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17.4.13

[Amores e idolatría del rey Salomón]

      Pero el rey Salomón se enamoró de muchas mujeres extranjeras, además de la hija del Faraón: moabitas, amonitas, edomitas, fenicias e hititas, de las naciones de quienes había dicho el Señor a los de Israel: “No os unáis con ellas ni ellas con vosotros, porque os desviarán el corazón tras sus dioses”. Salomón se enamoró perdidamente de ellas; tuvo setecientas esposas y trescientas concubinas. Y así, cuando llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras dioses extranjeros; su corazón ya no perteneció por entero al Señor, como el corazón de David, su padre.       
     Salomón siguió a Astarté, diosa de los fenicios; a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo lo que el Señor reprueba; no siguió plenamente al Señor, como su padre, David. Entonces construyó una ermita a Camós, ídolo de Moab, en el monte que se alza frente a Jerusalén, y a Malcón, ídolo de los amonitas. Hizo otro tanto para sus mujeres extranjeras, que quemaban incienso y sacrificaban en honor de sus dioses.  
     El Señor se encolerizó contra Salomón, porque había desviado su corazón del Señor, Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, y que precisamente le había prohibido seguir a dioses extranjeros; pero Salomón no cumplió esta orden. Entonces el Señor le dijo:
     ---Por haberte portado así conmigo, siendo infiel al pacto y a los mandatos que te di, te voy a arrancar el reino de las manos para dárselo a un siervo tuyo. No lo haré mientras vivas, en consideración a tu padre, David; se lo arrancaré de la mano a tu hijo. Y ni siquiera le arrancaré todo el reino; dejaré a tu hijo una tribu, en consideración a mi siervo David y a Jerusalén, mi ciudad elegida.
[Reyes 1, 11 1-13]



NUEVA BIBLIA ESPAÑOLA
Traducción de los textos originales dirigida por Luis Alonso Schôkel y Juan Mateos
Madrid: Ediciones Cristiandad, 1977


13.4.13

“... a los pies de los apóstoles” (El apóstol Pedro y la mentira de Ananías)

Vida de la comunidad: comunidad de bienes

     El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie tenía por propia cosa alguna, sino que tenían todo en común. Los apóstoles daban testimonio con energía de la resurrección de Jesús, el Señor, y gozaban de gran simpatía. No había entre ellos ningún necesitado, porque todos cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido, lo ponían a los pies de los apóstoles y se repartía a cada uno según sus necesidades. José, llamado por los apóstoles Bernabé -que significa hijo de la consolación-, levita, chipriota de nación, tenía un campo, lo vendió, trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.

El caso de Ananías y Safira

     Sin embargo, un tal Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad y se quedó con parte del precio, sabiéndolo también su mujer; luego tomó el resto y lo puso a los pies de los apóstoles. Pedro le dijo:
     -Ananías, ¿cómo es que Satanás se te ha metido dentro? ¿Por qué has mentido al Espíritu Santo reservándote parte del precio de la finca? ¿Acaso no era tuya antes de venderla, y aun después de venderla no quedaba a tu disposición el precio? ¿Por qué has hecho esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
    
Ananías, al oír estas palabras, cayó muerto, y cuantos lo supieron se llenaron de miedo. Fueron unos jóvenes, lo amortajaron y lo llevaron a enterrar.
     Unas tres horas más tarde llegó su mujer, que ignoraba lo sucedido. Pedro le preguntó:
     -Dime, ¿vendisteis la finca por tanto?  
     Ella contestó:
     -Sí, por tanto.
     Pedro replicó:
     -¿Por qué os pusisteis
de acuerdo para poner a prueba al Espíritu del Señor? Mira, los que han enterrado a tu marido están ya pisando el umbral para llevarte a ti.  
     En el acto cayó a sus pies y expiró. Al entrar los mozos la encontraron muerta; se la llevaron y la enterraron junto a su marido. La comunidad entera quedó espantada y lo mismo todos los que se enteraron. 
[
Hechos de los apóstoles, 4 32  y ss.]



Biblia

En el texto he combinado diversas traducciones, aunque la base es la de las editoriales San Pablo y Cristiandad. 

8.4.13

Retahíla de putas (Mamotreto XXI de “La Lozana andaluza”)

“En fin, aunque la Lozana nazca de la vida real de sus personajes en el ambiente corrompido y rufianesco de la Roma renacentista, tiene, como obra literaria, un modelo en la estructura Dialogada de la Celestina, un precedente de la figura humana de su protagonista en la lasciva Franquila de la Thebayda, y el antecedente novelístico de la intervención del autor en la Cárcel de amor. Así que no es la Lozana andaluza una obra aislada, sin antecedentes literarios, como Afirma Menéndez y Pelayo, sino que tiene notables puntos de contacto con la tradición literaria que la precede.

