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30.5.10

"Lo que debía ser conocido permanece ahora oculto" (Philippe Ariès y la historia de la muerte en Occidente)

La_historia_de_la_muerte_en_Occidente

Ha muerto o morirá: predicado universal de los nacidos. El incesante río de la vida y el eterno asedio de la muerte, siempre única, siempre distinta. Tan distinta como las disposiciones que la rodean, más cambiantes de lo que pudiera parecer: se afianzan nuevos hábitos, surgen creencias diferentes... Y ni siquiera resulta improbable la aparición de modas, más o menos peregrinas, más o menos pasajeras. 

Aunque en el fondo sea siempre lo mismo, el espectáculo de la muerte es variado. Y no debido tan sólo a que el morir sea una experiencia personal e intransferible... (Mueren los individuos, y la muerte -ficticia si no es acto- nunca muere).

En cada época y en cada lugar los ritos del morir son tan variados como las formas de vivir. Philippe Ariès nos ayuda a entender esa diversidad.

LUIS VALDESUEIRO

El moribundo no debía ser privado de su muerte. Además, tenía que presidirla. Así como se nacía en público, se moría en público; y no ya sólo el rey -según es bien conocido gracias a las célebres páginas de Saint-Simon sobre la muerte de Luis XIV-, sino cualquier persona. ¡Cuántos grabados y cuántas pinturas representan las escena! Desde el momento en que alguien "yacía en el lecho, enfermo", su habitación se llenaba de gente: padres, hijos, amigos, vecinos, miembros de las cofradías. Las ventanas y postigos permanecían cerrados. Se encendían los cirios. Cuando, en la calle, los transeúntes se encontraban con el sacerdote llevando el viático, la costumbre y la devoción querían que lo siguieran a la habitación del moribundo, incluso si no lo conocían. La cercanía de la muerte convertía la habitación del moribundo en una especie de lugar público. Se comprenden entonces las palabras de Pascal: "Moriremos en soledad", que han perdido para nosotros, hombres contemporáneos, gran parte de su fuerza, puesto que hoy en día se muere casi siempre en soledad. Pascal quería decir que, a pesar de la muchedumbre que se apiñaba alrededor del moribundo, éste estaba solo. Los médicos ilustrados de finales del siglo XVIII, que creían en las virtudes del aire, se quejaban mucho del mal hábito de invadir las habitaciones de los enfermos. Intentaban conseguir que se abrieran las ventanas, se apagaran los cirios y se hiciera salir a toda esa gente.

No hemos de creer que la asistencia en los últimos momentos era una costumbre piadosa impuesta por la Iglesia. Los sacerdotes ilustrados o reformados habían intentado, mucho antes que los médicos, poner orden en ese tropel con el fin de preparar mejor al enfermo para un final edificante. Desde las  artes moriendi del siglo XV, se recomendaba dejar al moribundo solo con Dios para que no se lo distrajera del cuidado de su alma. Todavía en el siglo XIX se daban casos de personas muy piadosas que, tras haberse inclinado hacia las prácticas consuetudinarias, solicitaban a los numerosos asistentes que abandonaran la habitación, con excepción del sacerdote, para que nada viniera a turbar su mano a mano con Dios. Pero se trataba en tales cosas de devociones ejemplares y raras. La costumbre quería que la muerte diera lugar a una ceremonia ritual en la que el sacerdote tenía un sitio, pero entre todos los participantes. El papel principal correspondía al moribundo mismo, que presidía casi sin tropiezos, pues sabía cómo conducirse, de tanto haber sido testigo de escenas semejantes. Llamaba uno a uno a sus padres, a sus familiares, a sus criados -"hasta a los más humildes", dice Saint-Simon al describir la muerte de la señora de Montespan-. Les decía adiós, les pedía perdón, les daba su bendición. Investido de una autoridad soberana -sobre todo en los siglos XVIII y XIX- por la cercanía de la muerte, daba órdenes y recomendaciones, incluso cuando el moribundo era una muchacha, casi una niña.

Hoy en día no queda nada ni de la noción que cada cual tiene o debe tener de que su fin se acerca, ni del carácter de solemnidad pública que tenía el momento de la muerte. Lo que debía ser conocido permanece ahora oculto. Lo que debía ser solemne, es eludido.

Se da por supuesto que el primer deber de la familia y del médico es el de ocultar a un enfermo desahuciado la gravedad de su estado. El enfermo nunca debe saber -salvo en casos excepcionales- que su fin se acerca. Las nuevas costumbres exigen que muera en la ignorancia de su muerte. No se trata ya sólo de un hábito puesto ingenuamente en uso: se ha convertido en una regla moral. Jankélévitch lo afirmaba sin ambages, en un reciente coloquio de médicos sobre ese tema: "¿Hay que mentirle al enfermo?" El mentiroso, declaraba, "es aquel que dice la verdad [...]. Yo estoy contra la verdad, apasionadamente contra la verdad [...]. Para mí existe una ley más importante que todas: la del amor y de la caridad". [V. Jankélévitch, Médecine de France, nº 177, 1966, pp. 3-16; véase también, del mismo autor: La Mort, París, Flammarion, 1966.] Entonces, ¿la hemos contravenido hasta el siglo XX, en tanto que la moral obligaba a informar al enfermo? Esta oposición nos da la medida de la extraordinaria inversión de los sentimientos y, a continuación, de las ideas. Pero, ¿cómo se produjo? Sería hablar a la ligera decir que, en una sociedad de la felicidad y del bienestar, no había ya sitio para el sufrimiento, la tristeza y la muerte. Es tomar el resultado por la causa.

PHILIPPE ARIÈS, Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días. Traducción de F. Carbajo y R. Perrin. Acantilado, Barcelona, 2000.

Presentación de Nuevas rimas de Bécquer


Miércoles 2 de junio de 2010 a las 19 h.


Auditorio del Museo del Romanticismo
(C/ Beneficencia 14, Madrid)

Presentación de Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer

Intervendrán:
Begoña Torres (directora del Museo del Romanticismo)
Luis Alberto de Cuenca (poeta y profesor del CSIC)
Ángel Guinda (poeta)
Luigi Maráez (poeta, música y escultor)
Agustín Porras (poeta y autor de los libros
La mosca becquerianaNuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer)

Actuación musical:
Luigi Maráez y Âlime Hüma

28.5.10

Baudelaire y el suicida

Baudelaire_por_Nadar

A veces me visita el recuerdo de un suicida. Un día (yo aún no había cumplido los once años) se propagó por el pueblo la lúgubre noticia: alguien había encontrado en el pinar a un hombre muerto. Muerto por propia mano, según todas las apariencias. Una pistola velaba su cadáver.

(Los años difuminan los recuerdos, aunque a veces ni la realidad es clara.)

Pese a todo, recuerdo un detalle inolvidable: el suicida guardaba en el bolsillo un poema escrito a mano. "El reloj" era su título; y un tal Baudelaire, su autor.

¡Quién puede sospechar los motivos del hombre! Acaso respondiera a la llamada del azar, o de la virtud, o del arrepentimiento, como indica la última estrofa del poema:

Tantôt sonnera l'heure où le divin Hasard,

Où l'auguste Vertu, ton épouse encore vierge,

Où le Repentir même (oh! la dernière auberge!),

Où tout te dira: "Meurs, vieux lâche! il est trop tard!"


