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30.11.13

Buenos sentimientos y mala literatura

Con buenos sentimientos se hace mala literatura, sentencia Gide. Pero hay que ser un Céline, un Bernhard o un Vallejo (Fernando) para hacer buena literatura con mala baba.

27.11.13

“La piedra zen” (Una irónica aportación de Perucho a la mineralogía)

La piedra zen pertenece al mundo oriental y guarda vehementes analogías con la filosofía de tal nombre. Sirve para enjuagues bucales, mezclada con agua y un ramito de hierbabuena. Schopenhauer cantó sus excelencias y parece que la han conocido Spengler y Henri Massis. Por el contrario, en la actualidad no goza de demasiado prestigio, y hay una página de Adorno –un tanto oscura, por cierto– en que se habla de ella con desdén.


Juan Perucho, Lapidario portátil

25.11.13

Los testigos

¿Quién no conoce a esos peripatéticos de fin de semana que proponen a los viandantes enigmas metafísicos? Son fáciles de reconocer. Tesoneros como son, la respuesta incrédula, o la hosca indiferencia, apenas les arredra. Están bien asidos a su fe, elemental y de acero inoxidable, ajena a la corrosión. Varias veces han puesto fecha al fin del mundo, pero el mundo no se acaba, que diría Charles Simic (cuyo sugerente libro, traducido por Jordi Doce, leo en estos días).

Son los testigos, los Testigos de Jehová.

Hubo un tiempo en que se presentaban como tales; pero ahora, con tantos vendedores de todas clases, se han vuelto más cautos y retrasan la identificación. Pero incluso sin decir quiénes son, es fácil reconocerlos. Suelen ir en parejas, bien trajeados, caminan lentamente, otean el horizonte y los extremos, portan su revista en la mano... A diferencia de los jóvenes mormones rubicundos de Utah, los testigos son muy muy castizos.

Recuerdo que cuando leí las memorias de Rudolf Höss, el aplicado comandante de Auschwitz, me llamó la atención el respeto (si puede decirse así) que mostraba al hablar de los testigos. Höss escribe: “Nada les parecía más bello ni deseable que sufrir e incluso morir por Jehová, pues se trataba del medio más seguro de acceder a la categoría de los elegidos. Así, aceptaban sin rechistar su ingreso en prisión, con todos los sufrimientos que ello implicaba. Resultaba conmovedor ver con cuánta entrega cuidaban de sus correligionarios y les brindaban toda la ayuda posible”. Parece que admiraba la entrega sin fisuras a su fe. Aunque su dios no fuera el mismo, ¿veía en ellos un ejemplo de obediencia más allá de la razón? Sin duda. Y no solo él: “Tanto Eicke como el propio Himmler dijeron en varias ocasiones que la fe ciega de los Testigos de Jehová podía servir de modelo a las SS, cuyos miembros debían dar muestras de un fanatismo acérrimo en su adhesión a Hitler y el nacionalsocialismo. Sólo se aseguraría el porvenir del Reich hitleriano cuando todos los SS estuvieran imbuidos de la nueva concepción del mundo, sacrificando por completo su ‘yo’ a la gran causa”. Pero, por lo que a la obediencia se refiere, qué mejor ejemplo que Abraham: no dudó en sacrificar a su hijo, aunque a última hora hubiera final feliz. Kierkegaard escribió páginas memorables al respecto. Los caballeros de la fe (religiosa o política) desafían continuamente a la razón, prescinden de ella en su relación con dios. Y quien intente comprenderlos se hundirá en una ciénaga de absurdos. Fuera de la razón, no es posible comprender.

