ayudas, pero fueron más eficaces aquellas de las que se benefició Franco. Hizo un esfuerzo por superar la anarquía inicial, consiguió construir un ejército eficiente, pero sus gobiernos carecieron de la férrea autoridad que tuvo el de Francisco Franco.

Y, pese a las divisiones reinantes en el bando nacional (“la otra banda”, según expresión de Paquita Vargas -“del teatro”-, el único personaje femenino de la obra.),

a efectos prácticos, a efectos militares la unidad de mando se cumplió sin consentir la menor transgresión. ¡Qué contraste con lo que ocurría en la zona republicana!, divisiones, tensiones que al final desembocaron en las sangrientas jornadas de mayo de 1937 en Barcelona que significaron la destrucción de la CNT.
(Antonio Domínguez Ortiz: España. Tres milenios de Historia. Madrid: Marcial Pons, 2001.)

Para desbrozar las nieblas del pasado, y aventar los mitos que teje la distancia, este libro de un Azaña entreverado de intelectual y político resulta esclarecedor, y de alcance duradero, pese a ser obra de ficción, o quizás por eso. Y a estas alturas poco importa si Azaña pretendió justificarse ante el futuro, ya que la obra ha trascendido con creces a su autor. Al asomarnos a sus páginas siempre es posible descubrir algo que nos ayude a dilucidar nuestro presente, revenido presente en el que, de vez en cuando, las agujas del tiempo se detienen, como si nada fuera capaz de exorcizar las heridas del pasado…


* En la primera edición publicada en España (Castalia, 1981) figura: diálogo de la guerra de España. Disparidad de preposiciones. Pero más extraño es que la primorosa edición de Reino de Cordelia (2011), que incluye un amplio “epílogo gráfico” de Vicente A. Serrano, ostente este sorprendente subtítulo: Diario de la guerra de España.