Pronto sonará la hora en que el divino Azar, / y la augusta Virtud, tu esposa aún virgen, / incluso el Arrepentimiento (¡Oh postrer refugio!), / todo te dirá: "¡Es demasiado tarde, muere, viejo cobarde!"

(Traducción de Ana María Moix [1966])

El hombre, sin esperar más, acudió a la cita con la muerte, y su acto cumplió la sentencia del poema. O quién sabe qué oscuro designio dirigió su mano, la misma, sin duda, que copió los versos. 

Por aquel entonces, Baudelaire era para mí un nombre desconocido. Y, curiosamente, durante años oí hablar de él en la radio -intrigado y entregado-, pero sin sospechar que era de él de quien hablaban, a causa de la estrábica pronunciación del francés. Quizás no haya otra lengua, de entre todas las hijas del latín, tan veleidosa.

Debo, pues, a un suicida, la punzada alegre de la poesía, fiel aliada de su infortunio, y, por si no bastara, el nombre sinuoso de Baudelaire.

27.5.10

"No sé si habrá para todos..."

Sucedió en otro tiempo, en un pisito modesto de una barriada obrera. El salón se va llenando de enfermos muy enfermos, con familiares y amigos. La ciega esperanza les guía. Si hay algún escéptico, abjura de momento de cualquier duda. Los enfermos vienen desahuciados de la vida, y peregrinan ansiosamente en busca de una salud cada vez más lejana, soñada. Avistan la muerte, o el desierto, mientras escuchan su dolor. Pese a todo resisten, luchan y creen en lo que haya que creer.

Un curandero trashumante pasa consulta en esa casa. El ama de casa se afana por acomodar a los recién llegados. De vez en cuando advierte: “No sé si habrá para todos...” ¿Eh? Ah, ¡las hierbas! El curandero receta hierbas, hierbas de esperanza. Las palabras de la mujer dejan un reguero de inquietud. Va llegando más gente y la señora vuelve a repetir: “No sé si habrá para todos...” (Algunos ya lo han escuchado varias veces.) Y de nuevo se levanta la inquietud.

Cuando por fin llega el curandero, el salón está atestado de gente que recuenta sus males y anhelos. Pasa consulta en una habitación aledaña. Con presteza. Los enfermos salen con una bolsita de hierbas en la mano. ¿Habrá para todos? El salón se va vaciando poco a poco. Sí, parece que hay para todos, pero la duda es tenaz. Aferrados a la bolsita, los enfermos casi parecen contentos. ¿Habrá para todos? Parece que sí; hay para todos, y todos quedan agradecidos. ¿De qué les servirían las 5.000 pesetas sin hierbas milagrosas que comprar? (Ése es el precio de las hierbas, tan sabiamente mezcladas.)

Donde no hay deseo, no cunde el placer. (Pero lo obsceno siempre está al quite.)

26.5.10

"Lees un libro ¿y qué?"

Todavía retumban en mi cabeza las palabras de la muchacha del autobús: Lees un libro ¿y qué? Caben muchas respuestas, y también una: Pues... nada. Pero una duda como la que expresa esa frase, si prende en la cabeza de un Calvino, podría traer consigo la prohibición del comercio de libros, o de las representaciones teatrales, o de los conciertos... y tantas de esas pequeñas cosas que, si no alegran la vida, la hacen más soportable.

* * *

Por uno de esos azares en que es pródiga la vida, al hojear un libro sobre el ensayo mexicano (buscaba los aforismos de Carlos Díaz Dufoo, hijo) he descubierto un curioso ensayo: "Libros que leo sentado y libros que leo de pie". José Vasconcelos, su autor, clasifica los libros según las emociones que le producen. Los primeros, los que lee sentado, son los que no le arrancan de su actitud normal: amena literatura, libros instructivos o artísticos... Entre los que le obligan a permanecer de pie, dada su enjundia, figuran los trágicos griegos, Platón, Espinosa, Dante, Schopenhauer... (Es curioso que tratando de libros incluya "la música de Beethoven".) Estos libros, según Vasconcelos, no es posible leerlos sentado: exigen de nosotros todo nuestro ímpetu y nos provocan una verdadera transfiguración. (Quizá se pudiera hablar también de libros para leer tumbado, pero Vasconcelos nada dice al respecto.)

El filósofo mexicano no tiene piedad con los escritores: "Escribir libros es un triste consuelo de la no adaptación a la vida". (Ya oigo a la muchacha del autobús decir: sí, sí, eso.) Vasconcelos lo explica así: "Pensar es la más intensa y fecunda función de la vida, pero bajar del pensamiento a la tarea dudosa de escribirlo mengua el orgullo y denota insuficiencia espiritual, denota desconfianza de que la idea no viva si no se la apunta; vanidad de autor y un poco de fraternal solicitud de comunicante que, para beneficio de futuros viajeros, marca en el árido camino los puntos donde se ha encontrado el agua ideal, indispensable para proseguir la ruta." Y tras estas pedregosas palabras, concluye expresando algo que tal vez sea aplicable a escritores y a lectores: "Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía." Con melancolía, como el coito, ya que no somos gallos.

A Vasconcelos le basta una frase para exponer su sorprendente filosofía de la literatura:: "Si se pudiese ser hondo y optimista, nunca se escribirían libros." Esto da que pensar. El optimismo y la profundidad, unidos, quizá ayuden a fundar una religión o levantar un imperio económico, pero no a escribir un libro, si no interpreto mal a Vasconcelos. Pero ¿y si tiene razón? El que escribe, sea hondo o no, sería necesariamente un pesimista. El optimista, incluso si por excepción fuera hondo, vive la vida, no la cuenta. Si acaso, una vez anclado en la vejez, escriba unas memorias a fin de ordenar lo vivido y recrearse en ello. Llevando la exageración al límite, el escritor sería el que deja de vivir para seguir escribiendo; o el que sólo vive en pos de la literatura. Una exageración, ya digo. Pero Vasconcelos se pregunta también por qué los escritores escriben. Y responde: "Escriben el que no puede obrar y el que no se satisface con la obra. Cada libro dice, expresamente o entre líneas: ¡nada es como debiera ser!"

(Estoy sentado en un banco -y espero que Vasconcelos no se lo tome a mal- mientras leo su ensayo. A la sombra, acariciado por un agradable frescor. De vez en cuando llega una fragancia que me traslada a otros lugares.)

Prosigo la lectura. Parece que sin pesimismo no hay literatura: ni quien la escriba, ni quien la lea. Pero una característica de los libros que Vasconcelos lee de pie es que son libros radicalmente insumisos: reprueban la vida, aunque sin transigir con el desaliento y la duda. En esos libros anida la verdad: en los versos de Esquilo, en los diálogos de Platón, en las obras de Eurípides... Pero Vasconcelos sabe que la verdad tiene enemigos. Poderosos. La razón es sencilla: "La verdad causa terror y muchos se alarman de los corolarios que cualquier espíritu implacablemente sincero podría deducir de estos evangelios inmortales..." Y en consecuencia, "los representantes del rebaño que no quiere morir",  y de "los hombres inteligentes, con Aristóteles a la cabeza", nos inventan interpretaciones moderadas ("como cuando nos dicen que la tragedia alivia porque la representación del dolor causa alegría") a fin de que el principio de la vida triunfe sobre sus negaciones. La conclusión está servida: "Parecen temer que algún día los hombres comprendan, y por eso escriben los libros que nos vuelven a la calma, y al buen sentido, los libros que nos engañan: los libros que leemos sentados porque nos apegan a la vida". (De Divagaciones literarias, 2ª ed., México, 1922.)