Igualmente importante, sin embargo, es el lugar que ocupa la Lozana en el desarrollo de la Picaresca española. La Lozana retrata la corrupción moral y social de la época de Carlos V, y señala el principio de la picaresca dentro del mundo licencioso romano. El Retrato de la Lozana andaluza se inicia con la narración biográfica del origen, linaje y condición de su protagonista, es decir, con lo que Carlos Blanco Aguinaga ha llamado la “prehistoria” en la novela picaresca. Aldonza (o Lozana como vino a ser conocida por su gallardía, lozanía y belleza) nació en Córdoba de un padre mujeriego y jugador, que no dejó a su viuda e hijas nada más que una casa en pleito y algunas deudas. El carácter moralmente dudoso de este hombre nos recuerda al del padre de Lazarillo, quien “padeció persecución por justicia” como hizo también el padre de otro pícaro, el buscón Pablos. La muerte de la madre de Lozana la deja sola, y poco después la vemos amancebada con Diomedes, un mercader genovés a quien se entrega por razones obviamente económicas. El rico hombre de negocios le puede ofrecer, por lo menos temporalmente, viajes, criados y vida placentera; la Lozana piensa que la culminación de sus relaciones serían los hijos, hecho que “había de ser banco perpetuo, para no faltar a su fantasía y triunfo”. Sin embargo, su bienestar y planes de seguridad quedaron muy pronto desbaratados por el indigno padre de Diomedes, quien encarcela a su hijo y ordena que arrojen al agua a su amante, la Lozana. Sobreviviendo a esta injusta sentencia, la joven cordobesa se encamina hacia Roma, donde empieza una serie de aventuras que abarcan un período de doce años, desde su llegada a la ciudad en 1513, años en que presencia la coronación de León X, hasta el 1524. La obra se divide en tres partes, en las cuales se nos presenta la progresiva evolución de la Lozana desde los años de su adolescencia a su madurez, y los oficios que ejerce para ganarse la vida: maestra de hacer afeites, perfumera, prostituta y alcahueta.”

[Bruno Damiani, “Introducción”, pp. 16-17]


Otra pregunta que hace la Lozana al valijero cuando se levanta

Lozana. Decíme, señor, esas putas o cortesanas, o como las llamáis, ¿son todas d’esta tierra?

Valijero. Señora, no, hay de todas naciones: hay españolas castellanas, vizcaínas, montañesas, galicianas, asturianas, toledanas, andaluzas, granadinas, portuguesas, navarras, catalanas y valencianas, aragonesas, mayorquinas, sardas, corsas, secilianas, napolitanas, bruzesas, pullesas, calabresas, romanescas, aquilanas, senesas, florentinas, pisanas, luquesas, boloñesas, venecianas, milanesas, lombardas, ferraresas, modonesas, brecianas, mantuanas, raveñanas, pesauranas, urbinesas, paduanas, veronesas, vicentinas, perusinas, novaresas, cremonesas, alejandrinas, vercelesas, bergamascas, trevisanas, piedemontesas, savoyanas, provenzanas, bretonas, gasconas, francesas, borgoñonas, inglesas, flamencas, tudescas, esclavonas y albanesas, candiotas, bohemias, húngaras, polacas, tramontanas y griegas.

Lozana. Ginovesas os olvidáis.

Valijero. Ésas, señora, sonlo en su tierra, que aquí son esclavas, o vestidas a la ginovesa por cualque respeto.

Lozana. ¿Y malaguesas?

Valijero. Todas son maliñas y de mala digestión.

Lozana. Dígame, señor, y todas éstas, ¿cómo viven, y de qué?

Valijero. Yo’s diré, señora: tienen sus modos y maneras que sacan a cada uno lo dulce y lo amargo. Las que son ricas, no les falta qué espender y qué guardar. Y las medianas tienen uno aposta que mantiene la tela, y otras que tienen dos, el uno paga y el otro no escota; y quien tiene tres, el uno paga la casa, y el otro la viste, y el otro hace la despensa, y ella labra. Y hay otras que no tienen sino día e vito, y otras que lo ganan a heñir, y otras que comen y escotan, y otras que les parece que el tiempo pasado fue mejor. Hay entr’ellas quien tiene seso y quien no lo tiene; y saben guardar lo que tienen, y éstas son las que van entre las que son ricas, y otras que guardan tanto que hacen ricos a munchos; y quien poco tiene hace largo testamento, y por abreviar cuando vaya al campo final, dando su postremería al arte militario, por pelear y tirar a terrero; y otras que a la vejez viven a Ripa. Y esto causan tres estremos que toman cuando son novicias, y es que no quieren casa si no es grande y pintada de fuera, y como vienen, luego se mudan los nombres con cognombres altivos y de grand sonido, como son: la Esquivela, la Cesarina, la Imperia, la Delfina, la Flaminia, la Borbona, la Lutreca, la Franquilana, la Pantasilea, la Mayorana, la Tabordana, la Pandolfa, la Dorotea, la Orificia, la Oropesa, la Semidama y doña Tal, y doña Andriana, y ansí discurren mostrando por sus apellidos el precio de su labor; la tercera, que por no ser sin reputa, no abren público a los que tienen por oficio andar a pie.

