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28.2.09

Joseph Joubert o el pensamiento alado

Selección, traducción y nota de Luis Valdesueiro
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Joseph Joubert fue un escritor avaro de sí mismo. Avaro y secreto. Hizo del papel su confidente y renunció al lector. Escribe, pero nadie conoce lo que escribe. Traza sobre el papel su vida, sus temores, sus angustias, sus ideas, y se niega a compartirlas con sus coetáneos. La vanidad no le tienta. Acepta su destino: pasar sin pena ni gloria, inédito, desconocido, a la espera, acaso, de que, una vez muerto, un alma caritativa reúna sus despojos verbales y los imprima. Meritorio papel que correspondió a su triunfante amigo Chauteaubriand, quien publicó, en 1838, y en edición no venal, una selección de sus Carnets. A partir de entonces, esta obra secreta no ha dejado de alumbrar a cuantos se acercan a ella.

Joubert nació en 1754, en Montignac, en el Périgord. En 1776 comienza sus Carnets, que sólo interrumpirá la muerte. Una de las características más notables de la obra de Joubert es la armonía que existe entre filosofía y poesía. En sus pensamientos, la poesía filosofa y la filosofía poetiza. Idolatra la concisión, detesta el fárrago, tanto en filosofía como en poesía. En uno de sus aforismos propone: "Conciso como un poeta. Concisión poética. Lo propio del poeta es ser breve, es decir, perfecto, absolutus, como decían los latinos." Y escribiendo breve, escribió profundo. Aplicaba el buril a las frases con unción devota. Frases que unas veces sugieren y otras sentencian. Si es inevitable que el aforismo resulte doctrinario, lo cierto es que Joubert apenas roza la admonición. La concisión es la piedra de toque de su estilo, su talismán. Para Joubert, lo exacto es corto, suficiente, breve. La exactitud excluye la extensión. Quien se demora, miente. De ahí que su obra se resuelva en mínimos islotes que forman el archipiélago de su pensamiento. Joubert es un homeópata de la literatura: sabe que lo difícil es descubrir lo necesario, lo exacto, y que cualquier exceso, en más o en menos, es falaz y repudiable. Arte difícil el de la concisión, en el que excederse no es el único peligro. En uno de sus aforismos más tajantes e incisivos, Joubert afirma: "Todo exceso es defecto."

Los aforismos de Joubert abundan en estos temas: la verdad, la belleza, la poesía, la literatura, el arte, Dios... Y aunque Joubert tiene palabras para casi todo, son esos los temas en que más se empecina su espíritu. Equilibrista del pensamiento, Joubert se sitúa en el filo de la verdad, una verdad tan sutil que parece banal y sin importancia. Los grandes pensamientos parecen volar de su pluma, tan sencillos y transparentes como el aire, tan vivos también; su existencia apenas se manifiesta como leve ráfaga. Algunos aforismos semejan destellos, pequeñas iluminaciones que alumbran el alma y el ojo. Si en uno proclama que "la imaginación es el ojo del alma", en otro descree de una verdad que ayude a vivir, y postula la sabiduría: "¿Buscar la verdad? Sí, si sólo se trata de saber, pero ¿y si se trata de vivir? Entonces es preferible la sabiduría." En cualquier caso, no cree que la verdad se esconda detrás de ningún velo, ya que su color "es la claridad, la transparencia, la evidencia".

En el prólogo a los Pensées, Georges Poulet escribe estas definitivas palabras: "Joubert no es un filosofo, un moralista, un autor de máximas: es, como a veces Rousseau y a menudo Éluard, un maravilloso poeta de la luz." Y así es: sus palabras se transparentan, como si pudiéramos ver a través de ellas.

La resaca revolucionaria hizo de él un conservador y le empujó a encerrarse en sí mismo. "La revolución, escribe, ha desterrado mi espíritu del mundo real, haciéndomelo demasiado horrible." Abandonó los fetiches del siglo que perecía: la diosa razón, el ateísmo, el odio a la grey clerical... Como furibundo huracán que decapita cabezas e ideas, la revolución le abocó a la tradición, lo que en él representaba cierto acomodo a la reflexión sin actos. Y acaso porque su manera de creer estaba teñida de escepticismo no se convirtió, como tantos otros, en furibundo soñador de la contrarrevolución. Y así, replegado en sí mismo y ajeno a las venganzas y degüellos de la historia, ahonda en su ansia de espiritualidad y de conocimiento, a través de un arte, como ha señalado Poulet, esencialmente metafórico, abocado como está a hacer sensible y palpable lo abstracto.

