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14.2.10

¡VIVA LA INTROYECCIÓN!

"Lo que nos hace falta, españoles, es la introyección, el más preciado, el más fecundo, el más santo de los derechos humanos. ¿Cómo podemos vivir sin él? Sin la libertad de introyección, todas las demás libertades no[s] resultarán baldías y hasta dañosas. Dañosas, sí, porque hay libertades que, faltando otras que las complementen, antes perjudican que benefician al hombre. ¿De qué nos sirven, en efecto, la libertad de asociación, la de imprenta, la de cultos, la de trabajo, la de vagancia y tantas otras libertades de que dicen gozamos, si la libertad de introyección nos falta? Sin esta imprescindible prerrogativa, el sufragio universal y el Jurado se convierten en armas de la vergonzante tiranía que nos domina. Y no me digan, no, que tenemos la libertad de introspección, porque la introspección no es la introyección, como la autonomía no es la autarquía. Pongámonos, ante todo, de acuerdo en las palabras; llamemos a cada cosa por su nombre: al pan, pan, y al vino, vino; arquitrabe, al arquitrabe, introyección a la introyección y tiranía a este abigarrado conjunto de hueras e incompletas libertades en que se nos ahoga. La palabra, ¡oh, la palabra, señores, la palabra!..."
Miguel de Unamuno, "¡Viva la introyección!"


Así comienza este cuento jugoso (y unamuniano también), recogido en El espejo de la muerte (1913). Es un cuento curioso y sorprendente: futurista, por la época en que se escribió; y retrospectivo, dada el momento en que escribe el narrador (a finales del "tristísimo" siglo XXI). Para nosotros, lectores de ahora, ya dejó de ser  futurista, puesto que se refiere a los sucesos acaecidos en la década de los ochenta (desde el discurso de Lucas Gómez, en 1981, en pro de la introyección, hasta el triunfo de la revolución introyeccionista de 1989, que permitó a Lucas Gómez empuñar las riendas del Estado).

Ah, hablando de Unamuno. En las memorias contadas de Pepín Bello, acabo de encontrar este retrato (tan cruel, sin duda, como verdadero) de don Miguel:
Tenía un defecto capital, y es que no escuchaba a nadie. Él hablaba mucho, pero escuchar, no escuchaba a nadie. No es que no me escuchase a mí, que no soy nadie, es que no escuchaba a nadie. Tenía ese enorme defecto que es que no escuchaba. El mismísimo Pío Baroja explicaba que cuando conoció a Unamuno en la tertulia del Café Fornos, don Miguel no desaprovechó la ocasión para sacar del bolsillo algunos escritos y comenzar a leérselo sin ningún pudor. ¡Era así el hombre! A Unamuno, Buñuel, que no lo aguantaba, le llamaba 'el viejo pedorro'.
(David Castilo y Marc Sardá, Conversaciones con José "Pepín" Bello. Anagrama, 2007.)
Está visto que nadie es perfecto. Y Unamuno, en este sentido, acaso menos que ninguno. Ni escuchaba a nadie, ni acaso se escuchara a sí mismo. Tenía tantas cosas que decir... Tantas cosas en perpetua lucha... Y como no le temía a las contradicciones (Unamuno no confundía la vida con la lógica), su vida era un continuo bullir de ideas, ese "pan intelectual" del que solía hablar, una endiablada maraña de ideas, una colosal locura de ideas. Avasalladoras ideas, vampíricas ideas, inmarcesibles ideas que necesitan ser propaladas sin descanso. Unamuno, o el predicador infatigable. 
A los poetas del 27, hijuelos de una dictadura (o dictablanda) que a él no le perdonó el exilio, parece que Unamuno no les hacía mucha gracia. El que más cerca estuvo de él, aunque todavía  no era poeta, fue  Bergamín, lo que no debe sorprendernos:
Bergamín ha sido en su vida tan unamuniano y paradójico, o más acaso, que el mismísimo Unamuno. 

5 comentarios:

zim dijo...

Pues debe estar muy extendido ese defecto tan unamuniano ... el mundo está plagado de personas que hablan, pero huérfanos de oídos que escuchen. Las más de las veces cada interlocutor está deseando poder interrumpir al otro para hacerse con la palabra y contar lo que tenía previsto, venga o no a colación.
Cada vez estoy más segura de que escuchar es un arte y una virtud que pocos cultivan, y aún menos alcanzan.
Saludos (muy atentos)

Luis Valdesueiro dijo...

Totalmente de acuerdo con lo que expresas, Zim. A veces, más que hablar, parece como si se tratara de una irreprimible "fuga de ideas". Las palabras se vuelven vendaval, y arrasan con todo. Y eso, que sería perfecto para un mitin, envenena una conversación.
Saludos.

Jugándonos: dijo...

Yo creo que quien diga eso de Unamuno retrata la completa estulticia que atesora sobre la vida de éste.
¿Que Unamuno no escuchaba? Pues para no escuchar demostró tener un elevadísimo conocimiento del ser humano.Si eso no es escuchar que baje Cervantes y que lo vea.
Y eso de que Buñuel lo llamara viejo pedorro me resulta,cuanto menos,despreciable.Ya quisiera llegarle a Unamuno a la suela de los zapatos.¡A Unamuno hay tanto que le debemos! Y que el pseudo-artista éste lo llamara viejo pedorro.¡Ay! Este país de envidias no cambia oiga,que no cambia.

Luis Valdesueiro dijo...

Que Buñuel era bastante deslenguado y brutote parece evidente, y su víctima tanto podía ser Unamuno como Juan Ramón Jiménez, e incluso Cernuda... Por otra parte, escuchara o no escuchara Unamuno, su obra es una de las cimas literario-filosóficas del pasado siglo.
Saludos.

Final Fantasy XIV Gil dijo...

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