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24.9.09

Mear en la ducha (Scherzo)

El protagonista de una de las novelas más famosas de Kundera tenía la costumbre de orinar en el lavabo. No recuerdo sus razones, pero seguro que las tenía. Acaso era su manera de rebelarse contra el sistema comunista. Si orinaba en el lavabo no era por el mero placer de hacerlo.
Ahora me entero de que una ONG brasileña recomienda que se mee en la ducha, no por el mero placer hacerlo, sino para ahorrar agua: 4.000 litros por persona y año. Eso, pienso, si uno no cambia sus hábitos en lo que al ducharse se refiere, es decir, si solo mea en la ducha cuando se duche, y no si se ducha cada vez que sienta deseos de mear. Esto me recuerda el quiasmo jesuítico: no se puede fumar mientras se reza, pero sí se puede rezar mientras se fuma.
No sé donde, creo que en el Eclesiastés, se afirma que el número de los necios es infinito. No temamos aburrirnos mientras nos dure la vida. Y si meamos en la ducha, que sea por nuestro placer, y en loor de nuestra vejiga.

4 comentarios:

Juan Poz dijo...

Ya puestos, yo recomiendo recoger la orina con las manos y aplicarla al cuerpo con un suave masaje, pues la urea, que tan cara se nos vende en los preparados farmacéuticos, es un estupendo paliativo para los problemas de piel, sobre todo para los propensos a las urticarias crónicas. De nada

Luis Valdesueiro dijo...

Gracias por tu recomendación, amigo Juan, que no es en absoluto descabellada, aunque nos devuelva al eterno pasado. Lo tradicional en el campo (recuerdal al Azarías de Los santos inocentes) era utilizar la orina para suavizar las manos. Y, asimismo, se usaba para los sobañones (¡Qué palabra! Parece salida del túnel del tiempo).

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

Los campesinos solían utilizar la orina para endurecer las manos más sensibles de piel. La primera meada del día servía para las manos dispuestas a una larga jornada de recogida de mazorcas de maíz.

Luis Valdesueiro dijo...

Azarías, ¿qué tiempo hace que no te lavas?
y el Azarías,
eso los señoritos
y ella, la Régula,
ae, los señoritos, el agua no cuesta dinero, cacho marrano
y el Azarías, sin decir palabra, mostró sus manos de un lado y de otro, con la mugre acumulada en las arrugas, y, finalmente dijo humildemente, a modo de explicación,
me las orino cada mañana para que no me se agrieten,
y la Régula, fuera de sí,
ae, semejante puerco, ¿no ves que estás criando miseria y se la pegas a la criatura?
pero el Azarías la miraba desconcertado, con sus amarillas pupilas implorantes, la cabeza gacha, gruñendo cadenciosamente, como un cachorro, mascando salivilla con las encías, y su inocencia y sumisión desarmaron a su hermana...
DELIBES, Los santos inocentes

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