Joubert expone su pensamiento en breves notas, ajeno a cualquier ambición, de espaldas a la fama. Ocultó su talento. El secreto fue el yunque en que se fraguaron sus palabras, que no sólo son hijas del pensamiento: en ellas no sólo habla la razón; también la emoción razona y tiembla. Joubert descreía de todas las veleidades humanas que el afán de poder alienta y la ambición sostiene. Soberbio, acaso, en su humildad, reniega de absolutos demasiado humanos y se enamora de la idea de Dios, un Dios al que siente como luz y no como norma: "Dios es una luz que ve. Una luz que lo ve todo." Y así descansa en Dios su memoria: "Dios es el lugar en que olvido todo lo demás."

Joubert muere el 4 de mayo de 1824. Y con su muerte desaparece el último obstáculo para el conocimiento de una obra labrada en el silencio y a él destinada.

AFORISMOS

El pensamiento se forma en el alma como las nubes se forman en el aire.

Imitad al tiempo. Todo lo destruye con lentitud. Socava, desgasta, desarraiga, separa, pero sin desgarrar.

La imaginación es el ojo del alma.

Compensar la ausencia con el recuerdo.

El ideal es lo que sólo puede ser representado por la idea y visto por la imaginación.

Un sueño es la mitad de una realidad.

Almas de agua, almas de tierra, almas de aire, almas de fuego.

Pensar lo que no sentimos es mentirse a sí mismo, igual que se miente a los demás cuando les decimos lo que no pensamos. Todo lo que pensamos es preciso pensarlo con todo el ser, alma y cuerpo.

Reminiscencia. Es como una sombra de un recuerdo.

Idea. Es, a menudo, la imagen inexpresable de algo invisible, o la noción innata de alguna relación desconocida.

La palabra no es, en efecto, sino el pensamiento incorporado.

Hablar con la imaginación, pero pensar con la razón.

La sombra de una sombra: la abstracción de una abstracción.

Cierra los ojos y verás.

Todo exceso es defecto.

Todo tiene su poesía.

El gusto severo y la imaginación pródiga.

Todo lo que es exacto es corto.

Aire, lugar, luz, vida, salud, saber, belleza, alimento y delicias del alma.

Hay que ser ilusionario y no ser visionario.

La ilusión y la sabiduría reunidas, ¡encanto de la vida y del arte!

El error agita, la verdad descansa.

La religión es la poesía del corazón.

El alma es el hombre entero.

El espacio es el lugar de los cuerpos.

Es necesario que las palabras nazcan de los pensamientos y que las frases nazcan de las palabras.

El color de la verdad es la claridad, la transparencia, la evidencia.

La memoria sólo ama lo excelso.

¡La verdad! Sólo Dios la ve.

La elipsis, favorable a la brevedad y que ahorra tiempo y espacio.

El espíritu es la atmósfera del alma.

El mundo es una gota de aire.

La mitad de mí se burla de la otra mitad.

En todo sigue la regla o, mejor aún, la razón de la regla, si la conoces.

Busquemos la luz en nuestros sentimientos. Hay en ellos un calor que contiene muchas claridades.

Nuestra vida es viento tejido.

El espacio es al lugar lo que la eternidad es al tiempo: un infinito.

A la verdad por la ilusión.

Mi memoria ya sólo conserva la esencia de lo que leo, de lo que veo e incluso de lo que pienso.

Escribir, no solo con pocas palabras, sino con pocos pensamientos.

No es la frase lo que yo pulo, sino la idea.

Pensamientos aún en germen: hay que dejarles que se formen. Si los tocamos, se echan a perder.

Poesía de ideas.

Sin ideas fijas no hay sentimientos fijos.

