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23.2.13

Budhi-Dhorma y las meretrices

Aunque en alguna época pudo parecer -a causa de los embates del amor libre- que declinaba el amor mercenario, a Budhi-Dhorma no le sorprendía en absoluto su pervivencia. Mientras en el mundo haya hombres, y dineros, habrá meretrices, discurría. Budhi-Dhorma usaba el añejo vocablo sabedor de que cada palabra es única y de que no hay otra en el diccionario que designe con más elegancia el comercio carnal. Budhi-Dhorma desconfía de los sinónimos. Cada palabra apunta al blanco; y a pesar de las semejanzas, cada diana es distinta. En esto se resumía su filosofía del lenguaje y su conocimiento del oficio más viejo del mundo. Acerca de este socorrido lugar común, cavilaba el bendito: “Si admitimos que fue el primer oficio del mundo, lo que es mucho admitir, ¿cómo no admitir que también será el último? Admitámoslo.”

20/03/09 y 23/02/13

15.2.13

… mujeres como las demás…

Groucho MarxEn algún lugar que no recuerdo me topé hace años con esta extraña afirmación de Groucho Marx: Los hombres somos mujeres como las demás.
Da que pensar la frasecita, se mire como se mire.
Y si no es de Groucho, será de Woody Allen. Tanto monta...

8.2.13

“Los dos consolados”: un cuento de Voltaire traducido por el abate Marchena

Decía un día el gran filosofo Citofilo a una dama desconsolada, y que tenía sobrado motivo para estarlo:

Señora, la reina de Inglaterra, hija del gran Enrique IV, no fue menos desgraciada que vos: la echaron de su reino; se vio a pique de perecer en el océano en un naufragio, y presenció la muerte del rey su esposo en un patíbulo.

Mucho lo siento dijo la dama, y volvió a llorar sus desventuras propias.

Acordaos dijo Citofilode María Estuardo, que estaba honradamente prendada de un guapo músico que tenía excelente voz de sochantre. Su marido mató al músico; y luego su buena amiga y parienta, la reina Isabel, que se decía doncella, le mandó cortar la cabeza en un cadalso colgado de luto, después de haberla tenido diez y ocho años presa.

¡Cruel suceso! respondió la señora; y se entregó de nuevo a su aflicción.

Bien habréis oído mentar siguió el consolador a la hermosa Juana de Nápoles, que fue presa y ahorcada.

Una idea confusa tengo de eso dijo la afligida.

Os contaré añadió el otrola aventura sucedida en mi tiempo de una soberana destronada después de cenar, y que ha muerto en una isla desierta.

Toda esa historia la sé respondió la dama.

Pues os diré lo sucedido a otra gran princesa, mi discípula de filosofía. Tenía su amante, como le tiene toda hermosa y gran princesa: entró un día su padre en su aposento, y cogió al amante con el rostro encendido y los ojos que como dos carbunclos resplandecían, y la princesa también con la cara muy encarnada. Disgustó tanto al padre el rostro del mancebo, que le sacudió la más enorme bofetada que hasta el día se ha pegado en toda su provincia. Cogió el amante las tenazas, y rompió la cabeza al padre de la dama, que estuvo mucho tiempo a la muerte, y aún tiene la señal de la herida: la princesa desatentada se tiró por la ventana, y se estropeó una pierna, de modo que aun el día de hoy se le conoce que cojea, aunque tiene hermoso cuerpo. Su amante fue condenado a muerte, por haber roto la cabeza a tan alto príncipe. Ya podéis pensar en qué estado estaría la princesa, cuando sacaban a ahorcar a su amante; yo la iba a ver con frecuencia, cuando estaba ella en la cárcel, y siempre me hablaba de sus desdichas.

¿Pues por qué no queréis que me duela yo de las mías? le dijo la dama.

Porque no es acertado dolerse de sus desgracias, y porque habiendo habido tantas principales señoras tan desventuradas, no parece bien que os desesperéis. Contemplad a Hécuba, contemplad a Níobe.

¡Ah! dijo la señorasi hubiera vivido yo en aquel tiempo, o en el de tantas hermosas princesas, y para su consuelo les hubierais contado mis desdichas, ¿os habrían acaso escuchado?

