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2.6.13

[Las metáforas viciosas]



Para H.-G. Gadamer, el uso de metáforas no es esencial en el discurso poético. De nada sirven las metáforas si falta la poesía, viene a decir. Dos siglos antes que él, Antonio de Capmany  criticaba el uso  innecesario e inapropiado de las metáforas, aunque sin renegar de ellas. Pero antes que una metáfora viciosa, como las llamaba, prefería la palabra lisa y llana que simplemente nombra. ¡Qué pobre es la sencillez y cuánto cuesta merecerla!                                                                                                                                                                                          

[VICIOSO, SA. adj. Lo que tiene, ò padece vicio, ò le causa.  
Diccionario de autoridades, 1739.]

“Son viciosas las metáforas que se toman de objetos opuestos, o términos incoherentes de comparación, esto es, que excitan ideas que no pueden ligarse, como si dijéramos: un torrente que se enciende, en lugar de, que arrebata; tomó la espada, y la esgrimió como un león, pudiendo decir, como un Cid. Así será bien dicho: el puñal de la envidia, y no el puñal sino el opio de la pereza; porque el puñal y la envidia tienen esto de común entre sí; el uno hiere el cuerpo, y el otro el alma. La pereza es pasiva, es una inacción, y por esto es comparable al sopor causado por el opio. Dice un poeta: saqué esta antorcha de Marte, por decir, esta espada. ¿Qué conveniencia tiene la antorcha que alumbra con la espada que corta? ¿Y qué necesidad hay de nombrar los objetos físicos y naturales con rodeos y signos metafóricos, sean o no congruentes? La metáfora sirve para hacer en algún modo visible lo invisible, y como palpable lo espiritual: ¿qué cosa, pues, más visible y palpable que una espada? ¿Qué palabra me representará con más viveza un álamo que la voz propia álamo; una bala que la voz propia bala? ¿Cómo he de entender que el áspid de metal es el arcabuz?”


Antonio de Capmany, Filosofía [o Tratado] de la elocuencia [1776].