Y ya me parece estar oyendo a la muchacha del autobús:
-Todo esto está muy bien. Que si el pesimismo, que si la inadaptación de los escritores, que si el optimismo, que si lo hondo, que si la verdad perseguida, que si la coz a Aristóteles, que si patatín, que si patatán... Pero lees un libro ¿y qué?

(Sábado, 22 de mayo de 2010)

25.5.10

Sinopsis cubista

Leo en el periódico un artículo sobre Philippa Gregory, historiadora británica. Tropiezo en él con una sinopsis, cubista y descabellada, del tercer libro de su trilogía sobre los Tudor, recién editado:

En La trampa dorada, tres narradoras, Ana de Cléveris, Catalina Howard y un (sic) Juana Bolena, pondrán fin al reinado de un monarca absoluto que abandonó el catolicismo y se esposó (sic) seis veces, asesinando a sus mujeres si se le impedía la nulidad.

(Por si quedaran dudas: sic a todo.)

Apabullante, ¿no? ¡Y tal batiburrillo en una frase! ¡Ni lo breve redime del fárrago! ¡Ay, si Gracián levantara la cabeza!

Pero así es el periodismo: la prisa es su dios.

24.5.10

La herida del tiempo

La herida del tiempo siempre es grave, ineludiblemente mortal; sus designios se cumplen en hora incierta, pero segura.

23.5.10

Cuadros

Durante años, al levantar la vista de la mesa de trabajo, vi una reproducción de El grito.

El_grito_de_Munch

¡Angustioso Munch!

Después, y durante muchos años, lo que vi fue El caminante sobre el mar de nubes.

El_caminante_sobre_el_mar_de_nubes_Friedrich

¡Apacible Friedrich!

*

Ahora, la pared está desnuda.

Y yo la miro más.

(Y a veces la veo como si fuera un cuadro: abstracto, sin marco...)

22.5.10

*Franz Kafka: Aforismos

Kafka_por_Warhol

"Como es habitual en la obra entera de Kafka, cualquiera de sus aspectos o formatos (narraciones, novelas, cartas, diarios, relatos de viajes) posee un sello característico. En la presente serie aforística, este sello solo se limita a condensarse, a proceder a una especie de "última destilación" -por no decir, en todos los sentidos del término, una verdadera sublimación. Como ya se ha comentado, diversos factores, todos ellos circunstanciales -entre los que adquiere un relieve fundamental el diagnóstico fatal que Kafka recibió poco antes de partir hacia Sirem [Zürau]-, explicarían que el escritor se decidiera, por vez primera y única en su vida, a transcribir en hojas sueltas, de uno en uno, esas máximas y pensamientos que por un lado entroncan con la gran tradición de los moralistas y epigramatistas del Occidente europeo -desde Hipócrates, Epicuro y Marco Aurelio a nuestros contemporáneos Canetti o Cioran, pasando por Pascal, La Bruyère, La Rochefoucauld, Novalis, Lichtenberg o Nietzsche-, y por el otro con la no menos grande, aunque dispersa, tradición mística de los judíos orientales.
Sea como fuera, aforismos como los siguientes: "A partir de cierto punto, ya no hay vuelta atrás. Hay que llegar a ese punto", "Hay una meta, pero no hay camino; lo que llamamos camino es vacilación", "Creer en el progreso significa no creer que ya se ha producido un progreso. Eso no sería fe", "Nuestro arte es un estar deslumbrado por la verdad", aforismos con tales contenidos, decíamos, no sólo no entran en contradicción alguna con el resto de la obra de Kafka, sino que equivalen a menudo a mínimos resúmenes de la lección que contiene esta obra: así, no hay vuelta atrás para el agrimensor ni camino practicable que lleve al castillo, en la novela con este nombre, aunque el castillo sea siempre la meta deseada; ya ha habido bastante progreso en la vida de Josef K., en El proceso, para que este aspire -porque "eso no sería fe"- a ver progresar el procedimiento legal en el que se encuentra inmerso; y "deslumbrados por la verdad" se hallarán los espectadores del artista del trapecio o de la cantante Josefina en las respectivas, últimas narraciones de Franz Kafka.
[...]
Quién sabe, por fin, si lo que anima esta serie de aforismos de Kafka no gira, en el fondo, más que en torno a las grandes cuestiones sobre la vida y la muerte, sobre el pecado y la redención, sobre la esperanza y la incertidumbre, sobre la verdad y lo meramente verosímil que atraviesa toda la obra del escritor. Quién sabe si esta serie de pensamientos no posee aquella misma fe que impregna toda su obra, una fe que ni siquiera necesita el trasfondo y las garantías que ofrece toda creencia de corte teológico; una fe que actúa simplemente como fuerza motriz, como vitalidad, para que adquieran alguna realidad en este mundo tanto las grandes como las más menudas existencias; una fe que puede prescindir incluso del Mesías."

JORDI LLOVET (Del prólogo)

I. LEGAJO DE LOS AFORISMOS (Primavera de 1918)

Una jaula salió en busca de un pájaro.  

*

Hay una meta, pero no hay camino; lo que llamamos camino es vacilación.

*

Una vez que hemos admitido al mal en nuestro seno, ya no nos pide que creamos en él.

*

Hizo falta la mediación de la serpiente: el mal puede tentar al hombre, pero no convertirse en hombre. 

*

En la lucha entre el mundo y tú, ponte de parte del mundo. 

*

Solo aquí el sufrimiento es sufrimiento. No es que los que aquí sufren estén llamados a ser ensalzados en otro lugar a causa de su sufrimiento, sino que lo que en este mundo llamamos sufrimientos es en otro mundo, sin transformación y simplemente liberado de su contradicción, felicidad.  

*

Puedes echarte atrás ante los sufrimientos del mundo, eres libre de hacerlo y de hecho es lo que corresponde a tu naturaleza, pero quizá precisamente ese echarte atrás es el único sufrimiento que podrías evitar. 

*

No es necesario que salgas de casa. Quédate sentado a tu mesa y escucha atentamente. No escuches siquiera, limítate a esperar. Ni siquiera esperes, simplemente quédate callado y solo. El mundo se te ofrecerá para que lo desenmascares, no puede evitarlo; extasiado, se contoneará ante ti.


II. AFORISMOS ESPIGADOS DE LOS CUADERNOS Y LEGAJOS PÓSTUMOS (1916-1923)

El mal sabe del bien, pero el bien no sabe del mal. 

*

Sólo el mal se conoce a sí mismo.

*

El mutismo es uno de los atributos de la perfección.

*

El ocio es el padre de todos los vicios y el premio a todas las virtudes. 

*

El que busca no encuentra; al que no busca, lo encuentran.

*

Me he pasado la vida resistiéndome al placer de acabar con ella.

*

La vida es una distracción permanente que ni siquiera permite tomar conciencia de aquello de lo cual distrae.

*

Escribir como una forma de orar.

*

En el bastón de paseo de Balzac: "Yo destruyo todos los obstáculos"; en el mío: "Todos los obstáculos me destruyen". Coincidimos en el "todos".


III. "Él". AFORISMOS EXTRAÍDOS DE LOS DIARIOS (Enero y febrero de 1920)

Él no vive en razón de su propia vida, no piensa en razón de su propio pensamiento. Es como si viviese y pensase bajo la presión de una familia que posee, ciertamente, mucha fuerza vital y mucha fuerza mental, pero para la que él representa, conforme a alguna ley para él desconocida, una necesidad formal. En razón de esa familia desconocida y de esas leyes desconocidas, no puede ser relevado de sus funciones.  

