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3.3.12

Paul Éluard & Benjamin Péret: Proverbios modernizados (continuación y fin)

Por cierto, y continuando con el tema del último día, en unos versos del poema “He aquí todos los siglos pasados a filo de espada”, traducido por César Moro, y no recogido por Pellegrini, Gui Rosey expresa lo siguiente:

Ahora que los proverbios seductores viajan a costa de los ojos
los brazos escasean de recuerdos y caen a lo largo del cielo
todos los dioses han regresado a sus conchas
y la muerte vestida de soldado
coloca el terror blanco bajo urna
en las patrias pintadas de nuevo

Puestos a imaginar: proverbios seductores, ¿los de Éluard y Péret?; soldados que son el traje de la muerte, ¿los de la Wehrnacht? Tal vez ni lo uno ni lo otro, o lo uno y lo otro, que para el caso es lo mismo. 



 

P R O V ER BI OS


 

 


M
   O
        D
         ER
                   NI
               ZA
                                     D
                          O
                S

 

Los elefantes son contagiosos.

*

Es necesario devolver a la paja lo que pertenece a la viga.

*

Sueño que canta hace temblar a las sombras.

*

A toneles pequeños, toneles pequeños.

*

Los grandes pájaros hacen las pequeñas persianas.

*

Enjuagar el árbol.

*

No hace falta coser los animales.

*

Hay que pegarle a la madre mientras es joven.

*

Carne fría no apaga el fuego.

*

Piel que se descama va al cielo.

*

Un lobo hace dos rostros hermosos.

*

Rascar a la vecina no da flores en mayo.

*

No es rosa todo lo que vuela.

*

Los pelos caídos no vuelven a crecer gratis.

*

Aplastar dos adoquines con la misma mosca.

*

Matar nunca es robar.

*

Un sueño sin estrellas es un sueño olvidado.


ÉLUARD & PÉRET
De
152 proverbes mis au goût du jour, traducidos por Aldo Pellegrini.

1.3.12

Bolaño y Gui Rosey como excusa (Proverbios modernizados de Éluard y Péret) (1)

“Últimos atardeceres en la tierra” es el título de un cuento de  Roberto Bolaño. Cuenta unas vacaciones en Acapulco de un padre y su hijo veintiañero. El hijo es B y el padre es el padre de B. Padre e hijo son chilenos y viven, cada uno en su casa, en México DF.

Se trata de un cuento singular  en el que un lenguaje frío mantiene viva la llama del tedio y las pequeñas aventuras. El aburrimiento bien narrado puede llegar a deleitar. Y no se trata de que no sucedan cosas, sino de que están contadas como si apenas sucedieran. ¿Qué mayor logro que volver interesante incluso lo que no lo es? Desentrañar insospechados aspectos de la realidad, explorar cuevas profundas del sentimiento o sinuosos arcanos del pensar. El maestro Chéjov enseñó bien la lección.

Contar una historia quizás esté al alcance de muchos, pero crear una atmósfera que nos atrape es privilegio de pocos. Pero se cuente lo que se cuente, al final solo quedan palabras, palabras que una mano, sabia o torpe, ha ensartado en frases sucesivas. Si de literatura se trata, palabras; si de pintura, colores.

Cuando B logra esquivar las invitaciones que le hace su padre para salir, lee una antología de poetas surrealistas. Le gusta Desnos, le gusta Éluard. Pero hay un poeta, Gui Rosey, poeta menor, que despierta el interés de B, no tanto por sus poemas (la verdad es que Rosey no le parece interesante) sino por su enigmático final, en el que la imaginación de B se zambulle en busca de una explicación. Gui Rosey, junto con otros surrealistas, ha recalado en Marsella huyendo de los nazis. Allí pasa los días mientras espera el visado que le permita entrar en los Estados Unidos. Pero su visado no parece llegar nunca. Y un día, sin que nadie sepa dar razón de su ausencia, Gui Rosey desaparece para siempre sin dejar rastro. Es como si se le hubiera tragado la tierra. Si Kafka hubiera puesto su mano en la historia real de Gui Rosey tal vez habría añadido una burla del destino: el mismo día de su desaparición se le hubiera concedido el visado, convirtiéndose así una buena noticia en una cruel noticia. Bajo el calor de Acapulco, la enigmática desaparición en Marsella de Gui Rosey aviva la fantasía de B.