En Poesía, Por Ejemplo, nº 8 (octubre 1997/abril 1998)

27.2.09

El teléfono móvil y el don de la ubicuidad

Uno no elige lo que oye. ¡Si fuera tan fácil! Y lo que uno oye (en la calle, en el metro, donde sea…) es algo que no podemos dejar de oír. En su novela El loro de Flaubert, Julian Barnes se explaya en sabrosas digresiones acerca de lo que significó la aparición del teléfono en las costumbres y en la literatura. El teléfono permitía que la voz saltara por encima de mares y océanos, favorecía los amores clandestinos, derrotaba las distancias, aunque nos mantuviera anclados a un punto fijo. Sólo con la llegada del teléfono móvil fue posible alcanzar algo parecido al don de la ubicuidad. El móvil derrotó al espacio. Sus usuarios ya no están anclados a un lugar. Y eso abre múltiples posibilidades, incluso a la mentira: “Oh, sí, perdona, es que estoy en Málaga… cuando vuelva te lo enviaré.” ¡Y está en Navalcarnero! Es decir, puede uno estar donde no está, y no estar donde esta. Esa es la libertad que el móvil procura. Y como triste secuela, desplaza los asuntos, los desubica, los expande por la vasta geografía. Y así, no es raro oír en el autobús, o en el metro ―¡también en el metro, dios!― una conversación profesional, o íntima, o declaradamente tonta. La intimidad sentimental es, sin duda, más golosa, para el forzado auditor, que la profesional, que abruma sin deleitar, pero desgraciadamente no está en nuestras manos elegir los temas. Porque de oírlos no nos libra nadie: la mayoría de la gente, cuando habla por teléfono, perora. Acaso sea un resabio escéptico ante el poder de la técnica. Y si bien produce pudor ser testigo de la conversación de dos o más personas, y uno procura distraerse, lo cierto es que cuando nos encontramos ante una conversación en la que solo oímos hablar a uno, la cosa se convierte en espectáculo, y es fácil entonces dejarse arrastrar al lodo de intimidad de quien habla de su vida como si estuviera a solas consigo mismo. Tal vez porque las grandes confidencias son más fáciles ante desconocidos…

26.2.09

El arte del plagio... ajeno

La nota de Bloy en su Exégesis… me ha traído a la memoria una lectura poética de un novísimo que tuvo lugar hace décadas. Leyó el poeta, entre otras cosas, una prosa del libro ―memorable museo de citas― que había publicado años antes.
El texto comenzaba así: Según Faulkner… Y a las palabras iniciales les seguían cuatro páginas de la novela Mosquitos del autor sureño, según confesó el "autor". ¡Una broma perfecta! ¡Un experimento logrado! Lo que va de ayer a hoy, pienso para mis adentros. Tales artificios ayer hacían gracia; hoy, maldita la gracia que hacen. Y es que en estos tiempos gélidos nos cuesta ser ingenuos: una nube torva empaña nuestra mirada…

25.2.09

Aforismos de Jules Renard

Selección, traducción y nota de Luis Valdesueiro
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Durante veintitrés años, la mitad de su vida, Jules Renard (1864-1910) llevó un diario. A diferencia de otros afamados diaristas -Joubert, Amiel-, el diario no fue la obra de su vida, aunque no falta quien le considera su obra maestra. Para él, al contrario, un diario ni siquiera es una obra. El 1 de enero de 1901, despide quejas contra él: «Este diario me vacía.» Para entonces ya había aparecido Pelo de zanahoria, su novela más famosa, a la que seguirá años más tarde un bestiario -Historias naturales- en el que la imaginación se pone al servicio de la zoología más trivial. Su Diario es el recuento cotidiano de su vida y pensamientos. Como si se tratara del desván de su alma, en él encontramos un poco de todo: anécdotas, retratos, confidencias, sentimientos, caricaturas, lamentaciones, aforismos... Y esas anotaciones incesantes se erigen en espejo fiel de su ingenio, su ironía, su envidia y su humor amargo. Gómez de la Serna le tuvo por precursor de la greguería. Algunos críticos le considera un maestro de la expresión condensada y la página perfecta: Léon Guichard, por ejemplo, ha escrito que muchos de sus textos no sólo son poemas en prosa: son, junto con los de Francis Ponge, el modelo mismo del poema en prosa. De la mina de inagotable riqueza que es el Journal (1887-1910), arrancamos estas piedras preciosas del pensamiento y la poesía.

AFORISMOS

El trabajo piensa, la pereza sueña.

El estilo es el olvido de todos los estilos.

El crítico es un botánico; yo soy un jardinero.

Es preciso que el hombre libre se tome a veces la libertad de ser esclavo.

Pensar es buscar claros en un bosque.

¡Que la mano que escribe ignore siempre al ojo que lee!