*

Él no quiere consuelo, pero no porque no lo quiera
-quién no lo quiere-, sino porque buscar consuelo significa: dedicar su vida a ese trabajo, vivir siempre al margen de su existencia, casi fuera de ella, apenas saber ya para quién busca uno consuelo y, por lo mismo, no estar ni siquiera en condiciones de encontrar un consuelo eficaz. (eficaz, no acaso verdadero, pues este no existe).

________________________

FRANZ KAFKA (Praga, 1883-Viena, 1924), Aforismos. Traducción de Adan Kovacsics, Joan Parra y Andrés Sánchez Pascual. Prólogo de Jordi Llovet. Debolsillo, Barcelona, 2006.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

21.5.10

Crítica profana

En el autobús. Dos muchachas charlan. La más joven lleva la voz cantante. Me agrada escucharla. Es elemental y sincera. Expresa ideas recurrentes, con una cadencia sinuosa,envolvente. Se adivinas en sus palabras una perplejidad que sorprende. Hasta donde alcanza mi recuerdo, rescato fielmente sus palabras; y a partir de ahí, las invento, imitando su lógica inflexible.

-A ver si acabo este libro...

-¿Qué libro es?

-La sombra del viento.

-Es muy bueno...

-Bueno, no, ¡buenísimo! Leyéndolo tengo la sensación de que es verdad lo que cuenta. Eso es lo que pido a un libro: que sea verdad... A mí no me gusta leer. Sé que leer es bueno. Pero lees un libro ¿y...?

Hablaba de libros, aunque pensara en novelas.

-El profesor de lengua nos dijo que eligiésemos un libro. A mí, Delibes no me gusta, si te digo la verdad. Demasiado ambiente rural. A mí me gustan otros ambientes. Yo soy urbanita. Me gusta  la ciudad; y también el campo, pero dos minutos... Estoy muy orgullosa de haber nacido en Madrid. ¿Tú eres de aquí?

No alcancé a oír la respuesta. Me sorprendió esa alabanza de corte y menosprecio de aldea.  

-No me gusta leer. Leo por obligación. A mi madre sí que le gusta leer, y mucho. Va a la biblioteca pública y me trae un libro. Me dice: "Toma, lee". Y entonces leo, por obligación, porque no me gusta leer. Lees un libro ¿y qué?

Su compañera intentó abrir una brecha en los graníticos argumentos. Con poca fortuna.

-¿Te gusta el cine?

-Sí, muchísimo.

-Pues la lectura es lo mismo...

-Sí, no digo que no; pero lees un libro ¿y qué? Te imaginas a los personajes, eso sí, y a mí me gusta mucho imaginar, pero no leer. A mi madre sí, le gusta mucho leer y escribir. Le gusta mucho escribir y también leer. Se lee un libro en casi nada de tiempo... ¿Y qué? A mí no me gusta leer. Y si leo es por obligación. Aunque lo cierto es que este libro me gusta, ¡muchísimo!, y me parece verdad, cosa increíble tratándose de un libro; pero lees un libro ¿y qué? A mí no me gusta leer. Sólo leo por obligación. Y este libro que estoy leyendo parece verdad. Por eso lo leo. Por eso me gusta. ¡Aunque sea por obligación...!  

20.5.10

La filosofía y el desconsuelo

—No hay consuelo en la filosofía. Ni verdad.

—¿Cómo es eso?

—Los filósofos son unos farsantes. Edifican mundos con palabras. Palabras ambiguas, para engañar mejor.

—No me resulta extraño lo que dices. La filosofía se me aparece como la religión de los que ya no la tienen.

—Pudiera ser. Lo cierto es que intenta comprender lo incomprensible y explicar lo inexplicable. Con palabras. Y así roza el absurdo.

—Pero ¿no crees que consuela?

—¿Que consuela? La filosofía desconsuela, como todo lo que corta las alas a la imaginación.

—Según lo veo yo, la verdad es consoladora. Nos acomoda al mundo y nos ancla en nosotros mismos.

—¿La verdad? ¡Qué verdad! ¿La verdad que nos devuelve la autopsia de las cosas? ¿Y que usa las palabras como escalpelo? Más nos vale la mentira, si la verdad nos engaña de ese modo, nos esclaviza.

—La verdad nunca esclaviza, la ignorancia es la que pone grillos al espíritu.

—Pero ¿de qué verdad hablas? La verdad es siempre idéntica a sí misma. La verdad de un espejo es el espejo mismo. Y cualquier espejo, así como cualquier verdad, es engañoso siempre. Agrimensores de la realidad, los filósofos pretenden acotarla, para mejor comprenderla. Y ahí radica su fracaso. Porque la realidad cambia y no hay verdad que no sufra los rigores del tiempo. Perdura, eso sí, el ansia de saber, y de comprender y, en último termino, el ansia de dominar, para no caer bajo el yugo de la sombra.

—¿De qué yugo hablas?

—El yugo que nos empuja a creer que las cosas son como pensamos que son y no como en realidad son. Una realidad a la que somos ajenos. Al interpretarlas, desaparecen. Son como el amor, que no se atiene a razones.

—¿Pues...?

—Pues... nada. Más verdad hay en las mentiras de la literatura que en las verdades de la filosofía. Y, sin embargo, la filosofía es tan necesaria que resulta indispensable, mal que les pese a quienes viven de espaldas a ella, zotes sin conciencia. Pero el riesgo de las palabras es la sensación de omnipotencia.  Letales pueden llegan a ser las palabras. Y quién no se regocija cuando tuerce un realidad con palabras. Pero las palabras apenas son viento, oquedad. Y poco más, aunque parezcan mucho.

—¿Y qué propones, qué alternativa hay? ¿Creer?

—Pero ¿acaso podemos vivir sin creer? Creer en la vida, en la muerte, en la verdad, en la filosofía incluso. Quien no cree, no vive; su espíritu muere de sed. Necesitamos creer tanto como respirar, incluso si sabemos que que nos defraudará aquello en lo que creemos. Pero no hay otra alternativa. Ése es el camino. Incluso el nihilista cree, y con una furia que hiela el alma. La desesperación es un gran acicate para él.

—Los dioses...

—Los dioses están ahí, incluso si nadie cree en ellos. Son tan reales como el miedo. Pero no necesitamos creer en ellos para saber de su existencia. No dependen de nosotros, no buscan nuestros halagos. Los que se entregan a la misión de negarlos, les dan demasiada importancia. Desconfía de los  deicidas. Quién sabe qué oscuras intenciones les dominan. No olvides que mientras haya desamparo, habrá dioses. Y no faltarán hombres que negarán que los haya. Así fue siempre. Incluso habrá hombres que se crean dioses, dioses terribles, sedientos de sangre, necesitados de que se crea en ellos, se los venere, se bese por donde pisan. Terribles dioses de barro. Farsantes podridos de envidia. La humanidad continuamente crea  dioses a su imagen y semejanza. (Bien claro se advierte en el Antiguo Testamento.) Cada civilización prohija a sus dioses, en los que cree y a los que niega. ¿Quién sería hoy el insensato que negara a Zeus o a Thor? Nadie niega aquello en lo que nadie cree. Y si los dioses muertos de ayer son distintos de los dioses vivos de hoy es porque los hombres de hoy no son los hombres de ayer. No hay eterno retorno, siempre es lo mismo. La misma obra y actores distintos. ¡Qué triste es un dios a quien nadie niega! ¡Qué pocos creen en él! A veces nos resulta más fácil creer en lo que no vemos que ver lo visible. Nos asedian las preguntas, y las preguntas se vuelven nudos. ¿Quién tiene la llave del tiempo? ¿quién conoce el futuro? ¿quién matará a la muerte? Y la zozobra nos apuñala, y nadie es capaz de vivir en esa zozobra. Creemos sin creer, creemos en lo inevitable de creer. (No falta incluso quien cree no creyendo.) Así exorcizamos lo desconocido, el invisible azar que rige nuestras vidas, la terca necesidad que gobierna nuestros sueños, sin misericordia alguna.