Mientras leía el cuento en el metro, pensaba en que quizás tuviera en casa esa antología de poetas surrealistas. Me sonaba el nombre del traductor, Aldo Pellegrini, surrealista argentino. Al llegar comprobé, en efecto, que sí tenía la antología que lee el personaje de Bolaño. Y me sorprendió, ya que se trata de un libro editado en México, en 1981, por Ediciones Coma.

Busqué la fotografía de Gui Rosey, descrita en el cuento (“una foto de estudio en la que Rosey aparece como un ser sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata oscura que parece estrangularlo”), y no la encontré en mi libro. La que lee B debe ser otra edición, pensé; en la mía sólo hay una foto de Breton en el palacio del Cartero Cheval y otra de Artaud, en el papel de Marat, en el oceánico Napoleón de Abel Gance. Y hay además un par de fotos de grupo: en una de ellas, un fotomontaje que fue portada de La Revolution Surréaliste, aparecen reunidas dieciséis fotos de surrealistas, encorbatados y con los ojos cerrados como muertos, que forman una orla alrededor de una mujer desnuda, pintada por Magritte. Desconozco si Gui Rosey es uno de esos surrealistas.

Esos surrealistas con los ojos cerrados, ¿proclamaban acaso que no necesitaban mirar afuera para llegar muy adentro? ¿O quizás querían decir que, bajo sus párpados cerrados, estaban en contacto con el más allá, con la vida más honda? Pero quién puede saber lo que se esconde tras un surrealista con los ojos cerrados.

El cuento de B acaba en el momento justo en que parece que se va a liar una gorda. Y es inevitable quedar un poco chasqueado, como el bíblico Moisés, valga la hipérbole, que tras tanto penar no pisó la tierra prometida. El chasco nos deja con apetito de palabras, más palabras. Pero la literatura, como la vida, está llena de historias truncas. Algunas de esas historias se revisten incluso de final feliz, como si ese final feliz fuera un punto final. Quizás cada cosa de la vida sea lo más importante mientras sucede, lo mismo que en una escalera importan todos los peldaños; y las cosas suceden, supongámoslo así, aunque lo dudemos a veces, ajenas a cualquier teleología. Las cosas llegan unas veces sin querer, aunque acabemos queriéndolas; y otras veces llegan por ser inevitables, como inevitable es la sujeción a la ley de la gravedad. Pero en los cuentos, como en las historias de la vida, el final puede llegar en cualquier momento, y el clímax, si lo hubiere, quizás no esté al final.

Hojeando esa antología de los surrealistas franceses, que quizás nunca leí entera, di con unos curiosos proverbios “al gusto del día”, escritos al alimón por Éluard y Péret, y traducidos por el susodicho Pellegrini.

Desconozco el original de esos proverbios. Parece que los autores se afanan en retorcer el pescuezo a algunos refranes o expresiones consuetudinarias, mediante el artificio de permutar palabras. Supongo que el traductor se habrá atenido a la literalidad, sin necesidad de buscar equivalencias, lo que sin duda no hubiera podido evitar tratándose de los proverbios originales que parecen remedar Éluard y Péret. Esos originales, traducidos literalmente, quizás hubieran resultado también descaradamente surrealistas, por lo extraño a nuestros oídos.

Veo que me he alargado mucho, aunque no era mi intención. Dejo, pues, para mañana los remozados proverbios de Éluard y Péret.

26.11.09

Gómez de la Serna y el hijo surrealista

Quien todavía no conozca el vídeo desopilante -¡uf!, gracias al cielo: al fin puedo usar con sentido este extraño vocablo... o voquible- de Gómez de la Serna, sírvase pinchar aquí: El orador. Quien avisa no es traidor.


Los surrealistas son unos seres puros y tenaces, que devuelven a la realidad, por otro camino que el de siempre, su sentido religioso, escatológico y esotérico.
Ramón Gómez de la Serna, Ismos

A Philippe Soupault, al que me referí días atrás, le cabe el mérito de haber escrito, con André Breton, el primer texto de literatura surrealista: Los campos magnéticos (1919). La fecha tiene su importancia: se acababa de firmar el acta de defunción del mundo viejo, tras una oleada de muerte y destrucción que arrasó a Europa a lo largo de cuatro años. En ese momento, muchos jóvenes artistas, y escritores, aspiraban a hacer tabla rasa del pasado. (O a burlarse de él, como Marcel Duchamp pintando un bigotito daliniano a la Monna Lisa.) En cualquier caso, la tea iconoclasta empezó a arder antes de la guerra. Esa tea la prendió Marinetti, con su Manifiesto del futurismo, publicado en Le Figaro, el 20 de febrero de 1909. En la soflama se pueden leer frases incendiarias como éstas:


QUEREMOS CANTAR EL AMOR AL PELIGRO...


