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Matsuo Bashō emprendió en 1689 un largo viaje, de más de dos años, hacia una inhóspita región del Japón. Le acompañaba su discípulo Sora. Durante los primeros meses, Bashō escribió un diario en el que recoge sus impresiones, entreveradas de haikus: Hoku no Hosomichi o Sendas de Oku, según la versión de Octavio Paz y Eikichi Hayashiya, o Senda hacia tierras hondas en la traducción de Antonio García Cabezas. «En este libro de Bashō —señala Octavio Paz— no pasa nada, salvo el sol, la lluvia, las nubes, unas cortesanas, una niña, otros peregrinos. No pasa nada, excepto la vida y la muerte.» Durante algún tiempo, esa peregrinación fue seguida de cerca, y a escondidas, por unos ojos espías, los «ojos redondos» de Maruyme, antiguo discípulo de Bashō. También Maruyme escribió un diario —Naka no Hosomichi, o Sendas a los adentros— donde narra la acechanza y otras peripecias, incluso eróticas. En esas páginas, Maruyme se refiere a Bashō como “el anciano”, a pesar de que solo tenía cuarenta y cinco años. El diario de Maruyme, igual que el de Bashō, abunda en haikus. Si la contenido belleza de la prosa impregna lo cotidiano de un halo poético, en los haikus perdura la esencia de los instantes únicos. El padre de Maruyme, Garusia Kiristobaru, fue supervisor imperial y murió en el incendio de Edo, en marzo de 1657. Pero antes de ser Garusia Kiristobaru fue Cristóbal García, natural de Palos de Moguer, y jesuita por más señas. La madre de Maruyme, japonesa neta y cortesana de alto rango, se llamaba Sakura Tayu.
* * * Para Octavio Paz, el haiku es un arte no intelectual, concreto, antiliterario. Y esto quizás no se entiende bien Occidente. Diecisiete sílabas dan para mucho, y cada cosa es lo que es, a pesar de su forma. El mejor ejemplo, el agua. Algunos haikus puede que no alcancen las diecisiete sílabas; otros, quizás no tengan de haikus sino las dichosas sílabas. * * * Al leer un haiku, el lector está solo, a la escucha de sí mismo. Un peligro cierto del haiku es que permite, con exiguo esfuerzo, dar forma canónica a lo insustancial. Y muchas veces nos embarga la incapacidad, más allá de lo puramente subjetivo, de discernir si un haiku es bueno o no lo es. Quizás nuestra manera de estar en el mundo nos veda la sutil experiencia que suponemos ha de haber en un haiku. Hoy por hoy, la prisa apenas nos deja ver las cosas; la velocidad borra el mundo bajo nuestros pies. Rousseau, avezado andarín, creía que viajar en carroza no era viajar. ¿Y qué pensar hoy? El silencio desaparece de nuestra vida, no conocemos otra noche oscura que no sea angustia, solo vemos estrellas en algún lugar fuera del tiempo. Leonardo sostenía que la poesía (¿o era la pintura?) es “cosa mental”. De ser así, el haiku no sería poesía; no al menos los haikus de aquellos poetas imbuidos de zen, y que son plenamente conscientes de su mirada. Para ellos, el haiku es la pequeña iluminación, o simple experiencia, que acaba convertida en palabras. Desde ese punto de vista, el haiku sería la respuesta al temblor de los sentidos y no un mero alarde de la inteligencia, ni un chispazo de ingenio. Los idiomas pueden traducirse, pero las mentalidades lejanas permanecen infranqueables, y resultan esquivas. Y esa frustración nos deja a veces con el deseo de ser japonés. Pero es inevitable que, al aclimatarse a otras lenguas, el haiku se vuelva distinto. También esos desajustes ayudan a reverdecer la cultura. Y, en cualquier caso, conviene no echar en saco roto la humorada de Félix de Azúa que encabeza el prólogo de Serrat Crespo: «El haiku es un asunto muy vidrioso. Se desaconseja vivamente al artista escritor que componga haikus japoneses. Ni japoneses ni de ningún otro lugar. Nada de haikus» (Diccionario de las artes). * * * Por último, elijo, de entre los haikus del diario de Maruyme, estos seis:
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4.7.12
Garusia Maruyme / 6 haikus
Etiquetas: Haikus, Maruyme (Garusia), Serrat Crespo (Manuel)
2.7.12
Presentación del n.º 5 de El Alambique
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1.7.12
“España, aparta de mí este cáliz”
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XIV Niños del mundo, ¡Niños del mundo, está Si cae —digo, es un decir— si cae Niños, ¡Bajad la voz, os digo; César Vallejo, “XIV. España. aparta de mí este cáliz”, |
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25.6.12
Solzhenitsyn y la peste del mal (Una página de “Archipiélago Gulag”)
| Recuerdo una anécdota leída en un libro de Castilla del Pino: quizás por los años cincuenta, frecuentaba un café madrileño (pongamos que el Gijón) un parroquiano proclive a ufanarse, con abundosas risotadas, de una “hazaña” bélica: el achicharramiento de varias personas (¿soldados, civiles?) con un lanzallamas.
