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El misterio de la vida es un misterio vivido día a día, un misterio cotidiano. Y tan misterioso como el morir es el vivir, aunque estemos tentados de creer que solo la muerte, con su velo de sombras, es misteriosa. Nos equivocamos sin remedio. La ceguera del alma a veces nos impide ver el misterio de los días, ese continuo maremágnum en el fluir del tiempo. Y otras veces, a fin de soslayar ese misterio, miramos a otro lado, para mejor no ver. Y, en efecto, nada vemos allí donde miramos. En este poema, tan sorprendente, Juan Ramón Jiménez roza, o así me lo parece, el corazón del misterio: el de la vida, el de la muerte, el de la poesía. Por entre sus palabras cabe vislumbrar nuestro no saber, nuestra rendición, nuestra derrota. Colores, ideas Los colores que saca la luz a los cuerpos, ¿Para qué estas ideas, para qué esos colores, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ LÍRICA DE UNA ATLÁNTIDA: Una colina meridiana (1942-1950) Barcelona: Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1999 (Hay edición exenta en Huerga & Fierro Editores, colección Signos, 2003) |
14.2.12
Un poema de Juan Ramón Jiménez: “Colores, ideas”
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11.2.12
Los “Peces” de ¿Liu Ts’ai?
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Peces. Hoja de un álbum, pintada probablemente entre 1300 y 1400. Museum of Art de Filadelfia. Estos peces surcan los siglos. Ernst H. Gombrich afirma en su Historia del arte que pudo pintarlos el chino Liu Ts’ai, en el siglo XIV. ¿Son arcaicos? ¿Son modernos? ¿Son imperecederos? Con sus gráciles curvas, con su profunda sencillez, estos peces se burlan del paso del tiempo. Gracias a la observación paciente y a la devota entrega a tan nimio tema, ahí están los enigmáticos peces a los que un demiurgo pintor infundió vida. “Uno puede contemplar largo tiempo esta pintura sin aburrirse”, sostiene Gombrich. Y añade: “Es un experimento que vale la pena intentar.” Vale la pena, sin duda. |
9.2.12
“Los discursos del Pinchajeta” (Un texto de Julio Cortázar)
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EN casa tengo un pinchajeta muy raro. Apenas se apagan las campanas de Saint-Roch, mi pinchajeta se endereza sobre las patas y empieza a dirigirme su discurso cotidiano. Hundido en mi sillón de mimbre, hace años que trato de fingir indiferencia puesto que las frases de esa criatura no deberían preocuparme, pero hasta ahora mi pinchajeta ha sido siempre más astuto que yo. De manera que apenas comienza su discurso, enunciado de una forma sobre todo onomatopéyica pero fácil de descifrar, estoy obligado a escucharlo como quien dice en estado de alerta, manifestando sin la menor ambigüedad mi aprobación y mi contento. Si todo terminara ahí, al cabo de unos veinte minutos me sería dado sumirme nuevamente en las memorias de Saint-Simón, pero mi pinchajeta no se da por satisfecho de ninguna manera. Apenas acabado su discurso, me exige que lo resuma en algunas frases. Es el momento más penoso de la noche, porque con frecuencia me sucede perder el hilo de mis pensamientos. Para no citar más que un ejemplo, si su discurso de esa noche gira en torno al sonido a, del cual es capaz de extraer interminables modulaciones, cambios armónicos y derivaciones hacia el e o el o (digamos la gama de los aae, aea, aee, aoa, aoo, aeoa, aeeoo, etc.), bastará que me vea en la imposibilidad de establecer el puente lógico entre dos estados de la materia del discurso para que todo el edificio se venga abajo. Entonces la rabia de mi pinchajeta no conoce límites, y por desgracia he debido soportar muchas veces las consecuencias. En primer término está la cuestión del cenicero. Si se