No somos felices; nuestra felicidad es el silencio de la desgracia.

¡Sé modesto! Es la clase de orgullo que desagrada menos.

Sus ojos duermen como dos pájaros.

De nada sirve morir: hay que morir a tiempo.

La palabra es la excusa del pensamiento.

El miedo es una bruma de sensaciones.

La prudencia sólo es una cualidad: no hay que hacer de ella una virtud.

La luna nos mira con su monóculo.

¡Qué tranquilo! Oigo todos mis pensamientos.

Amo la soledad, incluso cuando estoy solo.

El ensueño es el claro de luna del pensamiento.

El ideal: un sueño preciso.

No hay que decir toda la verdad, pero hay que decir sólo la verdad.

Mi imaginación es mi memoria.

Poeta, no busques otra cosa: has sido creado y puesto en el mundo para ser la conciencia de todo aquello que no la tiene.

El pájaro, ese fruto nómada del árbol.

El pájaro enjaulado no sabe que no sabe volar.

Escribir es casi siempre mentir.

Queremos vida en el teatro y teatro en la vida.

Un poco de odio purga la bondad.

La noche: el día que se vuelve ciego.

Pereza: costumbre de descansar antes de cansarse.

El horror que tengo por la mentira ha matado mi imaginación.

Envidioso por momentos, nunca tuve paciencia para ser ambicioso.

Todo cansa, salvo los sueños, que son la vida inmaterial.

Ensoñación: el pensamiento que se nutre de nada.

Hay que vivir para escribir y no escribir para vivir.

En Poesía, Por Ejemplo, nº 9 (1998).

24.2.09

Una pregunta


-Y tú, ¿crees en lo que crees?
-Sí, creo que creo en lo que creo.
-¡Bendito tú!

23.2.09

Todo está dicho

Todo está dicho. Una y mil veces dicho. Dicho por activa y por pasiva. Al derecho y al revés. Por sabios y por necios. En una lengua o en otra. Con gritos o susurros, o en silencio… ya que el silencio siempre habla.

Y a pesar de todo, ¡cuánto nos cuesta aprender lo que sabemos!, ¡y cuánto más aprender lo que ignoramos!

22.2.09

La mano en el fuego

Últimamente se oye con harta frecuencia: Fulano se niega a poner la mano en el fuego por Mengano, Zutano se niega a poner la mano en el fuego por Perengano. Delicado asunto: la mano, en el fuego, suele quemarse. El valeroso Escévola sí puso la mano en el fuego, para sellar su silencio: se quemó y, gracias a su arrojo, salvó la vida. Pero ¿cómo poner la mano en el fuego por los demás? ¿Es, acaso, sensato que nuestra mano izquierda se inmole en el fuego por la mano derecha? ¿Es sensato al revés? ¿Acaso nuestro yo dormido sabe lo que trama nuestro yo despierto? ¿Acaso lo que somos sabe lo que urde aquello que no somos? Pero no desconfiemos nunca de nuestra lealtad ni del fuego: nos basta con conocer sus límites.

21.2.09

Oblomov

Por Luis Valdesueiro
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En la historia de la literatura hay muchos personajes inolvidables. Algunos están en boca de todos. Son los menos y reciben el aplauso de los más. Por algo será, sin duda, se lo tienen merecido. Su gloria supera con creces a la de sus creadores, y da fe de ellos. Ahí están Hamlet, Don Quijote, Raskolnikov, Ana Karenina, Don Juan, la Celestina, madame Bovary, etc. Que cada cual haga su lista. Estos personajes ocupan la fila de honor. Pero detrás de ellos, amparados en las sombras, se agitan unos personajes oscuros, discretos, entrañables, sorprendentes, anodinos, irresolutos, angustiados, vencidos... Esos personajes se llaman Wakefield, Jakob von Gunten, Bartleby, Pluma, Gregor Samsa, el hombre del subsuelo de Dostoievski, etc. De entre estos inolvidables segundones, hay uno al que quiero recordar: Oblomov, el inasible personaje de la novela homónima de Iván Goncharov.