Puede que mi recuerdo no sea fiel a lo recordado por Castilla del Pino; sabido es que los recuerdos viven de invenciones, incluso si no lo sospechamos. En cualquier caso, la anécdota de Castilla del Pino me ha traído el recuerdo de estas lúcidas palabras de Solzhenitsyn. Sin duda, alguna secreta ilación las une. “ ¿Cómo hay que entender una palabra como malvado? ¿Qué queremos decir exactamente con ella? ¿Existe semejante cosa en el mundo? Nuestra primera reacción sería responder que no puede haber malvados, que no los hay. En los cuentos es lícito hablar de ellos, porque son para niños y hay que simplificar las escenas. Pero cuando la gran literatura mundial de los siglos pasados ―Shakespeare, Schiller o Dickens― nos presenta una tras otra semblanzas de malvados de un negro espeso, los malvados nos parecen casi de guiñol, poco acordes con la sensibilidad moderna. Debemos fijarnos sobre todo en cómo están caracterizados: tienen perfecta conciencia de su maldad y de su alma tiznada. Razonan así: no puedo vivir sin hacer el mal. ¡A ver si enfrento al padre contra el hermano! ¡Qué deleite, ver padecer a mis víctimas! Yago dice sin tapujos que sus objetivos e impulsos son negros, nacidos del odio. ¡No, no suele ser así! Para hacer el mal, antes el hombre debe concebirlo como un bien o como un acto meditado y legítimo. Afortunadamente, el hombre está obligado, por naturaleza, a encontrar justificación a sus actos. Las justificaciones de Macbeth eran muy endebles y por eso su conciencia acabó con él. Yago era otro corderito. Con los malvados shakespearianos bastaba una decena de cadáveres para agotar la imaginación y la fuerza de espíritu. Eso les pasaba por carecer de i d e o l o g í a. ¡La ideología! He aquí lo que proporciona al malvado la justificación anhelada y la firmeza prolongada que necesita. La ideología es una teoría social que le permite blanquear sus actos ante sí mismo y ante los demás y oír, en lugar de reproches y maldiciones, loas y honores. Así, los inquisidores se apoyaron en el cristianismo; los conquistadores, en la mayor gloria de la patria; los colonizadores, en la civilización; los nazis, en la raza; los jacobinos y los bolcheviques, en la igualdad, la fraternidad y la felicidad de las generaciones futuras. Gracias a la ideología, el siglo XX ha conocido la práctica de la maldad contra millones de seres. Y esto es algo que no se puede refutar, ni esquivar, ni silenciar. ¿Y cómo después de esto podríamos atrevernos a seguir afirmando que no existen los malvados? ¿Quién, pues, exterminó a esos millones? Sin malvados no hubiera habido Archipiélago. ” Alexandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag (1918-1956) Traducción de Josep M.ª Güel y Enrique Fernández Vernet Tusquets Editores [en la Biblioteca El Mundo], 2002
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20.6.12
Romanticismo y política… (Consideraciones de Rüdiger Safranski)
“ El Romanticismo es una época resplandeciente del espíritu alemán; sus rayos llegaron con fuerza a otras culturas nacionales. Ha pasado ya el Romanticismo como época, pero nos ha quedado lo romántico como actitud del espíritu. Cuando hay desazón por lo real y acostumbrado y se buscan salidas, cambios y posibilidades de superación, casi siempre entra en juego lo romántico. Lo romántico es fantástico, inventivo, metafísico, imaginario, tentador, exaltado, abismal. No está obligado al consenso, no necesita ser útil a la comunidad, y ni siquiera ser útil a la vida. Puede estar enamorado de la muerte. Lo romántico busca la intensidad hasta llegar al sufrimiento y la tragedia. Con todos esos rasgos lo romántico no es particularmente apropiado para la política. Cuando desemboca en ella, habría de tener un suplemento de realismo. La política, en efecto, debería fundarse en el principio de evitar los dolores, el sufrimiento y la crueldad. Lo romántico ama los extremos; en cambio, una política racional ama más bien el compromiso. Nosotros necesitamos ambas cosas: la aventura del Romanticismo y la sobriedad de una política adelgazada. Si no entendemos la razón de la política y las pasiones del Romanticismo como dos esferas, y no sabemos separarlas en cuanto tales, si en lugar de ello deseamos la unidad sin quiebra y no tenemos la habilidad de vivir por lo menos en dos mundos, entonces surge el peligro de que en lo político busquemos una aventura, que sería mejor hallar en la cultura, o bien de que exijamos a la cultura la misma utilidad social que a la política. Pero no es deseable ni una política aventurera, ni una cultura políticamente correcta. Fue Friedrich Schlegel quien resaltó la necesidad de la separación de las esferas. Afirmó que es necesario empezar «con la autonomía de lo bello» y mantenerlo separado de lo «verdadero y lo moral». Así se llegó entonces, en la época del Romanticismo, al grandioso desencadenamiento de lo romántico.
Aunque lo romántico forma parte de una cultura viva, una política romántica es peligrosa. Para el Romanticismo, que es una continuación de la religión con medios estéticos, rige lo mismo que para la religión: ha de resistir a la tentación de recurrir al poder político. “La imaginación al poder” no era precisamente una buena idea. Por otra parte, no podemos perder el Romanticismo, pues la razón política y el sentido de la realidad no son suficientes para vivir. El Romanticismo es la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significación. El Romanticismo despierta nuestra curiosidad para lo completamente diferente. Su imaginación desencadenada nos otorga los espacios de juego que necesitamos, siempre y cuando compartamos la observación de Rilke: No estamos muy seguros, no nos sentimos en casa ”
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La mixtificación está plenamente conseguida. Manuel Serrat Crespo, el traductor apócrifo, ha escrito un libro que parece de otra época, y que merece ser leído como si lo fuera: Maruyme. Diario de viaje. En la extensa introducción, el autor aduce toda suerte de informaciones que apuntalan el embeleco. El libro lo publicó, en 2004, la editorial Reverso; y, en 2009, José J. de Olañeta.
La Fundación Alambique para la Poesía tiene el placer de invitarle el jueves, 5 de julio de 2012, a las 20:30 h en la Taberna La Jara, c/ Santa María, 28 (Barrio de las Letras-Madrid) a la presentación del n.º 5 de la revista El Alambique. 
Aquel hombre gozaba narrando el suceso. Con el paso del tiempo, la recurrente anécdota empezó a ser recibida con hosco silencio, pero silencio al fin. Hasta que llegó un día en que alguien se encaró con el flamígero reprochándole su bajeza moral; si no por la acción, sí por el empeño en revivirla jocosamente. Las palabras dieron en el blanco. A raíz del suceso, aquel hombre cayó en profunda depresión. Cuando resurgió, después de meses, no se reconocía a sí mismo en su triste hazaña. Conversión del corazón, luz justiciera: metanoia.
La tensión entre lo romántico y lo político se halla inmersa en la tensión más amplia entre lo que puede representarse y lo que puede vivirse. El intento de conducir esta tensión a una unidad sin contradicciones puede llevar al empobrecimiento o a la desertización de la vida. Ésta se empobrece cuando no somos capaces de representarnos nada más allá de lo que creemos que es posible traducir a una realidad vivida. Y la vida se desertiza cuando queremos vivir algo a cualquier precio, incluso al precio de la destrucción y de la propia destrucción, simplemente por el hecho de habérnoslo representado. En un caso la vida se empobrece porque se renuncia a lo representable en aras de la amada paz; y en el otro caso se rompe bajo la violencia con que se quiere realizar lo representable sin ningún tipo de reducción. En ninguno de los dos casos somos capaces de soportar la contradicción entre lo que se puede representar y lo que se puede vivir, y, por tanto, en ambos se aspira a una vida de una sola pieza. Pero una vida así es solamente un sueño romántico.