Lozana. Señor, “aunque el decidor sea necio, el escuchador sea cuerdo”. ¿Todas tienen sus amigos de su nación?

Valijero. Señora, al principio y al medio, cada una le toma como le viene; al último, francés, porque no las deja hasta la muerte.

Lozana. ¿Qué quiere decir que vienen tantas a ser putas a Roma?

Valijero. Vienen al sabor y al olor. De Alemaña son traídas, y de Francia son venidas. Las dueñas d’España vienen en romeaje, y de Italia vienen con carruaje.

Lozana. ¿Cuáles son las más buenas de bondad?

Valijero. ¡Oh, las españolas son las mejores y las más perfectas!

Lozana. Ansí lo creo yo, que no hay en el mundo tal mujeriego.

Valijero. Cuanto son allá de buenas, son acá de mejores.

Lozana. ¿Habrá diez españolas en toda Roma que sean malas de su cuerpo?

Valijero. Señora, catorce mil buenas, que han pagado pontaje en el golfo de León.

Lozana. ¿A qué vinieron?

Valijero. Por hombres para conserva.

Lozana. ¿Con quién vinieron?

Valijero. Con sus madres y parientas.

Lozana. ¿Dónde están?

Valijero. En Campo Santo.


Francisco Delicado, La Lozana andaluza
Edición, introducción y notas de Bruno Damiani
Madrid: Clásicos Castalia, 1972

2.4.13

Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos



La editorial Trea publicará próximamente el libro Pensar por lo breve. Aforística española de entresiglos. Antología, 1980-2012, de José Ramón González, profesor de la Universidad de Valladolid. 

En el número 44 de la revista elcuaderno se publica el artículo de Martín Mercader “En estado de aforismo”, así como una mínima selección de los autores antologados, entre los que me encuentro.

20.3.13

Cuando Dios se le apareció a Luisito Cadalso (Fragmento del capítulo 3 de “Miau”)

 

Pues como se iba diciendo, cayó el pequeño en su letargo, inclinando la cabeza sobre el pecho, y entonces vio que no estaba solo. A su lado se sentaba una persona mayor. ¿Era el ciego? Por un instante creyó Luis que sí, porque tenía barba espesa y blanca, y cubría su cuerpo con una capa o manto... Aquí empezó Cadalso a observar las diferencias y semejanzas entre el pobre y la persona pues ésta veía y miraba, y sus ojos eran como estrellas, al paso que la nariz, la boca y frente eran idénticas a las del mendigo, la barba del mismo tamaño, aunque más blanca, muchísimo más blanca. Pues la capa era igual y también diferente; se parecía en los anchos pliegues, en la manera de estar el sujeto envuelto en ella; discrepaba en el color, que Cadalsito no podía definir. ¿Era blanco, azul o qué demonches de color era aquél? Tenía sombras muy suaves, por entre las cuales se deslizaban reflejos luminosos como los que se filtran por los huecos de las nubes. Luis pensó que nunca había visto tela tan bonita como aquélla. De entre los pliegues sacó el sujeto una mano blanca, preciosísima. Tampoco había visto nunca Luis mano semejante, fuerte y membruda como la de los hombres, blanca y fina como la de las señoras... El sujeto aquel, mirándole con paternal benevolencia, le dijo:

―¿No me conoces? ¿No sabes quién soy?

Luisito le miró mucho. Su cortedad de genio le impedía responder. Entonces el señor misterioso, sonriendo como los obispos cuando bendicen, le dijo:

―Yo soy Dios. ¿No me habías conocido?

Cadalsito sintió entonces, además de cortedad, miedo, y apenas podía respirar. Quiso envalentonarse, incrédulo, y con gran esfuerzo de voz pudo decir:

¿Usted Dios, usted...? Ya quisiera...

Y la aparición, pues tal nombre se le debe dar, indulgente con la incredulidad del buen Cadalso, acentuó más la sonrisa cariñosa, insistiendo en lo dicho:

―Sí, soy Dios. Parece que estás asustado. No me tengas miedo. Si yo te quiero, te quiero mucho...

Luis empezó a perder el miedo. Se sentía conmovido y con ganas de llorar.

