Día templado. El sol atraviesa, tímido, las nubes. La mirada, a diferencia de los días de batalla, se vuelve lenta, apacible, minuciosa. No es aún la fijeza, la mística mirada dominical, pero qué lejos queda la ansiosa mirada del lunes, la acuciante mirada del martes, la incierta mirada del miércoles, la cansada mirada del jueves, la torpona mirada del viernes... No, no es aún la mirada silenciosa y meditativa de los domingos de otoño. Es apenas su preludio sabatino. Una mirada que empieza a ver cosas que cualquier otro día no vería. Cosas anodinas o sorprendentes, según la ingenuidad del observador, pero que dibujan una sonrisa en el rostro del día. Por ejemplo, ver a un payaso tirando de un carrito, que empieza a desvertirse al lado de un coche (lo primero que se quita es la bola de la nariz), luego el chaleco... Dejo de mirar, por pudor. Que nadie vea en lo del payaso más cera de la que arde: hay un circo cerca de donde lo vi.)
Prosigo mi paseo, y veo a lo lejos algo típicamente madrileño: un taxista orinando. No sé cómo se las apañan para orinar los taxistas de otras latitudes: en Madrid es tradición abrir la puerta del acompañante, escudo protector de las miradas, apoyar el antebrazo derecho y usar la mano izquierda como lazarillo, según es norma. (Esto vale para los de orinar zurdo, es decir, los diestros, que son mayoría; pero ignoro si los verdaderamente zurdos proceden parapetándose tras la puerta del conductor, y apoyando el antebrazo izquierdo, y... etc.)
Al cabo de un rato, me siento en un banco, atraído -¡o manes cervantinos!- por un suplemento dominical abandonado; y me solazo leyendo un sabroso artículo sobre los premios literarios...
Tras un paseo de tanta enjundia antropológica, volví a casa más contento que unas castañuelas, aunque sin dejar de pensar en esos pequeños misterios de lo cotidiano, que sólo gozamos cuando no vamos ciegos por la vida, ni esperamos grandes cosas de la realidad.


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