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18.11.11

La quimera del oro: “Los buscadores de oro del Norte” (1)

Iván, te prohíbo que sigas adelante con esta empresa. Ni una palabra de esto o estamos perdidos. Si se enteran los americanos o los ingleses de que tenemos oro en estas montañas, nos arruinarán. Nos invadirán a miles y nos acorralarán contra la pared hasta la muerte.

Así hablaba el viejo gobernador ruso de Sitka, Baranov, en 1804, a uno de sus cazadores eslavos que acababa de sacar de su bolsillo un puñado de pepitas de oro. Baranov, comerciante de pieles y autócrata, comprendía demasiado bien y temía la llegada de los recios e indomables buscadores de oro de estirpe anglosajo­na. Por tanto, se calló la noticia, igual que los gobernadores que le sucedieron, de manera que cuando los Estados Unidos compraron Alaska en 1867, la compraron por sus pieles y pescado, sin pensar en los tesoros que ocultaba.

Sin embargo, en cuanto Alaska se convirtió en tierra america­na, miles de nuestros aventureros partieron hacia el norte. Fueron los hombres de los «días dorados», los hombres de California, Fraser, Cassiar y Cariboo. Con la misteriosa e infinita fe de los buscadores de oro, creían que la veta de oro que corría a través de América desde el cabo de Hornos hasta California no terminaba en la Columbia Británica. Estaban convencidos de que se prolongaba más al norte, y el grito era de «más al norte». No perdieron el tiempo y, a principios de los setenta, dejando Treadwell y la bahía de Silver Bow, para que la descubrieran los que llegaron después, se precipitaron hacia la desconocida blancura. Avanzaban con dificultad hacia el norte, siempre hacia el norte, hasta que sus picos resonaron en las playas heladas del océano Ártico y temblaron al lado de las hogueras de Nome, hechas en la arena con madera de deriva.

Pero, para que se pueda comprender en toda su extensión esta colosal aventura, debe destacarse primero la novedad y el aislamiento de Alaska. El interior de Alaska y el territorio contiguo de Canadá eran una inmensa soledad. Sus cientos de miles de millas cuadradas eran tan oscuras e inexploradas como el África negra. En 1847, cuando los primeros agentes de la compañía de la Bahía de Hudson llegaron de las Montañas Rocosas por el río Mackenzie para cazar ilegalmente en la reserva del Oso Ruso, se creía que el Yukón corría hacia el norte y desembocaba en el Ártico. Cientos de millas más abajo se encontraban los puestos más avanzados de los comerciantes rusos. Éstos tampoco sabían dónde nacía el Yukón, y fue mucho más tarde cuando rusos y sajones descubrieron que ocupaban el mismo gran río. Poco más de diez años más tarde, Frederick Whymper subió por el Gran Bend hasta Fuerte Yukón, debajo del Círculo Ártico.

Los comerciantes ingleses transportaban sus mercancías de fuerte en fuerte, desde la factoría York, en la bahía de Hudson, hasta Fuerte Yukón, en Alaska —un viaje entero exigía entre un año y año y medio—. Uno de sus desertores fue en 1867, al esca­par por el Yukón y alcanzar el mar de Bering, el primer homble blanco que cruzó el pasaje del noroeste por tierra, desde el Atlántico hasta el Pacífico. Fue por entonces cuando se publicó la primera descripción acertada de buena parte del Yukón, efectuada por el doctor W. H. Ball, de la Smithsonian Institution. Pero nunca vio su nacimiento ni pudo apreciar la maravilla de aquella autopista natural.

No hay en el mundo río más extraordinario que éste. Nace en el lago Crater, a treinta millas del océano, y fluye a lo largo de 2.500 millas por el corazón del continente, para vaciarse en el mar. Un porteo de treinta millas y, luego, una autopista que mide una décima parte del perímetro terrestre.

En 1869, Frederick Whymper, miembro de la Royal Geographical Society, confirmó los rumores de que los indios chilcat hacían breves portes a través de la cadena de montañas costeras, desde el mar hasta el Yukón. Pero fue un buscador de oro que se dirigía al norte, siempre al norte, el primer hombre blanco que cruzó el terrible paso de Chilcoot y pisó la cabeza del Yukón. Ocurrió hace poco tiempo, pero el hombre se ha convertido en un pequeño héroe legendario. Se llamaba Holt, y la fecha de su hazaña se pierde ya en la bruma de la duda. 1872, 1874 y 1878 son algunas de las fechas indicadas, confusión que no se aclarará con el tiempo.

Holt penetró hasta Hootalinqua y, en su vuelta a la costa, informó acerca de la existencia de oro bruto. El aventurero siguiente del que se tiene noticia es Edward Bean, que encabezó una cuadrilla de veinticinco mineros desde Sitka hasta la tierra desconocida en 1880. Y en ese mismo año, otras cuadrillas (ahora olvidadas, pues ¿quién recuerda ya los viajes de los buscadores de oro?) cruzaron el paso, construyeron barcazas con los troncos de los árboles y navegaron por el Yukón e incluso más al norte.