Oblomov encarna al hombre que se deja llevar por la vida. Su historia es la historia de ese abandono. De familia noble, terrateniente, místico de la inacción, Oblomov se entrega a la inercia del vacío como si fuera el absoluto de los absolutos. Cierto es que tuvo una juventud y que no le faltaron ilusiones, esperanzas y anhelos de futuro. Estudiaba, acariciaba el amor, apreciaba la cultura, admiraba la belleza... Pero un día, en el teatro, para su desgracia, sorprende una conversación: «¿Quién era ese?... Un tal Oblomov... ¿Qué está haciendo aquí?... Dieu sait...!». Esas palabras le laceran el alma y le hunden en la duda: ¿Qué estoy haciendo aquí? No tiene respuesta. Comprende entonces que su mundo no es el mundo. Y a partir de ese momento, su aburrimiento degenera en abulia absoluta: su biografía nada le debe, es un puro acontecer. La vida de Oblomov se vuelve un sabbat perpetuo. Stolz, su amigo, intenta sacarle del marasmo de quietud. Le espolea con una divisa: Ahora o nunca. Pero Oblomov elige nunca: vive al margen del tiempo, sin nada que le apremie, ajeno a cualquier deseo, rendido a la más oscura ataraxia. Pero aunque renuncie a obrar, es inevitable que le sucedan cosas. Cosas que despertarán, en cualquier lector, arduas dudas. Al renunciar a sus deseos, Oblomov acepta lo que le da la vida. Sus deseos se confunden, y se funden, con la realidad. Oblomov supera la angustia del vivir haciendo de la realidad, la suya, la que le acontece, la única felicidad posible. Su realidad es su deseo. Entregado al puro azar, él es feliz. Su vida pudiera ser distinta, pero es la que es. Y en esto, al menos, su vida es igual a la de todos. «¡Oh la vida!», suspira Oblomov. «¿Qué pasa con la vida?», le increpa Stolz. Pasa que a Oblomov la vida le roza, no le deja en paz. Él hubiera querido dormirse para siempre. No encuentra su sitio. Stolz, místico de la acción, bufa de recelo. Pero no creamos que Oblomov es un hombre contemplativo. Stolz, humillado por la inercia que domina a su amigo, le lanza un último reto: ¡si al menos filosofaras un poco! Pero Oblomov se niega a hacer filosofía con su vida. Es difícil saber si sufre, pero el paso del tiempo parece no afectarle. Para Stolz, hombre inmerso en mil proyectos, la vida pasa en un instante, el tiempo pone límites a sus afanes: «¡Oh, si se pudiese vivir doscientos o trescientos años, cuánto trabajo se podría hacer!» Para Oblomov, no hay tiempo, no hay límite. Mientras Stolz cree que todo puede cambiarse, que todo es posible, Oblomov cree, si acaso cree, que nada puede cambiarse, que nada es posible.

En las páginas finales de la novela, Stolz retrata lúcidamente a su amigo: «¡No era más tonto que otros; tenía el alma pura y transparente como el cristal; era noble y dulce, y pereció!» Preguntado por la causa, responde: «La causa... ¿qué causa? ¡Oblomovismo!»
Esta palabra, oblomovismo, fue la primera referencia que tuve de esta novela: la leí por vez primera, si mal no recuerdo, en una de las escasas entrevistas concedidas por Beckett. ¿De dónde venía esa palabra? ¿Quién era ese Oblomov ―cuyo nombre redondo irradia una fuerza rotunda― del que sin duda emanaba? Acudí a algunos diccionarios sin ningún resultado. Tiempo después, en una librería de París, descubrí casualmente la novela de Goncharov. Así supe que el oblomovismo no era la doctrina de ningún iluminado sino la herencia de un personaje creado en la Rusia de mediados del siglo XIX.

Si, como pedía Kafka, un libro debe ser como un puñetazo en la cabeza, no cabe duda de que Oblomov es ese libro. Leerlo es atravesar el desierto. En esta novela, todo nos interpela, todo nos sobrecoge, todo nos afecta. Y al final de la travesía nos queda una pregunta amarga: ¿cabe luchar contra el destino o es más sabio dejarse llevar por él? Preguntas, preguntas, preguntas... Que cada uno vivirá a su manera, porque cada uno es el actor de una manera de ser y de estar en el mundo.

En La Primera Piedra, nº 1 (2003).

