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8.2.13

“Los dos consolados”: un cuento de Voltaire traducido por el abate Marchena

Decía un día el gran filosofo Citofilo a una dama desconsolada, y que tenía sobrado motivo para estarlo:

Señora, la reina de Inglaterra, hija del gran Enrique IV, no fue menos desgraciada que vos: la echaron de su reino; se vio a pique de perecer en el océano en un naufragio, y presenció la muerte del rey su esposo en un patíbulo.

Mucho lo siento dijo la dama, y volvió a llorar sus desventuras propias.

Acordaos dijo Citofilode María Estuardo, que estaba honradamente prendada de un guapo músico que tenía excelente voz de sochantre. Su marido mató al músico; y luego su buena amiga y parienta, la reina Isabel, que se decía doncella, le mandó cortar la cabeza en un cadalso colgado de luto, después de haberla tenido diez y ocho años presa.

¡Cruel suceso! respondió la señora; y se entregó de nuevo a su aflicción.

Bien habréis oído mentar siguió el consolador a la hermosa Juana de Nápoles, que fue presa y ahorcada.

Una idea confusa tengo de eso dijo la afligida.

Os contaré añadió el otrola aventura sucedida en mi tiempo de una soberana destronada después de cenar, y que ha muerto en una isla desierta.

Toda esa historia la sé respondió la dama.

Pues os diré lo sucedido a otra gran princesa, mi discípula de filosofía. Tenía su amante, como le tiene toda hermosa y gran princesa: entró un día su padre en su aposento, y cogió al amante con el rostro encendido y los ojos que como dos carbunclos resplandecían, y la princesa también con la cara muy encarnada. Disgustó tanto al padre el rostro del mancebo, que le sacudió la más enorme bofetada que hasta el día se ha pegado en toda su provincia. Cogió el amante las tenazas, y rompió la cabeza al padre de la dama, que estuvo mucho tiempo a la muerte, y aún tiene la señal de la herida: la princesa desatentada se tiró por la ventana, y se estropeó una pierna, de modo que aun el día de hoy se le conoce que cojea, aunque tiene hermoso cuerpo. Su amante fue condenado a muerte, por haber roto la cabeza a tan alto príncipe. Ya podéis pensar en qué estado estaría la princesa, cuando sacaban a ahorcar a su amante; yo la iba a ver con frecuencia, cuando estaba ella en la cárcel, y siempre me hablaba de sus desdichas.

¿Pues por qué no queréis que me duela yo de las mías? le dijo la dama.

Porque no es acertado dolerse de sus desgracias, y porque habiendo habido tantas principales señoras tan desventuradas, no parece bien que os desesperéis. Contemplad a Hécuba, contemplad a Níobe.

¡Ah! dijo la señorasi hubiera vivido yo en aquel tiempo, o en el de tantas hermosas princesas, y para su consuelo les hubierais contado mis desdichas, ¿os habrían acaso escuchado?

Al día siguiente perdió el filósofo a su hijo único, y faltó poco para que se muriese de sentimiento. Mandó la señora hacer una lista de todos los monarcas que habían perdido a sus hijos, y se la llevó al filósofo, el cual la leyó, la encontró muy puntual, y siguió llorando. Al cabo de tres meses se volvieron a ver, y se pasmaron de hallarse muy contentos. Levantaron entonces una hermosa estatua al tiempo, con este rotulo:

Al consolador.


Voltaire
Zadig y Micromegas
Traducción del abate Marchena
Barcelona: Editorial Fontamara, 1974


28.5.12

El vuelo de Ícaro

          Soñó que era Ícaro. 
          Y subía, subía, subía... 
          (Ícaro, vástago de Dédalo.) 
          Y caía, caía, caía...  

          El despertador ‒lacayo de Cronos‒ evitó la desgracia.

18.2.12

¡Psicofonías…!