Y luego, durante un cuarto de siglo, los héroes desconocidos y sin elogiar lucharon contra el frío y buscaron a tientas el oro que intuían entre las sombras del polo. En su lucha contra las fuerzas terribles y despiadadas de la naturaleza volvieron a los tiempos primitivos, se vistieron con las pieles de animales salvajes y se calzaron con el mucluc [Botas de piel calzadas por los esquimales] de morsa y con mocasines de piel de alce. Se olvidaron del mundo y sus costumbres, igual que el mundo se olvidó de ellos. Se alimentaban de caza cuando la encontraban, comían hasta hartarse en tiempos de abundancia y pasaban hambre en tiempos de escasez, en su incesante búsqueda del tesoro amarillo. Cruzaron la tierra en todas las direcciones. Atravesaron, innumerables ríos desconocidos en precarias canoas de corteza, y con raquetas de nieve y perros abrieron caminos por miles de millas de silencio blanco, donde jamás había pisado el hombre. Avanzaron a duras penas, bajo la aurora boreal o el sol de medianoche, con temperaturas que oscilaban entre los cien grados sobre cero y ochenta bajo cero [Grados Farenheit], viviendo, en el severo humor de la tierra, de «huellas de conejo y tripas de salmón».


Jack London
La quimera del oro
Traducción de Jacinta Romano
Madrid: Anaya, 1981


   

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10.11.11

A pie de foto (26): Alegría

          Foto de Henri Cartier-Bresson


Altiva alegría de infancia. ¡Nunca volverás a volar tan alto!
  

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5.11.11

A pie de foto (25): Pena

          Foto de Dorothea Lange (California, 1936)


 La pena es un coágulo de dolor.


  

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3.11.11

Miss Pich platica con Silvestre Paradox (Unas páginas de “Paradox, rey”, de Pío Baroja)


MISS PICH
¿Ha leído usted ya el número de mi Revista Neosófica, señor Paradox?

PARADOX
Sí, si; muy interesante. Hay artículos verdaderamente atrevidos.

MISS PICH
¿Se ha fijado usted en el estudio de la señorita Dubois sobre “Las anomalías nasales de los soldados en Inglaterra”?

PARADOX
Sí, tiene un gran interés. ¡Oh!, un interés extraordinario. Y diga usted, miss Pich, se me ocurre una duda; ¿esas observaciones nasales son todas oculares?

MISS PICH
¡Oh, completamente oculares!

PARADOX
También he creído observar que la revista entera está escrita por mujeres.

MISS PICH, sonriendo
En mi redacción, no pone la pluma ningún hombre.

PARADOX
¿Los desprecian ustedes?

MISS PICH
Sí, los desdeñamos.

PARADOX
Vamos, los consideran ustedes como unos pobres pingüinillos.

MISS PICH
Eso es. Los hombres son seres inferiores. Para la fecundación y la procreación de la especie son indispensables, por ahora, al menos; pero, para los trabajos especulativos, filosóficos, artísticos… las mujeres. Ellos, los pobres, son negados para eso.

PARADOX
Sin embargo, miss Pich, Sócrates, Shakespeare…

MISS PICH, vivamente
Es que ésos eran mujeres.

PARADOX
¿De veras?

MISS PICH
Está demostrado. El rey David también era mujer, y en el texto hebreo de la Biblia, pone la reina David.

PARADOX
¿Qué me dice usted?

MISS PICH
Lo que usted oye.

PARADOX
¿Y cómo se explica usted ese cambio de sexo tan escandaloso?

MISS PICH
Muy sencillamente. Es que los hombres, con la necia vanidad que les caracteriza, han querido que la reina David fuera de su sexo, y han falseado la historia.

PARADOX
¡Ah! Ahí está el secreto. Creo que ha puesto usted el dedo en la llaga.

GANEREAU
¡Hola, Paradox!

MISS PICH, aparte
Este francés insustancial viene a interrumpirnos. Ya hablaremos, señor Paradox. ¡Buenas noches!

GANEREAU
¿Estaba usted oyendo las explicaciones de esa vieja loca?

PARADOX
Sí.

GANEREAU
¿Qué le parece a usted?

PARADOX
Creo que estamos en presencia de una gallinácea vulgar. Ya sabe usted que estas aves tienen la mandíbula superior abovedada; las ventanas de la nariz cubiertas por una escama cartilaginosa; el esternón óseo, y en él, dos escotaduras anchas y profundas; las alas pequeñas y el vuelo corto. Son los caracteres de miss  Pich.

GANEREAU
¿Cree usted que miss Pich tiene el vuelo corto?

PARADOX
Estoy convencido de ello.

GANEREAU
Pues yo la consideraba como una harpía.

PARADOX
Error. Error profundo. Es una gallinácea vulgar.