18.5.10

Tara. Una rectificación

Si el otro día motejé a la Academia de remilgada, hoy retiro lo escrito: estaba yo en un error. He comprobado que la 22ª edición del Diccionario de la RAE define ‘tara’, en su cuarta acepción, del siguiente modo: Defecto o mancha que disminuye el valor de algo o de alguien. (A la Academia parece no importarle que la tara pueda acrecentar el valor.) Estos desfases míos se deben a que soy inactual, y fidelísimo de la 19ª edición, mastodóntica y manual, del DRAE. ¡Y anda que no ha llovido desde entonces! (Pero ¿qué te hubiera costado consultar la última edición, tan esplendorosa ella, por internet? Se ve que no acaba uno de aprender.

Me gusta el título de esta entrada. Pienso que leído por un chino pasaría por título de Thomas Bernhard: Tala. (El subtítulo tampoco carece de importancia para la mímesis.) Los chistes privados son privados, disculpadme; y ya que hablamos de chinos, recuerdo un anuncio televisivo de preservativos (¿ya nadie dice profilácticos? ¿no hay ya condones que valgan? ¿murieron juntamente sostén y condón?): un chino elogiaba la marca: “una gran elección”, y quien quiera entender que entienda. (Los creativos, ¿se llaman así?, son harto sutiles: aviesos diablillos que hurgan en los recovecos de nuestras convenciones: y el lenguaje, la primera.) Creo que no estoy inventando nada, pero a veces dudo de mis recuerdos.

Hace días, en la presentación del libro de Ignacio Gómez de Liaño Carro de noche. Poesía 1972-2005, Marcos-Ricardo Barnatán, previo aviso, se esforzó por leer correctamente el título de un poema: “La caza de Acteón”. Sin ese esfuerzo, lo que fuera caza se hubiera trocado en casa. Refractario seseo; nunca pensé que tanto: Barnatán vive en España desde 1965, y tal vez en Madrid, ciudad poco seseante. Aquí vive y preside la Z. (¡Vale ya! ¡Fuera! ¡No más chistes privados, ni públicos!) De acuerdo, pero acordarse que aquí cada quisque dice Madriz (una revista se titulaba así), salvo si ese quisque parla catalán, en cuyo caso sería Madrit.

17.5.10

Todos somos contingentes o los desaires de Morfeo)

Si lo que es pudiera no haber sido, y lo que será quizás no llegue a ser, ¡decidme qué puñetas hago yo pensando gilipolleces de madrugada! (Qué distinto sería pensar en las tales, ¡tan chispeantes siempre!)

16.5.10

Taras librescas

Hay libros que tienen taras, digámoslo así, pese a los remilgos de la Academia. Taras que hacen del autor víctima, y asimismo al sufrido lector, hipócrita, Baudelaire, mi hermano. Puede que tras esas taras haya desidia, prisas, desatención, pero es lo cierto que, graves o no, carecen de cura.

La más leve de esas taras es encontrarse con páginas en blanco, alternas. (¡Ojo con el Tristram Shandy!) Es lepra de algunos ejemplares, afortunadamente. Entrecortadas Cartas de amor a Ofelia, de Pessoa (Ediciones B). Recientemente, me sucedió con Memoria del corazón, la antología poética de Panero, padre, preparada por José Cereijo. Pero escamotear a algunos ejemplares parte de su sustancia es infrecuente y siempre remediable. No hagamos cuenta de ello.

Ni siquiera es grave lo que descubrí recientemente al leer las Historias fingidas y verdaderas, de Blas de Otero (Alianza Editorial, 1980). Nos vemos obligados a ir de la página 113 a la 119, y de la 114 a la 118. Esta tara, aun siendo grave, la remedia el sentido común. Pero ¿dónde queda la "Fe de erratas"? El libro con más erratas que recuerdo (Michel Leiris, Edad de hombre, Editorial Labor, 1976) sí la tiene, pero apenas da cuenta de la décima parte de ellas. Para empezar, en lugar de "Fe de erratas", titula: "Errata", como si solo hubiera una y no cientos.  

Lo que no tiene enmienda es que en las Obras completas. Prosa, de Quevedo (Aguilar, 1966) se entrometa, a cuento de qué, León Nikolaievich Tolstoi con varios actos de su obra teatral Los frutos de la civilización. (Veo que en ella aparece un mujik que habla como un ministro: "En 'efeto', tiene razón, se pueden sembrar muchas cosas"; una baronesa que sólo habla en francés; y en uno de los actos tiene lugar una sesión de espiritismo. Fruto de la civilización.) Habíamos dejado a Quevedo en la página 224, con su Discurso de todos los diablos o infierno enmendado, y tras sortear a Tolstoi, alcanzamos la página 257 donde nos espera, empezada ya, La fortuna con seso y la hora de todos. Sin paliativos: ésta es una grave tara, aunque sea el bueno y santo de Tolstoi el ocupa.

Absolutamente benigna es la tara que lastra el ya de por sí voluminoso tomo de la Prosa completa de Cernuda (Barral Editores, 1975): entre la página 512 y 513 encontramos repetidas las páginas 481 a 512. Cernuda duplicado. Peor sería mermado. 

¿Y que decir de las Industrias y andanzas de Alfanhui, libro maravilloso cuyo autor, si nos atenemos a la cubierta de la Biblioteca Básica Salvat (1982) no sería otro que Federico S. Ferlosio? Éramos pocos, y parió la abuela, que dijo el bruto. 

Un libro sorprendente para leer en el metro, y forjarse fama de excéntrico o bobo redomado, es la antología poética de León Felipe El viento (Círculo de Lectores, 1984). La tapa va a contrapelo del texto, y obliga a leer al profético Felipe al revés, como si su libro fuera una metáfora del estado del mundo. 

A la preciosa edición de la Obra completa. Poesía 1920-1938 (Aguilar, 1988), de Rafael Alberti, la afea una nadería. En la página 379 empieza una cita de C.M Bowra; la 380 aparece en blanco, y en la 381 figura, ¡ay!, la dedicatoria a Jorge Guillén, y ya en la 382 la conclusión de Bowra. No hay daño, como se dice en el I Ching. Pero cuando tomo este libro me resulta inevitable recordar una película de Chabrol: alguien cuenta la historia de un hombre que se obsesiona con un lunar de su mujer. Tanto se obsesiona, que al final sólo ve el lunar, y no a la mujer. Pero no hay daño: sigo viendo el lunar, y a Alberti también. 