UNA BELLEZA NUEVA: LA BELLEZA DE LA VELOCIDAD...


SÓLO HAY BELLEZA EN LA LUCHA...


QUEREMOS GLORIFICAR LA GUERRA -ÚNICA HIGIENE DEL MUNDO-, EL MILITARISMO, EL PATRIOTISMO...


MUSEOS, ¡CEMENTERIOS!...


ADMIRAR UN CUADRO VIEJO ES DERRAMAR NESTRA SENSIBILIDAD EN UNA URNA FUNERARIA...


¡VENGAN, PUES, LOS BUENOS INCENDIARIOS DE DEDOS TIZNADOS!...


EL ARTE SÓLO PUEDE SER VIOLENCIA, CRUELDAD E INJUSTICIA...


¡NO HAY LA MENOR FATIGA EN NUESTROS CORAZONES! ¡ESTÁN ALIMENTADOS DE FUEGO, DE ODIO Y DE VELOCIDAD!...


¡ERGUIDOS EN LA CIMA DEL MUNDO, UNA VEZ MÁS LANZAMOS NUESTRO DESAFÍO A LAS ESTRELLAS!


André Breton, que parecía tener unas aspiraciones más íntimas que los desbocados (o bocazas) futuristas, definió así su invento, el surrealismo: Automatismo psíquico puro, en función del cual uno se propone expresar el funcionamiento real del pensamiento. Dictado del pensar con ausencia de todo control ejercido por la razón y al margen de toda preocupación estética o moral. A partir de esa fórmula, la misión de Breton, entronizado como supremo y férreo pontífice del movimiento ("El surrealismo no permite a aquellos que se entregan a él abandonarlo cuando mejor les plazca", escribió en el Primer Manifiesto, pero sí permite expulsar a los que considere disidentes) consistió en "obedecer el dictado mágico del inconsciente, multiplicar en lo posible las confidencias del abismo interior", según informan Durozoi y Lecherbonnier.
Estas nimias disquisiciones, me han llevado a consultar Ismos, el libro en que Gómez de la Serna hace un recorrido por los movimientos artísticos y literarios de vanguardia. En sus páginas, es fácil percibir el espíritu que, en sus inicios, animaba al surrealismo, ajenos a lo que acabaría siendo su devenir. Para entender la subversión antiburguesa del surrealismo de esa primera hora, es un estorbo saber que esa rebeldía acabó convertida, en algunos casos, en la defensa de posiciones totalitarias. El Segundo Manifiesto (1930), con sus expulsiones (Soupault y Artaud, entre otros), marca el punto de inflexión. La Révolution surréaliste, título de la revista del movimiento, y como consecuencia de los lazos con el Partido Comunista, cambia de nombre: Le surréalisme au service de la révolution. (Hasta qué punto incidió el crac de 1929 en las convulsiones de la década siguiente, es algo que se me escapa, pero lo cierto es que a partir de ese momento el fantasma del desempleo acabó convirtiéndose en una terrible realidad omnipresente, que seguramente fue la causa, en parte, de muchas de las cosas que sobrevinieron. A este respecto, Manuel Azaña, en un artículo de 1939 (?) sobre los orígenes de la guerra civil, hablaba de lo pernicioso que resultó el hecho de que, a partir de 1930, se cortara de raíz la emigración a América, como resultado de la crisis económica y de la actitud proteccionista de las repúblicas americanas. Hasta entonces, casi 100.000 personas -la cifra que aporta Azaña parece que es algo excesiva- emigraban cada año, fundamentalmente de Galicia. A partir de 1930, los felices 20 empezaron a convertirse en los terribles 30.)
Volviendo a Gómez de la Serna: en Ismos dedica una veintena de páginas, dentro del artículo "suprarrealismo", a ilustrar lo que, en su momento auroral, representaba ser (o sentirse) surrealista. Se sirve, para ello, de la familia Kloz -monsieur Pierre Kloz, madame Magda Kloz y el jovencito Henri Kloz, el hijo surrealista- para dar una explicación práctica de aquello que, como apostilla Gómez de la Serna, "no acaba de poderse definir bien como doctrina". Copio, de esa veintena de páginas, el capítulo II.