[Paradox, rey. Primera parte, capítulo VII (1906)]

La cubierta de la izquierda, que figura en la web de la editorial, es curiosa: no se corresponde con la cubierta de la derecha, idéntica a la del volumen que estoy leyendo. 
Al cotejar ambas cubiertas observo (con lupa) algunas diferencias:
1. En la de la izquierda dice “mitificaciones”, y en la de la derecha dice “mixtificaciones”.
2. El orden del segundo y el tercer libro es distinto. 
3. En la de la izquierda falta la coma en Paradox rey.
4. El cuadro, que representa la Puerta del Sol, está algo recortado en el lado izquierdo de la cubierta izquierda, y en el lado derecho de la cubierta derecha.
Hay que felicitar a la editorial por subsanar a tiempo los errores, aunque deberían sustituir la ilustración de la página web para no dejar huellas en el lugar del crimen. 

Pío Baroja
LA VIDA FANTÁSTICA
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox
Camino de perfección
(Pasión mística)
Paradox, rey
Barcelona: RBA Libros, 2010


  

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2.11.11

El rey Paradox

Se burlaba Monterroso de esos escritores –¡franceses!– que confian a su diario: Releo a Pascal... o releo a Montaigne... o releo a Stendhal... o releo a Kafka..., como si ya hubieran leído cuanto merece ser leído. Se puede leer lo ya leído sin desdeñar lo mucho que queda por leer. Al margen del famoso verso de Mallarmé –la chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres–, ¿quién puede soñar que ha leído todos los libros?

Sirvan estas palabras de excusa por declarar que acabo de leer, ¡por vez primera!, Paradox, rey (1906), novela dialogada de don Pío Baroja.

Se narran en ella las aventuras de unos expedicionarios europeos que se hacen a la mar a bordo de la Cornucopia. Habían acudido a la llamada de Mr. Abraham Wolf, acaudalado banquero londinense, que pretendía fundar la patria israelita en África. Entre ellos estaban Paradox y Diz, españoles ambos.

Una imponente tempestad, unida a la insubordinación de la marinería, desbarata los planes de los expedicionarios, lo que origina toda clase de aventuras.

Cada personaje queda definido por sus propias palabras, aunque asimismo tienen voz los animales y los elementos de la naturaleza. Habla un gallo, habla el mar, y habla “el autor” (que desgrana un sentido “Elogio sentimental del acordeón”); el viento dialoga con el mar; Yock, el perro de Paradox, ladra, y habla; un cíclope pregona un “Elogio metafísico de la destrucción” que remeda la arenga de un dinamitero; y además hablan las serpientes, y el pez, y el sapo, y una golondrina, y la hiena, y el señor búho, y la lustrosa luna, y el murciélago...

Novela singular en la que la utopía y la sátira se dan la mano, haciendo saltar chispas de humor. Más que de tesis, es novela de antítesis: volver a la inocencia original es pura quimera. El sueño liberador de la utopía no nos libra de las pesadillas, y soñando paraísos se puede acabar inventando infiernos. Pero bajo el fulgor de las ideas, apenas hay tres verdades permanentes, las únicas verdades de la vida, según declara un personaje: el amor, el trabajo y la muerte. Tres verdades que redimen de todas las mentiras.

En el capítulo titulado “En la sala de sesiones de la Casa del Pueblo de Bu-Tata”, Paradox, rey casual, que no causal, de Bu-Tata, nos descubre su ideario. Cuando el francés Ganereau propone la implantación del sistema representativo, Paradox rechaza la idea por considerar la ley de las mayorías absurda e irritante. De momento, en Bu-Tata no hay cuartel ni cárcel, y los asesinos son desterrados para siempre. Diz propone que, dado que a las jóvenes mandingas se les enseña a hacer labores, se funde una escuela para los hombres. Paradox acepta, siempre que no haya maestros: “sin maestros, sin profesores, sin autoridad...”. Y, llevado de su adanismo, concluye: “El hombre puede aprender sin necesidad de maestro”. Ganereau vuelve a las andadas: ¿Y el arte? El francés considera que el arte es útil. Pero el iconoclasta Paradox, nuevo Calvino, reniega del arte: “El arte es una cosa llamada a desaparecer, es un producto de una época bárbara, metafísica y atrasada.” Pero... ¿y la ciencia? Si no inútil, consiente Paradox, sí es perjudicial. Con estas palabras resume el rey de Bu-Tata su concepción de la vida: “Vivamos hechos unos bárbaros. Vivamos la vida libre, sin trabas, sin escuela, sin leyes, sin maestros, sin pedagogos, sin farsantes.” Palabra de Paradox, palabra de rey.

Tras leer esta novela, desternillante por momentos, cabe dudar si Paradox es un iluso, un socialista utópico, un botarate, un anarquista, un iluminado o un místico de la idea, un necio...

A pesar del atinado retrato del clima espiritual de la época, es imposible, a estas alturas del siglo, leer la novela sin chasquear la lengua y mover la cabeza de puro escepticismo: cómo olvidar que las ideas virginales suelen acabar emputecidas en los hechos.


NOTA
Para no alargar esta entrada, dejo para mañana la inserción de un fragmento de Paradox, rey.

  

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