No dormir es malo. ¿De qué iba yo a pergeñar esta relación de taras librescas si no es porque de madrugada me despertó un maldito payaso despertador con sombrero chinés? ¡¡¡Bueeeenos díías!!!, ¡¡¡Bueeeenos díías!!!, ¡¡¡Bueeeenos díías!!!? (Si tardo tanto en apagar al irritante es porque está en el cuarto de baño. Alguien había activado la alarma, por descuido. Mi venganza: quitarle las pilas, que se joda. ¡¡¡Bueeeenas nooches!!!)  

Y pienso en el disgusto que recibirían las víctimas de tales taras. Los vivos, porque los muertos ya no cuentan. Y si un simple rasguño, digo errata, duele mucho, ¿qué odio no sentiría Quevedo viendo que un hijo de la santa Rusia le usurpaba unos pliegos de eternidad? Huele a sangre. 

No sé si con los libros tarados pasa lo mismo que con los sellos o las monedas, que se avaloran. Durante un tiempo coqueteé con la numismática, y recuerdo que me agradaba contemplar la joya de mi colección: dos reales (con agujero) en los que el yugo y las flechas de los Reyes Católicos estaban invertidos, víctimas acaso de un sabotaje judeomasónico en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. 

15.5.10

Caminos de la caridad

El hombre miraba el escaparate de la librería Hiperión. División tripartita: a un lado, las cosas orientales; en el centro, la poesía, alma máter; a la izquierda, ensayos, novelas, biografías... Se le acercó un hombre demacrado, raído. Víctima, quién sabe, del mundo, del demonio o de la carne. O de la vida, que mancilla inmisericorde; o del tiempo, que mata cuanto nace. El hombre raído farfulló algo. El otro hombre comprendió que pedía una ayuda. Para comer, aclaró el hombre raído. El observador se hizo el sordo. De momento. El hombre raído ignoró la sordera del otro, e insistió. La traidora memoria devolvió al hombre que observaba los libros una frase apócrifa, pero poderosa: ¡Insistid y se os dará! Y ante el temor de nuevas porfías, claudicó. Por puro egoísmo. No soportaba que le molestaran. Sacó del bolsillo el óbolo y  lo entregó al hombre raído, mientras él quedaba pensativo. Extraños caminos los de la caridad, pensó, pero cuánto bien hace el egoísmo, se regodeó cínicamente.  

13.5.10

*Léon Bloy: Exégesis de los lugares comunes

Exégesis_de_los_lugares_comunes

Leer a Léon Bloy es una aventura que a nadie deja indiferente. Aunque limados por el tiempo, sus sarcasmos siguen siendo premiosos y desafiantes, como si nos agarraran de las solapas. La Exégesis de los lugares comunes es una buena prueba. Bloy se acerca sigilosamente a un lugar común y como primera providencia le arrea una buena tunda de palos dialécticos. Para que se entere. Y tras ese contundente correctivo, el lugar común queda inerme, exánime. El Burgués, con mayúscula, es la bête noir de Bloy, la encarnación del mal. Todo lo que huele a burgués  enfurece a un Bloy que arrostró (y arrastró) a lo largo de su vida una pobreza digna y siempre mendicante. Pobre y deslenguado, Bloy no se arredra ante nada ni ante nadie, y acaba pareciendo un Júpiter tonante que lanzase rayos como palabras, atronadoras palabras.

La distancia nos permite hoy leerlo con algún sosiego, desterradas las interferencias espurias (inevitables, por otra, si hablamos de coetáneos). El mero paso del tiempo acaba conciliando lo inconciliable; la justicia del tiempo hermana a los opuestos. Como cada quien cultiva sus prejuicios, a veces resulta arduo sobreponerse a las animadversión que sentimos por alguien que habita nuestra misma época. Y la pagamos con su obra. Pero humanos somos, no dioses.

Tras las riadas de amargura y desolación que contempló el siglo XX, la voz de Bloy acaso parezca ahora la de un profeta manso y melifluo, perenne cascarrabias tempestuoso. Caballero de la fe, a la manera de Abraham, beligerante católico, Bloy cosechó halagos y desprecios sin cuento; él, que era un consumado artista de la injuria. Después de leer uno de sus libro, Jünger escribe en su diario parisino que el odio de Bloy era tan vigoroso que podía competir con Kniébolo [Hitler[. Borges frecuentó sus páginas y prologó sus obras. A Cristóbal Serra, la devoción por el airado escritor le llevó a traducir sus diarios; diarios que Bloy publica con regularidad con las anotaciones de los últimos años. En esos diarios, Bloy despotrica contra todo el mundo, sin subterfugios. Como afirma el dicho popular, no tiene pelos en la lengua. Pero si es difícil negar su valentía, muchas veces se dejaba seducir por la temeridad. Tal vez pensara que a grandes vicios, grandes virtudes. O viceversa.

Leer a Bloy oxigena el alma, aunque ponga a prueba nuestra paciencia, indispensable para llegar a apreciarle. Lectores sosegados son los que necesita Bloy, porque de la furia ya se encarga él. Bloy nunca es inocuo, aunque algunos puedan tildarle de inicuo. A diferencia del agua, su estilo no es incoloro, ni inodoro, ni insípido, y sacude nuestro espíritu con sus destempladas palabras igual que si diluviara.

LUIS VALDESUEIRO

EXÉGESIS DE LOS LUGARES COMUNES

LXX. "Quo vadis?"
Intercalemos aquí, rápidamente, este lugar común literario que pronto dejará de existir, pero que ha hecho estragos durante tanto tiempo. ¡No! no tengo intención de hablar de ese tonto libro, tan severamente condenado por su mismo éxito y que admiran, unánimemente, católicos y protestantes, cosa que es, intelectualmente, la vergüenza de las vergüenzas. ¡Hemos visto a sacerdotes citarlo desde el púlpito...!
Sólo quiero contar una anécdota. Veámosla. El otro día, en la estación de Lagny, dos eclesiásticos pertenecientes, me gustaría pensar, a la inteligente diócesis de Meaux, me adelantaron. Uno de ellos, más apresurado, entró de repente en un urinario. "Quo vadis?", le gritó su compañero. No entendí la respuesta, que, por lo demás, me era bastante indiferente.


LXXXII. Matar el tiempo
En la retórica del Burgués, matar el tiempo, no hace falta decirlo, significa sencillamente divertirse. Cuando el Burgués se aburre, el tiempo vive o resucita. Podéis entenderlo o no entenderlo, pero es así. Cuando el Burgués se divierte, entramos en la eternidad. Las diversiones del Burgués son como la muerte.


CLXVIII. Entre dos males, hay que escoger el menor
Aquí no hay ninguna duda. Las personas más caritativas reconocen que el mal del prójimo es siempre el menor y que ése es precisamente el que hay que escoger. Los moralistas han observado desde hace tiempo que siempre se tiene bastante fuerza de ánimo para soportar las penas de los demás.


NUEVA SERIE

XX. Dar a alguien muchos recuerdos
"Dale muchos recuerdos de mi parte."
Para llevar a cabo exactamente esta misión de confianza, no viene mal ser mudo, o incluso sordomudo. Si uno no tiene esta suerte, tendrá al menos el recurso de farfullar cualquier cosa. El mensaje será, de ese modo, fielmente transmitido, pues la intención protocolaria del encargo no rebasa el vasto abismo de la nada donde se localizan los sentimientos afectuosos de nuestros amigos y de sus innumerables hermanos.
LÉON BLOY (1846-1917), Exégesis de los lugares comunes. Traducción de Manuel Arranz. Acantilado, Barcelona, 2007.