ha enojado por las razones que acabo de exponer (aunque la variedad es infinita), será inútil pedirle a mi pinchajeta que me traiga el cenicero para fumar mi cigarro de las nueve y media. Frente a mi petición reaccionará inopinadamente, ya sea dejándose caer en el cesto de los papeles o metiéndose bajo la mesa de juego para desde allí mirarme, la boca entre las patas, con un aire vagamente esfingíaco. Por mi parte, la incapacidad de resumir el discurso me pone casi siempre en un estado del que lo menos que puede decirse es que mi bilis se lanza hacia vórtices de una extrema complejidad psicológica. Semejante situación sólo puede provocar tensiones que el tiempo, cuerda de reloj abominable, multiplica como en un juego de espejos belgas. Por eso resulta casi natural, aunque esta palabra parezca aquí un tanto fuera de lugar, que terminemos por insultarnos de la manera más minuciosa y que mi pinchajeta, indiferente a las graves consecuencias que puede acarrear su conducta en la economía de la casa, me arranque de la mano el pañuelo de batista para secar las lágrimas que la cólera provoca en su nariz más que en su ojos llameantes. A esa altura de la crisis me es dado medir hasta qué punto domino a mi pinchajeta, pues esta criatura no se atreve a ir más allá de sus maniobras con el cenicero o el pañuelo, aunque dada mi inmovilidad forzosa le sería fácil someterme a vejámenes por lo menos desconsiderados. Imposible dejar de comprobar en situaciones parecidas que un alma de pinchajeta no va más allá del dedo meñique, y eso induce a una cierta conmiseración y olvido, aunque más no sea porque facilita el silencio y el recogimiento. En efecto, a partir de ese minuto la casa quedará silenciosa; con resumen o sin resumen, el discurso ha terminado, el cenicero ha sido traído o negado, el pañuelo sigue o no en mi mano. No nos queda más que mirarnos fijamente, cada uno en su lugar, dejando que sobre nosotros se cierre la gran bóveda de la noche. Hasta las siete y cuarto de la mañana no nos traerán el desayuno. Tenemos tiempo de sobra, como se ve. México: Siglo Veintiuno Editores, 200914 |
5.2.12
Un poema de Ricardo Paseyro: “El león de Delos*”
| Vallejo y el Alberti de la primera época; el proteico Jiménez y el inventivo Huidobro; el Unamuno poeta, tan parcamente reconocido, y el Prince des poètes franceses, Jules Supervielle, uruguayo de nacimiento, cuya biografía escribió. Una burla del destino hizo que su último libro –una recopilación de ensayos: Poesía, poetas y antipoetas, Siruela, 2009– llegara a las librerías el mismo día en que era enterrado en el cementerio parisino de Père-Lachaise.
* “El león de Delos” es un poema de El alma dividida (Madrid: Índice editorial, 1981). Ese libro está recogido en Poesías completas (Madrid: Biblioteca Nueva, 2000). |
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3.2.12
“El arma de la seducción” (Un capítulo de la leyenda de Buda, en versión de Juan Arnau)
DESESPERADO, Mara [“el ‘señor de la muerte’, también llamado Mara Papiyan, asociado a la pasión amorosa”] convocó a sus tres hijas: Rati (Lascivia), Arati (Indolencia) y Trsna (Sed) y pidió que danzaran ante Siddhartha. Las doncellas, expertas en los sutiles artificios del amor, pusieron en juego las treinta y dos tretas de la seducción. Balanceándose como juncos cimbreados por el viento, mostrando sus redondos pechos, columpiando sus velos y sus sonrisas, contoneando las caderas, agitando ajorcas en rítmico cascabeleo, yendo y viniendo como quien es perseguido, retorciendo los brazos, agitando los saris. Y se le insinuaban diciendo: «Oh ser dichoso, ¿te refugias en el bosque del dolor que te abruma? ¿Quieres pasarte la vida pensando, encerrado en tu propia mente? ¡Sal de ahí! ¡Ven