["El hijo surrealista"] 


II


El primer disgusto serio entre los Kloz y su hijo sucedió aquella mañana en que el portero subió a anunciar a monsieur Kloz que su hija había tenido un niño y que, al sentirse morir en la hora del parto, había declarado que su hijo era del señorito Henri.
El padre, convertido en abuelo por sorpresa, abrió con iracundia las ventanas de la alcoba de su hijo y dejó su sueño con los párpados arrancados. Una barbaridad que no se le ocurre más que a un padre.
-El portero dice que el hijo de su hija es tuyo -le espetó sin darle tiempo a que naciese a la vida con calma.
-No es mío... Es de su hija... Es un botones... Yo he podido fabricar un botones, pero no un hijo mío... El hijo de la hija de una portera es un botones.
-¿Es eso humanitario?
-Los porteros no merecen ningún humanitarismo porque son abortos de burgueses... Esa chica, por su educación y su alma, no tenía más que buena presencia... Además, están en un escaño tan fácil las hijas de las porteras, que no se es responsable de atropellarlas.
-¿Pero no has encontrado otra mujer en que fijarte?
-No he encontrado otra... La vida está llena de imposibles... Todos tenéis la culpa de estos desaguisados... Las mejores mujeres son las que ya han escogido mis amigos y que todavía no he podido quitárselas.
-Eres un cínico... Tú no eres digno de ser mi hijo.
-Ni tú, entonces, digno de ser mi padre.
-¿No respetas a los viejos?
-Ni a las viejas... No se consigue el perdón de seguir viviendo sino gracias a la tolerancia... Los que tienen el mayor deber de ser nuevos son los viejos... Sólo poniéndose al día, admitiendo y haciendo pública admisión de toda modernidad, podrán ser perdonados... Si no, habrá que matarlos... Son loros con la psitacosis, que es de tan mortal contagio.
-En la China...
-Ya sé lo que me vas a decir, y a eso te contestaré que por eso la China es un pueblo confuso, avejentado, insoluble. Pero no hay teorías ni razones contra lo que yo digo... No hay más que procurar ensanchar la vida, modificarla para la libertad, arreglar lo que más repugna tener que arreglar.
-Fíjate que de ese modo vas contra lo social.
-Sea lo que sea, si lo social es esa cosa repugnante, quieta, irrespirable, voy contra lo social; pero ¿por qué lo social no va a ser otra cosa? Tiene que ser otra cosa.
-No nos comprenderemos nunca.
-Pues tú debes comprenderme a mí aunque yo no pueda comprenderte. La única verdad atendible es la verdad más actual.
-¡A tu padre esas palabras!
-Y a mi madre... Porque no se trata de tu hijo, sino de una juventud que ve que todos los problemas más agudos son escamoteados, y los viejos se hacen los sordos y procuran ganar tiempo para retrasar todas las cosas. Queremos mañana mismo la substitución de una cosa por otra, y que no se os ocurra llamarnos a la guerra para distraer así el problema íntimo de la vida.
-Relajas toda la moral del mundo... No comprendes que el enemigo nos acecha.
-A mí no me acecha más que el portero, que cree que le he robado la flor de su hija, esa flor de té que cuidaba para la Comedia Francesa.
-¡Eres un sinvergüenza!
-Soy un surrealista.
El padre, al oír aquello de surrealista, se quedó pálido de ira, con los lentes temblantes como una ventana cuando ha pasado por la calle un camión lleno de flejes de hierro:
-¡Un surrealista! ¿Y te atreves a confesarlo?
-¡Con toda el alma, y ante el Tribunal Supremo; porque, por surrealista, soy capaz de ir a la cárcel y al patíbulo!
-¡Si supieses siquiera lo que es ser surrealista!
-Es el espíritu de la revolución permanente, que no se deja engañar por ninguna política, que propugna siempre un más allá de programas desconocidos.
Como la discusión había subido de tono, apareció la madre, con una dignidad de confesionario balumbante.
-¿Sabes lo que se ha atrevido a decirme que es?
Madame Kloz abrió los ojos desmesuradamente como si los fuese a dejar caer en la alfombra.
-¡Surrealista!
Madame Kloz dijo entonces:
-Yo ya sabía, pero no había querido darte un disgusto que te pudiese costar la vida... Tienes un principio de diabetes, y una cosa así te puede añadir una barbaridad de azúcar.
Los dos progenitores, con un aire de gran dignidad, salieron de la alcoba, y Henri se comenzó a vestir sin arrepentirse de sus violencias, pues sólo la agresión paternal se aprovecha de que el hijo esté entre los vendajes de las sábanas para darle un disgusto en condiciones tales de inferioridad.
RAMON GÓMEZ DE LA SERNA, Ismos. Ediciones Guadarrama, Madrid, 1975.