Bajo esta etiqueta -Florilegio (Antología mínima de autores varios)- pretendo acoger una selección de textos breves (verso y prosa) que, al margen de cualquier juicio crítico, me han interesado como lector. Los textos en prosa responden a "géneros" que hacen de la brevedad virtud: aforismos, poemas en prosa, fragmentos, microcuentos, etc. De los textos poéticos en otras lenguas ofrezco el original. Menciono, asimismo, la edición utilizada en cada caso. (Téngase por excepción cualquier olvido de estas pautas.)

11.5.10

El infierno

El Bosco

Que el infierno queda de este lado del mundo es una opinión poco o nada novedosa. El mundo es el infierno, proclama Schopenhauer; el infierno son los otros, replica un personaje de Sartre. El mundo... los otros... ¡El infierno! Y cada quien es muy libre de pensar que nada añade al infierno de los demás. En este infierno, como en todas las cosas, impera un orden, aunque no siempre sea fácil vislumbrarlo. ¿Y qué orden es ése que rige en nuestro infierno? Schopenhauer lo tenía claro: dividía a los hombres en almas atormentadas y en diablos atormentadores. La propuesta peca de simple: alguien que atormenta, alguien que es atormentado. Y así siempre. ¡Huf!, demasiado sencillo. Quizá sea más cierto que, dentro de la amplia gama de maldad posible, todos atormentamos y todos somos atormentados, con exclusión, casi siempre, de la reciprocidad, ya que es raro que atormentemos a quien nos atormenta y que seamos atormentados por aquel a quien atormentamos. La maldad, cómoda y cobarde, siempre acaban fustigando al débil. Pero ni todos somos débiles ante todos los demás, ni fuertes. La maldad del débil también hallará un desgraciado en quien ejercitarse, ¿o no? En cualquier caso, la ética (o su ausencia) no suele ser circular. De nosotros depende obrar bien u obrar mal (sea lo que sea, en cada momento, ese obrar), pero las secuelas de nuestros actos ya no dependen de nosotros, van más allá de nuestra libertad. Por eso, a veces sucede que queriendo hacer el bien hacemos el mal.

10.5.10

"Una mujer puede ser el enemigo"

Trasegando papeles encuentro una fotocopia que daba por perdida. Reproduce un curioso cartel de la guerra civil, en blanco y negro, aunque no por ello deja de tener interés. El cartel lo firma un tal S.O.B. En la parte central se ve a un soldado, con casco y capote, en posición de firmes, con fúsil y bayoneta calada. Su pecho oculta parte del cuerpo desnudo de una mujer en levitación erótica. Por la izquierda, asoman unas piernas licenciosas. La derecha, al flexionar la rodilla, forma un pequeño Fujiyama. A lo lejos, dos inmensas cejas simulan cerros. Sobrevuela la ceja izquierda una suerte de mapa alado y celeste de España. (Las manchas de tinta, como descubrió Roscharch, dan pie a todo tipo de cábalas.) Por encima del hombro del soldado, la cabeza de la mujer cae lánguidamente hacia atrás, como en un arrobo amoroso.

Debajo del dibujo, un mensaje cuya tipografía intento remedar:

U N A   M U J E R

P U E D E   S E R   E L   E N E M I G O

G U Á R D A T E   D E   E L L A

Con lavajes - Preservativos - Preventivos

(Me sorprende el acento en ‘guárdate’. Es un detalle que casi nadie tiene con las mayúsculas. Respecto a los “lavajes”, ignoro a qué se refiere. Y el diccionario no me saca de dudas.)

Y más abajo, la siguiente propuesta:

o mejor - con abstención

El cartel, por si alguien tiene curiosidad, lo edita el Comissariat de Propaganda de la Generalitat de Catalunya.

La prostitución, y su reguero de enfermedades venéreas, es una más de las lacras de la guerra. Y este cartel de la Generalitat de Catalunya me ha recordado unas páginas de Michael Seidman en su A ras de [sic] suelo. Historia social de la República durante la Guerra Civil [Alianza Editorial, Madrid, 2003]. Cuenta Seidman que a principios de 1937, tras la defensa heroica (y trágica) de Madrid, los combatientes se replegaron en su propio interés, lo que también tenía que ver con el sexo. A pesar de las recomendaciones oficiales de evitar el trato con prostitutas, los soldados hacían oídos sordos. Sindicatos y organizaciones políticas consideraban un problema a las mercenarias del amor. Para la UGT eran un “elemento principal de la quinta columna”. Los anarquistas, más puritanos, eran tajantes: “el hombre que acude a las casas de mala nota no puede ser un anarquista”. Y por si no bastara el anatema, hacían pedagogía moral: “El que compra un beso se pone a la altura de la mujer que lo vende. Por esto el anarquista no ha de comprar besos. Ha de merecerlos.” La opinión de que las prostitutas trabajaban para el enemigo estaba muy generalizada. A decir verdad, según Seidman, “los soldados republicanos se contagiaban de enfermedades que dejaban a algunos de ellos fuera de combate durante más tiempo que las heridas de batalla.” Fascistas o no, había prostitutas en muchos sitios y en las dos zonas, y no dejar de ser curioso lo que Seidman aclara a este respecto: “Al mismo tiempo, algunas proletarias del placer en la capital de los nacionales manifestaban un abierto antifascismo. Las mujeres de vida alegre que trabajaban en la maison La Luisa, situada justamente detrás de la célebre catedral de Burgos, eran notoriamente hostiles a los aviadores insurgentes que frecuentaban su burdel.”

7.5.10

"La llama es nacimiento fácil y muerte fácil" Gaston Bachelard y la llama de una vela.

Deudores de la luz eléctrica, ignoramos el misterio de la llama de una vela. Ya las sombras se desvanecieron, acabaron las ensoñaciones en penumbras y el terror se volvió diurno, azote de día o de noche. Olvidado queda en el lejano ayer el zigzagueo de la llama de una vela. La noche era negra entonces (y oscura la noche del alma seca), y nada le hacía sombra. En la nocturna soledad de la casa, una vela, un humilde cabo de vela, abría de par en par la puerta de los sueños mientras el cuerpo proyectaba una sombra esclava en la pared.  Siempre misteriosa, la luz; poético misterio, si hablamos de la luz de una vela.

Quizás sea Georges de La Tour quien mejor supo captar ese misterio: la enhiesta luz que brilla (y tiembla) ante las figuras y les desnuda el alma, la luz que forja un atavío de sombras y esplendores, como en la Magdalena penitente (la de París, Wáshington o Nueva York), o en El recién nacido, entre otros cuadros sorprendentes.

La llama de la vela convoca a los sueños de la memoria”, escribe Bachelard. ¡Los sueños de la memoria! La memoria sueña, sí, incluso cuando cree que recuerda; y a veces solo sueños son tales recuerdos. Frágil, la memoria; mentirosa, siempre.  Y por eso hay que estar vigilante para eludir el engaño que toda mentira intenta. Cuando la memoria sueña -lúcidos sueños o espesas pesadillas- se encarna en ella el anhelo de los cuerpos reducidos a cenizas, los cuerpos que ya dejaron de ser cárcel para el alma. 

LUIS VALDESUEIRO

* * *

La llama convoca a quien vela a apartar los ojos de sus papeles, a abandonar el tiempo del trabajo, el de la lectura, el tiempo del pensamiento. En la llama misma el tiempo se pone a velar.