Pero volvamos a los testigos: ayer llamaron a mi puerta. Dos adultos de mediana edad y una niña, “nuestra sobrina”, de apenas cuatro años. Ella fue la encargada de entregarme un díptico titulado “Será posible que los muertos vuelvan a vivir? (Según parece, ahora están de moda las películas sobre “muertos vivientes”. El tema no me interesa; me quedé en la inquietante, pionera y magistral película de Romero, y en algunas secuelas paródicas.) A lo que apuntaba el díptico era a la resurrección de los muertos. A veces pienso que si es difícil ser budista, más difícil es ser cristiano. Quizás sea la reencarnación más concebible que la resurrección de la carne. Y quien no cree en la resurrección no es un verdadero cristiano. Con las creencias, también es posible hacerse trampas: creer en lo que no se cree, y no creer en lo que se cree. O dudar de lo que se cree, como ese personaje de Dostoievsky que si cree, no cree que cree, y si no cree, no cree que no cree. Si, como decía Ortega, en las creencias se está, quizás sea cierto que muchas veces no sabemos dónde estamos. Tan desconocidos somos para nosotros mismos. Vivimos en la caverna, escrutamos sombras. Es tanta nuestra ignorancia, que acaso somos lo que no creemos ser. La verdad se nos escapa, engaña a nuestros sentidos, confunde a nuestras sensaciones, se burla de nuestras ideas, nos hace un corte de mangas a un palmo de la nariz. Si vemos sombras quizás sea porque nosotros mismos somos sombra. Sombra y tiempo. Y el tiempo todo lo mueve, nada es lo que fue, nunca hay un mañana. Pero una cosa es creer en la resurrección de los muertos y otra muy distinta resucitar. Y si resucitar no parece tarea fácil, más difícil será cuando hay numerus clausus de resucitados: ¡144.000! Ni uno más ni uno menos. Al actual ritmo de crecimiento de la población mundial, y por fatalismo aritmético, cada día que pasa hay menos posibilidades de ser uno de los elegidos. La competencia (o la mies) es mucha...

22.11.13

¡Cierra los ojos!

Si cierras los ojos y alcanzas a concebir la nada, cuando los abras verás el mundo de otro modo. (Pero ¿es posible suponer que nada existe: ni dioses, ni hombres, ni mares, ni árboles, ni prisas, ni tiempo, ni dudas…? Para llegar a imaginar el no mundo sería necesario estar muerto, o ser un consumado jesuita; y, en ese caso, la imaginación sobra.)

21.11.13

La hospedería de la razón (Glosa de unas palabras de Bernardo Soares)

A Bernardo Soares, trasunto del Pessoa oficinista, no le arredran los intríngulis. En la selva del lenguaje se maneja como avezado cazador. No le teme a las paradojas ni a los anacolutos. Cuando piensa, su pensar es levitativo, más próximo del éter que de la piedra dura. Sus razones parecen tiznadas de sentimientos. Bernardo Soares conoce bien la hospedería de la razón; esa hospedería que se encuentra, según sus palabras, “a medio camino entre la fe y la crítica”. La hospedería de la razón es refugio al que no todos se acogen, enfangados unos en su ceguera y otros en su no querer ver. Y, sin embargo, la hospedería de la razón es acogedora con quien acepta humildemente su fatal ignorancia. Pero ¿qué razón es esa que mora en la hospedería de la razón? Es una razón limitada, que si bien ayuda a comprender lo comprensible, no va más allá, abandonándonos a las puertas del misterio. La fe, a su vez, si no ayuda a comprender lo incomprensible, ayuda a sobrellevarlo. Sin el báculo de la fe, incluso la razón tropieza. Y a la fe no se le piden pruebas; ella, la fe, es la prueba de no se sabe qué. Rizando el rizo, Soares afirma que la razón misma participa de la fe, que la razón “es todavía una fe”. ¿Cómo es eso? “Porque comprender —sostiene Soares— implica presuponer que hay alguna cosa comprensible.” Pero incluso eso quizás sea mucho suponer, por más que nos forjemos la ilusión de comprender incluso lo incomprensible. Todo sea a fin de mantener la puerta del vacío cerrada a cal y canto. Por si las moscas.

