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8.6.12

Laus Deo


[…] ¡Bendito sea el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre santísima!


[La señá Benina a doña Francisca Juárez,  viuda de Zapata,  su señora ama.]
Benito Pérez Galdós, Misericordia

3.6.12

Inolvidable Chéjov (o Chejov, por lo que se dirá después)

 Leer a Chéjov es una experiencia inolvidable, intensa e inolvidable. Sus palabras fluyen como torrente de vida. Sabe, como nadie, convertir lo profundo en sencillo; sencillo y sorprendente. Leer sus cuentos, sus relatos, su teatro es un verdadero gozo, una auténtica gozada espiritual. En sus obras siempre hay algo que nos reconcilia con la vida –y sus inevitables alegrías y desdichas y con el mundo circundante. ¿Y qué decir de esa honda emoción que trasminan sus historias y que parece como si afinara nuestro sentir? Nuestro sentir y nuestra mirada, nuestra percepción, en suma, que es su desemboque natural.

El amor de un contrabajoSon muchos los cuentos memorables de Chéjov, pero ahora quiero recordar uno bastante singular: “El amor de un contrabajo”. Cuenta las peripecias de un músico, Smechkoff, que se dirige a la casa de campo de un príncipe, donde intervendrá en una velada musical. Con su contrabajo a cuestas, Smechkoff camina por la orilla del río. Y ni corto ni perezoso, como la rana de Basho, decide darse un chapuzón. «El alma lírica de Smechkoff  –susurra el narradorcomenzó a integrarse en la armonía de todo lo que le rodeaba.» Una vez en el  agua, el músico descubre a una hermosa muchacha que pareciera estar pescando. Un dulce sentimiento invade su alma. Para su sorpresa, se siente pleno de amor, perdidamente enamorado: él, Smechkoff, al que la fuga de su amadísima mujer con el fagot Sobakin le había hecho perder la fe en la humanidad, y de paso en su mujer, y en su amigo, también. «¿Qué es la vida? –se preguntó más de una vez–. ¿Para qué vivimos? La vida es un mito, un sueño... ¡Una ventriloquia!...» Pero como la hermosa pescadora parece dormida, Smechkoff decide dejarle un recuerdo antes de irse: «recogió una gran cantidad de flores silvestres y acuática, las ató en un ramo y las colgó del anzuelo». Ah, y qué poco dura la felicidad: cuando el músico vuelve a la orilla descubre que algún desalmado le ha robado, todo menos el contrabajo y el sombrero de copa. El ladrón no era filarmónico. Ahora Smechkoff está desnudo, desnudo y sin saber qué hacer...

Hasta aquí un resumen del principio del cuento. En las páginas siguientes sucederán imprevistos acontecimientos que resuenan en nuestra alma como música triste en día neblinoso.

Quizás no sea este uno de los mejores cuentos de Chéjov, pero lo sorprendente con Chéjov es que incluso sus cuentos menos logrados acaban cautivándonos. 



Aunque yo he leído la traducción de Espasa (Summa), AQUí está disponible una traducción de “El amor de un contrabajo”.


APOSTILLA NOMINAL.Durante mucho tiempo dije Chejov, y ahora pareciera que debo decir Chéjov. Durante mucho tiempo dije Tolstoi, y ahora pareciera que debo decir Tolstói, incluso Lev, que no León.

Hubo un tiempo en que fue moda decir Tokío en lugar de Tokio. Tokío por aquí, Tokío por allá. Pero Tokío, afortunadamente, se esfumó. Y lo mismo le ha sucedido a Beijing (¿se dice Beiyín o Beijín o…?).

Me pregunto ¿por qué Lev Tolstói y no León Tolstoi, por qué, digamos, Jules Verne y no Julio Verne?
La familiaridad con un escritor extranjero se expresa (¿o debo decir se expresaba?) con la asimilación de su nombre, que a veces sigue extraños vericuetos. Pero, ¿por qué Lev y no León? Sí, hay razones, lo sé; pero más allá de eruditas razones, ¿por qué Chéjov y no Chejov, por qué Tolstói y no Tolstoi, por qué deshacer lo hecho? Autores ambos, por otra parte, cuyo nombre no levanta dudas, y está a mil verstas, más o menos, de las múltiples formas de escribir (elijo una al azar) Solzhenitsyn (que cada quien pronuncia como quiere). 


31.5.12

¿Cuándo mañanaremos? Un poema de Bergamín

A tiempos sombríos les cuadra bien este soneto de Bergamín. Soneto que aplica tales recortes al dispendio silábico del endecasílabo que acaba –austeridad obliga– en el muy castizo octosílabo.
Si las palabras de un texto son siempre las mismas, no siempre dicen lo mismo, ni aun al mismo lector; pero en cada nueva lectura siempre se cumple el poema, diga lo que diga.

 

Siempre mañana y nunca mañanamos.
                                         LOPE

Mañana está enmañanado
y ayer está ayerecido:
y hoy, por no decir que hoyido
diré que huido y hoyado.

A tal extremo ha llegado
hoy a perder el sentido
que al mañana ha convertido
en "cualquier tiempo pasado".

Un ayer futurizado
y un mañana preterido
nos han escamoteado

un hoy por hoy suspendido
de un mañana anonadado
y de un ayer evadido.


JOSÉ BERGAMÍN, Rimas y sonetos rezagados, 1962.


28.5.12

El vuelo de Ícaro

          Soñó que era Ícaro. 
          Y subía, subía, subía... 
          (Ícaro, vástago de Dédalo.) 
          Y caía, caía, caía...  

          El despertador ‒lacayo de Cronos‒ evitó la desgracia.

25.5.12

De insultos y blasfemias

Como el tiempo no pasa en balde, también los insultos envejecen, pierden garra, se amodorran. ¿Quién querría hoy zaherir con un mastuerzo, mentecato, cenutrio, lerdo, pánfilo, lila, sandio, modorro, estólido, tarugo, memo, botarate, fatuo, bobo, lelo, majadero, mendrugo, tonto, gilí, zote, beocio, panoli…?

¡Si parece que estamos pidiendo perdón...!

Con los años, a los insultos se les caen las uñas. Pero siempre quedará el clásico y tonante ¡hijo de puta!, de tan adversas connotaciones, y cierta palabreja caprina capaz de sulfurar al más pintado. La nómina de insultos del  Casares me reservaba una sorpresa nunca oída, digamos que inaudita: motolito, que puestos a imaginar vendría a ser un adoquín en movimiento.

Las blasfemias, por su parte, limado su poder ultrajante, languidecen allí donde se vive de espaldas a lo divino. (En otros lugares, sin embargo, una blasfemia puede costar un gran disgusto; tiempos y lugares no son unívocos, ni ahora ni nunca.) Cuando la religión pierde fuelle, las blasfemias no medran, y acaso sea su destino quedar arrumbadas en los sótanos de la lengua, sin nadie que las diga.