Al día siguiente perdió el filósofo a su hijo único, y faltó poco para que se muriese de sentimiento. Mandó la señora hacer una lista de todos los monarcas que habían perdido a sus hijos, y se la llevó al filósofo, el cual la leyó, la encontró muy puntual, y siguió llorando. Al cabo de tres meses se volvieron a ver, y se pasmaron de hallarse muy contentos. Levantaron entonces una hermosa estatua al tiempo, con este rotulo:

Al consolador.


Voltaire
Zadig y Micromegas
Traducción del abate Marchena
Barcelona: Editorial Fontamara, 1974


5.2.13

El senador Pococurante, francotirador literario

Uno de los capítulos más deliciosos del Cándido de Voltaire, tan lleno, por otra parte, de peripecias peregrinas, es aquel en que el ingenuo Cándido y Martín, el sabio resabiado, visitan a un rico senador veneciano, Pococurante, en su magnífico palacio de la Brenta. El hecho de que fuera considerado un hombre feliz había despertado la curiosidad de Cándido, y no quería dejar pasar la ocasión de conocer a un ejemplar de tan rara especie.

De la lectura del capítulo no es fácil deducir si Pococurante era un hombre feliz o un pobre infeliz. Lo que en él destaca es la tendencia a opinar desfavorablemente de cualquier tema, lo que a Cándido, tan escaso de criterio propio, sumía en la perplejidad.

Si el ingenuo Cándido alaba algo, el sesentón senador discrepa con pasmosa seguridad, se trate de lo que se trate: de mujeres, de la pintura de Rafael, de la música... El senador reconoce que ha comprado a precio de oro, y por vanidad, los dos cuadros de Rafael ante cuya belleza se extasía Cándido. Y resume así la relación que mantiene con su pinacoteca: “Poseo muchos cuadros, pero ni siquiera los miro.”

Mientras llega la hora de comer, el senador manda tocar a sus músicos. Y al alabar Cándido la música, Pococurante replica que ese ruido, al cabo de media hora, fatiga a todo el mundo, aunque nadie se atreva a confesarlo. Pero Pococurante sí se atreve. Recela, eso sí, de las alabanzas, por considerarlas, quizás, esclavas del miedo. Su osadía pone en cuestión el papanatismo, aunque su actitud tampoco esté libre de sospechas. Pococurante va de francotirador. Y el francotirador acaba disparando contra cualquier bulto, venga a cuento o no. A vecdes da la impresión de que las críticas de Pococurante parecen querer poner en evidencia la fingida admiración de otros.

No escasean los malentendidos en la historia de la cultura, pero de vez en cuando aparece un Pococurante que, armado de razones y sinrazones, a partes iguales, parece dispuesto a poner las cosas en su sitio, persiguiendo la lealtad con su propio gusto.

Después de comer opíparamente, Pococurante y sus invitados entran en la biblioteca. Al ver un Homero magníficamente encuadernado, Cándido alaba el buen gusto del senador. Y éste contesta fríamente: “Pues a mí no me gusta”. Y desgrana sus razones, para terminar diciendo: “He preguntado a más de dos sabios si con tal lectura se fastidian tanto como yo, y los sinceros me han contestado sin ambages que el libro se les caía de las manos, pero que era preciso que figurase en la biblioteca de todo hombre ilustrado, como un monumento de la antigüedad, al modo de ciertas roñosas monedas retiradas de la circulación.” Era preciso. Y de hecho ahí está, en la biblioteca del senador, aun cuando no le prodigue elogios. Algo más compasivo se muestra con Virgilio y con Horacio, pero para todos tiene objeciones. Igual que el cura y el barbero del Quijote, también Pococurante hace, a su manera, el donoso escrutinio de algunas cimas literarias, en un ejercicio de libertad, admirando a Cándido de lo que oía, y encontrando la comprensión de Martín. Para cada autor que señala admirativamente Cándido, Pococurante tiene dardos afilados. El último sobre el que hace blanco no es otro que Milton, “ese burdo imitador de los griegos, que desfigura la Creación”.

Un personaje como Pococurante no deja indiferente. Y forzoso es suponer que él conoce cuanto rechaza, y que por eso desprecia a quienes aceptan vicariamente lo que ignoran.

Cándido cayó rendido ante el senador, y para sus adentros decía: “¡Oh! ¡qué hombre de más talento! ¡Qué gran espíritu el de este senador! Nada le gusta.” Nada le gusta. Qué extraña felicidad.

1.2.13

Reflejos

La verdad de lo que vemos es, a veces, que no es verdad lo que vemos.