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1.3.12

Bolaño y Gui Rosey como excusa (Proverbios modernizados de Éluard y Péret) (1)

“Últimos atardeceres en la tierra” es el título de un cuento de  Roberto Bolaño. Cuenta unas vacaciones en Acapulco de un padre y su hijo veintiañero. El hijo es B y el padre es el padre de B. Padre e hijo son chilenos y viven, cada uno en su casa, en México DF.

Se trata de un cuento singular  en el que un lenguaje frío mantiene viva la llama del tedio y las pequeñas aventuras. El aburrimiento bien narrado puede llegar a deleitar. Y no se trata de que no sucedan cosas, sino de que están contadas como si apenas sucedieran. ¿Qué mayor logro que volver interesante incluso lo que no lo es? Desentrañar insospechados aspectos de la realidad, explorar cuevas profundas del sentimiento o sinuosos arcanos del pensar. El maestro Chéjov enseñó bien la lección.

Contar una historia quizás esté al alcance de muchos, pero crear una atmósfera que nos atrape es privilegio de pocos. Pero se cuente lo que se cuente, al final solo quedan palabras, palabras que una mano, sabia o torpe, ha ensartado en frases sucesivas. Si de literatura se trata, palabras; si de pintura, colores.

Cuando B logra esquivar las invitaciones que le hace su padre para salir, lee una antología de poetas surrealistas. Le gusta Desnos, le gusta Éluard. Pero hay un poeta, Gui Rosey, poeta menor, que despierta el interés de B, no tanto por sus poemas (la verdad es que Rosey no le parece interesante) sino por su enigmático final, en el que la imaginación de B se zambulle en busca de una explicación. Gui Rosey, junto con otros surrealistas, ha recalado en Marsella huyendo de los nazis. Allí pasa los días mientras espera el visado que le permita entrar en los Estados Unidos. Pero su visado no parece llegar nunca. Y un día, sin que nadie sepa dar razón de su ausencia, Gui Rosey desaparece para siempre sin dejar rastro. Es como si se le hubiera tragado la tierra. Si Kafka hubiera puesto su mano en la historia real de Gui Rosey tal vez habría añadido una burla del destino: el mismo día de su desaparición se le hubiera concedido el visado, convirtiéndose así una buena noticia en una cruel noticia. Bajo el calor de Acapulco, la enigmática desaparición en Marsella de Gui Rosey aviva la fantasía de B.

Mientras leía el cuento en el metro, pensaba en que quizás tuviera en casa esa antología de poetas surrealistas. Me sonaba el nombre del traductor, Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Al llegar comprobé, en efecto, que sí tenía la antología que lee el personaje de Bolaño. Y me sorprendió, ya que se trata de un libro editado en México, en 1981, por Ediciones Coma.

Busqué la fotografía de Gui Rosey, descrita en el cuento (“una foto de estudio en la que Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo”), y no la encontré en mi libro. La que lee B debe ser otra edición, pensé; en la mía sólo hay una foto de Breton en el palacio del Cartero Cheval y otra de Artaud, en el papel de Marat, en el oceánico Napoleón de Abel Gance. Y hay además un par de fotos de grupo: en una de ellas, un fotomontaje que fue portada de La Revolution Surréaliste, aparecen reunidas dieciséis fotos de surrealistas, encorbatados y con los ojos cerrados como muertos, que forman una orla alrededor de una mujer desnuda, pintada por Magritte. Desconozco si Gui Rosey es uno de esos surrealistas.

Esos surrealistas con los ojos cerrados, ¿proclamaban acaso que no necesitaban mirar afuera para llegar muy adentro? ¿O quizás querían decir que, bajo sus párpados cerrados, estaban en contacto con el más allá, con la vida más honda? Pero quién puede saber lo que se esconde tras un surrealista con los ojos cerrados.

El cuento de B acaba en el momento justo en que parece que se va a liar una gorda. Y es inevitable quedar un poco chasqueado, como el bíblico Moisés, valga la hipérbole, que tras tanto penar no pisó la tierra prometida. El chasco nos deja con apetito de palabras, más palabras. Pero la literatura, como la vida, está llena de historias truncas. Algunas de esas historias se revisten incluso de final feliz, como si ese final feliz fuera un punto final. Quizás cada cosa de la vida sea lo más importante mientras sucede, lo mismo que en una escalera importan todos los peldaños; y las cosas suceden, supongámoslo así, aunque lo dudemos a veces, ajenas a cualquier teleología. Las cosas llegan unas veces sin querer, aunque acabemos queriéndolas; y otras veces llegan por ser inevitables, como inevitable es la sujeción a la ley de la gravedad. Pero en los cuentos, como en las historias de la vida, el final puede llegar en cualquier momento, y el clímax, si lo hubiere, quizás no esté al final.

Hojeando esa antología de los surrealistas franceses, que quizás nunca leí entera, di con unos curiosos proverbios “al gusto del día”, escritos al alimón por Éluard y Péret, y traducidos por el susodicho Pellegrini.

Desconozco el original de esos proverbios. Parece que los autores se afanan en retorcer el pescuezo a algunos refranes o expresiones consuetudinarias, mediante el artificio de permutar palabras. Supongo que el traductor se habrá atenido a la literalidad, sin necesidad de buscar equivalencias, lo que sin duda no hubiera podido evitar tratándose de los proverbios originales que parecen remedar Éluard y Péret. Esos originales, traducidos literalmente, quizás hubieran resultado también descaradamente surrealistas, por lo extraño a nuestros oídos.

Veo que me he alargado mucho, aunque no era mi intención. Dejo, pues, para mañana los remozados proverbios de Éluard y Péret.

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