―Ya sé de dónde vienes ―prosiguió la aparición―. El señor de Cucúrbitas no os ha dado nada esta noche. Hijo, no siempre se puede. Lo que él dice, ¡hay tantas necesidades que remediar...!

Cadalsito dio un gran suspiro para activar su respiración, y contemplaba al hermoso anciano, el cual, sentado, apoyando el codo en la rodilla y la barba resplandeciente en la mano, ladeaba la cabeza para mirar al chiquitín, dando, al parecer, mucha importancia a la conversación que con él sostenía:

―Es preciso que tú y los tuyos tengáis paciencia, amigo Cadalsito, mucha paciencia.

Luis suspiró con más fuerza, y sintiendo su alma libre de miedo y al propio tiempo llena de iniciativas, se arrancó a decir esto:

―¿Y cuándo colocan a mi abuelo?

La excelsa persona que con Luisito hablaba dejó un momento de mirar a éste, y fijando sus ojos en el suelo, parecía meditar. Después volvió a encararse con el pequeño, y suspirando ¡también él suspiraba!, pronunció estas graves palabras:

―Hazte cargo de las cosas. Para cada vacante hay doscientos pretendientes. Los ministros se vuelven locos y no saben a quién contentar. ¡Tienen tantos compromisos, que no sé yo cómo viven los pobres! Paciencia, hijo, paciencia, que ya os caerá la credencial cuando salte una ocasión favorable... Por mi parte, haré también algo por tu abuelo... ¡Qué triste se va a poner esta noche cuando reciba esa carta! Cuidado no la pierdas. Tú eres un buen chico. Pero es preciso que estudies algo más. Hoy no te supiste la lección de Gramática. Dijiste tantos disparates, que la clase toda se reía, y con muchísima razón. ¿Qué vena te dio de decir que el participio expresa la idea del verbo en abstracto? Lo confundiste con el gerundio, y luego hiciste una ensalada de los modos con los tiempos. Es que no te fijas, y cuando estudias, estás pensando en las musarañas...

Cadalsito se puso muy colorado y, metiendo sus dos manos entre las rodillas, se las apretó.

―No basta que seas formal en clase; es menester que estudies, que te fijes en lo que lees y lo retengas bien. Si no, andamos mal; me enfado contigo, y no vengas luego diciéndome que por qué no colocan a tu abuelo... Y así como te digo esto, te digo también que tienes razón en quejarte de Posturitas. Es un ordinario, un mal criado, y ya le restregaré yo una guindilla en la lengua cuando vuelva a decirte Miau. Por supuesto que esto de los motes debe llevarse con paciencia; y cuando te digan Miau, tú te callas y aguantas. Cosas peores te pudieran decir.

Cadalsito estaba muy agradecido, y aunque sabía que Dios está en todas partes, se admiraba de que estuviese tan bien enterado de lo que en la escuela ocurría. Después se lanzó a decir:

―¡Contro, si yo le cojo...!

―Mira, amigo Cadalso ―le dijo su interlocutor con paternal severidad―, no te las eches de matón, que tú no sirves para pelearte con tus compañeros. Son ellos muy brutos. ¿Sabes lo que haces? Cuando te digan Miau, se lo cuentas al maestro, y verás cómo este pone a Posturitas en cruz media hora.

―Vaya que si lo pone... y aunque sea una hora.

―Ese nombre de Miau se lo encajaron a tu abuela y tías en el paraíso del Real, es a saber, porque parecen propiamente tres gatitos. Es que son ellas muy relamidas. El mote tiene gracia.

Sintió Luis herida su dignidad; pero no dijo nada.

―Ya sé que esta noche van también al Real ―añadió la aparición―. Hace un rato les ha llevado ese Ponce los billetes. ¿Por qué no les dices tú que te lleven? Te gustaría mucho la ópera. ¡Si vieras qué bonita es!

―No me quieren llevar... ¡bah!... (Desconsoladísimo.) Dígaselo usted.

Aun cuando a Dios se le dice en los rezos, a Luis le parecía irreverente, cara a cara, tratamiento tan familiar.

―¿Yo? No quiero meterme en eso. Además, esta noche han de estar todos de muy mal temple. ¡Pobre abuelito tuyo! Cuando abra la carta... ¿La has perdido?

―No, señor, la tengo aquí ―dijo Cadalso, sacándola―. ¿La quiere usted leer?

―No, tontín. Si ya sé lo que dice... Tu abuelo pasará un mal rato; pero que se conforme. Están los tiempos muy malos, muy malos...

 

Benito Pérez Galdós, Miau
Edición de Francisco Javier Díez de Revenga
Madrid: Cátedra (Letras Hispánicas), 2000