20.11.13

“Un sueño”, de Yasmina Reza

He tenido un sueño. Mi difunto padre me visitaba.
–Vaya –le dije–, ¿qué tal? ¿Has visto a Beethoven?
Se enfurruña y menea la cabeza, enojado y triste:
–¡Quita, quita! ¡Qué horrible encuentro!
–¿Y eso?
–Muy antipático. Muchísimo.
–No me digas, papá...
–Me acerco a él –prosigue mi padre–, dispuesto a abrazarle, ¿y sabes qué me dice?: «¿Cómo se ha atrevido a tocar el adagio de la Hammerklavier?* ¿Cómo ha podido pensar ni por un segundo en interpretar un compás de la Hammerklavier?». «Discúlpeme, maestro –le contestó mi padre–, le creía por encima de esas cosas ahora.» «¡Pero bueno! –exclamó Beethoven–. ¡Estar muerto no significa ser sensato!»

Yasmina Reza,
Hammerklavier
[Editorial Anagrama. Traducción de Joaquín Jordá]______________________
* Nombre con el que se conoce popularmente la Sonata para piano en si bemol mayor, opus 106, de Beethoven. (N. del T.)

19.11.13

El desparpajo de Montaigne

Hay que tener mucho desparpajo —o ser Montaigne— para decir lo que el sabio francés desliza en el prólogo a sus vastos Ensayos. Tras afirmar que su libro es “un libro de buena fe”, y exponer sus motivos para escribirlo, concluye: “Así, lector, yo mismo soy la materia de mi libro...”. Pero ahí no acaba la frase; tan novedosa afirmación se cierra con un tímido desplante: “... no hay razón para que ocupes tu ocio en tema tan frívolo y vano. Adiós pues”.

A mil leguas de los autores zalameros, obligados a dedicar su obra a la nobleza en busca de prebendas, Montaigne se dirige al lector común, advirtiéndole, con sinceridad que le honra, de su responsabilidad en el trato. Curiosa manera esta de invitar al lector al festín de las palabras, apelando al mismo tiempo a su sensatez. Hay que tener mucho desparpajo, o ser Montaigne...

18.11.13

El infinito…

El infinito, lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande: la sed de infinito que asedia nuestro vivir. Ese infinito que se confunde con la divinidad, y en el que se inscribe nuestra historia finita, y la ceniza de los años, y la estela del olvido. Pensar en el infinito sobrecoge. Es preferible pensar en la nada: el infinito de lo inexistente, la rabia de lo dormido y lo secreto, la desazón de lo inmaduro y lo abortado. El infinito supera nuestra comprensión. Aturde la cabeza si pensamos en él. A lo más que podemos llegar, si alguna vez llegamos, es a sentir que el infinito atraviesa nuestro ser como un áspero rayo de luz.

[De El círculo de las palabras, 61. Inédito.]

15.11.13

Lapsus calami

Para poner una sonrisa en la tantas veces ríspida realidad cotidiana quizás puedan servir unos cuantos lapsus calami. Aunque resulten graciosos, seguro estoy de que a su autor –sean imputables a él, o no lo sean–, poca gracia le harían. Los tomo del Diccionario de tipografía y del libro, del benemérito José Martínez Sousa, quien los espigó de una obra publicada en París con el título de Museo de errores (excepto los dos últimos, recopilados por el escritor austriaco Max Sengen).

“El duque apareció seguido de su séquito, que iba delante.” (Cartas de mi molino, de Alfonso Daudet.)

“Con un ojo leía, con el otro escribía.” (A orillas del Rin, de Auback.)

“Guillermo no pensaba que el corazón pudiera servir para algo más que para la respiración.” (La muerte, de Argibachev.)

“Empiezo a ver mal –dijo la pobre ciega.” (Beatriz, de Balzac.)

“Después de cortarle la cabeza, lo enterraron vivo.” (La muerte de Mongomer, de Henri Zvedan.)

“El cadáver miraba con reproche a los que le rodeaban.” (Recopilada por Max Sengen.)

“Por desgracia, la boda retrasóse quince días, durante los cuales la novia huyó con el capitán y dio a luz ocho hijos.” (Ídem.)