con nosotras, que sabremos complacerte!» Durante tres noches estuvieron bailando frente a él, hasta que, viendo que no lograban alterar su ánimo, se retiraron cabizbajas, desgreñadas y empapadas en sudor. «No encuentra placer en las joyas de la pasión –se dijo Mara–, su único placer es la contemplación. Habré pues de apelar a su compasión.» Y, disfrazado de mensajero, anunció al joven príncipe que sus padres habían caído prisioneros de su codicioso primo Devadatta. Pero Siddhartha se mantuvo imperturbable. Entonces el Maligno hizo temblar la tierra y arrancó los frutos de los árboles, que cayeron como granizo. Envió un vendaval y el viento se enfureció salvajemente en todas direcciones, los ríos se desbordaron arrastrando a su paso cabañas, ermitas y aldeas. El cielo perdió su brillo y todas las criaturas del bosque corrieron despavoridas. Los monos se lanzaban desde las alturas, los conejos huían de sus madrigueras, las aves abandonaban sus nidos, las serpientes trataban inútilmente de trepar a los árboles, los búfalos se arrojaban al río. Siddhartha, sentado en la posición del loto, con los ojos entornados, inconmovible en su fortaleza interior, no se sintió inquieto ni mermado por las calamidades. Su mente disolvía las amenazas, pues de mente estaban hechas. El que durante incontables periodos de tiempo había desarrollado las más excelsas virtudes, tocando gentilmente la Tierra con su mano derecha, pronunció las siguientes palabras: «Que esta Tierra, libre de malicia, hogar de los seres vivos, sea testigo y garantía de mi visión.» Y en ese mismo instante la Tierra tembló seis veces y resonó como resuenan las campanas de bronce de Magadha. Había algo emocionante en ese temblor, algo divertido, estimulante y auspicioso. Los seres no podían saber qué era, pero lo sentían admirablemente. Y la diosa Tierra, llamada Sthlvara, emergió de su morada y se inclinó ante el bodhisattva. Y al ver temblar a todos los seres de la región, se dirigió a Mara con estas palabras: –¡Ceja en tu propósito, oh dios mortal! Renuncia a tu intención homicida y márchate. En verdad el sabio de los sakya no temblará ante ti, como el monte Meru no tiembla ante el huracán. »Podrá abandonar el fuego su ardor, podrá abandonar el agua su fluidez o la tierra su firmeza, antes de que este hombre abandone su resolución. Pues ella es tan antigua como el mundo y se asienta en el inmenso mérito acumulado a lo largo de infinitas existencias. »Tal es su afinidad con la creación, tal el poder físico y mental de sus merecimientos, que no se levantará hasta liberar a las criaturas de los engaños que atan a la mente. »Y así como frotando la madera constantemente se obtiene fuego, y cavando lo suficiente se obtiene agua, así, la perseverancia de este noble ser le permitirá obtener lo que se proponga. Hoy es el día para que maduren las acciones que realizó en el pasado. Hoy este baniano de Gaya es el ombligo del mundo. Cuando Mara hubo escuchado esta admonición, viendo la impertérrita conducta del sabio, dio por perdida la batalla. Y las huestes malignas se dispersaron como ciervos ante el bramido de un volcán. Leyenda de Buda Versión de Juan Arnau Madrid: Alianza editorial, 2011 |
La vida abunda en misterios, y la poesía es uno más. Misterios que desafían nuestra capacidad de comprensión, que amurallan nuestro entendimiento, que aherrojan nuestro afán de claridad con candados de sombra.
Peces. Hoja de un álbum, pintada probablemente entre 1300 y 1400. Museum of Art de Filadelfia. 
Vallejo y el Alberti de la primera época; el proteico Jiménez y el inventivo Huidobro; el Unamuno poeta, tan parcamente reconocido, y el Prince des poètes franceses, Jules Supervielle, uruguayo de nacimiento, cuya biografía escribió.