El arte del plagio... propio


Para ilustrar el lugar común “Nadie es perfecto”, Léon Bloy narra, en su Exégesis de los lugares comunes (Acantilado), la sorprendente e hilarante historia de Esculapio Nupcial. Una historia ejemplar a su modo, de una ironía que riza el rizo, y una profundidad a la que da miedo asomarse. Historia digna de leer y releer. Y lo cierto es que, según la iba leyendo, me sabía a cosa sabida, a delicia ya degustada... Pero al acabar de leerla, una nota del autor disipó mis sospechas: El conmovedor relato que acaba de leerse no es, desgraciadamente, completamente inédito. Forma parte de mis Historias chocantes… Pero el fracaso de este libro, que pasó casi desapercibido, fue tan grande que… podría afirmarse que esta página no ha sido leída nunca por nadie. ¿Por qué volver a escribir algo que ya estaba tan logrado, y qué otra paráfrasis más brillante que ésta habría podido escribir?
¡Oooolé! Como diría el taoísta: si no está roto, no lo arregles.

19.2.09

La alegoría según Slawomir Mrozek

Por Luis Valdesueiro
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Leo un cuento de Slawomir Mrozek: Revolución. Hilaridad cáustica, ironía agria. Palabras como vitriolo sobrevuelan lo que nombran y provocan risa franca y pasión lúcida.

Se trata de una breve historia sobre el tedio. Trae al recuerdo algún pensamiento de Pascal. Da vueltas al tema del aburrimiento y de la novedad: aburrimiento y novedad, aburrimiento y novedad, aburrimiento y novedad, hasta que propone la salida del aburrimiento con el recuerdo de lo que en otro momento fue novedad.

La historia es sencilla: un hombre se aburre en su habitación. Sospechando que el mobiliario es la causa de su aburrimiento, decide introducir cambios en su disposición y uso. Coloca la cama en el lugar de la mesa, y el armario en el sitio de la cama, y la mesa en el lugar del armario. Comienza así su etapa inconformista. La novedad le anima durante cierto tiempo. Pero pasado cierto tiempo la novedad deja de ser novedad. Y emprende nuevos cambios que dan lugar a su etapa vanguardista. Pero el tiempo es tozudo y, de nuevo, después de cierto tiempo, cuando la novedad se agrieta, la historia se vuelve a repetir. Y surge en él, incontenible y enfática, la necesidad de un cambio radical, profundo. Culmina así su etapa revolucionaria. Y entonces decide dormir en el armario. Pero, ay, pasado cierto tiempo, una noche en que ya no aguantaba más, abandonó el armario y se metió en la cama. Durmió de un tirón tres días y tres noches. Cuando despertó, puso de nuevo las cosas en su sitio original. Había aprendido una lección:
Cuando me consuma el aburrimiento, lo mejor será recordar los tiempos en que fui revolucionario.

En La Primera Piedra, núm. 6 (2004).

18.2.09

Aforismos de Louis Scutenaire

Traducción y nota de Luis Valdesueiro
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Louis Scutenaire (Ollignies, 1905-Bruselas, 1987). Doctor en Derecho, ejerció la abogacía defendiendo a delincuentes. En 1926 se convirtió al surrealismo. Después de la guerra, y hasta su jubilación, fue funcionario del Ministerio del Interior. En mayo de 1940, en compañía de su mujer, de Magritte y otros amigos, se dirigió hacia el sur de Francia huyendo de las fuerzas alemanas de ocupación. En aquellas adversas circunstancias, Scutenaire empezó a redactar su cuaderno de bitácora, a cuyo primer volumen -publicado por Gallimard en 1945: Mes inscriptions (1943-1944)- pertenecen los textos traducidos.

INSCRIPCIONES

1. La soledad y la promiscuidad son los dos contrarios más idénticos del mundo.

2. El corazón piensa.

3. Sabiendo lo que sabes, ¿cómo es posible que no lo sepas?

4. Soy excepción armoniosa de algunas reglas y ejemplo desolador de otras.

5. La muerte eterniza.

6. Las palabras deberían ser los guijarros blancos de Pulgarcito. Demasiado a menudo son sus migajas de pan.

7. El infinito comienza donde acaba.

8. En el país de los mudos los ciegos son sordos.

9. Soy demasiado honesto para ser cortés.

10. El mejor cimiento de un pueblo es la estupidez de los que lo forman.

11. La opinión que los demás tienen de mí sólo me importa en función de la mía sobre ellos.

12. Prever es desesperar.

13. Nuestros enemigos nos suministran nuestras mejores armas.

14. Me gustaría llegar a viejo para saber en lo que me convierto.

15. A menudo, en lugar de pensar, uno se forja ideas.

16. El diálogo interior, decimos. Pero ¿acaso hay otro?

17. El hombre sin Dios ¿es miserable? Es posible, pero el hombre con Dios es un miserable.

18. La vida es una mala noche de la que no despertamos.

19. Miramos menos lo que vemos que lo que esperamos ver.

20. No busques, espera.

21. ¿Para qué sirve escribir un poema, rematar a un herido, levantar una cabaña? Para escribir un poema, rematar a un herido, levantar una cabaña.