A Venancio, psicofonista aficionado, le domina la pasión taurina. Por eso le alegra infinito rescatar, tras el tedioso asedio a la grabación, este diálogo de espíritus:
-… como Belmooonte ninguuuno…
-… diga ustééé que sííí…

29.12.10

Dos historias: I. Mr. Campbell y su bastón. II. El Sr. Beneyto y mi teléfono

I

Los Campbell desembarcan en La Habana un viernes muy caluroso. A Mrs. Campbell todo le resulta encantador, a Mr. Campbell le preocupa, por su pierna dolorida, la humedad. En el muelle, se demoran en un tenderete que vende “frutos del árbol del turismo”: castañuelas, abanicos, collares...  Aunque Mr. Campbell opina que los souvenirs deben comprarse al abandonar el país, Mrs. Campbell realiza algunas compras. Y el mismo Mr. Campbell acaba encaprichándose, por su pierna dolorida, de un bastón: llamativo, complicado y caro; de una madera que parecía ébano, tallado con cuidado prolijo (Mr. Campbell) o exquisito (Mrs. Campbell). No, pensando en dólares, no es tan caro, se tranquiliza Mr. Campbell.

Los Campbell se alojan en el Hotel Nacional. Después de la siesta, callejean, y acaban entrando en un cine. Por la noche recalan en Tropicana: un cabaret casi en la selva. Mrs. Campbell, encantada; Mr. Campbell, picajoso.

Después del espectáculo, un taxista picarón los deposita en una casa cualquiera, donde asisten a otra clase de show. Los clientes están sentados alrededor de una cama redonda. Primero aparecen dos mujeres desnudas (¿negras? ¿blancas?); y después un negro, desnudo. Dos luces, una roja y otra azul, iluminan al trío. Mr. Campbell, asqueado; Mrs. Campbell, encantada.

El sábado van a la playa de Varadero. Lo pasan bien, aunque por la noche Mr. Campbell experimenta en su propia piel algunas desagradables secuelas.

El domingo por la mañana —el ferry sale a las dos— pasean por la ciudad vieja y compran los últimos souvenirs. Se sientan a descansar en un viejo café. Ya en la calle, Mr. Campbell echa en falta su bastón. Regresan al café. Nadie había visto el bastón. Mr. Campbell está compungido. Pero enseguida ven a un viejo —no tan viejo, visto de cerca— con su bastón, el bastón de Mr. Campbell. El viejo, mendigo profesional, e idiota, según Mr. Campbell, no habla inglés, ni español: emite unos ruidos extraños con la garganta. No hay manera de entenderse con él. Harta de inútiles forcejeos, Mrs. Campbell sugiere a Mr. Campbell que compre el bastón al viejo. Mr. Campbell se niega en redondo: cuestión de principios. La gente se arremolina, y Mr. Campbell teme por su vida. Mrs. Campbell, en un rudimentario español, se explica como buenamente puede. El viejo mendigo idiota no suelta el bastón y hace señas y ruidos con la boca para subrayar que es suyo. Llega un policía. Afortunadamente, habla inglés. Mr. Campbell explica lo sucedido. El policía no consigue dispersar a la multitud ni entenderse con el idiota. Cuando pierde la paciencia, el policía desenfunda su arma. Silencio sepulcral. El mendigo, resignado, entrega el bastón a Mr. Campbell. El policía pide a éste que dé algo al “pobre hombre”. Mr. Campbell se siente ofendido. Alguien propone entonces hacer una colecta. Mr. Campbell se arrepiente y ofrece al idiota unas monedas, casi tantas como le había costado el dichoso bastón. El idiota las rechaza. Interviene Mrs. Campbell, pero el viejo mendigo idiota sigue en sus trece. Sólo las acepta cuando se las entrega el policía. Entre aplausos y saludos, Mr. Campbell y Mrs. Campbell se alejan en un taxi. Mrs. Campbell, callada; Mr. Campbell, contento.

Al llegar a la habitación del hotel, Mr. Campbell, según su costumbre, cede el paso a Mrs. Campbell, quien al llegar al cuarto y encender la luz, lanza un grito horrible. Mr. Campbell, rezagado, piensa: una descarga eléctrica, un insecto venenoso, un ladrón sorprendido, y corre hacia el cuarto. Mrs. Campbell está rígida, sin poder hablar, al borde de un ataque de histeria. Mr. Campbell solo comprende lo sucedido cuando Mrs. Campbell, con ruidos de su boca y con la mano, le señala hacia la cama. En ese momento, a Mr. Campbell no le quedó otra que rendirse al misterio...