Ciertamente, el soñador ante la llama ya no lee. Piensa en la vida. Piensa en la muerte. La llama es precaria y pujante. Un soplo la apaga, una chispa la enciende. La llama es nacimiento fácil y muerte fácil. Vida y muerte pueden yuxtaponerse en ella. Vida y muerte son, en su imagen, contrarios que se complementan. Los juegos de pensamientos de los filósofos, cuando llevan la dialéctica del ser y la nada a un tono de simple lógica, llegan a ser, ante la luz que nace y que muere, dramáticamente concretos.

Pero cuando uno sueña más profundamente, ese admirable equilibrio que existe entre la vida y la muerte se pierde en el corazón de un soñador de vela. Qué resonancia tiene la palabra apagarse en el corazón de un soñador, de un soñador de vela. Las palabras sin duda desertan de su origen y retoman una vida extraña, una vida tomada al azar de simples comparaciones. ¿Cuál es el significado principal del verbo apagarse? ¿La vida o la vela? Los verbos, cuando metaforizan, pueden dar movimiento a los temas más dispares. El verbo apagarse puede hacer morir tanto un ruido como un corazón, un amor como un odio. Pero quien desee conocer el verdadero sentido, el sentido primero, debe acordarse de la muerte de una vela. Los mitólogos nos han enseñado a leer los dramas de la luz en los espectáculos del cielo. Pero en el pieza de un soñador, los objetos familiares llegan a ser mitos del universo. La vela que se apaga es un sol que se muere. La vela muere más suavemente que el astro del cielo. El pabilo se curva y ennegrece. La llama ha tomado su opio de la sombra que la abraza. Y la llama tiene una buena muerte: muere durmiéndose.

El soñador de vela, el soñador de pequeña llama, sabe que todo es dramático en la vida de las cosas y en la vida del universo. Cuando se sueña en compañía de la vela, uno sueña dos veces.

GASTON BACHELARD, La llama de una vela. Traducción de Hugo Gola. Monte Ávila Editores, Caracas, 1975.

4.5.10

Pobres ricos y ricos pobres

La pobreza no consiente fronteras. De ahí que haya pobres de toda condición. Desde el pobre paupérrimo que no conoce otro horizonte que la pobreza, hasta el pobre solemne que si antaño nadó en la abundancia, hogaño se avergüenza de su sino. Los sociólogos suelen hablar de cambio social, y lo cierto es que todo está sometido al cambio, como nos recordaba Heráclito con metáfora fluvial (aunque el pobre pobre se baña en cueros, y el rico rico no repite bañador). Cosas de la vida. Ni es fácil ascender en la escala social, ni quizá sea tan fácil descender, salvo cuando acontecen terremotos históricos. Pero lo que no cambia, por más terremotos que haya, es que siempre habrá pobres y ricos, aunque no siempre sean los mismos. (Y acaso los nuevos ricos no sean mejores que los antiguos; ni se resignarán los nuevos pobres a su pobreza de igual manera que quienes lo son de nacimiento.) Lo cierto es que todas las utopías sociales acaban dándose de bruces con la realidad, la tozuda realidad de la naturaleza humana. Pero es indudable que el río fluye, incluso sin empujarlo. Y fluye la historia, y la economía fluye... Y todo fluye... Y fluye la vida... Y las realidades de hoy no satisfacen, aunque los cumplan, los sueños de ayer; y los sueños de hoy, ¿quién los reconocerá cuando se cumplan, si se cumplen?

Motivan estas digresiones una información publicada hace meses en el BOE: la inscripción en el Registro de Fundaciones de una harto singular, que da cumplimiento a lo dispuesto en el testamento de la Excma. Sra. Doña Isabel de Borbón y Esteban de León, Marquesa de Balboa. Para percatarse de la singularidad de dicha fundación, basta con echar un vistazo a sus fines: atender y cuidar a pobres vergonzantes y ancianos solitarios venidos a menos... atendiendo primero a las mujeres, y preferentemente a las que tuvieron una buena posición, con preferencia a las personas de la condición social que tuvo la extinta Excma. Sra. Marquesa de Balboa, que necesitan ayudan y no se atreven a solicitarla o no lo consiguen”.

Discriminación positiva, se llama la figura; tan propia, paradójicamente, de tiempos igualitarios a lo Procusto. Por si quedaba alguna duda, resulta evidente que la pobreza no rechaza a nadie; cosa distinta de lo que sucede con la riqueza, que es patrimonio de pocos. Y ricos.

3.5.10

Nuevas rimas de Gustavo Adolfo Bécquer

Nuevas_rimas

El cuerpo es para el alma

prisión triste y oscura,

dichoso el que la rompe

de luz y amor en busca.

Dichoso el que a Dios sube

y en su esplendor se inunda

y confundidos arden

como dos llamas juntas.

¿Bécquer? Así lo cree, y para ello aduce las oportunas razones, mi buen amigo Agustín Porras. En su búsqueda de libros ilustrados por Valeriano, el hermano del gran poeta, ha dado con algunos títulos, entre los que destaca Abdallah o El trébol de cuatro hojas (cuento árabe), de Édouard Laboulaye, en el que aparecen  unos cuantos poemas traducidos libérrimamente por un  misterioso D. F. de T., presumibles iniciales de Don Fulano de Tal, máscara tras la que, según Porras, se escondería Gustavo Adolfo Bécquer.

La primera noticia sobre este hallazgo la adelantó Agustín Porras en el Diario de Sevilla el pasado 7 de febrero de 2010, y próximamente se publicará en Clarín un texto en el que tratará más extensamente el asunto. De momento, se ha publicado una "edición de urgencia" (Ediciones Olifante, col. Veruela, Zaragoza, 2010) que recoge el texto original francés de los poemas, la recreación de Bécquer y una traducción mía, apegada lo más posible al original, a fin de hacer patente lo que de creación personal  y de traición al original pueda haber en la versión castellana de Bécquer.

Como ejemplo, valga el original francés del que son traducción los versos que encabezan estas palabras (y que forman parte de un poema más extenso):

Le corps n'est qu'un sépulcre; heureux qui s'en délivre,
Et tout entier s'abîme en l'amour infini!
Vivre en Dieu, c'est mourir; mourir en Dieu, c'est vivre!

(El cuerpo no es más que un sepulcro: ¡dichoso quien se libera de él / y se hunde por completo en el amor infinito! / ¡Vivir en Dios, es morir; morir en Dios, es vivir!)    

Es evidente que al traductor le puede más su propio ardor poético que la fidelidad al original. A este respecto, Agustín Porras señala en el prólogo lo siguiente acerca de la traducción becqueriana:

En algunos casos, llega incluso a sustituir algunas imágenes por otras que en aquel momento le eran especialmente atractivas. Para su puesta en escena, Gustavo Adolfo huye de la consonántica rima con la que Laboulaye engarza sus versos, acudiendo a su inagotable veta popular, ofreciéndonos hermosas coplas y romances. No tienen estas sorprendentes creaciones (o recreaciones, para ser más exactos) nada que envidiarles a muchas de sus inmortales rimas, con las que guardan más que evidentes concordancias textuales.

Construidas, fundamentalmente, a base de una libre combinación de versos de siete y once sílabas, asonantados los versos pares (sólo acude al octosílabo en dos de los poemas), vemos en esta feliz colección un tropel (como le gustaba decir a Bécquer) de expresiones que les resultarán familiares a quienes conozcan medianamente su obra.

El libro de Laboulaye se publicó en Madrid el año 1869, varios años antes de la publicación póstuma de las Rimas, dato crucial a la hora de considerar la autoría de Bécquer...