22. Las mujeres no deben nada a los hombres. Todo lo que ellas les dan, es una gracia que les conceden.

23. Lo contrario es siempre verdadero.

24. La poesía es la libertad de espíritu.

25. El hombre que tiene miedo descubre su rostro de hombre.

26. Están los que creen, están los que dudan, están los que piensan. Yo soy de los que piensan: pienso que creo que dudo.

27. Tomo al mundo tal como soy.

28.Cuanto más vaga es una esperanza, mejor y más tiempo se sostiene. Y vaya si se sostiene. Así las creencias menos formulables -pues toda fe es una esperanza- son las más sólidas y las más queridas.

29. El misántropo es quien reprocha a los hombres ser el que es.

30. La ciencia y la ignorancia: he ahí dos prisiones.

31. Un pensamiento es la trayectoria de una flecha, inseparable de la flecha.

32. Hay personas a las que su muerte otorga la existencia.

33. La única libertad concebible es la libertad hacia uno mismo.

34. Queremos ser para parecer.

35. Las ventanas se abren siempre sobre sí mismas, y las palabras son ventanas.

36. Quien ama verdaderamente la vida no puede odiar la muerte.

37. !Ay, ay¡ Quien no cree en nada crea un dios, y quien cree en un dios no crea nada.

38. Tu no aportas nada. ¿Que no?, yo aporto mis manos vacías.

En Cuadernos del Matemático, núm. 33 (2004).



16.2.09

Tres aforismos y dos notas

Por Luis Valdesueiro

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La ironía es la venganza de los vencidos.


De las mentiras de la apariencia sólo nos salvan las arrugas de la realidad.


Ver morir el tiempo, con desazón. Así se ofrenda el aburrimiento.


Sospecho que no le falta razón a Clément Rosset: aceptar lo real, con todas sus consecuencias, es tarea que desborda nuestras capacidades. Así, pues, no es extraño que caigamos víctimas de la ilusión, esa percepción inútil, ese dejar a un lado lo real para vivir como si lo real no existiera. La ilusión nos permite vivir las cosas como si fueran distintas de su ser, es decir, siendo como suponemos (o queremos suponer) que son. El iluso ve, pero acto seguido mira hacia otro lado. En nuestra lengua, la ilusión es, además, apetencia esperanzada de algo. Tener ilusión significa, entonces, creer que los actos sellarán nuestros deseos. Ya no se trata de soslayar lo real, sino de anticiparlo. ¿Y dónde anida la desilusión? En que las cosas terminan siendo lo que son -pura realidad-, ajenas a nuestro deseo. Sentimos, entonces, que el pérfido destino nos ha herido con traición. El argumento de la tragedia se basa en que nadie escapa a su destino, a lo real, ya que lo real es nuestro único destino real.


DE LA VIRTUD Y SUS EXTREMOS
Una mañana, al despertar, se reconoció el hombre más vanidoso del mundo. Y sintió horror. Mas pronto acudio en su ayuda el deseo ferviente de inmolar su vida a la más alta modestia. Trabajos y días ofrendados a su deseo de perfección hallaron gracia. Y a cada vanidad vencida le nacía el orgullo de la victoria. Y así, fruto de muchas fatigas y arduas labores, llegó a creerse el hombre más modesto del mundo...

De Lucidario, Poesía, Por Ejemplo, 1997.

15.2.09

Se levanta el telón

Como prólogo, un poema antiguo, o quizá solo viejo.

TARDE DE DOMINGO

Con su aroma a Laforgue
declina la tarde y el domingo:
hastío, tristeza, quietud, olvido.

Las horas atraviesan el vacío.

(LUIS VALDESUEIRO, Cuaderno de sombras, Huerga y Fierro, 2001.)