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4.7.12

Garusia Maruyme / 6 haikus

Matsuo Bashō emprendió en 1689 un largo viaje, de más de dos años, hacia una inhóspita región del Japón. Le acompañaba su discípulo Sora. Durante los primeros meses, Bashō escribió un diario en el que recoge sus impresiones, entreveradas de haikus: Hoku no Hosomichi o Sendas de Oku, según la versión de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya, o Senda hacia tierras hondas en la traducción de Antonio García Cabezas. «En este libro de Bashō —señala Octavio Paz— no pasa nada, salvo el sol, la lluvia, las nubes, unas cortesanas, una niña, otros peregrinos. No pasa nada, excepto la vida y la muerte.»

Durante algún tiempo, esa peregrinación fue seguida de cerca, y a escondidas, por unos ojos espías, los «ojos redondos» de Maruyme, antiguo discípulo de Bashō. También Maruyme escribió un diario —Naka no Hosomichi, o Sendas a los adentros donde narra la acechanza y otras peripecias, incluso eróticas. En esas páginas, Maruyme se refiere a Bashō como “el anciano”, a pesar de que solo tenía cuarenta y cinco años. El diario de Maruyme, igual que el de Bashō, abunda en haikus. Si la contenido belleza de la prosa impregna lo cotidiano de un halo poético, en los haikus perdura la esencia de los instantes únicos. El padre de Maruyme, Garusia Kiristobaru, fue supervisor imperial y murió en el incendio de Edo, en marzo de 1657. Pero antes de ser Garusia Kiristobaru fue Cristóbal García, natural de Palos de Moguer, y jesuita por más señas. La madre de Maruyme, japonesa neta y cortesana de alto rango, se llamaba Sakura Tayu.

La mixtificación está plenamente conseguida. Manuel Serrat Crespo, el traductor apócrifo, ha escrito un libro que parece de otra época, y que merece ser leído como si lo fuera: Maruyme. Diario de viaje. En la extensa introducción, el autor aduce toda suerte de informaciones que apuntalan el embeleco. El libro lo publicó, en 2004, la editorial Reverso; y, en 2009, José J. de Olañeta.

*   *   *

Para Octavio Paz, el haiku es un arte no intelectual, concreto, antiliterario. Y esto quizás no se entiende bien Occidente. Diecisiete sílabas dan para mucho, y cada cosa es lo que es, a pesar de su forma. El mejor ejemplo, el agua. Algunos haikus puede que no alcancen las diecisiete sílabas; otros, quizás no tengan de haikus sino las dichosas sílabas.

*   *   *

Al leer un haiku, el lector está solo, a la escucha de sí mismo. Un peligro cierto del haiku es que permite, con exiguo esfuerzo, dar forma canónica a lo insustancial. Y muchas veces nos embarga la incapacidad, más allá de lo puramente subjetivo, de discernir si un haiku es bueno o no lo es. Quizás nuestra manera de estar en el mundo nos veda la sutil experiencia que suponemos ha de haber en un haiku. Hoy por hoy, la prisa apenas nos deja ver las cosas; la velocidad borra el mundo bajo nuestros pies. Rousseau, avezado andarín, creía que viajar en carroza no era viajar. ¿Y qué pensar hoy? El silencio desaparece de nuestra vida, no conocemos otra noche oscura que no sea angustia, solo vemos estrellas en algún lugar fuera del tiempo. Leonardo sostenía que la poesía (¿o era la pintura?) es “cosa mental”. De ser así, el haiku no sería poesía; no al menos los haikus de aquellos poetas imbuidos de zen, y que son plenamente conscientes de su mirada. Para ellos, el haiku es la pequeña iluminación, o simple experiencia, que acaba convertida en palabras. Desde ese punto de vista, el haiku sería la respuesta al temblor de los sentidos y no un mero alarde de la inteligencia, ni un chispazo de ingenio. Los idiomas pueden traducirse, pero las mentalidades lejanas permanecen infranqueables, y resultan esquivas. Y esa frustración nos deja a veces con el deseo de ser japonés. Pero es inevitable que, al aclimatarse a otras lenguas, el haiku se vuelva distinto. También esos desajustes ayudan a reverdecer la cultura. Y, en cualquier caso, conviene no echar en saco roto la humorada de Félix de Azúa que encabeza el prólogo de Serrat Crespo: «El haiku es un asunto muy vidrioso. Se desaconseja vivamente al artista escritor que componga haikus japoneses. Ni japoneses ni de ningún otro lugar. Nada de haikus» (Diccionario de las artes).

*   *   *

Por último, elijo, de entre los haikus del diario de Maruyme, estos seis:

Manos vacías,
caminos que se abren
a las caricias.

 

Busco en las piedras
mis miradas de antaño.
Crece la hierba.

 

Envuelto en brisa
el hombre junto al lago.
Nace el silencio.

 

¿Sabiduría?
La de esta golondrina
volando en círculo.

 

Ramas de otoño,
recuerdo de un recuerdo.
Crepita el fuego.

 

Rumor de agua
y la brisa nocturna.
Falta la rana.

 

5 comentarios:

Juan Poz dijo...

En estos casos cabe hablar siempre de la incomprensión de una estética muy alejada de la nuestra, de ahí la perplejidad con que recibimos estos gélidos mensajes crípticos. Podemos hablar de la serenidad, de la templanza, de la armonía, del equilibrio, de la leve sorpresa, del vuelo detenido de las aves en el biombo o en la cauda breve del kimono ceremonial..., pero lo apropiado es seguir la indicación compasiva de Azúa y no internarse en el jardín pétreo de los haikús ni el de bambú quintillesco de los tankas. Ahora bien, ¡qué excelentemente quedan en la tarjeta de visita de un poeta exquisito!

Anónimo dijo...

"... la incomprensión de una estética muy alejada de la nuestra, de ahí la perplejidad con que recibimos estos gélidos mensajes crípticos." Justamente en eso que afirma radica la absoluta incomprensión e inmodestia del no saber. Nada en un haiku -escrito en el idioma que sea pero que siga llamando h a i k u- puede ser eso, críptico. Tal vez y con toda probabilidad, lo críptico, el velo, sea no ver eso mismo que está en nuestro campo de visión. Eso inmediato, externo, que no somos. Eso que ninguna razón mediadora puede instrumentalizar. Eso que es absolutamente inocente. Eso Real que ayuda a sostener las preguntas que no tienen respuesta.

K.K.

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Manuel Serrat Crespo dijo...

Le agradezco su comentario a mi "Maruyme", claro está; sin embargo, permítame que le señale un desliz: el haykú de la "golondrina volando en círculo" no es de "mi" poeta japonés sino del "lector del cielo" que es, en el libro, un trasunto de José Corredor-Matheos, querido amigo y verdadero autor del poema que se incluye en su libro "Jardín de arena".

Luis Valdesueiro dijo...

Aunque he conocido tarde su correo, no quiero dejar de agradecerle su aclaración. La justicia poética siempre triunfa. Muchas gracias.

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