(Lo que precede es un resumen de la historia, contada por él mismo, de Mr. Campbell y su bastón. Para conocerla cabalmente es preciso acudir a Tres tristes tigres, la novela ventrílocua de Guillermo Cabrera Infante.)

II

Con alguna frecuencia recuerdo la historia del bastón. Prodiga enseñanzas varias. Volví a recordar esa historia el día en que al regresar a casa me encontré cuatro mensajes en el contestador. Ese día, mi teléfono se convirtió en bastón. Al oír el primer mensaje, oh sorpresa: era el Sr. Beneyto, el sociólogo, filósofo y politólogo, fallecido el pasado mes de marzo, y a quien no tenía el gusto de conocer. Se quejaba de haber efectuado varias llamadas en vano. Por eso, ahora dejaba un mensaje y avisaba de que volvería a llamar.

En el segundo mensaje —apenas habían pasado unos minutos desde el primero— se le notaba indignado. Que no había derecho. Que no tenía todo el día. Mi sorpresa iba en aumento. Empecé a sentirme como el viejo idiota mendigo de la historia de Mr. Campbell. Por si acaso, antes de oír el tercer mensaje ensayé unos ruiditos con la boca.

Ese mensaje era ya un revuelo de indignación. El Sr. Beneyto parecía ofendidísimo. Y amenazaba con llamar más tarde, ya que tenía que acudir a una cita.

Entre el tercer y el cuarto mensaje habían pasado cerca de dos horas. Y ahora sí el Sr. Beneyto estaba verdaderamente cabreado y furioso. Que había ido a Valencia a un congreso. Que le hubiera gustado saludar al rector de la universidad. Que si el rector no quería recibirle, allá él. Fueron sus últimas palabras antes de colgar.

¡Date!, me dije, se acabó el busilis: Valencia, rector, universidad... Se repetía la historia. No era la primera vez que llamaban a casa queriendo llamar al rectorado de la Universidad de Valencia. Un día hice las averiguaciones oportunas. Mismo número, distinto prefijo. Asunto concluido. Pensé que la cosa no podía quedar así, que debía tranquilizar al Sr. Beneyto. Marqué el número desde el que se habían efectuado las llamadas. Era de un hotel de Valencia. Como el Sr. Beneyto no estaba en su habitación, tuve que contar a la persona que me atendía la historia de la confusión de los bastones, digo, de los teléfonos, para que pasara el recado al Sr. Beneyto. Quién sabe si al enterarse lanzó un suspiro semejante al grito de Mrs. Campbell. ¡Vaya con los bastones! A bastonazos aprendemos que no hay que dar nada por sentado. Haber contribuido a desvelar un insignificante enigma me dejó contento.

Durante meses conservé los mensajes, hasta que, gracias a un descuido, acabaron borrándose. Pero lo que no se borra son las palabras con que Mr. Campbell concluye su relato: “Allí, en una mesita de noche, cruzado sobre el cristal, negro sobre la madera pintada de verde claro, había otro bastón.”

Otro bastón, otro teléfono. ¡Oh, cielos!

4.12.09

Apariencias

Él abrió la puerta. Ella, la desconocida, le sorprendió con una pregunta absurda. Parecía perdida, extraviada en su conciencia. Hablaba oscuramente, y se ponía roja, como el color. Imposible saber lo que quería. Callaba, y se oía su sufrir. Inesperadamente, se bajó la cremallera del chaquetón y dijo:

-Yo soy un hombre.

Él, con la mirada fija en el crucifijo, que caía por el tobogán de los senos, asintió con la cabeza. Le sorprendió su flema, en consonancia con lo que recomendó el poeta imberbe: hay que ser absolutamente moderno. Y él lo fue, qué duda cabe. No sé dejó enredar por las burlas de la realidad. En consecuencia, no dijo nada, aceptación pura. Mientras, él, la mujer que decía ser hombre, se hundía en el silencio . Algo le atormentaba. Susurró que tenía pensado solicitar una ayuda. Me dicen que mienta, dijo. ¿Mentir? La flema ponía bozal a las preguntas.

 

A lo largo del día, el hombre que abrió la puerta no paraba de pensar en lo sucedido. Y para exorcizarlo, se dijo: Escribiré un cuento, para que parezca mentira.